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Hijos por el mal camino: ¿qué hacer?

Amor, comprensión, educación, apoyo… Tienes la seguridad de que durante el proceso de crianza de tu hijo le brindaste todo lo posible para convertirlo en un ser de bien. Pero al final, el resultado no fue el que esperabas.

Ante estas circunstancias, ocurre con frecuencia que te asalte la duda de si fracasaste en tu tarea de criar y encaminar a tus hijos por la senda correcta. Drogadicción, robo, deserción escolar… ¿Por qué escogió ese comportamiento? ¿Eres culpable de su vida desventurada? ¿Mereces todo el sufrimiento que te hace experimentar?

Un sentir común

El Dr. Enrique Gelpí Merheb, psicólogo clínico especializado en niños y adolescentes, aclara que las frustraciones que puede experimentar un padre o una madre pueden surgir “por situaciones menos complejas como el que ‘mi hijo me falte al respeto, aun cuando no le he dado el ejemplo para hacerlo’, hasta que no desee estudiar en la universidad luego de escuela superior, o se involucre en problemas legales”. Claro, “siempre que sea consciente de que ha sido un buen ejemplo para su hijo y que ha optado por una crianza responsable”, aclara.

Cuando se trata de problemas más graves, el doctor señala que “para un padre o una madre debe ser catastróficamente frustrante porque hay muchos padres que viven toda su vida pendientes de darles a sus hijos lo que ellos no tuvieron, y aplicar un método de crianza diferente, utilizando toda la información que tienen a la mano lo mejor posible para su rol de crianza, así que debe ser devastador para ellos”. Por eso es de esperar que, tras ese sentir de culpabilidad, se esconda “el sentimiento de que fracasó como padre”.

¿Factor genético?

El psicólogo analiza que “se habla mucho de la herencia, de la predisposición genética” en muchos de los casos como responsable de los problemas que manifieste el menor. Y de hecho, hay padres que “ven la herencia como una camisa de fuerza o un destino; por ejemplo, si en la familia hay problemas de alcoholismo o una tendencia a ser desafiante, creen que el hijo va a tener ese comportamiento”.

Al respecto, Gelpí Merheb reitera que “la herencia no es una camisa de fuerza ni un destino. Sí puede aumentar el riesgo, pero no implica que, de manera automática, eso le va a ocurrir a tu hijo”.

Cuidado con complacer demasiado

Por otro lado, hoy día muchos padres muestran inclinación por complacer a los hijos en todo -o casi todo- lo que piden. ¿Qué relación puede guardar esta conducta con los problemas que manifieste el menor en su adultez?

El psicólogo advierte que la gratificación instantánea “no es efectiva porque cuando el padre o la madre tienen que ser más estrictos o estructurados, les resulta más difícil hacerlo”. Además, con este comportamiento “enseñamos a los hijos a que en el mundo nada va a pasar que los va a frustrar, que no tienen que pasar trabajo para lograr lo que quieren en la vida, y eso no es la realidad con la que se van a enfrentar”, enfatiza.

Ante esta dinámica, cuando el menor esté en alguna situación en la que no recibe lo que desea, posiblemente no se adapte con facilidad a ciertas situaciones, incluyendo en sus relaciones interpersonales. “Cuando llega a la adolescencia o a la adultez, en la que la toma de decisiones depende totalmente de él, puede sufrir trastornos de ansiedad o depresión por no saber manejar las frustraciones”, menciona a modo de ejemplo el doctor. Esto, a su vez, lo pone en riesgo de adicción a drogas o alcoholismo como una manera de canalizar sus frustraciones.

Varios responsables

“La mayoría de los padres, en su sano juicio, tratan de criar lo mejor que pueden con las herramientas que tienen a su alcance”, observa el doctor. “En ese caso, entiendo que la responsabilidad es mínima, y más si se trata de padres que se interesan por buscar ayuda profesional, terapéutica, para manejar la situación de dificultad”. Y confiesa que “eso lo veo todos los días en mi oficina, padres tratando de darles el mejor ambiente a sus hijos”.

El psicólogo añade que “los padres deben entender que hay varios factores que van a intervenir en el que un hijo, al final del camino, termine con problemas a pesar de que sus padres trabajaron para que no sucediera”. Porque puede pasar que, “por más que trate de ser un ejemplo positivo para mi hijo, él tome otras decisiones negativas”, reitera.

El doctor aclara que, “al final del camino, es responsabilidad compartida: posiblemente el ambiente social tenga parte de esa culpa; el hecho de que el hijo, desde adolescente, toma sus propias decisiones; y el método de crianza del padre”.

Si son padres divorciados

Cuando se trata de hijos cuyos padres están separados y han atravesado por un divorcio, hay quienes manifiestan preocupación de que tenga serias repercusiones psicológicas. “Mucha gente piensa que si los padres se divorcian, eso va a ser traumático para el hijo y se van a perjudicar. Eso es un mito ”, responde enfático el doctor. “Lo que complica la situación no es el divorcio, sino cómo se maneja por los adultos, que incluye a los padres, tíos y abuelos”, entre otros. Por supuesto, “si son divorcios contenciosos, de discordia, puede ser un factor de riesgo”. Sin embargo, “si la separación se da en un entorno saludable, el efecto no tiene que ser tan negativo como la gente automáticamente le adjudica a la palabra divorcio”, reitera el psicólogo. Además, “ya sea bajo el mismo techo o en casas separadas, las inconsistencias en la crianza pueden ser otro factor de riesgo y contribuir a que se complique” el panorama. Por eso “todo depende de cómo los padres manejen el divorcio o la separación”.

Para concluir, el doctor invita a reflexionar que “los padres van a seguir siendo padres aunque su hijo opte por otro camino. Vamos a estar ahí para apoyarlo y guiarlo, pero al final eso tiene un límite”. El psicólogo aclara que “no es darle la espalda, pero como padres, aprender que, lamentablemente, en algunos momentos sus hijos tienen que sufrir las consecuencias naturales de sus propias decisiones”.

Fuente: primerahora.com

10 preguntas que los padres deben hacer a los profesores

Hay padres que olvidan que la escuela es cosa de todos y que llevar a los niños no implica ni que saquen buenas notas ni que ‘salgan’ educados. La educación se empieza en casa y la escuela debe ser una extensión de la misma, un lugar donde se aprenden conocimientos.

Los padres desde casa tendrán que colaborar a que el niño vea la importancia de la escuela y respete la figura del profesor, una persona que va cada día a su puesto de trabajo para enseñar de la mejor forma posible los conocimientos que la sociedad considera necesario para la edad de los pequeños.

El vínculo de comunicación entre padres y profesores

Además, la escuela es un lugar de encuentro y amistades, donde los niños pueden pasarlo bien con sus amigos. Desgraciadamente, también existen niños y niñas que dentro de las puertas de la escuela no están bien, ya sea por la poca profesionalidad de los docentes o por la actitud de los compañeros dentro de las aulas.  Si este fuera tu caso tendrías que informarte bien para tomar medidas al respecto, el bienestar de los pequeños es lo prioritario.

Los padres forman parte de un triángulo interactivo donde las partes que deben estar siempre conectadas son: la escuela, la familia y el niño. Solo de este modo el pequeño verá la importancia de la escuela.

Pero, lo habitual es que cuando los padres se entrevistan con el profesor/a, sea éste quien les pregunte muchas cosas sobre la familia y su hijo para poder tener información y así trabajar mejor con los pequeños. ¿Y qué pasa con los padres? Para que los padres puedan confiar en el profesional que atiende diariamente a su hijo necesitará saber algunas cosas.

Las 10 preguntas de los padres a los profesores

Además, si debes ir a una reunión con el profesor de tu hijo y no sabes qué debes preguntar para estar bien informado/a, toma nota de las siguientes 10 preguntas que te ayudarán a entender cómo evoluciona tu hijo en casa y sobre todo, para apoyar lo que el niño hace en la escuela, desde casa. ¿Cómo podéis ayudar al pequeño a aprender mejor? Estando los docentes y las familias en constante comunicación. ¡Toma nota!

1. ¿Cuál es la metodología de trabajo que utilizas cada día dentro del aula? Pregunta al profesor si manda deberes, si prefiere no enviar deberes en casa, si tienen que estudiar mucho o poco, etc.

2. ¿Qué haces cuando un alumno se porta mal? Muestra interés por saber si el profesor está a favor o en contra de los castigos.

3. ¿Cómo premias el esfuerzo de los alumnos que trabajan duro? Infórmate si el profesor ofrece recompensas en la clase. Pregúntale si utiliza algún sistema de estímulos.

4. ¿Cómo rinde mi hijo/a en la escuela? Pregunta si tu hijo trabaja bien, si hace los debes, si muestra interés.

5. ¿Cómo son los hábitos de trabajo de mi hijo/a dentro de aula? Pregunta si tu hijo trabaja bien en equipo, si sabe comportarse ante el trabajo, si se enfada si algo le sale mal, etc. Cómo es el comportamiento de tu hijo con los demás niños.

6. ¿Necesita tiempo extra para acabar sus tareas? Pregunta si tu hijo tarda más en hacer las tareas que otros niños o si va al mismo ritmo.

7. ¿Cómo se comporta mi hijo/a dentro de clase? ¿Y con sus compañeros? Pregunta si tienes un buen comportamiento de respeto, cumpliendo las normas.

8. ¿Cómo se relaciona con sus compañeros en clase y en la hora del descanso? Infórmate si tu hijo tiene una buena interacción con los demás.

9. ¿Participa mi hijo/a en clase? Así sabrás si tu hijo se muestra tímido o no.

10. ¿Cómo puedo ayudar a mejorar la educación de mi hijo desde casa? Ofrécete para ayudar en jornadas escolares o en cualquier cosa que requiera la participación de los padres.

Ya verás que con estas preguntas entenderás mucho mejor la vida de tu hijo/a en la escuela.

Fuente: guiainfantil.com

Tartamudez: cinco mitos sobre este trastorno

Si tu hijo es tartamudo y le cuesta comunicarse, o su lenguaje se caracteriza por interrupciones y repeticiones. No es voluntario, y su origen puede ser orgánico, social o psíquico, es importante que prestes atención y lo ayudes lo más pronto posible.

La tartamudez se define como un trastorno que afecta a la capacidad de comunicarse y también se le conoce como disfemia, disfluencia en el habla o espasmofemia. Es un desorden que suele variar, esto quiere decir que en algunos casos el niño tartamudea más seguido y otros, en cambio, esto no sucederá. Debido su complejidad, pueden surgir dudas o mitos sobre este trastorno.

1. Tartamudeo porque soy una persona nerviosa

La ansiedad no causa la tartamudez, pero puede provocar que la tartamudez sea más severa en algunos momentos. Lo más frustrante de la tartamudez es que cuando queremos tartamudear menos es el momento en que tartamudeamos más. Es por esto por lo que si superamos el miedo a nuestra tartamudez esta disminuirá.

2. Necesito esconder mi tartamudez

¿Alguna vez has levantado la mano en clase o has pedido en un restaurante de comida rápida y te das cuenta de que cambias lo que quieres decir? Si en algún momento te ha pasado, estás teniendo una reacción normal ante esta situación difícil. Pero la realidad es que el bochorno de perder el control es mucho peor que la vergüenza que provoca tartamudear. Lo más importante es decir lo que quieres decir cuando lo quieres hacer. Tartamudear siempre está permitido.

3. Voy a superar mi tartamudez

Desafortunadamente las personas que se recuperan de la tartamudez lo hacen en edades tempranas. Muchas personas comienzan a tartamudear entre las edades de dos y cuatro años. Estas personas, si se recuperan, lo harán a los siete u ocho años. Es por esto por lo que si una persona llega a la juventud con tartamudez es probable que continúe así hasta la adultez. La buena noticia es que existen muchas opciones y estrategias que ayudan a manejar la tartamudez. Es por esto por lo que la acción de ignorar que tienen la condición, porque esto “va a desaparecer”, solo provoca que la situación empeore.

4. Estoy solo

Muchas personas que tartamudean crecen sintiéndose solos y aislados. Pero no lo están. Muchos expertos están de acuerdo con que cerca del 1 % de la población mundial tartamudea. Esto quiere decir que aproximadamente 67 millones de personas en el mundo padecen del trastorno y, a su vez, existen 72 millones de personas que tartamudean en el mundo. De ellos, un 5 % son niños. No obstante, “hasta un 80 % de ellos atraviesa una etapa de alteración en el habla, entre los dos y los cinco años, que puede ser evolutiva y desaparece de forma espontánea, pero no en todos los casos, por eso es preferible no esperar. El mejor momento para consultar con los especialistas siempre será cuanto antes”, según la Fundación Española de la Tartamudez (TTM).

5. La tartamudez me atrasará en la vida

Las personas que tartamudean son igual de inteligentes y capaces que todos los demás. En la historia ha habido muchas personas que tartamudean que son sumamente inteligentes, talentosas y exitosas, entre ellas se encuentran: Winston Churchill (primer ministro de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial), Albert Einstein (ganador del Premio Nobel de Física), Charles Darwin (científico que habló de la teoría de la selección natural y de la evolución) y Marilyn Monroe (actriz y modelo).

Fuente: abcdelbebe.com

6 señales que indican que un niño necesita más amor y cariño

Vivimos en una sociedad tan rápida y metida en el estrés de las redes sociales, que a veces se nos olvida mostrar lo más natural de nosotros mismos: nuestro cariño. Quizás tus padres no te enseñaron a mostrar amor, y ahora que eres padre o madre, no sabes cómo expresarlo para que tus hijos crezcan con tu amor verdadero. Pero, al final, los perjudicados son tus pequeños, que podrían llegar a tener una carencia afectiva importante. Para evitarlo, te enseñamos a detectar algunas señales que indica que un niño necesita más amor y cariño de sus padres. ¡Atentos!

Cuándo un niño necesita más amor y cariño, ¡atento a las señales!

Sabemos que a nuestros hijos no se les pasa detalle de nuestro comportamiento, por lo que tenemos una gran misión con ellos: ser los mejores padres, por ellos y por nosotros. A fin de cuentas, como decía Robert Braul, “el problema con el aprendizaje de ser padres es que los hijos son los maestros”.

“Nuestros hijos valoran nuestro amor, atención y cuidado por ellos, según el tiempo que les dediquemos”. Y es que debemos tener presente que nuestros hijos no se van a sentir más queridos por los regalos que les podemos hacer sino por el tiempo que compartamos con ellos. La falta de amor y de cariño puede tener consecuencias muy negativas para su desarrollo y educación, por lo que debemos fijarnos en estos indicios que muestran que no están recibiendo suficiente atención afectiva.

1. El niño desarrolla miedo al abandono
La primera evidencia de falta de cariño es el miedo al abandono. Un niño que no se siente querido, tiene miedo a ser abandonado, ya que siente que no es importante. Vivir bajo ese miedo determinará una forma de ser que le llevará a desarrollar relaciones de adulto en las que la dependencia emocional o la falta de autoestima predominarán en su vida.

2. El niño trata de llamar la atención
El segundo efecto de una carencia afectiva son ‘las llamadas de atención’. Recordemos que un mal comportamiento es una reclamación de una necesidad interior y es muy probable que esta necesidad sea la ausencia de cariño.

3. El niño se siente triste
La tercera señal es más evidente y se nos muestra cuando el niño se siente triste, apático o enfadado de manera continuada. Estos son síntomas que, alargados en el tiempo, pueden acercarse a los efectos de una depresión. Y es que, en el fondo, ocurre algo similar con el miedo al abandono del que hablábamos antes.

4. Se produce una bajada en el rendimiento escolar
Otra de las señales frecuentes de que un niño necesita más amor y cariño es el bajo rendimiento escolar o deportivo de nuestros hijos. Si sienten que no nos importa, tampoco tendrá interés para ellos lo que estén estudiando o la actividad que estén realizando.

5. Utiliza un lenguaje más negativo
Otra señal de la falta de amor es su lenguaje. Probablemente utilizará un lenguaje derrotador, negativo, lleno de desánimo… Incluso, puede llegar a los improperios con la intención de llamar a la atención de sus padres o de las personas que tenga cercanas.

6. Vigila tu propio comportamiento como padre
Ahora bien, recuerda que, por mi parte, yo soy más de observar el comportamiento que estamos teniendo como padres, que de intentar solucionar lo que le está ocurriendo a nuestros hijos. Es decir, si yo no estoy prestando atención a mi hijo es porque algo me está pasando, así que, antes de solucionar la situación con él, debo ocuparme de mí y de averiguar qué puedo hacer mejor como padre o madre.

Para desarrollar nuestra manera de ser auténtica y genuina, necesitamos sentirnos cuidados y queridos por nuestros padres; pero para ser buenos padres, necesitamos el cariño y atención de nuestros hijos.

Fuente> guiainfantil.com

Cuatro claves para reducir el impacto en los hijos durante un divorcio

El proceso del divorcio tiene gran impacto para los menores, pues los padres representan la seguridad y el cuidado que necesitan para su desarrollo. Pero si a esto se le suma el conflicto permanente entre los padres, el efecto negativo podría ser incluso mayor que la ruptura.

Estudios recientes muestran que cuando los padres resuelven sus problemas y dan tranquilidad a los niños, el impacto de la separación disminuye de manera significativa.
Existen muchos temas sensibles que abocan a los padres separados a discutir o a tener divergencias. Por eso es importante que, si estás atravesando por este proceso empieces a trabajar en estos puntos.

  • Facilita el diálogo con el otro. Mantener un contacto amable con tu expareja evita que tus hijos queden ‘atrapados’ en la mitad, que tengan que elegir entre uno de los dos o se conviertan en mensajeros. Ayuda a propiciar los encuentros, definir las citas y acordar los tiempos que pasarán juntos. Recuerda que romper la comunicación o contacto con tu expareja es una actitud agresiva que tiene consecuencias para tus hijos.
  • Asume las responsabilidades. Es importante que le transmitas a tus hijos que, aunque uno de los padres no viva en la misma casa, seguirá haciéndose cargo de las necesidades familiares. Esto les da la tranquilidad de que su integridad estará asegurada; además, evita que se terminen desempeñando roles de adultos para los que no están preparados.
  • Habla del otro con respeto. Evita hablarle mal del otro, evita los juicios y trata de describir las situaciones sin hacer críticas; el sarcasmo, la ironía y la descalificación no ayudan a ninguno. Para tus hijos, ver que sus padres se tratan mal, se agreden uno al otro o se desprestigian resulta agobiante, pues los lleva a tomar partido por una de las dos personas que más quieren. A esta situación se la ha llamado alienación parental y constituye una forma de maltrato y violencia intrafamiliar.
  • Supera tus propios sentimientos. La sensatez, la madurez y el amor de los padres deben ponerse por encima de los conflictos, así como hay que proteger a los hijos como un interés supremo. No olvides que mantener el rencor, la rabia y la inconformidad afecta a tus niños y les genera ansiedad y angustia. Si como padres sientes que son incapaces de resolver las dificultades, es importante pedir ayuda para buscar estrategias diferentes de manejo.

Finalmente, te en cuenta que los padres no deben discutir delante de los niños aspectos como el dinero, la custodia o la conducta del otro.

Fuente: abcdelbebe.com

Niños felices o niños competitivos, ¿cómo educamos a nuestros hijos?

Hace unos días recibí un mail de Change.org para firmar una nueva propuesta. Su autora era Eva Bailén y su petición iba encaminada a la racionalización de los deberes en el aula, un tema más que polémico en los grupos de Whatsapp de los padres, en las puertas de colegio de muchos puntos del país y en los parques de muchas ciudades.

A mí, este titular me hizo pensar y cambiar un poco el enfoque del mismo: ‘Niños felices o niños competitivos, ¿para qué estamos educando a nuestros hijos?’.

Niños felices, padres felices

Creo que cualquier padre o madre queremos la felicidad para nuestros hijos, y si me equivoco, me corrigen. Como por desgracia, ningún niño viene con un manual bajo el brazo, leemos revistas, compramos libros y buscamos en internet algo que dé respuesta a esas grandes preguntas que se repiten constantemente en nuestra cabecita: ‘¿Cómo criar a niños felices? ¿Para qué estamos educando a nuestros hijos?’.

La respuesta no está en ningún de estos sitios, la solución a este enigma está en nosotros, que muchas veces erramos a la hora de señalarles el camino que les conduzca a esa ansiada felicidad. No hace falta que nos castiguemos ni nos sintamos culpables, ¡esto de la paternidad/maternidad es algo que vamos aprendiendo gracias el método enseño-error y, no olvidemos, que lo que funciona para unos, fracasa para otro! Pero quizás, sí sería bueno que reflexionáramos acerca de ciertos pequeños aspectos cotidianos.

A veces pensamos, porque así lo creemos como adultos y porque nuestros padres nos lo han transmitido, que su felicidad pasa porque sean los mejores en el colegio, algo que les llevará a ser alguien en la vida, a conseguir un buen trabajo y a tener una vida como mínimo igual o, si es posible, mejor que la nuestra.

Quizá por eso, no somos conscientes de que les ‘presionamos’ para que sean los número 1 de su clase, para que dominen un segundo idioma sin apenas haber cumplido los 10 años, para que sepan música, teatro y canto, para que se desenvuelvan con facilidad en disciplinas como el baile o el teatro, o para que se conviertan en los nuevos Cristiano Ronaldo o Leo Messi sin pensar que, quizás, no es algo que ellos quieran y, por supuesto, que ellos hayan pedido, porque para ellos la felicidad es otra cosa.

Cómo tener niños felices

La felicidad para los niños se limita a cosas tan normales y evidentes que los adultos las obviamos y pasan  desapercibidas. El estrés diario no nos deja ver esos detalles tan importantes para ellos.  ¿Qué podemos hacer para tener niños felices? ¿Qué cosas valoran ellos?

– Que vayamos a llevarles o a buscarles al colegio.

– Que les contemos un cuento todas las noches.

– Que juguemos con ellos y no estemos todo el día pendientes del móvil.

– Que les demos un abrazo.

– Que no les gritemos.

– Que les escuchemos y no les mandemos callar a todas horas.

– Que veamos con ellos su serie o película favorita, aunque sea la decimoquinta vez.

– Que les dejemos que nos ayuden a cocinar, a sabiendas de que lo dejarán todo manchado.

– Que bajemos al parque o a la pista de patinaje un domingo por la mañana.

– Que les demos un beso de buenas noches.

Una vez leí una frase de Agatha Christie que decía: ‘Una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder en la vida es tener una infancia feliz’. Y qué razón tenía, porque solo así conseguiremos sembrar los mejores cimientos para un futuro cargado de felicidad y tener adultos educando en valores.

Fuente: guiainfantil.com

Papá le pega a mamá: los testigos del maltrato

“La educación es la vacuna contra la violencia.”

La violencia doméstica es una realidad común en nuestra sociedad. Esta ocurre en todas las clases sociales, grupos étnicos, culturas y religiones.

La mayoría de los casos pasan desapercibidos ya que muy a menudo las víctimas sufren en silencio. Los estudios demuestran que cada año son mas los jóvenes entre las edades de 3 a 17 años los que están expuestos a la violencia doméstica. Las estadísticas reflejan que el 95% de los casos involucran a las mujeres víctimas de sus parejas masculinas. La trágica realidad es que cada vez que una madre es maltratada por su pareja, son a menudo sus propios hijos los testigos del maltrato y la tensión en el hogar por lo que ellos también se ven afectados. El presenciar puede significar VER incidentes reales de maltrato físico y/o sexual, ESCUCHAR amenazas o peleas desde otra habitación, OBSERVAR las secuelas de maltratos físicos, tales como: sangre, moretones, lágrimas, la ropa rasgada y/u objetos rotos.

Lo que hiere a la madre, también hiere a los hijos. Cuando la madre es abusada, sus hijos pueden sentirse culpables de no poder protegerla. Ellos sufren al ver que sus padres se gritan, empujan o golpean. Estos comportamientos causan en los hijos sentimientos de confusión, estrés, miedo, vergüenza, o hasta muchos llegan a pensar que ellos mismos han causado el conflicto. Están siempre en guardia, observando y esperando a que el próximo evento se produzca. Como nunca se sabe lo que va a desencadenar el abuso, no tienen tranquilidad; siempre están preocupados por ellos mismos, por sus madres y hasta por sus hermanos. Pueden sentirse enojados, humillados y hasta impotentes.

En los hogares donde existe violencia doméstica, el miedo, la inestabilidad y la confusión reemplazan el amor, la comodidad y la crianza que los niños necesitan. Muchos pueden presentar problemas emocionales, llorar excesivamente, sentirse retraídos o tímidos, pueden tener dificultades para hacer amigos, sienten miedo de los adultos y algunos hasta pueden sufrir de depresión y utilizan también la violencia para resolver sus propios problemas en la escuela y el hogar.

Cuando los hijos crecen en un hogar de maltrato, se les niega el tipo de vida familiar que fomenta el desarrollo saludable y aunque ellos no sean directamente maltratados, igual pueden verse afectados al ver que son sus madres las que están siendo victimas del maltrato. Como resultado, muchos experimentan el estrés en el hogar y llegan a mostrarlo de diferentes maneras tales como: dificultad para conciliar el sueño, enuresis, problemas de conducta, dolores de estómago, dolores de cabeza y / o diarrea, etc. Los niños que crecen en este tipo de entorno, tienen un mayor riesgo de caer en las drogas, abuso del alcohol o ser objetos de relaciones abusivas, como agresores o víctimas y un tercio llegan a desarrollar problemas emocionales, trastorno de estrés postraumático, delincuencia juvenil y la criminalidad en la edad adulta.

Debido a que mamá está luchando para sobrevivir, a menudo no está presente para sus hijos y papá esta tan consumido tratando de controlar a todo el mundo que tampoco se muestra disponible para ellos. Por lo tanto, los hijos llegan a sentirse física, emocional y psicológicamente abandonados creciendo hambrientos de atención, afecto y aprobación.

Reacciones emocionales, físicas y de comportamiento ante la violencia familiar en los hijos:

Reacciones emocionales : El miedo, la culpa, la vergüenza, trastornos del sueño, tristeza, depresión y enojo (tanto hacia la persona que abusa con violencia como también hacia la madre por ser incapaz de impedir la violencia).

Reacciones físicas: Dolores de estómago y / o dolores de cabeza, enuresis (mojadas de cama) y ​pérdida de la capacidad de concentración. Algunos también pueden sufrir abuso o negligencia física o sexual. Otros pueden salir lastimados al tratar de intervenir en nombre de su madre o de algún hermano.

Reacciones de comportamiento: Rabietas, alienación o ansiedad por complacer. Los niños pueden presentar síntomas de ansiedad y una capacidad corta de atención que puede provocar un bajo rendimiento escolar y de asistencia. Algunos pueden experimentar retrasos en el desarrollo del lenguaje, habilidades motoras y/o cognitivas. También pueden utilizar la violencia para expresarse mostrando un aumento de agresividad con sus compañeros o hasta con sus propias madres. Ellos pueden llegar hasta a auto-lesionarse.

Los efectos a largo plazo en los niños que son testigos de violencia doméstica

Los niños que crecen observando que sus madres son víctimas de abusos, sobre todo por parte de sus padres, crecen con un modelo de relaciones íntimas en las que una persona usa la intimidación y la violencia sobre la otra persona para conseguir lo que desea. Dado que los niños tienen una tendencia natural a identificarse con la fuerza, muchos pueden aliarse con el abusador y perder el respeto por sus aparentemente indefensas madres. El abusador suele menospreciar a la madre delante de sus hijos y puede llegar a decirles que ella está “loca” y que ellos no tienen por que escucharla. Al ver que sus madres están siendo tratadas con una enorme falta de respeto por parte de sus padres, los niños aprenden que ellos también pueden faltarle al respeto a las demás mujeres de la misma forma en que sus padres lo hacen con sus propias madres.

La mayoría de los jóvenes que se crían en hogares abusivos aprenden que la violencia es una manera eficaz de resolver los conflictos y problemas. Pueden reproducir la violencia de la que fueron testigos desde niños en sus relaciones adolescentes y adultas así como también ser más propensos a golpear a sus futuras parejas que aquellos que han sido criados en hogares no violentos. Para las niñas, la adolescencia puede resultar en la creencia de que las amenazas y la violencia son parte de la norma en las relaciones.

¿Qué hacer?

Es imposible evitar que los hijos sean testigos de la violencia doméstica. Ellos pueden ver o escuchar los episodios abusivos entre sus padres, ser utilizados o incluso implicados en la violencia (por ejemplo, el niño puede estar en los brazos de su madre cuando ella es golpeada), por lo que pueden experimentar las consecuencias y la tensión que acarrea el abuso. El grado de daño emocional depende en gran medida de cada niño, su edad, sexo y personalidad, lo mucho que el/ella haya presenciado el abuso y si ha estado o no personalmente involucrado en él.

Una sensación común que algunos padres consideran es que a pesar del entorno violento y abusivo, es mejor permanecer juntos por el bienestar de sus hijos. Sin embargo, no se dan cuenta que a menudo son sus propios hijos los que prefieren ver a sus padres separados como una forma de ponerle fin al “problema”.

La única respuesta ante el problema de violencia doméstica es tratarla como lo que es – violencia. Se debe luchar contra los valores sociales que refuerzan el estereotipo que fomenta a los hombres a actuar agresivamente y utilizar la violencia como una forma de resolver los problemas; donde las mujeres son débiles, sumisas y deben aceptar la dominación masculina como la norma. El crecer en un hogar donde el abuso de alguna forma es la norma, ofrece a los hijos el ejemplo que esto es lo que una relación está destinada a ser. Este tipo de hogares tienden a incluir la inestabilidad, los conflictos, la distancia emocional y una vida que va de una crisis a otra. Ellos aprenden patrones poco saludables de relacionarse, y por lo tanto inconscientemente la mayoría llegara a elegir futuras parejas que vengan de entornos igualmente poco saludables para así poder seguir el patrón de violencia del cual están familiarizados. Por lo tanto, antes de que sea demasiado tarde, es crucial buscar ayuda profesional, una terapia familiar, que le ofrezca a cada miembro del hogar la oportunidad de lograr romper con los patrones destructivos aprendiendo maneras no violentas de como resolver sus conflictos emocionales.

Fuente: latribuna.hn

Padres bilingües: ¿qué ventajas ofrecen a sus hijos?

El aprendizaje de un segundo idioma es casi que uno de los mínimos básicos que exige la educación de este siglo para poder interactuar con las diferentes culturas y que los jóvenes puedan desenvolverse en los espacios laborales. Por ello, expertos señalan la importancia de que los padres aprendan un segundo idioma para que, cuando decidan tener hijos, el aprendizaje en los pequeños se facilité gracias al conocimiento que sus progenitores ya tienen de él.

Desde temprana edad un niño es receptivo a toda la información que se le transmite. Pero expertos hablan de los tres años como el momento en que los pequeños pueden empezar a diferenciar un idioma de otro. Es en esta etapa cuando más se debe impulsar en un menor el aprendizaje de un segundo idioma, y las ventajas de que sean sus propios padres los que se dan a la tarea porque ellos mismos son bilingües, aumentan en estas familias que inclusive, pueden llegar a ser políglotas.

“Un padre tiene la capacidad de apoyar a su hijo en su propio proceso de aprendizaje de un idioma, con sus tareas, con la motivación, con el ejemplo. Es el mejor escenario para que un niño, en un ambiente cómodo como el de su hogar, pueda realizar actividades con sus padres como ver programas de televisión, escuchar música o leer libros en inglés. Esto hará que el niño tenga ventajas competitivas frente a otros chicos, pues aprenderán el idioma mucho más rápido”, dijo a ELTIEMPO.COM Sam Day Weber, docente de inglés en el British Council.

Según el docente, que los niños vean a sus padres interactuando con otras personas en otro idioma diferente al suyo es también un factor de motivación para los pequeños. “El niño se abrirá a otras culturas y tendrá muchas más ganas de entenderse con los demás en una lengua diferente”, agregó Day Weber.

Para Maria Clara Delgadillo, psicóloga de la Universidad Santo Tomás, “los niños aprenden mucho más rápido las cosas cuando provienen de con sus padres, son su primer acercamiento al mundo y su forma de impulsarse para aprender cosas nuevas”.

Según Delgadillo, “esto tiene ventajas en el cerebro del pequeño, pues el conocimiento se adquiere con la mejor disposición y siempre queriendo imitar el comportamiento de sus progenitores”. Esto quiere decir que si un padre maneja bien el idioma inglés, tiene buena pronunciación y buena gramática, su hijo va a querer imitarlo y seguramente tendrá un mejor nivel en el colegio.

Por otro lado, para Rebecca Smith, coordinadora de Jóvenes Estudiantes en el British Council, “que los padres sean bilingues y traten de tener horarios de solo hablar inglés en casa, enfrenta a los pequeños incluso a tener que pedir lo que necesitan en otro idioma, los reta y les ayuda a defenderse, lo cual puede trasladarse a su salón de clases donde probablemente se vana a encontrar con un docente que solo les va a estar hablando en inglés”.

Los tres expertos coinciden en que hoy en día los padres tienen cientos de herramientas que pueden apoyar estos procesos, tanto para ellos como para los niños y que usualmente son de muy fácil acceso, incluso gratuitas. British Council, por ejemplo, tiene plataformas enfocadas tanto a los adultos como a los chicos, todas sin pago y con contenido interactivo (videos, audios y juegos). Pero también existen diversas aplicaciones, libros y videos en línea que pueden ser utilizados como herramientas e apoyo”, agrega Smith.

Aprender y avanzar juntos, la edad no es un obstáculo

Están también los casos en los que los padres no dominan un idioma, pero quieren empezar a aprenderlo. Para ellos, aseguran los expertos, es recomendable incluso que se sienten con sus hijos, quienes también están empezando su proceso de inmersión en un idioma, para que juntos puedan intercambiar inquietudes y logren avanzar juntos.

“Un padre no debe preocuparse si su hijo aprende más rápido que él o habla mejor inglés que él. Lo importante es ese proceso de sentarse juntos y compartir un espacio que les permita interactuar como familia y construir conocimiento juntos”, asegura Day Weber.

Fuente: abcdelbebe.com

Bajo rendimiento escolar: ¿cuándo acudir al médico

Durante la época escolar, suele suceder que los padres de familia concentran su atención en el buen desempeño académico de sus hijos. ¿Quién no se siente orgulloso cuando sus pequeños obtienen altas calificaciones? Sin embargo, cuando esto no ocurre se piensa que ello se debe al poco esfuerzo y dedicación que ha puesto el niño en sus asuntos escolares y se olvida que, muchas veces, puede ser resultado de trastornos específicos del aprendizaje como las dificultades para escribir y leer, los conflictos emocionales, las perturbaciones del sueño o el déficit de atención e hiperactividad, además de causas más frecuentes como los malos hábitos de estudio.

De hecho, cuando los niños alcanzan la edad escolar, se espera que tengan un proceso de aprendizaje acorde con su edad y en los mismos tiempos que sus compañeros. No obstante, aunque los signos de alarma son fácilmente reconocibles, los padres suelen ‘normalizarlos’ o ignorarlos, por lo que generalmente los profesores son quienes detectan los cambios en los estudiantes y alertan a las familias. Así que hacer esta identificación de manera temprana permite iniciar tratamientos que evitan la frustración, mejoran la autoestima y mantienen un desarrollo adecuado de tus hijos.

¿Cómo reconocer un problema de aprendizaje?

Los signos de alarma para los problemas de aprendizaje están asociados, fundamentalmente, a cambios evidentes en los niños, la mayoría de las veces relacionadas con el bajo rendimiento escolar –permanente o en disminución– y los problemas de comportamiento, reflejados en falta de motivación, desorganización, trastornos de sueño (ronquidos, miedo) y desinterés de los niños por las actividades que les apasionan y desgano a la hora de estudiar.

¿Cuál es el tratamiento para los problemas de aprendizaje?

Aunque los problemas de aprendizaje pueden llegar a ser graves, detectarlos a tiempo es fundamental para su tratamiento. De acuerdo con el Dr. Juan Esteban Cote, neurólogo pediatra de Clínica La Colina, “el primer paso es implementar las buenas pautas de crianza y los hábitos de vida saludables. Podría incluir también orientación psicológica y, en algunos casos, terapias para tratar problemas como la dislexia, discalculia y disgrafía, entre otros trastornos del aprendizaje”.

Claves para evitar y mitigar los problemas de aprendizaje

Buenas pautas de crianza y hábitos saludables: implica tener un sistema adecuado de reconocimientos (premio / castigo), figuras de autoridad claras para los niños, cumplir tareas en la casa y tener horarios establecidos para el sueño, el estudio, el descanso y el juego. Así mismo, limitar el acceso a la tecnología sin restringirlo completamente, de manera tal que se permita a los niños explorar y desarrollar su capacidad narrativa, para activar su creatividad pero sin incurrir en excesos.

Alimentación: es fundamental que tu hijo tenga una dieta balanceada en frutas y verduras, así como horarios de alimentación consistentes. Recuerda que su cerebro necesita proteínas y fuentes de energía para su desarrollo y funcionamiento.
Hacer ejercicio: en el ejercicio se liberan sustancias que mejoran la concentración, disminuyen la ansiedad y aumentan la motivación de los niños, además de promover un aprendizaje más rápido y mejorar la calidad del sueño.

Terapias: para los trastornos específicos (dislexia, discalculia y disgrafía) se recomiendan terapias dirigidas en el colegio o por profesionales, para desarrollar las habilidades específicas en los niños, evitar la frustración y los estereotipos.

Medicación: en casos más concretos con trastornos de conducta o déficit de atención e hiperactividad disruptivos, los niños podrían ser tratados con medicamentos recetados por especialistas, que surgen efectos muy rápidamente y que no generan adicción.

Finalmente, es recomendable hacer una elección adecuada del colegio de los niños, teniendo en cuenta sus necesidades. “Cada niño es diferente y muchas veces los colegios adecuados son los que permiten a los menores desarrollar sus múltiples inteligencias, en grupos de no más de 15 niños y con educación personalizada” concluye el Dr. Cote.

Fuente: abcdelbebe.com

 

Las familias que juegan juntas son más felices

Podríamos decir que jugar en familia es beneficioso para la salud. Ahora un estudio además lo confirma. No solo mejora el vínculo familiar, sino que además es bueno para la felicidad de cada uno de sus miembros.

Descubre por qué las familias que juegan juntas son más felices y presentan índices más bajos de estrés.

Un estudio revela que las familias que juegan juntas son más felices

Nos gustaría pasar mucho tiempo de calidad junto a los hijos, pero el trabajo, las tareas domésticas, o los smartphones al final terminan distrayendo y agotando a los padres. El resultado es la falta de tiempo para estar y jugar con los hijos. De hecho, un 38% de los padres reconoce no tener tiempo para jugar con sus hijos.

Sin embargo, deberíamos intentar revertir esto de alguna forma, ya que se ha demostrado que jugar en familia tiene grandes beneficios para todos. Un estudio realizado por Lego, ha sacado a la luz datos muy interesantes y reveladores:

1. Jugar en familia hace que las felices sean más felices. El estudio se ha realizado mediante una encuesta a más de 10.000 padres, madres y niños de todo el mundo. El informe detecta un fuerte vínculo entre las horas que pasan jugando juntos padres e hijos y la felicidad declarada de las familias. De hecho, nueve de cada diez familias que juegan durante cinco horas o más aseguran ser felices, mientras que entre aquellos que juegan durante menos de cinco horas, este porcentaje desciende al 75%.

2. Jugar en familia disminuye el estrés de todos sus miembros. Jugar juntos hace que padres e hijos se sientan más relajados y mejoren el vínculo y conexión entre ellos.

De entre todos los juegos que se pueden compartir en familia, los de aprendizaje lúdico son los más beneficiosos, aunque tampoco hay que olvidar los juegos relacionados con las nuevas tecnologías. Por increíble que te parezca, muy lejos de ‘ensuciar’ la relación familiar, este tipo de juegos puede unir a la familia, a pesar del miedo que reconocen tener los padres, a que este tipo de juegos empeoren las relaciones sociales de sus hijos.

El gran problema sigue siendo el tiempo. La inmensa mayoría de los padres encuestados reconocen no pasar el suficiente tiempo jugando con sus hijos, por culpa del trabajo, de las tareas domésticas… o del tiempo que pasan conectados al móvil. De hecho, tres de cada diez padres asegura pasar menos de cinco horas a la semana jugando con los hijos. Cuando se pregunta lo mismo a los hijos, confirman que les encantaría que sus padres jugaran más con ellos.

La responsable de este estudio (Jessica Joelle Alexander) nos deja unas frases muy interesantes que nos hacen reflexionar sobre la importancia del juego con los hijos: “Jugar juntos es una piedra angular fundamental en la vida familiar tanto para niños como para padres. Pero con los estilos de vida modernos más ocupados que nunca y con tanto énfasis en la educación formal y las actividades programadas, puede ser fácil olvidarse de hacer tiempo para ello. Dados los efectos positivos que tienen en nuestros niveles de bienestar y felicidad, el juego familiar debería ser la “tarea” más importante de todas”.

Preocupaciones de los padres respecto al juego de sus hijos

A la hora de incentivar a los niños hacia uno u otro juego, los padres tienen en cuenta sobre todo los siguientes factores:

– La seguridad del juguete o del juego.

Que sea un juego didáctico. Los padres prefieren juegos educativos, ya que confían en que les ayudará a tener más éxito en su aprendizaje escolar y personal.

– Si es un juego digital, que no entorpezca las habilidades de sociabilidad de los niños y que sí les ayude a ser más creativos. Pero en este punto, los datos son positivos, ya que el estudio ha demostrado que más de un 80% de niños prefiere jugar con sus pares que solo, y un 72% prefiere juegan con amigos que hacerlo de forma online.

Fuente: guiainfantil.com