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Autodeterminación: Enséñales cómo pensar, no qué pensar

La autodeterminación es la garantía de que, elijamos lo que elijamos, seremos nosotros los protagonistas de nuestras vidas. Podremos equivocarnos. De hecho, es muy probable que lo hagamos, pero aprenderemos del error y seguiremos adelante, enriqueciendo nuestro kit de herramientas para la vida.

Desde el punto de vista cognitivo, no existe nada más desafiante que los problemas y los errores ya que estos no solo demandan esfuerzo sino también un proceso de cambio o adaptación. Cuando nos enfrentamos a un problema se ponen en marcha todos nuestros recursos cognitivos y, a menudo, esa solución implica una reorganización del esquema mental.

Por eso, si en vez de darles verdades absolutas a los niños les planteamos desafíos para que piensen, estaremos potenciando la capacidad para observar, reflexionar y tomar decisiones. Si enseñamos a los niños a aceptar sin pensar, esa información no será significativa, no producirá un cambio importante en su cerebro sino que simplemente se almacenará en algún lugar de su memoria, donde poco a poco se irá difuminando.

Al contrario, cuando pensamos para solucionar un problema o intentamos comprender en qué nos equivocamos se produce una reestructuración que da lugar al crecimiento. Cuando los niños se acostumbran a pensar, a cuestionar la realidad y a buscar soluciones por sí mismos, comienzan a confiar en sus capacidades y enfrentan la vida con mayor seguridad y menos miedos.

Los niños deben encontrar su propia manera de hacer las cosas, deben conferirle sentido a su mundo e ir formando su núcleo de valores.

 ¿Cómo lograrlo?

Una serie de experimentos desarrollados en la década de 1970 en la Universidad de Rochester nos brinda alguna pistas. Estos psicólogos trabajaron con diferentes grupos de personas y descubrieron que las recompensas pueden mejorar hasta cierto punto la motivación y la eficacia cuando se trata de tareas repetitivas y aburridas pero pueden llegar a ser contraproducentes cuando se trata de lidiar con problemas que demandan la reflexión y el pensamiento creativo.

Curiosamente, las personas que no recibían premios externos obtenían mejores resultados en la resolución de problemas complejos. De hecho, en algunos casos esas recompensas hacían que las personas buscaran atajos y asumieran comportamientos poco éticos ya que el objetivo dejaba de ser solucionar el problema, para convertirse en obtener la recompensa.

Estos resultados llevaron al psicólogo Edward L. Deci a postular su Teoría de la Autodeterminación, según la cual para motivar a las personas y a los niños a que den lo mejor de sí, no es necesario recurrir a recompensas externas sino tan solo brindar un entorno adecuado que cumpla con estos tres requisitos:

  1. Sentir que tenemos cierto grado de competencia, de manera que la tarea no genere una frustración y una ansiedad exageradas.
  2. Disfrutar de cierto grado de autonomía, de manera que podamos buscar nuevas soluciones e implementarlas, sintiendo que tenemos el control.
  3. Mantener una interacción con los demás, para sentirnos apoyados y conectados.

Educar no es crear sino ayudar a los niños a crearse a sí mismos

Gracias  a Jennifer Delgado de Rincón de Psicología

Fuente: Cultura Inquieta

¿Por qué algunos niños se lastiman a sí mismos?

Mónica Toro

Jalarse el pelo, arañarse, rasguñarse, morderse y golpearse la cabeza contra el piso son algunas conductas autoagresivas -lastiman- que pueden tener los niños. Las razones de estas actuaciones, según el siquiatra infantil Germán Casas, pueden ser de tres tipos: sicológico, neurológico o manipulación.

El primero se refiere al pequeño que se lastima después de un enojo o inconformismo, con el fin de llamar la atención. “Es el que después de que el adulto le niega un helado, el infante se agrede, creyendo que con esto llamará la atención y conseguirá lo que desea”.

Este tipo de niño, según Casas, es consciente de su agresión y evita, en la mayoría de los casos, lastimarse fuerte. Es decir, controla la fuerza con la que se pega, ya que solo busca ser complacido. Otro caso es el de aquel menor que se lesiona debido a la ansiedad, soledad, depresión y poca tolerancia a la frustración. Además, encuentran en la autoagresión la estimulación que les hace falta. “Estos son pequeños que carecen de amor y compañía, pero sobre todo del cuidado de los adultos, por lo que incluyen la autolaceración en un intento desesperado de tener un apego propio”, indica Casas.

También puede ser el resultado, afirma la sicóloga Sandra Jaramillo, de una respuesta a la separación de sus padres, de problemas escolares, económicos y familiares en los que el niño se ve involucrado. Sin embargo, la causa que requiere más cuidado es neurológica. Según el neurólogo pediatra Álvaro Izquierdo, el déficit de atención con impulsividad, el cuadro sicótico, el autismo, el retardo mental y las anormalidades metabólicas podrían ser algunas causas por las cuales los niños se agreden a sí mismos, ya que los aleja del mundo real y no les permite diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal, sufriendo así una alteración de la sensibilidad.Investigadores han encontrado que desequilibrios en los neurotransmisores podrían causar conductas autoagresivas, ya que algunas sustancias podrían incrementar su producción o liberación, lo que aumentaría el grado de irritabilidad; además, el pequeño no experimenta ningún dolor mientras se hace daño.

¿Qué hacer?

Antes de diagnosticar al pequeño, la sicóloga Sandra Trujillo señala que lo más importante es revisar si ese comportamiento del menor ha sucedido una o varias veces y si los episodios los hace con varias o solo con una persona determinada. Eso, en realidad, dará un primer paso para que los expertos especifiquen las causas y los tratamientos que se seguirán. Por lo tanto, Trujillo sugiere que en la primera autoagresión que vean de los hijos, los padres ignoren, calmen y, luego, les expliquen las razones por las cuales no se debe actuar con maltrato. “Es fundamental tener claro que si la autoagresión se repite, los adultos deben buscar asesoría de un experto, para descartar cualquier lesión sicológica o neurálgica”, indica Trujillo.

Los tratamientos para la autoagresión dependen de la causa que la ocasionen; pero pueden ser sicológicos o conmedicamentos.

Tenga en cuenta

• Trate de resolver la autoagresión en casa, si esta fue ocasionada por una pataleta.
•  Hable con su pequeño e indague por las razones de la autoagresión.
• Bríndele abrazos, caricias y compañía, quizás se siente solo.
• No lo ofenda ni regañe cuando él se autolastime, puede ser contraproducente.
• No espere a que las autoagresiones se den más de dos veces. Visite al especialista cuando estas continúen.
• No considere que el maltrato es una manera de ellos conocer su cuerpo y el mundo.
• Nunca automedique.

Atender a tiempo

Toda autoagresión debe tener tratamiento, afirma el siquiatra infantil Germán Casas. Si los padres evaden la experiencia de un especialista para tratar a su hijo cuando se lastima a sí mismo para llamar la atención, podría volverse una costumbre hasta llegar, incluso, a afectarse a sí mismo con objetos que estén a su alcance. “La agresión podría llegar hasta la adolescencia”,  indica Casas.

Entre tanto, los menores con diagnóstico de agresión patológica y que no son evaluados ni medicados, explica Casas, podrían mutilarse y hasta tener un aumento en el umbral del dolor, lo que podría llevarlos a sentir que el dolor es un placer.

Fuente: abc del bebé

Juegos para enseñar a los alumnos a hablar en público

 Rocío López

Hablar en público resulta, para la mayoría de adultos y niños, una actividad desagradable. Nuestro pulso se acelera, la respiración se entrecorta, las manos nos tiemblan…  Las emociones tienden a jugarnos una mala pasada en esta situación.

Esto es debido a que, por lo general, ponemos poco en práctica esta habilidad hasta que la necesitamos, que es ya de adultos. No obstante no hay que preocuparse, ¡las noticias son buenas! Es una competencia que se puede (y se debe trabajar) ya desde la escuela y además es posible hacerlo con trucos y consejos sencillos que no requieren ninguna preparación.

Foto tomada de 3.0

Eso sí, hay que tener en cuenta que para las actividades que explicaremos a continuación el clima en el aula ha de ser relajado, y el alumno ha de sentirse cómodo. No se aprende a hablar en público de un día para otro y, por supuesto, la dedicación y la paciencia son buenas virtudes para conseguirlo. Además, aquel niño que presenta dificultades para expresarse delante de sus compañeros o profesores por timidez o vergüenza no puede dar el paso repentino de debatir delante de un auditorio lleno. Ha de pasar primero por pequeños retos intermedios, es la única manera sana y ajustada a sus necesidades. Por esto, las actividades que propongamos en clase han de incrementar paulatinamente el ratio de alcance de la voz de nuestros alumnos y adecuarse al ritmo de aprendizaje de cada uno.

Ahora sí, prepara tu voz, deja a un lado tu vergüenza y… ¡a hablar! Estos juegos podrás llevarlos a cabo en el aula de ciclo superior de Primaria y la ESO.

El discurso del rey

Los jugadores, en grupos de 7 personas, se colocarán en círculo y uno de ellos empezará la ronda a modo de pregonero diciendo en voz alta “El rey manda que…”. El siguiente le contestará completando la frase: “Los lunes se coman siempre patatas fritas”, por ejemplo.

El turno pasará al siguiente jugador teniendo en cuenta las agujas del reloj y, entonces, tendrá que repetir lo dicho hasta el momento y añadir un elemento nuevo al discurso. Por ejemplo: “El rey manda que los lunes se coman siempre patatas fritas y los cortesanos vistan con bañador.”

El siguiente jugador repetirá nuevamente la frase completa y añadirá un nuevo ingrediente: “El rey manda que los lunes se coman siempre patatas fritas, los cortesanos vistan con bañador y los sapos lleven vestido”. Así, los turnos irán pasando sucesivamente entre los participante hasta llegar nuevamente al pregonero, el jugador que inició la ronda. Este tendrá que colocarse sobre la mesa, aclarar su garganta, poner pose de paje y, a modo de discurso real, proclamar con voz firme y clara lo que se ha ido repitiendo.

“Lo que no sabías de…”

Los participantes irán caminando por la clase mientras que suena la música y, cuando se detenga, se situarán frente a la persona que se encontraba más cerca. Entonces, deberán responder al oído de este compañero las cuatro preguntas que el docente pronunciará en voz alta.

Foto tomada de 3.0

Por ejemplo, podéis escoger entre estas o inventar otras: ¿Cuál es tu color favorito?; explícale a tu compañero un día en que pasaste mucho miedo; dile a tu compañero cómo se llama tu mascota y por qué le pusiste ese nombre; ¿qué película te llevarías siempre a una isla desierta y por qué?; ¿cuál es el sitio más bonito que has visitado de vacaciones?; ¿qué comida detestas?; si pudieses viajar a un sitio ahora mismo, ¿dónde irías?

A partir de las respuestas obtenidas, el compañero tendrá un minuto para explicar al resto de la clase los descubrimientos que ha hecho sobre su amigo. Entonces, podrá hacer una sencilla presentación oral o, si se atreve, inventar un rap, un trabalenguas o una adivinanza.

Lo más importante de esta actividad no es que el alumno realice un discurso muy elaborado; sino que se atreva a situarse frente a la clase, a romper esa barrera, y explicar algo que, al no ser una historia en primera persona, no le debería dar tanta vergüenza.

El pozo de los miedos

Antes de hablar en público, son los miedos y sensaciones negativas florecen en nuestro cuerpo, y es bueno ser consciente para poder gestionarlas y ponerles solución. Durante este ejercicio, pediremos a nuestros alumnos que se sitúen en parejas y escriban en papelitos todas las emociones desagradables que sienten cuando han de salir a hablar frente a alguien.

Foto tomada de 3.0

Por ejemplo, pueden poner lo siguiente: “siento que mis manos arden”, “las mejillas me queman”, “noto que me cuesta respirar”, “siento que quiero darme la vuelta”, “pienso que me caeré delante de todos”, “me imagino que tropiezo”, etc. Pueden ser tanto expresiones físicas como pensamientos malos.

A continuación, les diremos que rompan con todas su fuerza esos papeles, los pisen, los arruguen, los destrocen… y los lancen a un pozo imaginario (habremos marcado en el suelo de la clase con tiza una circunferencia) donde caen y ya no pueden salir. Seguidamente, les diremos que cierren los ojos e imaginen que han que hacer una exposición importante. Esta vez la harán genial, tan bien que saldrán muy contentos de ella. Además el público les aplaudirá y sentirán cómo su pecho se llegan de orgullo. Ya nada tiene que ver con los miedos e inseguridades de antes, son una persona nueva.

Me gusta creer que no existen los malos oradores, sino falta de práctica. Así que, ha llegado el momento de poner a raya nuestro pánico escénico y atrevernos a continuar creciendo y aprendiendo, ¿no te parece?

Fuente: educaciontrespuntocero.com

Los miedos infantiles según la edad

¿Tus hijos tienen miedos? No te preocupes, sentir temor es una cualidad natural del ser humano y todos lo sufriremos alguna vez. Tiene una función adaptativa, es decir, que nos ayuda a desarrollar nuestro instinto de supervivencia y a prevenir peligros, como por ejemplo el miedo a las alturas. En cambio, los niños también suelen sufrir miedo sin una causa real, este se conoce como miedo desadaptativo y puede causarles un gran sufrimiento si no les ayudamos a superarlo.

Está comprobado que los miedos son evolutivos y que en cada etapa de crecimiento los niños suelen sufrir temores parecidos. A medida que van madurando psicológicamente, sus miedos van cambiando.

Miedos según la etapa de crecimiento
1. Bebés (de 0 a 12 meses)

Los recién nacidos pueden experimentar miedo ante los sonidos muy fuertes u objetos extraños que identifiquen como una amenaza. Hay que respetarlo, por ejemplo, si tiene miedo a un juguete determinado, es mejor evitarlo y esperar a que sea mayor para jugar con él.

Otro miedo que se comienza a experimentar en esta etapa, es a la separación de la mamá, el papá o el adulto de referencia. Si tus hijos se asustan cuando te pierden de vista, eso es porque todavía no conocen la permanencia, para ellos “lo que no se ve no existe”. Es recomendable que sigas hablándole cuando te separes de él o juegues al cucu-tras.

2. Primera infancia (de 1 a 3 años)

Del mismo modo que tienen miedo al abandono, también pueden temer a las personas extrañas. En el primer caso, si el niño tiene que quedarse en la guardería o con un canguro, lo mejor es que el proceso sea de manera gradual y siempre explicándole que volverás a por él, por muy pequeño que sea, lo terminará comprendiendo. En cuanto a los rostros desconocidos, no hay que forzar al niño a que se vaya con personas que le causan miedo, siempre es mejor mostrase amable con la persona cuando le tengas en brazos, de esta forma ganará confianza al ver que tú socializas con él.

A esta edad, también puede desarrollarse el miedo al agua. Para evitarlo, es importante que las primeras veces que nades con él, tú transmitas seguridad y confianza a través de frases motivadoras como: ¡Qué bien lo haces!

3. Preescolar (de 3 a 6 años)

A esta edad es frecuente que los niños tengan miedo a la oscuridad y a quedarse solos

 Comienzan a creer en seres fantásticos o imaginarios y temen encontrárselos. Esto puede ser un problema a la hora de irse a la cama. Es recomendable realizar actividades relajantes antes de dormir, jugar a los monstruos entre risas o, incluso, dejar un lamparita encendida durante la noche.

También, es frecuente que comiencen a experimentar miedo por algunos animales, como por ejemplo los perros. Si nunca han tenido trato cercano con alguno, es probable que se asusten. En estos casos es mejor no obligarle a acercarse y explicarle cómo es el animal en cuestión y cómo se comporta. Debemos diferenciar el miedo racional del irracional.

4. Niñez (de 6 a 11 años)

Cuando ya cumplen los 6 años, la causa de los miedos cada vez es más realista y se alejan poco a poco de lo imaginario. Por ejemplo, comienzan a sentir el miedo a hacerse daño. Si se asusta cuando le cortas las uñas, siéntale sobre tus piernas para transmitirle confianza o si se hace cualquier rasguño, cúraselo y ponle una tirita por muy pequeña que sea la herida, eso le dará seguridad emocional.

Asimismo, durante esta etapa aparecen los primeros miedos sociales en la escuela, se preocupan por si pierden amigos o si hacen el ridículo ante los demás. Es importante estar pendientes de la autoestima del niño.

5. Pubertad (de 11 a 13 años)

Durante este periodo se acentúan los miedos sociales y escolares. Se producen muchos cambios en el cuerpo y temen ser rechazados por los amigos. La auto-imagen se puede convertir en un problema para los niños, por lo que es muy importante que los padres trabajen con ellos el aumento de confianza en ellos mismos.

Como padres, no debemos asustarnos, pero tampoco tomarnos a risa sus miedos. Debemos actuar con paciencia, cariño y, sobre todo, con mucha calma. Tenemos que explicarle cada situación y hacerles entender que vamos a estar a su lado pase lo que pase.

Fuente: padres.facilisimo.com

Pautas para crear un rincón de las emociones en tu aula

El rincón de las emociones es un espacio en el aula en el que el niño puede vivir sus emociones sin reprimirlas y sin interrumpir la dinámica de la clase. Les damos las pautas necesarias para que se animen a crearlo en su aula y disfrutar de los resultados.

El cerebro da prioridad a la emoción y no puede focalizar su atención en otro asunto hasta haber resuelto ese tema. Así, por mucho que se esfuerce, el alumno tendrá serias dificultades para concentrarse llegando incluso a sentirse culpable y frustrado.

Pero la realidad es que no puede luchar contra su organismo. De ahí la importancia de crear un espacio en el que pueda atender esta urgencia. Un espacio para atravesar su emoción sin reprimirla. Un espacio en el que recuperar la tranquilidad. Un espacio en el que volver a estar disponible mientras los compañeros continúan con sus tareas sin interrupciones.

Crea tu propio rincón de las emociones

Para niños a partir de 6 años: no confundir con el “rincón de pensar”, pues se trata de sentir.

Búsqueda de un lugar íntimo. Elige un lugar apartado e íntimo en tu aula.

Crea conciencia de respeto. Éste es un lugar sagrado donde nadie debe ser molestado. Cualquier burla o interrupción puede estropear el proceso.

Diseña y construye una casita. Hazlo con la ayuda de tus alumnos. De madera, de cartón o de tela. También puedes delimitar una esquina con un mueble. Lo más importante es que el niño no se sienta observado.

Introduce un cojín. Para abrazar, golpear o acurrucarse. La forma de expresión de los niños puede provocar rechazo en muchos adultos, pero debemos respetarlas como son y cambiar nosotros nuestra manera de verlas en vez de intentar cambiarlos a ellos. Al ir creciendo se regula sólo si pudieron ser expresadas. Lo ideal sería que estuvieran acompañados por una persona cualificada en emociones, pero al menos este lugar supone un primer paso para no reprimir.

Pautas para actuar

Entramos cuando nos sentimos inquietos, sin paz ; salimos cuando recuperamos la calma. Puedes ayudar al niño si lo notas alterado y él no identifica qué le pasa reflejándole gestos y comportamientos: “te noto agitado”, “tu cara ha cambiado”, “pareces triste…” A muchos niños les cuesta identificar porque ya están desconectados de sus emociones, con lo cual ármate de paciencia e insiste en reflejar con cariño. El ejemplo de otros compañeros más conectados puede servirles de gran ayuda.

Identificación de la emoción: antes de entrar, el niño ha de identificar la emoción y situarla en su cuerpo: dónde la siente en su cuerpo y cómo la siente. Por ejemplo; si siente un dolor en el pecho, o un calor en el estómago… ¿Qué es ese dolor?, ¿Estoy triste?…

Observación de la emoción: sensaciones físicas y pensamientos, de qué tengo ganas en estos momentos: gritar, llorar, abrazar…

Identificación del conflicto: Ponemos palabras a todas esas sensaciones y pensamientos: “Estoy enfadado porque mi mamá olvidó meter mi bocadillo en la mochila…”

Expresión y búsqueda de soluciones: comparto con el profesor o con el grupo.

Busco mi parte de responsabilidad en el problema: ¿Qué puedo hacer yo para calmar mi enfado?

Expreso: “Por favor mamá, no olvides meterme hoy el bocadillo, pues ayer me puse muy triste y enfadado, cuando lo olvidaste”, por ejemplo.