Entradas

Cómo educar bien a tu hijo

La mayoría de los padres nos preguntamos qué es la educación, para qué sirve y cómo se lleva a cabo. Encontrar el punto medio parece tan difícil como caminar en la cuerda floja… Pero es más fácil de lo que creemos.

Incluso los que creen tener las cosas claras atraviesan momentos en los que dudan sobre si lo han hecho bien o mal. La mayoría de los padres queremos que nuestros hijos sean adultos maduros, felices, independientes y creativos. Pero, ¿cómo podemos hacerlo?

Seguridad ante todo

En casa

El niño necesita sentir que su familia es estable, sólida e incondicional. El pequeño tiene que sentir que su casa es el lugar al que pertenece de forma incondicional y donde tiene los mismos derechos y obligaciones que los demás.

El hogar tiene que ser un lugar seguro para poder expresarse libremente sin temor a las represalias. Esto incluye tanto las expresiones positivas (juegos, gritos, risas, etc.), como las negativas (pataletas, malos humores, llanto, etc.). Respuestas como: ‘En mi casa te comportarás como yo mande’ son indicaciones de que realmente aquella no es su casa y es un lugar inseguro porque está condicionado a que se comporte ‘bien’.

Una personalidad segura

La estrecha relación del bebé con su madre es vital, pues la única forma que tiene de saber que existe es a través de ella. Mamá, junto a las demás personas de su entorno, le dicen al niño quién es y qué es.

Los cimientos de la personalidad se forman desde el nacimiento del bebé. Cuando el recién nacido necesita comida o mimos, lo manifiesta, y si no quiere algo, también lo hace saber. Esta capacidad es la base de la autoestima del niño. Conviene respetar su ritmo y sus demandas porque cuando comunica una necesidad y ésta queda satisfecha, el bebé se siente poderoso e independiente.

Si sus padres no le hacen caso, el bebé nunca sabrá si sus sensaciones son reales. Se convertirá en un ser pasivo e indeciso que esperará a que le den lo que necesita en lugar de ir a buscarlo él.

Cariño y apoyo

Los niños necesitan cariño y apoyo incondicional. Debemos apoyar las decisiones positivas de nuestro hijo y comentar y discutir las negativas (las que no gustan a los padres). Así, el pequeño puede aprender a negociar o a convencer a los demás, y a reconocer sus errores. El ‘No, porque lo digo yo’, no es una forma constructiva de educar.

Dos grandes errores

1. Ser demasiado permisivos

Satisfacer las necesidades de los hijos no implica satisfacer todos sus deseos. Ellos no conocen los límites y nosotros debemos discernir entre una necesidad y un capricho. Esto no siempre es fácil ya que la satisfacción de un capricho puede ser una necesidad real para un niño.

El niño al que se le da todo lo que quiere se puede hacer una idea equivocada del mundo. Pensar que tiene un derecho innato le puede causar problemas graves de enfrentamiento con la realidad cuando sea adulto.

Otra consecuencia puede ser que el niño no aprenda a resolver conflictos. Si los padres siempre dicen que sí a todo, no sabrá negociar y se encontrará en desventaja cuando sea mayor.

La excesiva permisividad surge cuando los padres no dedican suficiente tiempo a sus hijos y les compensan dándoles lo que quieren. Es evidente que los regalos y las chucherías son pobres sustitutos de los padres y solo empeoran las cosas.

2. Ser demasiado rígidos

  • La rigidez exagerada es tan dañina como la permisividad excesiva.
  • Lo que es válido un día puede no serlo al siguiente. Las necesidades de los hijos son complejas y requieren que los padres se den cuenta de sus pormenores.
  • Si explicamos a los niños el porqué de nuestras decisiones, verán su lógica (aunque no estén de acuerdo), y las acatarán con más facilidad.
  • Los hijos educados con flexibilidad tienden a transformarse en adultos más seguros y abiertos que los que han sido sometidos a reglas arbitrarias y rígidas.

Hacerlo bien es sencillo

  • Por un lado hay que tener cuidado de no ser rígido; por otro no debemos pasarnos de permisivos. Hay que imponer un orden, sin ser autoritarios. Debemos tener buena relación con ellos, pero no llegar a ser un amigo más. Hay que respetarles, sin tener miedo a echarles una bronca si hace falta.
  • Parece una tarea imposible de realizar, pero la educación, más que una serie de acciones, consiste en estar con los niños día a día. Si nosotros estamos tranquilos y contentos, ellos también lo estarán.
  • No conviene dramatizar. Si nos equivocamos hoy, lo compensamos mañana. Si estamos de mal humor y los tratamos injustamente, con pedir perdón y explicarlo queda todo arreglado.
  • El secreto está en tener un contacto profundo y verdadero con los hijos. No basta con estar simplemente en la misma habitación. Hay que escucharles, mirarles sin prejuicios y aceptarles tal y como son. Cuando existe este contacto profundo, los padres no tienen problemas para discernir qué hacer en cada situación, pues sienten las necesidades de sus hijos como si fuesen las suyas propias.

Fuente: serpadres.es

Forzar el aprendizaje de tu hijo solo le provoca sufrimiento

Tenemos esa dichosa manía de comparar. Y de exigir lo que otros son capaces de lograr.Pero no nos damos cuenta de que en el aprendizaje, cada uno sigue su ritmo, y que lo importante al final no es el comienzo, ni siquiera el camino, sino la meta final.

Un importante filólogo y neurocientífico, Francisco Mora, advierte a los padres del error que cometen al exigir a su hijo cierta ‘velocidad’ en su desarrollo. Al final, forzar el aprendizaje de tu hijo solo le provoca sufrimiento.

Por qué no debes forzar el aprendizaje de tu hijo

Todo lo que el niño aprende queda ahí, no se pierde, aún cuando parezca que el aprendizaje no ha dado sus frutos. ‘Nadie que aprenda algo nuevo ahora tendrá el mismo cerebro mañana’, asegura Francisco Mora, un famoso neurocientífico y profesor en filología.

El cerebro está formado por diferentes áreas. Y no todas aprenden de la misma manera.Ni todos los niños llevan un mismo ritmo de aprendizaje. La ciencia ha conseguido averiguar que no todas las zonas del cerebro están preparadas para aprender al mismo tiempo y que ningún niño tiene el mismo ritmo de maduración. Ha demostrado, por ejemplo, que en realidad el cerebro no está preparado para aprender a leer y escribir antes de los 7 años.

Lo peor de todo es cuando en el colegio o dentro del hogar, se exige a un niño un ritmo de aprendizaje al que no puede llegar. Es como cuando intentas arrancar un vehículo sin combustible…una pérdida de tiempo.

Francisco Mora asegura que lo único que conseguimos ‘apretando’ a un niño para que aprenda cuando su cerebro aún no está preparado es sufrimiento. Estas son las terribles consecuencias de intentar forzar el aprendizaje de un niño:

– Frustración. No hay nada más frustrante que aquello que se intenta una y otra vez y no se consigue. Imagina que te exigen hacer una voltereta mortal en un día. No estás preparado para ello, y además debes ponerte en forma antes. Pero no te dan ese tiempo… tiene que ser ya, ahora… Es o que un niño siente cuando le exigen un objetivo al que se ve incapaz de llegar en el tiempo concedido.

– Baja autoestima. Al verse ‘incapaz’ de llegar a donde otros niños sí son capaces de llegar, el niño pensará que es su problema, que ‘no es tan habilidoso como el resto’, y finalmente terminará por sentirse inferior a los demás, lo que representa una auténtica bomba para su autoestima.

– Desilusión. La clave del aprendizaje tal vez esté en la curiosidad. Si un docente es capaz de despertar curiosidad por algo nuevo en sus alumnos, conseguirá su atención. El filólogo y neurocientífico pone un curioso ejemplo: ‘ si de pronto en una clase pasa por detrás de un profesor una jirafa, todos prestarán atención a la jirafa, porque es una novedad que despertará de forma inmediata curiosidad y por tanto, se hará dueña de toda la atención de los niños’. Cuando un niño no está preparado para recibir cierta información, o hacer determinada tarea, no podrá prestar atención, y poco a poco, perderá la ilusión por aprender.

– Problemas emocionales. Aunque tendemos a pensar que el cerebro es racional, eso no es cierto. De hecho, el cerebro es también el hogar de todas las emociones. El cerebro necesita emocionarse para aprender. Sin emociones, no hay aprendizaje. Si fuerzas a tu hijo y le exiges una madurez para la que aún no está preparado, será incapaz de gestionar ciertas emociones que irán implícitas y llegarán, seguramente, como un torrente que no pueda parar.

– Problemas de comportamiento. Algunas veces, los niños con problemas de comportamiento es clase simplemente están desmotivados. No les interesa la clase, no prestan atención porque ya han asumido que no llegarán al objetivo que les exigen.

No los niños que aprenden antes son los más listos de la clase ni los que aprenden más lentos son los más tontos. Ni es más listo el que empieza a hablar antes o camina con solo 10 meses. No importa el ritmo de aprendizaje: importa si se consigue al final el aprendizaje, el cómo se utilizan las herramientas aprendidas al final del trayecto.

Cuáles son las claves en el aprendizaje de los niños

La solución pasa por un cambio radical en la concepción de la educación, en no tratar a un individuo como un todo, sino a cada niño de forma individual, prestando especial atención en cada uno de sus potenciales y a su particular ritmo de maduración. Y como no, utilizar las herramientas que motivan y sacan de su ‘letargo’ al cerebro:

1. Imágenes. La neurociencia ha demostrado que el cerebro, ante una charla de un profesor, por muy interesante que sea, termina por desconectar. Sin embargo, las imágenes captan el interés de un niño con mucha más facilidad. El aprendizaje debería estar basado en imágenes, y no tanto en palabras.

2. Buscar emocionar a los alumnos. La motivación llega de la mano de las emociones. La curiosidad, también, y con ella, la atención. Para aprender hay que emocionarse y es algo que deberían tener en cuenta a diario todos los docentes.

3. Más trabajos en equipos. No solo por los beneficios que aportan a nivel de valores, sino porque trabajar en equipo estimula el cerebro y todas las áreas de aprendizaje.

4. Utilizar las nuevas tecnologías como aliados. Las nuevas tecnologías no son enemigos del aprendizaje. De hecho, pueden ser grandes aliados. A los niños les encanta el lenguaje visual e interactivo de las nuevas tecnologías. ¡Utilicémoslas!

5. Más deporte y más juegos. El juego es un motor para el aprendizaje. El deporte, también. ¿Sabes por qué? Porque mantienen a un niño emocionado, excitado, divertido y  sobre todo, atento.

6. Más contacto con la Naturaleza. En Japón los alumnos tienen una asignatura obligatoria que se llama ‘Observación de la Naturaleza’. Los niños salen al campo con su libreta y observan todo lo que ven. Les ayuda a pensar, sacar conclusiones y desarrollar su capacidad deductiva. Nada como el trabajo de campo para aprender de primera mano ciertos conocimientos.

7. Descansar bien. El cerebro necesita descansar. Si se sobreestimula a un niño y al final no descansa las horas que debe, no podrá rendir al día siguiente. Lógico.

No fuerces a tu hijo a leer o ascribir antes de tiempo si no está preparado. No le exijas ciertas habilidades psicomotrices si aún no muestra la destreza necesaria. Las habilidades se adquieren lentamente, pero de forma segura. Confía en tu hijo y verás como al final, con el tiempo, las semillas darán su fruto.

Fuente: www.guiainfantil.com

5 consejos para padres con hijos respondones

Hay niños más pacíficos y obedientes. Otros, tienen una personalidad más fuerte y tienden a rebatirlo todo. Puede ocurrir a partir de los 4-5 años o cuando llega la adolescencia. Algo que no tiene por qué suponer ningún problema siempre y cuando no utilicen palabras hirientes como ‘Eres mala/a’, ‘Hazlo tú’, ‘Me da igual’….

Si tu hijo comienza a contestar de forma inadecuada o por defecto ante todo, no te desesperes. Te damos cinco consejos para superar esta etapa:

  1. Controla tus emociones y no te pongas a su nivel. Es fácil decirlo pero difícil hacerlo, por eso, tienes que recordar que ‘Tú tienes el control de la situación, eres el adulto’. Si pides respeto, tú debes ser el primero. Así que deja de retarle y evita frases como ‘¿Qué has dicho?’, ‘Vamos, repítelo’.  Todo eso va a generar que la situación se agrande y no vas a conseguir que tu hijo deje de decirlo.
  2. Usa la empatía y deja de pensar que te está retando. Pensar que tu hijo/a es malo/a, sólo va a conseguir que enfoques la situación de una manera equivocada y encima te vas a enfadar más.  Así que  para romper ese círculo de malas contestaciones, trata de no darle mucha importancia y deja de pensar que es un ataque personal. En vez de eso, entiende que para él es una frustración, como muchas de las que tienes tú tenías a su edad y hazlo saber. Puedes decirle por ejemplo: ‘Entiendo que no te guste que tu hermano juegue contigo pero no es la forma de decirlo’.
  3. Aprovéchalo como una oportunidad para hablar con tu hijo cuando esté más calmado/a. Transmite la importancia de hablar de lo que uno siente o piensa, pero al mismo tiempo explícale que debe canalizar de una determinada manera ese enfado para no herir a los demás. Por supuesto, deben pensar juntos soluciones. Usa frases como esta:  ‘¿Cómo puedes hacerlo la próxima vez?’.
  4. Habla claro y sin complicaciones. Hay muchos padres y madres que dan demasiadas explicaciones y algunos tratan de utilizar doble sentido o ironías para explicárselo, y en la comunicación con un hijo/a es totalmente inútil. Por un lado, porque puede que no entienda lo que estemos diciendo y por otro, pensará que encima te estas riendo de él o ella y será un obstáculo para la comunicación.
  5. Marca tus límites, de la misma manera que es importante que él/ella exprese, es que lo hagas tú. Puedes explicárselo de esta forma: ‘Cuando me hablas así, me enfado y no me gusta esa como me estás contestando, así que me gustaría que si quieres algo me lo digas sin llamarme malo/a.

Fuente: guiainfantil.com

Cómo ayudar a su hijo a enfrentar la muerte de un ser querido

Cuando muere un ser querido, puede ser difícil saber cómo ayudar a los niños a enfrentar la pérdida, especialmente porque usted estará atravesando su propio duelo.

Lo que los niños pueden entender sobre la muerte depende en gran medida de su edad, sus experiencias vitales y su personalidad. Pero algunas cuestiones importantes deben tenerse en cuenta en todos los casos.

Explicar la muerte con un lenguaje que el niño pueda entender

Sea honesto con los niños y aliéntelos a que hagan preguntas. Esto tal vez sea difícil para usted, porque puede que no sepa todas las respuestas. Pero es importante crear una atmósfera de confianza y apertura, y que transmita a los niños el mensaje de que no hay una manera correcta ni equivocada de sentirse. También puede compartir con ellos las creencias espirituales que usted tenga sobre la muerte.

La capacidad de un niño para entender la muerte –y la manera en que usted deberá enfocar el tema- variará dependiendo de la edad del niño. Cada niño es único, pero a continuación se describen algunas normas generales que pueden ayudarle.

Hasta los 5 o 6 años de edad, la imagen que tienen los niños del mundo es muy literal. Por lo tanto, deberá explicarles la muerte utilizando un lenguaje muy concreto. Si el ser querido estaba enfermo o era mayor, por ejemplo, puede explicarles que el cuerpo de la persona ya no funcionaba y que los médicos no pudieron arreglarlo. Si alguien muere de repente, en un accidente, por ejemplo, puede explicarles lo que ha ocurrido: que a causa de este triste accidente, el cuerpo de la persona ya no funciona. Puede explicarles que “muerte” o “morir” significa que el cuerpo ya no funciona.

Para los niños de esta edad es difícil entender que todas las personas y todos los seres vivos acaban muriendo, que esto es algo definitivo y que ya no volverán. Por eso, después de que les haya explicado esto, es posible que le pregunten dónde está ese ser querido o cuándo va a volver esa persona. Por muy frustrante que esto le resulte, continúe repitiendo con calma que esa persona ha muerto y ya no podrá volver.

Evite utilizar eufemismos, como decir a los niños que los seres queridos “se han ido lejos” o “están durmiendo” o incluso que su familia ha “perdido” a esa persona. Debido a que los niños pequeños piensan de manera tan literal, estas frases pueden, sin querer, inducirles a sentir miedo de irse a dormir o cuando alguien se vaya lejos.

Recuerde también que las preguntas de los niños pueden sonar más profundas de lo que realmente son. Por ejemplo, si un niño de 5 años pregunta dónde está ahora alguien que ha muerto, probablemente no está preguntando si existe un más allá. Por el contrario, los niños pueden quedarse satisfechos si se les dice que alguien que ha muerto está ahora en el cementerio. Este también puede ser un buen momento para que le hable de lo que usted cree sobre el más allá o sobre el cielo, si esto forma parte de su sistema de creencias.

Entre los 6 y 10 años, los niños empiezan comprender que la muerte es algo definitivo, incluso aunque no entiendan que esto le ocurrirá a todos los seres vivos algún día. Un niño de 9 años puede pensar, por ejemplo, que si se porta bien o si pide un deseo, su abuela no se morirá. A menudo, a esta edad los niños imaginan la muerte personificándola y piensan en ella como “el hombre del saco” o un fantasma o un esqueleto. Pueden entender mejor la muerte si se les dan explicaciones precisas, simples, claras y honestas sobre lo que ha ocurrido.

Cuando los niños entran en la adolescencia, empiezan a entender que todos los seres humanos finalmente mueren, independientemente de su categoría, su comportamiento, sus deseos o lo que sea que intenten hacer.

A medida que evolucione la comprensión de la muerte de sus hijos adolescentes, de manera natural surgirán en ellos preguntas sobre la mortalidad y la vulnerabilidad. Por ejemplo, si un amigo de 16 años muere en un accidente de coche, es posible que su hijo adolescente sienta miedo de conducir o incluso de ir en coche durante un rato. La mejor manera de responder a esto es hacer hincapié en lo espantoso y triste que fue ese accidente. También será un buen momento para recordar a su hijo lo que debe hacer para no correr peligros, como no subir nunca en un coche cuando el conductor haya bebido o usar el cinturón de seguridad.

Los adolescentes tienden a preguntar sobre el sentido de la muerte a alguien que esté cercano a ellos. Un adolescente que pregunta por qué alguien tiene que morir probablemente no está buscando respuestas literales, sino empezando a explorar la idea del sentido de la vida. Los adolescentes también tienden a experimentar cierta culpa, especialmente si muere alguno de sus amigos. Sea lo que sea lo que sienta su hijo(a) adolescente, lo mejor que puede hacer es alentarlo a que exprese y comparta su dolor.

Y si usted necesita ayuda, hay muchos recursos a los que puede recurrir para que le orienten, desde libros a organizaciones de su comunidad o profesionales que pueden ofrecerle asesoramiento psicológico. Sus esfuerzos serán de gran ayuda para que su hijo pueda atravesar estos momentos difíciles, así como las inevitables pérdidas y momentos duros que tendrá que enfrentar más adelante en su vida.

El duelo

¿Es correcto llevar a los niños a los funerales? Depende de usted y de su hijo(a). Es bueno dejar que los niños participen en cualquier ritual de duelo, si ellos quieren hacerlo. Antes que nada, explíqueles lo que ocurre en un funeral o entierro y ofrézcales la posibilidad de que ellos decidan si quieren ir.

Hábleles sobre sus creencias sobre la muerte y explíqueles el sentido de los rituales de duelo que realicen usted y su familia.

Si le parece que su propio dolor puede impedirle ayudar a su hijo(a) en este momento difícil, pida a un amigo(a) o un familiar que cuide a su hijo(a) mientras dura la ceremonia. Elija a alguien que sea del agrado de usted y de su hijo(a) y en quien ambos confíen, alguien a quien no importe abandonar la ceremonia si su hijo(a) lo desea.

A muchos padres les preocupa que sus hijos sean testigos de su dolor y su tristeza, que los vean llorar una muerte. No tema por ello, si le permite a su hijo(a) ver su dolor, le estará enseñando que llorar es una reacción natural ante el dolor emocional y la pérdida. Y puede hacer que los niños se sientan más cómodos cuando expresen sus propios sentimientos. Pero también es importante transmitirles que por muy triste que usted se sienta, seguirá siendo capaz de cuidar a su familia y de hacer que su hijo(a) se sienta seguro.

Si se necesita más ayuda

A medida que los niños aprenden cómo enfrentar la muerte de un ser querido, necesitan que se les deje espacio, que se les comprenda y se les trate con paciencia para que puedan expresar la pena a su manera.

Es posible que ellos no muestren la pena de la manera en que lo haría un adulto. Un niño pequeño tal vez no llore, o tal vez reaccione a la noticia portándose mal o con hiperactividad. Un adolescente quizá se muestre enojado y se sienta más cómodo sincerándose con sus amigos. Cualquier que sea la reacción que tengan sus hijos, no lo tome como algo personal hacia usted. Recuerde que aprender a enfrentar la pérdida de un ser querido es igual que enfrentar cualquier otra situación física, mental o emocional, requiere un proceso.

Sin embargo, esté pendiente de si sus hijos muestran algún signo de que necesitan ayuda para hacer frente a la pérdida. Si el comportamiento de su hijo(a) cambia radicalmente -por ejemplo, si su hijo normalmente es un niño sociable que se entiende fácilmente con la gente y de golpe se muestra enfadado, reservado o demasiado ansioso; o si en la escuela pasa de sacar buenas notas a sacar claramente malas notas- busque ayuda.

Puede consultar con un médico, con el psicólogo de la escuela o con alguna organización que ofrezca atención psicológica para que les oriente y le aconseje. También puede buscar asesoramiento en libros, páginas webs, grupos de apoyo y otros recursos que ayudan a las personas en situaciones de duelo.

Los padres siempre pueden proteger a sus hijos para apartarlos de las situaciones que implican tristeza y pérdida. Pero al enseñarles a enfrentar este tipo de sentimientos, se desarrollan en ellos recursos emocionales que les podrán ayudar toda su vida.

Fuente: kidshealth.org

Cómo detener el lloro de tu hijo con una simple pregunta

EL CIUDADANO

De entre todos los sentimientos, la ira es el más complicado de dominar. Requiere de autocontrol y por eso los niños -carentes aún de las herramientas necesarias- son dados a protagonizar todo tipo de berrinches.

Tras aprender a usar la caja de la rabia o el frasco de la calma de Maria Montessori, hoy os traemos una nueva técnica para desactivar rabietas usando solo una pregunta.

Si bien la técnica es efectiva, no es la mejor para abordar berrinches con niños muy pequeños, siendo más recomendable a partir de 5 años, ya que necesitaremos que los niños razonen con nosotros. Para niños más pequeños, mejor las dos técnicas anteriores.

La técnica es sencilla, cuando la rabieta se desate porque un juguete se ha roto o algo no salga como ellos quieren, les miraremos a los ojos y de forma calmada preguntaremos:

“¿Esto es un problema grande, un problema mediano o un problema pequeño?”

Pensar en estos términos es algo mágico ya que el niño es capaz de medir la importancia del problema, buscar formas de abordarlo y resolverlo, dotándole de herramientas para su vida adulta.

Si el problema es pequeño, no le costará entender que puede resolverse con una acción muy simple. Por ejemplo, si tiene una rabieta porque no le has puesto el pantalón que quería, puede comprender que el problema es muy pequeño y solo debe ir al armario a buscar el que le guste.

Si es medio, le explicaremos que se puede resolver, pero necesitará tiempo. Por ejemplo, si el pantalón está sucio y no puede ponérselo, le ayudaremos a poner una lavada para que lo pueda usar mañana, resuelva el problema y aprenda a esperar el resultado.

Si es grande, grande desde el punto de vista de un niño, no debemos minimizarlo sino darle la importancia debida y ayudarle a aceptar que hay cosas que no podemos cambiar, o al menos, de forma inmediata.

Tras unas semanas de preguntas, veremos que nuestro hijo o hija comienza a clasificar los problemas fácilmente, y a resolver solo los más pequeños. Será el momento de felicitarles por su creciente autonomía.

Obviamente esto es una técnica que dependerá de muchos factores y diálogos, pudiendo darse incluso alguna emboscada, esto es una clasificación errónea para forzarnos a complacerles. Es entonces cuando volveremos a sacar la “varita del raciocinio” para ir educando a nuestras pequeñas personitas. Al fin y al cabo, está es una aventura de aprendizaje mutuo.

LaVozdelMuro

¿Cuál es el objeto de apego de tu hijo?

El apego es un vínculo que establece el bebé durante sus primeros meses de vida con laspersonas que le rodean y le cuidan cubriendo sus necesidades básicas. Pero no sólo se puede establecer el apego con personas, también con objetos. ¿Qué niño no puede dormir sin su peluche? ¿Qué bebé no sale de casa sin su mantita? Almohadas,  peluches, mantas… Estos objetos se han convertido en en una parte importante de nuestro niño. Le aportan seguridad  y le permiten explorar el entorno cuando lo necesita. El olor, el tacto… les aportan lo que necesitan para estar tranquilos estén dónde estén. La elección del objeto por parte del niño es aleatoria.  Su objeto de apego no va a cambiar a no ser que nuestro pequeño lo elija.

Por eso es muy importante que cuando el peque se vaya a quedar en casa de los abuelos, de los tíos… lleve su objeto de apego para sentirse más cómodo y seguro.

Esto no significa que todos los niños tengan ese vínculo con algún objeto. Podemos encontrar niños que se calman con algunos gestos (meterse el dedo en la boca, tocarse el pelo, hacer el movimiento del chupete…) e incluso niños que no necesitan nada. Como ya sabéis cada niño es diferente en su evolución, así que también lo son en sus gustos.

¿Qué opinas del objeto de apego? ¿Cuál es el de tu hijo?

Fuente: Padres.Facilísimo El blog de Fátima