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¿Por qué todos opinan sobre cómo criar a los hijos de los demás?

Catherine L’Ecuyer

Hace 12 años. Eran las dos de la mañana y llevaba apenas unas horas estrenando, con sentimientos encontrados, esa maravilla que llamamos maternidad. Asombro, euforia, pero también culpabilidad, dolor y miedo.

Nadie me había dicho que la lactancia iba a ser un calvario. Mientras luchaba en la penumbra, se me acercó una señora vestida con bata y, con un trato muy poco delicado, empezó a aleccionarme sobre la lactancia, introduciéndose en la recién estrenada intimidad madre-hija, sin que le hubiese pedido su ayuda.

Me dijo que lo estaba haciendo muy mal y me hundió de consejos para ser una madre aceptable. “Muchas gracias”, le dije, esperando que nos dejara a solas. Qué sorpresa me llevé al verla dar media vuelta para seguir con su trabajo, cogiendo el suape. Pertenecía al turno nocturno del equipo de limpieza del hospital.

Es curiosa la alegría, el desparpajo con que la gente opina. ¿Por qué existirá esa especie de inercia irresistible en el ámbito educativo y de la crianza para opinar de todo lo que uno piensa, y a veces ni sabe? Las suegras, las cuñadas, las amigas, los expertos educativos, las redes, las empresas que venden productos, las revistas educativas. Todos opinan con una alegría, una contundencia y una seguridad que dan miedo. Menos mal que sabemos que la veracidad de un juicio no depende de la fuerza con la que se emite. Pero cuando uno va sin experiencia, cuánto se traga…

¿Qué mueve a dar consejos a todos y a todas horas? Sin duda, está el bienintencionado, el que por empatía auténtica quiere ayudar a toda costa, pero que no mide su propia fuerza. Prefiere soltar cualquier cosa que quedarse callado ante un problema. Intuyo que fue el caso de la señora que hace 12 años se me acercó en la penumbra mientras limpiaba.

Luego está el resabido, el que lo sabe todo porque se conoce de memoria lo que predica la industria del consejo empaquetado y siempre tiene la respuesta a punto a todos los problemas. El resabido no es consciente de lo pesado que es, sobre todo cuando alecciona en público. Pero sin duda, la peor clase de consejo que podemos recibir, es la del oportunista. El mercado está repleto de consejos oportunistas, ajenos a la mentalidad científica, basados en modas educativas de turno y que intentan sintonizar con un sentimiento general afín para crear simpatía entre sus lectores.

Me atrevo a decir que los consejos oportunistas son los primeros enemigos de la educación con sentido. ¿Por qué? Si nos fijamos bien, usan un lenguaje tan general que, además de no decir nada concreto, acaban sembrando una confusión absoluta. Por ejemplo, ahora se ha puesto de moda advertir de la sobreprotección. Se leen artículos en numerosas revistas educativas “prohibiendo” tener una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestro hijo y prevenirles o evitarles cualquier mal o sufrimiento”.

Para darnos cuenta del sinsentido del consejo oportunista, un ejercicio interesante puede consistir en analizar esa cita, procurando interpretarla.

¿Se considera una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestros hijos” el calmarles con la tableta para dormirles o el comprarles chucherías cuando nos las reclaman con una pataleta con 3 años?

¿Se consideran las tabletas y las chucherías “necesidades”? ¿Se considera una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestros hijos” el dar el pecho a demanda, o el tener seis cámaras pendientes de sus movimientos nocturnos? ¿Y el tomar la temperatura del baño con 6 meses? ¿Y con 10 años? ¿Y el atenderlos cuando tienen frío al día de nacer, o cuando piden brazos llorando porque les duele el estómago o porque les asusta la vista de un extraño con 6 meses, o cuando lloran desconsolados al entrar al colegio con 18 meses?

¿Se considera una “preocupación excesiva por prevenirles o evitarles cualquier mal o sufrimiento” el impedir que abran el cajón de cuchillos con 4 años, el llevarles al cole el bocadillo que se olvidaron en casa con 15 años o el impedirles que suban un árbol de cuatro metros de altura? ¿Y de 40 metros?

Con esos consejos genéricos, la confusión está servida. Quizás por eso, algunas madres llaman “histéricas” a otras que no se atreven a dejar a sus bebés en manos de canguros desconocidos. Consideran hacerlo una proeza para inculcar “madurez” y autonomía cuanto antes al retoño. Y llaman “enmadrados” a niños que lloran al entrar por primera vez en el colegio.

Es curioso que exista una palabra en castellano, “mamitis”, que haga sonar a trastorno la natural y sana manifestación de la necesidad afectiva de un niño. No sorprende, dada la facilidad que tenemos en ponerle etiquetas de trastorno a absolutamente todo lo que consideramos fuera de la “normalidad”. Una vez definida la normalidad como lo que se sale de la norma, habría que ver quién marca la norma, si es la naturaleza misma, la dictadura de la mayoría, o un oportunista y seudocientífico interés en ella.

Lo que dice la literatura científica, que se ubica en las antípodas de la industria del consejo empaquetado, es que el vínculo del apego es clave para un buen desarrollo de la persona. Coinciden miles de estudios en que el vínculo del apego seguro se establece a base de atender a tiempo las necesidades básicas (biológicas, afectivas) del niño durante sus primeros dos años de vida. Y la literatura científica nos da pautas concretas de lo que significa eso. Sin embargo, hoy por hoy, suena bien decir que “no hay que tener una preocupación excesiva por satisfacer las necesidades de nuestros hijos”, sin matizar ni siquiera por edad. Porque es lo que se lleva. Y se considera que lo que se lleva manda. Es curioso eso. Las modas están sujetas a gustos y cambian, pero curiosamente, obligan.

Y nosotros, por buscar lo mejor para nuestros hijos, porque andamos sin experiencia y no quisiéramos equivocarnos, aceptamos con resignación la dictadura de las modas. En la educación, si no sabemos y no tenemos medios de saber lo que conviene hacer, es mejor seguir la intuición y equivocarse cien veces para finalmente encontrar el punto, que seguir ciegamente un consejo oportunista y seudocientífico.

Lo que no va a ser nunca objeto de moda es lo que reclama la naturaleza de nuestros hijos, en función de cada edad. La dificultad de educar, y también paradójicamente el éxito en hacerlo, reside precisamente en eso: en la capacidad de discernir entre lo que reclama el niño y lo que reclama su naturaleza, que no siempre coinciden. Eso no lo puede hacer un manual de crianza escrito por personas que no conocen a nuestros hijos, no lo puede hacer una aplicación informática, por muy sofisticados que sean sus algoritmos, ni nos lo pueden resolver consejos, por muy bienintencionados que sean, y menos si son oportunistas y seudocientíficos. Esa capacidad de discernir nos la facilita la literatura académica. Pero no nos engañemos. Al fin y al cabo, lo hace una piel fina, y esa piel fina es la sensibilidad que desarrolla un padre, una madre, a base de estar tiempo con su hijo observándolo. Es “sentir con”, que se resume en una palabra: la empatía. No es casualidad que la literatura científica haya encontrado que el principal indicador para el buen desarrollo de un niño sea la sensibilidad de su principal cuidador, y que los niños con apego seguro sean más empáticos.

Y si alguien vuelve a hundirnos con consejos, bienintencionados o no, y a asegurarnos que lo estamos haciendo muy mal, deberíamos recordarle que antes de opinar sobre el estilo de crianza de otro, es mejor esperar a que nuestros hijos tengan por lo menos 90 años.

Catherine L’Ecuyer es autora de Educar en el asombro y Educar en la realidad.

Fuente: elpais.com/

 

No soporto a mi hijo

No soporto  a mi hijo,  no soporto lo que hace, no soporto cómo se porta, no soporto lo que dice, no soporto cómo actúa y a veces hasta cómo se mueve.

“No soporto que no me deje ver una película tranquilamente en casa”.

“No soporto  hablarle y que no me haga ningún caso”.

“No soporto  salir a un parque y que llegue a casa como una croqueta rebozado de arena con la ropa toda sucia”.

“No soporto  ver como se pelean entre hermanos”.

“No soporto  tener que escuchar gritos, llantos y risas a todas horas sin poder disfrutar del silencio”.

“No soporto  llevar el coche lleno de trastos suyos, migas de galletas y botellas de agua”.

“No soporto  llegar tarde a los sitios por su culpa”.

“No soporto  tener siempre la casa manga por hombro porque solo saben jugar y ensuciar”.

“No soporto  no poder dormir por las noches porque tienen que despertarse y despertarme para todo”.

“No soporto  no poder ir a un centro comercial de tiendas porque mi hijo no es capaz de estarse quieto y obedecerme”.

“No soporto  no poder hablar por teléfono porque siempre tiene que interrumpirme”.

“No soporto  que me manche la ropa con sus manos sucias”.

“No soporto  tener que repetir mil veces las cosas para que me obedezcan”.

¿Te has identificado con alguna o algunas de estas frases?

¿Tu hijo te escucha decirlas? ¿Siente que piensas así? ¿Qué mensaje le quieres transmitir?

Somos padres además de otras muchas cosas, pero somos padres y que nuestro hijo nos dé un abrazo con las manos sucias y nos manche nuestra camisa, que no podamos ir de compras con la tranquilidad que lo hacíamos antes de tener niños, que nos interrumpan cuando hablamos por teléfono… está incluido en el plan de padres.

“Ser padres es disfrutar de como tu hijo se mueve, juega, salta y grita”.

“Ser padres es disfrutar de ver una película con tus hijos al lado y en familia”.

“Ser padres es disfrutar hablando con tus hijos y mostrando el camino todas las veces que sea necesario hasta que sepan caminar solos”.

“Ser padres es disfrutar de tus hijos cuando están en el parque y regalarles una sonrisa y no un mal gesto cuando vemos su ropa sucia”.

“Ser padres es disfrutar de tus hijos en todo momento y aprender de ellos cuando por sí solos solucionan sus problemas de hermanos sin necesidad de intervenir”.

“Ser padres es disfrutar de la compañía y el sonido de la infancia y no el silencio de la soledad”.

“Ser padres es disfrutar de tus hijos y su compañía en cada viaje mirando en el asiento de atrás y viendo cada huella que dejan de su paso y su crecimiento”.

“Ser padres es disfrutar de esos momentos de prisas y carreras por llegar a la hora en familia, aprendiendo lo que es la vida y colaborando unos con otros”.

“Ser padres es disfrutar de una casa llena de luz y juegos de niños aprovechando todos esos momentos de juguetes tirados para endulzarte el día con sus historias y poder involucrarte en su mundo de juegos”.

“Ser padres es disfrutar de esas noches en las que tu hijo te necesita y solo tú puedes consolarle y borrar sus miedos y malos sueños con un simple abrazo y todo tu amor”.

“Ser padres es disfrutar cuando sales con tu hijo a un centro comercial y la vida ha cambiado de color pasando a ser todo un juego con risas y entusiasmo, no un simple día de compras en el que todo gira en torno a uno mismo”.

“Ser padres es disfrutar de tu hijo cuando reclama tu atención mientras hablas por teléfono y te pide a gritos participar de tu mundo  y acompañarte en todo”.

“Ser padres es disfrutar de tu hijo cuando con todo su amor viene a darte un abrazo con sus manos sucias para agradecerte lo rica que estaba su merienda”.

“Ser padres es disfrutar de tu hijo cuando colabora, cuando aprende con tu guía y ves su propia autonomía y no una sumisión por tener que obedecerte”.

La infancia de tu hijo no es para siempre, crecerá y dejará de ser un niño del que poder disfrutar.

Aprovecha cada segundo y cada acto que ocurra mientras te deje hacerlo. Llegará un día en el que el silencio volverá, la casa estará de nuevo ordenada, el sofá volverá a ser un lugar en el que poder ver películas en soledad y calma, la noche será eterna y echarás de menos esos abrazos siendo tú quien necesite su compañía.
Llegará todo eso que echas de menos cuando te conviertes en padre, volverá, pero mientras vuelve tienes algo de lo que disfrutar y aprovechar porque cuando quieras darte cuenta se habrá ido.

La vida te  ha dado la grandísima oportunidad de ser padre, disfruta de lo que tienes.

Fuente: Criar en positivo

Tabla de tareas del hogar para niños según su edad: la enseñanza que los padres han olvidado

Se trata de una habilidad tan necesaria como escasa, aunque una manera muy sencilla para desarrollarla consiste en hacer que los niños se involucren en las tareas del hogar desde que son pequeños. Aristóteles lo llamó phronēsis y Kant, juicio pero ambos se referían a la habilidad para pensar con sentido común y asumir el punto de vista de los demás.

Por desgracia, según un estudio publicado en la revista Qualitative Sociology que analizó el comportamiento de las familias estadounidenses desde 1920 hasta la fecha, todo parece indicar que hemos ido a peor. Estos investigadores afirman que los padres les dan a sus hijos cada vez menos responsabilidades y estas son más triviales. Por tanto, los niños tienen menos oportunidades para involucrarse en actividades realmente significativas que aporten algo a la familia o a su comunidad.

Seis buenas razones por las que los niños deben contribuir en las tareas del hogar
      1. Favorece la colaboración

Cuando los niños saben que están haciendo algo importante para los demás sienten que forman parte de un equipo. Esa sensación les empodera, les anima a seguir las instrucciones y les enseña a trabajar en grupo.

  1. Fomenta la autoconfianza

Si los padres confían en sus hijos, los niños aprenderán a confiar en sus capacidades. Por eso, darles tareas relevantes es una estrategia para desarrollar la seguridad, la confianza y la autoestima infantil.

  1. Estimula la responsabilidad

Si los niños saben que les corresponden determinadas tareas y que nadie las hará por ellos aprenderán a asumir responsabilidades, por lo que se convertirán en pequeños más juiciosos y reflexivos.

  1. Potencia la autonomía y la independencia

Ir dándole a los niños tareas cada vez más complejas que demanden el desarrollo de nuevas habilidades les dará la confianza que necesitan para ser más autónomos e independientes.

  1. Desarrolla la capacidad de organización

Los niños que participan desde una edad temprana en las tareas del hogar suelen ser más organizados que quienes lo hacen a una edad más avanzada. Esta capacidad no solo les permitirá mantener su habitación en orden sino que también les ayudará a planificar mejor sus tareas escolares.

  1. Promueve el respeto

Cuando los niños se involucran en las tareas del hogar valoran muchísimo más el trabajo de sus padres, por lo que también es una manera para enseñarles el respeto por los demás, un respeto que va más allá de las simples normas básicas de cortesía como saludar, despedirse o dar las gracias.

¿Cómo educan a sus hijos los padres de otras culturas?

Un estudio publicado en la Journal of the Society for Psychological Anthropologyreveló que existen grandes diferencias en la educación que reciben los niños de la amazonía peruana, los samoanos y los californianos.

En la amazonía peruana, durante el primer año de vida los bebés son apreciados, amados y protegidos por la familia y la comunidad. Se mantienen siempre cerca de sus madres. Sin embargo, muy pronto se insertan en las actividades cotidianas, primero solamente como observadores y más tarde, apenas aprenden a caminar, los adultos les motivan a hacer las cosas por sí solos.

De hecho, a los tres años ya intentan cortar la hierba y comienzan a imitar las actividades de los adultos. No obstante, las tareas no se distribuyen por género y los adultos se cercioran de que sean útiles para la comunidad. Se trata de un estilo de crianza que no está basado en la prevención ni en la intervención sino en la corrección del error. Así los padres desarrollan la autosuficiencia y autonomía de sus hijos.

En la cultura samoana los niños también se insertan muy pronto en la vida familiar y comunitaria. Los bebés se alimentan cara a cara con otros pequeños o mirando a sus padres, de manera que aprenden muy pronto a conectar con los demás y comprenden el valor de la atención, dos puntos clave para el desarrollo de una actitud respetuosa.

Al llegar a los cuatro o cinco años estos niños ya tienen asignadas tareas específicas dentro de la familia y la comunidad, siempre bajo el ojo atento de los adultos, que  normalmente solo intervienen para evitar que cometan errores.

Por el contrario, en la cultura occidental los padres se adaptan a las necesidades y los deseos de sus hijos, no solo durante su infancia sino también en la adolescencia. También se asume una educación más directiva, enseñándoles a los niños paso a paso cómo deben hacer las cosas. Muchos padres también tienen la tendencia a intervenir rápidamente cuando los pequeños tienen dificultades e incluso prefieren anticiparse a estas. El problema es que al evitar los errores y los problemas limitan las oportunidades de aprendizaje de los niños y les impiden desarrollar la autoconfianza y la tolerancia a la frustración.

Por otra parte, las madres suelen ser quienes llevan el peso del hogar y a los niños prácticamente no les dan responsabilidades, por lo que muchos, al llegar a los ocho años, se muestran reticentes cuando los padres les piden que contribuyan con algunas tareas domésticas.

¿Cómo lograr que las tareas domésticas sean realmente educativas? Darle verdaderas responsabilidades

Los niños, aunque sean pequeños, se dan cuenta de cuándo sus acciones realmente aportan algo al núcleo familiar. Por tanto, es importante que los padres no se limiten a desarrollar la autonomía infantil sino que le vayan dando al niño diferentes tareas que puedan marcar la diferencia en el hogar, siempre acordes a su nivel de desarrollo.

Dejarle libertad para que haga las cosas a su modo

Los padres pueden brindar orientaciones generales, sobre todo cuando se trata de tareas más complejas, pero es importante que los niños tengan cierta libertad para hacer las cosas a su modo. Es probable que se equivoquen, pero así aprenderán y desarrollarán la autoconfianza y la creatividad.

Armarse de paciencia

Educar no es un camino lineal, los padres tienen que armarse de paciencia porque es probable que se produzcan retrocesos o que el avance no vaya tan rápido como se esperaba. Toda ayuda que le permita crecer es bienvenida pero hacer las cosas en lugar del niño implica lastrar sus potencialidades.

Tabla de tareas para el hogar según la edad del niño

2-3 años
  • Comer solo.
  • Organizar sus juguetes y guardarlos en el cajón.
  • Regar las plantas.
  • Colocar sus libros en su sitio.
  • Limpiar el polvo de las esquinas.
4-5 años
  • Vestirse y asearse solo.
  • Poner la mesa.
  • Darle de comer a la mascota.
  • Fregar los platos con ayuda.
  • Mantener en orden su habitación.
6-7 años
  • Hacer la cama.
  • Preparar su mochila para el cole.
  • Pasar la aspiradora en casa.
  • Quitar el polvo de los muebles.
  • Recoger las hojas secas del jardín.
  • Preparar una ensalada.
8-9 años
  • Limpiar el suelo.
  • Cuidar la mascota.
  • Preparar el desayuno o un plato sencillo con ayuda.
  • Guardar la compra.
  • Poner y vaciar el lavavajillas.
  • Recoger el correo.
10-11 años
  • Limpiar su habitación.
  • Limpiar el jardín y quitar las malas hierbas.
  • Tender la ropa.
  • Cuidar de un hermano menor.
  • Preparar platos sencillos sin ayuda.
  • Saber coser un botón y hacer un dobladillo.

Fuente: muhimu.es

Cuando mamá y papá son discapacitados intelectuales

Rafael  J. Álvarez

La ONU reconoce el derecho de los discapacitados a casarse y tener descendencia, una minoría estadística que sigue siendo un tabú social.

Por primera vez, un medio de comunicación cuenta el caso de una pareja que ha decidido tener hijos, una vida tutelada y libre a la vez, una experiencia de amor y de familia. La historia de Araceli y Juan

Cuando llega la noche, al oírse el silencio, Araceli y Juan bajan las voces del día, se acurrucan en la cama de sus hijos y les cuentan «cuentos inventados» para dormir. Entonces, Lucía, agarrada aún al maletín de médica que le trajeron los Reyes, y Juan, ya soltando despacio su miniatura de coche rojo y arañado, se empiezan a rendir. En la casa, en este piso normal de una ciudad normal, se oyen susurros de padre y de madre. Hay que descansar. Caricias y penumbra, pijamas para viajar al sueño, cuentos imaginados. Y, por fin, dos niños dormidos.

Araceli y Juan acaban de triunfar. Como millones de madres y de padres a la misma hora en millones de sitios.

– ¿A qué tienes miedo, Araceli?

– A no saber darles la educación o el cuidado que necesitan. A veces pienso qué pasará cuando nosotros faltemos.

Araceli y Juan, mamá y papá.

Araceli y Juan, discapacitados intelectuales.

Ésta es una historia distinta. Probablemente es la primera vez que se asoma a un medio de comunicación una realidad pequeña, infrecuente, desconocida, un mundo casi invisible que convive con el de los evidentes. Igual es una sorpresa. O un puñado de preguntas. O hasta algo que puede resultarle turbador a alguien.

Aquí está la vida cuando dos personas con discapacidad intelectual no sólo se unen en pareja, sino que, además, tienen hijos.

La historia de Araceli y de Juan. Y la de sus pequeños, Lucía y Juan.

Una historia de amor.

Así que, quizá, no sea tan distinta.

«Todas las personas con discapacidad en edad de contraer matrimonio tienenderecho a casarse y fundar una familia sobre la base del consentimiento libre de los futuros cónyuges y a decidir de manera responsable el número de hijos». Lo dice la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad deNaciones Unidas, aprobada el 13 de diciembre de 2006 y ratificada por España.

Araceli, Juan y su derecho.

«Y el de los hijos, porque cuando una pareja de personas con discapacidad expresa el deseo de tener hijos, se trata de sopesar el derecho de los padres y el de los menores, hablar con ellos y tener en cuenta pros y contras. Pero si los adultos quieren tener un hijo lo van a tener. Es un tema de derechos». Habla Josep Tresserras, director gerente de Som Fundació, una asociación catalana que lleva 30 años tutelando a personas con discapacidad intelectual y que es la responsable legal de Araceli.

Derechos. A un lado y al otro. Y derechos con abrigo.

En Documentos de Ética: Maternidad-paternidad en personas con discapacidad intelectual, del colectivo Plena Inclusión, Xabier Etxeberria defiende que «hay personas que, contando con apoyos adecuados, tienen suficiente competencia para ejercer el derecho a la paternidad y ser excelentes padres y madres; mientras que habrá otras circunstancias en las que será desaconsejable».

Hay gente que no quiere a, sino con. Lo escribió Miguel Hernández en su elegía aRamón Sijé, con quien tanto quería. Los expertos que quieren con los discapacitados intelectuales desdramatizan la maternidad y la paternidad. Sólo hay que oír a Antonio Manuel Ferrer, jefe del área jurídica de Som Fundació: «Una persona con un alto grado de discapacidad no te va a pedir tener hijos. Lo piden o lo consultan quienes tienen más autonomía. Es más natural de lo que parece, pero es que hay mucho estigma social, mucho miedo y mucha ignorancia. Lo primero que la gente pregunta cuando sabe que un discapacitado va a tener hijos es si los niños van a ser discapacitados. Y, si no hay componente genético en la discapacidad, no hay herencia genética. La descendencia es un aspecto más de la persona discapacitada, un derecho en el que no se puede intervenir. Al final, es la misma vida que fuera: ricos y pobres, tarambanas y serios, juntos y separados».

Som Fundació tutela a 581 personas, mayores de edad que no tienen a nadie, hombres y mujeres con al menos un 33% de discapacidad reconocida oficialmente. «Les ayudamos a tomar decisiones para que encaucen su vida. Defendemos sus derechos, les escuchamos y vamos viendo sus posibilidades. Y administramos y cuidamos su patrimonio. Todo con autorización judicial», informa Tresserras. «La tutela es la sustitución de la persona en todo menos en sus derechos personalísimos», apunta Ferrer. «Creamos un vínculo emocional y acompañamos a la persona en temas de salud, casa, familia, empleo, envejecimiento, ocio… Detectamos sus necesidades, prevenimos situaciones y estamos 24 horas», concreta Margarita Grau, responsable del área social de Som Fundació.

En este universo de medio millar de personas con discapacidad tuteladas, la maternidad o la paternidad son una minoría estadística. Un 11% de casos. Casi todos, madres solteras, separadas o divorciadas.

¿Y parejas en las que ambos son discapacitados y tienen hijos? «Poquísimas. Eso casi no se da».

Araceli y Juan sí se dan. Y dan.

Ella es Araceli Balaguer, 35 años, mujer tutelada porque necesita ayuda para tomar decisiones que tengan validez legítima. Y madre sin fronteras. Él es Juan Alarcón, 41 años, hombre sin tutela porque tiene una discapacidad que, sin embargo, no le impide razonar para tomar decisiones con vigencia legal. Y padre sin dudas.

– ¿Y eso cómo es, Juan?

– Con los hijos me siento más hombre. Diferente.

Araceli y Juan se conocieron en la empresa donde ella sigue trabajando. Araceli empaquetaba productos y Juan jugaba al fútbol con los compañeros de ella. Y los finales de partido empezaron a ser los inicios de algo entero. «Juan fue un poco pesado, pero me gustaba». «Le pedí salir a Araceli. Le costó un poco, pero me dijo que sí».

Y se fueron a vivir juntos.

Sólo pienso en ti.

A los dos años de techo en común, Araceli y Juan le contaron a Gemma Santiveri que querían ser padres de dos niños. Niño y niña. La parejita. «A una persona con discapacidad que quiere tener hijos se le explican las ventajas y los inconvenientes. Se le dice que hay más gastos, que alguien debe ayudarla, que su vida va a cambiar, que hay renuncias a la vida personal y hasta que le puede ser retirado el hijo si lo abandona o no lo cuida. Araceli y Juan me dijeron que lo tenían claro, pero que no era el momento y que esperarían a que las circunstancias mejoraran», recuerda la trabajadora social de Som Fundació que tutela directamente a Araceli.

– ¿Qué tenía que mejorar?

– Tal y como está la vida hay que pensárselo mucho. Y Juan y yo éramos muy jóvenes.Yo tenía miedo a enfrentarme a tener un niño, a ser madre. Pero yo veía a mis cuñadas con hijos y me gustaba. Con el tiempo me vi más capaz, pregunté en el juzgado si podía tener hijos y me dijeron que mi discapacidad era sólo para temas económicos.

Las cosas de dentro, las madureces, mejoraron. Y en 2011, Araceli dio a luz a Lucía. «Juan quería niño. Gané yo».

Al poco se casaron «para dejar atado el tema de los papeles de los hijos». Y en 2014nació Juan.

Estamos en Barberá del Vallés, a 15 kilómetros de Barcelona. En el portal nos encontramos con Araceli, que viene de hacer recados y está nerviosa por la entrevista. Aunque ella no lo sabe, se le pasará enseguida.

Juan está con un chándal del Barça. Araceli es del Madrid. «Es para chincharlo». Cuando Lucía y el pequeño Juan nos ven entrar en su casa, el mundo se convierte en un juguete gigante y con muchas pilas. Las suyas, claro. Es como si la energía de una niña de cinco años y un crío de tres acelerara las partículas del Universo. ElBig Bang en Barberá del Vallés.

– ¡Juan, no pegues al señor!, corrige Araceli.

– ¡Juan, no te subas al sofá!, corrige Juan.

– Juan muerde. Pero yo le regaño y le cuido, suelta Lucía, madre de repente.

Araceli y Juan dicen que los niños están agitados por la novedad de la visita. «Son como todos los niños. No tenemos tiempo para aburrirnos».

En el salón hay una pecera enorme y Lucía, niña de humor largo, nos cuenta que cada pez lleva el nombre de un primo suyo. Nemo era demasiado fácil.

«A Lucía le di el pecho un tiempo, pero a Juan no; me ponía nerviosa, no se agarraba bien. Los biberones están muy bien. Al principio tenía miedo de no saber. Tardé una semana en bañar a Lucía; me ayudaba mi cuñada. Y más tiempo en cortarle las uñas. Era miedo. Pero una vez que tienes hijos, el miedo desaparece».

La niña está entretenida con la cámara del fotógrafo. El niño va de su habitación al salón y viceversa a velocidad de neutrino, nos enseña un coche diminuto y quiere jugar.

– Juan, deja al señor apuntar.

Todos nos reímos. Hay buen ambiente aquí. Un poco ruidoso, pero sano, una sensación de que no hay nada material que esté prohibido en esta casa, nada intocable para los niños. «Queremos darles la mejor educación posible, que respeten a los demás siempre. Y ellos nos enseñan de todo, cada día salen con una frase nueva o una pregunta más. Por ejemplo, cuándo van a tener un hermanito».

– ¿Y?

– Ni soñarlo. Eso cuesta mucho dinero, ropa, alimentos…

Y empezamos a pensar que, en esta historia, lo normal es la noticia.

Cuando Juan conoció a Araceli conducía una grúa municipal porque la empresa de su padre había ganado el concurso público. Pero eso se terminó y él lleva ahoraseis meses en paro. «Busco faena, pero la cosa anda mal. Sólo me falta el carné de camiones con carga. Los demás los tengo todos. A ver qué sale».

Así que mientras Araceli sale disparada de casa a las siete de la mañana a embolsar objetos, Juan se encarga de los críos. «Los levanto, los lavo, los visto, les doy el desayuno y los llevo al colegio».

Cada tres meses hay reunión con las profesoras. «Los niños van estupendamente. Nos dicen que son abiertos y cariñosos». El colegio, ese mundo. «Nunca he sentido rechazo de nadie. Hemos ido a reuniones de padres y todo normal. Yo no me siento distinta al resto de las madres. Lo haré mejor o peor, pero me siento igual de capacitada para criar a mis hijos. Lo primero son mis hijos. Si hay que faltar al trabajo por ellos, se falta».

Juan y Araceli son padre y madre de cuerpo presente desde las cuatro de la tarde, cuando ella vuelve del trabajo. «Los llevamos un rato al parque y les ayudamos con los deberes», cuenta la madre. «Lucía está ahora con los planetas. El otro día la ayudé a hacer un cohete», cuenta el padre.

Quizá cuando sus hijos tengan una necesidad intelectual profunda, Juan y Araceli tiren de la familia de él o de Som Fundació. Quizá hagan más familia aún. «Gemma está para todo», dice Araceli. Y las dos se sonríen entre el barullo de este día con visita.

Mientras, Juan y Araceli van dando pautas a sus hijos, estableciéndoles límites. «Les decimos lo que está bien y lo que está mal. Si les regañamos y no hacen caso les damos un cachete en el culete, flojito, claro. Les dejamos nuestro móvil para que vean youtubers, les hablamos en castellano y en catalán… Como todo el mundo. Ya sabes cómo son los críos, se pasan el día pidiendo cosas. Se creen que somos el Banco de España. Pero se lo explicamos y lo entienden».

– ¿Por ejemplo?

– Pues en estos Reyes les dijimos que sólo habría dos regalos porque hay niños que no tienen nada y los Reyes tienen que repartir. Lo entendieron muy bien. A Lucía le trajeron un bebé que llora y un maletín de médico para curarle.

Y en eso Lucía sale corriendo hacia la habitación y trae al bebé para enseñárnoslo. Y vuelve a irse a su cuarto y a volver al salón y trae el maletín. O lo que queda de él.

Juan lleva un rato encima de Juan, haciendo escalada por el sofá y por su padre. Gemma Santiveri echa una mano para entretener al señor de la guerrilla mientras sus padres hablan con el periodista del cuaderno. Y, entre juego y juego, latrabajadora social extrae uno de los tuétanos de esta historia. «Los niños saben que estamos para ayudar a su madre. Cuando crezcan serán personas que sabrán mucho de discapacidad, integración y normalización. Nos tendrán con ellos y sabrán que ayudamos a sus padres a responder preguntas».

Porque, como sostiene el asesor jurídico de Som Fundació, «tener hijos espabila». «Ayuda a capacitar más, despierta capacidades y responsabilidades. Los padres con discapacidad intelectual son conscientes de que tienen la responsabilidad de un menor. Claro que necesitan apoyo. Dos padres ciegos pueden tener hijos y necesitan apoyo igual. Pero los padres con discapacidad intelectual tienen el tema afectivo muy desarrollado, se dan muchísimo. Son muy padres y muy madres».

En Barberá del Vallés anochece, que no es poco. No falta mucho para que los juguetes dimitan y para que esta casa sea invadida por el reino de los cuentos inventados.

Antes hay que hacer una foto de familia, un instante para siempre de Araceli, Juan, Lucía y Juan. Es un manojo de disparos, una sesión de posado, pero Juan, el pequeño Juan, no entiende la quietud. Lucía sí.

– ¿Y tú qué quieres ser de mayor, Lucía?

– Profesora y conductora de grúas, como papá.

Mariluz y Antonio; ‘Sólo pienso en ti’

Supe de la existencia de Mariluz y Antonio por un reportaje en el Diario de Córdoba sobre Promi, una institución que bajo la férrea dirección de López Marín en Cabra (Córdoba), acogía a los discapacitados, les daba techo, comida, trabajo y dignidad. Después de los trabajos del día, una pareja, cogida de la mano, paseaba por el jardín. De esa imagen nacióSólo pienso en ti. Es curioso, leyendo las reseñas de la época, hablaban de una canción sobre dos seres «diferentes».  En realidad, querían decir que no existían. / VÍCTOR MANUEL

Fuente: elpais.com/

Colecho: 8 tips para dormir con el bebé

En torno al colecho, dormir con los bebés, se han realizado diversos estudios con rigor científico y en todos hay datos a favor y en contra. Cuando es una decisión libre de los padres, tiene pocas consecuencias en el apego y la seguridad del niño. Pero si es una respuesta de unos papis que no pueden más porque su hijo tiene problemas para conciliar el sueño o se despierta mucho, entonces sí puede tener consecuencias negativas en el desarrollo del pequeño.

En cualquier caso, si se duerme con un bebé en la cama, hay que adoptar algunas medidas de seguridad:

  1. Los padres nunca deben tomar bebidas o fármacos que favorezcan un sueño profundo.
  2. No deben dormir con el pequeño si uno de los dos padece sonambulismo, epilepsia o trastornos similares.
  3. Tampoco conviene que fumen, pues el tabaquismo en los padres aumenta el riesgo de muerte súbita en los bebés.
  4. La cama debe ser amplia para poder albergar a tres personas y hay que evitar tapar al niño en exceso con edredones o prendas que den mucho calor.
  5. Se recomienda que el bebé duerma a un lado, junto a su madre (y no entre ambos padres, pues los colchones con el tiempo suelen curvarse por el centro). Y aún, así debe usarse un colchón duro.
  6. Para prevenir caídas, es bueno colocar una barrera en el lado donde duerme el niño. Cuando empiece a gatear, incluso conviene proteger el otro lado (podría rodar por encima del padre dormido) y proteger el suelo con cojines.
  7. Hay que vigilar que no quedan huecos entre el colchón y la pared donde el chiquitín pudiera quedar atrapado.
  8. Nunca se debe dejar a un bebé solo en una cama de adulto, aunque esté profundamente dormido, porque se podría despertar y al ver que no están sus padres intentar bajarse y caerse.

¿Conoces la “navegación” de tus hijos en internet?

En este artículo nos dice Manuel Moreno, experto en nuevas tecnologías, que es muy recomendable a los padres “instalar programas de control parental, fomentar un uso educativo y moderado de la Red y establecer una relación de confianza con los adolescentes para conocer sus hábitos” online, de una manera no intrusiva.

Como profesores, debemos propiciar el diálogo sobre este tema con nuestros padres y estudiantes, nos es importante conocer el uso y los medios de control de los servicios digitales por parte de nuestros estudiantes. ¿Cómo enfrentamos este desafío?

Veamos algunas estadísticas: los usuarios, muchos de ellos niños y adolescentes, descuidan su seguridad a la hora de tener presencia en los servicios digitales, ya que sólo el 13% (de los encuestados) hace uso de passwords considerados seguros, es decir, aquellas que se componen de letras, números, mayúsculas, minúsculas y caracteres especiales; el 32% de los jóvenes pasa más de tres horas diarias en esos mundos virtuales; el 80% de los niños de 12 años ya tiene un terminal propio; el 63% ha contactado alguna vez por internet con alguien que no conoce, y el 71% de los usuarios asegura saber qué son las «cookies» y cuál es su función, entre otros porcentajes que escribe el Licenciado J.M. Sánchez, en su artículo en ABC (España) y que compartimos con fines educativos – pastorales. Declara que su objetivo “es concienciar a los padres y profesores en la necesidad de formarse y comprender el entorno digital en el que se mueven los adolescentes”– Concluye con un “decálogo con recomendaciones esenciales que nos ayudarán a protegernos mejor en el uso de las nuevas tecnologías”.

¿Les parece necesario conocer sobre este tema? ¿Cuántos padres de familia conocen la “navegación” de sus hijos en internet? ¿Qué diferencia hay en el uso del internet en cabinas, en el propio hogar, en la casa de los amigos y en la escuela? ¿Existe en su escuela una política de orientación sobre esto?

Internet, niños y el nuevo mundo: cuando existe una falta de madurez digital

Pese a la pedagogía y el aumento de la concienciación ciudadana, el 77% de las personas sigue utilizando contraseñas inseguras, mientras se estima que más de un millón de adolescentes españoles están en riesgo de sufrir adicción.

Hace menos de treinta años la World Wide Web era una completa desconocida. Tardó un tiempo en alcanzar el punto de madurez para que este sistema de distribución cambiara las reglas del juego de industrias y se convirtiera en una revolución social. Con internet en todas las esquinas, hoy en día muchos de los usuarios siguen descuidando su seguridad a la hora de tener presencia en los servicios digitales, y muchos de ellos niños y adolescentes que contemplan a los teléfonos móviles inteligentes como su principal forma de entretenimiento actual.

Aunque nacieron con la explosión de internet, gran parte de la población menor de edad desconocen algunos riesgos de determinados servicios de internet y descuidan, sobre todo, sus contraseñas. Puede que más de uno piense, querido lector, que se trate de un debate algo ya superado. Pero no. Diversos estudios consultados confirman que gran parte de los internautas siguen utilizando métodos inseguros. Según datos de la firma de seguridad S2 Grupo, el 77% de los usuarios reconocen utilizar contraseñas «débiles» conformadas por letras, números o la combinación de ambas y sólo el 13% de los encuestados hace uso de passwords considerados seguros, es decir, aquellas que se componen de letras, números, mayúsculas, minúsculas y caracteres especiales.

Una contraseña robusta sigue siendo un misterio

Los datos son preocupantes. El 42,7% de los usuarios utiliza la misma contraseña para todo y sólo el 31% dispone de una diferente para cada entorno, un comportamiento que puede poner en riesgo su seguridad. Pero hay más. Pese a las reclamaciones de los expertos, el 56% de las personas asegura no cambiar nunca sus contraseñas y utilizar las mismas desde hace años. Sólo cerca del 18% las cambia mensualmente y en torno al 13% las renuevan anualmente. Un escenario que, ante un conflicto, puede dejar abierta las puertas de par en par ante posibles ataques de ciberdelincuentes.

«Todavía hay una tendencia muy amplia a utilizar contraseñas poco seguras, por lo que es necesario impulsar un uso responsable y protegido en entornos online. Usar este tipo de contraseñas significa quedar realmente expuestos a la posible acción de un hacker que podría acceder a nuestros dispositivos o cuentas inutilizándolos o robándonos información, por ejemplo, lo que puede ser especialmente grave en el caso de los menores de edad», señala en un comunicado José Rosell, socio-director de S2 Grupo.

Internet como forma de vida

Además de los conflictos relacionados con la seguridad informática, en un momento en el que la llamada ciberguerra mundial ya ha dado comienzo enfrentando a diferentes potencias entre sí, existe una relación en el uso y control de los servicios digitales por parte de los consumidores. En otro informe, elaborado por el comparador Kelisto, se estima que en España hay casi un millón de adolescentes (967.454 españoles entre 12 y 18 años) que están en riesgo de sufrir adicción a internet. En la actualidad, se cree que unos 50.000 de ellos no pueden abandonar ni un día el hecho de tener presencia en alguna de sus redes sociales favoritas. Es más, se calcula que los jóvenes (el 32% de ellos) pasa más de tres horas diarias en esos mundos virtuales.

Los expertos creen que hábitos como no planificar el tiempo frente al ordenador o pasar demasiadas horas jugando o consultando sus perfiles son signos de adicción. El escenario en el que nos movemos implica, sin embargo, poner la lupa sobre la madurez digital de muchos de ellos, máxime a que muchos de ellos (la mitad, según algunos estudios) recibe su primer modelo de «smartphones cuando todavía tienen 10 años. Se estima que el 80% de los jóvenes (con edades comprendidas en torno a los 12 años) ya tiene un terminal propio.

¿Quiere decir eso que están demasiado expuestos? Bien, habrá que extremar las precauciones, pero en muchos casos sus hábitos ponen en alerta comportamientos inseguros. Se calcula que el 63% -según el mismo informe- de los adolescentes ha contactado alguna vez por internet con alguien que no conoce, mientras que el 45% de ellos ha llegado incluso a quedar cara a cara con esa persona.

«Para evitar este tipo de situaciones, es muy importante que los padres adopten una actitud proactiva en cuanto a la educación online de sus hijos y que tomen medidas para supervisar, de una manera no intrusiva, el uso que hacen de internet. En este sentido, instalar programas de control parental, fomentar un uso educativo y moderado de la Red y establecer una relación de confianza con los adolescentes para conocer sus hábitos de conducta online son algunas medidas fundamentales para garantizar su experiencia en Internet», manifiesta en un comunicado Manuel Moreno, experto en nuevas tecnologías y redactor jefe de Kelisto.

La necesidad de comprensión de padres

Por el contrario, en el libro «Los Nativos Digitales no Existen» (Deusto) se aborda la problema desde otra perspectiva. Según se describe en sus páginas, aunque gran parte de la población adolescente tiene presencia en redes sociales y utiliza las nuevas tecnologías continuamente, la gran mayoría son incapaces de utilizar este tipo de plataformas desde una perspectiva de seguridad. «A los nacidos en la era de los noventa se les ha puesto una etiqueta de nativo digital y que está asociada a una competencia que no tienen», reconoce a este diario Susana Lluna, coautora del libro junto a Javier Pedreira «Wicho».

«Queremos concienciar a los padres que en casa no tienen superhéroes [por sus hijos] que saben controlar todos los dispositivos», recalca, porque -según indica esta experta- los menores no cuentan con grandes habilidades para hacer frente a algunas tareas como saber adjuntar un archivo o el funcionamiento de algunos servicios digitales. «Los sacas del uso corriente y superficial de un smartphone o de Instagram o YouTube y no saben; no tienen conciencia de acerca de cómo va a repercutir en su identidad digital, del nivel de seguridad, tampoco de las ventajas que le pueden sacar», manifiesta Lluna.

El objetivo de este compendio de artículos elaborados por diversos expertos en la materia es concienciar a los padres y profesores en la necesidad de formarse y comprender el entorno digital en el que se mueven los adolescentes. Y es que, según se recoge en sus páginas, los llamados «nativos digitales» no se trata de una generación especialmente dotada de conocimientos, habilidades o intereses en lo que al uso de las llamadas nuevas tecnologías se refiere. Tal vez, más bien deberíamos hablar de huérfanos digitales con una preocupante falta de formación.

Decálogo para mejorar la gestión de las contraseñas

Para realizar un mejor uso de nuestras claves, el equipo de expertos de S2 Grupo ha elaborado un decálogo con recomendaciones esenciales que nos ayudarán a protegernos mejor en el uso de las nuevas tecnologías:

1. No utilizar datos familiares:

Los expertos creen que esto nos dejaría más expuesto a personas que nos conozcan o contactos de nuestras redes sociales. «Es importante que nuestras contraseñas no respondan al lugar donde vivimos, el nombre de nuestra mascota o el de nuestro lugar de vacaciones», sostienen.

2. Evitar palabras o series de números:

Los ciberdelincuentes utilizan sistemas automáticos para descifrar contraseñas que hacen uso de diccionarios de palabras y generan combinaciones de números. Según estudios realizados recientemente, las peores contraseñas son ‘123456’, ‘password’, ‘abc123’, ‘qwerty’,

3. Escoger contraseñas robustas.

Es aconsejable -sostienen los expertos- que nuestras claves tengan ocho caracteres mínimo, mayúsculas, minúsculas, números y símbolos del teclado, así dificultaremos que puedan ser acertadas por herramientas destinadas a este fin.

4. Nunca «guardar la contraseña»:

Aunque es una medida muy cómoda que nuestro navegador recuerde nuestra contraseña, «podemos comprometer seriamente nuestra privacidad», añaden.

5. Escoger claves memorizables pero que no sean adivinables:

Un tema habitual es utilizar claves que no representen nada personal. «Para que recordarlas no sea un problema, podemos utilizar alguna palabra o combinación de números que nos sea familiar y acompañarlo del resto de elemento de una contraseña robusta», rezan los expertos.

6. Utilizar claves diferentes para cada servicio:

«Si utilizamos un mismo código para todo y éste es descifrado por un ciberatacante, comprometeremos la seguridad de todos los servicios y dispositivos que utilizamos», sugieren. Por este motivo es esencial que sean diferentes.

7. Cambiar las contraseñas periódicamente:

Otro detalle si queremos incrementar nuestra seguridad, es muy importante renovar los passwords periódicamente, de esta forma evitaremos que si en algún momento otra persona pudo tener acceso a ellos, pueda utilizarlos.

8. Mantenerlas en secreto:

La mejor forma de que otras personas no puedan acceder a nuestras cuentas es no compartir nuestras contraseñas con nadie.

9. Anotarlas en un lugar seguro:

Si queremos registrarlas en algún lugar por si se nos olvidan «es aconsejable hacerlo en algún lugar que consideremos seguro en nuestro hogar y nunca hacerlo en el ordenador, la tableta o el smartphone».

10. Uso de aplicaciones:

Cada vez hay mayor número de apps que pueden ayudarnos a cifrar nuestras claves para «salvaguardarlas de una forma adecuada y poder recordarlas en caso de que sea necesario».

Este contenido ha sido publicado originalmente por ABC Tecnología en la siguiente dirección: abc.es

6 señales de ansiedad que la mayoría de los padres ignoran

Emma E. Sánchez

Hasta hace unos años muchos creían que la ansiedad era solamente cosas de adultos y nunca se podría pensar que los niños podían padecerla. El mundo, la sociedad, los medios de comunicación, la tecnología y la transformación de la familia han sido grandes detonadores de problemáticas sociales que han generado epidemias de problemas emocionales en los más pequeños.

Si tú crees que tu divorcio, el desempleo, la guerra, la devaluación o la enfermedad de los abuelos no son cosas en que los niños piensen porque “son solo niños y se dedican a jugar” o porque tú has decidido ocultárselos, estás equivocada. Los niños escuchan y ponen atención en más cosas de las que te imaginas. No son tontos, ellos entienden que algo malo está ocurriendo en su entorno, perciben y sienten que los adultos que ama están pasándola mal o que su mundo se está constantemente transformando y nadie se detiene a explicarles lo que sucede y entonces se estresan o generan cuadros de ansiedad.

¿Por qué debe preocuparnos la ansiedad en los niños?

¡Porque altera su vida! Su crecimiento, su desarrollo y daña dejando terribles secuelas en su espíritu y emociones.

Los adolescentes y jóvenes que tiene episodios de ira incontrolable, los que hieren a otros o  terminan suicidándose, pasaron previamente por estrés, angustia, ansiedad y depresión y ¿sabes qué? Nadie lo detectó hasta que fue demasiado tarde. Que esto no te pase por favor.

Los 6 síntomas
  • Sueños inquietos hasta pesadillas

Habla dormido, no descansa, no quiere ir a la cama, sueña feo, quiere dormir contigo todas las noches.

  • No quiere comer

O cualquier otro trastorno alimenticio, inclusive comenzar la temida “pica” esto es: comer cosas no comestibles como gises, plástico, cabello, las uñas, tierra etc.

  • Dolores en diversas partes del cuerpo

Especialmente en cabeza y estómago, luego en brazos y rodillas.

  • Miedos

A quedarse solo, a los desconocidos, a ir a la escuela, un animal, cualquier cosa ue repentinamente les causa miedo o hasta terror.

  • Regresión a conductas ya superadas

Mojar la cama, hacer berrinches, buscar la mamila, cambiar la forma de hablar, cosas que hacía de pequeño y que ya había dejado atrás.

  • Estados de ánimos variados

Llora, se enoja, está triste, tiene mucho sueño, ese tipo de cambios tan constantes que pueden ir desde la alegría extrema hasta llorar y no poder contenerse.

Lo que tú puedes hacer para ayudarlo

Hacer del hogar un lugar tranquilo

Cero gritos, música estridente, demasiado movimiento, muchas luces o demasiada gente, poca privacidad.

  • Verifica qué está sucediendo en tu hogar

Hay que ser honestos: si estás pasando por un problema, hay que reconocerlo, hablarlo al nivel de los hijos, trabajar en soluciones y no perder el ánimo ni la fe. Los niños deben aprender que los problemas se asumen, se enfrentan y se conquistan con esfuerzo y sacrificios de ser necesario.

  • Hablar y hablar

“Los huecos de información se llenan con rumores” y los rumores solo generan miedo. No o olvides. Habla con tus hijos de todo lo posible, de la vida y de las cosas que te gustan, de tu infancia y de los problemas, de las cosas alegres y de la última noticia ¡de lo que quieras! Pero nunca por favor, les dejes de hablar por muy enojada que estés, el silencio es una forma de violencia y abandono.

  • No le grites ni lo castigues

Eso solo hace más grande el problema.

  • Mucho afecto y atención

Cuanto más grande el problema, más necesidad e abrazos que fortalezcan, más necesidad de muestras de amor y de palabras tiernas y de comprensión.

  • Alimentación y ejercicio

El ocio también puede ser un generador de estrés y ansiedad en niños muy activos o que no pueden relajarse y descansar con facilidad. Cambiar o mejorar su dieta y aumentar la actividad física les puede ayudar a procesar la energía negativa acumulada.

  • Los especialistas

Visitar al psicólogo, a un terapeuta o hasta un guía espiritual también pueden de gran ayuda si observas conductas preocupantes en tus hijos. No los descartes, úsalos a tu favor.

Muchos dolores en la vida futura de tus hijos pueden ser solucionados hoy si te mantiene s atenta a lo que les pasa, a lo que te dicen y sobre todo, a lo que callan.

Familias.com

Padres convierten su casa en escuela para sus hijos

Con el argumento de que “nadie educa mejor a los hijos que sus propios padres”, Ana Karen Copado decidió impartir la educación básica a su hijo Mateo aplicando el sistema denominado Escuela en Casa. La familia es vecina del Fraccionamiento Real del Sol, en Tlajomulco, y pocas escuelas públicas están cerca del domicilio. Además, se ubica en una parte del municipio en la que, según habitantes, constantemente se registran problemas de inseguridad.

Por eso, para alejar a su hijo de este panorama, optó por sumarse al programa que ofrece la organización jalisciense “A Todas las Naciones”. Allí le otorgaron el material para impartir el nivel preescolar a su hijo. Además, semanalmente recibe asesoría de docentes encargados de diseñar el programa y ella se encarga de planear clases, horarios y actividades educativas combinadas con las responsabilidades del hogar.

“Los padres tienen más paciencia. Tú sabes cómo es tu hijo y cómo va a aprender o de qué manera se le puede llegar para que aprenda las cosas más rápido”, relata Ana Karen.

Pero la forma en la que decidió educar a Mateo no es bien vista por familiares y vecinos; piensan que el niño es sometido a un encierro o que eventualmente tendrá problemas para desenvolverse con los demás. Ana sostiene que ocurre todo lo contrario: “Se les nota la diferencia: son autodidactas e independientes. Hasta cierto punto aprenden más que en las escuelas públicas”.

Óscar Joel García Membrillo, coordinador del proyecto Escuela en Casa, explica que desde hace 18 años promueven esta modalidad. Actualmente atienden a 120 estudiantes de preescolar, primaria y secundaria (para los del nivel bachillerato se apoyan con Prepanet, del Tec de Monterrey). La dinámica consiste en que los padres o tutores imparten las materias en una planeación diseñada a sus tiempos, por cinco horas diarias. Quienes concluyen sus estudios deben certificarse ante la Secretaría de Educación Jalisco (SEJ) con un examen de conocimientos.

De acuerdo con la Secretaría, sólo tres casos han solicitado dicha validación; otras 80 personas se han acreditado ante la Secretaría de Educación Pública (SEP).

Fuente: El Informador.mx

Niño absentista: familia disfuncional

Hainan Reynoso Uribe

Este martes 10 de enero casi 2.2 millones de niños y adolescentes están convocados a reintegrarse a la docencia en los planteles públicos del país luego del asueto de Navidad, Año Nuevo y Día de los Magos.

Según datos suministrados por la Unicef, en 2009, la asistencia a la escuela media era de apenas un 27% de alumnos y un 39% de alumnas.

El entonces secretario de Educación ofrecía cifras alarmantes  en declaraciones a la prensa. “El absentismo sobrepasa el 50% entre escolares del nivel básico.” Afirmaba Melanio Paredes. A la sazón citaba entre las causas principales, “las condiciones de trabajo del maestro“.

Hoy, tras la aplicación del 4% del Producto Interno Bruto (PIB) en el sector educativo, habría que preguntarse por qué es todavía necesario motivar la asistencia a clases.

En respuesta, en los últimos años el Estado ha implementado campañas publicitarias a los fines de sensibilizar a los padres y tutores sobre la importancia del reintegro oportuno y puntual de todos los alumnos a clases. Un aspecto del cual la familia debe ser precursora.

Mala nota

Durante el tiempo de ausencia en el aula se produce un desajuste en el proceso de aprendizaje, que en la mayoría de los casos ya existía,  y que resulta en un nuevo abandono escolar.  Los niños absentistas obtienen bajas calificaciones, se desmotivan de asistir a clases y hasta se convierten en desertores del sistema.

Es por esto que el maestro debe dirigir acciones que suplan  las expectativas del alumno en lo relacionado a su nivel y capacidad de aprendizaje, para adaptarlo a su realidad  y llevar su determinado ritmo de aprendizaje. De esta forma evitará el descontento en el niño y por ende la repetición del ciclo de abandono.

Un estudio de la UNICEF y la  Asociación civil Educación para todos en Argentina, establece que la repitencia y el abandono durante el año escolar, principalmente después de las vacaciones de Navidad y Año Nuevo,  son los síntomas de una cadena de pequeños fracasos en la vida escolar de los alumnos, entre las que citan: la falta de comprensión de los temas en la clase, el absentismo,  sufrir  situaciones familiares adversas, falta de apoyo, a quien acudir para encontrar respuesta o explicaciones, entre otras.

Existen algunas pautas mediante las cuales los profesores pueden detectar posibles casos de absentismo escolar, dentro de las que se cuentan:

  1. Los hijos de padres o tutores desafiantes ante el sistema educativo, descuidados, irresponsables, sobreprotectores, entre otras cualidades.
  2. Familias disfuncionales con normas inadecuadas, con cierta incapacidad para la organización y asignar responsabilidades a los niños.
  3. Niños cuyos hermanos tienen historial de faltar a la escuela.
  4. Alumnos con un intelecto por debajo de la inteligencia promedio.
  5. Respuesta educativa inadecuada para alumnos con habilidades diferentes.
  6. Falta de emoción en la educación.
  7. Cualquier otra situación que pueda alertar sobre el riesgo de absentismo escolar.
Rol de padres y tutores

La familia debe jugar su rol de aula grande,  donde inicia el proceso de formación y educación del individuo, según explica Miguel Alejandro Fersobe, director de Participación Comunitaria del  Ministerio de Educación de la República Dominicana (Minerd).

 “Un segundo rol, de carácter político institucional -prosigue Fersobe- es la participación organizada de la familia en el sistema educativo dominicano, a través de los diversos mecanismos creados por las políticas públicas expresadas en las normativas institucionales que empoderan a la familia como ente participativo del sistema”.

El funcionario apela a que los padres desempeñen este rol de manera efectiva, por motu proprio, más que por compromiso, allende su afiliación a través de los mecanismos de participación.

¿Falta del  alumno o falla del sistema?

El sistema educativo está compuesto por diversos actores y protagonizado por los maestros, directores, orientadores, funcionarios, técnicos y la familia.  Culpar al alumno absentista es revictimizarlo, pues él es el producto de ese conjunto de estructuras y sujetos –el sistema educativo-  que todavía dista de ser inclusivo y de excelencia.

 

Criando niños bilingües

Cecilia Jan

La semana pasada, contaba cómo David (de tres años y cuatro meses) habla como un loro, pero pronunciando todavía con lengua de trapo.  Lo que no contaba es que nuestras conversaciones son bilingües. Se desarrollan  en dos idiomas: yo le hablo en chino mandarín de calle (me vine a España muy pequeña y no llegué a ir al colegio antes, por lo que me falta vocabulario y dudo con algunas estructuras gramaticales) y él me contesta en castellano, mezclando alguna palabra en chino. Los diálogos desde fuera suenan bastante curiosos, pero en casa estamos totalmente acostumbrados.

Tanto David como Natalia (23 meses) me entienden perfectamente, pero están rodeados del español de forma tan abrumadora (su padre, el colegio, los amigos, la tele) que sé que será muy difícil que se suelten a hablar en chino a menos que pasemos temporadas en China o Taiwan.

Algo que a veces resulta frustrante, sobre todo teniendo en cuenta que me pierdo la posibilidad de hacer algunas cosas con los peques en español que me apetecen y que de hecho controlo mejor, es cantar o leerles cuentos (las canciones infantiles en chino que me sé me las he tenido que aprender estos últimos años, y no sé leer en chino). Pero creo que el esfuerzo vale la pena.

Para resolver mis dudas y las que me han planteado, he hablado con Orlanda Varela, psiquiatra y coordinadora de formación sobre bilingüismo de Sinews, un centro de Madrid que ofrece terapia (psicología, psiquiatría, logopedia y terapia ocupacional) en varias lenguas, y organiza talleres periódicos para padres que tratan de criar niños bilingües.

Como introducción general, Varela me explica que para que se desarrolle a nivel nativo una lengua, se considera necesario que al menos el 20% de la actividad comunicativa real del niño tenga lugar en ese idioma. Por tanto, se trata de que durante al menos el 20% de las cerca de 12 horas que el niño está despierto, reciba estímulos en esa lengua, que serán mucho mayores cuanto más personales e interactivos sean. Además, para disipar las dudas de los padres sobre si empezar desde el principio o esperar a que ya haya aprendido un idioma, se recomienda que esta exposición sea desde el nacimiento del bebé, para aprovechar al máximo la plasticidad del cerebro.

“Los idiomas se aprenden a base de diálogo, de preguntas y respuestas, de prueba y error y de autocorrección”, dice Varela, que añade que el estímulo es mucho mayor cuando ese diálogo sirve para “desarrollar habilidades útiles a nivel real”. Es decir, es mucho más valioso que el niño hable con los padres, por ejemplo, y que aprenda a negociar por qué le tienen que dejar acostarse más tarde, o con otros niños para que le dejen jugar en el parque, que las horas que pasa en clase, en las que la interacción tú a tú con el profesor suele ser muy baja porque se tiene que repartir con otros niños, o las que está viendo la tele, aunque sea en el idioma que se pretende que domine.

Diferencias en el cerebro y capacidades especiales de las personas bilingües

La psiquiatra explica que hay diferencias estructurales entre el cerebro expuesto a un solo idioma y el expuesto a más de uno. “En las imágenes cerebrales de personas bilingües se observa una mayor densidad de materia gris especialmente en el lado izquierdo, donde se localizan las funciones del lenguaje. Pero lo que es realmente interesante es la diferencia entre aprender dos idiomas desde que nacemos o hacerlo más tarde. El cerebro almacena los idiomas y los interconecta de forma muy distinta”.

Así, “la persona que ha estado expuesta a dos lenguas desde el nacimiento activa al hablar en cada uno de los idiomas en la misma zona del cerebro (es como si fuese dos monolingües en un cerebro) mientras que los que han aprendido tardíamente una segunda lengua activan zonas distintas”. De esta forma, “los bilingües precoces no traducen, no necesitan una lengua para funcionar con la otra, sino que son capaces de activarlas simultánea o independientemente y a veces ni siquiera son conscientes de en qué idioma están hablando o pensando en un momento determinado”. Varela cita una metáfora de la lingüista Barbara Zurer, en el que las lenguas son dos árboles en un bosque. “En el niño bilingüe precoz, los dos árboles son independientes, están plantados en el mismo suelo pero cada uno tiene sus raíces. En el bilingüe tardío, uno de los árboles es el único que tiene raíces propias (la lengua materna), y sobre él crece una planta que se alimenta de la primera y depende de ella (la segunda lengua)”.

Como consecuencia de tener dos instrumentos continuamente disponibles para expresarse y pensar, las personas bilingües tienen algunas capacidades especiales, enumera Varela: una mayor capacidad metalingüística (conciencia sobre el lenguaje, una habilidad básica para aprender a leer y escribir); más facilidad para aprender otras lenguas (tercera y sucesivas), ya que “han aprendido a aprender” un idioma; mayor flexibilidad mental o capacidad para encontrar distintas soluciones al mismo problema (se considera un elemento fundamental de la creatividad); una mejor atención selectiva (capacidad para priorizar la información relevante e ignorar otra que interfiera o no interesa), no sólo en cuestiones verbales. Los bilingües tienen mayor capacidad multitarea.

En cuanto a si los niños bilingües tardan más en hablar, Varela explica que dentro de la enorme variabilidad que se da en todos los niños, sí parece que estadísticamente, los expuestos a más de un idioma tienden a situarse en el límite más alto, pero sin que suponga un retraso patológico.

Modelos de familia

Aunque cada familia es un mundo, y a la vista de los ejemplos que me han planteado, en esto de los idiomas, con parejas mixtas, movilidad geográfica, colegios extranjeros, etc., la casuística es variadísima, le pregunto a Varela por sus recomendaciones para los tres modelos más comunes:

  • Los dos padres hablan un idioma, que es distinto al del lugar en el que viven. Es el caso de Andrés, un amigo de David cuyos padres son rumanos. Si el niño está muy integrado en la lengua de la comunidad (en este caso, España), para exponerlo más a la lengua minoritaria (el rumano), lo mejor es que en casa se hable sólo en esa lengua. De otra forma, el niño tiene pocas probabilidades de oír un diálogo en el idioma minoritario, algo muy enriquecedor.
  • Cada padre habla un idioma, uno de ellos el mismo del lugar en el que viven. Es mi caso. Cada padre ha de hablar al niño sólo en su lengua. Sin embargo, “un padre sólo que hable un idioma no es suficiente”, me dice Varela en referencia al minoritario. “Sí es suficiente para desarrollar un nivel de comprensión muy bueno, prepara el cerebro del niño para sonidos que no podría tener más adelante. Pero para que lo utilice, es necesario un estímulo extra”. La experta advierte que es frecuente que los padres sientan frustración cuando después de todo el esfuerzo realizado, el niño no conteste en ese idioma -diálogos como los nuestros, yo en chino y David en español, se dan en el 80% de los casos-, por lo que recomienda no descorazonarse. “Aunque no responda, le das una oportunidad insustituible, porque el cerebro tiene una plasticidad que luego ya no se tiene”. Todo ese esfuerzo “será útil cuando reciba ese empujón que le haga utilizar todo el potencial acumulado”. La psiquiatra coincide en que el mejor estímulo es llevar al niño al país de origen de la lengua minoritaria, cuanto más temprano mejor, que tenga contacto con otros hablantes y vea que el idioma es útil, que sirve para comunicarse. Otras pistas para reforzar esta lengua son conectarse con familiares vía Skype, contratar una niñera o albegar a un estudiante que hable ese idioma, o formar un grupo de juego con otros niños que lo hablen. Se trata de que los refuerzos sean lo más auténticos y lo menos académicos posibles.

 

  • Cada padre habla un idioma, los dos distintos al del lugar en el que viven. Es el caso de Cecilia, una lectora mexicana, de marido alemán, y residente en Estados Unidos, por lo que en el colegio su hijo aprende inglés. Como en el caso anterior, cada padre debe hablar con el niño en su idioma. No hay que preocuparse por el idioma de la comunidad, ya que va a estar tan expuesto a él, en la calle, en la tele, en el parque, y sobre todo, si se va a escolarizar en esa lengua, que lo aprenderá sin problemas. También, como en el caso anterior, cada padre ha de tratar de que el estímulo en su lengua minoritaria sea suficiente.

En estos dos últimos casos, surge además la duda de en qué idioma han de hablar los padres entre sí. Varela recomienda que se siga utilizando la lengua que empleaba la pareja antes, pues será la más útil para comunicarse y además suele ir acompañada de connotaciones emocionales. En algunos casos, como el mío, es simple, pues Eduardo y yo hablamos en español, pero en otros, puede que los padres hablen entre sí un cuarto idioma que no es ni el suyo nativo ni el del país en el que viven. Ante mi duda, la psiquiatra me tranquiliza: “No, los niños no se vuelven locos. La idea que tenemos los bilingües tardíos de la confusión es porque no hemos desarrollado esas estructuras naturalmente. Otra cosa es que el niño tenga dominio activo del idioma, pero sí tendrá dominio pasivo”. Es decir, que distingue de forma natural los distintos idiomas que escucha, y los entiende.

¿Qué hacer cuando el niño se niega a hablar un idioma?

Ante todo, dice Varela, respetarlo. Para estimular al niño a que hable esa lengua, hay que ponerlo en situaciones en las que no tiene más remedio que utilizarlo, como viajar al país de origen. Si además, las asocia a los padres, mejor, es decir, si ve que la gente se dirige a nosotros en ese idioma, que hay una relación privilegiada; o cree que obtiene una ganancia por usarlo, será un refuerzo. Por ejemplo, la lengua minoritaria se puede convertir en un código secreto (“dímelo en chino y así no se enteran los demás”), o su uso puede suponer una ganancia afectiva (“qué bien que me hables en chino, con lo que me gusta”). Pero la psiquiatra advierte que no hay que presionar, ni corregir constantemente, pues desmotiva.

La experta recomienda que solo se recurra al “háblame en chino, que si no no te entiendo” si el niño es muy pequeño, y sin abusar. “En realidad, es un insulto a la inteligencia del niño”, pues este en seguida se da cuenta de que es falso. “Los niños tienen un radar, saben cuándo es necesaria de verdad esa comunicación y cuándo es artificial”, añade.

Mezcla de idiomas y corrección de errores

Hasta los cuatro años, dice Varela, es absolutamente normal que los niños mezclen las lenguas, como hace David, incluyendo palabras en un idioma u otro porque las use más, o simplemente le guste más cómo suenan. Más adelante, lo pueden hacer, pero con una utilidad: es lo que se llama cambio de código, porque cada palabra en un idioma designa algo que es culturalmente distinto. No hay que corregir al niño en ninguno de estos casos.

Otras veces, lo que sucede es que el niño emplea estructuras gramaticales de un idioma en el otro. “Las interferencias son mayores cuanto menor es la exposición a la lengua minoritaria”, explica la experta. En estos casos, recomienda la “corrección por modelado”: por ejemplo, si dice “soy cansado”, un error frecuente al extrapolar del francés, en vez de corregirle con “no se dice así”, es mejor responder usando esa misma estructura pero de forma correcta: “ya sé que estás cansado”, es decir, ofrecerle un modelo. Pero tampoco conviene abusar, pues interfiere mucho en la conversación. Varela aconseja limitarlo a las estructuras que se usen siempre mal, y reforzar la corrección con instrumentos como cuentos en los que se utilice bien.

¿Se aburrirá o se quedará excluido por usar un idioma distinto?

Es una duda que surge sobre todo al principio de la escolarización en un idioma distinto al de casa, normalmente a los 2-3 años. La psiquiatra afirma que “el estímulo para comunicarse en la nueva lengua es tan fuerte que se aprende a un ritmo espeluznante”. Por eso, aconseja no preocuparse, ya que aunque al principio puede generar cierto estrés, en muy poco tiempo se resuelve, simplemente porque el niño aprende la nueva lengua. Aún recuerdo cuando llegué a España, con cuatro años, la sensación agobiante de ir al colegio y no entender nada. Pero es cierto que ese mismo año ya hablaba español, y poco tiempo después, ya lo hablaba mejor y lo usaba mucho más que el chino.

¿Qué pasa cuando en el colegio introducen un idioma extranjero?

Por desgracia, opina Varela, en los colegios españoles no hay que preocuparse porque el estímulo del nuevo idioma, normalmente el inglés, “no suele ser suficiente ni para causar confusión”. Lo que puede ocurrir es que el niño, si está expuesto a esa lengua en casa, llegue a corregir al profesor, lo que genera un conflicto. Según los casos, puede ser recomendable que el niño escoja un idioma distinto, por ejemplo el francés; o al contrario, si no es un buen estudiante, se quede en ese idioma aunque no vaya a aprender mucho porque al menos hay una asignatura que domina y le sirve de estímulo.

¿Cómo y cuándo introducir la lecto-escritura?
  • Si los idiomas comparten el mismo alfabeto, como el español con el inglés. En este caso, normalmente las habilidades de lecto-escritura son mayores, porque tienen mayor capacidad metalingüística para extrapolar las reglas de la lecto-escritura de un idioma a otro. Varela cuenta que es normal que el niño, al empezar a leer en el colegio, aplique las mismas reglas a la otra lengua y de repente, los padres se dan cuenta un día de que sabe también leer en el otro idioma. Para ello, es importante que el niño tenga exposición a la lengua escrita, por ejemplo, leyéndole los padres en ese idioma para que identifique los sonidos que se pronuncian distinto con las letras. Para ello, son muy útiles los libros bilingües, con el texto en ambos idiomas.
  • Si los idiomas no comparten el mismo alfabeto, como el español y el hebreo o el chino. En este caso, la lengua minoritaria es independiente de la escolarización. Hay que fomentar desde pequeños la lecto-escritura, con mucha exposición a los sonidos desde el principio, y utilizando juegos como crucigramas, sopas de letras, el ahorcado, en los que tiene que usarla.

Fuente: El País