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Qué hacer si no te gusta el profesor de tu hijo

Lo ideal sería que tuviéramos profesores dedicados, motivadores, pacientes, vocacionales y muy capaces. La realidad es que, junto a ellos, hay otra rama de profesores cuya pedagogía brilla por su ausencia.

Aun así, sea un profesor autoritario, o un buen profesor, para gustos los colores. De tal manera que, hay padres que prefieren maestros estrictos y que impartan disciplina, y otros que prefieren profesores con métodos más modernos y positivos. Sea como fuere, ¿qué hacer cuando no te gusta el profesor de tu hijo?

Cuando no te gusta el profesor de tu hijo, ¿cómo gestionarlo?

Las personas somos seres emocionales de individuales, cada uno con sus preferencias y sus gustos. Por lo tanto, igual que te gustan o desagradan compañeros de trabajo, conocidos u otras personas que vas conociendo a lo largo de la vida, te pueden gustar o no los profesores de tus hijos.

Las razones por las que puede no gustarnos un profesor son: porque grita a los alumnos, aplica una disciplina muy estricta, o todo lo contrario, sus métodos son demasiado laxos, no sabe explicar, manda muchos deberes, no presta la suficiente atención a tu hijo… ¿Qué debemos hacer si le tomamos manía al profesor?

1- Nunca expreses tu antipatía por el profesor delante del niño: quizás, aunque no compartas su metodología, el niño tiene un buen concepto del él. Expresar ante el niño el rechazo que sientes, los desacuerdos que mantienes y lo deseoso que estás de que acabe el curso, no harán otra cosa que trasladar todas esas emociones al niño. Lo confundirás, lograrás que nazca en el niño también antipatía, desgana por las clases y poco respeto al maestro.

2- Valorar en su justa medida en qué se equivoca: debes razonar si realmente es un mal profesor cuyos métodos están afectando a los alumnos y merece la pena tomar medidas importantes, o simplemente es una antipatía personal porque preferirías otro tipo de profesor, es decir, no es malo, pero tampoco es bueno.

3- Explica a tu hijo cuál es el papel del profesor: en ocasiones los niños esperan que sus profesores les presten toda la atención o simplemente no encajan del todo pero no se está produciendo ninguna situación abusiva. Si el niño se queja del profesor constantemente es posible que tú le tomes antipatía. Pero, cuando solo se trate de diferencias de caracteres, es un momento para enseñar al niño a sacar lo mejor de la situación, a entender que siempre se encontrará en la vida con personas con las que tiene diferencias y habrá de lidiar con ellas. Y tú, habrás de hacer lo mismo.

4- Habla con el profesor: tenemos una costumbre muy extendida de quejarnos de puertas para adentro, en los grupos de WhatsApp o ante los niños, pero en pocos casos exponemos nuestro parecer ante el principal implicado, el maestro. Si no estás de acuerdo con algo y piensas que está causando un perjuicio al niño, pide una tutoría para tratar el problema. Intenta ser proactivo, y llegar a un entendimiento por el bien de tu hijo. Lleva la conversación de forma positiva, no amenazante o inquisitoria. Si entras atacando, el profesor se pondrá a la defensiva y habrá poco que hacer.

5- Mantente pendiente en todo momento: pregunta al niño por lo que hacen en el aula sin que sea un tercer grado y sin que note tu desagrado, interésate cada día. Intenta participar en alguna dinámica de clase si es posible que vayan padres a dar charlas, y ves con tus propios ojos la actitud de los alumnos y el profesor.

6- Habla con el jefe de estudios: si crees que hay un verdadero problema en el aula y el profesor no se comporta como debiera, grita a los alumnos, les habla mal o incluso les humilla dirígete a la jefatura de estudios o al mismo director. Expone el problema, en ocasiones se realizan reuniones en las que el colegio trata de mediar entre el padre y el profesor. En algunos casos, se permite que el niño pueda cambiarse a otra clase si la queja está justificada. Cuando el asunto es serio, puedes incluso pedir que se inicie un protocolo para la apertura de un expediente disciplinario si procede.

Para terminar, una reflexión… Apartar al niño de cualquier problema, incluso los nimios y pequeños, no le ayudarán a afrontar una vida en la que se encontrará con personas que le ayudarán, otras que le ignorarán y otras que le pondrán piedras en el camino. Es la sobreprotección, el mal que afecta a nuestros hijos hoy en día según los expertos.

Siempre que el profesor no esté causando un daño emocional en el niño, debemos tragarnos nuestra antipatía y ayudarles a afrontar el curso con motivación y ganas para sacar todo su potencial.

Fuente: guiainfantil.com

 

10 preguntas que los padres deben hacer a los profesores

Hay padres que olvidan que la escuela es cosa de todos y que llevar a los niños no implica ni que saquen buenas notas ni que ‘salgan’ educados. La educación se empieza en casa y la escuela debe ser una extensión de la misma, un lugar donde se aprenden conocimientos.

Los padres desde casa tendrán que colaborar a que el niño vea la importancia de la escuela y respete la figura del profesor, una persona que va cada día a su puesto de trabajo para enseñar de la mejor forma posible los conocimientos que la sociedad considera necesario para la edad de los pequeños.

El vínculo de comunicación entre padres y profesores

Además, la escuela es un lugar de encuentro y amistades, donde los niños pueden pasarlo bien con sus amigos. Desgraciadamente, también existen niños y niñas que dentro de las puertas de la escuela no están bien, ya sea por la poca profesionalidad de los docentes o por la actitud de los compañeros dentro de las aulas.  Si este fuera tu caso tendrías que informarte bien para tomar medidas al respecto, el bienestar de los pequeños es lo prioritario.

Los padres forman parte de un triángulo interactivo donde las partes que deben estar siempre conectadas son: la escuela, la familia y el niño. Solo de este modo el pequeño verá la importancia de la escuela.

Pero, lo habitual es que cuando los padres se entrevistan con el profesor/a, sea éste quien les pregunte muchas cosas sobre la familia y su hijo para poder tener información y así trabajar mejor con los pequeños. ¿Y qué pasa con los padres? Para que los padres puedan confiar en el profesional que atiende diariamente a su hijo necesitará saber algunas cosas.

Las 10 preguntas de los padres a los profesores

Además, si debes ir a una reunión con el profesor de tu hijo y no sabes qué debes preguntar para estar bien informado/a, toma nota de las siguientes 10 preguntas que te ayudarán a entender cómo evoluciona tu hijo en casa y sobre todo, para apoyar lo que el niño hace en la escuela, desde casa. ¿Cómo podéis ayudar al pequeño a aprender mejor? Estando los docentes y las familias en constante comunicación. ¡Toma nota!

1. ¿Cuál es la metodología de trabajo que utilizas cada día dentro del aula? Pregunta al profesor si manda deberes, si prefiere no enviar deberes en casa, si tienen que estudiar mucho o poco, etc.

2. ¿Qué haces cuando un alumno se porta mal? Muestra interés por saber si el profesor está a favor o en contra de los castigos.

3. ¿Cómo premias el esfuerzo de los alumnos que trabajan duro? Infórmate si el profesor ofrece recompensas en la clase. Pregúntale si utiliza algún sistema de estímulos.

4. ¿Cómo rinde mi hijo/a en la escuela? Pregunta si tu hijo trabaja bien, si hace los debes, si muestra interés.

5. ¿Cómo son los hábitos de trabajo de mi hijo/a dentro de aula? Pregunta si tu hijo trabaja bien en equipo, si sabe comportarse ante el trabajo, si se enfada si algo le sale mal, etc. Cómo es el comportamiento de tu hijo con los demás niños.

6. ¿Necesita tiempo extra para acabar sus tareas? Pregunta si tu hijo tarda más en hacer las tareas que otros niños o si va al mismo ritmo.

7. ¿Cómo se comporta mi hijo/a dentro de clase? ¿Y con sus compañeros? Pregunta si tienes un buen comportamiento de respeto, cumpliendo las normas.

8. ¿Cómo se relaciona con sus compañeros en clase y en la hora del descanso? Infórmate si tu hijo tiene una buena interacción con los demás.

9. ¿Participa mi hijo/a en clase? Así sabrás si tu hijo se muestra tímido o no.

10. ¿Cómo puedo ayudar a mejorar la educación de mi hijo desde casa? Ofrécete para ayudar en jornadas escolares o en cualquier cosa que requiera la participación de los padres.

Ya verás que con estas preguntas entenderás mucho mejor la vida de tu hijo/a en la escuela.

Fuente: guiainfantil.com

Dormir o no con los hijos ¿Qué dicen los estudios?

Son las 12 de la noche, un grito rompe el silencio. Los padres corren al cuarto del niño. Prenden la luz y lo encuentran sentado en su cama, llorando. “Hay un monstruo debajo de mi cama”, dice.

La madre pasa la mano por la cabeza del pequeño y le limpia las lágrimas. El padre hace el amago de revisar bajo la cama y de paso abre el armario: “No hay nada, tranquilo. Ven con nosotros”, le dicen, y terminan durmiendo los tres en la cama matrimonial. Una práctica común y a simple vista, inocente.

Psicopedagogos y expertos en crianza coinciden en que cuando dormir con los hijos se vuelve hábito, se puede generar un daño en el desarrollo del menor. Incluso, puede afectar la relación de pareja.

Según la investigación ‘Trastornos del sueño en niños sanos’, del Hospital Nacional Profesor Alejandro Posada, en Buenos Aires (Argentina), el sueño es una de las funciones más importantes en la vida del niño. “Existe una íntima relación entre las actividades diurnas y las dificultades en el sueño. Estas se pueden asociar con conflictos familiares, trastornos del aprendizaje y con maltrato infantil”, asegura el estudio, y añade que entre el 20 y 30 por ciento de los menores tienen dificultades para conciliar el sueño o se despiertan durante la noche.

De la investigación se desprende que el 37,4 por ciento de los menores presentan trastornos del sueño. De los 25 niños que compartían la cama con los padres, 64 por ciento presentaban dificultades para dormir, mientras que los que dormían solos, o con otro niño, las referían en un 33,7 por ciento.

Aunque este fenómeno depende de las prácticas culturales, esa relación sí es frecuente en América Latina. Expertos consultados por EL TIEMPO lo confirman. Ana Rita Russo, directora del programa Pisotón en la Universidad del Norte, habla de los hitos del desarrollo, esas destrezas que el niño adquiere en su crecimiento. Entre esos está la alimentación, la dormida y el desarrollo motor, del lenguaje y afectivo. “Estas habilidades están marcadas en la etapa del paso de la dependencia absoluta que tiene un bebé de los padres, a lo que llamamos la dependencia relativa, en la cual el niño va logrando autonomía, autoestima, integración de la identidad y consolidación del ser”, explica la experta.

Fuente: abcdelbebe.com

Teletrabajo con niños en casa: ¿una tarea posible?

El teletrabajo es, cada vez más, una estrategia que utilizan las empresas colombianas y multinacionales para atraer y retener el recurso humano femenino, a través de beneficios emocionales enfocados, en especial, en las madres. De hecho, un informe publicado este año por Michael Page Colombia –firma especializada en reclutamiento de profesionales– señaló que el 85 por ciento de las empresas multinacionales que están en Colombia ya cuentan con políticas especiales para las mamás trabajadoras.

A su vez, cifras del Mintic y Mintrabajo señalan que más de 500 empresas son, actualmente, parte del Pacto por el Teletrabajo en Colombia que beneficia a 122.278 teletrabajadores, muchos de ellos, hombres y mujeres con hijos.

Sin embargo, si bien la estrategia se enfoca en mejorar la calidad de vida de los padres y lograr el balance entre la vida familiar y laboral, para algunos el tema no ha funcionado.

Es el caso de Sandra Gutiérrez Mejía, una ejecutiva comercial de una reconocida empresa que, por ser madre de dos niños pequeños, tuvo la oportunidad de probar durante dos meses el llamado home office. “Al principio me pareció lo máximo estar en casa y cuidar de mis pequeños. Pero con el pasar de los días me di cuenta de que terminaba aún más extenuada, los niños me quitaban mucho tiempo, tenía que interrumpir mis labores para prestarles atención y mi productividad empezó a bajar. Mis clientes lo percibieron, me notaban distraída y empecé a tener problemas. No pude más y decidí volver a la oficina”, relata esta mamá.

¿Falta de planificación?

Casos como estos abundan: padres y madres que, en lugar de percibir los beneficios del teletrabajo, terminan sobrecargados con las tareas del hogar y de la oficina, más estresados y extenuados por intentar resolver, a la vez, asuntos laborales y familiares.

Se trata de un fenómeno conocido como el ‘burnout del teletrabajador’, al que hace varios años se refirió el padre del teletrabajo, Jack Nilles: “El mayor riesgo de esta modalidad no es que la gente no trabaje, sino que trabaje demasiado”, decía.
Por eso, los testimonios de estos padres tienen un común denominador: la falta de planificación.

“Lo que pasa es que hay padres a los que nos cuesta organizarnos, ser disciplinados y poner límites. Cuando estás en casa, tu prioridad son tus hijos, quieres estar al tanto de ellos todo el tiempo y descuidas el trabajo. Luego, terminas trasnochando y pierdes ese balance que al principio buscabas”, sostiene Aura Sofía Castillo, una madre que tampoco pudo continuar con el home office.

Según voceros del Mintic, uno de los mayores retos para los padres, y en general para todos los teletrabajadores, es el adecuado manejo del tiempo. “Cuando los padres teletrabajan deben establecer un plan de acción que les permita cumplir las metas y requerimientos de la empresa. La clave está en fijar rutinas y aprovechar muy bien las horas que se evitan en desplazamientos desde y hacia la oficina”, señalan.

De eso da cuenta Claudia Vásquez, madre de dos niños, a quien el teletrabajo le mejoró la calidad de vida porque logró generar el balance ideal entre cumplir con sus funciones como consultora de comunicaciones y su rol de mamá.

“Fue cuestión de dialogar con los niños y hacerles comprender que, aunque estoy en casa, no puedo prestarles atención todo el tiempo. Aprovecho al máximo las horas que están en el colegio, cuando llegan compartimos el almuerzo y apenas el reloj marca las 5:30 me olvido del trabajo y me dedico a ellos. Mientras tanto, ellos saben que solo me pueden interrumpir cuando es verdaderamente necesario”, dice Vásquez.

¿Y la productividad?

Según la Comisión Asesora de Teletrabajo, sí es posible mantener la productividad e incrementarla, solo es cuestión de organización. “Dependiendo de la edad de los niños, se pueden coordinar horarios para que ellos comprendan que en determinados periodos no deben interrumpir, y deben respetar tanto el tiempo como el espacio de trabajo que tienen sus padres para cumplir con sus responsabilidades”, aseguran.

En este sentido, Eliana López, executive manager de Michael Page Colombia, señala que los padres “deben destinar un espacio en casa, ojalá cerrado, para evitar distracciones, ruidos o interrupciones, y explicar a los niños que, cuando se está allí, no se debe interrumpir”, aconseja López. Así, para la directiva, solo si se establecen rutinas, se fijan límites y se respetan, los niños podrán saber en qué horarios cuentan con sus padres aunque estén en casa.

Ahora bien, si se tienen bebés, es clave contar con la ayuda de un tercero en el hogar, que pueda atender sus demandas de cuidado cuando los padres estén trabajando. En este caso, se debe aprender a organizar las tareas del trabajo de acuerdo con las necesidades del pequeño. Por ejemplo, establecer adecuadas rutinas de sueño, de alimentación y de juego en horarios fijos les permite a los padres anticiparse y aprovechar espacios como las siestas y los momentos de relajación y tranquilidad del bebé para programar sus actividades laborales.

Cuidado con excederse

Otro riesgo que se corre al trabajar en casa es dejarse absorber por los asuntos laborales y descuidar el plano familiar a tal punto que se dañen las relaciones con la pareja y los hijos.

Carolina Forero, de Hays Colombia, firma consultora especializada en selección, advierte que también hay que ser flexible. “Muchas veces, el trabajo se verá interrumpido, por lo que un plan rígido puede que no funcione. Lo ideal es que exista un ritmo apropiado tanto para el trabajo como para el cuidado de los niños. Hay que buscar un balance entre el tiempo que será dedicado exclusivamente a trabajar, las pausas que se van a tomar y la interacción que se tendrá con los hijos durante el día”, aconseja Forero.

Fuente: abcdelbebe.com

¿Los hijos aprenden más con premios o con castigos?

“Me invade un auténtico pavor a medida que se acerca su hora de dormir: ‘Aquí vamos de nuevo’”.

Eso dijo un papá en nuestra oficina de terapia familiar para describir el espectáculo que montaba su hijo antes de irse a la cama. El niño enloquecía más y más conforme se acercaba su hora de dormir, ignoraba con necedad las instrucciones de sus padres y hacía una enorme rabieta con tan solo escuchar la palabra piyama. Los padres se sentían frustrados y desorientados.

La pregunta que nos hicieron es una que escuchamos muy a menudo: ¿debían ser severos y prohibirle ver sus dispositivos electrónicos cuando se comportaba así (castigos)? ¿O idear un sistema con calcomanías y premios para persuadirlo a comportarse bien (recompensas)?

Muchos padres crecieron con castigos y es comprensible que se valgan de ellos. Sin embargo, los castigos tienden a intensificar el conflicto y bloquear el aprendizaje. Provocan una reacción de lucha o huida, lo que significa que el pensamiento sofisticado del lóbulo frontal se nubla y se activan los mecanismos básicos de defensa. Los castigos nos llevan a rebelarnos, avergonzarnos o enojarnos, a reprimir nuestros sentimientos o idear cómo evitar que nos descubran. En este caso, la resistencia absoluta de quien tiene 4 años llegaría a su punto máximo.

Entonces las recompensas son la opción más positiva, ¿cierto?

No tan rápido. Las recompensas son más bien las gemelas engañosas de los castigos. Son atractivas para las familias (y es comprensible) porque pueden mantener a un niño bajo control temporalmente, pero el efecto puede desvanecerse o incluso ser contraproducente: “¿Cuánto me vas a dar?”, le dijo su hija a una clienta, según nos contó, cuando le pidió que ordenara su cuarto.

Los psicólogos han sugerido durante décadas que las recompensas pueden reducir nuestra motivación y gozo naturales. Por ejemplo, los niños a los que les gusta dibujar y, bajo condiciones experimentales, reciben una paga por hacerlo, dibujan menos que los que no reciben nada. Los niños a quienes premian por compartir lo hacen menos, etcétera. Esto es lo que los psicólogos denominan como “efecto de justificación excesiva”: la recompensa externa eclipsa la motivación interna del niño.

Las recompensas también han sido relacionadas con la disminución de la creatividad. En una serie clásica de estudios, se le dio a la gente un conjunto de materiales (una caja de tachuelas, una vela y un paquete de cerillos) y se le pidió que encontrara la manera de adherir la vela al muro. La solución requiere de un enfoque innovador, es decir, ver los materiales de una manera que no se relacione con sus propósitos (la caja utilizada como un portavelas). Las personas a las que se les dijo que recibirían una recompensa por resolver este dilema tardaron más en hacerlo, en promedio. Las recompensas limitan nuestro campo de visión. Nuestros cerebros dejan de cavilar con libertad. Dejamos de pensar profundamente y no vemos las posibilidades.

La idea general de los castigos y las recompensas está basada en suposiciones negativas acerca de los niños; que debemos controlarlos y moldearlos y que no tienen buenas intenciones. No obstante, podemos darle la vuelta a esa forma de pensar y ver a los niños como capaces y programados para ser empáticos, cooperar, trabajar en equipo y esforzarse. Esa perspectiva cambia, de manera poderosa, nuestra manera de hablar con los niños.

Las recompensas y los castigos son condicionales, pero el amor y la opinión positiva sobre nuestros hijos no deberían serlo. De hecho, cuando somos empáticos y realmente escuchamos a nuestros hijos, es más probable que ellos nos escuchen. Aquí compartimos nuestras sugerencias para cambiar la conversación y la conducta.

Buscar el trasfondo

Los niños no golpean a sus hermanos, ignoran a sus padres ni hacen berrinches en el supermercado solo porque sí. Cuando nos enfocamos en lo que realmente está sucediendo, nuestra ayuda es más significativa y duradera. Incluso solo intentar ver lo que hay en el fondo hace que los niños bajen un poco la guardia, estén más abiertos a escuchar límites y reglas y sean más creativos para resolver los problemas.

En lugar de decir: ¡Pórtate bien con tu amigo y comparte, o no podrás ver tele ni usar tu tableta más tarde!

Puedes decir: Hmm, todavía estás pensando si compartir tu nuevo juego para armar. Lo entiendo. Es difícil compartir al principio y te sientes un poco enojado. ¿Se te ocurre un plan para que puedan jugar con él juntos? Dime si necesitas ayuda.

El llanto, la resistencia y la agresión física podrían ser solo la punta del iceberg. Bajo la superficie puede haber hambre, falta de sueño, exceso de estímulos, sentimientos fuertes, cambios por una habilidad en desarrollo o la experiencia de un nuevo ambiente. Si piensas de esta forma, te conviertes en un compañero que lo guía, en vez de un adversario que lo controla.

Motivar en lugar de premiar

La motivación es muy buena, cuando tiene el mensaje subyacente de: “Confío en ti y de verdad creo que quieres cooperar y ayudar. Somos un equipo”. La diferencia entre esto y ofrecer recompensas cual carnadas es sutil pero muy poderosa.

En lugar de decir: Si limpias tu cuarto, podemos ir al parque. Así que más vale que lo hagas, o no hay parque.

Puedes decir: Cuando tu cuarto quede limpio, iremos al parque. Tengo muchas ganas de ir. Avísame si necesitas ayuda.

Ayudar en lugar de castigar

El concepto del castigo conlleva un mensaje de: “Necesito hacerte sufrir por lo que hiciste”. Muchos padres en realidad no quieren comunicar eso, pero tampoco quieren parecer permisivos. La buena noticia es que puedes mantener los límites y guiar a los niños sin castigarlos.

En lugar de decir: No te estás portando bien en la resbaladilla, entonces ya no vas a jugar. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

Puedes decir: ¡Estás algo inquieto, ya me di cuenta! Te voy a bajar de esta resbaladilla porque no es seguro jugar así. Vamos a otro lugar para calmarnos.

En lugar de decir: Fuiste grosero conmigo y dijiste groserías. Eso es inaceptable. Te voy a quitar el teléfono.

Puedes decir: Vaya, estás muy molesto, lo puedo notar en tu voz. Para mí no está bien que uses esas palabras. Vamos a guardar tu teléfono por ahora para que puedas tener algo de espacio en tu mente para pensar. Cuando estés listo, platícame un poco más sobre lo que te molesta. Juntos veremos qué podemos hacer.

Despierta su interés por trabajar

Los humanos no son perezosos por naturaleza (no es un rasgo adaptativo) y los niños, en particular, no lo son. Nos gusta trabajar arduamente si nos sentimos parte de un equipo. Los niños pequeños quieren ser miembros competentes de la familia y les gusta ayudar si saben que su contribución es importante y no puro teatro. Deja que te ayuden de una forma real desde sus primeros años, en vez de asumir que necesitan algún otro tipo de distracción mientras tú haces todo.

Organiza una junta familiar para pensar en todas las tareas diarias que la familia necesita realizar. Pídele ideas a cada miembro de la familia. Haz una tabla para los niños (o deja que ellos la hagan) con un espacio para marcar cuando se hayan realizado las tareas.

En el caso del niño reacio a dormir, cuando los padres vieron lo que había detrás, lograron un gran avance. Resultó que su hijo estaba exhausto, así que prescindieron de algunas de sus actividades y se aseguraron de reservar un tiempo para que se relajara en las tardes. Cuando empezaba a alterarse, su mamá lo envolvía en su toalla de baño y le decía que era su burrito favorito. Ella admitió que para él era difícil cuando ella tenía que trabajar hasta tarde: “Tal vez te sientes triste porque no he estado contigo a la hora que tienes que irte a la cama en las últimas semanas. Yo sí me he sentido triste. Oye, ¿qué tal si leemos tu libro favorito esta noche?”. Hicieron una tabla para enlistar cada paso de su rutina y le pidieron su opinión. Con el tiempo, dejó de resistirse y el ambiente a la hora de irse a dormir pasó del pavor a una conexión y un goce verdaderos.

Sin importar lo irracional o difícil que parezca un momento, podemos responder de maneras que expresen: “Te veo. Estoy aquí para entenderte y ayudarte. Estoy de tu lado. Vamos a encontrar una solución juntos”.

Fuente: nytimes.com

Padre soltero, una tarea difícil pero no imposible

Carlos tenía 30 años cuando su esposa, de 27, murió en un accidente. Quedó solo, con una niña de 5 años y un bebé de ocho meses. Al principio pidió apoyo a su madre, pero ella aún tenía niños pequeños y una nieta a su cargo, por lo que no podía ayudarlo. Su suegra tampoco era una opción, pues vivía en otra ciudad.

Así las cosas, este padre de profesión tecnólogo en sistemas pensó en ese momento que no podría con tanta responsabilidad, pero hoy dice: “Me equivoqué al creer que la crianza de los hijos es función exclusiva de las madres”.

Para la psicóloga Andrea Marcela Carrero, docente de la Unad (Universidad Nacional Abierta y a Distancia), la sociedad suele etiquetar “Solo las madres son quienes pueden instintivamente asumir el cuidado y crianza de sus hijos, y en muchos casos se tiende a desdibujar el papel de los padres”. La experta añade que esto es una cuestión cultural. Sin embargo, “hay que comprender que en el proceso de crianza, un hijo requiere que los padres ejerzan ciertas funciones para contribuir a su desarrollo y a la consolidación de los vínculos afectivos, que generen en los niños un ambiente estable y de protección emocional”, asegura.

En Colombia, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (Ends 2015), el 49 por ciento de los niños viven con ambos padres; el 36 por ciento, solo con la madre; el 7 por ciento, con un familiar diferente a los padres; el 5 por ciento, con ningún familiar y el 3 por ciento, es decir unos 400.000 menores, están solo con su padre.

Para Carlos, entender que debía asumir el papel de padre y madre no fue fácil. “Pasé muchas noches tratando de encontrar una solución, pero antes debía entender algo aún más complicado: por qué me pasó a mí, y luego explicarlo a mis hijos”. Decidió contratar una persona para que los cuidara, pero los recursos se agotaron y además sentía que sus niños no recibían la atención que necesitaban, en especial el bebé.

Después de tantas noches de escuchar opiniones de amigos, conocidos y hasta de su propia madre, él asumió que no podía seguir trabajando en la empresa en la que estaba, pues cumplir horarios complicaba la situación. Entonces empezó a trabajar desde su hogar, revisando y actualizando computadores, pero faltaba algo muy importante…¿Cómo organizar el tiempo, el espacio y su mente para el empleo?, ¿cómo alimentar a sus niños, criarlos y ser una familia con todo lo que esto implica?

Atender al bebé, aunque podría parecer lo más complicado, no lo fue tanto porque ya tenía experiencia con su hija. Él acompañó a su esposa en tareas como los teteros, cambiar pañales, bañarlos o vestirlos. Sin embargo, cocinar sí fue un reto, así como lavar, planchar, arreglar las casa y lo propio del día a día. Organizar su tiempo y dividirlo en todas las actividades, dice, fue en realidad su mayor desafío.

Para cocinar, le pidió a una vecina que le enseñara lo básico. Cómo hacer arroz, sopas, carne, pollo y algunos remedios caseros para el resfriado, el dolor de estómago y hasta para combatir los indeseables piojos. “Un día, no recuerdo exactamente cuándo, me di cuenta de que cocinaba, que a mis hijos les gustaba, que la casa se veía bien y que podía ser un padre diferente para ellos: no solo aquel que lleva plata a la casa, sino el que está de verdad”.

Criar es un reto

Juan Carlos Cuervo, psicólogo, magíster en asesoría familiar y profesor del Instituto de la Familia, de la Universidad de La Sabana, explica que “el ideal familiar en los procesos de crianza es un trabajo compartido por papá y mamá, pero ese ideal, por diferentes razones como la muerte de la esposa, el abandono o las separaciones, supone un reto, y sobre todo cuando el encargado es el padre.

“Lo primero que él debe incorporar en su estilo de vida es la disposición por asumir, de forma responsable y constructiva, conductas propias de lo que es ser padre”, advierte Cuervo. En otras palabras, ser consciente de que está solo y debe meterse en su rol de padre, pero así mismo en el de madre, con lo que significa en materia de sentimientos, responsabilidades y actitudes frente a la crianza.

Por su parte, Andrea Carrero indica que los padres no tienen un manual para ejercer ese rol sino que “esa tarea está en un continuo aprendizaje sobre las diversas exigencias y necesidades que los niños enfrentan en cada etapa de su desarrollo. Un padre que deba afrontar solo la crianza de los hijos es una persona que tiene que aprender a distribuir el tiempo de una forma eficaz con el objetivo de cumplir todo lo que encierra formar, orientar, amar y acompañar a la vez”.

Con el pasar de los años, Carlos hizo su propio manual. “Cuando mi hija tenía unos 14 años, vi que podía apoyarme en algunas cosas. Le empecé a poner ciertas responsabilidades, entre ellas ayudarme con las tareas escolares del niño, algunas cosas de la casa y hasta respaldarme emocionalmente, pues para nosotros era la figura femenina, y necesitaba eso para seguir adelante. Hoy, ella tiene 20 años y aún estamos batallando los tres”.

Y es que en verdad, su hija fue un gran apoyo y se convirtió en el motor y la motivación para Carlos. “Me he esforzado por ser un ejemplo para ellos, que se sientan orgullosos, y por eso terminé mi carrera”. A sus 45 años, es ingeniero de sistemas, le va bien económicamente y lo cuenta con emoción. “Quiero que mis hijos también se realicen profesionalmente, pero en lo que los apasione. Los voy a impulsar en todo lo que me sea posible”.

Al respecto, los psicólogos añaden que es primordial que los padres trabajen día a día, realizando actividades y abriendo espacios para que sus niños se vinculen afectivamente en su entorno y se les genere un estado de seguridad en el que vean garantizados sus derechos, de acuerdo con sus necesidades en cada edad. Así mismo, recomiendan autoevaluar su labor como guías en torno a la crianza, e identificar las carencias que sus hijos muestren para darles una respuesta oportuna en pro de su bienestar.

La importancia de la figura materna

“La madre es la persona con quien todo niño crea su primer apego, pues, al nacer y durante los primeros meses, consideran que los dos son uno solo. Son las que satisfacen todas sus necesidades básicas y con quien generan esa conexión emocional especial”, explica la psicóloga infantil y familiar Jackeline Martínez.

En tal sentido, Carrero afirma: “El impacto que para un niño o una niña tenga el no crecer al lado de su madre depende de muchos factores, entre ellos la historia familiar. No es lo mismo que la madre no esté porque murió en un accidente o por una enfermedad, que por causa de un abandono. Cada niño asumirá esto de diversa manera. Lo importante es que quienes lo eduquen y acompañen jueguen un papel fundamental en sus vidas, pues de la calidez, el amor y la seguridad que le brinden dependerá su yo emocional y afectivo”.

A su manera, Carlos asumió que su esposa y madre de sus hijos ya no estaría con ellos, y eso les explicó. “Como mi hija sí convivió con ella, la preguntaba y la extrañaba mucho. Yo no sabía qué decirle, pero tenía claro que hablar con la verdad era lo mejor; el punto era cómo. Entonces lo hice lo más natural posible, explicándole que mamá ya no estaría más con nosotros porque se había ido al cielo, un lugar desde donde nos podía ver y cuidar, pero nosotros no a ella, y que en la medida en que la recordáramos estaría acompañándonos”. En su momento, la niña fue quien se encargó de hablarle de la mamá a su hermanito. Dónde estaba, por qué se había ido y lo que significaba para ellos.

Bibiana Castillo, especialista en psicología de la niñez y la adolescencia, sostiene que el impacto que puede ejercer en un niño la ausencia de la figura materna depende de cómo se le ha explicado y enseñado sobre el rol de madre. “Sea cual sea el motivo por el cual ella no está, es importante que exista. Puede ser en la presencia de las abuelas, las tías o las madrinas, pues ese referente femenino es importante”.

Por su parte, el profesor Cuervo añade que lo valioso es enseñar a los hijos la importancia de crecer en situaciones que requieren un esfuerzo adicional, e incluso en las capacidades particulares que se desarrollan cuando se tienen que superar dificultades; en otras palabras, cómo aprender a ser resilientes en la vida. Carlos lo ha aprendido y aplicado sobre la marcha.

“Con el pasar de los años, entiendo que pude haberme equivocado muchas veces, pero creo que no estuvo tan mal. Aunque todos los niños deberían tener una madre y un padre, las circunstancias en cualquier momento pueden cambiar, y asumir el papel de padre no solo como título, sino realmente amando, cuidando, enseñando, me hizo entender que la crianza no es solo de las madres; los padres podemos y lo hacemos bien”, puntualiza.

Fuente: abcdelbebe.com

Técnica de las palabras clave para que tu hijo comience el colegio con ilusión

Muchas veces solo necesitamos una palabra de aliento. Tal vez dos. ‘Tú puedes!’. ¿No te ha sucedido que ante un momento de desánimo escuchas unas palabras motivadoras de la persona indicada y te sientes inexplicablemente poderoso o poderosa? Imagina lo que supone para un niño oír a sus padres (referencia básica para él) ese: ‘Puedes lograrlo’.

Palabras clave para que el niño empiece el colegio con ilusión

Con esta idea, unos profesores han lanzado una fantástica idea para el comienzo del colegio: motivar a sus hijos mediante las palabras (que a menudo es el mejor alimento para la autoestima de los niños). Descubre en qué consiste la maravillosa técnica de las palabras clave para que tu hijo comience el colegio con ilusión… ¡y mucha energía!

Bastó una imagen en las redes sociales para descubrir una de las técnicas más eficaces y sencillas para ilusionar y motivar a los niños a comenzar el colegio. Una simple imagen: la de unos lapiceros con mensaje. Unos lapiceros con palabras ‘mágicas’. Sí, mágicas porque consiguen efectos maravillosos en los niños.

La imagen comenzó a circular entre padres y profesores. ¿Cómo no se nos había ocurrido esto antes? ¡Es una idea fabulosa! Solo necesitas unas palabras clave para que tu hijo comience el colegio con ilusión. 

La técnica es muy sencilla: cuando prepares el material escolar para la vuelta al colegio, después de forrar los libros y escribir el nombre de tu hijo en cuadernos y ropa… llega lo más importante: las palabras clave. Puedes hacer una lista con frases motivadoras y dejar las palabras escritas en los lapiceros de tu hijo, en un post-it dentro de los libros o en los cuadernos… en la goma de borrar… ¡donde se te ocurra!

Aquí tienes algunas frases que puedes utilizar. Quizás te sirvan como guía a la hora de apuntar tus palabras motivadoras en el material escolar de tu hijo:

1. ‘¡Eres único!’

2. ‘¡Puedes hacerlo!’

3. ‘¡Tú puedes con todo!’

4. ‘Eres inteligente’

5. ‘Mamá te quiere’

6. ‘Papá te quiere’

7. ‘Eres brillante’

8. ‘Eres importante’

9. ‘Confío en ti: vas a conseguirlo’

10. ‘El esfuerzo tendrá su recompensa… ¡seguro!’

Evidentemente, puedes añadir todas las frases motivadoras que se te ocurran, como ‘eres un ganador’, ‘lo importante no es cómo se empieza, sino cómo se termina…’, ‘Persevera y triunfarás’, ‘hoy será un gran día’… Piensa en esas palabras que pueden ilusionar y hacer sonreír a tu hijo y que generarán en él una gran dosis de pensamiento positivo desde su primer día de clase.

Cómo motivar al niño para el nuevo curso escolar

Después de una largas vacaciones, en donde prima la diversión y la relajación, vuelven las rutinas, el trabajo, los madrugones… Para un niño supone un esfuerzo, un esfuerzo grande. Por eso, es normal que al principio los niños se sientan algo reacios a comenzar el curso escolar. El miedo, la incertidumbre, el cambio de compañeros o/y de profesor… Todo supone un reto para ellos. Por eso, necesitan más que nunca la motivación, necesitan algo que les ilusione.

La motivación es clave en el aprendizaje. Un niño sin motivación, se negará a atender en clase. Buscará distracciones de cualquier tipo, o intentará llamar la atención mediante un comportamiento no deseado. Un niño motivado, sin embargo, se mostrará ilusionado por aprender y tendrá muchísimas más posibilidades de terminar el curso con un excelente resultado.

Existen muchas otras técnicas para motivar a un niño y para generar en él pensamiento positivo: ‘la técnica del bote de la felicidad para generar pensamiento positivo’, ‘la técnica del post-it para motivar a los niños’, ‘la máquina de las sonrisas’… El objetivo de todos ellos es el mismo: mejorar la confianza del niño en sí mismo. Ni imaginas lo poderoso que es alguien que confía en sí mismo.

Lo resumiré con la frase que Carolina Marín, campeona de tres mundiales seguidos de Bádminton utiliza para explicar sus triunfos: ‘Puedo porque pienso que puedo’. Esa es la actitud que debes contagiar a tu hijo no solo al comienzo, sino durante todo el curso escolar. Y verás los resultados.

Fuente: guiainfantil.com

Niños en casas ajenas: reglas de etiqueta para tener en cuenta

¿Hay que hacerles caso siempre a los adultos a cargo? ¿Y llevar algo de comer? ¿Hay que llevar algún regalo para los anfitriones cuando se trata de estadías largas? En esos casos, ¿cómo es el manejo del dinero que los niños eventualmente llevan para gastos personales? ¿Y cómo se maneja la intimidad a la hora de, por ejemplo, el baño o de cambiarse la ropa? Estas son algunas de las muchas preguntas que los padres se formulan cuando sus hijos son invitados a pasar una noche, un fin de semana o unas vacaciones en casas de amigos. Y aunque las opiniones al respecto varían de familia en familia, existen ciertas ‘reglas de etiqueta’, ciertos consensos tácitos que facilitan estas situaciones.

‘Portarse mejor que en la casa de uno’ es una máxima a la que adhieren muchos padres a la hora de dar el sí cuando sus hijos preguntan si pueden ir a la casa de este o aquel.“Con respecto a las buenas costumbres, obviamente siempre les digo que se repite como himno ‘por favor’, ‘gracias’, ‘buen día’, ‘buenas noches’. Si no te gusta la comida, dices ‘no, gracias’ ”, cuenta Soledad Bolomo, de 44 años, mamá de pequeños y adolescentes, de 20, 15 y 9 años.

En materia de autoridad, los padres suelen coincidir en que cuando el menor juega de visitante, esta la ejerce el adulto anfitrión, y que llamar a papá o a mamá para dirimir si seguir las reglas de la casa solo se aplica a cuestiones de fuerza mayor. “Los padres que están ahí ofician de autoridad, y donde van mis hijos deben tener claro que es la autoridad la que pone las reglas –afirma Fabiana Suárez, de 35 años, mamá de un niño de 15 y una niña de 14–. Si son padres que se exceden, ellos sabrán si no se sienten cómodos si vuelven ahí o no, pero no es opción no responder a esa autoridad”.

Por el contrario, agrega, “si son padres más permisivos que nosotros, mis hijos tienen claro cuáles son nuestras reglas y hasta dónde ellos llegan o no, pero tengo claro que estoy delegando la autoridad en alguien y tengo que confiar. Lo mismo espero de alguien que manda a sus hijos a mi casa, que confíen en mi criterio, y por eso soy más cuidadosa cuando hay invitados que cuando no los hay”.
La autoridad es siempre del mayor a cargo. Cuando mis hijas son las invitadas confío en su buen criterio para que me llamen ante algún problema”, coincide Natalia Rivas, mamá de tres niños de 7, 13 y 16 años. “Cuando estoy a cargo de menores ajenos soy bastante clara con lo que se puede hacer y lo que no, y cumplo (y hago cumplir) las pautas prefijadas. Así que existe un primer filtro: mis hijas les avisan a sus amigas que acordamos las actividades, hacemos un contrato tácito que no se modifica a no ser por causas de fuerza mayor. Si alguna es poco permeable a esas reglas en general, deja de participar en estos encuentros”, agrega Natalia.

“Las normas de protocolo son tácitas y varían de acuerdo con cada niño, con la edad de los amiguitos y, sobre todo, con cada familia –afirma Celeste Celano–. Lo más importante sería destacar el sentido común por sobre todas las cosas, en donde es saludable sentarse con los hijos antes de acudir a casas de amigos, y conversar sobre el comportamiento en la inserción y dinámica de la familia a visitar”.

Colaborar con comidas

Aunque no es obligatorio, muchos padres y madres coinciden en que es una buena costumbre que cuando los hijos van a casa ajena por períodos que implican desayunos, almuerzos o cenas lleven algún comestible para compartir. “Siempre llevan algo para compartir. Según el horario, algo para probar, postre, helados, algo para el desayuno, bebidas”, dice Soledad.

“Hay niños que cuando invitan a dormir piden plata para ordenar pizza, otros que no –agrega Fabiana–. En mi casa, hasta cierta cantidad de invitados, la comida la ponemos nosotros; si son un grupo más grande, acepto que se autogestionen con libertad”. El tema del dinero adquiere importancia cuando se trata de estadías largas, como pueden ser las vacaciones en las que los hijos son invitados por familias de amigos. Existen distintas modalidades para colaborar con el gasto que representa un veraneante extra.

“Además de hacerme cargo de costos obvios como pasajes, excursiones o salidas, cuando mi hijo es invitado de vacaciones por amigos lleva dinero para colaborar con los gastos comunes, como ir al supermercado o salir a comer afuera”, cuenta Javier Jiménez, de 39 años, papá de dos niños de 13 y 15 años.

“Cuando mi hija se fue de vacaciones con otra familia, yo desconocía el manejo financiero que ellos hacían con su hija, así que acordé que tendrían ambas el mismo presupuesto y que lo determinaba la familia que las llevaba”, agrega Fabiana.

Como anfitriona de grupos a veces numerosos, Natalia cuenta: “En vacaciones básicamente acordamos un monto diario por invitada. Si son muy pequeñas para administrarse, me lo dan a mí; si no, cuando llegamos a destino hago las compras en común, divido por las que somos, y cada una me da su parte. Si vamos a comer afuera, cada una paga lo propio”.

Si de largas estadías se trata, muchos consideran una regla de etiqueta tácita un agradecimiento a la familia anfitriona que va más allá de lo verbal. “Siempre hago algún regalo a los anfitriones cuando vuelve –cuenta Fabiana–. Además, le doy plata a mi hija antes de ir expresamente para que algún día invite algo, desde churros en la playa hasta salir a tomar un helado”.

Mariana González, de 42 años, mamá de un varón de 14 y una niña de 9, actúa de la misma forma: “Este verano mi hijo se fue de vacaciones con la familia de un amigo y llevó de regalo un adorno para la casa de veraneo, así como plata para invitar a su amigo a alguna actividad”.

Cuidados personales

Uno de los aspectos que más preocupan a los padres cuando sus hijos comienzan a ir a casas ajenas es el cuidado de la intimidad, ante situaciones como la de tener que cambiarse o bañarse fuera del hogar. “Ni mi hijo ni mi hija se bañan en casas ajenas, ni nada que tenga que ver con su higiene personal tiene lugar fuera de casa –dice Mariana–. Cuando van a dormir a la casa de amigos van bañados o se bañan al día siguiente. También les digo que si se tienen que cambiar lo hagan a puertas cerradas”.

Natalia, desde el lugar de anfitriona, coincide en la necesidad de resguardar la intimidad de los invitados: “Cuando vienen a casa, yo soy más que cuidadosa con su intimidad, extremando las formas para que no haya ningún malentendido –cuenta–. Con las más pequeñas, si tengo que hacer algo que pueda ser malentendido antes hablo con la mamá, y llegado el caso prefiero que, por ejemplo, no se bañen en casa y se queden sucias antes que invadir sus intimidad”.

Para padres desorientados

Autoridad: El adulto que oficia de anfitrión es quien pone las reglas; llamar “a la casa” para cuestionar esa autoridad solo es para casos excepcionales.

Compartir: Si la visita implica participar en comidas, llevar algo para compartir es un buen gesto.

Dinero: En estancias largas, como vacaciones, se aconseja que los niños lleven dinero (o se lo den al adulto a cargo) para gastos personales.

Fuente: abcdelbebe.com

Qué hacer cuando tu hijo parece que te está desafiando

¿Tu hijo en edad infantil se niega a hacer lo que le has pedido, no quiere recoger o ponerse esos pantalones? ¿Te mira fijamente y se da media vuelta? En muchas ocasiones a los padres nos invade la sensación de que ese pequeño al que adoramos nos está desafiando descaradamente. Y a veces más que una sensación es una certeza. Te contamos por qué nos desafían y qué podemos hacer para manejarlo de la mejor manera posible.

¿Por qué muestran esas conductas que parecen desafiantes?

No hay intención por su parte

Lo que tenemos que tener clarísimo los adultos es que a pesar de que utilicemos la palabra “desafío” no se trata de algo intencional o con carga de “maldad”.

No, los niños no nos desafían para hacernos la vida más complicada, ni lo hacen para vernos sufrir porque eso les proporcione placer. Los niños muestran estas conductas como parte de su desarrollo. Te lo explico en el siguiente apartado.

El desafío forma parte del desarrollo normal y esperable de los niños

Es frecuente que asociemos este tipo de conductas desafiantes con problemas de conducta en nuestros peques, pero la realidad es que no les pasa nada malo: desafiar forma parte de su desarrollo normal y deseado.

Los niños de entre 1 y 3 años están inmersos en un proceso de desarrollo alucinante: su cerebro, personalidad y la idea que tienen del mundo está en pleno proceso de formación, es mucho con lo que tienen que “lidiar”, son muchos los cambios, y como efecto de toda esta vorágine se produce ese desafío a los padres.

Los niños a estas edades están inmersos en:

  • Explorar el mundo: su desarrollo tanto físico como cognitivo pasa porque los peques exploren, es una de las formas de aprender, una muy importante además. Y para aprender del mundo que les rodea necesitan tocar, oler y por supuesto probar… probar el sabor de las cosas y probar qué pasa si tiro el champú dentro de los zapatos de mamá. Porque todo es nuevo, porque todo está por descubrir, porque es lo que tienen que hacer para desarrollarse correctamente.
  • Aprender más sobre las interacciones sociales: cómo son, qué se espera que haga… Su mundo social justo está empezando a desarrollarse, y tienen mucho que aprender. Hasta ahora las interacciones sociales eran más limitadas, las de la etapa de bebé, pero ahora todo eso se amplía, aparecen los iguales (a los que ya reconoce y con los que quiere interactuar), el juego ya no es en paralelo sino conjunto… Todo es nuevo y no saben qué y cómo proceder, están aprendiendo.
  • Desarrollo de su identidad: en esta edad se forja su identidad, el sentido de “yo”. Hasta hace bien poco, de bebé, no distinguía bien los límites entre mamá y él, pero ahora empieza a comprender que es un individuo a parte.
  • Su cerebro va a mil por hora, estableciendo relaciones y conexiones… es más impulsivo que el de un adulto.
  • Aprendiendo sobre sus emociones (aún no saben gestionarlas).

Todo esto combinado, esa necesidad de exploración junto con no tener claro esto de las interacciones con otras personas (ni las normas sociales) y mezclado con que están en pleno proceso de “Eh, que yo estoy aquí” (identidad) hace que un “No toques eso” sea recibido como una total y absoluta invitación a tocar precisamente eso que nos han prohibido.

Niña seria

Qué hacer con los desafíos

  • Ten en mente todo el rato que no se trata de algo que hagan, como decía, para molestarte. Enfría tus pensamientos y no te enfades. Cuanto más calmado estés tú más calmado estará el peque.
  • No respondas con lo primero que se te viene a la cabeza, porque probablemente sea algo cargado de enfado y frustración. Date un tiempo para repensar lo que vas a decir.
  • Intenta hacerle ver que entiendes cómo se siente verbalizando lo que te dice o preguntándole: ”Entonces, cariño, es que no sabes qué hacer?”
  • Si se pone agresivo muéstrate calmado, dale un tiempo para que baje ese enfado sin insistir en lo que le estabas pidiendo. También puedes ponerte a su altura y abrazarle sujetándole los brazos, de esta forma impides que haga aspavientos y se haga daño y además con el tacto conseguirás calmarle y tranquilizarle.
  • Anticípate: si a menudo tienes que ir detrás del peque diciéndole eso de “no lo toques o lo no cojas” van a pasar dos cosas: que lo siga tocando, por todo lo que he explicado antes (ya sabes, no es que no quiera hacerte caso) y que tú te frustres. Así que una manera de evitar tentaciones es retirarlas de la vista. Al menos las que de verdad no quieras que toque. Adaptar nuestra casa a los niños les va a permitir precisamente esa exploración tan necesaria, y además sin la censura de papá y mamá.
niña enfadada

Qué dices y cómo lo dices

Cuando tengas la sensación de que tu hijo no te hace caso y que “pasa olímpicamente” de lo que le estás pidiendo, te pido que te pares un momento y pienses en qué le has pedido y cómo lo has hecho.

¿Por qué? Porque a veces, muchas veces, somos nosotros los que exigimos y nos frustramos, porque les pedimos cosas que no son capaces de abarcar por su edad. Me explico:

Estate un rato en silencio. Prepárate que nos vamos al cole… Esto, que decimos muy a menudo órdenes muy complejas para los peques, a pesar de que para nosotros parezcan la mar de sencillas. ¿Qué es un rato? ¿Qué es silencio? ¿Qué hace falta para estar listo para el cole? Los niños necesitan que seamos concretos, que les especifiquemos qué queremos y qué les estamos pidiendo, sin ambigüedad y con conceptos tangibles y claros.

¿Cómo podemos hacérselo más accesible?

  • Divide la tarea en partes, en pequeños pasos más sencillos. Así es más difícil que se frustre, que se aburra y abandone. Así irá alcanzado metas y eso le reforzará a llegar a la meta final.
  • Dale instrucciones lo más concretas posibles (qué quieres que haga, con pelos y señales, adaptándote a la edad y capacidades del niño).
  • Ajusta tus expectativas: tu niño es eso, un niño, y como veíamos más arriba está en plena esfervescencia, está aprendiendo de todo, y pedir que esté quieto, que haga sententa cosas y que encima las haga rápido quizá es pedir mucho.

Fotos: Pexels.com

Fuente: bebesymas.com

Padres sobreprotectores crían hijos ‘blanditos’

Algo no encaja en el método con el que muchos padres están educando hoy a sus hijos. Aunque la gran mayoría de los papás actuales tuvieron una formación rígida y aprendieron que las metas y las cosas solo se conseguían con esfuerzo, se han pasado al lado opuesto y hoy se han vuelto extremadamente permisivos y sobreprotectores con sus hijos.

Con tal de que sus niños no ‘sufran’, estos padres les hacen las tareas escolares, les resuelven hasta el más mínimo problema cotidiano, les suministran lo que haga falta y llegan al extremo de escogerles las amistades.

La periodista y escritora española Eva Millet describe este fenómeno como la ‘hiperpaternidad’, una especie de padres y madres “helicóptero”, pero que no se limitan a cargarles el morral a sus hijos hasta la puerta del colegio: les quieren suplir todas sus necesidades.

Esta manera de educar, asegura Millet, ha vuelto a los hijos más cómodos y blandos; y, en su concepto, en este momento nos tenemos que enfrentar a una generación que se ha levantado dependiendo de sus padres de forma excesiva, niños y jóvenes incapaces de afrontar los problemas más comunes de la vida. Una sobreprotección que, a largo plazo, dice, será desastrosa para el futuro de esos niños.

Millet, autora del libro ‘Hiperpaternidad’, defiende la tesis de que los padres de hoy están formando una ‘generación blandita’, de niños muy consentidos y de carácter débil.

En declaraciones a varios medios ibéricos, Millet ha manifestado que la exagerada protección de los padres “termina generando adolescentes inseguros, con escasa tolerancia a la frustración y poco resolutivos”.

Esta forma de actuar de los padres parece obedecer a una mentalidad que se ha generalizado: los padres no quieren que sus hijos pasen las mismas dificultades que ellos pasaron.

Sandra Patricia Varela Londoño, directora del programa de Licenciatura en Educación Infantil de la Universidad de La Sabana, sostiene que existen 4 tipos de estilos parentales: democrático, autoritario, negligente y sobreprotector, y este último es el que más practican los padres hoy en día.

“El sobreprotector es un estilo que se caracteriza por una alta calidez y un bajo control sobre los hijos”, asegura. Y afirma que, de alguna forma, es el estilo de los padres que buscan compensar el tiempo que no pueden pasar con los niños y tratan de darles todo aquello que ellos no tuvieron en su infancia.

“Puede responder a un cambio generacional en el que padres que tuvieron menos recursos durante su infancia se proponen dar todo y evitar cualquier sufrimiento a sus hijos”, dice Varela.

Juana Chacón Rojas, psicopedagoga y rectora del Liceo Campestre Freinet del Norte, ha advertido en su trabajo de psicopedagoga un aumento de padres y niños con este tipo de comportamiento.

Dice que es comprensible que los padres quieran lo mejor para sus hijos, pero todo tiene un límite, y pasar esa marca supone más un problema que una solución para el niño.

“Pienso que es contraproducente. En cierta medida, hay que estar presente para enseñarle al niño a solucionar cosas, pero también permitirle que enfrente esas situaciones difíciles y que genere estrategias de solución. Los niños que están creciendo con papás que les están solucionando todo, como adultos no van a ser capaces de solucionar dificultades”, afirma.

Muchas veces, agrega Chacón Rojas, la sobreprotección de estos padres ha llevado a que los niños aprendan valores pobres que no tienen nada que ver con el esfuerzo.

“En este contexto permisivo –agrega la experta–, los niños y jóvenes terminan haciendo lo que quieren, sin normas claras o muy flexibles. Se vuelven más frágiles en contextos externos al sistema familiar y se sienten más impactados ante pequeñas crisis y conflictos”.

Fuente: abcdelbebe.com