Para crear hijos resilientes, debes ser un padre resiliente.

Muchos padres queremos que nuestros hijos sean resilientes emocionalmente, que sean capaces de superar los altibajos de la vida. Pero nuestra capacidad para fomentar la resiliencia depende, en gran medida, de nuestra propia resiliencia emocional.

“La resiliencia de los padres funciona como un patrón para que el niño pueda identificar cómo enfrentar los desafíos, cómo comprender sus propias emociones”, afirma Dan Siegel, autor de The Yes Brain, que se enfoca en cultivar la resiliencia en los niños.

Sin embargo, poder afrontar con filosofía los berrinches y rabietas representa un reto para muchos padres, en especial, si tenemos expectativas poco realistas sobre lo que es la infancia.

“La idea de que la crianza debe ser la maravillosa, feliz y perfecta culminación de nuestras esperanzas y sueños es parte de eso”, comenta Katherine Reynolds Lewis, autora del libro próximo a publicarse The Good News About Bad Behavior.

Lewis dice que el enojo, las lágrimas y otros arrebatos son parte natural del desarrollo de cualquier niño; es lo que ella llama “el caos de la niñez”.

No obstante, los padres que son incapaces de enfrentar ese caos o que no están dispuestos a hacerlo podrían considerar los arrebatos del niño como un problema que debe resolverse de inmediato.

Laura Markham, psicóloga clínica y editora del sitio AhaParenting.com, dice que, cuando eso sucede, “ridiculizamos a los niños, los culpamos y les decimos que es culpa suya; los aislamos al enviarlos a su habitación”.

La naturaleza de la respuesta de los padres puede variar, aseveró Markham, pero el mensaje es el mismo: el enojo, la tristeza o la frustración son inaceptables.

Según Markham, eso es lo contrario a la resiliencia; se trata de imponer una frágil rigidez que hace que padres e hijos se sientan temerosos de que las emociones intensas los destrocen.

En contraste con esa fragilidad, los padres que no evaden el poder de emociones como el enojo tienen una mayor capacidad para asimilar las interacciones desafiantes con sus hijos, expuso Siegel, quien es director ejecutivo del Instituto Mindsight. Además, no hay que preocuparse si este tipo de resiliencia no llega de forma natural, añade, pues con la práctica se vuelve más sencillo.

A continuación, ofrecemos algunos consejos para que esas interacciones complicadas sean más sencillas de asimilar.

Respira profundo

Para responder con inteligencia a los arrebatos de un hijo, primero debemos apagar las alarmas que se encienden en nuestra cabeza. Markham aconseja a los padres “presionar el botón de pausa” antes de ejercer cualquier acción, aun ante el escenario de un niño gritando.

En su investigación, Lewis descubrió que padres e hijos a menudo sincronizan los latidos de su corazón, su respiración y otras funciones fisiológicas, de modo que calmarnos puede tener un efecto físico mensurable en nuestro hijo, sin mencionar que también puede ayudarnos a enfrentar la situación con serenidad.

Deja que las emociones se presenten

La resiliencia depende de comprender que las emociones —incluso aquellas que se consideran “negativas”, como la tristeza, el sufrimiento o el enojo— no son un problema que debe resolverse, sino una consecuencia natural de ser humano.

“El asunto con las emociones es que no duran para siempre; hay un comienzo, un desarrollo y un final en todas ellas”, dice Carla Naumburg, trabajadora social clínica y autora de Ready, Set, Breathe: Practicing Mindfulness With Your Children for Fewer Meltdowns and a More Peaceful Family.

Más allá de eso, permitirnos (y permitirles a nuestros hijos) experimentar y expresar un amplio rango de emociones es vital para nuestro bienestar. Markham resaltó que cuando no expresamos nuestras emociones perdemos el control sobre ellas.

Sé curioso

Como padres, nos preguntamos con mucha frecuencia “¿por qué?” cuando observamos alguna conducta no deseada (“¿Por qué no puede recordar poner los calcetines en el cesto?”). Pero Naumburg afirma que preguntarnos por qué reaccionamos de esa manera podría ser más útil, en especial, cuando nos sacan de nuestras casillas. “Date cuenta de lo que está sucediendo contigo y comienza a responsabilizarte de eso”, sugirió Markham.

Establece límites con compasión

Establecer reglas y límites y apegarse a ellos puede convertirse en uno de los momentos más desagradables en la relación entre padres e hijos, pero actuar con compasión y amabilidad en esos momentos puede ayudar a mantener bajo el nivel de tu presión sanguínea.

Markham y Naumburg indican que reconocer verbalmente los sentimientos de tu hijo y consolarlo no necesariamente va de la mano con ceder ante sus exigencias. “Hay ocasiones en las que me siento con mi hija en el regazo, mientras llora, y la abrazo mientras le digo: ‘No’”, dice Naumburg. “Continúa llorando pero seguimos conectadas”.

Analiza tus respuestas

Susan Newman, psicóloga social y autora de The Book of No: 365 Ways To Say It and Mean It, afirma que los padres deben estar especialmente conscientes de las ocasiones en las que es más probable que cedan ante los arrebatos de su hijo y agrega: “Si puedes reconocer lo que te hace decir que sí de manera automática, es hora de retroceder y pensar: ‘Espera, ¿por qué lo hago?’”.

Newman continúa: “Vivimos en una cultura de los padres que dicen: ‘Sí’ y es más fácil decir que sí que batallar con el berrinche de un niño”. Sin embargo, los padres pueden considerar una negativa como una manera de explorar los límites y así poder comprenderlos mejor.

Toma distancia

Cuando nos identificamos demasiado con nuestros hijos o los consideramos un barómetro de nuestra propia autoestima, estamos preparando el terreno para la decepción (o algo peor) cuando las cosas no salen como las planeamos.

“Nuestro ego está muy atado a nuestro modo de crianza”, dice Julie Lythcott-Haims, autora de How to Raise an Adult. Naumburg señala que esto se debe en parte a una narrativa cultural que sugiere que “si los niños no están bien, entonces es porque nos hemos equivocado como padres”.

Como lo describe Lythcott-Haims: “Si nosotros logramos vivir nuestra vida, quizá nuestros hijos también puedan hacerlo”.

 

Paciencia ante todo para hablarles a los niños.

Después de un largo viaje en auto nos parece natural que un cachorro “se queje” ladrando, corra en círculos o quizá muerda un poco. No nos enojamos con él cuando necesita liberar esa energía. Le preguntamos: “¿Quién es un buen chico?” en un tono que el perro entiende perfectamente. Significa: “Estoy encantado contigo simplemente porque existes”.

Comparémoslo con la manera en que tratamos a los niños después de que han aguantado un día de clases, actividades y tareas. Les ladramos instrucciones: “Termina tus problemas de matemáticas, ¡y asegúrate de demostrar el resultado!”, “¡Deja de jugar con el iPad!”, “¡Prepárate para ir a dormir!”.

En vez de disfrutar su compañía, los arrinconamos y les damos órdenes.

Esto es particularmente desafiante para los niños pequeños.

He ejercido como psicóloga clínica durante 35 años. Hasta hace poco, los padres venían a verme principalmente por problemas con las niñas.

Eso ya no es así. Últimamente, escucho descripciones tan similares y angustiadas por parte de los padres que siento como si les estuviera haciendo una audición a actores que repiten los mismos diálogos. Se trata de sus niños, cuyas edades oscilan de los 7 a los 11 años. Son más temerosos, exigentes y groseros que los de 3 años.

Quédate conmigo mientras tomo un baño en caso de que entren unos asesinos a la casa.

Mamá, si no duermes conmigo, tienes que quedarte en mi habitación hasta que me quede dormido. Siéntate en la silla.

Mi maestra no explicó bien la tarea de matemáticas. Necesito que me ayudes con TODOS los problemas.

Sé lo que están pensando: los padres sin agallas y sobreprotectores crían niños infantiles y berrinchudos que se sienten con el derecho a todo. Sin embargo, los profesores de esos niños piensan que son estupendos.

¿Por qué ocurrió ese cambio de equilibro? Antes trataba los problemas de las niñas y ahora lidio con una regresión tan severa en los niños que los padres están temerosos por ellos y de ellos. ¿Por qué son tan lastimosos, patéticos y molestos… pero solo en casa?

Sabemos algunas de las razones. El temario de la escuela se ha extendido mientras que el desarrollo humano sigue avanzando al mismo ritmo de siempre. Esto significa que las chicas, que desarrollan habilidades verbales, de lectura y sociales antes que los niños, tienen una ventaja.

Para ese momento, muchos niños ya agotaron sus reservas de autocontrol. Algunos inician una huelga. Los líderes sindicales lo llaman “cumplimiento doloso”: asiste al trabajo, pero no trabajes. A menos que un padre se comporte como cuidador y asistente personal desde el inicio hasta el final.

¿Después qué sigue? ¡Te vas a la cama en este instante, jovencito!

Ahora la lucha de poder se intensifica. El “Acuéstate conmigo”. Los “monstruos”. Las lágrimas. Su ansiedad extrema es su energía, imaginación y pasión que implosionan contra ellos mismos y contra el pacífico hogar de su familia.

No es fácil cambiar las escuelas o regresar a épocas pasadas. Sin embargo, podemos controlar por lo menos un elemento del asunto: cómo interactuamos con nuestros hijos.

La pregunta que les hago a los padres en mi consultorio es esta: ¿qué porcentaje de la comunicación con tu hijo consiste en fastidiar, recordar, castigar o gritar? “Mmm… ¿90 por ciento, 100?”. Sé que eso no es cierto, así como sé que los niños no padecen enfermedades mentales y que estas familias no sufren disfunción oculta.

Antes de considerar la terapia o los medicamentos, les sugiero a los padres que aprendan a hablarles a los niños pequeños y también a escucharlos.

Deléitate con su encanto

¡Mamá, mamá! ¿Sabías que hay 440 tipos de tiburones? El más grande es el blanco. ¡Tiene SEIS METROS DE LARGO! ¡Pero los tiburones solo matan a diez personas al año! ¡Los perros matan a 25.000 personas al año! Los tipos de tiburones son marrajo, martillo, azul y tollo cigarro. ¡Duende!, leopardo, nodriza, mielga…

El edificio más alto del mundo, la cámara de video más pequeña que utilizó la CIA, el mayor número de balones encestados en un solo partido. Los chicos quieren demostrar quiénes son, ser maestros del universo. Recolectar información es su manera de abarcar un tema. Si esa información tiene superlativos, los más grandes, los más fuertes, los más rápidos… qué mejor.

Una buena táctica es fingir ser un poco ignorantes y buscar su conocimiento especializado por mínimo que sea. Ser entusiasta y mostrarse cautivado es un depósito en el banco de la buena voluntad que estableces con tu hijo. Esa información esotérica comunicada apasionadamente es el regalo que te dan; cuando preguntas los detalles y valoras las respuestas, muestras tu gratitud.

Ayúdalo a cambiar de canal

Si está recitando la misma letanía de dinosaurios que ya has escuchado cincuenta veces, considera que quizá se le está acabando el material. Los niños pequeños necesitan más información no solo para saciar su curiosidad, sino también para mantenerte cautivado.

La mejor manera de refrescar el monólogo es proporcionarle algunos hechos nuevos y experiencias a través de libros, videos o paseos: un viaje a la biblioteca, al puerto, a la estación de trenes o al mercado de productores; o una gran excursión al museo, el acuario o el zoológico.

Encestando puntos

Deja que hable en la oscuridad, en el auto, mientras se mueve, mientras espera el autobús o cuando está sentado en el metro. En general, está más cómodo charlando al lado que cara a cara. Sostener un objeto también alivia la tensión. Tu papel es estar atento y recibir sus comentarios. Una vez que los niños pueden escribir, algunos prefieren comunicar un gran pensamiento, una confesión o un sentimiento profundo en un pedazo de papel y deslizarlo bajo tu puerta en vez de decirlo en persona. Si tú le dejas pequeñas notas de vez en cuando en su escritorio, la mesa de noche o la almohada, abres una vía de comunicación que no conocía y será más probable que él haga lo mismo.

 

Para que entienda tu mensaje, evita las “críticas constructivas” con palabras abstractas como inapropiado, enfocado, distractor y éxito. Sobre todo, cuando las usas en tono serio, a tu hijo le suenan como el blablablá de los adultos en las caricaturas de Charlie Brown y compañía. En vez de eso, habla con fuerza, calma y sencillez. Repite. Puede que tu hijo no entienda las insinuaciones. Es poco probable que recuerde los discursos largos y serios acerca de todo, desde las áreas que debe mejorar hasta los planes detallados que lo emocionan. Así que imagina que tus conversaciones son como encestar en el básquetbol. Dices algo, después otra cosa, y a veces lo logras y encestas.

Aprécialo

En su novela La ley del menor, Ian McEwan describe a un niño de 8 años que relata “un flujo plateado de anécdotas, reflexiones y fantasías” y que genera en un escucha adulto “una ola de amor por el niño que le apretaba la garganta y le ardía en los ojos”.

Dale a tu hijo el cariño fácil, el aprecio y la tolerancia que le demuestras a tu perro.

Puede llevarte en un viaje increíble si confía en ti, si te tomas el tiempo y si estás dispuesto a seguirlo.

Wendy Mogel es psicóloga clínica y su libro más reciente es “Voice Lessons for Parents: What to Say, How to Say It and When to Listen”.

 

 

Ocho frases que ningún padre debería decirle a su hijo.

Fatherly

19/02/2018

falta de otras estrategias, muchos padres optan por decir lo primero que se les viene a la cabeza: reaccionan a los comportamientos de sus hijos con una retahíla de frases típicas que han ido arraigándose con el paso de los años. No hay nada malo en eso, de hecho es muy comprensible. Pero, por desgracia, muchas de esas frases clichés están obsoletas y basadas en suposiciones erróneas acerca de la mentalidad de los niños. Otras frases simplemente son el resultado del estrés que provoca ser responsable de un pequeño humano. A continuación, se incluyen ocho frases muy comunes que debemos evitar:

“Ya se cansará”. A veces, los niños tienen compulsiones inexplicables. Puede que sientan la necesidad irrefrenable de correr por casa desnudos, pegar grititos o decir palabrotas. Algunos padres reaccionan dejando al niño a su aire por un tiempo para que “se canse”. Desgraciadamente, esa idea está basada en un trágico malentendido del cerebro humano y el concepto de catarsis.

Lo cierto es que los niños no nacen con un deseo finito de correr desnudos por casa. La mente humana no funciona así. De modo que permitirles correr desnudos no agotará sus ganas de quitarse la ropa y echar a correr. De hecho, es posible que tenga el efecto contrario. Permitir a un niño “hacer algo hasta que se canse” alimentará sus ganas de seguir haciéndolo.

La solución para evitar estos comportamientos problemáticos es practicar el comportamiento opuesto. Por ejemplo, podemos animar al niño a que corra por casa en ropa interior o en pijama. Otra opción es animarle a correr vestido porque “eso es lo que hacen los mayores”. Hay que reforzar los comportamientos positivos, no los negativos.

“Eres malo”. En los peores momentos, los padres pueden sentir que su hijo es una mala persona. Puede que sientan que su pequeño es vengativo y que se comporta mal para que los demás se rían. En esos momentos, cuando se está enfadado, es probable que surja el deseo de preguntar a los hijos por qué se portan tan mal o incluso de decirles que son malos.

Sin embargo, esa agitación causada por el mal comportamiento de los niños se basa en una suposición errónea. Existen muchas razones por las que los niños se comportan mal; no tienen por qué ser personas llenas de odio y rencor. Decirle a un niño que es malo hará que interiorice el mensaje, lo que puede conducir a un comportamiento aún peor y dar lugar a distintos problemas psicológicos, como la depresión o la ansiedad.

Una táctica más adecuada en estos casos es decir que el comportamiento es negativo y tratar de reforzar el hecho de que el niño es una buena persona capaz de comportarse de forma correcta. Criticar el comportamiento en lugar de al niño nos permite conectar ese comportamiento con sus consecuencias, por ejemplo: “Has tirado el juguete, de modo que ahora no puedes jugar con él”.

Es más, es incluso mejor resaltar los comportamientos positivos, dado que se producen muchas veces a lo largo del día, y enfatizarlo ayuda a que el niño vea qué es lo positivo.

“… o de lo contrario…”. Esta frase es un puente entre un comportamiento y su consecuencia. A menudo tendemos a usarla cuando estamos enfadados y denota una amenaza. Pero las amenazas son una manera poco eficiente y poco racional de criar a un niño.

En lugar de amenazarles con quitarles el juguete, debemos enfatizar las consecuencias naturales de las acciones de los niños. Existen algunas reglas al respecto: las consecuencias deben estar relacionadas de manera razonable con el comportamiento, deben ser inmediatas y han de explicarse con calma para que el niño consiga interiorizarlo. Además, es importante que cuando expliquemos las consecuencias les recordemos que seguimos queriéndoles.

“No seas tan tímido”. Obligar a un niño a saludar a personas con las que no se siente cómodo puede derivar en un trastorno de ansiedad en el futuro. Y cuando esa exhortación paterna va acompañada de una orden de abrazar, dar la mano o dar un beso, parece que lo que estamos diciendo es que “no importan tus límites corporales cuando estás con personas con más autoridad que tú”. Y con el reciente movimiento del #metoo (“yo también”), no es la mejor lección para un niño.

Algo que ayuda a los niños tímidos es la práctica, el apoyo y la preparación. Los niños tímidos se manejarán mejor si saben de antemano lo que va a pasar y han practicado los saludos, aunque sea chocar la mano con alguien en lugar de un apretón de manos o un abrazo. Esto también ayuda a gestionar las expectativas de un visitante.

“A tu cuarto”. A menudo se entiende esta táctica de disciplina como una respuesta a un comportamiento antisocial. De este modo, el niño tiene la oportunidad de reflexionar sobre su comportamiento, siempre y cuando se haga de manera calmada y considerada y se hable sobre lo ocurrido y sobre cómo se podían haber hecho mejor las cosas.

Sin embargo, conviene recordar que este tipo de castigos deben tratar de incrementar el comportamiento social. Así pues, mandar a un niño a su cuarto es lo último que un padre debería hacer. Nunca sabemos lo que el niño va a hacer ahí dentro. ¿Leer un libro? ¿Jugar a algo? Haga lo que haga, seguro que no está replanteándose su comportamiento. Es mejor mantenerlos cerca y tranquilos que mandarles lejos a pensar en privado.

“Ya podrías parecerte más a tu hermana”. La rivalidad entre hermanos puede resultar muy perjudicial. De hecho, la violencia en el hogar familiar suele darse más entre hermanos que entre padres e hijos. Lo último que necesita una relación tensa es más competitividad y presión por parte de los padres.

En lugar de hacer comparaciones innecesarias, los padres deberían fomentar la cooperación entre hermanos. Es aconsejable proponer juegos no competitivos y cooperativos; y pedir a los niños que trabajen juntos para un mismo fin es mucho mejor que recalcar las debilidades del uno o del otro.

“Si de verdad me quisieras…”. Existe una delgada línea entre la culpa y la coacción. El sentimiento de culpa es necesario y es sano cuando impulsa a una persona a reparar un daño. La culpa requiere empatía, es decir, ser capaz de reconocer que las acciones de uno han conducido a que otra persona se sienta mal.

Los padres pueden usar la culpa a su favor señalando que los actos de un niño pueden afectar a los sentimientos de otra persona. Pero la táctica llega demasiado lejos si un padre amenaza o pone en entredicho el vínculo de amor con su hijo. Ese amor es lo que permite que el niño construya un sentimiento de seguridad que le permite explorar el mundo y sentir que siempre habrá un lugar seguro al que puede regresar.

Si le quitas al niño el pilar del amor, estás arrebatándole el sentimiento de seguridad, lo que puede provocarle ansiedad y comportamientos aún peores. Es mucho más aconsejable recordar a los niños que siempre se les va a querer, independientemente de cómo actúen; también hay que recordarles que su comportamiento tiene consecuencias y que pueden hacer que otras personas se enfaden, estén felices, se sientan orgullosos o tristes.

“Tú te lo has buscado”. Los estudios demuestran que educar a un niño con amenazas y violencia puede llevarles a ser adultos antisociales y violentos, en especial si esas amenazas se manifiestan de forma violenta.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

 

Educación de los sentimientos.

Acabo de leer que cada año, sólo en Francia, se fugan de sus casas cien mil adolescentes, y cincuenta mil intentan suicidarse. Los estragos de las drogas -blandas, duras, naturales o de diseño- son conocidos y lamentados por todos. Parece como si las conductas adictivas fueran casi el único refugio a la desolación de muchos jóvenes. La gente mueve la cabeza horrorizada y piensa que casi nada se puede hacer, que son los signos de los tiempos, un destino inexorable y ciego.

Sin embargo, se pueden hacer muchas cosas. Y una de ellas, muy importante, es educar mejor los sentimientos. El sentimiento no tiene por qué ser un sentimentalismo vaporoso, blandengue y azucarado. El sentimiento es una poderosa realidad humana, que es preciso educar, pues no en vano los sentimientos son los que con más fuerza habitualmente nos impulsan a actuar.

Los sentimientos nos acompañan siempre, atemperándonos o destemplándonos. Aparecen siempre en el origen de nuestro actuar, en forma de deseos, ilusiones, esperanzas o temores. Nos acompañan luego durante nuestros actos, produciendo placer, disgusto, diversión o aburrimiento. Y surgen también cuando los hemos concluido, haciendo que nos invadan sentimientos de tristeza, satisfacción, ánimo, remordimiento o angustia.

Sin embargo, este asunto, de vital importancia en educación, en muchos casos abandonado a su suerte. La confusa impresión de que los sentimientos son una realidad innata, inexorable, oscura, misteriosa, irracional y ajena a nuestro control, ha provocado un considerable desinterés por su educación. Pero la realidad es que los sentimientos son influenciables, moldeables, y si la familia y la escuela no empeñan en ello, será el entorno social quien se encargue de hacerlo.

Todos contamos con la posibilidad de conducir en bastante grado los sentimientos propios o los ajenos. Con ello cuenta quien trata de enamorar a una persona, o de convencerle de algo, o de venderle cualquier cosa. Desde muy pequeños, aprendimos a controlar nuestras emociones y a también un poco las de los demás. El marketing, la publicidad, la retórica, siempre han buscado cambiar los sentimientos del oyente. Todo esto lo sabemos, y aún así seguimos pensando muchas veces que los sentimientos difícilmente pueden educarse. Y decimos que las personas son tímidas o desvergonzadas, generosas o envidiosas, depresivas o exaltadas, cariñosas o frías, optimistas o pesimistas, como si fuera algo que responde casi sólo a una inexorable naturaleza.

Es cierto que las disposiciones sentimentales tienen una componente innata, cuyo alcance resulta difícil de precisar. Pero sabemos también la importancia de la primera educación infantil, del fuerte influjo de la familia, de la escuela, de la cultura en que se vive. Las disposiciones sentimentales pueden modelarse bastante. Hay malos y buenos sentimientos, y los sentimientos favorecen unas acciones y entorpecen otras, y por tanto favorecen o entorpecen una vida digna, iluminada por una guía moral, coherente con un proyecto personal que nos engrandece. La envidia, el egoísmo, la agresividad, la crueldad, la desidia, son ciertamente carencias de virtud, pero también son carencias de una adecuada educación de los correspondientes sentimientos, y son carencias que quebrantan notablemente las posibilidades de una vida feliz.

Educar los sentimientos es algo importante, seguramente más que enseñar matemáticas o inglés. ¿Quién se ocupa de hacerlo? Es triste ver tantas vidas arruinadas por la carcoma silenciosa e implacable de la mezquindad afectiva. La pregunta es ¿a qué modelo sentimental debemos aspirar? ¿cómo encontrarlo, comprenderlo, y después educar y educarse en él? Es un asunto importante, cercano, estimulante y complejo.

Proponer un programa exigente y completo de valores, apoyados y vividos desde una educación para la virtud, permitirá que los niños, adolescentes, jóvenes y adultos maduren cada día en su humanidad, vivan abiertos a los demás, y se preparen en serio a la meta en la que se decide, para siempre, el bien verdadero de cada uno de nosotros: el encuentro eterno con Dios. ¿No debería ser esa la señal inequívoca de que hemos sabido ofrecer un buen programa de formación en los valores?

¿Cómo vivir más intensamente?

CÓMO VIVIR MÁS INTENSAMENTE

  1. Encuentre el sentido: sepa que todo lo que le ocurre tiene un sentido. Usted está en todas las cosas que le ocurren porque tienen algo que ver con usted. Pregúntese: ¿Qué sentido le voy a dar?
  2. ¿Para qué a mí?: pregúnteselo en vez de “por qué a mí”. El por qué se presta al drama, el para qué conecta con la utilidad que tiene eso que le ocurre con su vida.
  3. Deje de procrastinar: no posponga nada y empiece ya porque igual mañana no llega nunca. Haga lo que tenga que hacer, en pequeñas dosis, pero actúe. No espere.
  4. Tenga sueños: sea ambicioso, no se conforme con proyectos pequeñitos porque estos no alimentan. Su deseo de llegar a algo grande es lo que realmente le dará el combustible para vivir intensamente.
  5. Conecte con la gratitud: siempre hay algo por lo que estar agradecido. La gratitud le conecta con lo que le gusta de su vida. Piense “qué bien que…he podido hacer algo…, que haya recibido una llamada…” La suma de varios “qué bien” produce la ‘hormona de la satisfacción’.

El cerebro de los niños, la inteligencia.

José Silié Ruiz

 

La inteligencia es la capacidad de resolver problemas; pero no es una facultad simple unitaria. Es en verdad, una jerarquía de habilidades, aprendidas sucesivamente, en que las últimas se van incorporando a las anteriores. El cerebro se puede concebir como un gran organizador de datos, un organizador mucho más complejo que cualquier computadora artificial. La información le llega por medio del oído, la vista, el tacto, el olfato, el sabor. El cerebro, al parecer reduce este vasto acopio de datos a símbolos en clave, que puede organizar lógicamente para resolver problemas, alcanzar metas y dar sentido a la existencia.

 

Porqué es tan importante la estimulación temprana en los niños, porque durante los primeros cuatro o cinco años de vida, el desarrollo del niño  es rápido y está más sujeto a modificación. En ese periodo adquiere las habilidades que le servirán de base para sus posteriores dotes. Tal vez un 20 por ciento de ellas se desarrollan antes de que cumpla un año, y quizá la mitad antes de que llegue a los cuatro. Con el agravante, de que esas tempranas influencias perduran para toda la vida, sean buenas o malas. Es la explicación a algunas conductas que asumimos en la vida adulta de las que¨ conscientemente¨ no tenemos una explicación válida.

 

Hay un obra que recomendamos, del inglés, Dr. Josep Perner, Profesor de Psicología Experimental  de la Universidad de Sussex, Inglaterra, es su libro ¨Comprender la Mente Representacional¨ de Editorial Paidos. La obra, sintetiza la bibliografía existente acerca de las teorías de la mente infantil, con el propósito de proporcionar una explicación integral de la comprensión infantil de los procesos representacionales y mentales, decisiva para la adquisición de la psicología del sentido común.

 

Nadie sabe cómo funciona la mente, o al menos, nadie sabe cómo funciona la mente al mismo nivel que se conoce el funcionamiento de otros muchos fenómenos. La mente, concebida como un ¨problema¨ al que se vislumbra una solución. Son dos los pilares fundamentales para comprender cómo funciona ¨la mente¨: la computacional y la evolución por selección natural. Así pues, si conectamos el concepto del pensamiento y lo asociamos a la capacidad de manejarnos, entonces la inteligencia se puede definir como el conjunto de técnicas que el niño adquiere para organizar los informes que le proporcionan los sentidos. Este nuevo concepto  de ¨inteligencia¨, contradice la vieja idea, de que es algo que queda perfectamente determinando en el momento de la concepción, como el sexo del individuo. El niño no nace con una inteligencia ya determinada, sino más bien con un ¨potencial intelectivo¨. En verdad, tiene que aprender a aprender, y su éxito dependerá de la capacidad organizadora que haya adquirido  en su experiencia temprana.

 

Y esto es muy necesario, está confirmado que los lactantes, mucho antes de que puedan hablar, aprenden a recordar cosas y a comparar sus propiedades, de ese modo ponen orden en su entorno. Y es muy necesario, pues la plétora de nuevas impresiones que, desde el entorno, bombardean constantemente a los retoños amenaza con exigir demasiado al nuevo cerebro. Pero ese cerebro no tiene límites, los juegos, la música, lectura en alta voz, televisión dirigida, conversar con ellos, las atenciones y mimos, están entre los principales elementos para ¨mejorar la inteligencia¨ a esa temprana edad.

 

El mencionado y triste ejemplo del niño de los tugurios, que vive en un ambiente sórdido, y con frecuencia los adultos que lo rodean son indiferentes y amargados. Como nadie lo motiva, no desarrolla las actitudes y aptitudes necesarias para triunfar.  Un ejemplo de lo opuesto,  una niña híper estimulada, mi nieta Nicole, canta  largas canciones tanto en inglés como en español, tal vez a sus tres años no entienda el argumento, pero  como neurólogo, de algo  estoy muy seguro, absorbe la musicalidad de los idiomas, de eso se trata, se puede ¨enseñar¨ inteligencia. El secreto,  una  permanente educación estimulante.

¿Qué edad es considerada suficiente para dejar a los niños solos en casa?

Uno de mis primeros recuerdos es el de mis padres a punto de dejarme solo en casa por primera vez, mientras que ellas iban a cenar. Yo estaba en el baño, en busca de esmalte de uñas. Me soné la nariz, y oí a mi padre preguntarle a mi mamá, ” ¿Está bien ahí dentro? Está llorando porque vamos a salir? “Mi madre abrió la puerta y me vio con calma pintar las uñas. ” Ella es claramente inamovible “, dijo mi madre.

No recuerdo qué edad tenía exactamente, pero yo no podría haber sido más de 11. Algunos padres nunca dejar su once años de edad, solo en casa. Otros padres se sienten seguros dejando a sus hijos pequeños en casa bajo el cuidado de un niño de once años de edad.

¿Qué tan joven es demasiado joven para ser dejado solo en casa?

Esta es la época del año en que muchos padres que trabajan se enfrentan a este reto: la escuela está cerrada, campamento de día sólo cubre tanto, y que simplemente no tienen suficientes horas en el día para cubrir todas sus bases. Por desgracia, nuestra cultura de trabajo a veces hace que sea difícil para los padres, para que primero las necesidades de sus hijos. ¿Qué pasa si usted tiene otra opción que dejar a sus hijos solos en casa?

Decidir cuándo dejar a sus hijos solos en casa es un paso muy grande, y viene con un montón de dudas, preocupaciones y preguntas.

Hay algunas pautas generales, y algunos requisitos específicos, a tener en cuenta a medida que navega esto para su familia. Las leyes estatales dictan en realidad la edad de su hijo tiene que ser antes de que puedan ser legalmente solos en casa. Por favor asegúrese de revisar las leyes de su estado.

Independientemente de si su hijo legalmente se puede dejar solo en casa, su primera estrategia podría ser apoyada en miembros de la familia o hermanos mayores. También puede buscar en las asociaciones de vecinos de colaboración – hay muchas familias en la misma situación en que está. Un método cooperativo de cuidado de los niños ha salvado muchas familias del estrés de tejer juntos las necesidades de la familia en la cara de los requisitos de trabajo del mundo real. Llegar a sus vecinos incluso podría ayudar a expandir su red de apoyo más allá de sus necesidades de cuidado de niños.

 

Si su hijo es legalmente capaz de quedarse solo en casa, y los amigos y la familia no son una opción, tendrá que elaborar un plan claro para la seguridad de su hijo, mientras que solo en casa. La capacidad de su hijo para tomar buenas decisiones es mucho más importante que su edad real: ¿cómo van a seguir las reglas de seguridad de todo? ¿Pueden tanto entender y seguir adelante con un plan, en caso de que necesite ayuda mientras está fuera?

Un paso importante hacia el éxito para usted y su hijo es establecer claramente sus expectativas, y para hablar de sus miedos o dudas acerca de que lo dejen solo. También es una buena idea hacer algunas breves series de pruebas, lo que les deja solos en casa durante no más de 30 minutos, y que la duración en el tiempo. Esto ayuda a construir su confianza y le permite controlar más de cerca la forma en que están listos para este gran paso.

Hay mucho más grandes ideas, incluyendo formas de ayudar a su hijo a aprender a ser lo suficientemente responsable para quedarse solo en casa, en este artículo:

Es su hijo Responsable suficiente para estar solo en casa? Dos y no hacer para los padres

Acerca de Rebecca Wolfenden , 1 – a-1 Coach

Rebecca Wolfenden es una mamá amorosa a su hijo y un dedicado entrenador 1 – a-1 . Obtuvo su licenciatura en Trabajo Social de la Universidad de Virginia Occidental y ha estado con la autorización de los padres desde 2011. Rebecca tiene experiencia de trabajo con niños y familias en la configuración de casas y escuelas , y tiene una amplia práctica de trabajar con personas de todas las edades que han sobrevivido emocional y significativa trauma físico.

¿Cómo se desarrolla mejor el cerebro de un bebé?

Autor: Simon Worrall

Fecha: 2015-09-11

Fotografías: Lynn Johnson, National Geographic Creative

Pronuncia: Otorrinolaringóloga pediátrica. Difícil, ¿verdad?

Según Dana Suskind, quien obtuvo ese título en la Universidad de Chicago, la exposición a un lenguaje abundante durante los primeros tres años de vida no solo es crucial para la capacidad de pronunciar palabras largas, sino para nuestro desarrollo integral y el éxito en general.

Por desgracia, en su nuevo libro Thirty Million Words: Building a Child’s Brain también demuestra que nuestros logros están determinados, en buena medida, por el medio social y económico en que nacemos.

Sin rodeos: un niño nacido en la modesta Compton, California, probablemente escuchará 30 millones de palabras menos en los primeros tres años de vida que otro nacido en la acaudalada Greenwich, Connecticut.

En una entrevista desde su hogar en Chicago, Suskind explica que la iniciativa “Thirty Million Word” intenta cerrar la brecha de logros; porqué el esfuerzo de Mark Zuckberger de aprender chino refleja la importancia de la exposición al lenguaje desde la infancia; y cómo su propuesta de “sintonizar, hablar más y tomar turnos” puede ayudar a resolver los problemas mundiales.

¿Qué te inspiró a escribir el libro, Dana?

Hace unos diez años inicié el programa de implantes cocleares en la Universidad de Chicago. Mi experiencia como cirujana me llevó al mundo de las ciencias sociales y allí descubrí el poder del lenguaje.

Los niños que nacen en condiciones de pobreza escuchan 30 millones de palabras menos que sus pares más acaudalados.

Antes de la implantación, los niños no manifestaban una diferencia real en su potencial de aprender a hablar. Pero después del implante, eran muy distintos. Algunos hablaban y aprendían igual que sus pares, mientras que otros apenas podían comunicarse. Y la diferencia casi siempre estuvo marcada por líneas socioeconómicas.

Aquella experiencia me puso a pensar, ¿qué está sucediendo? Es la misma cirugía, con resultados muy distintos. Luego me enteré de una investigación muy importante que hicieron Betty Hart y Todd Risley hace unos 30 años. Demostraron que los niños que nacen en condiciones de pobreza escuchan 30 millones de palabras menos que sus pares más acaudalados. Pero la brecha de 30 millones de palabras es solo una metáfora de la riqueza del lenguaje y los ambientes en los primeros años de vida.

Lo explicas de una manera maravillosamente sencilla. Cuéntanos de tus tres consejos para los padres y cómo marcan la diferencia en el desarrollo del cerebro infantil.

Desde el punto de vista científico, un ambiente con un lenguaje rico es increíblemente complejo. Sin embargo, en el nivel más fundamental, todo se reduce a tres cosas: armonizar, hablar más y tomar turnos.

Armonizar significa que cuando estés cambiando el pañal de tu hijo, salgan de compras o vayan al centro en autobús, te muestres interesada en cualquier cosa que despierte el interés del niño.

Hablar más es justo eso: hablar más, usar un lenguaje más rico, narrar a tu hijo lo que ocurre en el día.

Tomar turnos es lo más importante. Significa que debes considerar a tu hijo como un compañero de conversación, desde el primer momento. Muchos padres no se dan cuenta de que pueden conversar con un recién nacido. Sin embargo, los bebés nacen listos para aprender y responden con cada ruido y eructo, incluso antes de usar su primera palabra.

Propongo un cuarto factor: apagar la tecnología. Llámese televisión, iPhone o iPad, hay tecnología en todas partes. Necesitamos aprender a vivir con la tecnología y entender que el cerebro del bebé necesita interacciones humanas reales, en vivo. Por desgracia, no existen sustitutos ni fórmulas, como las hay para la leche materna, así que solo podemos hacer nuestro mejor esfuerzo para limitar la tecnología e interactuar con nuestros hijos. (Lee: ¿Qué nos causa Facebook?)

En tu libro haces una pregunta importante: “Si los bebés fueran genios de la computación, ¿por qué no los sentamos frente al televisor y nos olvidamos de todo?”. Explica porqué eso no contribuye al proceso de aprendizaje.

¿No sería lo más simple? [Ríe] El lenguaje se desarrolló como un medio de comunicación. No teníamos tecnología para nutrir nuestros cerebros. Necesitábamos la interacción social para que el lenguaje se “pegara”. Hay estudios geniales que lo demuestran. Los bebés no aprenden con la televisión o los videos. La interacción, lo que llamamos “respuesta contingente” –cuando respondemos a las señales del bebé-, es lo que permite que aprendan cosas.

Lee: Papá, gana amor extra

¿Qué hay de los niños mayores de cuatro años, los que se pasan la vida en YouTube o el televisor, sin leer y sin los tres estímulos que propones? ¿Hay esperanzas para ellos?

¡Nunca es tarde! El cerebro siempre está desarrollándose, evolucionando; incluso en ti y en mí. [Ríe] Sin embargo, hay un periodo cuando el desarrollo cerebral es tan intenso como al principio, sobre todo en términos de destrezas cognitivas. Si queremos prevenir en vez de remediar, necesitamos enfocarnos en esa etapa. Eso no significa que debamos enfocarnos en los niños de cero a tres años y olvidarnos de los demás. Pero si descuidamos a los de cero a tres, después será muy difícil cerrar la brecha.

Ya es costumbre decir que el reforzamiento positivo es necesario. No obstante, tienes datos que confirman esa teoría, así como información sorprendente sobre factores socioeconómicos y el refuerzo positivo. Háblanos del estudio Hart-Risley.

Hart y Risley surgieron de la “Guerra contra la pobreza”. Antes de hacer su estudio, hace 30 años, realizaron muchas intervenciones preescolares con niños que vivían en condiciones de pobreza. Al principio, los resultados demostraron que, durante la edad preescolar –digamos, cuatro y cinco años-, los niños que recibían intervenciones clave no eran distintos de quienes no las recibían. Esa experiencia los llevó a cuestionar, “¿Qué pasa en la vida cotidiana de los bebés entre los cero y tres años?”

Decidieron hacer un seguimiento de familias en todos los estratos socioeconómicos –incluyendo desde las que llamaron “empobrecidas” hasta las profesionales y todos los niveles intermedios- hasta los tres años de edad. Visitaron a los niños una vez al mes e hicieron grabaciones de audio. Cuando analizaron los datos, descubrieron que los niños nacidos en condiciones de pobreza habían escuchado 30 millones de palabras menos que sus pares más acaudalados. Fue entonces que concibieron esa metáfora genial para llamar la atención del público: la brecha de 30 millones de palabras.

Hart y Risley también detectaron diferencias entre el uso de afirmaciones y prohibiciones –“¡No hagas esto!”, “¡Bájate!”, “¡Cállate!”- y las descripciones que usaban una rica narrativa. Todo esto –la forma como los progenitores hablan o no con los niños- impactó no solo en el vocabulario de los bebés a los tres años, sino que al llegar al tercer grado, también encontraron impactos en sus calificaciones de exámenes y CI, y así descubrieron el inicio de la brecha de logros.

Mencionas que hay una diferencia entre los términos “ayudante” y “ayuda” para obtener una respuesta en los niños, y también cuando dices “eres muy malo” o “hiciste algo malo”. Explica la importancia del lenguaje en el desarrollo del cerebro infantil.

Lo más importante que me ha demostrado toda esta experiencia es el poder del lenguaje para nuestro desarrollo integral, para el desarrollo de nuestro cerebro. El lenguaje no solo incrementa el CI y la capacidad cognitiva. Hace crecer los distintos aspectos del individuo, como nuestra destreza para las matemáticas, nuestra percepción espacial, nuestra capacidad para perseverar frente a los desafíos, o nuestra autorregulación.

En estos momentos estoy muy enfocada en nuestro programa de elogios basado en la persona versus el proceso. Si dices “trabajas muy duro” versus “eres muy inteligente”, marcarás la diferencia entre un niño que persista frente a un desafío difícil o se dé por vencido.

La empatía es la esencia de lo que deseamos en los seres humanos. Es importante elogiar al individuo en vez del proceso. Queremos que el niño piense, “Soy un gran ayudante” versus “solo fue el proceso”.

En cambio, si el niño hace algo malo, es importante entender que hay una diferencia crucial entre sentir culpa y vergüenza. Porque si avergüenzas a alguien, no haces algo constructivo. Lo deseable es que tu afirmación esté conectada con un acto. Si dices “eres malo” versus “ese acto es malo”, puedes marcar una gran diferencia.

¿Cómo dejar de sentirse culpable?

Por Amanda Morin

Si se siente culpable por las dificultades de aprendizaje y atención de su hijo es importante que sepa que usted no está solo. La culpa es una emoción común para los padres que tienen niños con estas dificultades. Usted puede canalizar esta emoción normal pero innecesaria y transformarla en algo productivo.

Por qué podría sentirse culpable

Hay una cantidad de razones por las cuales usted podría sentirse culpable por las dificultades de aprendizaje y atención de su hijo. Algunas de las más comunes son:

  • Creer que usted creó el problema. Podría pensar que tal vez hizo algo que causó las dificultades de aprendizaje y atención de su hijo. Por ejemplo, podría preguntarse si quizás no se cuidó lo suficiente durante el embarazo.
  • Pensar que hizo algo para merecerlo. Puede que piense que las dificultades de aprendizaje y atención de su hijo son un castigo por algo que usted hizo o dejó de hacer. Podría preguntarse: “¿por qué a mí?” o “¿por qué a mi hijo?” Si usted es una persona religiosa podría incluso preguntarse qué fue lo que hizo para que Dios le pusiera en esta difícil situación.
  • Sentir vergüenza acerca de sus propias dificultades de aprendizaje y atención. Usted podría haber tenido problemas con sus propias dificultades de aprendizaje y atención. Incluso podría sentirse culpable por creer que le transmitió sus genes defectuosos a su hijo.
  • Sentirse avergonzado de ser una mala madre o padre. Podría pensar que si hubiera hecho las cosas mejor su hijo no estaría teniendo dificultades en la escuela. Incluso, aunque sepa que las dificultades de aprendizaje y atención no son causadas por la manera en que usted fue educado, otras personas podrían sugerir eso y hacerle sentir muy mal.

Consejos para dejar de sentirse culpable

Cualquier sentimiento de culpa que pudiera tener es normal. Sin embargo, esto no quiere decir que estos sentimientos estén justificados. Saberlo podría ayudarle a canalizar el sentimiento de culpabilidad hacia actividades positivas. Los siguientes consejos pueden ayudarle.

  • Sepa que no causó las dificultades de su hijo. Las dificultades de aprendizaje y atención son complejas y no pueden ser explicadas completamente por la genética. Algunos niños con historia familiar de dislexia podrían desarrollar dislexia pero otros no la desarrollarán. Asimismo, algunos niños sin historia familiar del trastorno por déficit de atención con hiperactividad o ADHD (por sus siglas en inglés) podrían desarrollar ADHD. Resístase a la tentación de culparse a sí misma o al padre de su hijo por las dificultades de él.
  • Obtenga apoyo de otros. No guarde esos sentimientos. Los consejos de otros padres de niños con dificultades de aprendizaje y atención pueden ser una gran ayuda así como el apoyo de su familia extendida, amigos, líderes religiosos y terapeutas.
  • Aprenda sobre las dificultades de aprendizaje y atención de su hijo. Aprender sobre las dificultades de aprendizaje de su hijo y sus derechos educacionales incrementará su confianza y le ayudará a abogar por su hijo en la escuela.
  • Tenga un plan para lidiar con otros. “¿Por qué Juan tiene tanta dificultad para estarse quieto?” ¿Cómo le gustaría responder a la gente que dice estas cosas y le hacen sentir culpable o molesta? El tener una respuesta lista como: “que se mueva tanto es bueno para Juan porque le permite enfocarse” podría ayudar a que esos comentarios sean menos molestos.

Aunque tenga estrategias para enfrentar los desafíos diarios algunos días serán mejores que otros. Averigüe cómo mantenerse tranquilo y positivo.

Cerebro, pensamiento y lenguaje

José Silié Ruiz

Los hombres de ciencias son como el hombre común, evolucionan en sus juicios. No sin razón se ha dicho que la verdad de hoy puede ser la mentira de mañana, y esto se expresa muy claramente en los conceptos que sobre el pensamiento y el lenguaje hemos tenido a través de los siglos. En el siglo XIX, tuvo en Europa y principalmente en Austria gran incremento la escuela de los frenologistas, ellos en esa oportunidad creyeron haber descubierto mediante especulaciones craneológicas, las facultades del alma y su localización en el órgano rector, planteando gráficas de los sentimientos en el cerebro. De hecho, tengo en mi oficina un busto comprado en el Museo de Ciencias de Londres, con las divisiones representativas que esos antecesores plantearon de las ¨emociones corticales¨, que hoy reconocemos erradas.

Francisco José Gall (1758-1828) fue su mentor, representando por ejemplo, la inclinación humana al robo en la región lateral del cerebro y así otras 27 facultades,  entre ellas la facultad del  lenguaje articulado en los lóbulos frontales. Opinaron en ese momento que aquellas personas que dominaban el don del buen hablar tenían los ojos saltones y bolsas palpebrales bajo sus ojos. Al verme en el espejo con algunas de estas ¨coincidencias¨ luego de iniciar este conversatorio reflexioné sobre  mi capacidad de hablar.

Fue el prominente Pierre Paul Broca (1824-1880) brillante neurólogo y antropólogo francés a quien le correspondió en la histórica tarde del 18 de Abril de 1861, en los estrados de la Sociedad Antropológica de Paris, presentar el cerebro de Monsieur Leborgne, afásico (perdió el habla) que había fallecido días antes. El lenguaje articulado, concluyó, se sitúa en el pie de la tercera circunvolución frontal izquierda, hace casi siglo y medio de su descripción de lo que podía articular el ¨Señor Tan¨, que era lo que podía decir el  paciente, sólo alcanzaba a comprender preguntas sencillas, las que  respondía con sus ¨tan¨. En su honor, se nombra  área de Broca, la relacionada con  la elaboración y comprensión del lenguaje.

Esta función del lenguaje tiene una contraparte, los pacientes que hablan, pese a no entender el lenguaje verbal, en esta entidad el daño está situado en el área de Wernike, descrita por otro neurólogo de Breslau de nombre Carl. Debemos señalar que en casi todos los que somos derechos o diestros y más o menos en dos tercios de los zurdos, sólo interviene el hemisferio cerebral izquierdo en la producción de esa compleja función humana que es el lenguaje, esto era lo aceptado hasta hoy.

Con los modernos métodos neuroradiológicos (TAC, SPETC, RMN), de los que no disponían mis antecesores neurólogos, se ha planteado un nuevo modelo en la percepción del lenguaje. Al oír una expresión, nuestro sistema de reconocimiento del habla intenta en primer lugar registrar las unidades fónicas individuales: ejecuta un análisis acústico-fonético, Después, filtra las informaciones posteriores. Se pudiera resumir que oímos con la corteza auditiva, lóbulo temporal, luego se analiza la composición fonética del texto oído. La sintaxis (combinación de las palabras) y la semántica (significados) se analizan en el hemisferio izquierdo,  y que  el procesamiento prosódico (patrones de acentuación) tiene lugar fundamentalmente en el hemisferio derecho, es la novedosa teoría planteada.

Pero hasta en el lenguaje hay diferencias, las mujeres escuchan más de prisa que nosotros, ellas reaccionan mucho antes que los varones ante las informaciones emocionales de la prosodia: a los 200 milisegundos, frente a cerca de los 750  de los varones. Probablemente  se deba a que nosotros procesamos  primeramente por separado, el significado de la  palabra y la melodía de la frase, para establecer luego la relación entre ambas.  Parece que para las damas, tiene mayor importancia la entonación que el significado. Quisiéramos tener la capacidad de Irene Pérez Guerra, Federico Gratereaux, o Diógenes Céspedes, sobre el lenguaje, aun así seguiremos ¨conversando¨ el próximo domingo, cómo el cerebro elabora las ideas y las convierte en ¨pensamiento¨.