Leyenda e historia envuelven la fundación de Santo Domingo

Se cree que el marino español Miguel Díaz, escapó de la zona Norte porque había herido gravemente a un compañero. Llegó al sur, a la desembocadura del río Ozama, donde reinaba la Cacique Catalina; quien por temor a perder su amor, le revela la ubicación de las ricas minas de oro del río Haina; con este descubrimiento Miguel retorna a La Isabela, seguro del perdón a cambio de la información.

Sorprendido de encontrar vivo, a quien pensaba muerto, obtiene el perdón de Bartolomé Colón, hermano del Gran Almirante, y la autorización para fundar, el día 5 agosto 1498, una nueva ciudad en la costa sudeste de la isla, al margen oriental del río Ozama.

La ciudad originariamente llamada “La Nueva Isabela, Santo Domingo del Puerto de la Isla de la Española”.

El nombre, Santo Domingo es un misterio, se cree, fue en honor a Domingo (padre de Colón); otros sostienen que Bartolomé, indeciso sobre el nombre, vio en el calendario que el 8 de agosto era dedicado a Santo Domingo de Guzmán, y así la llamó.

La ciudad se pobló rápidamente, sin engrandecerse mucho. En el 1498 era considerada Capital de la isla.

El 30 de agosto de 1498, Cristóbal Colón, por primera vez, puso pie en ésta.

En julio del 1502, la ciudad compuesta por 45 casas en madera, fue destruida por un huracán, y fundada por Ovando en la margen opuesta del río, lugar que actualmente ocupa.

Esta ciudad sirve como modelo de estructura urbanística para las nuevas ciudades del Continente.

Donde ahora está ubicada la iglesia de Santa Bárbara, los indígenas Taínos trabajaban hasta la muerte, en la mina de piedra; cada día recibían un volumen a excavar, y quien no lo lograba, en la noche era ahorcado. Cada noche le tocaba a alguien.

La reconstrucción de la ciudad procedió con rapidez. En el 1503 el nuevo Santo Domingo, pudo ser inaugurado, gracias a nuevas normas urbanísticas, con calles rectas y de fácil tránsito.

El desarrollo de la ciudad fue rápido, debido al hecho de que era un punto de referencia estratégico para las expediciones de conquistas.

El llano urbanístico inicial no incluía una cinta amurallada, sólo fuertes perimetrales.

La obra militar de mayor envergadura fue La Fortaleza Ozama, estupenda y todavía existente.

Santo Domingo, para el 1520, proyectándose cada vez más rica, comenzó a situarse en la mira de los piratas. Por tal motivo, en el 1533 se iniciaron a construir las murallas.

A partir de la mitad del siglo las naves comenzaron a evitar el puerto de Santo Domingo, atracando directamente a los nuevos puertos de México y de Perú: nuevas promesas de riquezas.

En el 1555 el primer inglés en visitar la isla fue Robert Thompson con una breve estadía de 16 días de pasajes por el México. Reporta que en la ciudad habitaban más de 500 hogares españoles, y que los indios que residían en los suburbios eran más. Que existían grandes cantidades de carne de vaca, ovejas, puerco, gallos y gallinas. Sigue mencionando la existencia de mosquitos con largo pico y gusanos que infectan dolorosamente los pies. Escribe también de una moneda (dinero negro), hecha de cobre y latón, para evitar la falta de circulación de los bienes, debido a los negocios de oro y plata.

Treinta y un años después, otro inglés visitó el país, el corsario Sir Francis Drake en el 1586, quien destruyó la ciudad. Fue tan traumático, que algunas familias iniciaron las emigraciones.

Pasaron tres siglos sin que Santo Domingo pudiera recuperar su progreso: en el año 1600, 25 mil habitantes, en el 1920 contaba sólo con 31 mil y en el año 1935 tenía 71 mil.

El 8 de enero del 1936 el dictador Trujillo, subido al poder seis años antes, en un acto de megalomanía cambió el nombre a la ciudad, llamándola en su honor “Ciudad Trujillo ”. El 29 de nov. 1961 caído el dictador, se le resigna el nombre originario.

En realidad hasta el 1950 la Capital estaba circunscrita a la Zona Colonial y los habitantes eran 181 mil. Luego comenzó la explosión urbanística y la expansión de la zona moderna.

Un proceso inicialmente lento, luego, siempre más tumultuoso: 370 mil habitantes en el 1960; 676 mil en el 1970; 1,500,000 en el 1981; casi dos millones y medio en el 1994; cerca de tres millones en el 1996.

Un tercio de la población de la República Dominicana, vive actualmente en la capital. Se puede imaginar, por tanto, los problemas conexos al crecimiento de la ciudad, en los últimos 15-20 años.

La ciudad ha sido condecorada por la ONU con el título de “Cuna de América”.

Un adelantado fue un alto dignatario español que llevaba a cabo o adelante una empresa jurídica militar y civil por mandato, cuenta y bajo designio real. En las Siete Partidas Alfonso X lo definió como homólogo de las funciones del prefecto romano. Tenía asignada y apoderada, una jurisdicción nominada adelantamiento y su rango de dignidad era análogo al del almirante antiguo.

Sobre Santo Domingo y la guerra de Abril del 65

Santo Domingo es el resultado urbano de dos episodios trágicos: el ciclón San Zenón en 1930 y la Revolución de Abril de 1965.

En 1965, Santo domingo era una ciudad pequeña. Provinciana en parte y aristocrática en otra, salía apenas de sus murallas después de 450 años de existencia. Hacia el Oeste, se había construido la Feria de la Paz, el matadero y Metaldom (empresa metalúrgica)  y al norte de la avenida Máximo Gómez, algunas industrias y la cementera de Trujillo se localizaban “lejos” de la zona colonial y se rodeaban de barrios populares.

El país era rural en un 60 por ciento tenía 367,053 habitantes de los cuales el 45 por ciento tenía entre 15 y 34 años de edad; era, por lo tanto, una ciudad donde la juventud rebelde estaba hambrienta de vida pública y de lectura. Los universitarios habían transformado las plazas, las esquinas y parques en ágoras permanentes.

Para tener una idea de lo que era Santo Domingo en 1965, basta recordar que en un tramo corto de la calle Isabel la Católica, competían con el Banco de Reservas, el Royal Bank del Canadá y el Nova Scotia. En esa misma calle, todas las casas comerciales Johnn Abbes y Miguel Barceló entre otras, se codeaban con los grandes almacenes y tiendas. Al final de la Avenida España, se encontraban las oficinas de las casas Piñeyro y Celso Pérez, de la Destilería Quisqueya y de la casa Dávila. En la calle Arzobispo Meriño, las tiendas, las sombrererías, sastrerías tenían a la Casa Velásquez abierta y cerca. En las calles Mercedes, Luperón, Hostos y Nouel, se localizaban todas las sucursales de las grandes casas comerciales extranjeras.

Santo Domingo era un puerto que se había reactivado después la muerte del tirano gracias a las numerosas exenciones otorgadas a influyentes exportadores. El Sindicato de Arrimo Portuario (POASI), el de los empleados públicos y el de la Federación Nacional de Maestros (FENAMA) dominaban todas las actividades culturales y sindicales. El puerto era una zona llena de vida. De miseria también, pero el bullicio era expresión de vitalidad: todo pasaba por las Atarazanas.

Los partidos políticos rivales en contiendas electorales tenían sus locales en tres cuadras: en el parque Colón,  el PRD; en la esquina del Conde con Hostos,  el 1J4;  en la Estrelleta con Pina, la Unión Cívica.

La avenida Mella tenía el famoso mercado, el hotel La Fama y todos los comerciantes árabes. La “Mella” y el Conde concentraba los bellos edificios de los años veinte, como el Copello, hoteles, restaurantes, joyerías, el periódico El Caribe y cafeterías como la Colonial y la Sublime. Hasta barberías famosas, la Cibao y la Colón, tenían sus “habitués” combinando higiene con tertulias.

En la zona norte, los barrios de obreros y empleados –el Simón Bolívar, la Caridad, El Aljibe, Faría, Villa María— iniciaban su urbanización mientras los ensanches Espaillat, Barrio Obrero, Luperón, Villa Francisca y Mejoramiento Social se densificaban. San Carlos, barrio viejo y tradicional, concentraba las agencias de carros en la 30 de Marzo, tenía cultura y tradición, orgullo: Había dejado de ser común para formar parte de la ciudad, al igual que Ciudad Nueva.

Hacia el oeste de la zona colonial, Primavera, Lugo y Gascue eran sinónimo de viejas familias acomodadas con tradición y buen gusto. Estaban rodeados de todas las embajadas a lo largo de la Avenida Bolívar y las calles José Contreras, César Nicolás Penson y Santiago.

Las márgenes del río tenían sus primeros barrios pobres, como Agua Dulce, San Martín de Porres, La Fuente (Guachupita-La Cienaga-Los Guandules), que iniciaban un proceso indetenible de urbanización con los obreros constructores de la Feria de la Paz, que prefirieron, después el final de las obras,  quedarse vivir en la capital.

La ciudad intramuros tenía sus barrios tradicionales –en la parte alta con el Polvorín, San Miguel, San Lázaro y San Antón— con pendientes teatrales, como la calle Hostos, empedrada por  Moncito Báez López Penha, y  la 19 de Marzo.

Del otro lado del río Ozama, Los Mina estaba en proyecto y Villa Duarte-la Francia-Calero eran barrios de marineros. La capital tenía dos puentes, uno al norte, hacia Villa Mella, y el Juan Pablo Duarte, por el que se llegaba a Boca Chica.

Santo Domingo tuvo que sorprender a los 42,000 marinos que desembarcaron, no porque fuera un pueblo sin armas que había vencido un ejército regular en la cabeza del puente, sino, como lo afirma el ex comandante Diego Guerra, hombre de confianza del coronel Caamaño, porque pensaban estar en Vietnam y muchos de ellos, ignoraban que era la segunda vez que EE.UU invadía este pequeño país.

La ciudad era de  calles estrechas y familiares, las casas  bajitas, multicolores, de madera, vulnerables con su zinc o tejas a la moda en esos años, tenían patios y  “parte atrás”. La gente, de costumbres amables, los recibía sin embargo con un odio visceral. Los barrios tuvieron que ser inhóspitos e incómodos de controlar, con su escala inadecuada para el tamaño de esos tanques que parecían casas de dos pisos, como Diego los recuerda. Asustaban, pero eran vulnerables, como también los recuerda Montes Arache. Bastaba un coctel molotov, un chín de gasolina y se inmovilizaban. Quizás sea una explicación a la saña mostrada en esa operación limpieza realizada, después el asalto al puente.

El cordón sanitario dividió la ciudad en dos, aisló los barrios de la zona colonial, lo que permitió una represión muy poco narrada y muertos sin contar y nombres que no se conocerán jamás.

La ciudad sobrevivió como pudo, la mercancía de las Aduanas custodiada con celos se repartió en la zona constitucionalista, pero el país se paralizó. Las actividades comerciales, bancarias y de dirección mermaron. La ciudad demostró ser infuncional e inadecuada para ser el soporte material de las aspiraciones de una nueva clase empresarial que se beneficiaba de las donaciones del gobierno norteamericano (122 millones de dólares ente abril de 1965 y junio de 1966) y que se daba cuenta de la inoperancia de su espacio urbano.

Los bombardeos, los tiros de francotiradores, las granadas de mortero, los tiros de fusil AR 15 desde el edificio de Los Molinos, causaron daños a los edificios de la zona colonial, con todos los servicios  destruidos. Terminada  la ocupación US,  Santo Domingo conocerá la más grande mutación social y urbana de su historia, producto de una visión evidentemente contrainsurgente.

Se despliega un arsenal legal que desvaloriza los inmuebles de la zona colonial (bloqueo de los alquileres) lo que conlleva al abandono total de la zona a poblaciones refugiadas en ella, a la sobre densificación y a su arrabalización progresiva. El azúcar en alza, la cuota preferencial, los préstamos US, permiten la conformación de instituciones financieras que inician un proceso de acumulación a partir del sector inmobiliario y la industria de la construcción: la “ciudad” migra hacia el oeste y con ella esa nueva clase social emergente: la clase media urbana que se beneficia de consumos nuevos, así como los altos funcionarios del Gobierno incluyendo la jerarquía militar.

Después de 1965, las tierras del Estado serán despilfarradas para servir de base a una expansión desmesurada de la ciudad. Los sectores ligados al Poder aprendieron algo de la guerra del 65 y lo ponen en práctica: desconcentran las instituciones, dispersan las actividades industriales y conectan el Oeste con el Este de la ciudad con inmensas avenidas prefigurando lo que sucede hoy, en 2008; se multiplican los puentes sobre el río Ozama, se incentiva todo tipo de consumos: los supermercados sustituyen los colmados tradicionales, el cine se moderniza, la música se diversifica, se abre a nuevos ritmos, los carros, los graffiti, se revoluciona la cultura tradicional, se inician los flujos migratorios hacia los Estados Unidos, aparecen las remesas y la droga. El régimen amplió su base social, reprimió en los barrios e inició la transformación de Santo Domingo, la que tenemos hoy: el puerto se fue hacia Haina  y con él, los obreros portuarios y. Borojol, su barrio. Se modificó la cabeza del Puente Duarte, se derribó la Clínica Zaiter. Murió Cambumbo y con él, el famoso cabaret  Herminia, de Villa Juana.

Nos quedan los restos de extranjeros valiosos:  Jacques Viau, Capocci, André Riviere. Pero si París, después de 1848,  tuvo un Haussman, Santo Domingo, después de 1965 tuvo a Joaquín Balaguer para lacerar el espacio urbano con avenidas longitudinales que lo dividen en grandes bandas fácilmente controlables por un ejército. París, sin embargo, tiene con el Muro de los Federados y  su Museo de la Revolución una memoria histórica que recuerda que todos sus sacrificios no han sido en vano, a diferencia de Santo Domingo, que no tiene monumento para recordar sus muertos. Le falta el museo de su Revolución de Abril de 1965.

Biografía de Pedro Henríquez Ureña

Pedro Henríquez Ureña

Nació, el 29 de junio de 1884, en la ciudad de Santo Domingo, específicamente en la casa de dos pisos ubicada en la calle Luperón esquina Duarte, en la zona colonial. El domingo 29 de junio de 2008 se cumplirán exactamente 124 años de ese acontecimiento trascendente para la cultura hispánica. Su madre, Salomé Ureña de Henríquez, y su padre, Francisco Henríquez y Carvajal, le iluminaron, de niño, la senda que habría de seguir toda su vida en procura de los más fundamentales valores espirituales, morales e intelectuales.

El ilustre autor de Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928) y de Las corrientes literarias en la América Hispánica (1945, 1949), acumuló saber y divulgó conocimientos, consciente de que la misión más elevada de todo maestro consiste en dar y contribuir con la unidad de los seres humanos, por lo que se oponía a las diferencias raciales y a las actitudes egoístas. Su visión del mundo y de las cosas, su pensamiento todo, lo hacen ver, a 62 años de su fallecimiento, como un ser demasiado adelantado para su época. El mundo de hoy –y, ¿por qué no?, el de mañana, también- necesita de hombres capaces de reconocer que es Pedro Henríquez Ureña un modelo ejemplar de ser humano a imitar: como hijo, como hermano, como amigo, como esposo, como humanista, como maestro y como ciudadano de América.

Los países que visitó y amó lo acogieron como si fuera su legítimo hijo (Cuba, México, Argentina y España, por ejemplo) y ellos sembraron en la mente y en el corazón del insigne humanista dominicano el ideal, la utopía, por una América unida, única, hermanada. Su conducta nunca se distanció de ese ideal, pues su grandeza siempre estuvo cimentada en su condición de hombre íntegro, defensor de sus principios a costa de cualquier sacrificio que le pudieran imponer las azarosas circunstancias que, con frecuencia, hubo de enfrentar, a veces por razones políticas, a veces por razones económicas, a veces por la incomprensión –o la ingratitud- con que, por lo general, son perseguidos los seres con luz como Don Pedro Henríquez Ureña.

En su afán por dar cada vez más de su saber, Pedro murió en la Argentina -en el tren que lo conducía, de Buenos Aires a La Plata, con destino al Colegio Nacional de La Plata- el 11 de mayo de 1946. Su hermano Max, en Hermano y Maestro (1950) describe, con hondo dolor, la forma trágica en que muere, inesperadamente, el hijo que Salomé Ureña habría de confiar al porvenir:

“Apresuradamente se encaminó a la estación del ferrocarril que había de conducirlo a La Plata. Llegó al andén cuando el tren arrancaba, y corrió para alcanzarlo. Logró subir al tren. Un compañero, el profesor Cortina, le hizo seña de que había a su lado un puesto vacío. Cuando iba a ocuparlo, se desplomó sobre el asiento. Inquieto Cortina al oir su respiración afanosa, lo sacudió preguntándole qué le ocurría. Al no obtener respuesta, dio la voz de alarma. Un profesor de medicina que iba en el tren lo examinó y, con gesto de impotencia, diagnosticó la muerte. Así murió Pedro: camino de su cátedra, siempre en función de maestro”.

Finalmente, debemos hacer una rectificación histórica con relación a la fecha de nacimiento de Pedro Henríquez Ureña, la cual se indica erráticamente en dos de las tarjas que, en homenaje a él, han sido colocadas en lugares específicos de la ciudad de Santo Domingo: una en su tumba del Panteón de la Patria y la otra al pie del busto que se encuentra en la parte frontal de la Facultad de Humanidades “Pedro Henríquez Ureña” de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). En ambas se dice que Henríquez Ureña nació el 29 de julio de 1884, lo que no es cierto, ya que, conforme al Acta de Bautismo extraído de los archivos del Arzobispado de Santo Domingo, su venida a este mundo terrenal tuvo lugar el 29 de junio de ese mismo año. Fue bautizado el 27 de noviembre, faltándole solamente dos días para cumplir los cinco meses de nacido.

El traslado de sus restos mortales hacia el Panteón de la Patria –no Panteón de la Nación- fue dispuesto mediante el Decreto No. 2140, de fecha 7 de abril de 1972, pero no fue sino hasta el 8 de mayo de 1981 cuando esa disposición fue cumplida, trayéndose dichos restos desde la ciudad de Buenos Aires (Argentina), para lo cual el Gobierno Dominicano creó una comisión que estuvo integrada por el Secretario de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos (SEEBAC), Dr. Andrés Reyes Rodríguez; el Rector de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), Dr. Jaime Viñas Román; y el Lic. Federico Henríquez Gratereaux, pariente del preclaro hombre de letras.

Reposan los restos de Pedro Henríquez Ureña en la misma cripta donde se encuentran los de su eximia madre, Salomé Ureña de Henríquez, como fue su deseo antes de morir. Unidos por el infinito amor que ambos se profesaban, tanto en la vida como en la eternidad.

Biografía de María Trinidad Sánchez

SÁNCHEZ, MARÍA TRINIDAD (1794-1845). Nació en Santo Domingo en 1794.Hija de Narciso Sánchez y Olalla del Rosario, era hermana del patricio Francisco del Rosario Sánchez. Febrerista, estuvo al tanto de las conspiraciones independentistas y la noche del 27 de febrero estuvo presente en el recinto de la muralla de la ciudad, proveyendo de cartuchos a los patriotas. Para los fines de la proclamación de la separación, María Trinidad Sánchez confeccionó una de las banderas izadas en La Puerta de El Conde. Después de la separación y en medio de las campañas militares contra la invasión haitiana, varios de los trinitarios intentaron controlar la Junta Central Gubernativa. Esta acción fue impedida por Pedro Santana quien pasó la presidencia, mientras que Duarte y varios de los jóvenes de La Trinitaria fueron encarcelados y condenados al destierro acusado de traidores a la patria. María Trinidad Sánchez después de la salida al exilio de sus compañeros, participó en las conspiraciones políticas tejidas contra el predominio de Pedro Santana y de los quienes habían quedado vencedores de los Padres de la Patria. A consecuencia de ellos fue encausada y condenada a muerte. Se le prometió perdonarle la vida si delataba a los que estaban implicados en la trama contra el gobierno, pero altivamente rechazó aquella vileza.

El 27 de febrero de 1845, primer aniversario de la patria, fue fusilada en la ciudad de Santo Domingo, junto a otros de los implicados.

Biografía del Padre Francisco Xavier Billini

Padre Francisco Xavier Billini (1837 – 1890) Creador de obras de Bien Social

Educador, político, humanista y sacerdote.  Al principio simpatiza con la Anexión a España para luego convertirse en un fiel seguidor de la Restauración.  Restaurada la independencia e inspirado por Gregorio Luperón propugna por la paz entre España y la República Dominicana y se entrega de lleno a la educación y a obras de beneficencia.

Director fundador del colegio San Luis Gonzaga, de los periódicos Amigo de los niños y la Crónica, Vicario de la Arquidiócesis de Santo Domingo y precursor de  la Biblioteca Popular dedicada a lectores de escasos recursos y de una imprenta.

Funda varias instituciones de servicio al desvalido como primer asilo para enfermos mentales; un orfanato para niños abandonados; la Escuela de Artes y Oficios y el hospital Padre Billini.

Difiere con los enunciados de Hostos aunque al final reconoce el valor de la escuela hostosiana.  Restaura los templos San Andrés y Regina Angelorum y es testigo del hallazgo, en la Catedral, de los restos de Cristóbal Colón.

Fundó y dirigió el colegio San Luis Gonzaga en 1867, que tuvo el primer gimnasio del país. Su concepción educativa lo llevó a diferir de la de Hostos por la escasa información de que disponía. Posteriormente, reconoció las bondades de la escuela hostosiana.
Su labor social no tuvo límites; en ocasiones, algunas de las instituciones que fundó: el primer asilo para enfermos mentales; un orfanato para niños abandonados por sus progenitores; la Escuela de Artes y Oficios; el hospital que lleva su nombre; una biblioteca pública; y una imprenta. También reconstruyó los templos de Regina Angelorum y el de San Andrés.
Su autoridad moral la hizo valer en dos ocasiones para salvar la vida a dos perseguidos del Gobierno. El primero en recibir los beneficios de tan inconmensurable gestión fue el general Cesáreo Guillermo y el segundo el general Braulio Álvarez.
Dejó una abundante producción periodística. A la hora de su muerte pide: Atenme, las manos y los pies…acuéstenme para reposar así, con toda humildad.

Biografía de Gonzalo Fernández de Oviedo Valdés

Gonzalo Fernández de Oviedo Valdés (1478 – 1557)  Alcalde de Santo Domingo y Fortaleza Ozama

Militar, escritor, cronista, naturalista, primer antropólogo del Nuevo Mundo.  Describe para su Rey y Emperador Carlos I y V la naturaleza de las tierras nuevas y los hechos de la Conquistan que van desde el 1492 al 1549.  Detalla con minuciosidad el mundo vegetal, animal y mineral del Nuevo Mundo incluyendo las especies del mar.

Explica en sus escritos el habitat de los indios: confección del caney, los bohíos, hamacas, forma de cultivo, armas y narra el juego de la pelota.  Igualmente sobre el pánico de los indígenas frente al perro europeo.

Cuenta además la forma de convivencia de los indígenas a quienes considera homúnculos, seres inferiores al hombre a quienes no vale la pena educar ni evangelizar, ocasionando con ello uno de los grandes conflictos sobre la humanidad de los indígenas y la guerra justa.  Durante este conflicto se enfrenta a las teorías de los frailes Montesino y Las Casas.

Es su estatua la que da la bienvenida en la Fortaleza Ozama de la Ciudad Colonial de Santo Domingo.

Biografía de Fray Antón de Montesino

Fray Antón de Montesino. Sacerdote dominico y primera voz en el Nuevo Mundo defensora de los derechos de gente (1480-1540).

Forma parte del primer grupo de dominicos enviados al Nuevo Mundo durante el 1510.  Cumpliendo la mística de su congregación de “observar la verdad y luego revelarla”, Montesino se convierte en el vehemente orador del conocido Sermón de Adviento y  del Sermón de Ratificación, escenificados en la Ciudad Colonial de Santo Domingo y dirigidos a Don Diego Colón, su corte y todos los españoles de la Hispaniola.  Sermones que llaman  a la justicia y protección de los indígenas y que reclaman: “¿Con qué derecho y con qué justicia? ¿Es acaso que no son gentes?  ¿Es acaso que no tienen alma?  Estos sermones fueron escenificados en la hoy Catedral.

Luego de los Sermones, Montesino es cuestionado y rechazado por las autoridades de la isla.  Con la ayuda económica de algunos habitantes, viaja a España y se integra al grupo de defensores de los indígenas que logran la promulgación de las Nuevas Leyes o Leyes de Indias tendentes a proveer de derechos a los indígenas.

Pertenece al grupo de religiosos que construyeron el Convento de los Dominicos primera edificación religiosa en pie del Nuevo Mundo.

Biografía de María de Toledo y Rojas

María de Toledo y Rojas, Virreina de las Indias Occidentales  (1490 – 1549).

Esposa del Virrey Don Diego Colón, primogénito de Cristóbal Colón y primera mujer europea de nobleza que viene al Nuevo Mundo. Al llegar a Santo Domingo, acompañada de una corte de damas,  con quienes se paseaba en la hoy conocida Calle Las Damas, toma como misión apaciguar los ánimos entre los seguidores del recién retirado gobernador Nicolás de Ovando y los realistas quienes acompañan al Virrey.

Producto de su mal gobierno, el virrey viaja a España y pierde su título. Doña María  asume el poder, respaldando prudentemente todas las iniciativas encaminadas a lograr la paz, el desarrollo y la fe en las nuevas tierras.  Fue defensora constante de los derechos de los indios.  Logra para sus herederos el título de Duque de Veragua y cumpliendo con su testamento, traslada a Santo Domingo los restos de Don  Cristóbal Colón.  Murió en el Palacio Virreinal conocido como el Alcázar de Colón.

Biografía de Anacaona

Anacaona, en lengua taína Flor de Oro (1464 – 1504)

Reina del Cacicazgo de Jaragua ubicado al suroeste de la Hispaniola.  Hermana del Cacique Bohechío, esposa del Cacique Caonabó y tía de Guarocuya conocido como Enriquillo.  Mujer de extraordinaria belleza, valentía e inteligencia.  Los cronistas la describen como “Prudentísima, juiciosa, hospitalaria, valiente en extremo, de gran ingenio”

Componía y danzaba areitos, poemas musicalizados de los taínos.  Sentía una extraordinaria curiosidad y admiración por los conocimientos y adelantos de los españoles a quienes, en lugar de temer, admiraba hasta que los abusos de éstos hicieron que Anacaona recelara.  Instigó a Caonabó a destruir el Fuerte de la Navidad.

Por nobleza, cede ante la falsa oferta de paz de Nicolás de Ovando y cae, ella y su cacicazgo, en manos de los 300 españoles quienes asesinaron y quemaron la población y a Anacaona la llevaron, según la leyenda, atada hasta la Ciudad de Santo Domingo y fue ahorcaron en el lugar donde se encuentra la puerta norte de la hoy Catedral, llamada por este hecho, Puerta del Perdón.  En El Parque Colón se erige una escultura de Anacaona escribiendo a los pies de Cristóbal Colón.

Biografía de Nicolás de Ovando

 Gobernador de la Hispaniola (1460-1511)

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Nacimiento       c. 1461. Génova.

Fallecimiento  1514. Santo Domingo

Ocupación        Navegante, cartógrafo, Empleador  Corona castellana

Título                  Adelantado y Gobernador de La Española

Padres                Domingo Colombo y Susana Fontanarrosa

Familiares        Cristóbal Colón (hermano mayor), Diego Colón (hermano menor), Diego Colón (sobrino), Hernando Colón (sobrino).

Bartolomé Colón (Bartolomeo Colombo, Génova. 1461 – Santo Domingo 1514) fue un navegante y cartógrafo italiano, hermano de Cristóbal Colón y Diego Colón, Adelantado y primer gobernador de La Española y colaborador de su hermano mayor en sus viajes.

Como en el caso de su hermano mayor, el lugar de su nacimiento ha sido discutido. De sus declaraciones en los “pleitos colombinos” se desprende que pudo nacer hacia 1462.

Trabajó como cartógrafo en Lisboa, uno de los principales centros de conocimientos náuticos y cartográficos de la época, junto con su hermano Cristóbal, con el que compartía la llamada “empresa de las Indias”, plan para abrir una vía alternativa al comercio de las especias procedentes de las Indias orientales, mediante la navegación por el oeste hasta alcanzar Asia.

Es posible que participase en la expedición de Bartolomé Díaz al Cabo de Buena Esperanza entre 1487 y 1488. A su regreso marchó a Inglaterra y Francia, mientras Cristóbal se establecía en España, con objeto de intentar persuadir a los respectivos monarcas de iniciar esta empresa.

 

Adelantado y gobernador de La Española

Trabajaba como cartógrafo al servicio de Ana de Francia cuando a mediados de 1493 le llegó una carta de su hermano comunicándole el descubrimiento y llamándole a reunirse con él en Barcelona. Cuando Bartolomé llegó a la ciudad condal Cristóbal ya había partido para su segundo viaje. Financiado por la corona española, que puso a sus órdenes una pequeña flota, pudo viajar a isla de la La Española donde llegó el 24 de junio de 1494. Permaneció en la isla durante seis años y medio (1494 – 1500) quedando como Gobernador General con el título de Adelantado durante la ausencia de su hermano, que en junio de 1496 retornaba a España tras el segundo viaje.

Entre 1496 y 1498, exploró la desembocadura del río Ozama, en la costa sur de la isla y fundó la ciudad de Nueva Isabela, en la orilla oriental del río Ozama, devastada por un ciclón y refundada en 1502 en la orilla opuesta por el nuevo gobernador Nicolás de Ovando, quien la bautizó con el nombre de Santo Domingo de Guzmán, el actual Santo Domingo, capital de la República Dominicana.

En 1497, en ausencia de su hermano, estalló la revuelta encabezada por Roldán al frente de un grupo de descontentos por no haber percibido sus pagas. Tras intentar hacerse con la única carabela que se encontraba en el puerto, Roldán y los suyos se refugiaron en el interior de la isla, cometiendo todo género de tropelías. De vuelta en Santo Domingo en agosto de 1498 Cristóbal Colón pactó un acuerdo con Roldán, enviando ambos sus informes a la Corona. Colón reclamó también él envió de funcionarios reales. Pero todavía estallaron nuevos enfrentamientos en los que Roldán volvía a ser protagonista. Bartolomé Colón hizo encerrar a dieciséis revoltosos en un pozo. En esas circunstancias llegó a la isla el 23 de agosto de 1500 Francisco de Bobadilla, con cargo de juez pesquisidor y gobernador de La Española.

Prisión

Al llegar Bobadilla a Santo Domingo únicamente se encontraba allí Diego Colón. Dos días más tarde hizo leer en la iglesia su nombramiento, exigiendo a Diego la liberación de los presos. Como éste se negase a reconocer su autoridad, alegando que el título de Almirante de su hermano estaba por encima, Bobadilla ordenó su prisión y la confiscación de los bienes de los hermanos. Tras tomar posesión de la fortaleza, Bobadilla liberó a sus presos e inició una investigación secreta en la que participaron todos los enemigos de los Colón. En sus pesquisas Bobadilla interrogó a veintidós testigos acerca de si los Colón habían intentado sublevarse contra él, si impedían el bautismo de los indígenas y sobre el modo de impartir justicia.

En septiembre, requerido por Bobadilla, Cristóbal se presentó en Santo Domingo y escribió a su hermano Bartolomé, quien se encontraba en Jaragua con Roldán reprimiendo una revuelta, para que acudiese pacíficamente a Santo Domingo y acatase las órdenes del pesquisidor. En cuanto llegó a Santo Domingo fue encarcelado junto con sus hermanos y enviado con ellos a España a principios de octubre de 1500. El 25 de noviembre llegaron a la península, permaneciendo presos hasta que los reyes tuvieron conocimiento de ello y ordenaron su libertad y que se les hiciese entrega de dos mil ducados.

El 17 de diciembre de 1500 se presentaron ante los Reyes Católicos en Granada y el Almirante se echó a llorar, consolado por la reina, pero Bartolomé no lloró ni se arrodilló. Altanero les dijo que le habían hecho venir, que había perdido seis años de su vida pasando peligros y penalidades en el Nuevo Mundo, y que ahora que estaba todo hecho era vejado y deshonrado, por lo que si ya no se le necesitaba reclamaba que se le pagasen todos sus sueldos, que con ellos reharía su vida.

Últimos años

Tras el indulto real, Bartolomé acompañó de nuevo a su hermano Cristóbal en el último de sus cuatro viajes. En 1506 se dirigió a Roma llevando al Papa una copia de la carta que su hermano había escrito al rey de España en 1503 dándole cuenta de sus últimas exploraciones.

En 1509 viajó de nuevo a las Antillas en compañía de su sobrino Diego, pero no tardó en retornar a España, donde el rey Fernando II de Aragón le confirmó la posesión de la Isla de Mona, próxima a Puerto Rico.

Murió en La Española el 12 de agosto de 1514, dejando como único heredero a su sobrino Diego Colón.

Los mapas de Bartolomé Colón

Se le atribuyen tres mapas de las tierras ecuatoriales conservados en el Códice Zorzi de la Biblioteca Nacional Central de Florencia. Los mapas habrían sido dibujados por Bartolomé durante su estancia en Roma en 1503, basándose en un mapa de su hermano actualmente perdido y que Bartolomé aún conservaba en 1506, cuando llegó a Roma. En 1513 pudo verlo Pedro Mártir de Anglería. Los pequeños dibujos se incorporaron como ilustraciones marginales a la copia de la carta de Colón que Bartolomé llevaba al Papa. Alessandro Zorzi, un veneciano interesado en las noticias proporcionadas por los viajeros y que le había ayudado en la traducción, los incluyó posteriormente, atribuyéndoselos a Bartolomé, en un manuscrito fechado en 1522 en el que recogía la información que había podido reunir de los nuevos descubrimientos.

Desandamos en el tiempo y volvemos a la etapa de gobierno de Don Diego Colón.  Don Diego vino acompañado de su esposa Doña María de Toledo, quien desciende del Ducado de Alba, señorío amado y respetado por los soberanos de Castilla y León. Es nieta del Primer Conde de Alba y a su vez emparentada, por sangre materna, del Rey de Aragón Don Fernando II, futuro Rey Católico. Mujer que habrá de mitigar el oscuro paso de su esposo por Santo Domingo.

Doña María, mujer virtuosa, honrando con ello a la Virgen María, se embarca hacia la Hispaniola en su condición de Virreina de las Indias Occidentales.

Doña María trae como propósito primordial servir a Dios, a la Corona y por supuesto a su amado esposo y sus posesiones en el Nuevo Mundo. Mientras en Santo Domingo, ante la ausencia física de su esposo, producto de su mala administración, Doña María debe tomar el control de sus hijos y del gobierno de la isla y se destaca como mujer prudente, buena administradora, valiente y defensora de las libertades de los indios.

Hoy es recordada como la Virreina, dueña y señora del Alcázar de Colón.