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Mis hijos adolescentes se han vuelto extraños para mí. ¿Cómo puedo acercarme a ellos?

“El que ama como el poeta, es una amenaza al sistema de producción en serie”. Rollo May, Amor y voluntad.

A medida que crecemos, vamos incorporando rostros y vivencias en la alacena afectiva de nuestra psiquis. Cada una de las personas que se incorpora a nuestra vida, nos deja un legado de vivencias compartidas, algunas coloridas y otras en tonos de grises. A lo largo de los años, habrá rostros con nombre de heridas y otros los pronunciaremos con solemnidad como rezos en el camino.

Al llegar la adolescencia, buscamos cada vez más descubrir quiénes somos, cuál es nuestro lugar en el mundo y hacia dónde vamos. Se inicia así una búsqueda personal que nos lleva a adquirir nuestra identidad y autonomía. A pesar de sentirnos vulnerables, intentamos alcanzar la otra orilla por nuestra propia cuenta, puesto que no queremos depender de nadie. Aunque nos muramos por dentro de inseguridad, rechazamos todo intento de rescate.

Creo que puedes darte cuenta que tu hijo está pasando por esa etapa donde parece ser un desconocido para ti cuando la conexión que tenían no es la misma que antes. Hay días en los que te pide ayuda y otros en los que sencillamente te ignora. Entiendo que sientas que vives con un extraño – ese no es mi hijo te dices angustiada.

Reedúcate para darle cabida a la comprensión

Los regaños deberán quedar en el ático, para darle cabida a la comprensión y la escucha. No digo que no marques límites o pongas un alto a ciertas conductas. Sólo te pido que antes de remarcarle las fallas le enseñes a pensar en el resultado de sus acciones. Quizás tienes gestos hermosos con él, pero le dices cosas terribles que quedan registradas en su mente anulando su estima.

Si gritas, él buscará la forma de evitarte, ¿por qué?, pues las investigaciones en psicología cognitiva sostienen que toda experiencia dolorosa queda registrada automáticamente en la memoria. No hay filtro que les impida el paso, ellas van a encenderse como carteles luminosos: “Te metiste en un embrollo, ahora vas a oír los gritos de tu madre”. No basta con que le lleves quince minutos después una porción de helado a su dormitorio. No compres su amor, sólo obtendrás que aprenda a manipularte. Un hijo manipulador nunca ama a nadie, excepto a sí mismo. Lo mejor que puedes hacer, es confesarte. Entra al cuarto con el helado y dile que sientes haber perdido los estribos, que no sabes bien cómo acercarte a él, que solo deseas que no sufra por los errores.

Disciplínate para no criticarlo

Aunque te desesperen sus modas o gustos, no lo critiques. Trata de entender por qué viste de esa forma o escucha determinada música. Interésate en sus preferencias literarias y televisivas. No tomes como un ataque personal sus cambios y modas, recuerda que son parte de su crecimiento emocional e independencia. Hazle saber que a pesar de no entender algunas de sus cosas, tu amor fluye. Dile que él es el texto central del contrato de vida que firmaste en el momento que te supiste que estabas embarazada.

Evita las confrontaciones

Aprende a negociar con tu hijo, antes de iniciar una batalla de actos rebeldes de su parte. Promueve que él mismo elija las consecuencias de sus actos: “¿no hiciste las tareas en la casa?, bien: elige un fin de semana sin internet o un NO a la ida del centro comercial con tus amigos”. Recuérdale también que hay situaciones no negociables, como su higiene, sus principios, sus estudios.

Ámalo como ama un poeta

Retomo la cita de Rollo May: recuerda que muchas veces la rebeldía es un ruego de atención, amor y presencia. Antes de preocuparte por las vacaciones de verano, planea caminar por el interior de tu hijo, dialoga, ríe con él y siéntate a su lado en silencio. El poder del tacto, el oído y la pausa son realmente mágicos.

Permite que comparta sus emociones contigo, no dejes que un amigo virtual reemplace tu abrazo cuando él se sienta triste. El poder de un abrazo es más fuerte y duradero que un capricho nuevo. Te aseguro que a medida que logres hacer cambios en el modo de relacionarte con tu hijo, descubrirás que él ha vuelto a tu vida.

Fuente: familias.com

6 técnicas para ayudar a los niños a estudiar los exámenes sin estrés

Hay niños que necesitan que sus padres estén a su lado mientras hacen los deberes, otros se levantan muchas veces porque no se concentran, los hay que encaran los exámenes con mucho estrés… Hasta que nuestros hijos aprenden a estudiar y cogen el hábito, pueden necesitar un poco de ayuda.

Para que el estudio sea eficaz, no solo es importante qué hacen durante el tiempo que tienen los libros abiertos sobre la mesa (si comprenden lo que leen, si se concentran, si memorizan…), sino también cómo se preparan para estudiar. Existen algunas técnicas para ayudar a los niños a estudiar con eficacia para encarar los exámenes sin estrés.

Cuando tus hijos estudian y encaran los exámenes con estrés

No entiendo esos padres que dicen “hemos aprobado” o “hemos suspendido el examen” cuando sus hijos se presentan a una prueba, como si fueran ellos los que van al colegio a examinarse. No entiendo a esos padres que tienen limitadas sus tardes porque tienen que sentarse con el niño a estudiar, porque sino no estudia.

¿Quién necesita el refuerzo? ¿El niño propiamente dicho o el padre? Detrás de este comportamiento del progenitor puede estar la culpabilidad (al no pasar tiempo suficiente o dedicarle atención a su hijo se sienta a estudiar con él/ella) o la falta de reconocimiento (el padre se dice así mismo ‘así me reconocen que soy buen padre o buena madre’) o simplemente la búsqueda de algo personal (cuando tenía edad de estudiar no estudió y ahora suple ese malestar estudiando con el niño).

Pero la cuestión no es saber por qué los padres lo hacen, sino cómo apoyar al niño en el estudio. Debemos descubrir cómo ayudarles desde el refuerzo de la confianza y la seguridad en él mismo, además de lograr la relajación en el tiempo de estudio para obtener preparación de calidad.

Como padres, podemos aplicar algunas técnicas de aprendizaje para guiar al niño a un estado de éxito antes de realizar el examen. Para ello, contamos con:

1. Técnicas de respiración
Simplemente sentados en una posición cómoda y con música o no de fondo, algo relajada, y en silencio, tenéis que tomar aire por la nariz y exhalar por la boca de manera profunda.

2. Técnicas de meditación (Atención plena – Mindfulness)
Incluso aquí, podemos utilizar la realización de mandalas, para estar lo más relajados posibles antes de comenzar el estudio.

3. Técnicas de visualización
Se trata de crearle al niño un lugar seguro en su imaginación donde el estrés, los nervios o la ansiedad por el examen, no puedan entrar.

4. Juegos antes de estudiar
Divertirse antes de ponerse a estudiar, hará que su estado emocional esté predispuesto al estudio. También funciona muy bien reírse. Podemos contar chistes o mirar algún video gracioso que haga que entremos en estado de confianza y relajación.

5. Música durante el estudio
El niño puede estudiar con música, así se concentrará mejor en lugar de pensar en que lo hará peor.

6. Técnica para reducir el estrés
Es importante preparar un buen entorno y ambiente de estudio. A veces, estar en contacto con un peluche o cojín o algún otro instrumento que pueda ser ‘el descargador de estrés y ansiedad’ hará que el niño encuentre su mejor estado de relajación.

Cualquiera de ellas, hará que nuestros hijos empiecen a estudiar solos y a obtener los resultados que desean.

Otros consejos para ayudar a los niños a estudiar

Nuestro objetivo principal será fortalecer la confianza y la autoestima del niño para que cuando diga que quiere sentarse a estudiar todo esté en orden mental y emocional. De esta forma se conseguirá el correspondiente aprovechamiento.

Por otro lado, no olvides planear descansos de unos 5 minutos cada 20. Esto hará que cuando vuelva al estudio, pueda volver a prestar atención a aquello que se desea.

Y por supuesto, un buen abrazo antes de comenzar a estudiar, garantizará un nivel de dopamina muy eficaz para llegar a la mejor nota posible. Recuerda que los abrazos (según fuente de Internet):

– Nos llenan de alegría.

– Nos hacen ser más pacientes.

– Se consideran como un gran remedio al estrés y la ansiedad.

– Son los culpables del buen humor y la motivación.

– Balancean nuestro sistema nervioso.

Y no olvides que apelar al AMOR en estos momentos, ¡es de gran apoyo! Para nuestros hijos. Abraza, sonríe y muéstrale tu confianza. Demuéstrale que haga lo que haga en ese día del examen, tú seguirás dándole apoyo y amor como hasta ahora (¡haz que le quede bien claro!).

Fuente: guiainfantil.com

Papá le pega a mamá: los testigos del maltrato

“La educación es la vacuna contra la violencia.”

La violencia doméstica es una realidad común en nuestra sociedad. Esta ocurre en todas las clases sociales, grupos étnicos, culturas y religiones.

La mayoría de los casos pasan desapercibidos ya que muy a menudo las víctimas sufren en silencio. Los estudios demuestran que cada año son mas los jóvenes entre las edades de 3 a 17 años los que están expuestos a la violencia doméstica. Las estadísticas reflejan que el 95% de los casos involucran a las mujeres víctimas de sus parejas masculinas. La trágica realidad es que cada vez que una madre es maltratada por su pareja, son a menudo sus propios hijos los testigos del maltrato y la tensión en el hogar por lo que ellos también se ven afectados. El presenciar puede significar VER incidentes reales de maltrato físico y/o sexual, ESCUCHAR amenazas o peleas desde otra habitación, OBSERVAR las secuelas de maltratos físicos, tales como: sangre, moretones, lágrimas, la ropa rasgada y/u objetos rotos.

Lo que hiere a la madre, también hiere a los hijos. Cuando la madre es abusada, sus hijos pueden sentirse culpables de no poder protegerla. Ellos sufren al ver que sus padres se gritan, empujan o golpean. Estos comportamientos causan en los hijos sentimientos de confusión, estrés, miedo, vergüenza, o hasta muchos llegan a pensar que ellos mismos han causado el conflicto. Están siempre en guardia, observando y esperando a que el próximo evento se produzca. Como nunca se sabe lo que va a desencadenar el abuso, no tienen tranquilidad; siempre están preocupados por ellos mismos, por sus madres y hasta por sus hermanos. Pueden sentirse enojados, humillados y hasta impotentes.

En los hogares donde existe violencia doméstica, el miedo, la inestabilidad y la confusión reemplazan el amor, la comodidad y la crianza que los niños necesitan. Muchos pueden presentar problemas emocionales, llorar excesivamente, sentirse retraídos o tímidos, pueden tener dificultades para hacer amigos, sienten miedo de los adultos y algunos hasta pueden sufrir de depresión y utilizan también la violencia para resolver sus propios problemas en la escuela y el hogar.

Cuando los hijos crecen en un hogar de maltrato, se les niega el tipo de vida familiar que fomenta el desarrollo saludable y aunque ellos no sean directamente maltratados, igual pueden verse afectados al ver que son sus madres las que están siendo victimas del maltrato. Como resultado, muchos experimentan el estrés en el hogar y llegan a mostrarlo de diferentes maneras tales como: dificultad para conciliar el sueño, enuresis, problemas de conducta, dolores de estómago, dolores de cabeza y / o diarrea, etc. Los niños que crecen en este tipo de entorno, tienen un mayor riesgo de caer en las drogas, abuso del alcohol o ser objetos de relaciones abusivas, como agresores o víctimas y un tercio llegan a desarrollar problemas emocionales, trastorno de estrés postraumático, delincuencia juvenil y la criminalidad en la edad adulta.

Debido a que mamá está luchando para sobrevivir, a menudo no está presente para sus hijos y papá esta tan consumido tratando de controlar a todo el mundo que tampoco se muestra disponible para ellos. Por lo tanto, los hijos llegan a sentirse física, emocional y psicológicamente abandonados creciendo hambrientos de atención, afecto y aprobación.

Reacciones emocionales, físicas y de comportamiento ante la violencia familiar en los hijos:

Reacciones emocionales : El miedo, la culpa, la vergüenza, trastornos del sueño, tristeza, depresión y enojo (tanto hacia la persona que abusa con violencia como también hacia la madre por ser incapaz de impedir la violencia).

Reacciones físicas: Dolores de estómago y / o dolores de cabeza, enuresis (mojadas de cama) y ​pérdida de la capacidad de concentración. Algunos también pueden sufrir abuso o negligencia física o sexual. Otros pueden salir lastimados al tratar de intervenir en nombre de su madre o de algún hermano.

Reacciones de comportamiento: Rabietas, alienación o ansiedad por complacer. Los niños pueden presentar síntomas de ansiedad y una capacidad corta de atención que puede provocar un bajo rendimiento escolar y de asistencia. Algunos pueden experimentar retrasos en el desarrollo del lenguaje, habilidades motoras y/o cognitivas. También pueden utilizar la violencia para expresarse mostrando un aumento de agresividad con sus compañeros o hasta con sus propias madres. Ellos pueden llegar hasta a auto-lesionarse.

Los efectos a largo plazo en los niños que son testigos de violencia doméstica

Los niños que crecen observando que sus madres son víctimas de abusos, sobre todo por parte de sus padres, crecen con un modelo de relaciones íntimas en las que una persona usa la intimidación y la violencia sobre la otra persona para conseguir lo que desea. Dado que los niños tienen una tendencia natural a identificarse con la fuerza, muchos pueden aliarse con el abusador y perder el respeto por sus aparentemente indefensas madres. El abusador suele menospreciar a la madre delante de sus hijos y puede llegar a decirles que ella está “loca” y que ellos no tienen por que escucharla. Al ver que sus madres están siendo tratadas con una enorme falta de respeto por parte de sus padres, los niños aprenden que ellos también pueden faltarle al respeto a las demás mujeres de la misma forma en que sus padres lo hacen con sus propias madres.

La mayoría de los jóvenes que se crían en hogares abusivos aprenden que la violencia es una manera eficaz de resolver los conflictos y problemas. Pueden reproducir la violencia de la que fueron testigos desde niños en sus relaciones adolescentes y adultas así como también ser más propensos a golpear a sus futuras parejas que aquellos que han sido criados en hogares no violentos. Para las niñas, la adolescencia puede resultar en la creencia de que las amenazas y la violencia son parte de la norma en las relaciones.

¿Qué hacer?

Es imposible evitar que los hijos sean testigos de la violencia doméstica. Ellos pueden ver o escuchar los episodios abusivos entre sus padres, ser utilizados o incluso implicados en la violencia (por ejemplo, el niño puede estar en los brazos de su madre cuando ella es golpeada), por lo que pueden experimentar las consecuencias y la tensión que acarrea el abuso. El grado de daño emocional depende en gran medida de cada niño, su edad, sexo y personalidad, lo mucho que el/ella haya presenciado el abuso y si ha estado o no personalmente involucrado en él.

Una sensación común que algunos padres consideran es que a pesar del entorno violento y abusivo, es mejor permanecer juntos por el bienestar de sus hijos. Sin embargo, no se dan cuenta que a menudo son sus propios hijos los que prefieren ver a sus padres separados como una forma de ponerle fin al “problema”.

La única respuesta ante el problema de violencia doméstica es tratarla como lo que es – violencia. Se debe luchar contra los valores sociales que refuerzan el estereotipo que fomenta a los hombres a actuar agresivamente y utilizar la violencia como una forma de resolver los problemas; donde las mujeres son débiles, sumisas y deben aceptar la dominación masculina como la norma. El crecer en un hogar donde el abuso de alguna forma es la norma, ofrece a los hijos el ejemplo que esto es lo que una relación está destinada a ser. Este tipo de hogares tienden a incluir la inestabilidad, los conflictos, la distancia emocional y una vida que va de una crisis a otra. Ellos aprenden patrones poco saludables de relacionarse, y por lo tanto inconscientemente la mayoría llegara a elegir futuras parejas que vengan de entornos igualmente poco saludables para así poder seguir el patrón de violencia del cual están familiarizados. Por lo tanto, antes de que sea demasiado tarde, es crucial buscar ayuda profesional, una terapia familiar, que le ofrezca a cada miembro del hogar la oportunidad de lograr romper con los patrones destructivos aprendiendo maneras no violentas de como resolver sus conflictos emocionales.

Fuente: latribuna.hn

Padres bilingües: ¿qué ventajas ofrecen a sus hijos?

El aprendizaje de un segundo idioma es casi que uno de los mínimos básicos que exige la educación de este siglo para poder interactuar con las diferentes culturas y que los jóvenes puedan desenvolverse en los espacios laborales. Por ello, expertos señalan la importancia de que los padres aprendan un segundo idioma para que, cuando decidan tener hijos, el aprendizaje en los pequeños se facilité gracias al conocimiento que sus progenitores ya tienen de él.

Desde temprana edad un niño es receptivo a toda la información que se le transmite. Pero expertos hablan de los tres años como el momento en que los pequeños pueden empezar a diferenciar un idioma de otro. Es en esta etapa cuando más se debe impulsar en un menor el aprendizaje de un segundo idioma, y las ventajas de que sean sus propios padres los que se dan a la tarea porque ellos mismos son bilingües, aumentan en estas familias que inclusive, pueden llegar a ser políglotas.

“Un padre tiene la capacidad de apoyar a su hijo en su propio proceso de aprendizaje de un idioma, con sus tareas, con la motivación, con el ejemplo. Es el mejor escenario para que un niño, en un ambiente cómodo como el de su hogar, pueda realizar actividades con sus padres como ver programas de televisión, escuchar música o leer libros en inglés. Esto hará que el niño tenga ventajas competitivas frente a otros chicos, pues aprenderán el idioma mucho más rápido”, dijo a ELTIEMPO.COM Sam Day Weber, docente de inglés en el British Council.

Según el docente, que los niños vean a sus padres interactuando con otras personas en otro idioma diferente al suyo es también un factor de motivación para los pequeños. “El niño se abrirá a otras culturas y tendrá muchas más ganas de entenderse con los demás en una lengua diferente”, agregó Day Weber.

Para Maria Clara Delgadillo, psicóloga de la Universidad Santo Tomás, “los niños aprenden mucho más rápido las cosas cuando provienen de con sus padres, son su primer acercamiento al mundo y su forma de impulsarse para aprender cosas nuevas”.

Según Delgadillo, “esto tiene ventajas en el cerebro del pequeño, pues el conocimiento se adquiere con la mejor disposición y siempre queriendo imitar el comportamiento de sus progenitores”. Esto quiere decir que si un padre maneja bien el idioma inglés, tiene buena pronunciación y buena gramática, su hijo va a querer imitarlo y seguramente tendrá un mejor nivel en el colegio.

Por otro lado, para Rebecca Smith, coordinadora de Jóvenes Estudiantes en el British Council, “que los padres sean bilingues y traten de tener horarios de solo hablar inglés en casa, enfrenta a los pequeños incluso a tener que pedir lo que necesitan en otro idioma, los reta y les ayuda a defenderse, lo cual puede trasladarse a su salón de clases donde probablemente se vana a encontrar con un docente que solo les va a estar hablando en inglés”.

Los tres expertos coinciden en que hoy en día los padres tienen cientos de herramientas que pueden apoyar estos procesos, tanto para ellos como para los niños y que usualmente son de muy fácil acceso, incluso gratuitas. British Council, por ejemplo, tiene plataformas enfocadas tanto a los adultos como a los chicos, todas sin pago y con contenido interactivo (videos, audios y juegos). Pero también existen diversas aplicaciones, libros y videos en línea que pueden ser utilizados como herramientas e apoyo”, agrega Smith.

Aprender y avanzar juntos, la edad no es un obstáculo

Están también los casos en los que los padres no dominan un idioma, pero quieren empezar a aprenderlo. Para ellos, aseguran los expertos, es recomendable incluso que se sienten con sus hijos, quienes también están empezando su proceso de inmersión en un idioma, para que juntos puedan intercambiar inquietudes y logren avanzar juntos.

“Un padre no debe preocuparse si su hijo aprende más rápido que él o habla mejor inglés que él. Lo importante es ese proceso de sentarse juntos y compartir un espacio que les permita interactuar como familia y construir conocimiento juntos”, asegura Day Weber.

Fuente: abcdelbebe.com

Bajo rendimiento escolar: ¿cuándo acudir al médico

Durante la época escolar, suele suceder que los padres de familia concentran su atención en el buen desempeño académico de sus hijos. ¿Quién no se siente orgulloso cuando sus pequeños obtienen altas calificaciones? Sin embargo, cuando esto no ocurre se piensa que ello se debe al poco esfuerzo y dedicación que ha puesto el niño en sus asuntos escolares y se olvida que, muchas veces, puede ser resultado de trastornos específicos del aprendizaje como las dificultades para escribir y leer, los conflictos emocionales, las perturbaciones del sueño o el déficit de atención e hiperactividad, además de causas más frecuentes como los malos hábitos de estudio.

De hecho, cuando los niños alcanzan la edad escolar, se espera que tengan un proceso de aprendizaje acorde con su edad y en los mismos tiempos que sus compañeros. No obstante, aunque los signos de alarma son fácilmente reconocibles, los padres suelen ‘normalizarlos’ o ignorarlos, por lo que generalmente los profesores son quienes detectan los cambios en los estudiantes y alertan a las familias. Así que hacer esta identificación de manera temprana permite iniciar tratamientos que evitan la frustración, mejoran la autoestima y mantienen un desarrollo adecuado de tus hijos.

¿Cómo reconocer un problema de aprendizaje?

Los signos de alarma para los problemas de aprendizaje están asociados, fundamentalmente, a cambios evidentes en los niños, la mayoría de las veces relacionadas con el bajo rendimiento escolar –permanente o en disminución– y los problemas de comportamiento, reflejados en falta de motivación, desorganización, trastornos de sueño (ronquidos, miedo) y desinterés de los niños por las actividades que les apasionan y desgano a la hora de estudiar.

¿Cuál es el tratamiento para los problemas de aprendizaje?

Aunque los problemas de aprendizaje pueden llegar a ser graves, detectarlos a tiempo es fundamental para su tratamiento. De acuerdo con el Dr. Juan Esteban Cote, neurólogo pediatra de Clínica La Colina, “el primer paso es implementar las buenas pautas de crianza y los hábitos de vida saludables. Podría incluir también orientación psicológica y, en algunos casos, terapias para tratar problemas como la dislexia, discalculia y disgrafía, entre otros trastornos del aprendizaje”.

Claves para evitar y mitigar los problemas de aprendizaje

Buenas pautas de crianza y hábitos saludables: implica tener un sistema adecuado de reconocimientos (premio / castigo), figuras de autoridad claras para los niños, cumplir tareas en la casa y tener horarios establecidos para el sueño, el estudio, el descanso y el juego. Así mismo, limitar el acceso a la tecnología sin restringirlo completamente, de manera tal que se permita a los niños explorar y desarrollar su capacidad narrativa, para activar su creatividad pero sin incurrir en excesos.

Alimentación: es fundamental que tu hijo tenga una dieta balanceada en frutas y verduras, así como horarios de alimentación consistentes. Recuerda que su cerebro necesita proteínas y fuentes de energía para su desarrollo y funcionamiento.
Hacer ejercicio: en el ejercicio se liberan sustancias que mejoran la concentración, disminuyen la ansiedad y aumentan la motivación de los niños, además de promover un aprendizaje más rápido y mejorar la calidad del sueño.

Terapias: para los trastornos específicos (dislexia, discalculia y disgrafía) se recomiendan terapias dirigidas en el colegio o por profesionales, para desarrollar las habilidades específicas en los niños, evitar la frustración y los estereotipos.

Medicación: en casos más concretos con trastornos de conducta o déficit de atención e hiperactividad disruptivos, los niños podrían ser tratados con medicamentos recetados por especialistas, que surgen efectos muy rápidamente y que no generan adicción.

Finalmente, es recomendable hacer una elección adecuada del colegio de los niños, teniendo en cuenta sus necesidades. “Cada niño es diferente y muchas veces los colegios adecuados son los que permiten a los menores desarrollar sus múltiples inteligencias, en grupos de no más de 15 niños y con educación personalizada” concluye el Dr. Cote.

Fuente: abcdelbebe.com

 

Qué hacer si no te gusta el profesor de tu hijo

Lo ideal sería que tuviéramos profesores dedicados, motivadores, pacientes, vocacionales y muy capaces. La realidad es que, junto a ellos, hay otra rama de profesores cuya pedagogía brilla por su ausencia.

Aun así, sea un profesor autoritario, o un buen profesor, para gustos los colores. De tal manera que, hay padres que prefieren maestros estrictos y que impartan disciplina, y otros que prefieren profesores con métodos más modernos y positivos. Sea como fuere, ¿qué hacer cuando no te gusta el profesor de tu hijo?

Cuando no te gusta el profesor de tu hijo, ¿cómo gestionarlo?

Las personas somos seres emocionales de individuales, cada uno con sus preferencias y sus gustos. Por lo tanto, igual que te gustan o desagradan compañeros de trabajo, conocidos u otras personas que vas conociendo a lo largo de la vida, te pueden gustar o no los profesores de tus hijos.

Las razones por las que puede no gustarnos un profesor son: porque grita a los alumnos, aplica una disciplina muy estricta, o todo lo contrario, sus métodos son demasiado laxos, no sabe explicar, manda muchos deberes, no presta la suficiente atención a tu hijo… ¿Qué debemos hacer si le tomamos manía al profesor?

1- Nunca expreses tu antipatía por el profesor delante del niño: quizás, aunque no compartas su metodología, el niño tiene un buen concepto del él. Expresar ante el niño el rechazo que sientes, los desacuerdos que mantienes y lo deseoso que estás de que acabe el curso, no harán otra cosa que trasladar todas esas emociones al niño. Lo confundirás, lograrás que nazca en el niño también antipatía, desgana por las clases y poco respeto al maestro.

2- Valorar en su justa medida en qué se equivoca: debes razonar si realmente es un mal profesor cuyos métodos están afectando a los alumnos y merece la pena tomar medidas importantes, o simplemente es una antipatía personal porque preferirías otro tipo de profesor, es decir, no es malo, pero tampoco es bueno.

3- Explica a tu hijo cuál es el papel del profesor: en ocasiones los niños esperan que sus profesores les presten toda la atención o simplemente no encajan del todo pero no se está produciendo ninguna situación abusiva. Si el niño se queja del profesor constantemente es posible que tú le tomes antipatía. Pero, cuando solo se trate de diferencias de caracteres, es un momento para enseñar al niño a sacar lo mejor de la situación, a entender que siempre se encontrará en la vida con personas con las que tiene diferencias y habrá de lidiar con ellas. Y tú, habrás de hacer lo mismo.

4- Habla con el profesor: tenemos una costumbre muy extendida de quejarnos de puertas para adentro, en los grupos de WhatsApp o ante los niños, pero en pocos casos exponemos nuestro parecer ante el principal implicado, el maestro. Si no estás de acuerdo con algo y piensas que está causando un perjuicio al niño, pide una tutoría para tratar el problema. Intenta ser proactivo, y llegar a un entendimiento por el bien de tu hijo. Lleva la conversación de forma positiva, no amenazante o inquisitoria. Si entras atacando, el profesor se pondrá a la defensiva y habrá poco que hacer.

5- Mantente pendiente en todo momento: pregunta al niño por lo que hacen en el aula sin que sea un tercer grado y sin que note tu desagrado, interésate cada día. Intenta participar en alguna dinámica de clase si es posible que vayan padres a dar charlas, y ves con tus propios ojos la actitud de los alumnos y el profesor.

6- Habla con el jefe de estudios: si crees que hay un verdadero problema en el aula y el profesor no se comporta como debiera, grita a los alumnos, les habla mal o incluso les humilla dirígete a la jefatura de estudios o al mismo director. Expone el problema, en ocasiones se realizan reuniones en las que el colegio trata de mediar entre el padre y el profesor. En algunos casos, se permite que el niño pueda cambiarse a otra clase si la queja está justificada. Cuando el asunto es serio, puedes incluso pedir que se inicie un protocolo para la apertura de un expediente disciplinario si procede.

Para terminar, una reflexión… Apartar al niño de cualquier problema, incluso los nimios y pequeños, no le ayudarán a afrontar una vida en la que se encontrará con personas que le ayudarán, otras que le ignorarán y otras que le pondrán piedras en el camino. Es la sobreprotección, el mal que afecta a nuestros hijos hoy en día según los expertos.

Siempre que el profesor no esté causando un daño emocional en el niño, debemos tragarnos nuestra antipatía y ayudarles a afrontar el curso con motivación y ganas para sacar todo su potencial.

Fuente: guiainfantil.com

 

10 preguntas que los padres deben hacer a los profesores

Hay padres que olvidan que la escuela es cosa de todos y que llevar a los niños no implica ni que saquen buenas notas ni que ‘salgan’ educados. La educación se empieza en casa y la escuela debe ser una extensión de la misma, un lugar donde se aprenden conocimientos.

Los padres desde casa tendrán que colaborar a que el niño vea la importancia de la escuela y respete la figura del profesor, una persona que va cada día a su puesto de trabajo para enseñar de la mejor forma posible los conocimientos que la sociedad considera necesario para la edad de los pequeños.

El vínculo de comunicación entre padres y profesores

Además, la escuela es un lugar de encuentro y amistades, donde los niños pueden pasarlo bien con sus amigos. Desgraciadamente, también existen niños y niñas que dentro de las puertas de la escuela no están bien, ya sea por la poca profesionalidad de los docentes o por la actitud de los compañeros dentro de las aulas.  Si este fuera tu caso tendrías que informarte bien para tomar medidas al respecto, el bienestar de los pequeños es lo prioritario.

Los padres forman parte de un triángulo interactivo donde las partes que deben estar siempre conectadas son: la escuela, la familia y el niño. Solo de este modo el pequeño verá la importancia de la escuela.

Pero, lo habitual es que cuando los padres se entrevistan con el profesor/a, sea éste quien les pregunte muchas cosas sobre la familia y su hijo para poder tener información y así trabajar mejor con los pequeños. ¿Y qué pasa con los padres? Para que los padres puedan confiar en el profesional que atiende diariamente a su hijo necesitará saber algunas cosas.

Las 10 preguntas de los padres a los profesores

Además, si debes ir a una reunión con el profesor de tu hijo y no sabes qué debes preguntar para estar bien informado/a, toma nota de las siguientes 10 preguntas que te ayudarán a entender cómo evoluciona tu hijo en casa y sobre todo, para apoyar lo que el niño hace en la escuela, desde casa. ¿Cómo podéis ayudar al pequeño a aprender mejor? Estando los docentes y las familias en constante comunicación. ¡Toma nota!

1. ¿Cuál es la metodología de trabajo que utilizas cada día dentro del aula? Pregunta al profesor si manda deberes, si prefiere no enviar deberes en casa, si tienen que estudiar mucho o poco, etc.

2. ¿Qué haces cuando un alumno se porta mal? Muestra interés por saber si el profesor está a favor o en contra de los castigos.

3. ¿Cómo premias el esfuerzo de los alumnos que trabajan duro? Infórmate si el profesor ofrece recompensas en la clase. Pregúntale si utiliza algún sistema de estímulos.

4. ¿Cómo rinde mi hijo/a en la escuela? Pregunta si tu hijo trabaja bien, si hace los debes, si muestra interés.

5. ¿Cómo son los hábitos de trabajo de mi hijo/a dentro de aula? Pregunta si tu hijo trabaja bien en equipo, si sabe comportarse ante el trabajo, si se enfada si algo le sale mal, etc. Cómo es el comportamiento de tu hijo con los demás niños.

6. ¿Necesita tiempo extra para acabar sus tareas? Pregunta si tu hijo tarda más en hacer las tareas que otros niños o si va al mismo ritmo.

7. ¿Cómo se comporta mi hijo/a dentro de clase? ¿Y con sus compañeros? Pregunta si tienes un buen comportamiento de respeto, cumpliendo las normas.

8. ¿Cómo se relaciona con sus compañeros en clase y en la hora del descanso? Infórmate si tu hijo tiene una buena interacción con los demás.

9. ¿Participa mi hijo/a en clase? Así sabrás si tu hijo se muestra tímido o no.

10. ¿Cómo puedo ayudar a mejorar la educación de mi hijo desde casa? Ofrécete para ayudar en jornadas escolares o en cualquier cosa que requiera la participación de los padres.

Ya verás que con estas preguntas entenderás mucho mejor la vida de tu hijo/a en la escuela.

Fuente: guiainfantil.com

Dormir o no con los hijos ¿Qué dicen los estudios?

Son las 12 de la noche, un grito rompe el silencio. Los padres corren al cuarto del niño. Prenden la luz y lo encuentran sentado en su cama, llorando. “Hay un monstruo debajo de mi cama”, dice.

La madre pasa la mano por la cabeza del pequeño y le limpia las lágrimas. El padre hace el amago de revisar bajo la cama y de paso abre el armario: “No hay nada, tranquilo. Ven con nosotros”, le dicen, y terminan durmiendo los tres en la cama matrimonial. Una práctica común y a simple vista, inocente.

Psicopedagogos y expertos en crianza coinciden en que cuando dormir con los hijos se vuelve hábito, se puede generar un daño en el desarrollo del menor. Incluso, puede afectar la relación de pareja.

Según la investigación ‘Trastornos del sueño en niños sanos’, del Hospital Nacional Profesor Alejandro Posada, en Buenos Aires (Argentina), el sueño es una de las funciones más importantes en la vida del niño. “Existe una íntima relación entre las actividades diurnas y las dificultades en el sueño. Estas se pueden asociar con conflictos familiares, trastornos del aprendizaje y con maltrato infantil”, asegura el estudio, y añade que entre el 20 y 30 por ciento de los menores tienen dificultades para conciliar el sueño o se despiertan durante la noche.

De la investigación se desprende que el 37,4 por ciento de los menores presentan trastornos del sueño. De los 25 niños que compartían la cama con los padres, 64 por ciento presentaban dificultades para dormir, mientras que los que dormían solos, o con otro niño, las referían en un 33,7 por ciento.

Aunque este fenómeno depende de las prácticas culturales, esa relación sí es frecuente en América Latina. Expertos consultados por EL TIEMPO lo confirman. Ana Rita Russo, directora del programa Pisotón en la Universidad del Norte, habla de los hitos del desarrollo, esas destrezas que el niño adquiere en su crecimiento. Entre esos está la alimentación, la dormida y el desarrollo motor, del lenguaje y afectivo. “Estas habilidades están marcadas en la etapa del paso de la dependencia absoluta que tiene un bebé de los padres, a lo que llamamos la dependencia relativa, en la cual el niño va logrando autonomía, autoestima, integración de la identidad y consolidación del ser”, explica la experta.

Fuente: abcdelbebe.com

Teletrabajo con niños en casa: ¿una tarea posible?

El teletrabajo es, cada vez más, una estrategia que utilizan las empresas colombianas y multinacionales para atraer y retener el recurso humano femenino, a través de beneficios emocionales enfocados, en especial, en las madres. De hecho, un informe publicado este año por Michael Page Colombia –firma especializada en reclutamiento de profesionales– señaló que el 85 por ciento de las empresas multinacionales que están en Colombia ya cuentan con políticas especiales para las mamás trabajadoras.

A su vez, cifras del Mintic y Mintrabajo señalan que más de 500 empresas son, actualmente, parte del Pacto por el Teletrabajo en Colombia que beneficia a 122.278 teletrabajadores, muchos de ellos, hombres y mujeres con hijos.

Sin embargo, si bien la estrategia se enfoca en mejorar la calidad de vida de los padres y lograr el balance entre la vida familiar y laboral, para algunos el tema no ha funcionado.

Es el caso de Sandra Gutiérrez Mejía, una ejecutiva comercial de una reconocida empresa que, por ser madre de dos niños pequeños, tuvo la oportunidad de probar durante dos meses el llamado home office. “Al principio me pareció lo máximo estar en casa y cuidar de mis pequeños. Pero con el pasar de los días me di cuenta de que terminaba aún más extenuada, los niños me quitaban mucho tiempo, tenía que interrumpir mis labores para prestarles atención y mi productividad empezó a bajar. Mis clientes lo percibieron, me notaban distraída y empecé a tener problemas. No pude más y decidí volver a la oficina”, relata esta mamá.

¿Falta de planificación?

Casos como estos abundan: padres y madres que, en lugar de percibir los beneficios del teletrabajo, terminan sobrecargados con las tareas del hogar y de la oficina, más estresados y extenuados por intentar resolver, a la vez, asuntos laborales y familiares.

Se trata de un fenómeno conocido como el ‘burnout del teletrabajador’, al que hace varios años se refirió el padre del teletrabajo, Jack Nilles: “El mayor riesgo de esta modalidad no es que la gente no trabaje, sino que trabaje demasiado”, decía.
Por eso, los testimonios de estos padres tienen un común denominador: la falta de planificación.

“Lo que pasa es que hay padres a los que nos cuesta organizarnos, ser disciplinados y poner límites. Cuando estás en casa, tu prioridad son tus hijos, quieres estar al tanto de ellos todo el tiempo y descuidas el trabajo. Luego, terminas trasnochando y pierdes ese balance que al principio buscabas”, sostiene Aura Sofía Castillo, una madre que tampoco pudo continuar con el home office.

Según voceros del Mintic, uno de los mayores retos para los padres, y en general para todos los teletrabajadores, es el adecuado manejo del tiempo. “Cuando los padres teletrabajan deben establecer un plan de acción que les permita cumplir las metas y requerimientos de la empresa. La clave está en fijar rutinas y aprovechar muy bien las horas que se evitan en desplazamientos desde y hacia la oficina”, señalan.

De eso da cuenta Claudia Vásquez, madre de dos niños, a quien el teletrabajo le mejoró la calidad de vida porque logró generar el balance ideal entre cumplir con sus funciones como consultora de comunicaciones y su rol de mamá.

“Fue cuestión de dialogar con los niños y hacerles comprender que, aunque estoy en casa, no puedo prestarles atención todo el tiempo. Aprovecho al máximo las horas que están en el colegio, cuando llegan compartimos el almuerzo y apenas el reloj marca las 5:30 me olvido del trabajo y me dedico a ellos. Mientras tanto, ellos saben que solo me pueden interrumpir cuando es verdaderamente necesario”, dice Vásquez.

¿Y la productividad?

Según la Comisión Asesora de Teletrabajo, sí es posible mantener la productividad e incrementarla, solo es cuestión de organización. “Dependiendo de la edad de los niños, se pueden coordinar horarios para que ellos comprendan que en determinados periodos no deben interrumpir, y deben respetar tanto el tiempo como el espacio de trabajo que tienen sus padres para cumplir con sus responsabilidades”, aseguran.

En este sentido, Eliana López, executive manager de Michael Page Colombia, señala que los padres “deben destinar un espacio en casa, ojalá cerrado, para evitar distracciones, ruidos o interrupciones, y explicar a los niños que, cuando se está allí, no se debe interrumpir”, aconseja López. Así, para la directiva, solo si se establecen rutinas, se fijan límites y se respetan, los niños podrán saber en qué horarios cuentan con sus padres aunque estén en casa.

Ahora bien, si se tienen bebés, es clave contar con la ayuda de un tercero en el hogar, que pueda atender sus demandas de cuidado cuando los padres estén trabajando. En este caso, se debe aprender a organizar las tareas del trabajo de acuerdo con las necesidades del pequeño. Por ejemplo, establecer adecuadas rutinas de sueño, de alimentación y de juego en horarios fijos les permite a los padres anticiparse y aprovechar espacios como las siestas y los momentos de relajación y tranquilidad del bebé para programar sus actividades laborales.

Cuidado con excederse

Otro riesgo que se corre al trabajar en casa es dejarse absorber por los asuntos laborales y descuidar el plano familiar a tal punto que se dañen las relaciones con la pareja y los hijos.

Carolina Forero, de Hays Colombia, firma consultora especializada en selección, advierte que también hay que ser flexible. “Muchas veces, el trabajo se verá interrumpido, por lo que un plan rígido puede que no funcione. Lo ideal es que exista un ritmo apropiado tanto para el trabajo como para el cuidado de los niños. Hay que buscar un balance entre el tiempo que será dedicado exclusivamente a trabajar, las pausas que se van a tomar y la interacción que se tendrá con los hijos durante el día”, aconseja Forero.

Fuente: abcdelbebe.com

¿Los hijos aprenden más con premios o con castigos?

“Me invade un auténtico pavor a medida que se acerca su hora de dormir: ‘Aquí vamos de nuevo’”.

Eso dijo un papá en nuestra oficina de terapia familiar para describir el espectáculo que montaba su hijo antes de irse a la cama. El niño enloquecía más y más conforme se acercaba su hora de dormir, ignoraba con necedad las instrucciones de sus padres y hacía una enorme rabieta con tan solo escuchar la palabra piyama. Los padres se sentían frustrados y desorientados.

La pregunta que nos hicieron es una que escuchamos muy a menudo: ¿debían ser severos y prohibirle ver sus dispositivos electrónicos cuando se comportaba así (castigos)? ¿O idear un sistema con calcomanías y premios para persuadirlo a comportarse bien (recompensas)?

Muchos padres crecieron con castigos y es comprensible que se valgan de ellos. Sin embargo, los castigos tienden a intensificar el conflicto y bloquear el aprendizaje. Provocan una reacción de lucha o huida, lo que significa que el pensamiento sofisticado del lóbulo frontal se nubla y se activan los mecanismos básicos de defensa. Los castigos nos llevan a rebelarnos, avergonzarnos o enojarnos, a reprimir nuestros sentimientos o idear cómo evitar que nos descubran. En este caso, la resistencia absoluta de quien tiene 4 años llegaría a su punto máximo.

Entonces las recompensas son la opción más positiva, ¿cierto?

No tan rápido. Las recompensas son más bien las gemelas engañosas de los castigos. Son atractivas para las familias (y es comprensible) porque pueden mantener a un niño bajo control temporalmente, pero el efecto puede desvanecerse o incluso ser contraproducente: “¿Cuánto me vas a dar?”, le dijo su hija a una clienta, según nos contó, cuando le pidió que ordenara su cuarto.

Los psicólogos han sugerido durante décadas que las recompensas pueden reducir nuestra motivación y gozo naturales. Por ejemplo, los niños a los que les gusta dibujar y, bajo condiciones experimentales, reciben una paga por hacerlo, dibujan menos que los que no reciben nada. Los niños a quienes premian por compartir lo hacen menos, etcétera. Esto es lo que los psicólogos denominan como “efecto de justificación excesiva”: la recompensa externa eclipsa la motivación interna del niño.

Las recompensas también han sido relacionadas con la disminución de la creatividad. En una serie clásica de estudios, se le dio a la gente un conjunto de materiales (una caja de tachuelas, una vela y un paquete de cerillos) y se le pidió que encontrara la manera de adherir la vela al muro. La solución requiere de un enfoque innovador, es decir, ver los materiales de una manera que no se relacione con sus propósitos (la caja utilizada como un portavelas). Las personas a las que se les dijo que recibirían una recompensa por resolver este dilema tardaron más en hacerlo, en promedio. Las recompensas limitan nuestro campo de visión. Nuestros cerebros dejan de cavilar con libertad. Dejamos de pensar profundamente y no vemos las posibilidades.

La idea general de los castigos y las recompensas está basada en suposiciones negativas acerca de los niños; que debemos controlarlos y moldearlos y que no tienen buenas intenciones. No obstante, podemos darle la vuelta a esa forma de pensar y ver a los niños como capaces y programados para ser empáticos, cooperar, trabajar en equipo y esforzarse. Esa perspectiva cambia, de manera poderosa, nuestra manera de hablar con los niños.

Las recompensas y los castigos son condicionales, pero el amor y la opinión positiva sobre nuestros hijos no deberían serlo. De hecho, cuando somos empáticos y realmente escuchamos a nuestros hijos, es más probable que ellos nos escuchen. Aquí compartimos nuestras sugerencias para cambiar la conversación y la conducta.

Buscar el trasfondo

Los niños no golpean a sus hermanos, ignoran a sus padres ni hacen berrinches en el supermercado solo porque sí. Cuando nos enfocamos en lo que realmente está sucediendo, nuestra ayuda es más significativa y duradera. Incluso solo intentar ver lo que hay en el fondo hace que los niños bajen un poco la guardia, estén más abiertos a escuchar límites y reglas y sean más creativos para resolver los problemas.

En lugar de decir: ¡Pórtate bien con tu amigo y comparte, o no podrás ver tele ni usar tu tableta más tarde!

Puedes decir: Hmm, todavía estás pensando si compartir tu nuevo juego para armar. Lo entiendo. Es difícil compartir al principio y te sientes un poco enojado. ¿Se te ocurre un plan para que puedan jugar con él juntos? Dime si necesitas ayuda.

El llanto, la resistencia y la agresión física podrían ser solo la punta del iceberg. Bajo la superficie puede haber hambre, falta de sueño, exceso de estímulos, sentimientos fuertes, cambios por una habilidad en desarrollo o la experiencia de un nuevo ambiente. Si piensas de esta forma, te conviertes en un compañero que lo guía, en vez de un adversario que lo controla.

Motivar en lugar de premiar

La motivación es muy buena, cuando tiene el mensaje subyacente de: “Confío en ti y de verdad creo que quieres cooperar y ayudar. Somos un equipo”. La diferencia entre esto y ofrecer recompensas cual carnadas es sutil pero muy poderosa.

En lugar de decir: Si limpias tu cuarto, podemos ir al parque. Así que más vale que lo hagas, o no hay parque.

Puedes decir: Cuando tu cuarto quede limpio, iremos al parque. Tengo muchas ganas de ir. Avísame si necesitas ayuda.

Ayudar en lugar de castigar

El concepto del castigo conlleva un mensaje de: “Necesito hacerte sufrir por lo que hiciste”. Muchos padres en realidad no quieren comunicar eso, pero tampoco quieren parecer permisivos. La buena noticia es que puedes mantener los límites y guiar a los niños sin castigarlos.

En lugar de decir: No te estás portando bien en la resbaladilla, entonces ya no vas a jugar. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

Puedes decir: ¡Estás algo inquieto, ya me di cuenta! Te voy a bajar de esta resbaladilla porque no es seguro jugar así. Vamos a otro lugar para calmarnos.

En lugar de decir: Fuiste grosero conmigo y dijiste groserías. Eso es inaceptable. Te voy a quitar el teléfono.

Puedes decir: Vaya, estás muy molesto, lo puedo notar en tu voz. Para mí no está bien que uses esas palabras. Vamos a guardar tu teléfono por ahora para que puedas tener algo de espacio en tu mente para pensar. Cuando estés listo, platícame un poco más sobre lo que te molesta. Juntos veremos qué podemos hacer.

Despierta su interés por trabajar

Los humanos no son perezosos por naturaleza (no es un rasgo adaptativo) y los niños, en particular, no lo son. Nos gusta trabajar arduamente si nos sentimos parte de un equipo. Los niños pequeños quieren ser miembros competentes de la familia y les gusta ayudar si saben que su contribución es importante y no puro teatro. Deja que te ayuden de una forma real desde sus primeros años, en vez de asumir que necesitan algún otro tipo de distracción mientras tú haces todo.

Organiza una junta familiar para pensar en todas las tareas diarias que la familia necesita realizar. Pídele ideas a cada miembro de la familia. Haz una tabla para los niños (o deja que ellos la hagan) con un espacio para marcar cuando se hayan realizado las tareas.

En el caso del niño reacio a dormir, cuando los padres vieron lo que había detrás, lograron un gran avance. Resultó que su hijo estaba exhausto, así que prescindieron de algunas de sus actividades y se aseguraron de reservar un tiempo para que se relajara en las tardes. Cuando empezaba a alterarse, su mamá lo envolvía en su toalla de baño y le decía que era su burrito favorito. Ella admitió que para él era difícil cuando ella tenía que trabajar hasta tarde: “Tal vez te sientes triste porque no he estado contigo a la hora que tienes que irte a la cama en las últimas semanas. Yo sí me he sentido triste. Oye, ¿qué tal si leemos tu libro favorito esta noche?”. Hicieron una tabla para enlistar cada paso de su rutina y le pidieron su opinión. Con el tiempo, dejó de resistirse y el ambiente a la hora de irse a dormir pasó del pavor a una conexión y un goce verdaderos.

Sin importar lo irracional o difícil que parezca un momento, podemos responder de maneras que expresen: “Te veo. Estoy aquí para entenderte y ayudarte. Estoy de tu lado. Vamos a encontrar una solución juntos”.

Fuente: nytimes.com