¿El padre es el mejor amigo?

“Mi hijo no confía en mí. Le he dicho que el padre es el mejor amigo, que me diga lo que le pasa, que no tenga miedo, pero … no sé qué hacer. No tengo influencia sobre él. Ud. no sabe cuanto me duele. ¡El padre es el mejor amigo! ¡Pura teoría!”.

Por razones de exposición hemos singularizado, pero con diferencia de matices, podríamos decir: los padres, padre y madre. Hoy se recuerda a los padres que deben hablar con sus hijos adolescentes lástima es que, para muchos, el consejo llega demasiado tarde.

Mucha gente cree que va a conseguir entablar el diálogo con su hijo cuando éste llegue a la pubertad sin haberlo iniciado anteriormente; y, lo que es mas grave, cuando han interpuesto ente ellos y su hijo un muro difícil de derribar: los malos hábitos educativos de los. padres como las malas costumbres permitidas a los hijos, no son fáciles de superar.

La amistad solo se da entre pares.

La amistad, en al sentido estricto, no puede darse entre padres e hijos. El intercambio que la amistad implica solo puede alcanzarse entre pares. El hijo -niño, adolescente o joven- puede llegar a confiar en el padre sus problemas y sus más íntimas experiencias, actitud que no puede darse a la inversa. El hijo no puede comprender y asimilar los problemas del padre. Padres e hijos no son pares. En cambio, en un sentido amplio, tal amistad posible: el padre puede llegar a ser, si no el “mejor amigo”, al menos un amigo.

El niño debe encontrar en él al primer amigo pues es su confidente natural. Es la primera persona en que el niño confía, pero ¿ por qué, en la mayoría de los casos, eso no sucede al llegar el niño a la pubertad si no antes?. Deberlarnos creer, si observarnos la realidad, que es una de esas frases bonitas que se dicen paro que en la práctica no se dan.

Podemos pensar que la oposición entre dos personalidades –una ya hecha, la otra en formación-, que la tensión entre la autoridad y la libertad, hacen imposible que el padre sea el confidente natural de su hijo adolescente. No lo creemos imposible, pero, como todos los problemas humanos, tampoco lo consideramos fácil.

Los padres policias

Muchos padres adoptan con sus hijos la actitud de un “policía”, y esto provoca que sus hijos lo vean como “el enemigo”. Para esos hijos, los padres sólo existen para vigilarlos, controlarlos, amonestarlos y castigarlos. Por supuesto que – aunque negativa- ésa también es una función paterna, pero no es la única ni la más importante. Lo “padres policías” se dirigen a sus hijos con frases como éstas: “Cómo te portaste en el colegio? Por qué no entregaste el boletín? Debes tener malas notas! Qué notas! Aprende de tu hermano! No te comas las uñas! Qué manera de hablar es esa! Adónde fuiste? Por qué llegaste tarde? Mañana no sales!

Comprendamos la actitud del hijo

Las únicas palabras que esos padres tienen con sus hijos son frases secas, cortantes y en cierto modo agresivas: es comprensible que el hijo ‘huya” de su padre y lo mire con resentimiento. No dejará de amarlo, y lo manifestará en la primera ocasión que se le presente, pero no le hará confidencias; salvo que así vea la forma de evitar un castigo o para pedido, en caso extremo, la solución a un problema que lo ahoga.

Comprendamos la actitud del hijo comparándola, por analogía, con la de un empleado con un jefe que siempre lo está controlando, corrigiendo y poniendo en evidencia sus errores. Los sentimientos del empleado y del hijo son similares: ambos “odian’ al jefe y padre “policías”, y es comprensible que así suceda.

Los padres deben dialogar con sus hijos

Si los padres quieren que sus hijos sean sus amigos, deben hablar con ellos. Sus conversaciones deben ser diálogos y no sermones o conferencias, y deben girar alrededor de las inquietudes de sus hijos: juegos, diversiones, estudios, trabajos, aspiraciones y problemas. No deben esperar que sus hijos inicien el dialogo.

Respetando su intimidad y personalidad naciente, ellos deben dar el primer paso. El padre debe dirigirse a su hijo no sólo para preguntarle si cumplió sus obligaciones o para criticarlo, sino también para estimularlo oportunamente, elogiarlo con prudencia, interesarse espontáneamente por sus quehaceres, valorar sus ideas e iniciativas, acompañarlo en sus emociones y problemas. regocijarse con sus alegrías y triunfos, apesadumbrarse por sus tristezas y fracasos, levantar su ánimo cuando lo ve abrumado por las dificultades, menguado con tacto cuando lo observa arrogante y altanero en sus éxitos, enfrentarlo prudentemente con la realidad que ignora y comprenderlo en su edad y temperamento. Vivir y sentir con él, y también vigilarlo, corregirlo, amonestarlo y castigarlo adecuadamente cuando fuere necesario.

“Si quieres la amistad de tu hijo, dásela tu primero”

La amistad no es un ‘botín de guerra” ni la imposición de un vencedor o de autoridad alguna. La amistad no es una concesión gratuita, es un don voluntario que se debe ganar. No es tarea fácil para un padre ganar la amistad de su hijo, pero si realmente lo ama y apunta al ideal de padre señalado, es posible que la conquiste. El padre que quiera conseguir la amistad de su hijo, lo mejor que un hombre puede brindar a otro, ha de brindársela él primero. Tratándolo como a un amigo tal vez consiga que su hijo no le tenga miedo, confíe en él y lo vea como un amigo.

Tomado de “Nueva Cristiandad”

 

Trabaja con tus hijos este y todos los días el valor de ser honesto y honrado desde pequeñito

Lo primero es que tienes que enseñar con el ejemplo; ya que tus hijos te observan todo el tiempo, están muy pendientes de la más mínima conversación y o acción que tu realizas y si por ejemplo,  te ven que te robas las luces en rojo porque no hay una autoridad, que te pasas de listo y le coges el parqueo a alguien que está intentando parquearse; que tratas de sobornar con regalitos para obtener beneficios por encima de otros… ; que cuando tu niño o niña lleva de la escuela a la casa una prenda u objeto  que no es de él o de ella y tú no la devuelves, entonces no estás siendo un buen ejemplo.

Recuerda que cuando se es honrado y honesto desde chiquito es la mejor herencia y orgullo que exhibirá cuando sea adulto.

Ser honrado y honesto es tener vergüenza.  Permite que tu niño o niña tengan el sentimiento de sentirse avergonzado cuando inocentemente dicen una mentirita, se comen la merienda de sus amiguitos…  Corrígelos con amor y lo mejor es, de acuerdo a su edad, ponle una sillita para pensar durante 2 o cinco minutos.

El valor de ser honrado es en la casa que se aprende.

Enséñale el valor que tiene el trabajo de papá y mamá que no importa cuál es el oficio que realizan cuando se hace con dignidad.  Que las cosas se consiguen con esfuerzo, dedicación y empeño.

Educar en valores es algo muy importante, seguramente más que enseñar Lengua Española o Matemáticas.  ¿Quién se ocupa de hacerlo? Es penoso ver tantas vidas y familias arruinadas por la desmedida ambición, amor a lo ajeno y la exhibición del lujo como símbolo de superioridad.

Los buenos padres son ante todo, valientes.

Por Ángela Marulanda,
autora de Creciendo con Nuestros Hijos

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Nadie duda que para ser buenos padres se necesita una gran dosis de amor, paciencia, ecuanimidad, comprensión, disciplina, flexibilidad, para mencionar sólo unos cuantos.  Pero quizás lo que más necesitamos para formar hijos dotados de las virtudes y capacidades que les permitan llegar a ser unos buenos seres humanos es ser padres valientes, es decir tener la fortaleza necesaria para hacer lo que más les conviene a los hijos, por duro que sea.

El compromiso de ser padres nos coloca a diario en situaciones que requieren mucha valentía para no tomar el camino fácil y privar a los hijos de los límites que son vitales para que no sólo se rijan los principios que les inculcamos, sino que tengan la fortaleza para ponerlos en práctica.  Por ejemplo, se necesita valor no recibir al pequeño en nuestra cama cuando a media noche nos suplica que le dejemos dormir con nosotros; para no llevarles el libro olvidado al colegio cuando nos llaman implorando que se lo hagamos llegar;  para no darles nada más de lo que estrictamente se merecen por mucho que rueguen que quieren más;  para no ayudarles a hacer la tarea que no cumplieron a tiempo así pierdan la materia; para no permitirles participar en ese paseo o esa  fiesta en la que no habrá supervisión de adultos con autoridad así que sean “la única que no podrá ir”;  para no pagar la fianza y evitar que los arresten cuando es importante que aprendan que sus errores tienen amargas consecuencias.

Lo que necesitan los hijos no son padres condescendientes y que vivan dedicados a darles todo.  Sino padres valerosos, capaces de cuestionarse y tener la fortaleza para comprometerse tan seria y profundamente en la formación de sus hijos que hagan lo que sea preciso para formarlos como personas correctas por difícil o doloroso que pueda resultarles

Muchos de los problemas de los hijos hoy en día son el resultado de confundir el ser buenos padres, es decir valientes, con ser padres condescendientes.  Los padres condescendientes trabajan muy duro con el fin de ofrecerle todo a sus hijos;  pero lo que necesitan ellos son padres valientes que trabajen duro en ellos mismos para darles lo mejor de sí;  los padres condescendientes se miden por lo mucho que gastan en sus hijos, mientras que los padres valientes se miden por lo que gana su familia con su trabajo;  los padres condescendientes hacen lo posible por resolverles todos los problemas a sus hijos mientras que los padres valientes los dejan enfrentarlos, permitiéndoles aprender de ellos;  los padres condescendientes tratan de evitarles sufrimientos a los hijos, mientras que los padres valientes procuran dotarlos de las herramientas necesarias para superarlos;  los padres condescendientes se miden por los beneficios económicos que su éxito profesional le ofrece a su familia, mientras que los padres valientes lo que tienen en cuenta es qué precio están pagando sus hijos por su éxito profesional.

Pero para lo que se necesita más valentía aún es para no inventarnos toda suerte de justificaciones que nos permitan decirle a los hijos “sí” cuando en el fondo del alma sabemos que debemos decirles “no”;  para no creernos nuestras propias mentiras y convencernos que todo lo hacemos por su bien, cuando realmente lo hacemos por el nuestro. Es urgente procurar que el poder que como padres tenemos sobre los hijos no lo utilicemos para remediar las carencias que les dejamos por nuestras debilidades y perpetuarlas en nombre de una “bondad” mal interpretada.

Los padres de hoy son demasiado demócratas.

El autoritarismo es tan pernicioso como la ausencia de autoridad: hay situaciones en las que los padres deben saber decir: ¡No! Y que ese ¡no! sea innegociable, firme, dogma. Los padres deben tener la autoridad de imponer que algo no está bien. Y no ceder en esas cosas importantes. Eso hace al padre relevante a los ojos del hijo. Los padres se pasan hoy de demócratas…

Conocí a Andrea Fiorenza hace un par de años, y me deslumbró su sutileza en el trato de los conflictos de la psique humana. Se ha especializado, encima, en el enmarañado cosmos de la familia, en los problemas de los hijos. Los resuelve de modo que parece mágico, pero no lo es: aplica los principios de la terapia breve estratégica. Es breve porque resuelve los problemas en un corto plazo de tiempo, en pocas sesiones; es estratégica porque los aborda promoviendo cambios colaterales, aparentemente lejanos al problema central… Pero un pequeño cambio desencadena otros.

-De los hijos, ¿qué es lo que más preocupa hoy a los padres?
-Su rendimiento escolar y sus compañías.

-Lo mismo que siempre ha preocupado, ¿no?
-No: antes los padres no estaban tan pendientes de sus hijos. ¡Ahora están volcados en ellos!

-¿Qué ha causado tal cambio?
-Un cambio radical de organización social: antes era más jerárquica, piramidal, y por eso había mayor distancia emocional entre padres e hijos. En la generación anterior a la suya y a la mía, los hijos se dirigían a los padres de usted. Pero hoy la organización social es menos jerárquica, es más horizontal, democrática. Hay mayor proximidad emocional y, por eso, menor solidez de los papeles de padre y de hijo. La confusión de papeles causa disfunciones: el padre actúa casi como amigo del hijo, los hijos actúan casi como padres de sus padres. Los hijos aconsejan a sus padres cómo vestirse, y los padres obedecen. O los hijos deciden las vacaciones estivales de toda la familia.

-Porque hay diálogo: bien, ¿no?
-Si sólo hay diálogo… no basta para que todo funcione bien. Falta autoridad. Si todo es relativo y dialogable, el hijo pierde puntos sólidos de referencia, queda sin guía, y eso le genera ansiedad. Es inevitable. La autoridad es necesaria.

-¿No exagera?
-No. El autoritarismo es tan pernicioso como la ausencia de autoridad: hay situaciones en las que los padres deben saber decir: ¡No! Y que ese ¡no! sea innegociable, firme, dogma. Los padres deben tener la autoridad de imponer que algo no está bien. Y no ceder en esas cosas importantes. Eso hace al padre relevante a los ojos del hijo. Los padres se pasan hoy de demócratas. Tanta democracia familiar crea disfunciones conductuales. Yo imparto mil horas de terapia al año desde ya hace veinte. Y cada día veo más problemas derivados de padres demasiado volcados en sus hijos… y todo porque quieren que sean perfectos. Veo casos de padres que piden cambios de horario laboral en su empresa para estar en casa y hacer los deberes escolares con sus hijos. ¡Eso no es ayudarles! Hacen los deberes con sus hijos. O sea, los hacen ellos, los padres. Cuando vienen esos padres a mi consulta, les pregunto:¿Qué, cómo te ha ido este mes? ¿Te han aprobado o te han suspendido? ¿A qué universidad irás con tu hijo? El problema es que los padres no aceptan la idea de que su hijo pueda ir mal en la escuela. E intervienen ellos. Y, al intervenir, desincentivan a su niño: el chaval se acomoda a eso, no desarrolla su capacidad de iniciativa, de reacción ante las dificultades, de capacidad de esfuerzo… ¡Un desastre!

-Tengo hijos pequeños. ¿Cómo debo actuar para no acabar así?
-Sin sustituir al niño. Si lo hace, sólo conseguirá anularle. El principio general en el trato con sus hijos debería ser este: Obsérvalo sin intervenir, ten paciencia, dale tiempo, espera a que él solito halle las soluciones a los problemas. Pero sin decirle: Sé responsable. Eso es antinatural. Sólo déle tiempo para que sea él quien, llegado el caso, le pida ayuda. Si actúas antes, usurpas su ánimo, su voluntad. La buena intención de los padres suele perjudicar a los hijos. Quieren fomentar su autoestima, y se obsesionan demasiado: a ver, todos tenemos mayor grado de autoestima en unos aspectos y menor en otros, ¿no? ¡Pues tranquilos!

-Sus terapias deben ser muy solicitadas en escuelas.
-Si en clase un profesor pregunta: ¿Quién sabe en qué año se descubrió América?, unos levantarán la mano y otros no. Creo que es mejor decirles:Escribid todos en un papelito el año del descubrimiento de América. Cuando lo han hecho, el profesor dice 1492: el que lo ha puesto bien, confirmará que lo sabía, y el que lo puso mal, constatará su error, y lo recordará.

-Eso en clase. Pero, ¿y en casa?
-Dígale al niño: Te concedo media hora para los deberes, o para estudiar, ¡y sólo media hora! De 19 a 19,30 horas, por ejemplo. Con despertador: cuando se cumpla el tiempo, se acabó. Fin. Los límites dan valor a lo que sucede dentro de ellos.

-¿Ha tratado algún caso real así? ¿con éxito?
-Cierto chico tenía dificultades de atención. Dedicaba dos horas cada tarde al estudio, con muy pocos frutos. Le ordené: ¡Sólo media hora de estudio, con aviso de un despertador! Luego, nada de estudiar: eres libre. Rendía más en esa media hora que antes en dos horas. Poco después, me rogaba que le ampliase un poco el plazo de tiempo.

-Cuénteme algún caso que haya atendido recientemente.
-El de un niño de nueve años que tartamudeaba: su padre lo llevaba a los mejores especialistas de toda Italia… y el niño empeoraba. Dictaminé que dejasen de llevarlo a especialistas y de someterlo a ejercicios. Porque la atención de los padres, el sentirse tan observado por ellos, lo bloqueaba más y más. ¡No le digáis nada sobre eso!, les ordené. Y ahí empezó la mejoría del niño. Hay una historia que ilustra este caso: un ciempiés caminaba sin problemas hasta que una oruga le dijo: ¡Es increíble cómo caminas tan bien sin tropezarte, con tantos pies! El ciempiés comenzó a prestar atención a sus pies y a querer controlarlos ¡y tropezó! Eso le pasaba a ese niño. Lo que fue sólo un pequeño problema al principio se trató mal… y acabó convirtiéndose en tartamudez. Si intentas controlar el lenguaje, se bloquea… Luego establecí sólo 15 minutos al día de ejercicios controlados. El resto del tiempo, nada.

-Lo malo de los hijos es que no obedecen…
-Porque se les ordena mal. Hay que tener claros los objetivos. Los padres son muy confusos en sus objetivos: quieren que sus hijos se porten bien y estén contentos. ¡Qué objetivos tan difusos! Le aconsejo tres objetivos claros, capitales. Uno: que el niño cumpla sus obligaciones (asearse, ir a la escuela…); dos: que respete a los padres (no insultarlos ni ofenderlos), y tres: que colabore en la comunidad familiar (a servir la mesa, a hacer camas… Que se sienta parte del grupo, con sus derechos y obligaciones). Basta con tener claro esto. Los padres quieren que los hijos hagan a gusto todo, incluso cosas que disgustan, y eso es imposible. A nadie le gusta hacer ciertas cosas. ¡Pero hay que hacerlas! Atravesar dificultades estimula al niño, lo ayuda a crecer bien. ¡Ojalá su hijo tenga alguna dificultad cada día! Y, si no, póngale usted una diariamente.

-Usted titula su libro: Niños y adolescentes difíciles. ¿Qué es ser difícil?
-Explico que es una etiqueta que se les pone: no existen niños o adolescentes difíciles, malos, enfermos… Sólo disfunciones relacionales. Al querer curar o controlar al niño difícil, el problema inicial empeora. Y disfunciones leves se convierten en poco tiempo en problemas complicados.

-¿Qué hacer cuando surge ese problema sencillo?
-Yo localizo en qué punto se ha bloqueado la relación familiar, e introduzco ahí un pequeño cambio de comportamiento. Este pequeño cambio relacional desencadenará una cadena de cambios que hará que el conflicto se disuelva solo.

-Un ejemplo.
-Luca era un niño que cada mañana lloraba al ir al colegio, con las consiguientes escenas de separación dramática ante la puerta de la escuela. La madre, ya por la noche, le preguntaba por sus miedos, le daba ánimos. El padre, por la mañana, en el coche, intentaba ya tranquilizarlo, le prestaba mucha atención… Les ordené esto: Debéis empezar a actuar como si vuestro niño no llorase ya por las mañanas, como si todo fuese bien. Y les dije que, por la mañana, en casa, le dijesen al niño: Querido Luca, para ti quejarte es muy importante, y por eso te pedimos que lo hagas ahora, durante 15 minutos. Estaremos aquí callados, escuchándote. Por favor, empieza a quejarte. El niño respondió que no tenía ganas de quejarse, que quería jugar, y al llegar al colegio se fue corriendo él solo escaleras arriba. Sólo introduje un pequeño cambio relacional padres-hijo. Cuando luego pregunté a los padres:¿Qué deberiáis hacer ahora para estropear este logro? lo tuvieron muy claro:Volver a prestarle a Luca todas las atenciones y a tranquilizarlo como antes, a comportarnos con él como si fuese a tener miedo de separarse de nosotros. Lo entendieron. Caso resuelto.

Fuente:
http://www.solidaridad.net/vernoticia.asp?noticia=2457

Tips para acercarme a mis hijos.

Por Felipe de Jesús Rodríguez

Ayudar a los hijos en sus dificultades es un reto que, muchas veces, se presenta pesado, infructuoso y casi imposible

El hijo que crece “aparentemente” tiene su vida hecha. La independencia, el “déjenme ser”, es su mayor eslogan. Los consejos, regaños e indicaciones le hacen sentir como niño o adolescente y, por eso, los rechaza como jarabes amargos.

Tiene conciencia de su libertad y, bien o mal, sabe que puede usarla, aunque desconoce su verdadero sentido. Se siente joven y experimenta que puede asir el mundo con un apretón de manos. Este mundo atrapa su sed infinita de felicidad y es lo que le causa las peores jugadas.

Quizá, un abismo gigantesco interfiere en las relaciones con los hijos. Los problemas y las dificultades que atraviesan en sus vidas personales parecen inasequibles para los padres. Los consejos y la cercanía que éstos quieren brindar, no llegan hasta la orilla de sus hijos con el impacto esperado.

Unas veces, el puente de comunicación natural y sencilla de los primeros años de la infancia y de la adolescencia, se debilita y es difícil cruzarlo. Otras, tristemente, el gigante invisible de la juventud ya lo ha arrancado con un vigor impulsivo e irreflexivo, destruyendo cualquier esfuerzo de acercamiento a los problemas que tienen.

¿Qué hacer?

La respuesta no es nada sencilla porque los hijos tampoco están en una etapa fácil. A veces el error de los padres es la desesperación, la impaciencia o la forma brusca y autoritaria en el actuar (por ejemplo: correrlos de la casa).

Un buen medio es la comunicación entre los padres. Entre los dos se podrán ayudar mejor a conocer a sus hijos. También ayuda tratar de “meterse en sus zapatos”. Intentar sentir lo que sienten, pensar en las contrariedades que les acechan o que pueden estar pasando (¡están todavía madurando y necesitan comprensión!).

Una postura rígida, por ejemplo, puede transformarse en una actitud afable, amigable, paternal: Una gota de comprensión atrae más a los hijos que un barril de regaños.

Otra solución estriba en el arte de escuchar a los hijos, interesarse por ellos; salir de las “burbujas” rutinarias y darles el tiempo y la atención que merecen. Ayuda mucho preguntarles su opinión, pedirles consejo, hacerles ver que su punto de vista cuenta mucho. Aunque todavía no lo sean, necesitan ser tratados como adultos.

Es mejor dar espacio a su iniciativa personal y a sus propuestas, que “acribillarlos” con órdenes y prohibiciones que pueden resolverse en un acuerdo mutuo y constructivo. Y en esos diálogos, conviene valorar sus decisiones para que se hagan responsables de sus actos.

Hay momentos que quizá ya se ha intentado mucho y los problemas de los hijos parecen insuperables. Pensemos, por ejemplo, en aquéllos que están sumergidos en la droga o el alcohol. Por desgracia, la solución se escurre de las manos como el agua (¡y eso es lo más duro!).

Desde la perspectiva humana todo parece imposible. En esos momentos lo mejor es pedir ayuda. Buscar a un perito en la materia, más aún, pedir ayuda al pedagogo más veterano, al experto de lo “imposible”: a Dios.

La oración dirigida a Dios orienta los sufrimientos, preocupaciones, deseos, esfuerzos humanos y sobrehumanos hacia el bien de los hijos. Con ella, se edifica un puente invisible a los ojos humanos, pero no al corazón del que cree; un puente que llega hasta lo más profundo de sus corazones, pues está construido con los ladrillos de la fe y de la esperanza.

Cuando humanamente se hace lo que está en las propias manos y se deja a los hijos en las manos experimentadas y sabias de Dios, el reto se aligera, el fruto empieza a madurar y lo que parecía imposible se hace real porque para Dios no hay nada imposible.

 

Para crear hijos resilientes, debes ser un padre resiliente.

Muchos padres queremos que nuestros hijos sean resilientes emocionalmente, que sean capaces de superar los altibajos de la vida. Pero nuestra capacidad para fomentar la resiliencia depende, en gran medida, de nuestra propia resiliencia emocional.

“La resiliencia de los padres funciona como un patrón para que el niño pueda identificar cómo enfrentar los desafíos, cómo comprender sus propias emociones”, afirma Dan Siegel, autor de The Yes Brain, que se enfoca en cultivar la resiliencia en los niños.

Sin embargo, poder afrontar con filosofía los berrinches y rabietas representa un reto para muchos padres, en especial, si tenemos expectativas poco realistas sobre lo que es la infancia.

“La idea de que la crianza debe ser la maravillosa, feliz y perfecta culminación de nuestras esperanzas y sueños es parte de eso”, comenta Katherine Reynolds Lewis, autora del libro próximo a publicarse The Good News About Bad Behavior.

Lewis dice que el enojo, las lágrimas y otros arrebatos son parte natural del desarrollo de cualquier niño; es lo que ella llama “el caos de la niñez”.

No obstante, los padres que son incapaces de enfrentar ese caos o que no están dispuestos a hacerlo podrían considerar los arrebatos del niño como un problema que debe resolverse de inmediato.

Laura Markham, psicóloga clínica y editora del sitio AhaParenting.com, dice que, cuando eso sucede, “ridiculizamos a los niños, los culpamos y les decimos que es culpa suya; los aislamos al enviarlos a su habitación”.

La naturaleza de la respuesta de los padres puede variar, aseveró Markham, pero el mensaje es el mismo: el enojo, la tristeza o la frustración son inaceptables.

Según Markham, eso es lo contrario a la resiliencia; se trata de imponer una frágil rigidez que hace que padres e hijos se sientan temerosos de que las emociones intensas los destrocen.

En contraste con esa fragilidad, los padres que no evaden el poder de emociones como el enojo tienen una mayor capacidad para asimilar las interacciones desafiantes con sus hijos, expuso Siegel, quien es director ejecutivo del Instituto Mindsight. Además, no hay que preocuparse si este tipo de resiliencia no llega de forma natural, añade, pues con la práctica se vuelve más sencillo.

A continuación, ofrecemos algunos consejos para que esas interacciones complicadas sean más sencillas de asimilar.

Respira profundo

Para responder con inteligencia a los arrebatos de un hijo, primero debemos apagar las alarmas que se encienden en nuestra cabeza. Markham aconseja a los padres “presionar el botón de pausa” antes de ejercer cualquier acción, aun ante el escenario de un niño gritando.

En su investigación, Lewis descubrió que padres e hijos a menudo sincronizan los latidos de su corazón, su respiración y otras funciones fisiológicas, de modo que calmarnos puede tener un efecto físico mensurable en nuestro hijo, sin mencionar que también puede ayudarnos a enfrentar la situación con serenidad.

Deja que las emociones se presenten

La resiliencia depende de comprender que las emociones —incluso aquellas que se consideran “negativas”, como la tristeza, el sufrimiento o el enojo— no son un problema que debe resolverse, sino una consecuencia natural de ser humano.

“El asunto con las emociones es que no duran para siempre; hay un comienzo, un desarrollo y un final en todas ellas”, dice Carla Naumburg, trabajadora social clínica y autora de Ready, Set, Breathe: Practicing Mindfulness With Your Children for Fewer Meltdowns and a More Peaceful Family.

Más allá de eso, permitirnos (y permitirles a nuestros hijos) experimentar y expresar un amplio rango de emociones es vital para nuestro bienestar. Markham resaltó que cuando no expresamos nuestras emociones perdemos el control sobre ellas.

Sé curioso

Como padres, nos preguntamos con mucha frecuencia “¿por qué?” cuando observamos alguna conducta no deseada (“¿Por qué no puede recordar poner los calcetines en el cesto?”). Pero Naumburg afirma que preguntarnos por qué reaccionamos de esa manera podría ser más útil, en especial, cuando nos sacan de nuestras casillas. “Date cuenta de lo que está sucediendo contigo y comienza a responsabilizarte de eso”, sugirió Markham.

Establece límites con compasión

Establecer reglas y límites y apegarse a ellos puede convertirse en uno de los momentos más desagradables en la relación entre padres e hijos, pero actuar con compasión y amabilidad en esos momentos puede ayudar a mantener bajo el nivel de tu presión sanguínea.

Markham y Naumburg indican que reconocer verbalmente los sentimientos de tu hijo y consolarlo no necesariamente va de la mano con ceder ante sus exigencias. “Hay ocasiones en las que me siento con mi hija en el regazo, mientras llora, y la abrazo mientras le digo: ‘No’”, dice Naumburg. “Continúa llorando pero seguimos conectadas”.

Analiza tus respuestas

Susan Newman, psicóloga social y autora de The Book of No: 365 Ways To Say It and Mean It, afirma que los padres deben estar especialmente conscientes de las ocasiones en las que es más probable que cedan ante los arrebatos de su hijo y agrega: “Si puedes reconocer lo que te hace decir que sí de manera automática, es hora de retroceder y pensar: ‘Espera, ¿por qué lo hago?’”.

Newman continúa: “Vivimos en una cultura de los padres que dicen: ‘Sí’ y es más fácil decir que sí que batallar con el berrinche de un niño”. Sin embargo, los padres pueden considerar una negativa como una manera de explorar los límites y así poder comprenderlos mejor.

Toma distancia

Cuando nos identificamos demasiado con nuestros hijos o los consideramos un barómetro de nuestra propia autoestima, estamos preparando el terreno para la decepción (o algo peor) cuando las cosas no salen como las planeamos.

“Nuestro ego está muy atado a nuestro modo de crianza”, dice Julie Lythcott-Haims, autora de How to Raise an Adult. Naumburg señala que esto se debe en parte a una narrativa cultural que sugiere que “si los niños no están bien, entonces es porque nos hemos equivocado como padres”.

Como lo describe Lythcott-Haims: “Si nosotros logramos vivir nuestra vida, quizá nuestros hijos también puedan hacerlo”.

 

Paciencia ante todo para hablarles a los niños.

Después de un largo viaje en auto nos parece natural que un cachorro “se queje” ladrando, corra en círculos o quizá muerda un poco. No nos enojamos con él cuando necesita liberar esa energía. Le preguntamos: “¿Quién es un buen chico?” en un tono que el perro entiende perfectamente. Significa: “Estoy encantado contigo simplemente porque existes”.

Comparémoslo con la manera en que tratamos a los niños después de que han aguantado un día de clases, actividades y tareas. Les ladramos instrucciones: “Termina tus problemas de matemáticas, ¡y asegúrate de demostrar el resultado!”, “¡Deja de jugar con el iPad!”, “¡Prepárate para ir a dormir!”.

En vez de disfrutar su compañía, los arrinconamos y les damos órdenes.

Esto es particularmente desafiante para los niños pequeños.

He ejercido como psicóloga clínica durante 35 años. Hasta hace poco, los padres venían a verme principalmente por problemas con las niñas.

Eso ya no es así. Últimamente, escucho descripciones tan similares y angustiadas por parte de los padres que siento como si les estuviera haciendo una audición a actores que repiten los mismos diálogos. Se trata de sus niños, cuyas edades oscilan de los 7 a los 11 años. Son más temerosos, exigentes y groseros que los de 3 años.

Quédate conmigo mientras tomo un baño en caso de que entren unos asesinos a la casa.

Mamá, si no duermes conmigo, tienes que quedarte en mi habitación hasta que me quede dormido. Siéntate en la silla.

Mi maestra no explicó bien la tarea de matemáticas. Necesito que me ayudes con TODOS los problemas.

Sé lo que están pensando: los padres sin agallas y sobreprotectores crían niños infantiles y berrinchudos que se sienten con el derecho a todo. Sin embargo, los profesores de esos niños piensan que son estupendos.

¿Por qué ocurrió ese cambio de equilibro? Antes trataba los problemas de las niñas y ahora lidio con una regresión tan severa en los niños que los padres están temerosos por ellos y de ellos. ¿Por qué son tan lastimosos, patéticos y molestos… pero solo en casa?

Sabemos algunas de las razones. El temario de la escuela se ha extendido mientras que el desarrollo humano sigue avanzando al mismo ritmo de siempre. Esto significa que las chicas, que desarrollan habilidades verbales, de lectura y sociales antes que los niños, tienen una ventaja.

Para ese momento, muchos niños ya agotaron sus reservas de autocontrol. Algunos inician una huelga. Los líderes sindicales lo llaman “cumplimiento doloso”: asiste al trabajo, pero no trabajes. A menos que un padre se comporte como cuidador y asistente personal desde el inicio hasta el final.

¿Después qué sigue? ¡Te vas a la cama en este instante, jovencito!

Ahora la lucha de poder se intensifica. El “Acuéstate conmigo”. Los “monstruos”. Las lágrimas. Su ansiedad extrema es su energía, imaginación y pasión que implosionan contra ellos mismos y contra el pacífico hogar de su familia.

No es fácil cambiar las escuelas o regresar a épocas pasadas. Sin embargo, podemos controlar por lo menos un elemento del asunto: cómo interactuamos con nuestros hijos.

La pregunta que les hago a los padres en mi consultorio es esta: ¿qué porcentaje de la comunicación con tu hijo consiste en fastidiar, recordar, castigar o gritar? “Mmm… ¿90 por ciento, 100?”. Sé que eso no es cierto, así como sé que los niños no padecen enfermedades mentales y que estas familias no sufren disfunción oculta.

Antes de considerar la terapia o los medicamentos, les sugiero a los padres que aprendan a hablarles a los niños pequeños y también a escucharlos.

Deléitate con su encanto

¡Mamá, mamá! ¿Sabías que hay 440 tipos de tiburones? El más grande es el blanco. ¡Tiene SEIS METROS DE LARGO! ¡Pero los tiburones solo matan a diez personas al año! ¡Los perros matan a 25.000 personas al año! Los tipos de tiburones son marrajo, martillo, azul y tollo cigarro. ¡Duende!, leopardo, nodriza, mielga…

El edificio más alto del mundo, la cámara de video más pequeña que utilizó la CIA, el mayor número de balones encestados en un solo partido. Los chicos quieren demostrar quiénes son, ser maestros del universo. Recolectar información es su manera de abarcar un tema. Si esa información tiene superlativos, los más grandes, los más fuertes, los más rápidos… qué mejor.

Una buena táctica es fingir ser un poco ignorantes y buscar su conocimiento especializado por mínimo que sea. Ser entusiasta y mostrarse cautivado es un depósito en el banco de la buena voluntad que estableces con tu hijo. Esa información esotérica comunicada apasionadamente es el regalo que te dan; cuando preguntas los detalles y valoras las respuestas, muestras tu gratitud.

Ayúdalo a cambiar de canal

Si está recitando la misma letanía de dinosaurios que ya has escuchado cincuenta veces, considera que quizá se le está acabando el material. Los niños pequeños necesitan más información no solo para saciar su curiosidad, sino también para mantenerte cautivado.

La mejor manera de refrescar el monólogo es proporcionarle algunos hechos nuevos y experiencias a través de libros, videos o paseos: un viaje a la biblioteca, al puerto, a la estación de trenes o al mercado de productores; o una gran excursión al museo, el acuario o el zoológico.

Encestando puntos

Deja que hable en la oscuridad, en el auto, mientras se mueve, mientras espera el autobús o cuando está sentado en el metro. En general, está más cómodo charlando al lado que cara a cara. Sostener un objeto también alivia la tensión. Tu papel es estar atento y recibir sus comentarios. Una vez que los niños pueden escribir, algunos prefieren comunicar un gran pensamiento, una confesión o un sentimiento profundo en un pedazo de papel y deslizarlo bajo tu puerta en vez de decirlo en persona. Si tú le dejas pequeñas notas de vez en cuando en su escritorio, la mesa de noche o la almohada, abres una vía de comunicación que no conocía y será más probable que él haga lo mismo.

 

Para que entienda tu mensaje, evita las “críticas constructivas” con palabras abstractas como inapropiado, enfocado, distractor y éxito. Sobre todo, cuando las usas en tono serio, a tu hijo le suenan como el blablablá de los adultos en las caricaturas de Charlie Brown y compañía. En vez de eso, habla con fuerza, calma y sencillez. Repite. Puede que tu hijo no entienda las insinuaciones. Es poco probable que recuerde los discursos largos y serios acerca de todo, desde las áreas que debe mejorar hasta los planes detallados que lo emocionan. Así que imagina que tus conversaciones son como encestar en el básquetbol. Dices algo, después otra cosa, y a veces lo logras y encestas.

Aprécialo

En su novela La ley del menor, Ian McEwan describe a un niño de 8 años que relata “un flujo plateado de anécdotas, reflexiones y fantasías” y que genera en un escucha adulto “una ola de amor por el niño que le apretaba la garganta y le ardía en los ojos”.

Dale a tu hijo el cariño fácil, el aprecio y la tolerancia que le demuestras a tu perro.

Puede llevarte en un viaje increíble si confía en ti, si te tomas el tiempo y si estás dispuesto a seguirlo.

Wendy Mogel es psicóloga clínica y su libro más reciente es “Voice Lessons for Parents: What to Say, How to Say It and When to Listen”.

 

 

Ocho frases que ningún padre debería decirle a su hijo.

Fatherly

19/02/2018

falta de otras estrategias, muchos padres optan por decir lo primero que se les viene a la cabeza: reaccionan a los comportamientos de sus hijos con una retahíla de frases típicas que han ido arraigándose con el paso de los años. No hay nada malo en eso, de hecho es muy comprensible. Pero, por desgracia, muchas de esas frases clichés están obsoletas y basadas en suposiciones erróneas acerca de la mentalidad de los niños. Otras frases simplemente son el resultado del estrés que provoca ser responsable de un pequeño humano. A continuación, se incluyen ocho frases muy comunes que debemos evitar:

“Ya se cansará”. A veces, los niños tienen compulsiones inexplicables. Puede que sientan la necesidad irrefrenable de correr por casa desnudos, pegar grititos o decir palabrotas. Algunos padres reaccionan dejando al niño a su aire por un tiempo para que “se canse”. Desgraciadamente, esa idea está basada en un trágico malentendido del cerebro humano y el concepto de catarsis.

Lo cierto es que los niños no nacen con un deseo finito de correr desnudos por casa. La mente humana no funciona así. De modo que permitirles correr desnudos no agotará sus ganas de quitarse la ropa y echar a correr. De hecho, es posible que tenga el efecto contrario. Permitir a un niño “hacer algo hasta que se canse” alimentará sus ganas de seguir haciéndolo.

La solución para evitar estos comportamientos problemáticos es practicar el comportamiento opuesto. Por ejemplo, podemos animar al niño a que corra por casa en ropa interior o en pijama. Otra opción es animarle a correr vestido porque “eso es lo que hacen los mayores”. Hay que reforzar los comportamientos positivos, no los negativos.

“Eres malo”. En los peores momentos, los padres pueden sentir que su hijo es una mala persona. Puede que sientan que su pequeño es vengativo y que se comporta mal para que los demás se rían. En esos momentos, cuando se está enfadado, es probable que surja el deseo de preguntar a los hijos por qué se portan tan mal o incluso de decirles que son malos.

Sin embargo, esa agitación causada por el mal comportamiento de los niños se basa en una suposición errónea. Existen muchas razones por las que los niños se comportan mal; no tienen por qué ser personas llenas de odio y rencor. Decirle a un niño que es malo hará que interiorice el mensaje, lo que puede conducir a un comportamiento aún peor y dar lugar a distintos problemas psicológicos, como la depresión o la ansiedad.

Una táctica más adecuada en estos casos es decir que el comportamiento es negativo y tratar de reforzar el hecho de que el niño es una buena persona capaz de comportarse de forma correcta. Criticar el comportamiento en lugar de al niño nos permite conectar ese comportamiento con sus consecuencias, por ejemplo: “Has tirado el juguete, de modo que ahora no puedes jugar con él”.

Es más, es incluso mejor resaltar los comportamientos positivos, dado que se producen muchas veces a lo largo del día, y enfatizarlo ayuda a que el niño vea qué es lo positivo.

“… o de lo contrario…”. Esta frase es un puente entre un comportamiento y su consecuencia. A menudo tendemos a usarla cuando estamos enfadados y denota una amenaza. Pero las amenazas son una manera poco eficiente y poco racional de criar a un niño.

En lugar de amenazarles con quitarles el juguete, debemos enfatizar las consecuencias naturales de las acciones de los niños. Existen algunas reglas al respecto: las consecuencias deben estar relacionadas de manera razonable con el comportamiento, deben ser inmediatas y han de explicarse con calma para que el niño consiga interiorizarlo. Además, es importante que cuando expliquemos las consecuencias les recordemos que seguimos queriéndoles.

“No seas tan tímido”. Obligar a un niño a saludar a personas con las que no se siente cómodo puede derivar en un trastorno de ansiedad en el futuro. Y cuando esa exhortación paterna va acompañada de una orden de abrazar, dar la mano o dar un beso, parece que lo que estamos diciendo es que “no importan tus límites corporales cuando estás con personas con más autoridad que tú”. Y con el reciente movimiento del #metoo (“yo también”), no es la mejor lección para un niño.

Algo que ayuda a los niños tímidos es la práctica, el apoyo y la preparación. Los niños tímidos se manejarán mejor si saben de antemano lo que va a pasar y han practicado los saludos, aunque sea chocar la mano con alguien en lugar de un apretón de manos o un abrazo. Esto también ayuda a gestionar las expectativas de un visitante.

“A tu cuarto”. A menudo se entiende esta táctica de disciplina como una respuesta a un comportamiento antisocial. De este modo, el niño tiene la oportunidad de reflexionar sobre su comportamiento, siempre y cuando se haga de manera calmada y considerada y se hable sobre lo ocurrido y sobre cómo se podían haber hecho mejor las cosas.

Sin embargo, conviene recordar que este tipo de castigos deben tratar de incrementar el comportamiento social. Así pues, mandar a un niño a su cuarto es lo último que un padre debería hacer. Nunca sabemos lo que el niño va a hacer ahí dentro. ¿Leer un libro? ¿Jugar a algo? Haga lo que haga, seguro que no está replanteándose su comportamiento. Es mejor mantenerlos cerca y tranquilos que mandarles lejos a pensar en privado.

“Ya podrías parecerte más a tu hermana”. La rivalidad entre hermanos puede resultar muy perjudicial. De hecho, la violencia en el hogar familiar suele darse más entre hermanos que entre padres e hijos. Lo último que necesita una relación tensa es más competitividad y presión por parte de los padres.

En lugar de hacer comparaciones innecesarias, los padres deberían fomentar la cooperación entre hermanos. Es aconsejable proponer juegos no competitivos y cooperativos; y pedir a los niños que trabajen juntos para un mismo fin es mucho mejor que recalcar las debilidades del uno o del otro.

“Si de verdad me quisieras…”. Existe una delgada línea entre la culpa y la coacción. El sentimiento de culpa es necesario y es sano cuando impulsa a una persona a reparar un daño. La culpa requiere empatía, es decir, ser capaz de reconocer que las acciones de uno han conducido a que otra persona se sienta mal.

Los padres pueden usar la culpa a su favor señalando que los actos de un niño pueden afectar a los sentimientos de otra persona. Pero la táctica llega demasiado lejos si un padre amenaza o pone en entredicho el vínculo de amor con su hijo. Ese amor es lo que permite que el niño construya un sentimiento de seguridad que le permite explorar el mundo y sentir que siempre habrá un lugar seguro al que puede regresar.

Si le quitas al niño el pilar del amor, estás arrebatándole el sentimiento de seguridad, lo que puede provocarle ansiedad y comportamientos aún peores. Es mucho más aconsejable recordar a los niños que siempre se les va a querer, independientemente de cómo actúen; también hay que recordarles que su comportamiento tiene consecuencias y que pueden hacer que otras personas se enfaden, estén felices, se sientan orgullosos o tristes.

“Tú te lo has buscado”. Los estudios demuestran que educar a un niño con amenazas y violencia puede llevarles a ser adultos antisociales y violentos, en especial si esas amenazas se manifiestan de forma violenta.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

 

Educación de los sentimientos.

Acabo de leer que cada año, sólo en Francia, se fugan de sus casas cien mil adolescentes, y cincuenta mil intentan suicidarse. Los estragos de las drogas -blandas, duras, naturales o de diseño- son conocidos y lamentados por todos. Parece como si las conductas adictivas fueran casi el único refugio a la desolación de muchos jóvenes. La gente mueve la cabeza horrorizada y piensa que casi nada se puede hacer, que son los signos de los tiempos, un destino inexorable y ciego.

Sin embargo, se pueden hacer muchas cosas. Y una de ellas, muy importante, es educar mejor los sentimientos. El sentimiento no tiene por qué ser un sentimentalismo vaporoso, blandengue y azucarado. El sentimiento es una poderosa realidad humana, que es preciso educar, pues no en vano los sentimientos son los que con más fuerza habitualmente nos impulsan a actuar.

Los sentimientos nos acompañan siempre, atemperándonos o destemplándonos. Aparecen siempre en el origen de nuestro actuar, en forma de deseos, ilusiones, esperanzas o temores. Nos acompañan luego durante nuestros actos, produciendo placer, disgusto, diversión o aburrimiento. Y surgen también cuando los hemos concluido, haciendo que nos invadan sentimientos de tristeza, satisfacción, ánimo, remordimiento o angustia.

Sin embargo, este asunto, de vital importancia en educación, en muchos casos abandonado a su suerte. La confusa impresión de que los sentimientos son una realidad innata, inexorable, oscura, misteriosa, irracional y ajena a nuestro control, ha provocado un considerable desinterés por su educación. Pero la realidad es que los sentimientos son influenciables, moldeables, y si la familia y la escuela no empeñan en ello, será el entorno social quien se encargue de hacerlo.

Todos contamos con la posibilidad de conducir en bastante grado los sentimientos propios o los ajenos. Con ello cuenta quien trata de enamorar a una persona, o de convencerle de algo, o de venderle cualquier cosa. Desde muy pequeños, aprendimos a controlar nuestras emociones y a también un poco las de los demás. El marketing, la publicidad, la retórica, siempre han buscado cambiar los sentimientos del oyente. Todo esto lo sabemos, y aún así seguimos pensando muchas veces que los sentimientos difícilmente pueden educarse. Y decimos que las personas son tímidas o desvergonzadas, generosas o envidiosas, depresivas o exaltadas, cariñosas o frías, optimistas o pesimistas, como si fuera algo que responde casi sólo a una inexorable naturaleza.

Es cierto que las disposiciones sentimentales tienen una componente innata, cuyo alcance resulta difícil de precisar. Pero sabemos también la importancia de la primera educación infantil, del fuerte influjo de la familia, de la escuela, de la cultura en que se vive. Las disposiciones sentimentales pueden modelarse bastante. Hay malos y buenos sentimientos, y los sentimientos favorecen unas acciones y entorpecen otras, y por tanto favorecen o entorpecen una vida digna, iluminada por una guía moral, coherente con un proyecto personal que nos engrandece. La envidia, el egoísmo, la agresividad, la crueldad, la desidia, son ciertamente carencias de virtud, pero también son carencias de una adecuada educación de los correspondientes sentimientos, y son carencias que quebrantan notablemente las posibilidades de una vida feliz.

Educar los sentimientos es algo importante, seguramente más que enseñar matemáticas o inglés. ¿Quién se ocupa de hacerlo? Es triste ver tantas vidas arruinadas por la carcoma silenciosa e implacable de la mezquindad afectiva. La pregunta es ¿a qué modelo sentimental debemos aspirar? ¿cómo encontrarlo, comprenderlo, y después educar y educarse en él? Es un asunto importante, cercano, estimulante y complejo.

Proponer un programa exigente y completo de valores, apoyados y vividos desde una educación para la virtud, permitirá que los niños, adolescentes, jóvenes y adultos maduren cada día en su humanidad, vivan abiertos a los demás, y se preparen en serio a la meta en la que se decide, para siempre, el bien verdadero de cada uno de nosotros: el encuentro eterno con Dios. ¿No debería ser esa la señal inequívoca de que hemos sabido ofrecer un buen programa de formación en los valores?