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10 consejos “de bolsillo” para papás

Estos 10 sencillos y útiles consejos de crianza los puedes aplicar todos los días para fortalecer el vínculo con tu peque.

Cuando somos papás primerizos, constantemente nos preguntamos cuál será la mejor forma de comportarnos con nuestros hijos ante ciertas circunstancias que ocurren en el día a día. Y es muy importante tener en cuenta que la forma en que los tratemos dejará secuelas positivas o negativas en ellos.

Es por eso que compartimos contigo estos “consejos de bolsillo”, que puedes realizar cada día, y los cuales son sugeridos por Don Bosco, un famoso educador italiano del s. XIX.

1.-Valora a tu hijo: lo harás sentir respetado y querido, lo que lo ayudará a madurar.

2.-Cree en él: aunque sea un niño muy travieso, en el fondo tiene un corazón noble y sincero.

3.-Ámalo y respétalo: hazle sentir que lo apoyas, y cuando hables con él, míralo a los ojos.

4.-Elógialo siempre que puedas: es vital para reforzar su autoestima.

5.-Compréndelo: recuerda que tú también pasaste dificultades a su edad. Sé comprensivo.

6.-Demuéstrale tu alegría: se sentirá más cómodo a tu lado y te tendrá más confianza.

7.-Acércate a tu peque: además de hacer cosas juntos, preocúpate por conocer a sus amigos y las cosas que le gustan.

8.-Sé coherente con él: si esperas que sea ordenado, tú también debes de serlo. Enséñale con tu ejemplo.

9.-Más vale prevenir que castigar: evita todo lo que puedas el castigo. Y si lo ves necesario, que no sea de mal humor y mucho menos con violencia.

10.-Mediten juntos: pueden platicar de cómo se sienten, y si comparten un credo en la familia, esto les servirá mucho para reflexionar.

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Beneficios del contacto con la naturaleza en niños

Descubre los beneficios de que tu pequeño disfrute de todo tipo de ambientes naturales.

Muchos recordaremos cuando éramos niños y como nos encantaba ir a jugar debajo de la lluvia, saltar charcos, jugar con tierra y trepar árboles. La naturaleza nos brindaba mucha diversión a pesar de que, llegando a casa, nuestros padres seguramente nos llamarían la atención.

De niños tal vez no lo hubiéramos creído, pero también nuestros papás, y los papás de nuestros papás, se empapaban en las calles, hacían pasteles de lodo e iban jugando a tener aventuras en los parques llenos de mugre y humedad.

El contacto de los niños con el ambiente es algo más natural de lo que podemos imaginar, incluso tiene su lado antropológico: dentro de nosotros hay rasgos que nos llaman a convivir con la naturaleza plenamente. De ahí que a muchos nos agrade andar descalza en el pasto, sumergirnos en un lago o tomar agua de lluvia.

Esta relación con la naturaleza tiene muchos beneficios para nuestro organismo, especialmente cuando somos niños: nos hace sentir conectados con nuestro entorno, nos genera tranquilidad y armonía.

Además, es una forma de generar defensas en el cuerpo: jugar con tierra y agua nos hace más resistentes a los virus y bacterias. Es como si nuestro cuerpo, de manera inconsciente, buscara aquello que necesitamos para terminarnos de desarrollar y fortalecer.

Por si fuera poco, los niños que están en contacto con la naturaleza son más responsables y respetuosos con su entorno: generan conciencia sobre el cuidado del ambiente, valoran más los pequeños detalles y son menos propensos a desarrollar adicciones como el tabaquismo.

Y sin duda, los pequeños amantes de la naturaleza serán más propensos y hábiles para desarrollar algún deporte, lo que les ayudará en su desarrollo físico, mental y emocional.

Permite que tu pequeño disfrute plenamente de su entorno, siempre y cuando no sea enfermizo o tenga alguna alergia. Si no lo sabes, su cuerpo lo irá desvelando poco a poco mientras esté en contacto con la naturaleza. Él aprenderá mucho de sí mismo

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¿Por qué todos opinan sobre cómo criar a los hijos de los demás?

Catherine L’Ecuyer

Hace 12 años. Eran las dos de la mañana y llevaba apenas unas horas estrenando, con sentimientos encontrados, esa maravilla que llamamos maternidad. Asombro, euforia, pero también culpabilidad, dolor y miedo.

Nadie me había dicho que la lactancia iba a ser un calvario. Mientras luchaba en la penumbra, se me acercó una señora vestida con bata y, con un trato muy poco delicado, empezó a aleccionarme sobre la lactancia, introduciéndose en la recién estrenada intimidad madre-hija, sin que le hubiese pedido su ayuda.

Me dijo que lo estaba haciendo muy mal y me hundió de consejos para ser una madre aceptable. “Muchas gracias”, le dije, esperando que nos dejara a solas. Qué sorpresa me llevé al verla dar media vuelta para seguir con su trabajo, cogiendo el suape. Pertenecía al turno nocturno del equipo de limpieza del hospital.

Es curiosa la alegría, el desparpajo con que la gente opina. ¿Por qué existirá esa especie de inercia irresistible en el ámbito educativo y de la crianza para opinar de todo lo que uno piensa, y a veces ni sabe? Las suegras, las cuñadas, las amigas, los expertos educativos, las redes, las empresas que venden productos, las revistas educativas. Todos opinan con una alegría, una contundencia y una seguridad que dan miedo. Menos mal que sabemos que la veracidad de un juicio no depende de la fuerza con la que se emite. Pero cuando uno va sin experiencia, cuánto se traga…

¿Qué mueve a dar consejos a todos y a todas horas? Sin duda, está el bienintencionado, el que por empatía auténtica quiere ayudar a toda costa, pero que no mide su propia fuerza. Prefiere soltar cualquier cosa que quedarse callado ante un problema. Intuyo que fue el caso de la señora que hace 12 años se me acercó en la penumbra mientras limpiaba.

Luego está el resabido, el que lo sabe todo porque se conoce de memoria lo que predica la industria del consejo empaquetado y siempre tiene la respuesta a punto a todos los problemas. El resabido no es consciente de lo pesado que es, sobre todo cuando alecciona en público. Pero sin duda, la peor clase de consejo que podemos recibir, es la del oportunista. El mercado está repleto de consejos oportunistas, ajenos a la mentalidad científica, basados en modas educativas de turno y que intentan sintonizar con un sentimiento general afín para crear simpatía entre sus lectores.

Me atrevo a decir que los consejos oportunistas son los primeros enemigos de la educación con sentido. ¿Por qué? Si nos fijamos bien, usan un lenguaje tan general que, además de no decir nada concreto, acaban sembrando una confusión absoluta. Por ejemplo, ahora se ha puesto de moda advertir de la sobreprotección. Se leen artículos en numerosas revistas educativas “prohibiendo” tener una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestro hijo y prevenirles o evitarles cualquier mal o sufrimiento”.

Para darnos cuenta del sinsentido del consejo oportunista, un ejercicio interesante puede consistir en analizar esa cita, procurando interpretarla.

¿Se considera una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestros hijos” el calmarles con la tableta para dormirles o el comprarles chucherías cuando nos las reclaman con una pataleta con 3 años?

¿Se consideran las tabletas y las chucherías “necesidades”? ¿Se considera una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestros hijos” el dar el pecho a demanda, o el tener seis cámaras pendientes de sus movimientos nocturnos? ¿Y el tomar la temperatura del baño con 6 meses? ¿Y con 10 años? ¿Y el atenderlos cuando tienen frío al día de nacer, o cuando piden brazos llorando porque les duele el estómago o porque les asusta la vista de un extraño con 6 meses, o cuando lloran desconsolados al entrar al colegio con 18 meses?

¿Se considera una “preocupación excesiva por prevenirles o evitarles cualquier mal o sufrimiento” el impedir que abran el cajón de cuchillos con 4 años, el llevarles al cole el bocadillo que se olvidaron en casa con 15 años o el impedirles que suban un árbol de cuatro metros de altura? ¿Y de 40 metros?

Con esos consejos genéricos, la confusión está servida. Quizás por eso, algunas madres llaman “histéricas” a otras que no se atreven a dejar a sus bebés en manos de canguros desconocidos. Consideran hacerlo una proeza para inculcar “madurez” y autonomía cuanto antes al retoño. Y llaman “enmadrados” a niños que lloran al entrar por primera vez en el colegio.

Es curioso que exista una palabra en castellano, “mamitis”, que haga sonar a trastorno la natural y sana manifestación de la necesidad afectiva de un niño. No sorprende, dada la facilidad que tenemos en ponerle etiquetas de trastorno a absolutamente todo lo que consideramos fuera de la “normalidad”. Una vez definida la normalidad como lo que se sale de la norma, habría que ver quién marca la norma, si es la naturaleza misma, la dictadura de la mayoría, o un oportunista y seudocientífico interés en ella.

Lo que dice la literatura científica, que se ubica en las antípodas de la industria del consejo empaquetado, es que el vínculo del apego es clave para un buen desarrollo de la persona. Coinciden miles de estudios en que el vínculo del apego seguro se establece a base de atender a tiempo las necesidades básicas (biológicas, afectivas) del niño durante sus primeros dos años de vida. Y la literatura científica nos da pautas concretas de lo que significa eso. Sin embargo, hoy por hoy, suena bien decir que “no hay que tener una preocupación excesiva por satisfacer las necesidades de nuestros hijos”, sin matizar ni siquiera por edad. Porque es lo que se lleva. Y se considera que lo que se lleva manda. Es curioso eso. Las modas están sujetas a gustos y cambian, pero curiosamente, obligan.

Y nosotros, por buscar lo mejor para nuestros hijos, porque andamos sin experiencia y no quisiéramos equivocarnos, aceptamos con resignación la dictadura de las modas. En la educación, si no sabemos y no tenemos medios de saber lo que conviene hacer, es mejor seguir la intuición y equivocarse cien veces para finalmente encontrar el punto, que seguir ciegamente un consejo oportunista y seudocientífico.

Lo que no va a ser nunca objeto de moda es lo que reclama la naturaleza de nuestros hijos, en función de cada edad. La dificultad de educar, y también paradójicamente el éxito en hacerlo, reside precisamente en eso: en la capacidad de discernir entre lo que reclama el niño y lo que reclama su naturaleza, que no siempre coinciden. Eso no lo puede hacer un manual de crianza escrito por personas que no conocen a nuestros hijos, no lo puede hacer una aplicación informática, por muy sofisticados que sean sus algoritmos, ni nos lo pueden resolver consejos, por muy bienintencionados que sean, y menos si son oportunistas y seudocientíficos. Esa capacidad de discernir nos la facilita la literatura académica. Pero no nos engañemos. Al fin y al cabo, lo hace una piel fina, y esa piel fina es la sensibilidad que desarrolla un padre, una madre, a base de estar tiempo con su hijo observándolo. Es “sentir con”, que se resume en una palabra: la empatía. No es casualidad que la literatura científica haya encontrado que el principal indicador para el buen desarrollo de un niño sea la sensibilidad de su principal cuidador, y que los niños con apego seguro sean más empáticos.

Y si alguien vuelve a hundirnos con consejos, bienintencionados o no, y a asegurarnos que lo estamos haciendo muy mal, deberíamos recordarle que antes de opinar sobre el estilo de crianza de otro, es mejor esperar a que nuestros hijos tengan por lo menos 90 años.

Catherine L’Ecuyer es autora de Educar en el asombro y Educar en la realidad.

Fuente: elpais.com/

 

Los hijos únicos: ni tan egoístas ni tan solos

Isabel Serrano Rosa

Los hijos únicos son únicos hasta para presentarse. Después de un rato de narración de su problema, Pablo, aclara la causa (“soy hijo único”) y pone la mirada lánguida del que está acostumbrado a lidiar con lo que no tiene remedio y espera la misma respuesta de siempre: ¡será un malcriado o un rarito nacido en una familia incompleta!.

Debe ser arduo vivir etiquetado con el ‘Síndrome del pobre hijo único’. Las creencias estereotipadas les presuponen egoístas y aislados en su mundo de fantasía con dificultades para relacionarse con los demás cuando sean adultos.

Los más agoreros aseguran que son narcisistas y mimados que retan a sus propios padres o con tendencias depresivas por su soledad. Cuando tengan pareja querrán tener el segundo hijo, convertido en redentor del mayor, para que el pobre no sufra la triste infancia de los padres. El tópico dibuja a los padres de hijos únicos como ansiosos, sobreprotectores o exigentes. Según esto, los hermanos son necesarios para el desarrollo de una personalidad sana. ¿Es inevitable asociar al hijo único y a sus padres con desajustes psicológicos?

Hoy las parejas con tres vástagos son sólo el 4% y las que tienen uno, el 30%. Las españolas han retrasado la edad de maternidad a los 31 años, junto con italianas y holandesas, convirtiéndose en las mujeres de la UE que más tarde tienen descendencia. Desde los años 50, cuando empieza a planear en el horizonte la idea de una sociedad de hijos únicos, abundan los estudios empíricos, sobre todo con adolescentes, para valorar en el tiempo lo que significa ser unigénito.

Según los datos, todos los adolescentes ¡son inmaduros por igual! Parece que las posibles dificultades que los hijos únicos pueden tener a su paso por la escuela primaria se resuelven en la adolescencia en la medida en la que se socializan escolarmente y fuera de su casa.

Fortalezas y debilidades

A día de hoy, el modelo de familia perfecta sigue siendo el compuesto por dos hijos, a ser posible de diferente sexo, por lo que muchos hijos únicos idealizan a las familias con hermanos, ignorando aspectos como la rivalidad, los conflictos que enturbian el paisaje o que la mayoría de los hermanos cultivan amistades diferentes. Según los datos, no sólo no presentan más trastornos que sus coetáneos sino que ser hijo único también tiene ventajas si no son relegados entre los muros domésticos y disponen de contactos variados con coetáneos y adultos externos a la familia.

Son más cooperativos y menos competitivos porque han crecido fuera de los celos de la rivalidad entre hermanos. Más extrovertidos y seguros de sí mismos porque compensan su soledad con una mayor capacidad para hacer amigos y suelen trabajar bien en equipo ya que no temen verse desplazados. Son responsables, un aspecto positivo de pasar más tiempo con adultos. Tienen madera de líderes, la gente suele confiar en ellos. Valorados y queridos, desarrollan menos carencias afectivas. Son creativos porque están acostumbrados a jugar con su fantasía.

Desde el punto de vista de la pareja, propician matrimonios felices porque el mayor tiempo que pasan con sus padres les hace más adaptables; de hecho, la serenidad en casa disminuye con el número de hijos, es obvio. Pueden tener mayor capacidad intelectual y lingüística por la mayor interacción con adultos y, desde luego, disponen de más recursos económicos que les permiten acceder a estudios, pueden disfrutar de un tipo de ocio inalcanzable en el caso de tener más hermanos y son ¡herederos únicos!

Al otro lado de la moneda, está el hecho de que no tener hermanos significa no disponer de un confidente a mano, alguien de su edad que entienda sus dificultades. Han de aprender a relacionarse antes con sus iguales y hacerlo fuera de casa, lo que obliga a los padres a socializarlos pronto. Algunos pueden madurar demasiado rápido para su edad y tener un tipo de pensamiento excesivamente adulto. Si sus padres les sobreprotegen pueden convertirse en personas tímidas e inseguras. También pueden volverse complacientes por temor a decepcionar a sus amados padres si estos depositan sus expectativas en ellos. En otros casos, acostumbrados a ser príncipes o princesas en sus casas albergan la ilusoria idea de que fuera ha de pasar lo mismo, lo que les lleva a no saberse defender y ser víctimas de los niños más vivos, o bien, a asumir actitudes resentidas si no se les presta atención. A veces no saben manejar el interés de los padres hacia otros niños. Además, hoy en día, un problema puede ser que disfruten de un exceso de cosas materiales y que éstas les sirvan para comprar amigos. Otro punto flaco: de adultos, han de llevar solos el cuidado de los padres cuando estos envejecen.

Pautas para padres

Daniela y Luis, son hijos únicos y padres de Manuel. Ella confesó un día que, cuando tiene delante a mujeres con más hijos, siente su mirada -entre apenada y/o con aires de superioridad- lo que la ha llevado en alguna ocasión a justificar que no ha tenido más hijos por problemas de fertilidad, ¡lo que no es verdad en su caso! Prefiere mentir ante de ser la rara.

Los padres que eligen tener un solo hijo lo hacen por problemas económicos, por las dificultades de conciliación de la vida laboral-personal, por la separación de los progenitores, porque son un matrimonio tardío o por dificultades de fertilidad. Su decisión no afecta al desarrollo emocional de los hijos que viene determinado por la educación, los valores recibidos y el tipo de vínculo que estos establecen, no por el número de hermanos. Como le pasa a Daniela, algunos padres temen ser tachados de egoístas y pueden sentirse culpables por no tener más hijos. Ser unigénito no es negativo si se establecen pautas saludables. Otros padres vuelcan sus ansiedades y temores en su hijo y lo sobreprotegen, creando un mundo burbuja que les hace inseguros, o realizan tareas que deberían hacer por sí mismos. Es importante dar un margen de confianza y ¡aprender a respirar para que pase el agobio!

Hay adultos que prestan mayor atención (y presión) a su hijo porque albergan expectativas, sin escuchar las necesidades y personalidad de su retoño, favoreciendo que el niño se vea obligado a cumplir sus deseos. O bien le tratan como un objeto precioso sin límites: son los niños mimados, tan centrales que entorpecen la relación de sus padres como pareja.

Algunas sencillas pautas son: crearle un mundo infantil de amigos y actividades lo antes posible para que aprenda a tolerar la frustración y a desarrollar la generosidad. Evite involucrarlo en asuntos de los padres o convertirlo en confidente. No trate de resolver sus carencias -como pudo ser el no tener hermanos- a través del hijo. No le haga sentir incompleto por ser único: explíquele que hay familias diferentes y que todas pueden ser positivas si las personas se tratan con cariño y respeto.

La psicología no está para decirle cuántos hijos ha de tener pero sí para asegurarle que ser hijo único no es un defecto congénito y para ayudarle a aliviar la culpa. Los hermanos de sangre no son los únicos que podemos tener a nuestro lado. Están nuestros hermanos de amor, aquellos que elegimos en la vida y que sólo tienen la particularidad de haber nacido en otra casa.

Fuente: elpais.com/

Cuando mamá y papá son discapacitados intelectuales

Rafael  J. Álvarez

La ONU reconoce el derecho de los discapacitados a casarse y tener descendencia, una minoría estadística que sigue siendo un tabú social.

Por primera vez, un medio de comunicación cuenta el caso de una pareja que ha decidido tener hijos, una vida tutelada y libre a la vez, una experiencia de amor y de familia. La historia de Araceli y Juan

Cuando llega la noche, al oírse el silencio, Araceli y Juan bajan las voces del día, se acurrucan en la cama de sus hijos y les cuentan «cuentos inventados» para dormir. Entonces, Lucía, agarrada aún al maletín de médica que le trajeron los Reyes, y Juan, ya soltando despacio su miniatura de coche rojo y arañado, se empiezan a rendir. En la casa, en este piso normal de una ciudad normal, se oyen susurros de padre y de madre. Hay que descansar. Caricias y penumbra, pijamas para viajar al sueño, cuentos imaginados. Y, por fin, dos niños dormidos.

Araceli y Juan acaban de triunfar. Como millones de madres y de padres a la misma hora en millones de sitios.

– ¿A qué tienes miedo, Araceli?

– A no saber darles la educación o el cuidado que necesitan. A veces pienso qué pasará cuando nosotros faltemos.

Araceli y Juan, mamá y papá.

Araceli y Juan, discapacitados intelectuales.

Ésta es una historia distinta. Probablemente es la primera vez que se asoma a un medio de comunicación una realidad pequeña, infrecuente, desconocida, un mundo casi invisible que convive con el de los evidentes. Igual es una sorpresa. O un puñado de preguntas. O hasta algo que puede resultarle turbador a alguien.

Aquí está la vida cuando dos personas con discapacidad intelectual no sólo se unen en pareja, sino que, además, tienen hijos.

La historia de Araceli y de Juan. Y la de sus pequeños, Lucía y Juan.

Una historia de amor.

Así que, quizá, no sea tan distinta.

«Todas las personas con discapacidad en edad de contraer matrimonio tienenderecho a casarse y fundar una familia sobre la base del consentimiento libre de los futuros cónyuges y a decidir de manera responsable el número de hijos». Lo dice la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad deNaciones Unidas, aprobada el 13 de diciembre de 2006 y ratificada por España.

Araceli, Juan y su derecho.

«Y el de los hijos, porque cuando una pareja de personas con discapacidad expresa el deseo de tener hijos, se trata de sopesar el derecho de los padres y el de los menores, hablar con ellos y tener en cuenta pros y contras. Pero si los adultos quieren tener un hijo lo van a tener. Es un tema de derechos». Habla Josep Tresserras, director gerente de Som Fundació, una asociación catalana que lleva 30 años tutelando a personas con discapacidad intelectual y que es la responsable legal de Araceli.

Derechos. A un lado y al otro. Y derechos con abrigo.

En Documentos de Ética: Maternidad-paternidad en personas con discapacidad intelectual, del colectivo Plena Inclusión, Xabier Etxeberria defiende que «hay personas que, contando con apoyos adecuados, tienen suficiente competencia para ejercer el derecho a la paternidad y ser excelentes padres y madres; mientras que habrá otras circunstancias en las que será desaconsejable».

Hay gente que no quiere a, sino con. Lo escribió Miguel Hernández en su elegía aRamón Sijé, con quien tanto quería. Los expertos que quieren con los discapacitados intelectuales desdramatizan la maternidad y la paternidad. Sólo hay que oír a Antonio Manuel Ferrer, jefe del área jurídica de Som Fundació: «Una persona con un alto grado de discapacidad no te va a pedir tener hijos. Lo piden o lo consultan quienes tienen más autonomía. Es más natural de lo que parece, pero es que hay mucho estigma social, mucho miedo y mucha ignorancia. Lo primero que la gente pregunta cuando sabe que un discapacitado va a tener hijos es si los niños van a ser discapacitados. Y, si no hay componente genético en la discapacidad, no hay herencia genética. La descendencia es un aspecto más de la persona discapacitada, un derecho en el que no se puede intervenir. Al final, es la misma vida que fuera: ricos y pobres, tarambanas y serios, juntos y separados».

Som Fundació tutela a 581 personas, mayores de edad que no tienen a nadie, hombres y mujeres con al menos un 33% de discapacidad reconocida oficialmente. «Les ayudamos a tomar decisiones para que encaucen su vida. Defendemos sus derechos, les escuchamos y vamos viendo sus posibilidades. Y administramos y cuidamos su patrimonio. Todo con autorización judicial», informa Tresserras. «La tutela es la sustitución de la persona en todo menos en sus derechos personalísimos», apunta Ferrer. «Creamos un vínculo emocional y acompañamos a la persona en temas de salud, casa, familia, empleo, envejecimiento, ocio… Detectamos sus necesidades, prevenimos situaciones y estamos 24 horas», concreta Margarita Grau, responsable del área social de Som Fundació.

En este universo de medio millar de personas con discapacidad tuteladas, la maternidad o la paternidad son una minoría estadística. Un 11% de casos. Casi todos, madres solteras, separadas o divorciadas.

¿Y parejas en las que ambos son discapacitados y tienen hijos? «Poquísimas. Eso casi no se da».

Araceli y Juan sí se dan. Y dan.

Ella es Araceli Balaguer, 35 años, mujer tutelada porque necesita ayuda para tomar decisiones que tengan validez legítima. Y madre sin fronteras. Él es Juan Alarcón, 41 años, hombre sin tutela porque tiene una discapacidad que, sin embargo, no le impide razonar para tomar decisiones con vigencia legal. Y padre sin dudas.

– ¿Y eso cómo es, Juan?

– Con los hijos me siento más hombre. Diferente.

Araceli y Juan se conocieron en la empresa donde ella sigue trabajando. Araceli empaquetaba productos y Juan jugaba al fútbol con los compañeros de ella. Y los finales de partido empezaron a ser los inicios de algo entero. «Juan fue un poco pesado, pero me gustaba». «Le pedí salir a Araceli. Le costó un poco, pero me dijo que sí».

Y se fueron a vivir juntos.

Sólo pienso en ti.

A los dos años de techo en común, Araceli y Juan le contaron a Gemma Santiveri que querían ser padres de dos niños. Niño y niña. La parejita. «A una persona con discapacidad que quiere tener hijos se le explican las ventajas y los inconvenientes. Se le dice que hay más gastos, que alguien debe ayudarla, que su vida va a cambiar, que hay renuncias a la vida personal y hasta que le puede ser retirado el hijo si lo abandona o no lo cuida. Araceli y Juan me dijeron que lo tenían claro, pero que no era el momento y que esperarían a que las circunstancias mejoraran», recuerda la trabajadora social de Som Fundació que tutela directamente a Araceli.

– ¿Qué tenía que mejorar?

– Tal y como está la vida hay que pensárselo mucho. Y Juan y yo éramos muy jóvenes.Yo tenía miedo a enfrentarme a tener un niño, a ser madre. Pero yo veía a mis cuñadas con hijos y me gustaba. Con el tiempo me vi más capaz, pregunté en el juzgado si podía tener hijos y me dijeron que mi discapacidad era sólo para temas económicos.

Las cosas de dentro, las madureces, mejoraron. Y en 2011, Araceli dio a luz a Lucía. «Juan quería niño. Gané yo».

Al poco se casaron «para dejar atado el tema de los papeles de los hijos». Y en 2014nació Juan.

Estamos en Barberá del Vallés, a 15 kilómetros de Barcelona. En el portal nos encontramos con Araceli, que viene de hacer recados y está nerviosa por la entrevista. Aunque ella no lo sabe, se le pasará enseguida.

Juan está con un chándal del Barça. Araceli es del Madrid. «Es para chincharlo». Cuando Lucía y el pequeño Juan nos ven entrar en su casa, el mundo se convierte en un juguete gigante y con muchas pilas. Las suyas, claro. Es como si la energía de una niña de cinco años y un crío de tres acelerara las partículas del Universo. ElBig Bang en Barberá del Vallés.

– ¡Juan, no pegues al señor!, corrige Araceli.

– ¡Juan, no te subas al sofá!, corrige Juan.

– Juan muerde. Pero yo le regaño y le cuido, suelta Lucía, madre de repente.

Araceli y Juan dicen que los niños están agitados por la novedad de la visita. «Son como todos los niños. No tenemos tiempo para aburrirnos».

En el salón hay una pecera enorme y Lucía, niña de humor largo, nos cuenta que cada pez lleva el nombre de un primo suyo. Nemo era demasiado fácil.

«A Lucía le di el pecho un tiempo, pero a Juan no; me ponía nerviosa, no se agarraba bien. Los biberones están muy bien. Al principio tenía miedo de no saber. Tardé una semana en bañar a Lucía; me ayudaba mi cuñada. Y más tiempo en cortarle las uñas. Era miedo. Pero una vez que tienes hijos, el miedo desaparece».

La niña está entretenida con la cámara del fotógrafo. El niño va de su habitación al salón y viceversa a velocidad de neutrino, nos enseña un coche diminuto y quiere jugar.

– Juan, deja al señor apuntar.

Todos nos reímos. Hay buen ambiente aquí. Un poco ruidoso, pero sano, una sensación de que no hay nada material que esté prohibido en esta casa, nada intocable para los niños. «Queremos darles la mejor educación posible, que respeten a los demás siempre. Y ellos nos enseñan de todo, cada día salen con una frase nueva o una pregunta más. Por ejemplo, cuándo van a tener un hermanito».

– ¿Y?

– Ni soñarlo. Eso cuesta mucho dinero, ropa, alimentos…

Y empezamos a pensar que, en esta historia, lo normal es la noticia.

Cuando Juan conoció a Araceli conducía una grúa municipal porque la empresa de su padre había ganado el concurso público. Pero eso se terminó y él lleva ahoraseis meses en paro. «Busco faena, pero la cosa anda mal. Sólo me falta el carné de camiones con carga. Los demás los tengo todos. A ver qué sale».

Así que mientras Araceli sale disparada de casa a las siete de la mañana a embolsar objetos, Juan se encarga de los críos. «Los levanto, los lavo, los visto, les doy el desayuno y los llevo al colegio».

Cada tres meses hay reunión con las profesoras. «Los niños van estupendamente. Nos dicen que son abiertos y cariñosos». El colegio, ese mundo. «Nunca he sentido rechazo de nadie. Hemos ido a reuniones de padres y todo normal. Yo no me siento distinta al resto de las madres. Lo haré mejor o peor, pero me siento igual de capacitada para criar a mis hijos. Lo primero son mis hijos. Si hay que faltar al trabajo por ellos, se falta».

Juan y Araceli son padre y madre de cuerpo presente desde las cuatro de la tarde, cuando ella vuelve del trabajo. «Los llevamos un rato al parque y les ayudamos con los deberes», cuenta la madre. «Lucía está ahora con los planetas. El otro día la ayudé a hacer un cohete», cuenta el padre.

Quizá cuando sus hijos tengan una necesidad intelectual profunda, Juan y Araceli tiren de la familia de él o de Som Fundació. Quizá hagan más familia aún. «Gemma está para todo», dice Araceli. Y las dos se sonríen entre el barullo de este día con visita.

Mientras, Juan y Araceli van dando pautas a sus hijos, estableciéndoles límites. «Les decimos lo que está bien y lo que está mal. Si les regañamos y no hacen caso les damos un cachete en el culete, flojito, claro. Les dejamos nuestro móvil para que vean youtubers, les hablamos en castellano y en catalán… Como todo el mundo. Ya sabes cómo son los críos, se pasan el día pidiendo cosas. Se creen que somos el Banco de España. Pero se lo explicamos y lo entienden».

– ¿Por ejemplo?

– Pues en estos Reyes les dijimos que sólo habría dos regalos porque hay niños que no tienen nada y los Reyes tienen que repartir. Lo entendieron muy bien. A Lucía le trajeron un bebé que llora y un maletín de médico para curarle.

Y en eso Lucía sale corriendo hacia la habitación y trae al bebé para enseñárnoslo. Y vuelve a irse a su cuarto y a volver al salón y trae el maletín. O lo que queda de él.

Juan lleva un rato encima de Juan, haciendo escalada por el sofá y por su padre. Gemma Santiveri echa una mano para entretener al señor de la guerrilla mientras sus padres hablan con el periodista del cuaderno. Y, entre juego y juego, latrabajadora social extrae uno de los tuétanos de esta historia. «Los niños saben que estamos para ayudar a su madre. Cuando crezcan serán personas que sabrán mucho de discapacidad, integración y normalización. Nos tendrán con ellos y sabrán que ayudamos a sus padres a responder preguntas».

Porque, como sostiene el asesor jurídico de Som Fundació, «tener hijos espabila». «Ayuda a capacitar más, despierta capacidades y responsabilidades. Los padres con discapacidad intelectual son conscientes de que tienen la responsabilidad de un menor. Claro que necesitan apoyo. Dos padres ciegos pueden tener hijos y necesitan apoyo igual. Pero los padres con discapacidad intelectual tienen el tema afectivo muy desarrollado, se dan muchísimo. Son muy padres y muy madres».

En Barberá del Vallés anochece, que no es poco. No falta mucho para que los juguetes dimitan y para que esta casa sea invadida por el reino de los cuentos inventados.

Antes hay que hacer una foto de familia, un instante para siempre de Araceli, Juan, Lucía y Juan. Es un manojo de disparos, una sesión de posado, pero Juan, el pequeño Juan, no entiende la quietud. Lucía sí.

– ¿Y tú qué quieres ser de mayor, Lucía?

– Profesora y conductora de grúas, como papá.

Mariluz y Antonio; ‘Sólo pienso en ti’

Supe de la existencia de Mariluz y Antonio por un reportaje en el Diario de Córdoba sobre Promi, una institución que bajo la férrea dirección de López Marín en Cabra (Córdoba), acogía a los discapacitados, les daba techo, comida, trabajo y dignidad. Después de los trabajos del día, una pareja, cogida de la mano, paseaba por el jardín. De esa imagen nacióSólo pienso en ti. Es curioso, leyendo las reseñas de la época, hablaban de una canción sobre dos seres «diferentes».  En realidad, querían decir que no existían. / VÍCTOR MANUEL

Fuente: elpais.com/

¿Conoces la “navegación” de tus hijos en internet?

En este artículo nos dice Manuel Moreno, experto en nuevas tecnologías, que es muy recomendable a los padres “instalar programas de control parental, fomentar un uso educativo y moderado de la Red y establecer una relación de confianza con los adolescentes para conocer sus hábitos” online, de una manera no intrusiva.

Como profesores, debemos propiciar el diálogo sobre este tema con nuestros padres y estudiantes, nos es importante conocer el uso y los medios de control de los servicios digitales por parte de nuestros estudiantes. ¿Cómo enfrentamos este desafío?

Veamos algunas estadísticas: los usuarios, muchos de ellos niños y adolescentes, descuidan su seguridad a la hora de tener presencia en los servicios digitales, ya que sólo el 13% (de los encuestados) hace uso de passwords considerados seguros, es decir, aquellas que se componen de letras, números, mayúsculas, minúsculas y caracteres especiales; el 32% de los jóvenes pasa más de tres horas diarias en esos mundos virtuales; el 80% de los niños de 12 años ya tiene un terminal propio; el 63% ha contactado alguna vez por internet con alguien que no conoce, y el 71% de los usuarios asegura saber qué son las «cookies» y cuál es su función, entre otros porcentajes que escribe el Licenciado J.M. Sánchez, en su artículo en ABC (España) y que compartimos con fines educativos – pastorales. Declara que su objetivo “es concienciar a los padres y profesores en la necesidad de formarse y comprender el entorno digital en el que se mueven los adolescentes”– Concluye con un “decálogo con recomendaciones esenciales que nos ayudarán a protegernos mejor en el uso de las nuevas tecnologías”.

¿Les parece necesario conocer sobre este tema? ¿Cuántos padres de familia conocen la “navegación” de sus hijos en internet? ¿Qué diferencia hay en el uso del internet en cabinas, en el propio hogar, en la casa de los amigos y en la escuela? ¿Existe en su escuela una política de orientación sobre esto?

Internet, niños y el nuevo mundo: cuando existe una falta de madurez digital

Pese a la pedagogía y el aumento de la concienciación ciudadana, el 77% de las personas sigue utilizando contraseñas inseguras, mientras se estima que más de un millón de adolescentes españoles están en riesgo de sufrir adicción.

Hace menos de treinta años la World Wide Web era una completa desconocida. Tardó un tiempo en alcanzar el punto de madurez para que este sistema de distribución cambiara las reglas del juego de industrias y se convirtiera en una revolución social. Con internet en todas las esquinas, hoy en día muchos de los usuarios siguen descuidando su seguridad a la hora de tener presencia en los servicios digitales, y muchos de ellos niños y adolescentes que contemplan a los teléfonos móviles inteligentes como su principal forma de entretenimiento actual.

Aunque nacieron con la explosión de internet, gran parte de la población menor de edad desconocen algunos riesgos de determinados servicios de internet y descuidan, sobre todo, sus contraseñas. Puede que más de uno piense, querido lector, que se trate de un debate algo ya superado. Pero no. Diversos estudios consultados confirman que gran parte de los internautas siguen utilizando métodos inseguros. Según datos de la firma de seguridad S2 Grupo, el 77% de los usuarios reconocen utilizar contraseñas «débiles» conformadas por letras, números o la combinación de ambas y sólo el 13% de los encuestados hace uso de passwords considerados seguros, es decir, aquellas que se componen de letras, números, mayúsculas, minúsculas y caracteres especiales.

Una contraseña robusta sigue siendo un misterio

Los datos son preocupantes. El 42,7% de los usuarios utiliza la misma contraseña para todo y sólo el 31% dispone de una diferente para cada entorno, un comportamiento que puede poner en riesgo su seguridad. Pero hay más. Pese a las reclamaciones de los expertos, el 56% de las personas asegura no cambiar nunca sus contraseñas y utilizar las mismas desde hace años. Sólo cerca del 18% las cambia mensualmente y en torno al 13% las renuevan anualmente. Un escenario que, ante un conflicto, puede dejar abierta las puertas de par en par ante posibles ataques de ciberdelincuentes.

«Todavía hay una tendencia muy amplia a utilizar contraseñas poco seguras, por lo que es necesario impulsar un uso responsable y protegido en entornos online. Usar este tipo de contraseñas significa quedar realmente expuestos a la posible acción de un hacker que podría acceder a nuestros dispositivos o cuentas inutilizándolos o robándonos información, por ejemplo, lo que puede ser especialmente grave en el caso de los menores de edad», señala en un comunicado José Rosell, socio-director de S2 Grupo.

Internet como forma de vida

Además de los conflictos relacionados con la seguridad informática, en un momento en el que la llamada ciberguerra mundial ya ha dado comienzo enfrentando a diferentes potencias entre sí, existe una relación en el uso y control de los servicios digitales por parte de los consumidores. En otro informe, elaborado por el comparador Kelisto, se estima que en España hay casi un millón de adolescentes (967.454 españoles entre 12 y 18 años) que están en riesgo de sufrir adicción a internet. En la actualidad, se cree que unos 50.000 de ellos no pueden abandonar ni un día el hecho de tener presencia en alguna de sus redes sociales favoritas. Es más, se calcula que los jóvenes (el 32% de ellos) pasa más de tres horas diarias en esos mundos virtuales.

Los expertos creen que hábitos como no planificar el tiempo frente al ordenador o pasar demasiadas horas jugando o consultando sus perfiles son signos de adicción. El escenario en el que nos movemos implica, sin embargo, poner la lupa sobre la madurez digital de muchos de ellos, máxime a que muchos de ellos (la mitad, según algunos estudios) recibe su primer modelo de «smartphones cuando todavía tienen 10 años. Se estima que el 80% de los jóvenes (con edades comprendidas en torno a los 12 años) ya tiene un terminal propio.

¿Quiere decir eso que están demasiado expuestos? Bien, habrá que extremar las precauciones, pero en muchos casos sus hábitos ponen en alerta comportamientos inseguros. Se calcula que el 63% -según el mismo informe- de los adolescentes ha contactado alguna vez por internet con alguien que no conoce, mientras que el 45% de ellos ha llegado incluso a quedar cara a cara con esa persona.

«Para evitar este tipo de situaciones, es muy importante que los padres adopten una actitud proactiva en cuanto a la educación online de sus hijos y que tomen medidas para supervisar, de una manera no intrusiva, el uso que hacen de internet. En este sentido, instalar programas de control parental, fomentar un uso educativo y moderado de la Red y establecer una relación de confianza con los adolescentes para conocer sus hábitos de conducta online son algunas medidas fundamentales para garantizar su experiencia en Internet», manifiesta en un comunicado Manuel Moreno, experto en nuevas tecnologías y redactor jefe de Kelisto.

La necesidad de comprensión de padres

Por el contrario, en el libro «Los Nativos Digitales no Existen» (Deusto) se aborda la problema desde otra perspectiva. Según se describe en sus páginas, aunque gran parte de la población adolescente tiene presencia en redes sociales y utiliza las nuevas tecnologías continuamente, la gran mayoría son incapaces de utilizar este tipo de plataformas desde una perspectiva de seguridad. «A los nacidos en la era de los noventa se les ha puesto una etiqueta de nativo digital y que está asociada a una competencia que no tienen», reconoce a este diario Susana Lluna, coautora del libro junto a Javier Pedreira «Wicho».

«Queremos concienciar a los padres que en casa no tienen superhéroes [por sus hijos] que saben controlar todos los dispositivos», recalca, porque -según indica esta experta- los menores no cuentan con grandes habilidades para hacer frente a algunas tareas como saber adjuntar un archivo o el funcionamiento de algunos servicios digitales. «Los sacas del uso corriente y superficial de un smartphone o de Instagram o YouTube y no saben; no tienen conciencia de acerca de cómo va a repercutir en su identidad digital, del nivel de seguridad, tampoco de las ventajas que le pueden sacar», manifiesta Lluna.

El objetivo de este compendio de artículos elaborados por diversos expertos en la materia es concienciar a los padres y profesores en la necesidad de formarse y comprender el entorno digital en el que se mueven los adolescentes. Y es que, según se recoge en sus páginas, los llamados «nativos digitales» no se trata de una generación especialmente dotada de conocimientos, habilidades o intereses en lo que al uso de las llamadas nuevas tecnologías se refiere. Tal vez, más bien deberíamos hablar de huérfanos digitales con una preocupante falta de formación.

Decálogo para mejorar la gestión de las contraseñas

Para realizar un mejor uso de nuestras claves, el equipo de expertos de S2 Grupo ha elaborado un decálogo con recomendaciones esenciales que nos ayudarán a protegernos mejor en el uso de las nuevas tecnologías:

1. No utilizar datos familiares:

Los expertos creen que esto nos dejaría más expuesto a personas que nos conozcan o contactos de nuestras redes sociales. «Es importante que nuestras contraseñas no respondan al lugar donde vivimos, el nombre de nuestra mascota o el de nuestro lugar de vacaciones», sostienen.

2. Evitar palabras o series de números:

Los ciberdelincuentes utilizan sistemas automáticos para descifrar contraseñas que hacen uso de diccionarios de palabras y generan combinaciones de números. Según estudios realizados recientemente, las peores contraseñas son ‘123456’, ‘password’, ‘abc123’, ‘qwerty’,

3. Escoger contraseñas robustas.

Es aconsejable -sostienen los expertos- que nuestras claves tengan ocho caracteres mínimo, mayúsculas, minúsculas, números y símbolos del teclado, así dificultaremos que puedan ser acertadas por herramientas destinadas a este fin.

4. Nunca «guardar la contraseña»:

Aunque es una medida muy cómoda que nuestro navegador recuerde nuestra contraseña, «podemos comprometer seriamente nuestra privacidad», añaden.

5. Escoger claves memorizables pero que no sean adivinables:

Un tema habitual es utilizar claves que no representen nada personal. «Para que recordarlas no sea un problema, podemos utilizar alguna palabra o combinación de números que nos sea familiar y acompañarlo del resto de elemento de una contraseña robusta», rezan los expertos.

6. Utilizar claves diferentes para cada servicio:

«Si utilizamos un mismo código para todo y éste es descifrado por un ciberatacante, comprometeremos la seguridad de todos los servicios y dispositivos que utilizamos», sugieren. Por este motivo es esencial que sean diferentes.

7. Cambiar las contraseñas periódicamente:

Otro detalle si queremos incrementar nuestra seguridad, es muy importante renovar los passwords periódicamente, de esta forma evitaremos que si en algún momento otra persona pudo tener acceso a ellos, pueda utilizarlos.

8. Mantenerlas en secreto:

La mejor forma de que otras personas no puedan acceder a nuestras cuentas es no compartir nuestras contraseñas con nadie.

9. Anotarlas en un lugar seguro:

Si queremos registrarlas en algún lugar por si se nos olvidan «es aconsejable hacerlo en algún lugar que consideremos seguro en nuestro hogar y nunca hacerlo en el ordenador, la tableta o el smartphone».

10. Uso de aplicaciones:

Cada vez hay mayor número de apps que pueden ayudarnos a cifrar nuestras claves para «salvaguardarlas de una forma adecuada y poder recordarlas en caso de que sea necesario».

Este contenido ha sido publicado originalmente por ABC Tecnología en la siguiente dirección: abc.es

Cómo enseñar a tu hijo a leer y ganar fluidez

Lo primero que debes tener claro es que tu hijo tiene que aprender jugando, porque esta es la única manera para que realmente aprenda y además, le entre el gusto por la lectura. Hay que poner entusiasmo y motivación para que leer se convierta en un juego más del día.

La media de edad en la que un niño aprende a leer y a comprender lo leído es alrededor de los seis años, pero hay niños más precoces y otros más tardíos. Hay que iniciar a los más pequeños en la lectura lo más temprano posible, desde bebés se les puede leer cuentos y a los dos años, ya le puedes enseñar a reconocer las primeras palabras.

Leer sus primeras palabras

Cuando un niño aprende a leer se le abre un mundo de historias y le permite desarrollar su conocimiento. Tienes que empezar motivando a  tu hijo y convertir la lectura en un juego para que empiece a disfrutar con ella. Cuando veas que tu  hijo se empieza a aburrir, cambia la actividad y vuelve a la lectura más tarde. Hay que evitar que se convierta en una obligación.

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Para comenzar siempre utilizarás las palabras más familiares: ya sea papá, mamá, su nombre y el del hermano si tiene. Poco a poco podrás ir añadiendo los nombres de amigos, familiares, objetos comunes o sus juguetes. En una cartulina o un papel grande con letra clara y minúscula tendrás que escribir esas palabras y repetirle “Aquí dice papá”, mientras alternas con otra actividad.

A partir de varios días repitiendo estas palabras le podrás preguntar y decirle: “Aquí dice…” y que el niño solo diga “Papá”. Si reconoce la palabra y acierta hay que animarle y aplaudir al niño, pero si todavía no lo sabe no tienes que desesperar, ten paciencia y sigue repitiendo. Según vaya aprendiendo, puedes añadir palabras nuevas como las partes del cuerpo. Cada niño tiene un ritmo, así que no es bueno comparar.

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Aprender a construir frases

Con la misma técnica anterior puedes enseñarles verbos, artículos y preposiciones para que pueda identificar frases, como por ejemplo “El perro quiere agua”. Con el tiempo podrá leer frases con las palabras que ha aprendido. Ten en cuenta que un niño lee cada vez más deprisa según conozca las palabras y que incluso, un adulto puede que tenga que bajar el ritmo de rapidez o hacer más pausas si lee un texto con vocabulario muy técnico que le sea desconocido, como por ejemplo términos médicos o jurídicos.

Siempre es conveniente que comentes con la escuela o el colegio el nivel que están impartiendo y consultes los métodos que están empleando. No hay que contradecir al niño ni crearle confusiones, siempre procura que ambas enseñanzas se complementen. Tampoco debes dejar todo el aprendizaje en manos de los profesores, los niños necesitan practicar y reforzar lo aprendido en casa.

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Aumentar la fluidez de la lectura

Cuando el niño comienza a leer, separa las sílabas y apenas comprende lo leído, pero como todo, se aprende a base de practicar. Hay que empezar leyendo en voz alta y con textos fáciles y con muchas ilustraciones, no se trata de convertirlo en algo difícil y aburrido. Para que aprendan a entonar, repite lo que ha leído el niño poniendo énfasis para que escuche la diferencia y así aprenda las interrogaciones, las exclamaciones, tildes y demás.

Práctica leyendo diálogos de teatro con tu hijo, será divertido a la vez que aprende a fragmentar menos las palabras. A medida que leen, aprenden palabras nuevas y las interiorizan para las próximas veces que se encuentren con ellas. Un consejo para cuando no conozca el significado de una palabra, es que el niño la busque en el diccionario y lea en voz alta la definición.

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La fluidez no es lo más importante, ya que hay niños que leen de carrerilla pero luego no han entendido nada. Lo que verdaderamente importa es la comprensión lectora, por eso es bueno que cuando leas con tu hijo, siempre le preguntes acerca de la historia para asegurarte de que lo está comprendiendo.

Para que el niño comience a interesarse por lo libros:

– Enseña con el ejemplo, si te ve leer a ti, es más probable que él también quiera hacerlo.

– Descubre sus gustos y comienza por los libros que más le gustan.

– Establece un horario en casa para leer en familia.

Fuente: padres.facilísimo

 

Consejos para ser un padre o madre impactante

Hemos encontrado en Internet la siguiente Infografía con consejos para ser un docente impactante. Nosotros la “reciclamos” y te invitamos a que en lugar del docente te coloques tú, es decir, una infografía con “Consejos para ser un padre o madre impactante”. Y aquí hay algunos:

Irradia alegría y paz. Despiértales con una sonrisa y acuéstalos con una sonrisa más grande. Los problemas no deben interferir entre tu sonrisa y tu hijo. Les sonríes porque sus vidas son valiosas para ti independientemente de su comportamiento. Haz que tu casa sea un espacio donde puedan ser ellos mismos.

  1. Investiga cómo aprende tu hijo. No todos aprenden igual, no todos necesitan la misma metodología, trato u objetivos. Adáptate a su estilo de aprendizaje y a sus diferencias.
  2. Denota entusiasmo en tu hogar. Sorpréndeles, crea en ellos recuerdos imborrables, crea escenarios y experiencias que les inspiren.
  3. Comunícate con asertividad. Cuando te comuniques con ellos, primero llégales al corazón. Después a su cerebro.
  4. Trátalos ¡siempre! con respeto y confianza. Puedes estar enfadado con él. ¡Pero muy enfadado! Y decepcionado. Y preocupado. Pero eso no te autoriza a faltarle al respeto. Se ha equivocado, confía en él y vuelve a darle una nueva oportunidad, quizás desde una perspectiva y recursos diferentes.
  5.  Logra involucrarle en su mejora. A través de la mediación, trasmítele la necesidad de cambiar de estrategia, de adaptar sus objetivos, de modificarse a sí mismo. Haz que quiera ser ordenado y no que ordene. Haz que quiera estudiar y no que estudie. Para eso, debes confiar en él.
  6. Hazle sentir competente y capaz.
  7. Haz que valga la pena volver a casa del colegio cada día.
  8. Dedica tiempo a cada hijo. Poco o mucho pero hazle sentir que es valioso para ti.
  9. Incentiva la curiosidad y la flexibilidad.
  10. Elogia sus logros.
  11. Crea expectativas. Ábrele la mente y el espíritu.

Elena Roger Gamir

Pedagoga – Solohijos

 

¿Qué piensa tu hijo de ti?

Como padres y madres, pensamos que no siempre lo hacemos bien. Que perdemos la paciencia. Gritamos y actuamos a veces con nuestros hijos de manera que posteriormente nos sentimos mal. Y en nuestro malestar, nos olvidamos de los muchos pequeños detalles amorosos que cada día nos salen de manera espontánea del corazón.

En realidad, se nos da muy bien querer a nuestros hijos. Cuando les escuchamos al salir del colegio,  cuando cocinamos con ellos magdalenas o les hacemos cosquillas. Cuando les leemos el cuento o bailamos con ellos  se sienten queridos. Cuando les miramos con ternura. Con los gestos más sencillos les llegamos al corazón.

Este vídeo nos muestra que las prioridades y expectativas de hijos y padres no son las mismas. Ellos contemplan lo imperceptible, lo sutil e invisible. Ellos hablan el lenguaje del corazón, por lo que valoran de nosotros aspectos que ni siquiera nosotros valoramos. Claro que cometemos errores pero entre nuestra imperfección también tocamos el alma de nuestros hijos y los llenamos de recuerdos brillantes.
No lo hacemos tan mal, aunque está bien querer mejorar. Pero que nuestras expectativas para ellos y para nosotros no sean tan rígidas  que no nos permitan disfrutar de lo que sin verse va construyendo la fina red de los detalles  amorosos.

Elena Roger Gamir

Pedagoga – Solohijos

Síndrome del niño rico: cada vez más frecuente en nuestros pequeños

El síndrome del niño rico cada vez parece ser más sonado. Los desórdenes que provoca en un niño el tenerlo todo sin límites han llegado a ocasionar grandes desgracias, mismas que han quedado en la historia y lamentablemente en la mente de muchos.

Prueba de ello es lo que ocurrió en Estados Unidos y como noticia se hizo viral por todo el mundo debido al gran impacto que tuvo en la población. Muchos aún recuerdan a Ethan Couch, un joven que proviene de una familia millonaria que nunca ha pasado ninguna necesidad y que siempre tuvo excesos en cuanto a todo, mismo que terminó matando a 4 personas por conducir en estado de ebriedad y pese a ello no hubo justicia, logró salvarse de la cárcel gracias al psiquiatra que le diagnosticó affluenza o síndrome del niño rico. 

Después de todo lo sucedido, Ethan violó la libertad condicional y huyó del país. Lo que ha conmovido a muchos es toda la historia que hay detrás, pues muchos acusan a los padres de ser los responsables ya que nunca le pusieron límites a Ethan y le dieron todo a manos llenas y en excesos.

Epidemia social a la vista

El dar a los hijos todo lo que piden se ha vuelto en un serio problema, muchos padres no son conscientes de las consecuencias que esto puede tener. Sin embargo, tanto para quien tiene las posibilidades como quien no, esto se ha convertido en algo muy normal, muchas veces tan solo es el llenar la falta de atención hacia ellos sin imaginar el gran daño que les causan. Cada día son más los niños que presentan desórdenes debido a este comportamiento que poco a poco se va convirtiendo en una epidemia.

¿Cómo podríamos identificar señales tempranas de un niño que puede verse afectado?

Hay señales que pueden alertarnos, como por ejemplo el que el niño repita con insistencia sentirse aburrido a pesar de tener miles de cosas para entretenerse a su alcance, verle estresado a pesar de ser un niño, con cambios repentinos de humor e inclusive con fobias.

Ralph Minear compartió en su libro ¨El niño que tiene todo en exceso¨: Cuando se ha cruzado ese lìmite, el niño se vuelve desdichado, intranquilo, irritable o presenta síntomas físicos y emocionales. Con gran frecuencia incurre en comportamientos perjudiciales, como el consumo de alcohol o la utilización de drogas prohibidas.

La presión que ejercemos sobre ellos, uno de los detonantes

Es cierto que todos los padres quieren lo mejor para sus hijos, que todos desean que sean felices y que reciban la mejor educación para que tengan un futuro prometedor. Sin embargo, muchos no notan la presión que ejercen en sus hijos para que logren todo aquello que más que desearlo los hijos, lo desean ellos como padres.

Muchas veces no notamos que cargamos de actividades a los hijos sin importar si pueden con todas o no y no les damos espacio ni tiempo para disfrutarse ellos mismos, esto a la larga termina siendo contraproducente.

El mantener a un niño siempre ocupado, casi obligarlo a competir con sus compañeros por ser el mejor de la clase, combinarlo con exceso de información, de libertad, responsabilidades y exigencias puede resultar un cóctel demasiado peligroso para el niño

Un  niño que tiene todo su tiempo ocupado logra estresarse y esto lo manifiesta a través de rebeldía. Las acciones de los niños hablan mucho por ellos, así que es necesario no perderlos de vista y responder a cada señal confusa de comportamiento.

¿Se necesita ser rico para sufrir de este síndrome?

Los padres definitivamente hacen esfuerzos sobrehumanos por darles todo a sus hijos e incluso aquello que está fuera de su alcance. Este síndrome no es exclusivo de personas con un nivel socioeconómico alto. El problema radica en que es bueno hacerles saber a nuestro hijos los límites que a veces es necesario tener, además, sería bueno también que de alguna manera logren ganarse aquello que tanto desean pues solo así valoran.

Se sugiere no facilitarles todo lo que desean, a veces queremos ofrecerles todo lo que nosotros no tuvimos, pero son otros tiempos y la sociedad cada vez sufre más transformaciones. Evitemos pensar que con darles todo les estamos dando felicidad, existe gente sumamente rica que es muy infeliz y existen personas increíblemente humildes que cuando uno las ve se pregunta cómo es que le hacen para ser felices.

¿Qué podemos hacer para evitarlo?

Lo primordial es involucrar al niño con la vida real, no darle todo a manos llenas, ponerle límites y ubicarlo en su realidad, que para obtener lo que uno quiere es necesario trabajar por ello, ya sea que se lo gane a través de buena conducta, calificaciones, entre otros.

También sería bueno el modificar nuestros actos de premiarles con cosas materiales, pues deben entender desde pequeños que así como existen derechos también tienen obligaciones que deben ser cumplidas.

No debemos olvidarnos de enseñar a nuestros hijos a valorar lo que tienen y el esfuerzo que se ha puesto para obtenerlo. Pues esta enseñanza les servirá por el resto de su vida y los ayudará a vivir de una mejor manera.

Comparte esta información puede ser de gran ayuda para evitar el crecimiento de este síndrome y así la gente podrá prevenir.

Fuente: porquenosemeocurrio.com