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¿Es malo que mi hijo sea tímido?

El tímido siente una sensación de inseguridad o de vergüenza cuando se encuentra en un entorno con extraños o  gente poco familiar con los que le cuesta establecer una conversación o incluso saludar.

Pese a que la timidez no tiene por qué ser un problema en sí mismo, ser tranquilo o reservado puede dar la impresión equivocada ante los demás. Observadas desde fuera, a veces las personas tímidas son erróneamente percibidas como altivas, hurañas, antisociales o inseguras. Debido a la poca aceptación que tiene esta actitud en un entorno que nos obliga a relacionarnos, es normal que un padre se preocupe si observa que su hijo pequeño parece excesivamente tímido.

“Ser tímido no tiene por qué ser un problema”, explica Sara Montejano, psicóloga de Psicoglobal, “es una forma de relacionarse con los demás, más circunspecta o reservada , con una personalidad más tranquila, introspectiva y con elevado control emocional”.

La experta aclara que todos los niños sufren una etapa de timidez, entre los seis y doce meses, en la que temen a los extraños y lloran cuando alguien a quien no conocen les coge en brazos.

“El tener cierta timidez nos permite observar el entorno para poder adaptarnos a él de manera eficaz. Esta actitud nos permite saber cuáles son las reglas de la situación social por las que nos tenemos que regir”, razona la terapeuta.

El momento de preocupación solo tiene que llegar, según Montejano, cuando los niños evitan situaciones sociales. “Si el niño no se estresa o “lo pasa mal” al estar con sus iguales, entonces no tenemos que suponer que estamos ante un problema”.

¿Por qué es tímido un niño?

La timidez puede estar determinada por muchos factores. Existen incluso estudios que involucran la genética en la predisposición a tener un comportamiento tímido. Por otro lado, la psicóloga señala el aprendizaje social por modelos como otra causa importante. “Los niños aprenden por imitación, normalmente de figuras de su entorno cercano. Si nuestros modelos no exhiben conductas sociales eficaces, es difícil que puedan aprenderlas”, indica.

Además, la experta señala que los niños sobreprotegidos o desatendidos que se desarrollan en excesiva disciplina (con castigos, reproches o con excesivas exigencias) tendrán más probabilidad de desarrollar timidez.

En el caso de que las familias tengan una actitud abierta pero el niño sea retraído, no debemos interpretar sus diferencias con sus familiares como algo negativo, sino observar si establece relaciones sociales, aunque sean pocas o más selectivas, o es capaz de experimentar situaciones sociales nuevas.

Por otra parte, la experta señala que ambos factores pueden verse mezclados en el comportamiento del niño: una familia puede ser espontánea y a la vez criar a su hijo de forma que no potencie su autonomía y su autoestima.

Cómo afrontarlo

En el caso de que el problema sea puntual o sea la forma de ser del niño, hablar con él puede ser bueno, siempre y cuando se haga desde la aceptación. “Si se le etiqueta y se le dice que está equivocado en su manera de relacionarse, posiblemente consigamos lo contrario a lo que buscamos: el niño se mostrará más retraído porque se sentirá más presionado”, explica la experta. Esto ocurre porque “todos los niños buscan satisfacer a sus padres y sentir que no lo hacen, máxime cuando los padres se lo han dicho, puede hacer que se bloqueen y le cueste más relacionarse con otras personas”, puntualiza.

Si la timidez está causando problemas al niño, la familia debe intervenir para que aprenda a relacionarse de otra forma. Algunas pautas que da la especialista son:

-Ante todo, aceptar la situación y no presionar al niño para que no se bloquee más.

-Aumentar las situaciones de interacción llevando al niño al parque con frecuencia o apuntarle a actividades que impliquen relacionarse, como un deporte, siempre que sean cosas que le gusten.

-Fomentar la autonomía del niño. Por ejemplo si el niño quiere un chicle, podemos acompañarle y que sea él el que lo pida.

-Ayudarle a resolver conflictos con sus iguales por él mismo. A veces los padres tienden a resolver los problemas de sus hijos para ayudarles, lo que impide que desarrollen sus capacidades de negociación y de resolución de problemas.

-Decirle lo bien que lo está haciendo. Reforzar al niño le ayudará a sentir que sus conductas prosociales van en aumento y se sentirá animado a seguir explorando nuevas relaciones. Cuando a un niño le dices lo que hace bien, aprende que esa conducta es positiva y la vuelve a reproducir.

-Ser un modelo. Los adultos deben mostrar sus habilidades sociales, tanto con otros adultos como con los niños con los que se relaciona su hijo para que le sirvan de ejemplo al que copiar.

Cuándo alarmarse

Si estas pautas no funcionan o el niño evita relacionarse con otros niños o situaciones que, en principio, le gustan (una excursión, jugar en el parque, un cumpleaños o celebraciones), porque se estresa, puede que sea el momento de buscar un especialista.

“Normalmente el primer aviso suele venir de los profesores. En clase, en el patio, en los juegos etc., es cuando más se ve cómo se relaciona y los profesores suelen ser los primeros que detectan si hay problemas de interacción”, indica Montejano.

Fuente: DMedicina.com

 

Juegos para enseñar a los alumnos a hablar en público

 Rocío López

Hablar en público resulta, para la mayoría de adultos y niños, una actividad desagradable. Nuestro pulso se acelera, la respiración se entrecorta, las manos nos tiemblan…  Las emociones tienden a jugarnos una mala pasada en esta situación.

Esto es debido a que, por lo general, ponemos poco en práctica esta habilidad hasta que la necesitamos, que es ya de adultos. No obstante no hay que preocuparse, ¡las noticias son buenas! Es una competencia que se puede (y se debe trabajar) ya desde la escuela y además es posible hacerlo con trucos y consejos sencillos que no requieren ninguna preparación.

Foto tomada de 3.0

Eso sí, hay que tener en cuenta que para las actividades que explicaremos a continuación el clima en el aula ha de ser relajado, y el alumno ha de sentirse cómodo. No se aprende a hablar en público de un día para otro y, por supuesto, la dedicación y la paciencia son buenas virtudes para conseguirlo. Además, aquel niño que presenta dificultades para expresarse delante de sus compañeros o profesores por timidez o vergüenza no puede dar el paso repentino de debatir delante de un auditorio lleno. Ha de pasar primero por pequeños retos intermedios, es la única manera sana y ajustada a sus necesidades. Por esto, las actividades que propongamos en clase han de incrementar paulatinamente el ratio de alcance de la voz de nuestros alumnos y adecuarse al ritmo de aprendizaje de cada uno.

Ahora sí, prepara tu voz, deja a un lado tu vergüenza y… ¡a hablar! Estos juegos podrás llevarlos a cabo en el aula de ciclo superior de Primaria y la ESO.

El discurso del rey

Los jugadores, en grupos de 7 personas, se colocarán en círculo y uno de ellos empezará la ronda a modo de pregonero diciendo en voz alta “El rey manda que…”. El siguiente le contestará completando la frase: “Los lunes se coman siempre patatas fritas”, por ejemplo.

El turno pasará al siguiente jugador teniendo en cuenta las agujas del reloj y, entonces, tendrá que repetir lo dicho hasta el momento y añadir un elemento nuevo al discurso. Por ejemplo: “El rey manda que los lunes se coman siempre patatas fritas y los cortesanos vistan con bañador.”

El siguiente jugador repetirá nuevamente la frase completa y añadirá un nuevo ingrediente: “El rey manda que los lunes se coman siempre patatas fritas, los cortesanos vistan con bañador y los sapos lleven vestido”. Así, los turnos irán pasando sucesivamente entre los participante hasta llegar nuevamente al pregonero, el jugador que inició la ronda. Este tendrá que colocarse sobre la mesa, aclarar su garganta, poner pose de paje y, a modo de discurso real, proclamar con voz firme y clara lo que se ha ido repitiendo.

“Lo que no sabías de…”

Los participantes irán caminando por la clase mientras que suena la música y, cuando se detenga, se situarán frente a la persona que se encontraba más cerca. Entonces, deberán responder al oído de este compañero las cuatro preguntas que el docente pronunciará en voz alta.

Foto tomada de 3.0

Por ejemplo, podéis escoger entre estas o inventar otras: ¿Cuál es tu color favorito?; explícale a tu compañero un día en que pasaste mucho miedo; dile a tu compañero cómo se llama tu mascota y por qué le pusiste ese nombre; ¿qué película te llevarías siempre a una isla desierta y por qué?; ¿cuál es el sitio más bonito que has visitado de vacaciones?; ¿qué comida detestas?; si pudieses viajar a un sitio ahora mismo, ¿dónde irías?

A partir de las respuestas obtenidas, el compañero tendrá un minuto para explicar al resto de la clase los descubrimientos que ha hecho sobre su amigo. Entonces, podrá hacer una sencilla presentación oral o, si se atreve, inventar un rap, un trabalenguas o una adivinanza.

Lo más importante de esta actividad no es que el alumno realice un discurso muy elaborado; sino que se atreva a situarse frente a la clase, a romper esa barrera, y explicar algo que, al no ser una historia en primera persona, no le debería dar tanta vergüenza.

El pozo de los miedos

Antes de hablar en público, son los miedos y sensaciones negativas florecen en nuestro cuerpo, y es bueno ser consciente para poder gestionarlas y ponerles solución. Durante este ejercicio, pediremos a nuestros alumnos que se sitúen en parejas y escriban en papelitos todas las emociones desagradables que sienten cuando han de salir a hablar frente a alguien.

Foto tomada de 3.0

Por ejemplo, pueden poner lo siguiente: “siento que mis manos arden”, “las mejillas me queman”, “noto que me cuesta respirar”, “siento que quiero darme la vuelta”, “pienso que me caeré delante de todos”, “me imagino que tropiezo”, etc. Pueden ser tanto expresiones físicas como pensamientos malos.

A continuación, les diremos que rompan con todas su fuerza esos papeles, los pisen, los arruguen, los destrocen… y los lancen a un pozo imaginario (habremos marcado en el suelo de la clase con tiza una circunferencia) donde caen y ya no pueden salir. Seguidamente, les diremos que cierren los ojos e imaginen que han que hacer una exposición importante. Esta vez la harán genial, tan bien que saldrán muy contentos de ella. Además el público les aplaudirá y sentirán cómo su pecho se llegan de orgullo. Ya nada tiene que ver con los miedos e inseguridades de antes, son una persona nueva.

Me gusta creer que no existen los malos oradores, sino falta de práctica. Así que, ha llegado el momento de poner a raya nuestro pánico escénico y atrevernos a continuar creciendo y aprendiendo, ¿no te parece?

Fuente: educaciontrespuntocero.com