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Los 10 mejores cuentos de Juan Bosch: una encuesta literaria

Por Miguel Collado

En República Dominicana son comunes las encuestas de carácter político —especialmente en períodos de campaña electoral—, pero casi nunca tienen lugar las encuestas de tipo cultural. Hace algunos años, sin contar con el auspicio de ninguna firma encuestadora, efectuamos una segunda encuesta literaria. La primera, sobre obras inéditas de autores dominicanos, la realizamos en febrero de 1992; la segunda, llevada a cabo entre la última semana de febrero y la primera semana de marzo de 2009, trata sobre la cuentística de un verdadero maestro de la narrativa latinoamericana: Juan Bosch (1909-2001).

Durante el proceso de la investigación hemero-bibliográfica sobre la narrativa boschiana realizada con ocasión de celebrarse el primer centenario del natalicio del célebre autor deLa Mañosa—, nos encontramos con un dato curioso que nos motivó a ejecutar dicha encuesta de opinión dirigida a los escritores dominicanos —a los que residen en el país y a los de la diáspora—, y que constaba de una sola pregunta: «¿Cuáles son, en su opinión, los diez (10) mejores cuentos escritos por el narrador dominicano Juan Bosch?»

La encuesta literaria le fue aplicada a cien (100) escritores tomados como muestra representativa, de los cuales, dentro del plazo establecido, contestaron ochenta (80), muchos de ellos ubicados en el extranjero: España, Alemania, Estados Unidos de América, Puerto Rico y Francia. En la estructuración de la muestra fueron tomados en cuenta los críticos y ensayistas literarios, así como los narradores (cuentistas y novelistas).

Los resultados de la encuesta fueron muy interesantes. A continuación presentamos un resumen apretado de las conclusiones derivadas de los mismos. Veamos:

a) Un total de treinta (30) cuentos fueron seleccionados por los escritores encuestados como los mejores cuentos escritos por Juan Bosch, cifra equivalente a un 34.88% de los 86 textos de narrativa breve —cuentos y relatos— de la autoría del insigne narrador hasta ahora dados a luz pública, lo que evidencia la alta calidad literaria de la producción cuentística del máximo exponente de la narrativa dominicana de todos los tiempos. Esos cuentos fueron los siguientes:

  1. “La mujer”,
  2. “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”,
  3. “La mancha indeleble”,
  4. “Dos pesos de agua”,
  5. “Los amos”,
  6. “Luis Pie”,
  7. “El indio Manuel Sicuri”,
  8. “La muchacha de La Guaira”,
  9. “La bella alma de don Damián”,
  10. “Cuento de Navidad”,
  11. “El difunto estaba vivo”,
  12. “En un bohío”,
  13. “El algarrobo”,
  14. “El Socio”,
  15. “La desgracia”,
  16. “Rumbo al puerto de origen”,
  17. “Todo un hombre”,
  18. “Camino real”,
  19. “Fragata”,
  20. “Los últimos monstruos”,
  21. “Piloncito”,
  22. “El sacrificio”,
  23. “Forzados”,
  24. “Guaraguaos”,
  25. “La pulpería”,
  26. “Los dos amigos”,
  27. “Lucero”,
  28. “Mal tiempo”,
  29. “Poppy”
  30. “Rosa”

b) De los treinta (30) cuentos escogidos “La mujer”, con un 88.89%, fue el de mayor porcentaje de inclusión en las selecciones propuestas por los escritores que tuvieron la gentileza de apoyar la encuesta. Es decir, que la crítica consideró que ese cuento es el mejor de todos los que escribió Juan Bosch, quien lo recogió en su primer libro de cuentos publicado:Camino real, impreso en La Vega en 1933. Propicio es consignar aquí que un año antes de Bosch recoger ese texto en el citado volumen, el mismo había aparecido en la revista cubanaCarteles(La Habana, 1 de mayo de 1932, pp. 18 y 55).

Otro dato a destacar es que el cuento “La mujer” fue traducido al francés e incluido, en noviembre de 1933, en la antologíaLes Conteurs hispano-américains(Textos de cincuenta y dos autores, seleccionados y presentados por Georges Pillement. [París], Éditions Delagrave, “Pallas”, 1933, 432 p.). Bosch tenía 24 años y 5 meses de edad y en esta antología comparte honores con Ricardo Güiraldes, Leopoldo Lugones, Eduardo Mallea, Roberto J. Payró (Argentina); Ricardo Jaimes Freyre (Bolivia); Eduardo Barrios, Agusto d’Halmar (Chile); José Eustasio Rivera (Colombia); Carmen Lira, Manuel González Zeledón (Costa Rica); Alfonso Hernández Catá, Carlos Montenegro (Cuba); Juan Montalvo (Ecuador); Rafael Arévalo Martínez, Miguel Ángel Asturias (Guatemala); Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes (México); Rubén Darío (Nicaragua); Ricardo Palma (Perú); Horacio Quiroga, Carlos Reyles, Hugo Wast (Uruguay); Rufino Blanco Fombona y Arturo Uslar Pietri (Venezuela), entre otros. Su nombre figura así: “Juan E. Bosch”.

c) Incluyendo a “La mujer”, los cinco (5) mejores cuentos escritos por Juan Bosch, según los encuestados, son: “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”, con un porcentaje de inclusión equivalente a un 68.52%; “La mancha indeleble”, con un 55.56%; “Dos pesos de agua”, con un 53.70%; y “Los amos”, con un 51.85%.

d) Del total de cuentos seleccionados, los nueve (9) siguientes fueron los que obtuvieron el más bajo porcentaje de inclusión (1.85): “El sacrificio”, “Forzados”, “Guaraguaos”, “La pulpería”, “Los dos amigos”, “Lucero”, “Mal tiempo”, “Poppy” y “Rosa”.

e) Conforme a los resultados de la encuesta hemos elaborado una tabla con los diez (10) mejores cuentos de Juan Bosch, ordenados en función de las veces —expresadas en porcentaje— que los mismos fueron incluidos en las selecciones hechas por los escritores encuestados:

Los 10 mejores cuentos escritos por Juan Bosch

Título del cuento                                                     Posición                                  % de inclusión

  1. “La mujer”                                                                     1                                                 88.89
  2. “La Nochebuena de Encarnación Mendoza”         2                                                 68.52
  3. “La mancha indeleble”                                               3                                                 55.56
  4. “Dos pesos de agua”                                                   4                                                  53.70
  5. “Los amos”                                                                   5                                                   51.85
  6. “Luis Pie”                                                                      6                                                  33.33
  7. “El indio Manuel Sicuri “                                           7                                                  18.52
  8. “La muchacha de La Guaira”                                    8                                                  16.67
  9. “La bella alma de don Damián”                               9                                                   11.11
  10. “Cuento de Navidad”                                                 10                                                  9.26

Ahora bien, ¿a cuál dato curioso nos referimos en el segundo párrafo de este artículo? A la selección sugerida por el mismo Bosch al citar los cinco (5) cuentos de su autoría de los cuales se sentía más satisfecho. Es en la “Antesala” de suAntología personal(San Juan, Puerto Rico: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1998. P. XI) donde Bosch expresa sus preferencias. Primero hace la siguiente confesión:De mis libros casi no hablo porque no me gusta hablar de mí mismo”.Y luego procede a hacer su propia escogencia:Pero, entre mis cuentos, estoy muy satisfecho, por ejemplo, con ‘Luis Pie’, ‘La nochebuena de Encarnación Mendoza’, ‘El indio Manuel Sicuri’ y ‘La bella alma de Don Damián’. Otro cuento muy bueno es ‘Dos pesos de agua’”.

En una histórica carta escrita por Juan Bosch en La Habana (Cuba), el 14 de junio de 1943, y dirigida a los escritores dominicanos Emilio Rodríguez Demorizi y Ramón Marrero Aristy, el maestro de la narrativa latinoamericana declara:

“[…] hay una obra mía, diseminada por todo nuestro ámbito, que ha sido escrita, forjada al solo estímulo de mi amor por el pueblo dominicano. Me refiero a mis cuentos. Ni el deseo de ganar dinero ni el de obtener con ellos un renombre que me permitiera ganar algún día una posición política o económica ni propósito bastardo alguno dio origen a esos cuentos. [C]uando uno empieza a escribir, cuando lo hace […] sincera, lealmente, no lleva otro fin que el de expresar una inquietud interior angustiosa y agobiadora. Así, ahí está mi obra para defenderme si alguien dice actualmente o en el porvenir que soy un mal dominicano”.

Por lo anterior es que uno de los objetivos de la encuesta sobre la cuentística de Juan Bosch fue provocar la reflexión en torno a su brillante obra literaria, así como hacer que la intelectualidad dominicana vuelva sus ojos y fije su atención sobre uno de los más valiosos legados dejados a la literatura universal por ese innovador hombre de letras nacido en La Vega: su obra narrativa.

Los 10 cuentos seleccionados por los encuestados como los mejores de toda la producción literaria de Bosch, aparecen en nuestro libroJuan Bosch: Maestro de la narrativa latinoamericana (Selección de textos críticos), publicado en noviembre de 2009 y sobre el cual ―al pronunciar su discurso de presentación del mismo, titulado «Miguel Collado es mucho más que un bibliógrafo»― el crítico literario José Alcántara opinó del siguiente modo:

«…me atrevería a decir que la obra que Miguel Collado entrega hoy al país y al mundo no tiene  parangón entre nosotros. Es una obra en la que por primera vez convergen múltiples enfoques críticos de la narrativa [de Juan Bosch]. // Permítanme terminar dando las gracias al escritor y amigo Miguel Collado, que por humildad se define comobibliógrafo dominicano, aunque es mucho que más eso, por esta antología sobre la narrativa breve de Juan Bosch, que es, sin lugar a dudas, el libro del centenario de su natalicio. Lo digo por el acopio de voces críticas tan diversas y enriquecedoras que abarcan varias generaciones de escritores e investigadores dominicanos y extranjeros; por la calidad del trabajo antológico, que implicó una seria y paciente investigación de años; por la calidad del trabajo editorial, minucioso y preciso; y por la factura de una obra que quedará inscrita en los anales de las letras dominicanas como un homenaje excepcional a Juan Bosch, un clásico moderno de nuestra lengua, cuya figura se agiganta con el tiempo».

Fuente: acento.com.do

El profesor Juan Bosch un educador por excelencia

El profesor Juan Bosch educador, desde su actuación política y como escritor, ilustre dominicano ejerció el magisterio mediante las charlas, conferencias y conversatorios que llevó por todo el país.

Las dotes de Juan Emilio Bosch Gaviño, mejor conocido como el profesor Juan Bosch, un título dado a este ilustre ciudadano por sus aportes a la educación del pueblo dominicano y a los ciudadanos de otros países donde vivió por razones políticas, lo colocan más allá de lo excelso.

Este ilustre dominicano ejerció el magisterio mediante las charlas, conferencias y conversatorios que llevó por todo el país, donde instruía a los ciudadanos sobre la necesidad de organizarse, educarse y crear la conciencia sobre la unidad para llegar a crear una gran nación que fue la idea del prócer Juan Pablo Duarte. El educador, escritor y político utilizó la radio como el medio de comunicación por excelencia para enseñar a la población, donde a través de un lenguaje sencillo, hablaba para todos las clases sociales.

Sustentó el criterio de que “la misión y el uso de los medios de comunicación es fundamentalmente instruir, educar y formar a la población”. Con apenas un segundo curso del bachillerato sin concluir se convirtió en catedrático de universidades de varios países como Estados Unidos, España, Puerto Rico y en República Dominicana, por sus saberes adquiridos como autodidacta.

Se preocupó por crecer en lo personal y por su compromiso con la nación dominicana se desempeño con la profesionalidad de un egresado de la mejor universidad del mundo.

Uno de sus grandes aportes a la educación dominicana fue el llamado que mantuvo al pueblo y a todos los sectores profesionales de que la República Dominicana para salir de la pobreza y de sus graves problemas históricos, lo que lo obligó a mantener la educación como un estandarte determinante. El subsecretario de Educación, licenciado Luís de León sobre Bosch nos aclara que nunca se integró a una universidad a estudiar pedagogía, pero que por su metodología empleada en la política y el modo de dirigirse a su pueblo logró el título de profesor que se lo otorgaron los mismos ciudadanos.

“El profesor Juan Bosch tenía la visión de que la transformación social, democrática y política de la República Dominicana depende fundamentalmente de la educación, a la que le dio una visión humanista, cultural y social”, precisó De León.

Es considerado padre de la democracia dominicana por haber creado dos de los partidos liberales del país el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y el Revolucionario Dominicano.

Siendo un autodidacta varios países le otorgaron premios de excelencia entre los que se cuentan Venezuela, Argentina, Costa Rica, Colombia, Cuba y Francia, esto fruto de todos los saberes que acumulaba el prodigioso dominicano.

El funcionario exhortó a todos los educadores dominicanos leer la obra completa de Juan Bosch, catalogado como uno de los maestros del cuento en América, para que nos relacionemos con la obra de este educador.

“Los valores de la dignidad, las reivindicaciones políticas y sociales, los humanos, los del campesino dominicano, los de la mujer, patrióticos y de la dignidad se encuentran en la obra de Bosch”, sostiene de León.

Es necesario que los maestros/as aprendan la metodología que empleó Bosch en la enseñanza para que puedan llegar a los estudiantes y a la población en general. Enseñar con visión de desarrollo y de progreso es otra de las cualidades que deben ser imitadas por los profesores criollos del ilustre autodidacta.

Al conmemorarse el 18 aniversario de la muerte del Profesor Juan Bosch, Plan LEA recuerda la labor que realizó este connotado dominicano a favor de la educación criolla.

Fuente: educando.edu.do

Juan Bosch y Gaviño (1909-2001)

Biografía del escritor y novelista, otrora presidente constitucional de la República Dominicana. Bosch dio inicio a una gestión gubernativa patriótica, reformadora, de incuestionable honestidad administrativa.

Escritor, cuentista, novelista y ensayista. Nació en la ciudad de La Vega el 30 de junio de 1909 y murió en Santo Domingo el 1 de noviembre de 2001. Hijo de don José Bosch y Angela Gaviño. El padre de nacionalidad española y la madre también, nacida en Puerto Rico, se habían establecido en el país en los finales del siglo pasado.

Juan Bosch vivió los primeros años de su infancia en una pequeña comunidad rural de esa provincia, llamado Río Verde. Allí realizó sus estudios primarios y más tarde su familia se trasladó a La Vega en donde cursó los primeros años del bachillerato. En su juventud vivió en la ciudad de Santo Domingo y trabajó en establecimientos comerciales; más tarde viajó a España, Venezuela y algunas de las islas del Caribe.

A su retorno a la República Dominicana en los primeros años de la década iniciada en 1931, publicó su ensayo “Indios”, inmediatamente después “Camino Real” y la novela “La Mañosa”, aclamada por la critica nacional como una obra de extraordinario valor en la literatura dominicana. Fundó y dirigió la página literaria del periódico Listín Diario, en el cual se perfiló como un notable critico de arte y ensayista.

Se casó con la señora Isabel García y en su matrimonio procrearon a sus hijos León y Carolina.

En los primeros años de la dictadura de Rafael Trujillo Molina fue encarcelado por razones políticas, permaneciendo varios meses en prisión siendo libertado sin cargos de ninguna naturaleza. En 1938 se ausentó del país estableciéndose en Puerto Rico, y luego se trasladó a Cuba donde dirigió la edición de las obras completas de Eugenio María de Hostos. En 1939, junto a otros exiliados políticos, fundó el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), el cual organizó y dio a conocer en otros países del Caribe y América Latina. En los años transcurridos entre 1940 y 1945 se destacó como uno de los más notables escritores de cuentos de la región y laboró activamente en la formación de un frente antitrujillista encabezado por el PRD.

Colaboró con el Partido Revolucionario Cubano y desempeño un destacado papel en la redacción de la Constitución de aquel país promulgada en 1940. allí contrajo matrimonio con la dama cubana Carmen Quidiello, de cuyo matrimonio nacieron sus hijo Patricio y Bárbara.

Ganó importantes premios internacionales de cuentos y ensayos, entre los cuales se distingue el premio “Hernández Catá” que se otorgaba en la Habana a los cuentos escritos por autores de América Latina. Fue uno de los principales organizadores de la expedición militar que se gestó en “Cayo Confite” y en la cual participaron cientos de ciudadanos, cubanos y centroamericanos con intención de derrocar la dictadura de Trujillo.

Fracasada esa expedición, Bosch se trasladó a Venezuela y a otros países de América Central, donde desarrolló una activa campaña antitrujillista y consolidó su fama de escritor, cuentista y ensayista de primera categoría. Para ese momento había escrito cuentos de profundo contenido social, entre los que pueden citarse ” La Noche Buena de Encarnación Mendoza”, “Luis Pié”, “Los Amos” y “El Indio Manuel Sicuri” calificados por la crítica como obras maestras del género. En Cuba, lugar al que regresó requerido por sus amigos del Partido Revolucionario Auténtico, desempeñó importantes papeles en la vida política, siendo reconocido como promotor y autor de importantes leyes y del discurso pronunciado por el Presidente de la República , cuando se trasladaron los restos de José Martí al cementerio de Santiago de Cuba. Meses después del derrocamiento del gobierno civil, como consecuencia del golpe de Estado encabezado por Fulgencio Batista, y después de haber sido encarcelado por las fuerzas represivas del gobierno golpista, se ausentó nuevamente del país estableciéndose en Costa Rica.

Dedicado a tareas pedagógicas políticas en ese lugar y a sus actividades como Presidente del PRD, el más importante Partido político opositor del Régimen de Trujillo, en el exilio, se produjo en Cuba el triunfo encabezado por Fidel Castro, que motorizó un reordenamiento político, económico, y social en los países del Caribe. Bosch, con instinto certero, percibió el proceso histórico que se había iniciado a partir del 1ero de enero de 1959, con el advenimiento de Castro a la jefatura política y militar de la nación cubana y dirigió a Trujillo una carta, el 27 de febrero de 1961, en la cual le advertía que su papel político, en términos históricos, había concluido en la República Dominicana.

Ajusticiado Trujillo

El 30 de mayo de ese año, Bosch regresó a su país luego de veintitrés años de exilio, cuatro meses después de haberse establecido en territorio dominicano el Partido que había fundado en 1939. Su presencia en la vida política nacional, como candidato a la presidencia de la República revolucionó y modificó substancialmente el estilo de realizar campañas electorales en el país. Su forma directa y sencilla de dirigirse a las capas más bajas de la población, tanto rurales como urbanas, le permitió desarrollar una profunda influencia y simpatías populares, que lo perfilaron como incuestionable ganador de las elecciones de diciembre de 1962.

Celebrado el torneo electoral, Bosch obtuvo un triunfo arrollador sobre los electores más conservadores del país, representado por la Unión Cívica Nacional. Combatido desde ante de su ascensión al poder por esos mismos sectores que fueron derrotados en las elecciones, tomó posesión como Presidente de la República el 27 de Febrero del 1963.

Bosch dio inicio a una gestión gubernativa patriótica, reformadora, de incuestionable honestidad administrativa y de profundo reordenamiento económico y social. Su gobierno fue derrocado por un golpe militar apoyado por las fuerzas más conservadoras de la nación, estimuladas y apoyadas desde el exterior. Menos de dos años después, la insatisfacción generó el levantamiento militar del 24 de abril de 1965, que tenía como objetivo el reestablecimiento del gobierno constitucional que Bosch había presidido, y la vigencia de la constitución que su gobierno había promulgado el 29 de abril de 1963, la más progresista y liberal que ha conocido la República.

Impedido de regresar al poder por la intervención militar de los Estados Unidos, apoyado por la Organización de los Estados Americano (OEA), se vio obligado, por las circunstancias, a participar en las elecciones realizadas el 30 de mayo de 1966, bajo la dirección y el control de las fuerzas intervensoras. Bosch se marchó al exterior radicándose en España, donde realizó una extraordinaria labor literaria produciendo algunas de sus obras más importantes entre las cuales están: “Composición Social Dominicana”, “Breve Historia de la Oligarquía “, “De Cristóbal Colón a Fidel Castro” “El Caribe, Frontera Imperial” y numerosos artículos de diferentes géneros publicados en revistas, periódicos y otras publicaciones del país y del exterior.

Regresó a la República Dominicana en abril de 1970 con la intención de reorganizar y modernizar al PRD.

Convirtiendo a sus miembros en militantes activos, estudiosos de la realidad histórica y social de su país; su proyecto no fue aceptado por la mayoría del PRD. Las diferencias y contradicciones entre Bosch y un sector importante de la dirección de ese partido lo llevó a abandonar las filas de esa organización en noviembre de 1973 y fundar el 15 de diciembre de ese año el Partido de la Liberación Dominicana (PLD).

Bajo su liderato y rectoría, el PLD se convirtió en una de las fuerzas políticas más importantes del país. Como organización patriótica y democrática tiene ganado un incuestionable crédito en la República Dominicana y en otros pueblos de América y el mundo.

Su relevante aporte a las letras nacionales y americanas en la narrativa, novelas y ensayos lo han convertido en una gloria literaria, maestro de dos generaciones de escritores, cuentistas, novelistas, ensayistas, periodistas e historiadores entre los cuales se distinguen algunas de las más sobresalientes figuras del país y de América Latina.

Su conducta patriótica, cívica, honesta, valiente y militante, como gobernante y líder lo convierten en un símbolo de la dignidad nacional y en un ejemplo a seguir para las generaciones presentes y futuras de la República Dominicana.

Fuente: educando.edu.do

Ministro de Educación, Antonio Peña Mirabal, llama emular vida ejemplar del profesor Bosch, “íntegro, honesto y consagrado por una mejor nación”

Recuerdan a gran líder político, educador y laureado escritor dominicano de origen vegano

El ministro de Educación, Antonio Peña Mirabal, encabezó hoy un izamiento de bandera en la plazoleta Pedro Henríquez Ureña del Minerd, en honor al 110 aniversario del profesor Juan Bosch, escenario en el que llamó a emular la vida ejemplar del expresidente de la República, y connotado educador, “hombre íntegro y consagrado al servicio de la nación, especialmente a los más desposeídos, con un sentido constructor de una mejor nación”.

Al dirigirse ante decenas de funcionarios y empleados del Minerd, así como de directivos de la Fundación Juan Bosch, encabezados por su vicepresidente ejecutivo Matías Bosch, el ministro Peña Mirabal destacó la sencillez, dignidad y honradez a toda prueba que en vida exhibió el recordado maestro ciudadano, político y laureado escritor.

El ministro de Educación exhortó a los funcionarios y al resto de los empleados del Minerd, a desarrollar sus tareas en la administración pública con la responsabilidad, compromiso e integridad “que nos legó el querido profesor Bosch, con su permanente mensaje de que al Estado se va a servir, nunca a servirse, a darlo todo por la nación y los más necesitados”.

Expuso que con el sencillo acto de izamiento de la bandera nacional y del Minerd, “reconocemos a un hombre que dedicó su vida al servicio de las nobles causas de su país y de los pueblos del mundo. Gratitud eterna a don Juan por sus grandes ejemplos, quien, al igual que nuestro presidente Danilo Medina, se involucraba con notable, con la población más pobre, hablaba personalmente con ellos y los escuchaba con  sensibilidad social”.

Tras advertir que la honestidad se comprueba cuando se administran los recursos públicos de manera incuestionable como lo hizo el profesor Bosch, Peña Mirabal cerró su breve discurso dirigiéndose al sacerdote Mario de la Cruz, con una frase del evangelio correspondiente a este día: Padre Mario, el evangelio de hoy hace alusión a los que construyen sobre arena y los que construyen sobre roca. Los que construyen sobre arena, vienen las lluvias, crecen los ríos y se lleva la casa, pero los que construyen sobre roca, vienen las lluvias, crecen los ríos y la casa perdura”.

En tanto que, Matías Bosch, vicepresidente de la Fundación Juan Bosch, realizó una breve reseña de la vida del fenecido líder político, en la que llamó a convertir el pensamiento del líder político, educador y reconocido escritor, en el quehacer de la cotidianidad de cada dominicano, siempre pensamiento en la construcción de una mejor nación.

Asimismo, el sacerdote Mario de la Cruz, vicario episcopal de educación de la Arquidiócesis de Santo Domingo, planteó la necesidad de que la formación en valores sea parte intrínseca de la educación en las escuelas, “pues solo así, con esos valores humanos y espirituales, podremos construir una nueva sociedad”.

A la actividad, también con motivo de celebrarse mañana el Día Nacional del Maestro, asistieron viceministros Ramón Valerio, Luis De León y Rafael Darío Rodríguez; Henry Santos, coordinador del Gabinete Ministerial; y los directores Ana Teresa Merán, de Cultura; Mary Kasse, de Cooperación Internacional, y Yuri Rodríguez, del Instituto Nacional de Bienestar Magisterial (INABIMA), y Diómedes Núñez Polanco, de la Biblioteca Nacional, entre otros funcionarios y personalidades invitadas.

Los amos

Los amos
[Cuento – Texto completo.]

Juan Bosch

Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.

-Le voy a dar medio peso para el camino. Usté esta muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.

Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.

-Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.

-Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.

Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.

-Ta bien, don Pío -dijo-; que Dio se lo pague.

Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.

-Que animao ta el becerrito -comentó en voz baja.

Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.

Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.

Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.

-Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.

-Ah, sí, cómo no, don. Mucha gracia -oyó responder.

El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.

-Vea, don -dijo- aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.

Don Pío caminó arriba.

-¿Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.

-Arrímese pa aquel lao y la verá.

Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.

-Dese una caminata y me la arrea, Cristino -oyó decir a don Pío.

-Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.

-¿La calentura?

-Unjú, me ta subiendo.

-Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.

Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito…

-¿Va a traérmela? -insistió la voz.

Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.

-¿Va a buscármela, Cristino?

Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.

Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.

-Ello sí, don -dijo-: voy a dir. Deje que se me pase el frío.

-Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.

Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.

-Si: ya voy, don -dijo.

-Cogió ahora por la vuelta del arroyo -explicó desde la galería don Pío.

Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío lo veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.

-¡Qué día tan bonito, Pío! -comentó con voz cantarina.

El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.

-No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le di medio peso para el camino.

Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.

-Malagradecidos que son, Herminia -dijo-. De nada vale tratarlos bien.

Ella asintió con la mirada.

-Te lo he dicho mil veces, Pío -comentó. Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

FIN

La mujer

[Cuento – Texto completo]

Juan Bosch

La carretera está muerta. Nadie ni nada la resucitará. Larga, infinitamente larga, ni en la piel gris se le ve vida. El sol la mató; el sol de acero, de tan candente al rojo, un rojo que se hizo blanco. Tornose luego transparente el acero blanco, y sigue ahí, sobre el lomo de la carretera.

Debe hacer muchos siglos de su muerte. La desenterraron hombres con picos y palas. Cantaban y picaban; algunos había, sin embargo, que ni cantaban ni picaban. Fue muy largo todo aquello. Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían. De tarde el acero blanco se volvía rojo; entonces en los ojos de los hombres que desenterraban la carretera se agitaba una hoguera pequeñita, detrás de las pupilas.

La muerta atravesaba sabanas y lomas y los vientos traían polvo sobre ella. Después aquel polvo murió también y se posó en la piel gris.

A los lados hay arbustos espinosos. Muchas veces la vista se enferma de tanta amplitud. Pero las planicies están peladas. Pajonales, a distancia. Tal vez aves rapaces coronen cactos. Y los cactos están allá, más lejos, embutidos en el acero blanco.

También hay bohíos, casi todos bajos y hechos con barro. Algunos están pintados de blanco y no se ven bajo el sol. Sólo se destaca el techo grueso, seco, ansioso de quemarse día a día. Las cañas dieron esas techumbres por las que nunca rueda agua.

La carretera muerta, totalmente muerta, está ahí, desenterrada, gris. La mujer se veía, primero, como un punto negro, después, como una piedra que hubieran dejado sobre la momia larga. Estaba allí tirada sin que la brisa le moviera los harapos. No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor por los gritos del niño. El niño era de bronce, pequeñín, con los ojos llenos de luz, y se agarraba a la madre tratando de tirar de ella con sus manecitas. Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo, las rodillas por lo menos, de aquella criatura desnuda y gritona.

La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.

A medida que se avanzaba crecía aquello que parecía una piedra tirada en medio de la gran carretera muerta. Crecía, y Quico se dijo: “Un becerro, sin duda, estropeado por un auto”.

Tendió la vista: la planicie, la sabana. Una colina lejana, con pajonales, como si fuera esa colina sólo un montoncito de arena apilada por los vientos. El cauce de un río; las fauces secas de la tierra que tuvo agua mil años antes de hoy. Se resquebrajaba la planicie dorada bajo el pesado acero transparente. Y los cactos, los cactos coronados de aves rapaces.

Más cerca ya, Quico vio que era persona. Oyó distintamente los gritos del niño.

El marido le había pegado. Por la única habitación del bohío, caliente como horno, la persiguió, tirándole de los cabellos y machacándole la cabeza a puñetazos.

-¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre! ¡Te voy a matar como a una perra, desvergonsá!

-Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó -quería ella explicar.

-¿Que no? ¡Ahora verás!

Y volvía a golpearla.

El niño se agarraba a las piernas de su papá, no sabía hablar aún y pretendía evitarlo. Él veía la mujer sangrando por la nariz. La sangre no le daba miedo, no, solamente deseos de llorar, de gritar mucho. De seguro mamá moriría si seguía sangrando.

Todo fue porque la mujer no vendió la leche de cabra, como él se lo mandara; al volver de las lomas, cuatro días después, no halló el dinero. Ella contó que se había cortado la leche; la verdad es que la bebió el niño. Prefirió no tener unas monedas a que la criatura sufriera hambre tanto tiempo.

Le dijo después que se marchara con su hijo:

-¡Te mataré si vuelves a esta casa!

La mujer estaba tirada en el piso de tierra; sangraba mucho y nada oía. Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera. Y se quedó allí, como muerta, sobre el lomo de la gran momia.

Quico tenía agua para dos días más de camino, pero la gastó en rociar la frente de la mujer. La llevó hasta el bohío, dándole el brazo, y pensó en romper su camisa listada para limpiarla de sangre. Chepe entró por el patio.

-¡Te dije que no quería verte má aquí, condená!

Parece que no había visto al extraño. Aquel acero blanco, transparente, le había vuelto fiera, de seguro. El pelo era estopa y las córneas estaban rojas.

Quico le llamó la atención; pero él, medio loco, amenazó de nuevo a su víctima. Iba a pegarle ya. Entonces fue cuando se entabló la lucha entre los dos hombres.

El niño pequeñín comenzó a gritar otra vez; ahora se envolvía en la falda de su mamá.

La lucha era como una canción silenciosa. No decían palabra. Sólo se oían los gritos del muchacho y las pisadas violentas.

La mujer vio cómo Quico ahogaba a Chepe: tenía los dedos engarfiados en el pescuezo de su marido. Éste comenzó por cerrar los ojos; abría la boca y le subía la sangre al rostro.

Ella no supo qué sucedió, pero cerca, junto a la puerta, estaba la piedra; una piedra como lava, rugosa, casi negra, pesada. Sintió que le nacía una fuerza brutal. La alzó. Sonó seco el golpe. Quico soltó el pescuezo del otro, luego dobló las rodillas, después abrió los brazos con amplitud y cayó de espaldas, sin quejarse, sin hacer un esfuerzo.

La tierra del piso absorbía aquella sangre tan roja, tan abundante. Chepe veía la luz brillar en ella.

La mujer tenía las manos crispadas sobre la cara, todo el pelo suelto y los ojos pugnando por saltar. Corrió. Sentía flojedad en las coyunturas. Quería ver si alguien venía. Pero sobre la gran carretera muerta, totalmente muerta, sólo estaba el sol que la mató. Allá, al final de la planicie, la colina de arenas que amontonaron los vientos. Y cactos embutidos en el acero.

FIN

Dos pesos de agua

Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)

Dos pesos de agua
(Cuentos escritos antes del exilio, 1975)

La vieja Remigia sujeta el aparejo, alza la pequeña cara y dice:
—Dele ese rial fuerte a las ánimas pa que llueva, Felipa.
Felipa fuma y calla. Al cabo de tanto oír lamentar la sequía levanta los ojos y recorre el cielo con ellos. Claro, amplio y alto, el cielo se muestra sin una mancha. Es de una limpieza desesperante.
—Y no se ve nadita de nubes —comenta.
Baja entonces la mirada. Los terrenos pardos se agrietan a la distancia. Allá, al pie de la loma, un bohío. La gente que vive en él, y en los otros, y en los más remotos, estará pensando como ella y como la vieja Remigia. ¡Nada de lluvia en una sarta bien larga de meses! Los hombres prenden fuego a los pinos de las lomas; el resplandor de los candelazos chamusca las escasas hojas de los maizales; algunas chispas vuelan como pájaros, dejando estelas luminosas, caen y florecen en incendios enormes: todo para que ascienda el humo a los cielos, para que llueva… Y nada. Nada.
—Nos vamos a acabar, Remigia —dice.
La vieja comenta:
—Pa lo que nos falta.
La sequía había empezado matando la primera cosecha; cuando se hubo hecho larga y le sacó todo el jugo a la tierra, les cayó encima a los arroyos; poco a poco los cauces le fueron quedando anchos al agua, las piedras surgieron cubiertas de lama y los pececillos emigraron corriente abajo. Infinidad de caños acabaron por agotarse, otros por tornarse lagunas, otros lodazales.
Sedientos y desesperados, muchos hombres abandonaron los conucos, aparejaron caballos y se fueron con las familias en busca de lugares menos áridos.
La vieja Remigia se resistía a salir. Algún día caería el agua; alguna tarde se cargaría el cielo de nubes; alguna noche rompería el canto del aguacero sobre el ardido techo de yaguas. Algún día…
***
Desde que se quedó con el nieto, después que se llevaron al hijo en una parihuela, la vieja Remigia se hizo huraña y guardadora. Pieza a pieza fue juntando sus centavos en una higera con ceniza. Los centavos eran de cobre. Trabajaba en el conuquito, detrás de la casa, sembrando maíz y frijoles. El maíz lo usaba en engordar los pollos y los cerdos; los frijoles servían para la comida. Cada dos o tres meses reunía los pollos más gordos y se iba a venderlos. Cuando veía un cerdo mantecoso, lo mataba; ella misma detallaba la carne y de las capas extraía la grasa; con ésta y con los chicharrones se iba también al pueblo. Cerraba el bohío, le encarbaba a un vecino que le cuidara lo suyo, montaba el nieto en el potro bayo y lo seguía a pie. En la noche estaba de vuelta.
Iba tejiendo su vida así, con el nieto colgado en el corazón.
—Pa ti trabajo, muchacho —le decía—. No quiero que pases calores, ni que te vayas a malograr, como tu taita.
El niño la miraba. Nunca se le oía hablar, y aunque apenas alzaba una vara del suelo, madrugaba con su machete bajo el brazo y el sol le salía sobre la espalda, limpiando el conuco.
La vieja Remigia tenía sus esperanzas. Veía crecer el maíz, veía florecer los frijoles; oía el gruñido de sus puercos en la pocilga cercana; contaba las gallinas al anochecer, cuando subían a los palos. Entre días descolgaba la higera y sacaba los cobres. Había muchos, llegó también a haber monedas de plata de todos tamaños.
Con un temblor de novia en la mano, Remigia acariciaba su dinero y soñaba. Veía al muchacho en tiempo de casarse, bien montado en brioso caballo alazano, o se lo figuraba tras un mostrador, despachando botellas de ron, varas de lienzo, libras de azúcar. Sonreía, tornaba a guardar su dinero, guindaba la higera y se acercaba al nieto, que dormía tranquilo.
Todo iba bien, bien. Pero sin saberse cuándo ni cómo se presentó aquella sequía. Pasó un mes sin llover, pasaron dos, pasaron tres. Los hombres que cruzaban por delante de su bohío la saludaban diciendo:
—Tiempo bravo, Remigia.
Ella aprobaba en silencio. Acaso comentaba:
—Prendiendo velas a las ánimas pasa esto.
Pero no llovía. Se consumieron muchas velas y se consumió también el maíz en sus tallos. Se oían crujir los palos; se veían enflaquecer los caños de agua; en la pocilga empezó a endurecerse la tierra. A veces se cargaba el cielo de nubes; allá arriba se apelotonaban manchas grises; bajaban de las lomas vientos húmedos, que alzaban montones de polvo…
—Esta noche sí llueve, Remigia —aseguraban los hombres que cruzaban.
—¡Por fin! Va a ser hoy —decía una mujer.
—Ya está casi cayendo —confiaba un negro.
La vieja Remigia se acostaba y rezaba: ofrecía más velas a las ánimas y esperaba. A veces le parecía sentir el roncar de la lluvia que descendía de las altas lomas. Se dormía esperanzada; pero el cielo amanecía limpio como ropa de matrimonio.
Comenzó la desesperación. La gente estaba ya transida y la propia tierra quemaba como si despidiera llamas. Todos los arroyos cercanos habían desaparecido; toda la vegetación de las lomas había sido quemada. No se conseguía comida para los cerdos; los asnos se alejaban en busca de mayas; las reses se perdían en los recodos, lamiendo raíces de árboles; los muchachos iban a distancias de medio día a buscar latas de agua; las gallinas se perdían en los montes, en procura de insectos y semillas.
—Se acaba esto, Remigia. Se acaba —lamentaban las viejas.
Un día, con la fresca del amanecer, pasó Rosendo con la mujer, los dos hijos, la vaca, el perro y un mulo flaco cargado de trastos.
—Yo no aguanto, Remigia; a este lugar le han hecho mal de ojo.
Remigia entró en el bohío, buscó dos monedas de cobre y volvió.
—Tenga; préndamele esto de velas a las ánimas en mi nombre —recomendó.
Rosendo cogió los cobres, los miró, alzó la cabeza y se cansó de ver cielo azul.
—Cuando quiera, váyase a Tavera. Nosotros vamos a parar un rancho allá, y dende agora es suyo.
—Yo me quedo, Rosendo. Esto no puede durar.
Rosendo volvió el rostro. Su mujer y sus hijos se perdían ya en la distancia. El sol parecía incendiar las lomas remotas.
***
El muchacho se había puesto tan oscuro como un negro. Un día se le acercó:
—Mamá, uno de los puerquitos parece muerto.
Remigia se fue a la pocilga. Anhelantes, resecas las trompas, flacos como alambres, los cerdos gruñían y chillaban. Estaban apelotonados, y cuando Remigia los espantó vio restos de un animal. Comprendió: el muerto había alimentado a los vivos. Entonces decidió ir ella misma en busca de agua para que sus animales resistieran.
Echaba por delante el potro bayo; salía de madrugada y retornaba a medio día. Incansable, tenaz, silenciosa, Remigia se mantenía sin una queja. Ya sentía menos peso en la higuera; pero había que seguir sacrificando algo para que las ánimas tuvieran piedad. El camino hasta el arroyo más cercano era largo; ella lo hacía a pie, para no cansar la bestia. El potro bayo tenía las ancas cortantes, el pescuezo flaco, y a veces se le oían chocar los huesos.
El éxodo seguía. Cada día se cerraba un nuevo bohío. Ya la tierra parda se resquebrajaba; ya sólo los espinosos cambronales se sostenían verdes. En cada viaje el agua del arroyo era más escasa. A la semana había tanto lodo como agua; a las dos semanas el cauce era como un viejo camino pedregoso, donde refulgía el sol. La bestia, desesperada, buscaba donde ramonear y batía el rabo para espantar las moscas.
Remigia no había perdido la fe. Esperaba las señales de lluvia en el alto cielo.
—¡Ánimas del Purgatorio! —clamaba de rodillas—. ¡Ánimas del Purgatorio! ¡Nos vamos a morir achicharrados si ustedes no nos ayudan!
Días más tarde el potro bayo amaneció tristón e incapaz de levantarse; esa misma tarde el nieto se tendió en el catre, ardiendo en fiebre. Remigia se echó afuera. Anduvo y anduvo, llamando en los distantes bohíos, levantando los espíritus.
—Vamos a hacerle un rosario a San Isidro —decía.
—Vamos a hacerle un rosario a San Isidro —repetía.
Salieron una madrugada de domingo. Ella llevaba el niño en brazos. La cabeza del muchacho, cargada de calenturas, pendía como un bulto del hombro de su abuela. Quince o veinte mujeres, hombres y niños desharrapados, curtidos por el sol, entonaban cánticos tristes, recorriendo los pelados caminos. Llevaban una imagen de la Altagracia; le encendían velas; se arrodillaban y elevaban ruegos a Dios. Un viejo flaco, barbudo, de ojos ardientes y acerados, con el pecho desnudo, iba delante golpeándose el esternón con la mano descarnada, mirando a lo alto y clamando:

¡San Isidro Labrador!
¡San Isidro Labrador!
Trae el agua y quita el sol,
¡San Isidro Labrador!

Sonaba ronca la voz del viejo. Detrás, las mujeres plañían y alzaban los brazos.
***
Ya se habían ido todos. Pasó Rosendo, pasó Toribio con una hija medio loca; pasó Felipe; pasaron unos y otros. Ella les dio a todos para las velas. Pasaron los últimos, una gente a quienes no conocía; llevaban un viejo enfermo y no podían con su tristeza; ella les dio para las velas.
Se podía tender la vista sin tropiezos y ver desde la puerta del bohío el calcinado paisaje con las lomas peladas al final; se podían ver los cauces secos de los arroyos.
Ya nadie esperaba lluvia. Antes de irse los viejos juraban que Dios había castigado el lugar y los jóvenes que tenía mal de ojo.
Remigia esperaba. Recogía escasas gotas de agua. Sabía que había que empezar de nuevo, porque ya casi nada quedaba en la higuera, y el conuco estaba pelado como un camino real. Polvo y sol; sol y polvo. La maldición de Dios, por la maldad de los hombres, se había realizado allí; pero la maldición de Dios no podía acabar con la fe de Remigia.
***
En su rincón del Purgatorio, las ánimas, metidas de cintura abajo entre las llamas voraces, repasaban cuentas. Vivían consumidas por el fuego, purificándose; y, como burla sangrienta, tenían potestad para desatar la lluvia y llevar el agua a la tierra. Una de ellas, barbuda, dijo:
—¡Caramba! ¡La vieja Remigia, de Paso Hondo, ha quemado ya dos pesos de velas pidiendo agua!
Las compañeras saltaron vociferando:
—¡Dos pesos, dos pesos!
Alguna preguntó:
—¿Por qué no se le ha atendido, como es costumbre?
—¡Hay que atenderla! —rugió una de ojos impetuosos.
—¡Hay que atenderla! —gritaron las otras.
Se corría la voz, se repetían el mandato:
—¡Hay que mandar agua a Paso Hondo! ¡Dos pesos de agua!
—¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!
—¡Dos pesos de agua a Paso Hondo!
Todas estaban impresionadas, casi fuera de sí, porque nunca llegó una entrega de agua a tal cantidad; ni siquiera a la mitad, ni aun a la tercera parte. Servían una noche de lluvia por dos centavos de velas, y cierta vez enviaron un diluvio entero por veinte centavos.
—¡Dos pesos de agua a Paso Hondo! —rugían.
Y todas las ánimas del Purgatorio se escandalizaban pensando en el agua que había que derramar por tanto dinero, mientras ellas ardían metidas en el fuego eterno, esperando que la suprema gracia de Dios las llamara a su lado.
***
Abajo, en Paso Hondo, se nubló el cielo. Muy de mañana Remigia miró hacia oriente y vio una nube negra y fina, tan negra como una cinta de luto y tan fina como la rabiza de un fuete. Una hora después inmensas lomas de nubes grises se apelotonaron, empujándose, avanzando, ascendiendo. Dos horas más tarde estaba oscuro como si fuera de noche.
Llena de miedo, con el temor de que se deshiciera tanta ventura, Remigia callaba y miraba. El nieto seguía en el catre, calenturiento. Estaba flaco, igual que un sonajero de huesos. Los ojos parecían salirle de cuevas.
Arriba estalló un trueno. Remigia corrió a la puerta. Avanzando como caballería rabiosa, un frente de lluvia venía de las lomas sobre el bohío. Ella sonrió de manera inconsciente; se sujetó las mejillas, abrió desmesuradamente los ojos. ¡Ya estaba lloviendo!
Rauda, pesada, cantando broncas canciones, la lluvia llegó hasta el camino real, resonó en el techo de yaguas, saltó el bohío, empezó a caer en el conuco. Sintiéndose arder, Remigia corrió a la puerta del patio y vio descender, apretados, los hilos gruesos del agua; vio la tierra adormecerse y despedir un vaho espeso. Se tiró afuera, rabiosa.
—¡Yo sabía, yo lo sabía, yo lo sabía! —gritaba a voz en cuello.
—¡Lloviendo, lloviendo! —clamaba con los brazos tendidos hacia el cielo—. ¡Yo lo sabía!
De pronto penetró en la casa, tomó al niño, lo apretó contra su pecho, lo alzó, lo mostró a la lluvia.
—¡Bebe, muchacho; bebe, hijo mío! ¡Mira agua, mira agua!
Y sacudía al nieto, lo estrujaba; parecía querer meterle dentro el espíritu fresco y disperso del agua.
***
Mientras afuera bramaba el temporal, soñaba adentro Remigia.
—Ahora —se decía—, en cuanto la tierra se ablande, siembro batata, arroz tresmesino, frijoles y maíz. Todavía me quedan unos cuartitos con que comprar semillas. El muchacho se va a sanar. ¡Lástima que la gente se haya ido! Quisiera verle la cara a Toribio, a ver qué pensaría de este aguacero. Tantas rogaciones, y sólo me van a aprovechar a mí. Quizá vengan agora, cuando sepan que ya pasó el mal de ojo.
El nieto dormía tranquilo. En Paso Hondo, por los secos cauces de los arroyos y los ríos, empezaba a rodar agua sucia; todavía era escasa y se estancaba en las piedras. De las lomas bajaba roja, cargada de barro; de los cielos descendía pesada y rauda. El techo de yaguas se desmigajaba con los golpes múltiples del aguacero. Remigia se adormecía y veía su conuco lleno de plantas verdes, lozanas, batidas por la brisa fresca; veía los rincones llenos de dorado maíz, de arroz, frijoles, de batatas henchidas. El sueño le tornaba pesada la cabeza.
Y afuera seguía bramando la lluvia incansable.
***
Pasó una semana; pasaron diez días, quince… Zumbaba el aguacero sin una hora de tregua. Se acabaron el arroz y la manteca; se acabó la sal. Bajo el agua tomó Remigia el camino de Las Cruces para comprar comida. Salió de mañana y retornó a media noche. Los ríos, los caños de agua y hasta las lagunas se adueñaban del mundo, borraban los caminos, se metían lentamente entre los conucos. Una tarde pasó un hombre. Montaba mulo pesado.
—¡Ey, don! —llamó Remigia.
El hombre metió la cabeza del animal por la puerta.
—Bájese pa que se caliente —invitó ella.
La montura se quedó a la intemperie.
—El cielo se ta cayendo en agua —explicó él al rato. —Yo como usté dejaba este sitio tan bajito y me diba pa las lomas.
—¿Yo dirme? No, hijo. Horita pasa este tiempo.
—Vea —se extendió el visitante—, esto es una niega. Yo las he visto tremendas, con el agua llevándose animales, bohíos, matas y gente. Horita se crecen todos los caños que yo he dejado atrás, contimás que ta lloviéndoles duro en las cabezadas.
—Jum… Peor que esto fue la seca, don. Todo el mundo le salió huyendo, y yo la aguanté.
—La seca no mata, pero el agua ahoga, doña. Todo eso —y señaló lo que él había dejado a la puerta— ta anegado. Como tres horas tuve esta mañana sin salir de un agua que me le daba en la barriga al mulo.
El hombre hablaba con voz pausada, y sus ojos grises, atemorizados, vigilaban el incesante caer de la lluvia.
Al anochecer se fue. Mucho le rogó Remigia que no cogiera el camino con la oscuridad.
—Dispué es peor, doña. Van esos ríos y se botan…
Remigia se fue a atender al nieto, que se quejaba débilmente.
***
Tuvo razón el hombre. ¡Qué noche, Dios! Se oía un rugir sordo e inquietante; se oían retumbar los truenos; penetraban los reflejos de los relámpagos por las múltiples rendijas.
El agua sucia entró por los quicios y empezó a esparcirse en el suelo. Bravo era el viento en la distancia, y a ratos parecía arrancar árboles. Remigia abrió la puerta. Un relámpago lejano alumbró el sitio de Paso Hondo. ¡Agua y agua! Agua aquí, allá, más lejos, entre los troncos escasos, en los lugares pelados. Debía descender de las lomas y en el camino real se formaba un río torrentoso.
—¿Será una niega? —se preguntó Remigia, dudando por vez primera.
Pero cerró la puerta y entró. Ella tenía fe; una fe inagotable, más que lo que había sido la sequía, más que lo sería la lluvia. Por dentro, su bohío estaba tan mojado como por fuera. El muchacho se encogía en el catre, rehuyendo las goteras.
A medianoche la despertó un golpe en una esquina de la vivienda. Se fue a levantar, pero sintió agua hasta casi las rodillas. Bramaba afuera el viento. El agua batía contra los setos del bohío.
¡Ay de la noche horrible, de la noche anegada! Venía el agua en golpes; venía y todo lo cundía, todo lo ahogaba. Restalló otro relámpago, y el trueno desgajó pedazos de oscuro cielo.
Remigia sintió miedo.
—¡Virgen Santísima! —clamó—. ¡Virgen Santísima, ayúdame!
Pero no era negocio de la Virgen, ni de Dios, sino de las ánimas, que allá arriba gritaban:
—¡Ya va medio peso de agua! ¡Ya va medio peso!
***
Cuando sintió el bohío torcerse por los torrentes, Remigia desistió de esperar y levantó al nieto. Se lo pegó al pecho; lo apretó, febril; luchó con el agua que le impedía caminar; empujó, como pudo, la puerta y se echó afuera. A la cintura llevaba el agua; y caminaba, caminaba. No sabía adónde iba. El terrible viento le destrenzaba el cabello, los relámpagos verdeaban en la distancia. El agua crecía, crecía. Levantó más al nieto. Después tropezó y tornó a pararse. Seguía sujetando al niño y gritando:
—¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!
Se llevaba el viento su voz y la esparcía sobre la gran llanura líquida.
—¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!
Su falda flotaba. Ella rodaba, rodaba. Sintió que algo le sujetaba el cabello, que le amarraban la cabeza. Pensó:
—En cuanto esto pase siembro batata.
Veía el maíz metido bajo el agua sucia. Hincaba las uñas en el pecho del nieto.
—¡Virgen Santísima!
Seguía ululando el viento, y el trueno rompía los cielos. Se le quedó el cabello enredado en un tronco espinoso. El agua corría hacia abajo, hacia abajo, arrastrando bohíos y troncos. Las ánimas gritaban, enloquecidas:
—¡Todavía falta; todavía falta! ¡Son dos pesos, dos pesos de agua! ¡Son dos pesos de agua!