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5 frases que no debes decir a tu hijo cuando llora

El lloriqueo es una herramienta que utilizan los niños para llamar la atención sobre los padres. También es una respuesta a las situaciones que no puede controlar o evitar, ya sea tener hambre, sueño o estar cansado.

Estas lágrimas y quejidos pueden resultar desesperantes a los padres y nos puede llevar a cometer errores y decirles cosas equivocadas que pueden dañar su autoestima.

Si tu hijo llora… ¡nunca le digas estas frases! 

1- “No llores” o “deja de llorar de una vez”: con estas frases estamos enseñando a los niños que llorar es malo. Si regañamos a los niños por llorar comenzarán a reprimir sus emociones, a no mostrarlas ni exteriorizarlas, y esto les llevará a ser adultos que no manejan bien sus sentimientos, no sabrá controlar sus emociones. ¿Qué hacer? Es preferible preguntarle por qué llora, darle apoyo, abrazarle y hacerle sentir querido.

2- “Como sigas llorando te voy a dar yo para que llores con razón”: estamos amenazando al niño con un castigo físico, si además lo llevamos a cabo estamos incurriendo en un gran error que es educar con violencia y admitir la agresión como parte de la educación del niño. Estaremos dando pie para que ellos mismos empleen la violencia como respuesta ante determinadas situaciones. ¿Qué hacer? Darle nuestra atención y mostrar que nos preocupa lo que le ocurre, decirle que puede contarnos por qué llora y le ayudaremos a solucionarlo.

3- “Los chicos no lloran”: un mensaje sexista y trasnochado. Llorar no tiene sexo, lloran las niñas, lloran los niños e incluso lloran los adultos. Es la expresión de una emoción que no es mala ni pertenece al sexo masculino o femenino. Frases como “no seas una nena” crea niños que reprimen sus emociones y no las exploran, algo fundamental durante el desarrollo de una persona. ¿Qué hacer? Evitarlas siempre y educar a los niños en la igualdad.

4- “No exageres”: estamos restando valor a las emociones y acontecimientos que pueden hacer llorar a un niño. Si le decimos que no es para tanto lo que les sucede, ya sea que llore por no ir al parque o porque se le rompió su muñeco favorito, estamos lanzando un mensaje. No les estamos dando la comprensión, ni el apoyo que necesitan. Por lo tanto, no acudirán a nosotros cuando les suceda algo. ¿Qué hacer? Ser siempre esos oídos y hombro en el que llorar y poder desahogarse, hacerles saber que pueden contarnos sus problemas y estaremos allí para comprenderles.

5- “Si lloras, vete de mi vista”: lejos de fomentar un vínculo con el niño, estamos creando desapego. Estamos diciendo a los niños que cuando lloran, no pueden recurrir a nosotros, que no estaremos para atenderles o escucharles. ¿Qué hacer? Comprender a los niños, reconocer que su falta de madurez o un mal momento pueden llevarle a tener un berrinche y que lejos de apartarle de nuestro lado, tenemos que acercarle aun más, abrazarle y decirle cuánto le queremos.

Fuente: guiainfantil.com

 

Cuando niñas malintencionadas acosaron a mi hija debido a sus dificultades de aprendizaje

Al igual que otros padres, he escuchado historias de chicos maliciosos. He visto entrevistas en televisión de padres con lágrimas en los ojos hablando de humillaciones hechas en grupo. Pero el bullying es algo que nunca pensé que podría ocurrirle a mi hija, hasta que sucedió.

Nuestra hija tiene 12 años y está en sexto grado, y es una niña increíble: divertida, cariñosa, generosa, dulce e inteligente. Me hace reír todos los días. Abraza a la familia alrededor de 10 veces al día y termina cada llamada telefónica con “te quiero”.

Pero también tiene dificultades del funcionamiento ejecutivo. Empezó a mostrar señales de estas dificultades al principio de la primaria. Notamos que era desorganizada y tenía dificultad para seguir instrucciones de varios pasos.

También tiene dificultad para entender las pautas sociales. En ocasiones habla sin esperar turno, o no sabe qué decir o hacer en una situación social. Y debido a que se interesa tanto por las demás personas, puede ser muy sensible y susceptible. Todo esto le genera mucha ansiedad en la escuela.

Afortunadamente, ha tenido excelentes maestros de primaria. Hemos trabajado en colaboración con la escuela en sus habilidades organizativas y haciendo horarios para administrar su tiempo. También hemos hablado con ella acerca de su ansiedad y la hemos ayudado a poner en práctica estrategias para que esté calmada en diferentes situaciones.

Todo nuestro trabajo fue recompensado cuando nuestra hija ingresó en cuarto y quinto grado. Era un mucho más organizada y obtenía buenas calificaciones en la escuela. Y en cuanto a lo social, tenía muchos buenos amigos. Practicaba dos deportes, tenis y natación, y pasaba mucho tiempo con sus compañeros de equipo.

Pero al comenzar sexto grado empezamos a darnos cuenta de cambios sutiles en su personalidad. Estaba más distraída y todo el tiempo parecía como si estuviera pensando en otra cosa. Empezó a poner excusas para no ir a las reuniones con el equipo. Y me hacía preguntas extrañas e inesperadas como: “Si le digo X a mi amiga, no pasará nada, ¿verdad?”.

Luego un día me pidió que la llevara a la escuela en lugar de ir en el mismo auto con sus amigas. Mientras conducía me preguntó si podía llevarla al día siguiente y al siguiente. Fue ahí cuando detuve el auto y le pregunté qué estaba ocurriendo.

Al principio le daba vergüenza hablar. “No quiero que ni tú ni papá sientan pena por mí”, dijo. Pero seguí presionando y una vez que empezó a hablar, lo soltó todo.

Resultó que una de sus “amigas” en deportes, a quien conocía desde hace varios años, decidió que nuestra hija era “tonta”. Esa niña hacía comentarios sobre mi hija como: “Tú no eres la más lista, ¿cierto?”. O, “juegas tenis, pero ni siquiera eres buena en eso”.

Nuestra hija dijo que todo comenzó como una broma. Intentó reírse, pero seguía ocurriendo y se puso peor.

Influenciado por esta niña maliciosa, el grupo empezó a burlarse de nuestra hija. En una ocasión, cuando nuestra hija se sentó para almorzar, todos se levantaron y se alejaron. En otra oportunidad, la niña le ordenó: “Haz esto o no volveré a hablar contigo”.

Nuestra hija intentó hablar con esta niña para preguntarle qué había hecho mal. “¡Solo estamos bromeando contigo!”, le dijo la niña. Cuando m hija me lo contó estaba a punto de llorar.

Estaba impactada. Conocíamos a esas niñas y a sus familias de años.

Lo que lo hizo más complicado fue que a veces las chicas eran amables con mi hija. Y cuando la acosaban lo hacían de manera sutil. No era como los textos y tuits malintencionados que en ocasiones se ven en las redes sociales. Nuestra hija decía que a veces no la acosaban durante varios días, pero luego empezaban de nuevo.

Nuestra hija no entendía por qué ocurría, así que mi esposo y yo decidimos que necesitábamos hablar con ella. Le dijimos que era difícil saber lo que pasaba por la cabeza de la niña.

A la mejor estaba celosa de sus logros en deportes o de sus buenas calificaciones. Quizás la vio como “presa fácil” debido a sus dificultades de aprendizaje y de socialización. Podía tratarse de un juego de poder, comentamos. Sin importar cuál fuera la razón, le dijimos, “está mal y no es tu culpa”. Y tiene que ver con otras cosas más allá de “bromear” o del “mal humor” de la niña.

Al principio queríamos confrontar a los papás de la niña, pero nuestra hija nos pidió que no lo hiciéramos y no lo hicimos.

Sabíamos que los padres de la niña se harían los desentendidos y dirían que el bullying era “una broma”. Y si las niñas del grupo descubrían que nuestra hija las había “delatado”, podía ser peor para nuestra hija.

Así que decidimos intentar manejarlo por nuestra cuenta. Enseñamos a nuestra hija estrategias para lidiar con niñas malintencionadas. Practicamos jugar a los roles en diferentes situaciones y qué decir cuando la niña líder hiciera comentarios crueles. Practicamos cómo podía reaccionar si el grupo empezaba a molestarla. Era como un equipo deportivo para habilidades sociales, la entrenábamos todos los días, analizando qué hacer y qué no hacer.

También sabíamos que ese grupo de niñas no era buena compañía para nuestra hija. Así que limitamos el tiempo que pasaba con ellas y la animamos a que hiciera nuevas amigas. Eso también ayudó.

Lentamente, nuestra hija hizo nuevas amigas y aprendió a controlar el estrés social que le causaba el grupo de “amigas” maliciosas. También aprendió una dura lección acerca de cómo las personas pueden actuar de maneras dañinas. Es una lección que hubiésemos deseado que no hubiese tenido que aprenderla, pero que gracias a ella nos hemos vuelto más fuertes.

Fuente: understood.org