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Familias resilientes: cuando los vínculos fuertes nos permiten crecer

La resiliencia en las familias conforma un tejido capaz de crear vínculos fuertes con los que afrontar cualquier adversidad. Es clave por tanto, sembrar esas semillas de fortaleza incombustible en días de sol para que nos ayuden en momentos de tormenta.

Las familias resilientes se caracterizan por haber hecho frente a más de una dificultad. En ese proceso, han fortalecido sus alianzas, han aprendido recursos y acumulado reservas para encarar la vida no solo con mayor entereza, sino también con más amor, humildad y esperanza. No siempre es fácil mantenerse unidos ante determinados desafíos del destino, pero hay quien lo logra junto a los suyos de manera efectiva.

Puede que el término ‘familias resilientes’ nos llame la atención; sin embargo, no estamos ante un concepto nuevo o ante un enfoque innovador sobre la resiliencia. Ahora sabemos que el desarrollo de esta competencia viene dado en muchos casos por nuestro entorno familiar. Ese escenario primario en el que crecemos es clave a menudo para edificar las raíces de la resiliencia.

Por otro lado, hay un aspecto relevante que señalan los expertos en esta materia como los doctores Roland Atkinson, Allan Martin y CR. Rankin, (2009). Sería muy beneficioso entrenar a las familias en los componentes que erigen esta dimensión. La resiliencia debe sembrarse en días de sol con el fin de que crezca lo suficiente para ayudarnos en días de tormenta. No hay que esperar por tanto a la adversidad para cultivar esta herramienta tan necesaria para nuestro bienestar psicológico.

“Cuando todo parezca ir contra ti, recuerda que el avión despega contra el viento, no a favor de él”.

-Henry Ford-

Mano sujetando unas figuras con forma de familias resilientes

Familias resilientes, ¿cómo son?

Salvador Minuchin, psiquiatra, pediatra y reconocido experto en terapia familiar, concibió la familia desde un perspectiva sistémica, ahí donde todos sus integrantes se relacionan y se influyen de manera determinante entre sí. De este modo, la habilidad para afrontar realidades tan concretas, como problemas económicos o de salud, dependerá mucho de la personalidad y los recursos de sus integrantes y del modo que interaccionen entre ellos.

Hay familias, por ejemplo, incapaces de dar un soporte efectivo a los suyos. Son esos microcosmos sociales donde no hay sinergias ni sintonías, donde no existe una unidad familiar firme y fallan las alianzas cuando las cosas van mal. A todos nos pueden sonar este tipo de realidades y conocemos sin duda las consecuencias.

Así, expertos en el tema como la doctora Fiona Walsh, de la Universidad de Boston, nos explica en un estudio que una de las claves para garantizar el bienestar psicológico del ser humano estaría sin duda en poder enseñar y facilitar a los padres y a las madres, esos pilares que construyen a las familias resilientes. Conozcamos esos componentes a continuación.

Apego y apoyo

Todo vínculo satisfactorio exige sentir la impronta del afecto, de la seguridad, del amor saludable que respeta sin hostigar, que apoya sin condiciones o chantajes. De este modo, el primer pilar de las familias resilientes es sin duda el del apego y el apoyo, ahí donde todos los miembros se confieran ese lazo cálido pero fuerte que no permitirá caer a nadie. No importa lo que pase, ese núcleo familiar siempre permanecerá unido, apoyando y nutriendo emocionalmente.

Valores familiares

‘En esta familia creemos en el amor y el respeto. No toleramos las mentiras, no aceptamos las palabras que duelen y las conductas que desprecian. En este hogar defendemos los abrazos y las palabras bonitas. Respetamos las opiniones, aunque no coincidan con las nuestras. Valoramos también el pasar tiempo juntos, hablarnos con sinceridad, pedir ayuda cuando se solicite y apoyar siempre y en cualquier circunstancia… ‘. Estas ideas, son simples ejemplos de esos valores que deben constituir la base de toda familia resiliente.

Familias resilientes

Cohesión y flexibilidad

Una premisa esencial de las familias resilientes es que el todo es mayor que la suma de sus partes¿Qué significa esto? Básicamente que en la unidad familiar no destaca solo ese padre o esa madre que ostenta todo el poder y la autoridad. Una familia es una alianza basada en la interdependencia, el respeto y la unidad, ahí donde todos son igual de valiosos.

A su vez, y no menos importante, tenemos el principio de la flexibilidad. En las familias felices no existen los patrones rígidos, no hay moldes en los que todos deban entrar para satisfacer ese ideal del padre o esos deseos de la madre. Cada miembro tiene derecho a crecer, a elegir, a construirse a sí mismo. Porque flexibilidad es sinónimo de respeto y libertad.

Comunicación en las familias resilientes

La comunicación es esa herramienta indispensable que bombea todo vínculo, que hace posible cualquier alianza y la superación de todo problema.Una familia que facilita espacios para la comunicación, la escucha empática, la asertividad y la comprensión, puede encarar unida casi cualquier circunstancia. Pocas dimensiones son tan básicas en nuestro tejido social que saber comunicar y permitir comunicar al otro con apertura y apreciación.

Tiempo compartido y rituales familiares

Otro de los nutrientes indispensables en las familias resilientes es el compartir tiempo juntos. Bien es cierto que no siempre es posible hacerlo tanto como nos gustaría, pero es esencial que cada instante compartido sea de calidad; de ahí la importancia de los rituales. Con este último término nos referimos a esos momentos que repetimos cada día y con los cuales, alimentamos nuestras alianzas y afectos.

Así, y como ejemplo, compartir con los niños esos ratos junto a su cama donde leerles un libro o simplemente hablar para preguntarles por su día, es un ritual que fortalece la relación, que mejora la confianza y esos lazos que perduran siempre.

Padre e hijo chocando una mano

Para concluir, la resiliencia en la familia se conforma mediante esas dimensiones donde discurre el amor, el respeto y el compromiso por promover y garantizar el cuidado de todos los miembros. Recordemos, el todo siempre es mayor que la suma de las partes y esto debe definir siempre a toda unidad familiar. Tengámoslo presente.

Fuente: lamenteesmaravillosa.com

Cómo enseñar a los niños a ser agradecidos

 

Enseñar a los niños a ser agradecidos es una tarea de fuego lento. Se trata de acompañar a su desarrollo biológico para que disfruten de esta maravillosa virtud.

Enseñar a los niños a ser agradecidos va más allá de acostumbrarles a responder con un «gracias»; infundirles un sentido de gratitud es algo completamente diferente. La gratitud va más allá de los buenos modales: es una mentalidad, un rasgo y un estilo de vida.

La gratitud es, pues, un valor que todo niño debería desarrollar para ser capaz de reconocer lo que los demás hacen por ellos. Ser agradecido es una característica personal importante con otras inclinaciones, como pueden ser la generosidad y bondad. Un niño agradecido es menos egoísta, una actitud que a la larga le hará más feliz y le situará en una mejor posición en el intercambio social.

«La gratitud convierte lo que tenemos en suficiente. Es la señal de las almas nobles«.

-Esopo-

Niño con el corazón en la mano.

Claves para enseñar a los niños a ser agradecidos

Cientos de estudios coinciden en que, entre otros beneficios, practicar la gratitud:

  • Predispone a las emociones positivas.
  • Reduce el riesgo de depresión.
  • Aumenta la satisfacción de las relaciones.
  • Incrementa la capacidad de recuperación frente a eventos estresantes de la vida.

No cabe duda de que enseñar a los niños a practicar la gratitud es un gran regalo para ellos y también para las personas de su alrededor. A continuación presentamos algunas estrategias para enseñar a los niños a ser agradecidos.

1. Dar ejemplo

Los padres y otros adultos de referencia son el primer modelo de conductapara los niños. Si los niños ven a sus padres comportarse de manera generosa y disfrutar y valorar las cosas buenas que les ocurren, por pequeñas que sean aquellos, querrán seguir el ejemplo de sus progenitores.

Si, por el contrario, los niños ven que sus padres y otros adultos protestan constantemente por todo, se comportan de manera grosera y arisca y nunca están satisfechos con nada, será muy difícil que entiendan qué significa ser y sentirse agradecido.

2. Ayudarles a entender que los demás también tienen necesidades

Es normal que los niños pequeños sean egoístas y egocéntricos, y es difícil explicarles que el mundo es grande y no gira para satisfacer sus deseos. Biológicamente, la posibilidad de salir de lo que se reduce a ellos la irán ganando con el tiempo; ahora bien, nosotros también podemos ayudar desde el entorno.

Tenemos que ayudarles a que vean que todos tenemos unos deseos y que en muchas ocasiones estos son de alguna manera contrarios o poco compatibles. Así, no poder satisfacerlos puede generar mucha frustración, desplazando nuestra atención de lo que sí tenemos y haciendo un mundo de lo que nos falta.

3. Enseñarles a compartir

Un niño que aprende a compartir, aprende en el mismo camino a valorar lo que tiene, tanto en objetos y comodidades como en personas con las que puede contar. Compartir implica aprender a ser considerado con los demás y ampliar los horizontes del mundo.

4. Subrayar la importancia de decir “gracias”

En la misión de enseñar a los niños a ser agradecidos, queremos destacar una idea: dar las gracias no debe ser solo algo mecánico que los niños tengan que aprender a decir cuando reciben algo; aunque al principio para ellos sea solo una palabra, han de ir aprendiendo a la vez su verdadero significado. La costumbre de decir gracias, poco a poco, irá ayudándoles a plantearse por qué realmente se sienten agradecidos.

5. Agradecer a los niños cuando hagan algo bueno

Cuando los niños hagan algo bueno hay que darles las gracias; mostrarles gratitud, del mismo modo que de ellos se espera que se muestren gratos hacia los demás. Es parte del ejemplo que hay que esforzarse por darles.

De esta manera, los niños descubrirán que son importantes y que hay cosas sencillas que agradan a los demás y que los hacen felices. A la vez, también querrán descubrir cuáles son esas cosas en los demás.

6. Hablar sobre las cosas por las que se está agradecido

Es bueno pedir al niño que exprese por qué se siente agradecido, sin reprobarle o regañarle porque no valore algo. De esta manera, se puede conocer mejor al niño para descubrir así los puntos de su forma de ser que hay que reforzar para que consolide la gratitud.

Los adultos también deben explicarle a los niños las cosas por las que se sienten agradecidos. De esta forma, estos pueden ampliar su visión del mundo y entablar un diálogo que les ayude a valorar las cosas buenas que pasan en su vida.

Padre hablando con su hija

La importancia de ser agradecido

Como hemos visto, enseñar a los niños a ser agradecidos tiene muchas ventajas. El problema es que la gratitud no siempre surge de manera natural.

Los aspectos negativos en nuestras vidas, como las decepciones, los resentimientos y los miedos a veces ocupan más nuestra atención que los aspectos positivos, llevándonos a la no aceptación de la gratitud como rasgo propio de la personalidad. Pero Robert Emmons, un destacado experto académico en gratitud, argumenta que desarrollar intencionalmente una perspectiva agradecida nos ayuda a mejorar nuestro nivel de satisfacción vital.

En el camino de enseñar a los niños a ser agradecidos, a esto seguirá reparar en que muchas de estas cosas buenas son «regalos» que hemos tenido la fortuna de recibir. Al hacer de la gratitud un hábito, podemos lograr cambiar el tono emocional de nuestras vidas y crear más espacio para la alegría y la conexión con los demás.

Fuente: lamenteesmaravillosa.com

Cómo evitar las malas influencias en tu hijo

Una de las mayores preocupaciones de los padres son las amistades que puedan tener sus hijos y cómo pueden influir en su conducta, pensamiento y desarrollo.

A menudo los niños se dejan influenciar fácilmente por sus amigos y esto puede provocar que actúen de una forma que en realidad no desean. ¿Cómo pueden los padres controlar “las malas influencias”?

Uno de los aspectos que más repercuten en que los niños sean fácilmente influenciables o no es la educación familiar. La familia es determinante para que los pequeños no se dejen llevar por compañeros hacia actitudes o conductas no deseadas. En este sentido, los padres deben hacer todo lo posible para educar a sus hijos de manera que no se dejen influenciar fácilmente por nadie.

En esta línea, es importante que los niños entiendan qué es una mala influencia porque así sabrán reconocerla y no se dejarán llevar tan fácilmente. Si los pequeños disponen de la atención necesaria en casa, si se organizan planes familiares a menudo y los padres pasan tiempo con sus hijos, es muy posible que estos no busquen atención y refugio en pandillas o amistades conflictivas.

De la misma manera, si los padres desarrollan una relación abierta y de confianza con los hijos, estos acudirán a ellos si tienen algún problema.

¿Qué podemos hacer para ayudar a alejar a nuestros hijos de las malas influencias?

  1. Motivar al niño para que dedique más tiempo a las amistades positivas y se relacione con gente variada. También animarlo a practicar actividades que fomenten valores positivos y donde conozca a nuevos amigos, como por ejemplo, el deporte.
  2. Fomentar la responsabilidad de nuestro hijo. Los niños y los jóvenes que son responsables no suelen dejarse influir tan fácilmente por otras personas, ya que no suelen buscar la aprobación de los demás y valoran mucho más las consecuencias de sus acciones.
  3. Conocer a sus amigos, e incluso qué lugares frecuenta a menudo sin controlar excesivamente donde se encuentra en cada momento.
  4. No criticar nunca las compañías de nuestro hijo, ya que éste puede ponerse a la defensiva y reaccionar de manera opuesta. Es mejor criticar acciones y comportamientos concretos que hayan tenido estos amigos, pero sin atacarles directamente.
  5. Fomentar y desarrollar en nuestro hijo una imagen positiva de sí mismo y promover su autonomía.

Precisamente, este último punto es fundamental para que nuestros hijos no se dejen llevar por compañías negativas y, por ello, hay que fomentar estas cualidades. Si un niño tiene una fuerte autoestima, independencia y confianza en sí mismo no buscará la aprobación de otros y, por lo tanto, no se dejará influir por malas compañías.

¿Cómo podemos detectar si nuestro hijo se está dejando llevar por malas influencias?

Hay diversos signos que pueden indicar que esto está sucediendo y que los padres deben tener en cuenta. Por ejemplo, debemos preocuparnos si observamos que nuestro hijo hace alguna cosa sin sentido sólo para que su grupo de amigos lo acepte o cuando desobedece órdenes por la misma razón.

Otras señales como robar, mostrar algún síntoma de consumir drogas o alcohol, o pedir de manera excesiva cosas materiales que tienen sus amigos, pueden ser señales de que su hijo se está dejando influir por sus compañeros.

Fuente: Center for the Education and Study of Diverse Populations

El papá que cuida al bebé no «ayuda», ejerce la paternidad

El padre que atiende el llanto del bebé, que lo mece, que le cambia los pañales y le enseña las primeras palabras, no está «ayudando» a la mamá, está ejerciendo el papel más maravilloso y responsable de su vida: el de la paternidad. Son sin duda matices de un lenguaje a modo de trampas disimuladas en las que caemos muy a menudo y que es necesario trasformar.

A día de hoy, y para nuestra sorpresa, seguimos escuchando a muchas personas poner en voz alta la clásica frase de «mi pareja me ayuda en el trabajo del hogar» o «yo ayudo a mi mujer en el cuidado de los niños»Es como si las tareas y responsabilidades de una casa y de una familia tuvieran patrimonio, un sello distintivo asociado al género y del cual aún no nos hemos desprendido del todo en nuestros esquemas de pensamiento.

«Padre no es el que da la vida, padre es el que nos educa con amor»

-Anónimo-

La figura del padre es igual de relevante que la de una madre. Queda claro, no obstante, que el primer vínculo de apego del recién nacido durante los primeros meses se centra en la figura materna. Sin embargo, en la actualidad, la clásica imagen del progenitor donde se focalizaba la férrea autoridad y el sustento básico del hogar ya no se sostiene y debe ser invalidada.

Debemos dar fin al caduco esquema patriarcal donde las tareas se sexualizan en rosa y azul, con el fin de propiciar cambios reales en nuestra sociedad. Para ello, debemos sembrar el cambio en el ámbito privado de nuestros hogares y, ante todo, en nuestro lenguaje.

Porque el papá «no ayuda», no es alguien que pasa por casa y aligera el trabajo de su pareja de vez en cuando. Un padre es alguien que sabe estar presente, que ama, que cuida y se responsabiliza de aquello que da sentido a su vida: su familia.

padre e hijo

El cerebro de los hombres durante la crianza

Algo que todos sabemos es que el cerebro de las mamás experimentan asombrosos cambios durante la crianza de un bebé. El propio embarazo, la lactancia así como el cuidado cotidiano del niño favorecen una reestructuración cerebral con fines adaptativos. Es algo asombroso. No solo se incrementa la oxitocina, sino que la sinapsis neuronal cambia para aumentar la sensibilidad y la percepción con el fin de que la mujer pueda reconocer el estado emocional de su bebé.

Ahora bien… ¿y qué ocurre con el padre? ¿Es quizá un mero espectador biológicamente inmune a dicho acontecimiento? En absoluto, es más, el cerebro de los hombres también cambia, y lo hace de un modo sencillamente espectacular.

Según un estudio llevado a cabo en el» Centro de Ciencias del Cerebro Gonda de la Universidad de Bar-Ilan», si un hombre ejerce un papel primario en el cuidado de su bebé experimenta el mismo cambio neuronal que una mujer.

A través de diversos escáneres cerebrales, efectuados tanto en padres heterosexuales como en homosexuales, pudo verse que la actividad de sus amígdalas era 5 veces más intensa de lo normal. Esta estructura se relaciona con la advertencia del peligro y una mayor sensibilidad al mundo emocional de los bebés.

paternidad

Asimismo, y este dato puede sorprender a más de uno/a, el nivel de oxitocinasegredado por un padre que ejerce el rol de cuidador primario es igual al de una mujer que cumple también su papel como madre. Todo ello nos revela algo que ya sabíamos: un padre puede relacionarse con sus hijos al mismo nivel emocional que la madre.

La paternidad y la maternidad responsable

Hay padres que no saben estar presentes. Hay madres tóxicas, padres maravillosos que crían a sus hijos en soledad y mamás extraordinarias que dejan huellas imborrables en el corazón de sus niños. Criar a un hijo es todo un desafío para el que algunos/as no están preparados y que muchos otros afrontan como el reto más enriquecedor de sus vidas.

“Hombres y mujeres deben sentirse libres de ser fuertes. Es hora de que veamos a los géneros como un conjunto, no como un juego de polos opuestos. Debemos parar de desafiarnos los unos a los otros”
-Discurso de Emma Watson en la ONU-

Con ello queremos dejar claro un aspecto: la buena paternidad y la buena maternidad no sabe de sexos, sino de personas. Aún más, cada pareja es muy consciente de sus propias necesidades y llevará a cabo las tareas de crianza y atención en base a sus características. Es decir, son sus propios miembros quienes establecen el reparto y las responsabilidades del hogar en base a la disponibilidad.

paternidad

El llegar a acuerdos, el ser cómplices uno del otro y el tener claro que el cuidado de los hijos es responsabilidad mutua y no exclusividad de uno solo creará esa armonía favorecedora en la que el niño crecerá en felicidadteniendo ante todo un buen ejemplo de qué es la paternidad.

Asimismo, y más allá de los grandes esfuerzos que cada familia lleva a cabo en el seno de su propio hogar, es necesario que también la sociedad sea sensible a ese tipo de lenguaje que alimenta las etiquetas sexistas y los estereotipos.

Madres y padres con ocupaciones

Las mamás que continúan con su carrera profesional y que luchan por tener una posición en la sociedad, no son «malas madres» ni descuidan a sus hijos. Por su parte, los papás que dan el biberón, que buscan remedios para los cólicos de sus bebés, que van a comprar pañales o bañan cada noche a los niños no están ayudando: ejercen su paternidad.

Los medios de comunicación y las redes sociales pueden llegar a ser un gran reflejo del pensamiento machista que todavía subyace en muchas personas. Esto se observa cuando una famosa que acaba de ser madre sigue con su carrera laboral, en ocasiones es criticada por no estar con su bebé. Sin embargo, cuando el famoso es hombre y sigue con su trabajo, nadie dice nada.

«Un padre no es el que da la vida, eso sería demasiado fácil, un padre es el que da el amor». 

-Denis Lord-

Tenemos asociado que la madre debe estar sí o sí al cuidado del bebé, mientras que el padre puede estar ausente por motivos laborales. Sin embargo, a lo largo del artículo, se ha puesto en evidencia que este argumento se cae sobre su propio peso. Madres y padres con ocupaciones hay muchos, por ello es importante saber repartirse el tiempo para estar a cargo del hijo.

Así pues, es hora de dejar de aplaudir a los hombres que cambian pañales y a los hombres que ejercen la paternidad como si fuera una gran hazaña. Porque lo que ahora es visto con admiración en los hombres, lo lleva haciendo la mujer muchos años. Aunque sí es verdad, que cuidar a un bebé con toda la responsabilidad que conlleva es una gran hazaña, por lo que admiremos tanto a las madres como a los padres.

Fuente:lamenteesamaravillosa.com

Cómo educar a un niño para que sea autónomo

 

Educar a un niño para que sea autónomo es un reto complejo. Es un ser vulnerable al que debemos proteger, pero también es un ser en crecimiento al que tenemos que ir dándole espacio para que vaya conquistando logros por sí mismo.

Uno de los principales objetivos de la mayoría de los padres es educar niños autónomos, es decir, educar a sus hijos de manera que sean independientes y se valgan por sí mismos. Ahora bien, educar a un niño para que sea autónomo no es una tarea sencilla.

En general, todos queremos que nuestros hijos sean capaces de desenvolverse por sí mismos. Sin embargo, por mucho que sea un objetivo, educar a un niño para que sea autónomo se convierte en una tarea frustrada por cometer errores frecuentes en el camino.

Aún así, hablamos de un hito factible cuando aplicamos un poco de conocimiento, inteligencia, esfuerzo y voluntad. Para ello, en este artículo encontrarás varias claves sobre cómo educar a un niño para que sea autónomo. Eso sí, antes haremos un ejercicio de precisión y distinguiremos a un pequeño que va camino de la autonomía de uno que no.

Niño comiendo una manzana

Niños autónomos vs. dependientes

Niños dependientes

Los niños que no han sido criados para desenvolverse bien por sí mismos reúnen casi siempre una serie de características comunes; la más frecuente es que necesitan de la aprobación de los otros para sentirse bien consigo mismos.

Por ello, la autoestima de estos niños no es suficientemente sólida, sino que al depender de la opinión de los demás tiende a ser inestable.

Por otra parte, estos niños necesitan también a otras personas para que les indiquen:

  • Qué metas proponerse.
  • Cómo ser felices.
  • De qué manera deben comportarse.

Por lo tanto, estos niños suelen encontrarse emocionalmente frustrados, y confían más en el resto de las personas que en sí mismos.

La principal manera en la que los padres pueden educar a sus hijos para ser dependientes es mediante el sobreempleo de las emociones negativas. Esto puede ocurrir, por ejemplo, si se le enseña al pequeño que sus deseos no son importantes, o si se le transmite constantemente que es menos válido que el resto de niños.

Niños autónomos

Por otro lado, los niños autónomos cuentan por lo general con las herramientas necesarias para salir adelante y avanzar en su día a día.

Una de las cosas que más les diferencian de los anteriores niños es que creen que son competentes y capaces de cuidar de sí mismos. Por lo tanto, son capaces de correr riesgos y de aprender de sus errores cuando se equivocan o fallan.

Por otro lado, al crecer, estos individuos suelen mostrar mayores tasas de motivación intrínseca. Es decir, que son ellos mismos los que deciden qué quieren lograr y el por qué. Esto les ayuda a lograr sus objetivos de manera más fácil, además de que por lo general les hace más felices a largo plazo.

Parece claro que educar niños autónomos es algo deseable en todos los casos. Pero, ¿qué debemos hacer para lograrlo? A continuación encontrarás las claves más efectivas para que tu hijo crezca confiando en sí mismo y con la capacidad de desenvolverse en la vida.

Claves para educar a un niño para que sea autónomo

Educar a un niño para que sea autónomo es un arte que requiere de mucha paciencia y esfuerzo. Sin embargo, como ya has visto, las recompensas por conseguirlo son muchas y variadas. Si quieres conseguir que tu hijo crezca feliz y con una buena autoestima, trata de aplicar en la medida de lo posible los siguientes consejos:

Promueve el esfuerzo

Uno de los rasgos más importantes de las personas autónomas es que son capaces de luchar para conseguir lo que quieren. En general, alcanzar nuestras metas no es algo sencillo; por eso, debes inculcar en tus hijos la responsabilidad de esforzarse para lograrlas.

En función de la edad del niño, esto puede realizarse de muchas maneras: recuérdale la importancia del esfuerzo, anímale a buscar tareas que sean capaces de devolverle un refuerzo por el hecho de desempeñarlas, favorece su entrada en el mundo laboral como una manera de ganar autonómica económica -de tal manera que gane cierta independencia-, recuérdale que en muchos casos el error solo es el paso que precede al éxito, que las derrotas son una oportunidad para la reflexión. En general, anímale a emprender aquellos proyectos que piense que mejorarían su estado.

Ofrécele amor incondicional

Otro componente importantísimo es que tu hijo debe sentirse apoyado por ti en todo momento. Esto no significa que no puedas castigarle, regañarle o enfadarte con él; aun cuando hagas alguna de esas cosas, el mensaje de fondo tiene que ser el de que le quieres igualmente y que estás ahí de forma incondicional para ayudarle.

Probablemente, lo más difícil a la hora de educar niños autónomos sea conseguir un equilibrio entre este amor incondicional y la promoción del esfuerzo que deben realizar. Sin embargo, si lo consigues, es casi seguro que tu hijo se irá acercando, poco a poco, a la autonomía.

Madre dando un beso a su hijo

Los miedos son señales que anuncian batallas

Por último, en nuestro propósito de educar a un niño para que sea autónomo, tenemos que ayudarle también a conseguir la independencia emocional. Por otro lado, si hay algún color en la paleta de emociones que sea intenso, quizás sea el miedo. Si existe una sensación que nos puede hacer dependientes es el temor. Por eso tenemos que ayudarles a gestionarla, enseñarles el camino. Una senda que pasa por la gestión de la incertidumbre o el cálculo ajustado de riesgos.

Todas estas claves te ayudarán a educar a tus hijos de forma que se conviertan en adultos funcionales y felices. Aún así, si tienes dudas sobre cómo lograrlo, hoy en día es muy sencillo encontrar recursos que no echen una mano. Este es, solo y tanto, un buen punto de partida.

Estas son las tareas que ya debería hacer tu hijo a su edad

Ya sea por las prisas o por comodidad, muchos padres acostumbran a no dejar que sus hijos realicen ciertas tareas para las que están perfectamente capacitados. Atarse los cordones, llevar su plato al fregadero, hacerse la cama, recoger los juguetes de la habitación, vestirse… Asumen que sus hijos tardarán más en llevar a cabo estas labores sin pensar que el verdadero efecto sobre ellos es que impiden que se desarrollen conforme a su propia evolución y sean incapaces de aprender lo que significa ser responsables.

No obstante, hay familias en las que se llega a cuestionar a qué edad deben asumir los pequeños ciertos hábitos. En un intento de ayudarles a salir de dudas, Montse Julia, coordinadora del equipo directivo y coordinadora pedagógica de Infantil y Primaria del Colegio Montessori Palau, ha elaborado para ABC un esquema de las principales tareas para las que están preparados según su edad.

Antes de caminar:

Orientaciones generales:

Mostrar al niño todo lo que se hace

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Explicar al niño lo que va sucediendo.

Hacerle participar de las tareas relacionadas con el cuidado de la persona.

Experiencia en el suelo práctica de movimiento.

– En casa

Observar y escuchar como se preparan sus comidas y los ingredientes.

– Participación en sociedad:

Hacer participar al niño de lo que hacemos fuera de casa, si es adecuado a su edad.

Desde que camina hasta los 2 años y medio:

Orientaciones generales:

El niño puede participar en muchas actividades y practicarlas: Lo mostramos y lo hacemos, lo hacemos juntos y el niño terminará haciéndolo solo.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Ir a buscar pañales y toallitas.

Ducharse (básico).

Escoger la ropa (entre dos o tres alternativas).

Vestirse y desvestirse (a excepción de algunas piezas).

Lavarse la cara y manos.

Cepillarse los dientes.

Comer solo.

Olvidarse de los biberones.

Controlar los esfínteres.

Recoger los juguetes, libros y guardarlos

Prepara las cosas para ir al colegio

– En casa:

Recoger ropa sucia y llevarla a lavar.

Hacer la cama (si es baja).

Poner la mesa.

Practicar barrer, fregar y aspiradora.

Separar residuos de basura.

Doblar trapos.

Limpiar el polvo.

– En la cocina:

Pelar y cortar un plátano con un cuchillo.

Desgranar guisantes, habas…Pelar huevos durso.

Hacer zumo de naranja.

– Participación en sociedad:

Entrenarse a parar en la acera.

Escuchar la dirección de su casa con frecuencia.

De 2 y medio a 5 años:

Orientaciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía. Facilitar y dar oportunidades para que experimente la espere, guarde silencio.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Abrillantar zapatos.

Ducharse bien.

Participar al hacer una maleta.

– En casa:

Barrer y fregar.

Aspirar

Limpiar el polvo a fondo.

Lavar platos, vasos y cubiertos a mano.

Limpiar sanitarios.

Arrancar las malas hierbas y recoger hojas secas.

Cargar y vaciar el lavavajillas.

Regar plantas.

Preparar jarrones de flores (más sofisticado).

– En la cocina:

Preparar ensalada.

Preparar desayuno y merienda.

Pelar zanahorias (rascándolas).

Cortar lechuga.

Preparar bocadillos.

Seis años:

Orientaciones:

Ir ampliando el campo de autonomía. Obedecer y aumentar la libertad. Facilitar y dar oportunidades para que experimente la espera, guarde silencio.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Peinarse (sencillo).

Diferenciar ropa de verano de la de invierno.

Conocer el día de la semana en el que se está y los horarios propios.

Conocer los cumpleaños de los miembros más allegados a la familia.

Contestar el teléfono y coger los recados y darlos correctamente

Practicar actividades físicas sin especialización como actividad de desarrollo saludable y de diversión.

Hacerse la maleta de viaje con supervisión.

Tomar conciencia de aspectos básicos relacionados con la sexualidad de acuerdo con los valores familiares.

– En casa:

Poner el lavavajillas.

Separar la ropa por grupos de lavado.

Quitar malas hierbas.

Guardar la compra.

Saber cerrar la casa.

Saber ser anfitrión en las fiestas con invitados.

Alimentar a las mascotas.

– Participación en sociedad:

Saber cómo actuar en caso de perderse (policía, tienda…).

Conocer las normas de civismo.

Dar la visión de la familia ante la muerte de personas, mascotas…

Siete años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía facilitando que experimente pequeñas consecuencias de sus actos y frustraciones.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Apreciar la propia higiene.

Conocer los teléfonos de urgencias (ambulancias, bomberos…)

Medicaciones (en caso de haberlas) saber para qué sirven y las precauciones.

– En casa:

Poner lavadoras.

Tender, doblar y colgar ropa limpia.

Hacer la compra.

Conocer los peligros de la casa (gas, electricidad, productos tóxicos, conocer precauciones).

Saber dónde se guardan las cosas.

Pasear a las mascotas.

Cocinar huevos revueltos, duros, tortilla, francesa y carne a la plancha.

Cocinar pasta, arroz y verdura hervidos.

Conocer los alimentos sanos y saber escoger menús equilibrados.

– Participación en sociedad:

Conocer las leyes que rigen la sociedad como propiedad privada, respeto a la intimidad, derechos de imagen…

Conocer las normas viarias básicas como peatón y como conductor.

– Ética y moral

Reflexionar y saber qué hacer ante una persona con la que no te llevas bien o de carácter extraño.

Dar a conocer el código ético familiar.

Compartir la visión del concepto de pareja, familia, relacionado con la sexualidad.

Ocho años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía facilitando que experimente pequeñas consecuencias de sus actos y frustraciones.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Peinarse, más sofisticado. Saber realizar pequeñas curas de rascadas, picadas, tratarse los piojos.

Conocer el propio peso, altura, talla, número de zapatos.

Iniciar algún tipo de especialización deportiva como actividad de desarrollo, saludable y de diversión.

Conocer los cambios del cuerpo de acuerdo con la edad.

– En casa

Planchar sencillo.

Cambiar bombillas

Feír pescado o verduras o patatas.

Pelar patatas (dependiendo de la fuerza).

– Participación en sociedad:

Ir a diferentes sitios cercanos a pie solo.

Ética y moral

Conocer la actitud de la familia ante la pobreza, los países del tercer mundo y problemas sociales.

Conocer la actitud de la familia ante la guerra, inmigración, marginación.

Nueve años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía facilitando que experimente pequeñas consecuencias de sus actos y frustraciones.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Saber realizar pequeñas curas de arañazos, tratarse piojos

Conocer las enfermedades crónicas propias o de hermanos y padres y saber las pautas a seguir.

Saber cuándo abrigarse.

Hacerse la maleta de viaje autónomamente.

Tomar conciencia progresivamente de aspectos más amplios relacionados con la sexualidad de acuerdo con los valores familiares.

– En casa

Planchar todo.

Seguir una receta.

– Ética y moral

Conocer la relación de la familia con el dinero: las prioridades.

Reflexionar y saber la razón de vida, el motor de vida de los padres, dar respuestas a preguntas trascendentes, reflexionar sobre religiones y creencias en el mundo.

Autoconocimiento: tomar conciencia cuando uno no está de buen humor.

Escoger las personas de confianza, los buenos amigos, compartir cosas y sentimientos con ellos.

Diez años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía facilitando que experimente pequeñas consecuencias de sus actos y frustraciones.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Conocer los peligros para la salud de las drogas alcohol, trabajo, y las consecuencias del mal uso y abuso.

Custodiar su documentación sanitaria, targeta sanitaria, libro de vacunaciones, conocer las vacunas básicas.

– En casa:

Sacar la basura.

Saber comprobar los puntos clave para cerrar la casa seguridad, alarmas…

Cuidado de las mascotas incluyendo algunos temas básicos médicos.

– Participación en sociedad:

Conocer el funcionamiento de la sociedad, (bancos, oficios, agentes sociales, administraciones…)

– Ética y moral

Conocer las opciones políticas de casa, razonamientos y argumentos.

Haber adquirido empatía, reconocer cuando los demás no están bien.

Once años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía responsable

– En casa:

Conocer los cambios del cuerpo de acuerdo con la edad tanto para el propio sexo como para el opuesto.

Conocer todas las tareas de la casa.

Sbir un diferencial.

Llamar a los operarios necesarios.

Llamadas de urgencia.

– Ética y moral

Aprender a afrontar problemas buscando soluciones.

Doce años:

Consideraciones generales:

Un adolescente debe participar de las obligaciones familiares al mismo nivel que un adulto.

– En casa:

Preparar un día a la semana una cena o una comida para la familia. Custodiar toda a documentación personal: DNI, tarjeta sanitaria…

Haber adquirido un buen hábito de práctica regular de actividad física como fuente de salud, equilibrio y diversión.

Conocer y saber realizar las tareas básicas del jardín.

Responsabilidad compartida sobre todos los aspectos relacionados con las mascotas, veterinario, vacunas,..

Cocinar y conocer platos para un menú básico.

– Participación en sociedad:

Realizar encargos básicos para la familia.

Vuelta al cole: cuando el síndrome postvacacional afecta a los niños

Animar y motivar a los más pequeños de la casa en su vuelta a las aulas también es una competencia paternal, recuerdan los expertos

Entre la próxima semana y la siguiente, miles de escolares iniciarán un nuevo curso. Como los adultos, los niños también pueden sufrir síndrome posvacacional, que se manifiesta, entre otros síntomas, con cansancio, cambios de humor o, en casos más puntuales, problemas estomacales. «Uno de los mayores miedos de los niños, sobre todo a partir de los seis años, es el miedo escolar. Pero, en general, a casi todos los niños les cuesta el cambio entre las vacaciones y el mundo escolar, debido al contraste tan fuerte de las dos experiencias. Por ello, la ayuda en la transición de las dos etapas, es nuclear», afirma la psicóloga, neuropsicóloga y coach personal Sonia Sauret.

Para Sauret, es fundamental el comportamiento de los propios padres. «Cuando estos se estresan demasiado, los niños lo viven. Al pequeño le importa muchísimo el estado de ánimo de los padres. Cuanto más pequeño, más le importa». De hecho, matiza la psicóloga Mireia Cabero, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), la dificultad de volver a la rutina escolar se muestra de forma muy distinta en los menores que cursan educación infantil y los que estudian ESO. «Los primeros pueden manifestarlo en forma de llantos o quejas, mientras que los segundos optan mayoritariamente por el silencio. Eso no quiere decir que el adolescente no tenga que hacer ningún esfuerzo», advierte.

En ambos casos, apunta la neuropsicóloga Sonia Sauret, lo que sucede es un «contagio emocional». «Cuando las personas sincronizan sus propias emociones con las expresadas por quienes las rodean, aunque sea de forma inconsciente. Lo bueno qes que también sucede con la felicidad y emociones como la alegría, el buen humor, la calma, la tranquilidad y la seguridad, que también se contagian. Así, el niño imitaría la conducta emocional de los padres, de forma incosciente y totalmente natural», explica.

Teniendo en cuenta esa realidad, Sauret recuerda que «animar y motivar a los niños también es una competencia paternal» y que para eso los progenitores deben comenzar por cuidar el lenguaje y transmitir ilusión. «Cuidar las expresiones verbales y no verbales, intentar sentir y expresar ilusión en esta etapa del año… Y por supuesto, evitar los típicos comentarios negativos sobre la vuelta al colegio y los profesores, las actividades relacionadas o, incluso, el mal comportamiento de tu hijo».

De hecho, la propuesta de esta neuropsicóloga y coach es hacer que la vuelta al cole sea un acontecimiento espectacular. «Si parte del significado que tienen las cosas para los niños proviene de lo que dicen los padres… Quienes realmente tienen el poder sobre el significado de las cosas, son los padres. Comprar el material, preparar la ropa adecuada, organizar las actividades, ordenar la habitación, pueden convertirse en actividades importantes, positivas y hechas con optimismo e ilusión», apunta. «Resaltar la alegría de estrenar material nuevo, hacerles partícipes de la vuelta al cole, comprando y organizando juntos, puede ser buena idea. Hasta organizar una pequeña fiesta de principio de curso con sus amigos de clase. ¿Por qué no? Puede ayudar a perder el miedo y la timidez, y facilitar la ilusión y la adaptación, que es lo que pretendemos», insiste. La clave, corrobora la psicóloga Mireia Cabero, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), «es poner el foco en todos los aspectos positivos que tiene el inicio de curso. como es el reencuentro con los amigos, profesores, nuevos retos… unos días antes de volver a clase».

La importancia de volver a las rutinas

Para la experta de la UOC, otro de los hábitos clave que influyen en el estado de ánimo y que debe irse recuperando estos días previos es el sueño. «El hábito de acostarse más temprano facilitará que el día que empiecen la escuela puedan levantarse sin necesidad del despertador», coinciden en señalar Cabero y el también psicopedagogo de la UOC Antoni Badia. Resulta importanet, incluso, «seguir una alimentación energética que facilite la rutina, eliminando productos con azúcares refinados propios del verano como puedan ser los helados, las bebidas azucaradas…». Por último, y en el caso de que la vuelta al cole les despierte un rechazo exagerado, «debería buscarse por qué: si es por alguna actividad, por algún compañero…», advierte Mireia Cabero.

Fuente: abc.es

De ‘rompehogares’ a cuidadora

Cuando él abandonó a mi madre por una mujer muchísimo más joven, nunca esperé que un día me iba a sentir agradecida con ella.

Es alta en comparación al promedio de mujeres chinas; parece casi jugadora de voleibol olímpica. Tiene un torso largo y su cara es ancha. Un polvo rosa oscuro acentúa sus pómulos.

“Los rasgos de una campesina”, solía decir mi madre sobre ella. “No es hermosa, ¡ni siquiera bonita!”.

Mi padre no opinaba lo mismo.

Hace veinticinco años él dejó a mi madre para estar con esa mujer, entonces una estudiante de posgrado en su departamento que era tres décadas más joven.

Ella se volvió su esposa (nunca la llamaré madrastra). La casa de mi padre se volvió la casa de él con su esposa. Aunque a estas alturas se siente más como el hogar de ella, con sus baratijas, zapatillas de plástico y montones de trabajos pendientes de calificar. Ya no me refiero a los viajes de fin de semana allí como ir a casa, que implica calidez y un sentimiento de bienvenida, sino como ir de visita, algo completamente distinto.

Durante una visita reciente, ella preparó la avena de mi padre con almendras y linaza y se lo dio de comer una cucharada a la vez. Entre cucharadas él solo murmullaba. En ocasiones la voz de mi padre denota irritación; esa mañana mostraba más bien una benigna confusión.
“Mira quién es”, dijo ella.

Llamé a mis dos hijos para que se acercaran, lo que hicieron incómodos. “Hola Gung-Gung”, dijo mi bebé de 6 años, y mi padre abrió sus ojos.

“Hola ba, ¡estamos aquí!”, dije.

“Oh, ¡hola, hola!”, respondió, con el entusiasmo de un cachorro. Sacó una mano debajo de su cobija gruesa y los niños sonrieron. Él no recuerda sus nombres.

Hace veinticinco años, mi padre era profesor de Física Teórica y muy carismático, con una mente sumamente ágil. ¿Cómo sucedió esto? ¿Será que alguna vez la vio en la primera fila de su clase, donde ella siempre hacía las preguntas más pertinentes? ¿O acaso ella visitó su cubículo durante las horas de asesoría, primero algo incierta y acompañada por otro estudiante y, ya después, ella sola? ¿Fue él como un casanova motivado por la lujuria o tuvieron un acercamiento gradual impulsado por su fascinación mutua con la superconductividad de alta temperatura? ¿Quién dio el primer paso?

“Ella viene desde China continental, ¡claro que es cazafortunas!”, decía seguido mi madre. “Green card y dinero. Tu ba es muy tonto, ¡solo sabe de Física!”.

En ese entonces le daba la razón a mi mamá, por lealtad. Claro que sí. Como hija, como una mujer joven, como feminista. Mi madre era fuerte, pero esto era doloroso.

Después de intercambiar los saludos, la esposa de mi padre siguió dándole la avena a cucharadas. Yo me senté cerca de donde mi papá tenía sus pies. Ella habló con un tono animado y ruidoso sin siquiera voltear a verme. A lo largo de los años nunca me ha pedido ayuda y ha ignorado mis ofertas para ayudar; ahora estamos atrincheradas en un lugar donde es menos incómodo si no ofrezco hacerlo, y me pregunto si debería haberlo intentado con mayor insistencia.

Mi madre ya no vive, pero sigo escuchando su voz: “Es la rompehogares”.

No culpo a mi padre. Él estaba descontento. Nunca entendí el matrimonio de mis padres: ella lo molestaba, él le gritaba, los dos peleaban y ella hacía como si nada.

Recuerdo cuando era niña que lo veía caminar en círculos muy concentrado por la casa. “¿Otra vez estás trabajando?”, le preguntaba. “Ajá”, respondía, con una enorme sonrisa. Amaba que estar caminando en círculos mientras pensaba era parte de su trabajo. Para enseñarnos matemáticas, nos sentaba en su regazo y nos pedía calcular cuántos pollos y cuántos cerdos había en un corral con dieciocho patas y seis cabezas.

Tampoco culpo a mi madre. Era una mujer práctica que trabajaba de bibliotecaria y crió a tres hijos que tenía que llevar a sus clases de gimnasia y natación y piano; siempre estaba cortando esto y otro en la cocina mientras preparaba el caldo en la estufa.

Creo que la mayor diferencia entre ellos era esta: mi madre nunca esperó tener una vida plena de felicidad y mi padre sí.

Seguro era la crisis de mediana edad, pensamos (aunque ya casi tenía 60 años cuando sucedió). No va a durar. Y, encima, qué asco (ella tenía veintitantos, igual que yo). Hoy en día, ¿mi padre sería considerado un depredador? En ese entonces, a mediados de los años noventa, ya había murmuraciones, burlas, miradas altaneras. Hoy seguramente él sería blanco de condena. Y ella, si no era la cazafortunas en busca de una green card que decía mi madre, definitivamente era ingenua, una jovencita tonta o fácilmente engañada. Hoy seguramente alguien la haría darse cuenta de la tontería para evitar que siguiera.

El deterioro de mi padre se fue haciendo evidente a lo largo de varios años. Primero se volvió olvidadizo, con lapsus fáciles de perdonarle. Luego empezó a contar siempre las mismas historias, repetidas varios días seguidos, luego cada par de horas, cada par de minutos, después de solo unos segundos. Una mañana se perdió camino a la universidad en un trayecto en el que había conducido por más de cuarenta años. Un estudiante muy gentil se lo encontró cuando mi padre estaba aterrado y lo acompañó hasta su oficina. La imagen del profesor distraído cambió por completo.

En otra ocasión me llamó y sonaba histérico. “Estaba haciendo mis cálculos y de repente me sentí tan nublado que no sabía ni dónde estaba. Hija, ¿me estás escuchando? Si pierdo la cabeza, ya no quiero vivir”.

Empezó a llorar. Yo no sabía qué decirle. Pensaba que mi padre, como todos los padres, era invencible.

Su deterioro no se sentía tan grave por la rutina invariable en las visitas de fin de semana. Teníamos rituales: ir al bufé chino (donde ella llevaba sus propias hojas de té para tomar); cenar en Red Lobster (donde él ordenaba el surf and turf, tradicional mar y montaña); tener prendida todo el tiempo la televisión de 60 pulgadas sintonizada en CNN o telenovelas chinas.

Salíamos a caminar por las veredas del vecindario suburbano; primero con uno de mis hijos en la carriola; luego él, agarrado del brazo de su esposa mientras mis hijos se correteaban más adelante; después, con uno de nosotros empujando su silla de ruedas y él con una cobija en el regazo. Ahora que tiene 83 años apenas si sale. No puede caminar ni orinar ni comer por sí solo. Ella lo sienta frente a la ventana con las persianas arriba en días soleados.

Ella es cordial y amable con los niños. Aunque nunca pregunta sobre cómo les va en la escuela ni en sus actividades o si tenemos planes para el verano. A veces intento entablar una conversación: “¿Cuántas clases vas a dar este semestre?”. “¿Ha estado haciendo mucho frío?”. “¿Qué tal está comiendo?”.

Ella es amable pero nunca baja la guardia. Tal vez sea cultural o tal vez sea que para ella no soy más que la hija de mi madre.

Lo cierto es que la esposa de mi papá no parece estar resentida conmigo. Quizá recelosa. A veces su tono hacia mí es hasta cortante.

Y ahí escucho las advertencias de mi mamá: “No te dejes engañar por ella”.

Sin embargo, también tiene un toque muy gentil cada vez que se acerca a mi padre para ajustar su gorra de béisbol o sus calcetas grises o los lentes en su nariz. Cuando se sientan en el sofá, ella se queda pegada a él.

Podría haberlo llevado a un hogar, o contratado a una enfermera para que lo cuidara o a todo un elenco de asistentes en el hogar.

Pero ella no lo ha hecho.

A veces los espío. Ella sigue agarrándolo de la mano hasta cuando no hay nadie más presente.

Alguna vez fueron coautores de artículos académicos; discutían sobre política mientras comían pistaches en la cama y veían The Bachelor. Alguna vez fueron una pareja que conducía dos horas solo para ir a un lugar de comida estilo dim sum o que de repente volaban a Asia para alguna reunión de egresados de su colegio. Era evidente, aunque nunca fue fácil para mí aceptarlo, lo bien que el intelecto, curiosidad y sentido de asombro de la esposa de mi padre encajaba con los de él.

Ella no tenia cómo saber qué el iba a terminar así.

Se acercaba la hora de cenar cuando mi hijo de 8 años preguntó si íbamos a ir al bufé chino “como siempre”.

“Como siempre” se acabará un día, y pronto.

Para irnos fue complicado lograr subir a mi padre a la camioneta, aunque ella tiene el asunto bien practicado: Aquí va el pie derecho, pon aquí la mano izquierda, ¡cuidado con la cabeza! Ok, ya estás sentado, relájate.

Antes de que él se relajara, ella había estado cargando cada gramo de su peso.

Me di cuenta de que ella podía hacerlo porque él ha adelgazado mucho. Ya prácticamente es solo huesos. El que su esposa siga teniendo fortaleza se ha vuelto muy importante, una ventaja práctica. En esos momentos pienso: “Qué buena elección tomó mi padre. Qué suerte tengo. Si no lo hiciera ella, lo tendría que hacer yo, pese a que no tengo nada de su gracia como cuidadora”.

Al llegar al bufé, la persona en la recepción nos dijo: “¡Cuánto tiempo sin verlos!”.

Mi padre comió con un babero de tela. Su plato fue llenado por la esposa con costillitas y carne con salsa dulce y jengibre. La esposa partió las patas de cangrejo con sus dientes para que él pudiera comerlas. Una hora después, de regreso en la casa, ella le estaba dando lo que había sobrado.

“¿Todavía tienes hambre, ba?”, le dije, con un palmadita a la cabeza.

“Tiene buen apetito”, me dijo ella, y las dos sonreímos como si se tratara de un bebé que se terminó su botella de leche. Cuando estábamos limpiando la mesa él empezó a murmullar. “¡Ah, ya sálganse!”. Su molestia retumbó por el aire. Las personas con demencia casi nunca muestran gratitud. Pero ella podría irse.

No lo ha hecho. No lo hará.

“Abre bien”, le pidió a mi padre, para pasar hilo dental por sus dientes.

Me pregunto qué dirá la gente de ellos ahora. Aunque las opiniones de la sociedad no importan; a ellos nunca les importaron.

Por más que sea desdeñado o desagradable a la vista, su matrimonio me ha enseñado que no hay que emitir juicios prematuros.

Ella sigue ahí; alta, orgullosa, resiliente. Para bien o para mal, hasta que la muerte los separe.

Sin duda es amor. (Perdóname, ma).

Es amor: atrincherado, digno de respeto, de admiración y, sí, de gratitud.

Fuente: TheNewYorkTimes

Así podemos proteger a los menores de los ciberriesgos

El uso de la tecnología no está exento de riesgos. Enseñar a los menores cuál es la forma correcta de utilizarla es una tarea en la que han de involucrarse los adultos también en casa. Se trata de establecer unas normas y hábitos de uso con el fin de alejar a los hijos de posibles peligros.

El 71% de los padres son conscientes de que cuando sus hijos se relacionan con la tecnología están expuestos a diferentes ciberriesgos. Así lo recoge el estudio ‘Winning the game’, elaborador por la empresa de seguridad McAfee.

Entre sus principales preocupaciones está la posibilidad de que los ciberdelicuentes se escondan bajo una falsa identidad para robar información confidencial (62%), se descarguen virus de manera inconsciente (58%) o que los hackers accedan a datos personales o financieros (52%).

La necesaria intervención de los progenitores

Para proteger a los menores es imprescindible que sus progenitores hagan una labor de prevención. Establecer ciertas rutinas y configurar adecuadamente los dispositivos que utilizan los menores ayuda a que adquieran determinados hábitos que mejoren su seguridad en el uso de la tecnología.

familiar proteger menores ciberriesgos

Unos hábitos que, una vez adquiridos en el ámbito del hogar, serán capaces de trasladar fácilmente al entorno educativo cuando llegue el momento de utilizar un ordenador o una tableta como herramienta de aprendizaje.

El mismo informe de McAfee aporta otros datos significativos: el 27% de los progenitores nunca supervisa lo que hacen sus hijos online y uno de cada diez no sabe si hablan con otras personas. “El equilibrio tecnológico será diferente para cada familia porque cada una tiene sus propios valores, dinámicas y estilos de crianza”, apunta Francisco Sancho, EMEA Partner Manager de McAfee.

“Es poco realista pensar que se puede supervisar todo lo que hace tu hijo –añade Sancho–, pero los padres pueden ayudar educando sobre el contenido y los ciberriesgos, tales como descargarse apps desconocidas y hablar con extraños”.

Tecnología segura

Internet se ha convertido en un recurso imprescindible en la escuela, ya sea para buscar información, interactuar con otros alumnos y docentes, o acceder a material educativo. Por eso es necesario que también se les oriente desde casa sobre la mejor forma de protegerse.

“Los peligros a los que nos enfrentamos en la vida digital no deben ser subestimados, máxime cuando se trata de la vida de nuestros hijos. Los menores no tienen el conocimiento ni la experiencia para eludir a los ciberdelincuentes, por lo que es necesario que los padres asumamos el reto de protegerlos cuando navegan por Internet”, sostiene José Luis Laguna, Systems Engineer Manager en Fortinet Iberia.

niño proteger menores ciberriesgos

Desde esta compañía, también dedicada a proporcionar soluciones de seguridad, recuerdan que es imprescindible hablar con los menores sobre los peligros de la Red y hacerles saber que si ven algo extraño han de avisar a un adulto. Estar al tanto de las actividades online que realizan, colocar los dispositivos en un espacio común de la casa o implementar controles parentales son acciones de prevención necesarias.

Como medida adicional, recomiendan consultar con el proveedor de internet si cuentan con algún tipo de servicio que permita restringir el acceso a determinadas webs y herramientas de comunicación. En caso afirmativo, resultará muy útil para tener un mejor control de lo que hacen los menores cuando usan los dispositivos tecnológicos.

El valor de la privacidad

Para acompañar estas medidas, desde ambas compañías consideran esencial realizar una labor educativa para enseñar a los más pequeños el valor de la privacidad. Esto incluye explicarles cuáles son los ciberriesgos de la publicación de fotos o información personal en Internet y lo difícil que es eliminarla una vez que se hace pública.

Una responsabilidad que también recae en los adultos. “Los padres deben entender las implicaciones de que exista información o fotos de sus hijos online. Dejan una huella digital y, si cae en manos equivocadas, puede ser utilizada para recopilar información personal de los pequeños. Conocer el nombre y ubicación de su colegio, el nombre completo del niño o incluso su fecha de nacimiento… Todo esto puede tener graves consecuencias, desde el robo de identidad hasta el ciberacoso”, advierte Francisco Sancho.

Cuidar las etiquetas geográficas cuando se comparte contenido, establecer límites en el tiempo de uso y, sobre todo, educar antes que supervisar, son parte de las claves para que los más pequeños utilicen la tecnología y accedan a internet de forma segura.

Fuente: educacióntrespuntocero.com

6 claves para educar mejor

 

Educar es una experiencia muy bonita, pero también con momentos de dificultad. En la actualidad, a pesar de tener acceso a un gran número de información sobre cómo educar, parece que, en ocasiones, seguimos perdidos. El psicólogo Miguel Ángel Rizaldos nos habla sobre cómo educar mejor.

Hoy en día, existe acceso a numerosas guías y métodos sobre educación, pero lo cierto es que los padres cada vez parecen estar más perdidos respecto a la forma de educar a sus hijos, ¿por qué?

Considero, por mi experiencia de psicólogo de más de 28 años, que la sobreprotección que mantenemos hacia nuestros hijos impide poner en práctica la información sobre educación a la que tenemos acceso.

Los padres, madres y educadores podemos llegar a ser como helicópteros: estamos todo el día encima de los menores. Esto no favorece un desarrollo sano, ya que los niños necesitan descubrir y experimentar por sí mismos. Y estar continuamente bajo la supervisión de sus mayores no lo facilita.

Además, no podemos olvidar que los padres, madres y educadores también transmitimos nuestros miedos y carencias. Nuestros hijos son fiel reflejo de nosotros.

Padre hablando con su hija

La educación en la actualidad

Es verdad que la realidad resulta algo más compleja ahora, aunque en lo esencial sigue siendo la misma, pero con más tecnología.

Creo que existe poca naturalidad y sentido común. Por un lado, queremos no equivocarnos nunca y hacer todo perfecto en cuanto a la educación de nuestros hijos e hijas y, por otro, deseamos también que sean perfectos. Sin embargo, esto es contraproducente y justo favorece que consigamos lo contrario.

Es cierto hay que educar lo mejor posible, pero no podemos olvidar que, en ocasiones, nos equivocaremos y nuestros hijos también. Unas veces se gana, otras se aprende… 

Quizás todo esto tenga que ver con ese impulso de querer tener todo controlado para que salga bien o como nos gustaría. Sin embargo, la vida es incertidumbre la mayor parte de las veces. Y nuestro margen de maniobra es limitado.

Claves para educar mejor

Los elementos fundamentales y básicos para una educación sana serían:

  • Reconocer y valorar los comportamientos adecuados o los que se aproximan. Criticar y señalar los inadecuados de forma constante no ayuda y tampoco es útil. Estar continuamente enfadado no educa.
  • Empatizar, ponernos en el lugar de nuestros pequeños. Nosotros también fuimos niños. Por lo que intentar recordar esa perspectiva que un día tuvimos puede ayudarnos a entenderlos.
  • Coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Es mejor no decir aquello que no vamos a hacer.
  • Escuchar con atención lo que te dicen y sienten nuestros hijos. Esto facilitará nuestra comunicación con ellos.
  • Expresar lo que sentimos. Creemos que no es adecuado expresar las emociones negativas delante nuestros hijos. Sin embargo, es conveniente para que ellos también lo hagan y aprendan a canalizarlas.
  • Cuidarnos. Si al tener hijos, olvidamos nuestras necesidades e intereses, no nos cuidaremos y acabaremos quemados. La cuestión es que si no lo hacemos con nosotros, tampoco cuidaremos bien. Y lo más importante, transmitiremos a nuestros hijos que no es importante el autocuidado.

Dar ejemplo es esencial

Los padres, madres y educadores transmitimos nuestro estilo y educación en valores en la convivencia diaria con nuestros pequeños.

Aunque sabemos que no seremos el único influjo en su futura conducta, debemos tener presente que con nuestra educación marcaremos lo que será su hoja de ruta básica para la vida.

Decimos más con lo que hacemos que con lo que decimos que hay que hacer. Por lo tanto, tenemos que ser más coherentes entre lo que expresamos a nivel verbal y lo que finalmente hacemos. En mi libro Guía para papás y mamás en apuros hablo sobre ello.

Hay que cuidarse para educar mejor

Desde la psicología, podríamos afirmar que “de tal palo saldrá tal astilla”, entonces cuidemos el palo para que salgan buenas astillas.

Cuando nos abandonamos y no nos cuidamos lo que suele ocurrir es que acabamos experimentando el síndrome de burnout o estar quemado. Se trata de una preocupación contante por cuidar de nuestros hijos que acaba convirtiéndose en una pesada carga.

Lo que ocurre es que, como dijimos anteriormente, si no nos cuidamos, no cuidaremos bien. Y lo peor de todo es que a nuestros pequeños les trasmitiremos el mensaje de que cuidarse no es importante. Así, cuando sean adultos lo replicarán y, por lo tanto, no se cuidarán.

Madre explicando a su hija consecuencias del mal comportamiento

Transmitir valores para educar mejor

Los valores que queremos trasmitir tienen que tener su correlato en nuestra conducta. De lo contrario, no transmitiremos nada, todo quedará en palabras. Por lo que es fundamental tener el impulso de la motivación y ser conscientes de nuestra responsabilidad en el futuro bienestar de nuestros menores.

  • Somos la base principal del desarrollo saludable de nuestros queridos hijos.
  • Somos el ejemplo y modelo principal de su comportamiento.
  • Somos instigadores de su desarrollo y aprendizaje.

Ser padres y madres es bonito no fácil. Cuidémonos para sentirnos bien y poder trasmitir así las claves que les ayuden a tener mayor bienestar. Y no olvidemos que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra…

Fuente: lamenteesmaravillosa.com