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Es urgente que cambiemos la forma de enseñar

Emelinda padilla Faneytt
Especial para LISTíN DIARIO

Reto. Esto implica transformaciones serias en todos los que guiamos el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Hemos escuchado mucho sobre la capacidad que tiene nuestro cerebro de modificarse y ajustarse a los cambios (neuroplasticidad). Esto quiere decir que nuestro cerebro está permanentemente haciendo adaptaciones y remodelaciones a partir de lo que vivimos y aprendemos en el transcurso de nuestras vidas. La desactualización frente a los últimos descubrimientos sobre nuestro “cerebro plástico” ha resultado en estereotipos y prácticas perjudiciales de enseñanza por parte de los maestros y en las creencias de los estudiantes sobre su propia capacidad de aprender.

Pareciera que conocer el desarrollo de nuestro cerebro para potenciar las condiciones de aprendizaje fuera tarea exclusiva de los maestros del nivel inicial y de los primeros grados educativos. Los estudios más recientes realizados con neuro-imágenes dan cuenta que durante la adolescencia en nuestro cerebro se produce una gran reorganización de las redes neuronales, que lo hace funcionar de forma diferente al de la infancia o la adultez. Es un período donde el cerebro es tremendamente plástico y donde conocer su desarrollo durante esta etapa, es una gran oportunidad para el aprendizaje, el crecimiento personal y la creatividad del estudiantado.

Que “todos aprendemos de forma diferente” no es un cliché. Y aunque algunos autores aseguran que “existen ciertos patrones de activación del cerebro que pueden ser singulares entre unas personas y otras” (Giedd et al., 2015), el ritmo de aprendizaje y maduración cerebral es singular. Por lo que en la práctica, es auténtica la necesidad educativa y social de que estudiantes totalmente diferentes puedan aprender juntos, tal como sucede en la vida cotidiana.

Es oportuno abandonar el discurso inclusivo y atender “verdaderamente” la diversidad que tenemos en nuestras aulas, priorizando los ritmos de aprendizaje de nuestros estudiantes, creando así nuevos espacios donde se fomente y ejercite la cooperación, la actividad, la autonomía y la autogestión de sus aprendizajes por parte de los alumnos. No se trata solo de que en un aula convencional integremos alumnos con necesidades específicas o discapacidades, sino aulas donde conviven y aprenden personas que son diferentes, sin importar esas diferencias.

Atender la diversidad de los alumnos implica que los maestros los observen de forma individual y grupal, para poder seleccionar acertadamente los estímulos que deben priorizar a través de su práctica pedagógica, logrando en ellos/as lo que conocemos como “nivel adecuado de activación” donde no se caiga en los perjudiciales extremos de aburrimiento o sobre-estimulación. Y es precisamente este reto, el que muchos de nuestros maestros no están en actitud de asumir, resultando frecuente encontrarnos con una práctica de enseñanza generalizada, donde se entiende que “todos aprendemos lo mismo y de la misma forma”.

En mis cursos, talleres y charlas, siempre comparto la afirmación “nuestro cerebro es social” (Smith et al., 2009). Es clave cooperar, dialogar y compartir para aprender.

Cuando un maestro entiende esto, permite que sus alumnos se conviertan también en “maestros de otros” (tutoría entre iguales) beneficiando el aprendizaje de todos ellos.

Uno de los aportes más relevantes de las neurociencias en educación es la importancia de desarrollar las funciones ejecutivas en el aula. Estas funciones vitales para la vida cotidiana están vinculadas al proceso madurativo de la corteza prefrontal y resultan imprescindibles para el éxito académico y el bienestar personal del estudiante. Con la intención de simplificar el concepto, me atrevo a resumir como las más importantes, las que permiten el desarrollo de funciones complejas como el razonamiento, la resolución de problemas y la planificación.

Algunos autores sugieren que “las intervenciones educativas más beneficiosas son aquellas que trabajan las funciones ejecutivas de forma indirecta, incidiendo en lo que las perjudica —como el estrés, la soledad o una mala salud— y provocando mayor felicidad, vitalidad física y un sentido de pertenencia al grupo”, (Diamond y Ling, 2016). Seguramente, el entrenamiento puramente cognitivo no sea la forma idónea de mejorar la cognición. El éxito académico y personal requiere atender las necesidades sociales, emocionales y físicas de los niños y las niñas.

Hoy más que nunca entiendo que el progreso de mis alumnos/as requiere trabajar en equipo, saber comunicarse, empatizar, controlar los impulsos o establecer relaciones adecuadas. Se necesita una buena educación emocional, aquella que nos permite potenciar toda una serie de competencias emocionales y sociales básicas que no han de sustituir a las cognitivas sino que, las han de complementar.

Ya no hay excusas, es urgente que cambiemos nuestra forma de enseñar. Esto implica transformaciones serias por parte de todos los que tenemos la responsabilidad de guiar y acompañar a otros a aprender. Empezando por la necesaria formación basada en el conocimiento de las evidencias empíricas que provienen de las investigaciones científicas, que irán vinculando cada vez más y mejor, neurociencia y educación.

Salvemos la educación

Fracaso escolar, jóvenes que dedican años y años a su formación y que, a pesar de contar con uno o más títulos académicos, no consiguen encontrar trabajo, universitarios que terminan dedicándose a algo para lo que se han preparado pero que no les convence ni les llena ni les ilusiona, profesores que siguen las mismas técnicas de enseñanza desde hace años… Hemos evolucionado en muchos ámbitos: medicina, tecnología, comunicaciones, transporte, pero, ¿qué pasa con lo que debería considerarse la base del futuro de la Humanidad? ¿Qué ocurre con la educación?

Existe una corriente que aboga por una verdadera revolución en la educación, que defiende la idea de que, si seguimos con las mismas técnicas y metodologías de la escuela tradicional, el fracaso será la nota predominante en la carrera académica de millones de estudiantes.

“Con el tiempo he perdido la cuenta del número de personas que he llegado a conocer que carecen de una verdadera percepción de sus talentos individuales y lo que les apasiona. No disfrutan de lo que hacen, pero tampoco tienen idea de lo que les satisfaría” El Elemento. Sir Ken Robinson.

¿En qué nos estamos equivocando? Hay varias cosas que estamos haciendo mal, pero la base de todo está en que “las escuelas matan la creatividad”. Eso dijo Sir Ken Robinson, uno de los más conocidos defensores del cambio en la educación, en una de sus más concurridas conferencias. La base de su discurso se centra en que, si analizamos los sistemas educativos que existen en la actualidad, veremos que la mayoría de ellos tienen unas características comunes: 1. las humanidades y las artes siempre se consideran materias menos importantes que las matemáticas o la lengua,2. se penaliza el error y el fracaso y 3. se potencia la idea de la habilidad académica frente al verdadero talento de cada alumno. Lo grave de esto es que mucha gente que es realmente brillante y creativa termina plenamente convencida de que no lo es.

La imaginación, la creatividad y la falta de miedo a equivocarse es algo que los niños desarrollan de manera natural. Con el tiempo, y no sin la ayuda del sistema educativo, vamos perdiendo esa valentía, esa confianza en nuestra capacidad de imaginar y de crear. Nos inflamos a títulos, que es lo que nos da seguridad, y lo que, sin embargo, no nos garantiza el éxito. Porque, como advierte Sir Ken Robinson, quien antes tenía un título, tenía un trabajo, pero ahora no, y esto se debe, entre otras cosas, a la explosión demográfica y la extensión de la alfabetización.

“Nuestros coetáneos, nuestra cultura y las expectativas que tenemos de nosotros mismos pueden agravar esta visión limitada de nuestras capacidades. Sin embargo, uno de los factores más importantes para todo el mundo es la educación”. El Elemento. Sir Ken Robinson.

No podemos seguir anclados en los mismos sistemas educativos mientras el mundo cambia a una velocidad vertiginosa. Hay iniciativas, como Proyecta, de la Fundación Amancio Ortega y la Fundación Santiago Rey Fernández-Latorre, que fomentan la innovación en la educación y promueven el desarrollo de técnicas creativas por parte del profesorado.

Fuente: ventanaalfuturo.elmundo.es