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Cómo ayudar a tu hijo a superar la timidez

La timidez es un rasgo de carácter en parte heredado y en parte aprendido. Si desde pequeño se siente querido y motivado irá adquiriendo más seguridad y aprenderá a relacionarse mejor.

El bebé empieza a desarrollarse socialmente en el momento en que es capaz de interactuar con otras personas; los llantos con los que se comunica desde que nace y la sonrisa social de los 4 meses son pruebas concluyentes de ello.

A través de estas formas tan rudimentarias de expresión comienza a dar muestras de su “carácter”.

Y es evidente que hay unos bebés que son más retraídos que otros: lloran o hacen pucheros cuando los coge alguien que no es su mamá, ponen caras raras a los vecinos, no quieren quedarse con los abuelos o con los tíos…

Pero la timidez es un estilo de funcionamiento multifactorial, en el que influye lo heredado y lo aprendido. De hecho este rasgo, como tal, no aparece hasta los 2 años, cuando el niño empieza a ser consciente de que los demás evalúan sus acciones, pueden darse cuenta de sus errores e incluso reírse de él.

Este descubrimiento hace que se sienta incómodo, sobre todo ante personas o situaciones nuevas que perturban su entorno familiar, que tanta seguridad le proporciona. Su manera de enfrentarse a estas realidades “complicadas” puede hacer aflorar los primeros signos de retraimiento o timidez.

Con 3 o 4 años el niño confiere mucha importancia a la opinión de los demás. Es fundamental prestar atención al rol social que asume entonces, para evitar posibles problemas de comportamiento en el futuro.

La influencia del ambiente

Además del carácter, tanto la educación como el ejemplo que el niño recibe en casa influyen en su grado de extroversión/introversión.

En este sentido, si se le educa en un contexto seguro, en el que se sienta querido y motivado y en el que tenga claro dónde están los límites, se sentirá más preparado para ser autónomo y relacionarse mejor.

En cambio, si desde pequeño se le regaña o castiga a menudo sin explicarle el porqué de las regañinas, la consecuencia puede ser que se retraiga y le cueste tomar la iniciativa para afrontar retos, como acercarse a jugar con niños que no conoce.

Del mismo modo, aunque es necesario animarle a intentar nuevos logros, exigirle con frecuencia algo para lo que no está preparado puede llegar a convencerle de que nada le sale bien, lo que le hará más dependiente y menos dispuesto a lanzarse “al exterior”.

Por otro lado, acontecimientos como la llegada de un hermanito también pueden influir en la confianza que tenga en sí mismo y en su actitud hacia los demás. Pero si le ayudamos a entenderlos y le demostramos que le queremos igual que antes, saldrá reforzado de ellos.

Además, como el comportamiento del niño varía también en función del contexto y de las expectativas que tienen sobre él las personas de ese entorno, es posible que sea atrevido en casa e inhibido en el colegio, o viceversa (reservará el comportamiento extrovertido para el entorno en el que se sienta más libre y valorado).

Le asusta salirse de la norma

Cuando la timidez aparece, el niño empieza a presentar dificultades de relación con los adultos y con sus iguales (no le apetece ir al parque, le cuesta hablar con otros niños en el cole…).

De repente se niega a hacer cosas que antes no le planteaban problemas y teme iniciar actividades nuevas. Huye de los desconocidos y se “pega” (literalmente) a su persona de referencia cuando está en un ambiente que le resulta ajeno. Como no se siente seguro, busca el reconocimiento de los otros y le asusta salirse de la norma y no saber cómo actuar.

Por lo general, a medida que el pequeño va madurando aprende a relacionarse mejor y este tipo de sentimientos se reducen o pierden intensidad.

Sin embargo, en algunos casos se mantienen e incluso se intensifican, algo que puede agravarse si el niño tiene poca destreza en alguna faceta concreta y esto le lleva a formarse una idea negativa de sí mismo.

Cuando esto ocurre, al crecer va siendo más consciente de lo que se pierde por no hacer lo que le gustaría (asistir a un cumpleaños, acercarse a sus compañeros en el recreo…). Y esta sensación le genera sufrimiento.

Fuente:  bbmundo.com

¿Es malo que mi hijo sea tímido?

El tímido siente una sensación de inseguridad o de vergüenza cuando se encuentra en un entorno con extraños o  gente poco familiar con los que le cuesta establecer una conversación o incluso saludar.

Pese a que la timidez no tiene por qué ser un problema en sí mismo, ser tranquilo o reservado puede dar la impresión equivocada ante los demás. Observadas desde fuera, a veces las personas tímidas son erróneamente percibidas como altivas, hurañas, antisociales o inseguras. Debido a la poca aceptación que tiene esta actitud en un entorno que nos obliga a relacionarnos, es normal que un padre se preocupe si observa que su hijo pequeño parece excesivamente tímido.

“Ser tímido no tiene por qué ser un problema”, explica Sara Montejano, psicóloga de Psicoglobal, “es una forma de relacionarse con los demás, más circunspecta o reservada , con una personalidad más tranquila, introspectiva y con elevado control emocional”.

La experta aclara que todos los niños sufren una etapa de timidez, entre los seis y doce meses, en la que temen a los extraños y lloran cuando alguien a quien no conocen les coge en brazos.

“El tener cierta timidez nos permite observar el entorno para poder adaptarnos a él de manera eficaz. Esta actitud nos permite saber cuáles son las reglas de la situación social por las que nos tenemos que regir”, razona la terapeuta.

El momento de preocupación solo tiene que llegar, según Montejano, cuando los niños evitan situaciones sociales. “Si el niño no se estresa o “lo pasa mal” al estar con sus iguales, entonces no tenemos que suponer que estamos ante un problema”.

¿Por qué es tímido un niño?

La timidez puede estar determinada por muchos factores. Existen incluso estudios que involucran la genética en la predisposición a tener un comportamiento tímido. Por otro lado, la psicóloga señala el aprendizaje social por modelos como otra causa importante. “Los niños aprenden por imitación, normalmente de figuras de su entorno cercano. Si nuestros modelos no exhiben conductas sociales eficaces, es difícil que puedan aprenderlas”, indica.

Además, la experta señala que los niños sobreprotegidos o desatendidos que se desarrollan en excesiva disciplina (con castigos, reproches o con excesivas exigencias) tendrán más probabilidad de desarrollar timidez.

En el caso de que las familias tengan una actitud abierta pero el niño sea retraído, no debemos interpretar sus diferencias con sus familiares como algo negativo, sino observar si establece relaciones sociales, aunque sean pocas o más selectivas, o es capaz de experimentar situaciones sociales nuevas.

Por otra parte, la experta señala que ambos factores pueden verse mezclados en el comportamiento del niño: una familia puede ser espontánea y a la vez criar a su hijo de forma que no potencie su autonomía y su autoestima.

Cómo afrontarlo

En el caso de que el problema sea puntual o sea la forma de ser del niño, hablar con él puede ser bueno, siempre y cuando se haga desde la aceptación. “Si se le etiqueta y se le dice que está equivocado en su manera de relacionarse, posiblemente consigamos lo contrario a lo que buscamos: el niño se mostrará más retraído porque se sentirá más presionado”, explica la experta. Esto ocurre porque “todos los niños buscan satisfacer a sus padres y sentir que no lo hacen, máxime cuando los padres se lo han dicho, puede hacer que se bloqueen y le cueste más relacionarse con otras personas”, puntualiza.

Si la timidez está causando problemas al niño, la familia debe intervenir para que aprenda a relacionarse de otra forma. Algunas pautas que da la especialista son:

-Ante todo, aceptar la situación y no presionar al niño para que no se bloquee más.

-Aumentar las situaciones de interacción llevando al niño al parque con frecuencia o apuntarle a actividades que impliquen relacionarse, como un deporte, siempre que sean cosas que le gusten.

-Fomentar la autonomía del niño. Por ejemplo si el niño quiere un chicle, podemos acompañarle y que sea él el que lo pida.

-Ayudarle a resolver conflictos con sus iguales por él mismo. A veces los padres tienden a resolver los problemas de sus hijos para ayudarles, lo que impide que desarrollen sus capacidades de negociación y de resolución de problemas.

-Decirle lo bien que lo está haciendo. Reforzar al niño le ayudará a sentir que sus conductas prosociales van en aumento y se sentirá animado a seguir explorando nuevas relaciones. Cuando a un niño le dices lo que hace bien, aprende que esa conducta es positiva y la vuelve a reproducir.

-Ser un modelo. Los adultos deben mostrar sus habilidades sociales, tanto con otros adultos como con los niños con los que se relaciona su hijo para que le sirvan de ejemplo al que copiar.

Cuándo alarmarse

Si estas pautas no funcionan o el niño evita relacionarse con otros niños o situaciones que, en principio, le gustan (una excursión, jugar en el parque, un cumpleaños o celebraciones), porque se estresa, puede que sea el momento de buscar un especialista.

“Normalmente el primer aviso suele venir de los profesores. En clase, en el patio, en los juegos etc., es cuando más se ve cómo se relaciona y los profesores suelen ser los primeros que detectan si hay problemas de interacción”, indica Montejano.

Fuente: DMedicina.com