Poema “Hay un país en el mundo”

Hay un país en el mundo
[Poema – Texto completo.]

Pedro Mir
Hay un país en el mundo
colocado
en el mismo trayecto del sol.
Oriundo de la noche.
Colocado
en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.

Sencillamente
liviano,
como un ala de murciélago
apoyado en la brisa.

Sencillamente
claro,
como el rastro del beso en las solteronas antiguas
o el día en los tejados.

Sencillamente
frutal. Fluvial. Y material. Y sin embargo
sencillamente tórrido y pateado
como una adolescente en las caderas.

Sencillamente triste y oprimido.

Sencillamente agreste y despoblado

En verdad.
Con tres millones
suma de la vida
y entre tanto
cuatro cordilleras cardinales
y una inmensa bahía y otra inmensa bahía,
tres penínsulas con islas adyacentes
y un asombro de ríos verticales
y tierra bajo los árboles y tierra
bajo los ríos y en la falda del monte
y al pie de la colina y detrás del horizonte
y tierra desde el canto de los gallos
y tierra bajo el galope de los caballos
y tierra sobre el día, bajo el mapa, alrededor
y debajo de todas las huellas y en medio del amor.

Entonces
es lo que he declarado.

Hay
un país en el mundo
sencillamente agreste y despoblado.

Algún amor creerá
que en este fluvial país en que la tierra brota,
y se derrama y cruje como una vena rota,
donde el día tiene su triunfo verdadero,
irán los campesinos con asombro y apero
a cultivar
cantando
su franja propietaria.

Este amor
quebrará su inocencia solitaria.
Pero no.

Y creerá
que en medio de esta tierra recrecida,
donde quiera, donde ruedan montañas por los valles
como frescas monedas azules, donde duerme
un bosque en cada flor y en cada flor la vida,
irán los campesinos por la loma dormida
a gozar
forcejeando
con su propia cosecha.

Este amor
doblará su luminosa flecha.
Pero no.
Y creerá
de donde el viento asalta el íntimo terrón
y lo convierte en tropas de cumbres y praderas,
donde cada colina parece un corazón,
en cada campesino irán las primaveras cantando
entre los surcos
su propiedad.

Este amor
alcanzará su floreciente edad.
Pero no.

Hay
un país en el mundo
donde un campesino breve,
seco y agrio
muere y muerde
descalzo
su polvo derruido,
y la tierra no alcanza para su bronca muerte.

¡Oídlo bien! No alcanza para quedar dormido.
Es un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,
triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije:
sencillamente triste y oprimido.

Procedente del fondo de la noche
vengo a hablar de un país.
Precisamente
pobre de población.
Pero
no es eso solamente.
Natural de la noche soy producto de un viaje.
Dadme tiempo
coraje
para hacer la canción.

Plumón de nido nivel de luna
salud del oro guitarra abierta
final de viaje donde una isla
los campesinos no tienen tierra.

Decid al viento los apellidos
de los ladrones y las cavernas
y abrid los ojos donde un desastre
los campesinos no tienen tierra.

El aire brusco de un breve puño
que se detiene junto a una piedra
abre una herida donde unos ojos
los campesinos no tienen tierra.

Los que la roban no tienen ángeles
no tienen órbita entre las piernas
no tienen sexo donde una patria
los campesinos no tienen tierra.

No tienen paz entre las pestañas
no tienen tierra no tienen tierra.

…….

Miro un brusco tropel de raíles
son del ingenio
sus soportes de verde aborigen
son del ingenio
y las mansas montañas de origen
son del ingenio
y la caña y la yerba y el mimbre
son del ingenio
y los muelles y el agua y el liquen
son del ingenio
y el camino y sus dos cicatrices
son del ingenio
y los pueblos pequeños y vírgenes
son del ingenio.

Es verdad que en el tránsito del río,
cordilleras de miel, desfiladeros
de azúcar y cristales marineros
disfrutan de un metálico albedrío,
y que al pie del esfuerzo solidario
aparece el instinto proletario.

Pero ebrio de orégano y de anís,
y mártir de los tórridos paisajes
hay un hombre de pie en los engranajes.
Desterrado en su tierra. y un país,
en el mundo,
fragrante,
colocado
en el mismo trayecto de la guerra.
Traficante de tierras y sin tierra.
Material. Matinal. Y desterrado.

…….

Quiero ver su amargura necesaria
donde el hombre y la res y el surco duermen
y adelgazan los sueños en el germen
de quietud que eterniza la plegaria.

Donde un ángel respira.
donde arde
una súplica pálida y secreta
y siguiendo el carril de la carrera
un boyero se extingue con la tarde.

Después
no quiero más que paz.
Un nido
de constructiva paz en cada palma.
Y quizás a propósito del alma
el enjambre de besos
y el olvido.

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¿El padre es el mejor amigo?

“Mi hijo no confía en mí. Le he dicho que el padre es el mejor amigo, que me diga lo que le pasa, que no tenga miedo, pero … no sé qué hacer. No tengo influencia sobre él. Ud. no sabe cuanto me duele. ¡El padre es el mejor amigo! ¡Pura teoría!”.

Por razones de exposición hemos singularizado, pero con diferencia de matices, podríamos decir: los padres, padre y madre. Hoy se recuerda a los padres que deben hablar con sus hijos adolescentes lástima es que, para muchos, el consejo llega demasiado tarde.

Mucha gente cree que va a conseguir entablar el diálogo con su hijo cuando éste llegue a la pubertad sin haberlo iniciado anteriormente; y, lo que es mas grave, cuando han interpuesto ente ellos y su hijo un muro difícil de derribar: los malos hábitos educativos de los. padres como las malas costumbres permitidas a los hijos, no son fáciles de superar.

La amistad solo se da entre pares.

La amistad, en al sentido estricto, no puede darse entre padres e hijos. El intercambio que la amistad implica solo puede alcanzarse entre pares. El hijo -niño, adolescente o joven- puede llegar a confiar en el padre sus problemas y sus más íntimas experiencias, actitud que no puede darse a la inversa. El hijo no puede comprender y asimilar los problemas del padre. Padres e hijos no son pares. En cambio, en un sentido amplio, tal amistad posible: el padre puede llegar a ser, si no el “mejor amigo”, al menos un amigo.

El niño debe encontrar en él al primer amigo pues es su confidente natural. Es la primera persona en que el niño confía, pero ¿ por qué, en la mayoría de los casos, eso no sucede al llegar el niño a la pubertad si no antes?. Deberlarnos creer, si observarnos la realidad, que es una de esas frases bonitas que se dicen paro que en la práctica no se dan.

Podemos pensar que la oposición entre dos personalidades –una ya hecha, la otra en formación-, que la tensión entre la autoridad y la libertad, hacen imposible que el padre sea el confidente natural de su hijo adolescente. No lo creemos imposible, pero, como todos los problemas humanos, tampoco lo consideramos fácil.

Los padres policias

Muchos padres adoptan con sus hijos la actitud de un “policía”, y esto provoca que sus hijos lo vean como “el enemigo”. Para esos hijos, los padres sólo existen para vigilarlos, controlarlos, amonestarlos y castigarlos. Por supuesto que – aunque negativa- ésa también es una función paterna, pero no es la única ni la más importante. Lo “padres policías” se dirigen a sus hijos con frases como éstas: “Cómo te portaste en el colegio? Por qué no entregaste el boletín? Debes tener malas notas! Qué notas! Aprende de tu hermano! No te comas las uñas! Qué manera de hablar es esa! Adónde fuiste? Por qué llegaste tarde? Mañana no sales!

Comprendamos la actitud del hijo

Las únicas palabras que esos padres tienen con sus hijos son frases secas, cortantes y en cierto modo agresivas: es comprensible que el hijo ‘huya” de su padre y lo mire con resentimiento. No dejará de amarlo, y lo manifestará en la primera ocasión que se le presente, pero no le hará confidencias; salvo que así vea la forma de evitar un castigo o para pedido, en caso extremo, la solución a un problema que lo ahoga.

Comprendamos la actitud del hijo comparándola, por analogía, con la de un empleado con un jefe que siempre lo está controlando, corrigiendo y poniendo en evidencia sus errores. Los sentimientos del empleado y del hijo son similares: ambos “odian’ al jefe y padre “policías”, y es comprensible que así suceda.

Los padres deben dialogar con sus hijos

Si los padres quieren que sus hijos sean sus amigos, deben hablar con ellos. Sus conversaciones deben ser diálogos y no sermones o conferencias, y deben girar alrededor de las inquietudes de sus hijos: juegos, diversiones, estudios, trabajos, aspiraciones y problemas. No deben esperar que sus hijos inicien el dialogo.

Respetando su intimidad y personalidad naciente, ellos deben dar el primer paso. El padre debe dirigirse a su hijo no sólo para preguntarle si cumplió sus obligaciones o para criticarlo, sino también para estimularlo oportunamente, elogiarlo con prudencia, interesarse espontáneamente por sus quehaceres, valorar sus ideas e iniciativas, acompañarlo en sus emociones y problemas. regocijarse con sus alegrías y triunfos, apesadumbrarse por sus tristezas y fracasos, levantar su ánimo cuando lo ve abrumado por las dificultades, menguado con tacto cuando lo observa arrogante y altanero en sus éxitos, enfrentarlo prudentemente con la realidad que ignora y comprenderlo en su edad y temperamento. Vivir y sentir con él, y también vigilarlo, corregirlo, amonestarlo y castigarlo adecuadamente cuando fuere necesario.

“Si quieres la amistad de tu hijo, dásela tu primero”

La amistad no es un ‘botín de guerra” ni la imposición de un vencedor o de autoridad alguna. La amistad no es una concesión gratuita, es un don voluntario que se debe ganar. No es tarea fácil para un padre ganar la amistad de su hijo, pero si realmente lo ama y apunta al ideal de padre señalado, es posible que la conquiste. El padre que quiera conseguir la amistad de su hijo, lo mejor que un hombre puede brindar a otro, ha de brindársela él primero. Tratándolo como a un amigo tal vez consiga que su hijo no le tenga miedo, confíe en él y lo vea como un amigo.

Tomado de “Nueva Cristiandad”

 

Trabaja con tus hijos este y todos los días el valor de ser honesto y honrado desde pequeñito

Lo primero es que tienes que enseñar con el ejemplo; ya que tus hijos te observan todo el tiempo, están muy pendientes de la más mínima conversación y o acción que tu realizas y si por ejemplo,  te ven que te robas las luces en rojo porque no hay una autoridad, que te pasas de listo y le coges el parqueo a alguien que está intentando parquearse; que tratas de sobornar con regalitos para obtener beneficios por encima de otros… ; que cuando tu niño o niña lleva de la escuela a la casa una prenda u objeto  que no es de él o de ella y tú no la devuelves, entonces no estás siendo un buen ejemplo.

Recuerda que cuando se es honrado y honesto desde chiquito es la mejor herencia y orgullo que exhibirá cuando sea adulto.

Ser honrado y honesto es tener vergüenza.  Permite que tu niño o niña tengan el sentimiento de sentirse avergonzado cuando inocentemente dicen una mentirita, se comen la merienda de sus amiguitos…  Corrígelos con amor y lo mejor es, de acuerdo a su edad, ponle una sillita para pensar durante 2 o cinco minutos.

El valor de ser honrado es en la casa que se aprende.

Enséñale el valor que tiene el trabajo de papá y mamá que no importa cuál es el oficio que realizan cuando se hace con dignidad.  Que las cosas se consiguen con esfuerzo, dedicación y empeño.

Educar en valores es algo muy importante, seguramente más que enseñar Lengua Española o Matemáticas.  ¿Quién se ocupa de hacerlo? Es penoso ver tantas vidas y familias arruinadas por la desmedida ambición, amor a lo ajeno y la exhibición del lujo como símbolo de superioridad.

Los buenos padres son ante todo, valientes.

Por Ángela Marulanda,
autora de Creciendo con Nuestros Hijos

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Nadie duda que para ser buenos padres se necesita una gran dosis de amor, paciencia, ecuanimidad, comprensión, disciplina, flexibilidad, para mencionar sólo unos cuantos.  Pero quizás lo que más necesitamos para formar hijos dotados de las virtudes y capacidades que les permitan llegar a ser unos buenos seres humanos es ser padres valientes, es decir tener la fortaleza necesaria para hacer lo que más les conviene a los hijos, por duro que sea.

El compromiso de ser padres nos coloca a diario en situaciones que requieren mucha valentía para no tomar el camino fácil y privar a los hijos de los límites que son vitales para que no sólo se rijan los principios que les inculcamos, sino que tengan la fortaleza para ponerlos en práctica.  Por ejemplo, se necesita valor no recibir al pequeño en nuestra cama cuando a media noche nos suplica que le dejemos dormir con nosotros; para no llevarles el libro olvidado al colegio cuando nos llaman implorando que se lo hagamos llegar;  para no darles nada más de lo que estrictamente se merecen por mucho que rueguen que quieren más;  para no ayudarles a hacer la tarea que no cumplieron a tiempo así pierdan la materia; para no permitirles participar en ese paseo o esa  fiesta en la que no habrá supervisión de adultos con autoridad así que sean “la única que no podrá ir”;  para no pagar la fianza y evitar que los arresten cuando es importante que aprendan que sus errores tienen amargas consecuencias.

Lo que necesitan los hijos no son padres condescendientes y que vivan dedicados a darles todo.  Sino padres valerosos, capaces de cuestionarse y tener la fortaleza para comprometerse tan seria y profundamente en la formación de sus hijos que hagan lo que sea preciso para formarlos como personas correctas por difícil o doloroso que pueda resultarles

Muchos de los problemas de los hijos hoy en día son el resultado de confundir el ser buenos padres, es decir valientes, con ser padres condescendientes.  Los padres condescendientes trabajan muy duro con el fin de ofrecerle todo a sus hijos;  pero lo que necesitan ellos son padres valientes que trabajen duro en ellos mismos para darles lo mejor de sí;  los padres condescendientes se miden por lo mucho que gastan en sus hijos, mientras que los padres valientes se miden por lo que gana su familia con su trabajo;  los padres condescendientes hacen lo posible por resolverles todos los problemas a sus hijos mientras que los padres valientes los dejan enfrentarlos, permitiéndoles aprender de ellos;  los padres condescendientes tratan de evitarles sufrimientos a los hijos, mientras que los padres valientes procuran dotarlos de las herramientas necesarias para superarlos;  los padres condescendientes se miden por los beneficios económicos que su éxito profesional le ofrece a su familia, mientras que los padres valientes lo que tienen en cuenta es qué precio están pagando sus hijos por su éxito profesional.

Pero para lo que se necesita más valentía aún es para no inventarnos toda suerte de justificaciones que nos permitan decirle a los hijos “sí” cuando en el fondo del alma sabemos que debemos decirles “no”;  para no creernos nuestras propias mentiras y convencernos que todo lo hacemos por su bien, cuando realmente lo hacemos por el nuestro. Es urgente procurar que el poder que como padres tenemos sobre los hijos no lo utilicemos para remediar las carencias que les dejamos por nuestras debilidades y perpetuarlas en nombre de una “bondad” mal interpretada.

Los padres de hoy son demasiado demócratas.

El autoritarismo es tan pernicioso como la ausencia de autoridad: hay situaciones en las que los padres deben saber decir: ¡No! Y que ese ¡no! sea innegociable, firme, dogma. Los padres deben tener la autoridad de imponer que algo no está bien. Y no ceder en esas cosas importantes. Eso hace al padre relevante a los ojos del hijo. Los padres se pasan hoy de demócratas…

Conocí a Andrea Fiorenza hace un par de años, y me deslumbró su sutileza en el trato de los conflictos de la psique humana. Se ha especializado, encima, en el enmarañado cosmos de la familia, en los problemas de los hijos. Los resuelve de modo que parece mágico, pero no lo es: aplica los principios de la terapia breve estratégica. Es breve porque resuelve los problemas en un corto plazo de tiempo, en pocas sesiones; es estratégica porque los aborda promoviendo cambios colaterales, aparentemente lejanos al problema central… Pero un pequeño cambio desencadena otros.

-De los hijos, ¿qué es lo que más preocupa hoy a los padres?
-Su rendimiento escolar y sus compañías.

-Lo mismo que siempre ha preocupado, ¿no?
-No: antes los padres no estaban tan pendientes de sus hijos. ¡Ahora están volcados en ellos!

-¿Qué ha causado tal cambio?
-Un cambio radical de organización social: antes era más jerárquica, piramidal, y por eso había mayor distancia emocional entre padres e hijos. En la generación anterior a la suya y a la mía, los hijos se dirigían a los padres de usted. Pero hoy la organización social es menos jerárquica, es más horizontal, democrática. Hay mayor proximidad emocional y, por eso, menor solidez de los papeles de padre y de hijo. La confusión de papeles causa disfunciones: el padre actúa casi como amigo del hijo, los hijos actúan casi como padres de sus padres. Los hijos aconsejan a sus padres cómo vestirse, y los padres obedecen. O los hijos deciden las vacaciones estivales de toda la familia.

-Porque hay diálogo: bien, ¿no?
-Si sólo hay diálogo… no basta para que todo funcione bien. Falta autoridad. Si todo es relativo y dialogable, el hijo pierde puntos sólidos de referencia, queda sin guía, y eso le genera ansiedad. Es inevitable. La autoridad es necesaria.

-¿No exagera?
-No. El autoritarismo es tan pernicioso como la ausencia de autoridad: hay situaciones en las que los padres deben saber decir: ¡No! Y que ese ¡no! sea innegociable, firme, dogma. Los padres deben tener la autoridad de imponer que algo no está bien. Y no ceder en esas cosas importantes. Eso hace al padre relevante a los ojos del hijo. Los padres se pasan hoy de demócratas. Tanta democracia familiar crea disfunciones conductuales. Yo imparto mil horas de terapia al año desde ya hace veinte. Y cada día veo más problemas derivados de padres demasiado volcados en sus hijos… y todo porque quieren que sean perfectos. Veo casos de padres que piden cambios de horario laboral en su empresa para estar en casa y hacer los deberes escolares con sus hijos. ¡Eso no es ayudarles! Hacen los deberes con sus hijos. O sea, los hacen ellos, los padres. Cuando vienen esos padres a mi consulta, les pregunto:¿Qué, cómo te ha ido este mes? ¿Te han aprobado o te han suspendido? ¿A qué universidad irás con tu hijo? El problema es que los padres no aceptan la idea de que su hijo pueda ir mal en la escuela. E intervienen ellos. Y, al intervenir, desincentivan a su niño: el chaval se acomoda a eso, no desarrolla su capacidad de iniciativa, de reacción ante las dificultades, de capacidad de esfuerzo… ¡Un desastre!

-Tengo hijos pequeños. ¿Cómo debo actuar para no acabar así?
-Sin sustituir al niño. Si lo hace, sólo conseguirá anularle. El principio general en el trato con sus hijos debería ser este: Obsérvalo sin intervenir, ten paciencia, dale tiempo, espera a que él solito halle las soluciones a los problemas. Pero sin decirle: Sé responsable. Eso es antinatural. Sólo déle tiempo para que sea él quien, llegado el caso, le pida ayuda. Si actúas antes, usurpas su ánimo, su voluntad. La buena intención de los padres suele perjudicar a los hijos. Quieren fomentar su autoestima, y se obsesionan demasiado: a ver, todos tenemos mayor grado de autoestima en unos aspectos y menor en otros, ¿no? ¡Pues tranquilos!

-Sus terapias deben ser muy solicitadas en escuelas.
-Si en clase un profesor pregunta: ¿Quién sabe en qué año se descubrió América?, unos levantarán la mano y otros no. Creo que es mejor decirles:Escribid todos en un papelito el año del descubrimiento de América. Cuando lo han hecho, el profesor dice 1492: el que lo ha puesto bien, confirmará que lo sabía, y el que lo puso mal, constatará su error, y lo recordará.

-Eso en clase. Pero, ¿y en casa?
-Dígale al niño: Te concedo media hora para los deberes, o para estudiar, ¡y sólo media hora! De 19 a 19,30 horas, por ejemplo. Con despertador: cuando se cumpla el tiempo, se acabó. Fin. Los límites dan valor a lo que sucede dentro de ellos.

-¿Ha tratado algún caso real así? ¿con éxito?
-Cierto chico tenía dificultades de atención. Dedicaba dos horas cada tarde al estudio, con muy pocos frutos. Le ordené: ¡Sólo media hora de estudio, con aviso de un despertador! Luego, nada de estudiar: eres libre. Rendía más en esa media hora que antes en dos horas. Poco después, me rogaba que le ampliase un poco el plazo de tiempo.

-Cuénteme algún caso que haya atendido recientemente.
-El de un niño de nueve años que tartamudeaba: su padre lo llevaba a los mejores especialistas de toda Italia… y el niño empeoraba. Dictaminé que dejasen de llevarlo a especialistas y de someterlo a ejercicios. Porque la atención de los padres, el sentirse tan observado por ellos, lo bloqueaba más y más. ¡No le digáis nada sobre eso!, les ordené. Y ahí empezó la mejoría del niño. Hay una historia que ilustra este caso: un ciempiés caminaba sin problemas hasta que una oruga le dijo: ¡Es increíble cómo caminas tan bien sin tropezarte, con tantos pies! El ciempiés comenzó a prestar atención a sus pies y a querer controlarlos ¡y tropezó! Eso le pasaba a ese niño. Lo que fue sólo un pequeño problema al principio se trató mal… y acabó convirtiéndose en tartamudez. Si intentas controlar el lenguaje, se bloquea… Luego establecí sólo 15 minutos al día de ejercicios controlados. El resto del tiempo, nada.

-Lo malo de los hijos es que no obedecen…
-Porque se les ordena mal. Hay que tener claros los objetivos. Los padres son muy confusos en sus objetivos: quieren que sus hijos se porten bien y estén contentos. ¡Qué objetivos tan difusos! Le aconsejo tres objetivos claros, capitales. Uno: que el niño cumpla sus obligaciones (asearse, ir a la escuela…); dos: que respete a los padres (no insultarlos ni ofenderlos), y tres: que colabore en la comunidad familiar (a servir la mesa, a hacer camas… Que se sienta parte del grupo, con sus derechos y obligaciones). Basta con tener claro esto. Los padres quieren que los hijos hagan a gusto todo, incluso cosas que disgustan, y eso es imposible. A nadie le gusta hacer ciertas cosas. ¡Pero hay que hacerlas! Atravesar dificultades estimula al niño, lo ayuda a crecer bien. ¡Ojalá su hijo tenga alguna dificultad cada día! Y, si no, póngale usted una diariamente.

-Usted titula su libro: Niños y adolescentes difíciles. ¿Qué es ser difícil?
-Explico que es una etiqueta que se les pone: no existen niños o adolescentes difíciles, malos, enfermos… Sólo disfunciones relacionales. Al querer curar o controlar al niño difícil, el problema inicial empeora. Y disfunciones leves se convierten en poco tiempo en problemas complicados.

-¿Qué hacer cuando surge ese problema sencillo?
-Yo localizo en qué punto se ha bloqueado la relación familiar, e introduzco ahí un pequeño cambio de comportamiento. Este pequeño cambio relacional desencadenará una cadena de cambios que hará que el conflicto se disuelva solo.

-Un ejemplo.
-Luca era un niño que cada mañana lloraba al ir al colegio, con las consiguientes escenas de separación dramática ante la puerta de la escuela. La madre, ya por la noche, le preguntaba por sus miedos, le daba ánimos. El padre, por la mañana, en el coche, intentaba ya tranquilizarlo, le prestaba mucha atención… Les ordené esto: Debéis empezar a actuar como si vuestro niño no llorase ya por las mañanas, como si todo fuese bien. Y les dije que, por la mañana, en casa, le dijesen al niño: Querido Luca, para ti quejarte es muy importante, y por eso te pedimos que lo hagas ahora, durante 15 minutos. Estaremos aquí callados, escuchándote. Por favor, empieza a quejarte. El niño respondió que no tenía ganas de quejarse, que quería jugar, y al llegar al colegio se fue corriendo él solo escaleras arriba. Sólo introduje un pequeño cambio relacional padres-hijo. Cuando luego pregunté a los padres:¿Qué deberiáis hacer ahora para estropear este logro? lo tuvieron muy claro:Volver a prestarle a Luca todas las atenciones y a tranquilizarlo como antes, a comportarnos con él como si fuese a tener miedo de separarse de nosotros. Lo entendieron. Caso resuelto.

Fuente:
http://www.solidaridad.net/vernoticia.asp?noticia=2457

Tips para acercarme a mis hijos.

Por Felipe de Jesús Rodríguez

Ayudar a los hijos en sus dificultades es un reto que, muchas veces, se presenta pesado, infructuoso y casi imposible

El hijo que crece “aparentemente” tiene su vida hecha. La independencia, el “déjenme ser”, es su mayor eslogan. Los consejos, regaños e indicaciones le hacen sentir como niño o adolescente y, por eso, los rechaza como jarabes amargos.

Tiene conciencia de su libertad y, bien o mal, sabe que puede usarla, aunque desconoce su verdadero sentido. Se siente joven y experimenta que puede asir el mundo con un apretón de manos. Este mundo atrapa su sed infinita de felicidad y es lo que le causa las peores jugadas.

Quizá, un abismo gigantesco interfiere en las relaciones con los hijos. Los problemas y las dificultades que atraviesan en sus vidas personales parecen inasequibles para los padres. Los consejos y la cercanía que éstos quieren brindar, no llegan hasta la orilla de sus hijos con el impacto esperado.

Unas veces, el puente de comunicación natural y sencilla de los primeros años de la infancia y de la adolescencia, se debilita y es difícil cruzarlo. Otras, tristemente, el gigante invisible de la juventud ya lo ha arrancado con un vigor impulsivo e irreflexivo, destruyendo cualquier esfuerzo de acercamiento a los problemas que tienen.

¿Qué hacer?

La respuesta no es nada sencilla porque los hijos tampoco están en una etapa fácil. A veces el error de los padres es la desesperación, la impaciencia o la forma brusca y autoritaria en el actuar (por ejemplo: correrlos de la casa).

Un buen medio es la comunicación entre los padres. Entre los dos se podrán ayudar mejor a conocer a sus hijos. También ayuda tratar de “meterse en sus zapatos”. Intentar sentir lo que sienten, pensar en las contrariedades que les acechan o que pueden estar pasando (¡están todavía madurando y necesitan comprensión!).

Una postura rígida, por ejemplo, puede transformarse en una actitud afable, amigable, paternal: Una gota de comprensión atrae más a los hijos que un barril de regaños.

Otra solución estriba en el arte de escuchar a los hijos, interesarse por ellos; salir de las “burbujas” rutinarias y darles el tiempo y la atención que merecen. Ayuda mucho preguntarles su opinión, pedirles consejo, hacerles ver que su punto de vista cuenta mucho. Aunque todavía no lo sean, necesitan ser tratados como adultos.

Es mejor dar espacio a su iniciativa personal y a sus propuestas, que “acribillarlos” con órdenes y prohibiciones que pueden resolverse en un acuerdo mutuo y constructivo. Y en esos diálogos, conviene valorar sus decisiones para que se hagan responsables de sus actos.

Hay momentos que quizá ya se ha intentado mucho y los problemas de los hijos parecen insuperables. Pensemos, por ejemplo, en aquéllos que están sumergidos en la droga o el alcohol. Por desgracia, la solución se escurre de las manos como el agua (¡y eso es lo más duro!).

Desde la perspectiva humana todo parece imposible. En esos momentos lo mejor es pedir ayuda. Buscar a un perito en la materia, más aún, pedir ayuda al pedagogo más veterano, al experto de lo “imposible”: a Dios.

La oración dirigida a Dios orienta los sufrimientos, preocupaciones, deseos, esfuerzos humanos y sobrehumanos hacia el bien de los hijos. Con ella, se edifica un puente invisible a los ojos humanos, pero no al corazón del que cree; un puente que llega hasta lo más profundo de sus corazones, pues está construido con los ladrillos de la fe y de la esperanza.

Cuando humanamente se hace lo que está en las propias manos y se deja a los hijos en las manos experimentadas y sabias de Dios, el reto se aligera, el fruto empieza a madurar y lo que parecía imposible se hace real porque para Dios no hay nada imposible.