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Familias resilientes: cuando los vínculos fuertes nos permiten crecer

La resiliencia en las familias conforma un tejido capaz de crear vínculos fuertes con los que afrontar cualquier adversidad. Es clave por tanto, sembrar esas semillas de fortaleza incombustible en días de sol para que nos ayuden en momentos de tormenta.

Las familias resilientes se caracterizan por haber hecho frente a más de una dificultad. En ese proceso, han fortalecido sus alianzas, han aprendido recursos y acumulado reservas para encarar la vida no solo con mayor entereza, sino también con más amor, humildad y esperanza. No siempre es fácil mantenerse unidos ante determinados desafíos del destino, pero hay quien lo logra junto a los suyos de manera efectiva.

Puede que el término ‘familias resilientes’ nos llame la atención; sin embargo, no estamos ante un concepto nuevo o ante un enfoque innovador sobre la resiliencia. Ahora sabemos que el desarrollo de esta competencia viene dado en muchos casos por nuestro entorno familiar. Ese escenario primario en el que crecemos es clave a menudo para edificar las raíces de la resiliencia.

Por otro lado, hay un aspecto relevante que señalan los expertos en esta materia como los doctores Roland Atkinson, Allan Martin y CR. Rankin, (2009). Sería muy beneficioso entrenar a las familias en los componentes que erigen esta dimensión. La resiliencia debe sembrarse en días de sol con el fin de que crezca lo suficiente para ayudarnos en días de tormenta. No hay que esperar por tanto a la adversidad para cultivar esta herramienta tan necesaria para nuestro bienestar psicológico.

“Cuando todo parezca ir contra ti, recuerda que el avión despega contra el viento, no a favor de él”.

-Henry Ford-

Mano sujetando unas figuras con forma de familias resilientes

Familias resilientes, ¿cómo son?

Salvador Minuchin, psiquiatra, pediatra y reconocido experto en terapia familiar, concibió la familia desde un perspectiva sistémica, ahí donde todos sus integrantes se relacionan y se influyen de manera determinante entre sí. De este modo, la habilidad para afrontar realidades tan concretas, como problemas económicos o de salud, dependerá mucho de la personalidad y los recursos de sus integrantes y del modo que interaccionen entre ellos.

Hay familias, por ejemplo, incapaces de dar un soporte efectivo a los suyos. Son esos microcosmos sociales donde no hay sinergias ni sintonías, donde no existe una unidad familiar firme y fallan las alianzas cuando las cosas van mal. A todos nos pueden sonar este tipo de realidades y conocemos sin duda las consecuencias.

Así, expertos en el tema como la doctora Fiona Walsh, de la Universidad de Boston, nos explica en un estudio que una de las claves para garantizar el bienestar psicológico del ser humano estaría sin duda en poder enseñar y facilitar a los padres y a las madres, esos pilares que construyen a las familias resilientes. Conozcamos esos componentes a continuación.

Apego y apoyo

Todo vínculo satisfactorio exige sentir la impronta del afecto, de la seguridad, del amor saludable que respeta sin hostigar, que apoya sin condiciones o chantajes. De este modo, el primer pilar de las familias resilientes es sin duda el del apego y el apoyo, ahí donde todos los miembros se confieran ese lazo cálido pero fuerte que no permitirá caer a nadie. No importa lo que pase, ese núcleo familiar siempre permanecerá unido, apoyando y nutriendo emocionalmente.

Valores familiares

‘En esta familia creemos en el amor y el respeto. No toleramos las mentiras, no aceptamos las palabras que duelen y las conductas que desprecian. En este hogar defendemos los abrazos y las palabras bonitas. Respetamos las opiniones, aunque no coincidan con las nuestras. Valoramos también el pasar tiempo juntos, hablarnos con sinceridad, pedir ayuda cuando se solicite y apoyar siempre y en cualquier circunstancia… ‘. Estas ideas, son simples ejemplos de esos valores que deben constituir la base de toda familia resiliente.

Familias resilientes

Cohesión y flexibilidad

Una premisa esencial de las familias resilientes es que el todo es mayor que la suma de sus partes¿Qué significa esto? Básicamente que en la unidad familiar no destaca solo ese padre o esa madre que ostenta todo el poder y la autoridad. Una familia es una alianza basada en la interdependencia, el respeto y la unidad, ahí donde todos son igual de valiosos.

A su vez, y no menos importante, tenemos el principio de la flexibilidad. En las familias felices no existen los patrones rígidos, no hay moldes en los que todos deban entrar para satisfacer ese ideal del padre o esos deseos de la madre. Cada miembro tiene derecho a crecer, a elegir, a construirse a sí mismo. Porque flexibilidad es sinónimo de respeto y libertad.

Comunicación en las familias resilientes

La comunicación es esa herramienta indispensable que bombea todo vínculo, que hace posible cualquier alianza y la superación de todo problema.Una familia que facilita espacios para la comunicación, la escucha empática, la asertividad y la comprensión, puede encarar unida casi cualquier circunstancia. Pocas dimensiones son tan básicas en nuestro tejido social que saber comunicar y permitir comunicar al otro con apertura y apreciación.

Tiempo compartido y rituales familiares

Otro de los nutrientes indispensables en las familias resilientes es el compartir tiempo juntos. Bien es cierto que no siempre es posible hacerlo tanto como nos gustaría, pero es esencial que cada instante compartido sea de calidad; de ahí la importancia de los rituales. Con este último término nos referimos a esos momentos que repetimos cada día y con los cuales, alimentamos nuestras alianzas y afectos.

Así, y como ejemplo, compartir con los niños esos ratos junto a su cama donde leerles un libro o simplemente hablar para preguntarles por su día, es un ritual que fortalece la relación, que mejora la confianza y esos lazos que perduran siempre.

Padre e hijo chocando una mano

Para concluir, la resiliencia en la familia se conforma mediante esas dimensiones donde discurre el amor, el respeto y el compromiso por promover y garantizar el cuidado de todos los miembros. Recordemos, el todo siempre es mayor que la suma de las partes y esto debe definir siempre a toda unidad familiar. Tengámoslo presente.

Fuente: lamenteesmaravillosa.com

Diez consejos para enseñar a ahorrar a los más pequeños

Los jóvenes de entre 18 y 25 años ahorran para hacer crecer su capital (33%), financiarse los estudios (22%) y para cubrir posibles imprevistos (20%), según datos del Barómetro del Ahorro del 2019 del BBVA. Una buena educación financiera es clave para el ahorro y una sociedad analfabeta en este sentido tiene un efecto perjudicial para sí misma y para la economía de un país. «Varios estudios demuestran que una mejora en laformación financiera de la población mejora el comportamiento en aspectos como el ahorro, la planificación de la jubilación, la adquisición de productos financieros de inversión o la selección de créditos, hipotecas o refinanciaciones», explica Elisabet Ruiz-Dotras, profesora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC. Para la experta, la manera de entender el dinero y de relacionarnos con él responde a el que las personas de referencia nos han trasladado a lo largo de la vida, principalmente padres y profesores.

«La educación financiera debe comenzar en la familia y debe continuar en las escuelas, y debería seguir en la universidad, porque nos relacionamos con el dinero constantemente. Tal como se enseña a reciclar o una dieta sana y equilibrada, también se debería enseñar el valor del dinero, las diferentes monedas y qué son el ahorro y la inversión», considera Ruiz-Dotras.

Consejos para las nuevas generaciones

Ahorrar con una hucha. «Es bueno que desde pequeños los niños aprendan a ahorrar, un buen regalo es una hucha», detalla la experta. Se considera útil que desde pequeños se socialicen con conceptos y nomenclaturas financieras, y que hacia los 6 o 7 años empiecen a desarrollar hábitos.

Recompensar el esfuerzo. Aprender que detrás de un valor monetario hay un esfuerzo, es importante. Es bueno enseñarles a ahorrar remunerándolos con lo que puntualmente represente un esfuerzo para ellos. «No se trata de dar dinero porque sí, han de aprender a valorarlo», explica Ruiz-Dotras.

Contar dinero. Según Ruiz-Dotras, es importante enseñarles a contar el dinero de la hucha para que sepan el valor que tiene. El hecho de tener el dinero en metálico ayuda cuando son pequeños a entenderlo mejor y tomar consciencia del dinero.

Abrir una cuenta de ahorro. «Cuando son algo más mayores, es bueno tener una cuenta de ahorro y que los jóvenes entiendan que detrás de este dinero hay un esfuerzo», afirma, aunque añade que «también puede ser un regalo en ocasiones especiales». Según datos de los boletines Pisa in Focus de 2017, en España los estudiantes que disponen de una cuenta bancaria tienen un mejor rendimiento en alfabetización financiera (con una puntuación de más de 20 puntos) que los estudiantes de estatus socioeconómico similar que no tienen una cuenta bancaria.

Hablar del valor temporal del dinero. Tienen que entender que a más largo plazo puede haber más rendimiento. «Los pequeños y los no tan pequeños a menudo son impacientes y prefieren una unidad hoy de lo que más les gusta que dos unidades mañana. Los jóvenes y los no tan jóvenes deben aprender a tener paciencia cuando hablamos de dinero», explica Ruiz-Dotras. Según la experta, a menudo las personas cuando ven que algún producto financiero pierde dinero, lo cancelan enseguida en lugar de esperar, aunque quizá sería lo mejor. Este aspecto es importante principalmente para las nuevas generaciones que están acostumbradas a la inmediatez.

Entender para qué sirven los ahorros. «Si quieren algo especial es importante que hagan uso de ese dinero; es contraproducente comprarles todo lo que quieren porque entonces no dan ningún valor al dinero ni hacen ningún esfuerzo para obtenerlo, y, a la larga, de más mayores, esto les puede llevar al hábito de gastarse todo el dinero», afirma.

Hacerlos partícipes del hábito de ahorro en casa y en la escuela. La socialización primaria es importante para tener un buen ejemplo, y el entorno educativo y el hogar son buenos lugares. Ruiz-Dotras recomienda que los padres expliquen a los hijos cómo ahorran, del mismo modo que en la escuela puede haber una hucha donde puedan ahorrar y usen dinero de juguete.

Buscar maneras creativas para «ganar» dinero. En las escuelas, principalmente cuando se estudian matemáticas, es importante trabajar ejemplos en los que se sume o se gane dinero en lugar de perderlo. «Deesta manera se empieza a programar la mente de manera positiva con respecto al dinero», explica.

Entender qué conlleva una mala gestión del dinero. «Los padres deben ayudarlos a entender que un mal uso del dinero hace que no se tenga cuando se necesita», explica. Una opción es tener un teléfono de prepago para que gestionen el uso del dinero a medida que consumen minutos sabiendo que les ha de durar un mes. Para Ruiz-Dotras es importante porque cada vez más se paga digitalmente, solo un 39 % de los españoles opta por pagar en metálico sus compras y los mileniales hacen el 80 % de los pagos con tarjeta. «Este fenómeno contribuye a que se pierda la conciencia del dinero y de su valor porque dejemos de tocarlo, y por tanto es positivo buscar maneras alternativas para desarrollar esta conciencia», afirma.

Ganarse la paga, no regalarla. «Si se opta por dar un importe cada semana a los jóvenes, este importe debe ser a cambio de algún esfuerzo, no es bueno que sea sin motivo», advierte Ruiz-Dotras. Sin embargo, según el informe PISA de 2017, el 80 % de los estudiantes conseguía dinero en forma de regalos. «Los adultos conseguimos una remuneración a cambio de un trabajo y eso también lo deben aprender los jóvenes», explica Ruiz-Dotras. Es importante enseñarles a administrar ese dinero a lo largo de la semana, a ahorrar por si se necesita más adelante, y, en caso de que se les hayan acabado los ahorros, se les puede ofrecer un “préstamo familiar” que tengan que ir volviendo. «De este modo se comienza a conocer el lenguaje financiero», considera Ruiz-Dotras, también investigadora del grupo de investigación DigiBiz de la UOC.

 

Fuente: abc.es

 

Cómo tratar a un adolescente agresivo

A menudo los padres de adolescentes y personas cercanas a ellos, se enfrentan a una situación cada vez más preocupante dentro de la sociedad como lo es la agresividad en la adolescencia. Es un tema que requiere de mucha atención ya que cada vez es mayor el número de jóvenes que muestran conductas agresivas. Pero, ¿cuáles son las causas de estas conductas?, ¿de qué manera se puede acaba con ellas? Estas son algunas de las interrogantes que surgen alrededor de este tema de interés social.

Cuáles son las características de los adolescentes agresivos

Como ya sabemos, la adolescencia es una etapa de continuos cambios y transformaciones a nivel corporal y psíquico. El adolescente se encuentra en un momento en el que tiene que aprender a lidiar con todos estos cambios que van surgiendo y poco a poco ir estableciendo su rol dentro de la sociedad y la familia. En muchas ocasiones, ante este largo y duro camino, en algunos adolescentes pueden llegar a aparecer conductas agresivas como manera de expresar sus emociones aunque también pueden aparecer a causa de otros factores.

El papel que juegan los padres en la educación de los hijos es un factor clave para el desarrollo de la agresividad. La agresividad incluye diversos tipos de comportamientos, como pueden ser agresión física y verbal, arranques de ira, peleas, amenazas, gritos, crueldad, etc. Es importante mencionar que debido a que la agresividad es un comportamiento aprendido, también se puede erradicar y modificar por otro tipo de conductas más adaptativas.

Es importante conocer cuales son las características que tienen en común los adolescentes agresivos las cuales incluso pueden detectarse desde la niñez. El detectar estas conductas a tiempo puede ayudarnos también a erradicarlas. Algunas de las características típicas de un adolescente agresivo son las siguientes:

  • Tienen bajos sentimientos de culpa. Niños o adolescentes que muestran poca o nada de empatía hacia las personas o animales a los que se les hace daño de manera directa o indirecta. Por lo que no reparan sus errores ni se sienten culpables por lo que han hecho.
  • Suelen ser muy impulsivos, tienen un pobre autocontrol sobre sus actitudes y emociones.
  • Tienden a tener un bajo rendimiento escolar y actitudes negativas hacia todo lo que tenga que ver con la situación escolar.
  • Muestran una baja tolerancia a la frustración.
  • Hacen comentarios agresivos.
  • Son propensos a entrar en peleas con los demás.
  • Les gusta realizar actividades que estén relacionadas con la violencia, por ejemplo, tienen un gusto especial por deportes agresivos, videojuegos, películas, etc.
  • Las personas a su alrededor se quejan constantemente por su mal comportamiento y agresividad.
  • Suelen provocar a los demás para que reaccionen con violencia.
  • Cuando se les castiga o corrige se enfadan.
  • No cumplen las reglas y normas que se les imponen.
  • Rompen objetos cuando están enojados.

Cuáles son las causas de la agresividad en la adolescencia

Existen muchos factores que pueden influir para que un adolescente comience a desarrollar conductas agresivas. Algunos de estos factores son los siguientes:

  • Ser hijo de padres que mantengan conductas agresivas. Un adolescente que tiene uno o ambos padres agresivos, es más propenso a que desarrolle este tipo de conductas debido a que los padres son el ejemplo a seguir de los hijos.
  • Adolescentes a los que se les ha educado sin ponerles límites. Los padres que son demasiado permisivos con los hijos, que los tratan como iguales y no ejercen su autoridad sobre ellos, suelen provocar que sus hijos comiencen a adoptar actitudes agresivas. Son jóvenes que están acostumbrados a hacer siempre lo que quieren, a saltarse las reglas y a comportarse de manera irrespetuosa con los demás, especialmente con las figuras de autoridad.
  • Cuando el adolescente ha sufrido abusos de cualquier tipo (sexual, físico, emocional, etc) por lo que canaliza esa frustración y emociones por medio de la agresión.
  • El abuso del alcohol y/o drogas puede influir para que el adolescente comience a adoptar conductas agresivas.
  • Cuando los adolescentes se sienten rechazados por sus iguales y por la sociedad, aparte de despertar en ellos emociones como la tristeza, en algunas ocasiones pueden también comenzar a desarrollar conductas agresivas como mecanismo de defensa ante esta situación.
  • Los adolescentes que se encuentran en un ambiente familiar estresante (por ejemplo porque tienen importantes problemas económicos, por separación o divorcio de los padres, abandono de alguno de los padres, pérdida de algún integrante de la familia, enfermedades graves, constantes conflictos familiares, etc.)
  • Algunas enfermedades psíquicas o físicas pueden desencadenar en conductas agresivas (depresión, esquizofrenia, epilepsia, retraso mental, etc.)
  • Problemas de aprendizaje

Consejos para tratar a un adolescente agresivo

Después de haber identificado cuales son las características típicas en los adolescentes agresivos y de haber entendido el origen de este tipo de comportamientos, vamos a detallar una serie de consejos útiles para saber cómo tratar a un adolescente agresivo y así mismo lograr reducir este tipo de conductas, las cuales como vimos al comienzo de este artículo se pueden erradicar.

Recibir orientación profesional

Cuando la situación se ha salido de control, el adolescente ha perdido todo tipo de respeto hacia los padres o figuras de autoridad, si se encuentra muy agresivo y puede ponerse en peligro y/o a poner en peligro a los demás, es de gran utilidad acudir con un profesional para recibir ayuda. El profesional se encargará de orientar a los padres para que dependiendo de su situación individual puedan adoptar medidas para comenzar a ejercer la autoridad sobre sus hijos de manera pacifista y constructiva.

En algunas situaciones el adolescente tendrá que comenzar una terapia psicológica la cual tendrá como principal objetivo enseñarlo a manejar su frustración de manera adecuada. Dependiendo de la situación personal, la psicoterapia podría ser combinada con la administración de algunos fármacos.

Establecer reglas y límites

Es necesario que los padres establezcan en casa reglas y límites claros para los hijos. Para ello es importante tener en cuenta que ambos padres se tienen que poner de acuerdo para llevarlos a cabo ya que no deben haber contradicciones entre lo que diga uno y el otro. No es necesario que se pongan demasiadas reglas, sin embargo éstas deben cumplirse de manera obligatoria.

Uno de los errores más comunes que cometen los padres es establecer una serie de normas y al final no cumplirlas, por lo tanto el mensaje que se le envía al hijo es que éstas se pueden pasar por alto cuando ellos lo deseen. Es necesario saber que si se decide aplicar un castigo a los hijos, se esté seguro de que se va a cumplirlo, sino es mejor no hacerlo. Algunas de las reglas que se deben de imponer al adolescente tienen que ver con los horarios que tienen que cumplir, sus responsabilidades en casa y en la escuela, reglas fuera de casa, etc.

Comenzar por dar el ejemplo

Recordar que como padres o figuras de autoridad se es el ejemplo a seguir de los hijos. Por lo que el promover las conductas adecuadas mediante la realización de las mismas en su vida diaria ayudará a que los hijos logren imitarlas y así mismo terminen por adoptarlas. Es necesario que saber que si el adolescente suele hacer constantes provocaciones para que se responda con violencia y agresividad, no hay que caer en su juego. Hay que evitar responder con gritos, insultos, etc. de manera que se les transmita el mensaje de la no violencia para así reforzar en ellos las conductas correctas.

Nunca recurrir a la violencia física o psicológica

En muchas ocasiones, los padres desesperados por las conductas agresivas de sus hijos optan por pegarles o agredirlos verbalmente para tratar de tenerlos bajo control. Sin embargo, el hacerlo refuerza aún más este tipo de conductas. Se debe de evitar perder el control ante este tipo de situaciones porque sino lo único que se le enseña a los hijos es que todo se resuelve con violencia.

Si te encuentras muy alterado y sientes que comienzas a perder el control, es mejor que te vayas a otra habitación a solas y trates de tranquilizarte, cuando te encuentres más tranquilo abordas a tu hijo y dialogas acerca de la situación. Para tranquilizarse más rápidamente se pueden realizar ejercicios de relajación basados en la respiración como lo es la respiración diafragmática.

Promover la buena comunicación

Es necesario que se mantenga una buena comunicación con el adolescente. Una manera de hacerlo es ganarse su confianza mediante la comprensión y la empatía. Para ello, se debe de evitar juzgarlo y aunque no se esté de acuerdo muchas veces con el, hay que escucharlo hasta el final y ponerse en su lugar para saber realmente como se siente.

Hay que hacerle saber que se está de su lado y que se desea ante todo su bienestar. De esta manera se puede averiguar que es lo que le está pasando en realidad y porque está adoptando esas conductas agresivas. Una vez que se identifica de donde provienen se le puede ayudar y orientar de una mejor manera para que logre expresar su enojo y frustración de una manera menos perjudicial para él y para las personas que le rodean.

Tener paciencia

El mantener la calma es una de las claves a la hora de tratar a un adolescente agresivo y sin embargo una de las cosas más difíciles. Hay que recordar en todo momento que la adolescencia de por sí es una etapa difícil por la que todos hemos pasado en algún momento. El adolescente necesita del ejemplo y el apoyo de sus padres, sobre todo cuando está enojado porque es señal de que algo está mal en él y por lo tanto, aunque a veces así no lo parezca, no lo está pasando nada bien. Cuando se le tiene paciencia y se le atiende y entiende se sentirá más aceptado y protegido cuando más lo necesita.

Fuente: www.psicologia-online.com

Estas son las tareas que ya debería hacer tu hijo a su edad

Ya sea por las prisas o por comodidad, muchos padres acostumbran a no dejar que sus hijos realicen ciertas tareas para las que están perfectamente capacitados. Atarse los cordones, llevar su plato al fregadero, hacerse la cama, recoger los juguetes de la habitación, vestirse… Asumen que sus hijos tardarán más en llevar a cabo estas labores sin pensar que el verdadero efecto sobre ellos es que impiden que se desarrollen conforme a su propia evolución y sean incapaces de aprender lo que significa ser responsables.

No obstante, hay familias en las que se llega a cuestionar a qué edad deben asumir los pequeños ciertos hábitos. En un intento de ayudarles a salir de dudas, Montse Julia, coordinadora del equipo directivo y coordinadora pedagógica de Infantil y Primaria del Colegio Montessori Palau, ha elaborado para ABC un esquema de las principales tareas para las que están preparados según su edad.

Antes de caminar:

Orientaciones generales:

Mostrar al niño todo lo que se hace

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Explicar al niño lo que va sucediendo.

Hacerle participar de las tareas relacionadas con el cuidado de la persona.

Experiencia en el suelo práctica de movimiento.

– En casa

Observar y escuchar como se preparan sus comidas y los ingredientes.

– Participación en sociedad:

Hacer participar al niño de lo que hacemos fuera de casa, si es adecuado a su edad.

Desde que camina hasta los 2 años y medio:

Orientaciones generales:

El niño puede participar en muchas actividades y practicarlas: Lo mostramos y lo hacemos, lo hacemos juntos y el niño terminará haciéndolo solo.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Ir a buscar pañales y toallitas.

Ducharse (básico).

Escoger la ropa (entre dos o tres alternativas).

Vestirse y desvestirse (a excepción de algunas piezas).

Lavarse la cara y manos.

Cepillarse los dientes.

Comer solo.

Olvidarse de los biberones.

Controlar los esfínteres.

Recoger los juguetes, libros y guardarlos

Prepara las cosas para ir al colegio

– En casa:

Recoger ropa sucia y llevarla a lavar.

Hacer la cama (si es baja).

Poner la mesa.

Practicar barrer, fregar y aspiradora.

Separar residuos de basura.

Doblar trapos.

Limpiar el polvo.

– En la cocina:

Pelar y cortar un plátano con un cuchillo.

Desgranar guisantes, habas…Pelar huevos durso.

Hacer zumo de naranja.

– Participación en sociedad:

Entrenarse a parar en la acera.

Escuchar la dirección de su casa con frecuencia.

De 2 y medio a 5 años:

Orientaciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía. Facilitar y dar oportunidades para que experimente la espere, guarde silencio.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Abrillantar zapatos.

Ducharse bien.

Participar al hacer una maleta.

– En casa:

Barrer y fregar.

Aspirar

Limpiar el polvo a fondo.

Lavar platos, vasos y cubiertos a mano.

Limpiar sanitarios.

Arrancar las malas hierbas y recoger hojas secas.

Cargar y vaciar el lavavajillas.

Regar plantas.

Preparar jarrones de flores (más sofisticado).

– En la cocina:

Preparar ensalada.

Preparar desayuno y merienda.

Pelar zanahorias (rascándolas).

Cortar lechuga.

Preparar bocadillos.

Seis años:

Orientaciones:

Ir ampliando el campo de autonomía. Obedecer y aumentar la libertad. Facilitar y dar oportunidades para que experimente la espera, guarde silencio.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Peinarse (sencillo).

Diferenciar ropa de verano de la de invierno.

Conocer el día de la semana en el que se está y los horarios propios.

Conocer los cumpleaños de los miembros más allegados a la familia.

Contestar el teléfono y coger los recados y darlos correctamente

Practicar actividades físicas sin especialización como actividad de desarrollo saludable y de diversión.

Hacerse la maleta de viaje con supervisión.

Tomar conciencia de aspectos básicos relacionados con la sexualidad de acuerdo con los valores familiares.

– En casa:

Poner el lavavajillas.

Separar la ropa por grupos de lavado.

Quitar malas hierbas.

Guardar la compra.

Saber cerrar la casa.

Saber ser anfitrión en las fiestas con invitados.

Alimentar a las mascotas.

– Participación en sociedad:

Saber cómo actuar en caso de perderse (policía, tienda…).

Conocer las normas de civismo.

Dar la visión de la familia ante la muerte de personas, mascotas…

Siete años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía facilitando que experimente pequeñas consecuencias de sus actos y frustraciones.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Apreciar la propia higiene.

Conocer los teléfonos de urgencias (ambulancias, bomberos…)

Medicaciones (en caso de haberlas) saber para qué sirven y las precauciones.

– En casa:

Poner lavadoras.

Tender, doblar y colgar ropa limpia.

Hacer la compra.

Conocer los peligros de la casa (gas, electricidad, productos tóxicos, conocer precauciones).

Saber dónde se guardan las cosas.

Pasear a las mascotas.

Cocinar huevos revueltos, duros, tortilla, francesa y carne a la plancha.

Cocinar pasta, arroz y verdura hervidos.

Conocer los alimentos sanos y saber escoger menús equilibrados.

– Participación en sociedad:

Conocer las leyes que rigen la sociedad como propiedad privada, respeto a la intimidad, derechos de imagen…

Conocer las normas viarias básicas como peatón y como conductor.

– Ética y moral

Reflexionar y saber qué hacer ante una persona con la que no te llevas bien o de carácter extraño.

Dar a conocer el código ético familiar.

Compartir la visión del concepto de pareja, familia, relacionado con la sexualidad.

Ocho años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía facilitando que experimente pequeñas consecuencias de sus actos y frustraciones.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Peinarse, más sofisticado. Saber realizar pequeñas curas de rascadas, picadas, tratarse los piojos.

Conocer el propio peso, altura, talla, número de zapatos.

Iniciar algún tipo de especialización deportiva como actividad de desarrollo, saludable y de diversión.

Conocer los cambios del cuerpo de acuerdo con la edad.

– En casa

Planchar sencillo.

Cambiar bombillas

Feír pescado o verduras o patatas.

Pelar patatas (dependiendo de la fuerza).

– Participación en sociedad:

Ir a diferentes sitios cercanos a pie solo.

Ética y moral

Conocer la actitud de la familia ante la pobreza, los países del tercer mundo y problemas sociales.

Conocer la actitud de la familia ante la guerra, inmigración, marginación.

Nueve años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía facilitando que experimente pequeñas consecuencias de sus actos y frustraciones.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Saber realizar pequeñas curas de arañazos, tratarse piojos

Conocer las enfermedades crónicas propias o de hermanos y padres y saber las pautas a seguir.

Saber cuándo abrigarse.

Hacerse la maleta de viaje autónomamente.

Tomar conciencia progresivamente de aspectos más amplios relacionados con la sexualidad de acuerdo con los valores familiares.

– En casa

Planchar todo.

Seguir una receta.

– Ética y moral

Conocer la relación de la familia con el dinero: las prioridades.

Reflexionar y saber la razón de vida, el motor de vida de los padres, dar respuestas a preguntas trascendentes, reflexionar sobre religiones y creencias en el mundo.

Autoconocimiento: tomar conciencia cuando uno no está de buen humor.

Escoger las personas de confianza, los buenos amigos, compartir cosas y sentimientos con ellos.

Diez años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía facilitando que experimente pequeñas consecuencias de sus actos y frustraciones.

– Cuidado de la persona, salud y relaciones cercanas:

Conocer los peligros para la salud de las drogas alcohol, trabajo, y las consecuencias del mal uso y abuso.

Custodiar su documentación sanitaria, targeta sanitaria, libro de vacunaciones, conocer las vacunas básicas.

– En casa:

Sacar la basura.

Saber comprobar los puntos clave para cerrar la casa seguridad, alarmas…

Cuidado de las mascotas incluyendo algunos temas básicos médicos.

– Participación en sociedad:

Conocer el funcionamiento de la sociedad, (bancos, oficios, agentes sociales, administraciones…)

– Ética y moral

Conocer las opciones políticas de casa, razonamientos y argumentos.

Haber adquirido empatía, reconocer cuando los demás no están bien.

Once años:

Consideraciones generales:

Ir ampliando el campo de autonomía responsable

– En casa:

Conocer los cambios del cuerpo de acuerdo con la edad tanto para el propio sexo como para el opuesto.

Conocer todas las tareas de la casa.

Sbir un diferencial.

Llamar a los operarios necesarios.

Llamadas de urgencia.

– Ética y moral

Aprender a afrontar problemas buscando soluciones.

Doce años:

Consideraciones generales:

Un adolescente debe participar de las obligaciones familiares al mismo nivel que un adulto.

– En casa:

Preparar un día a la semana una cena o una comida para la familia. Custodiar toda a documentación personal: DNI, tarjeta sanitaria…

Haber adquirido un buen hábito de práctica regular de actividad física como fuente de salud, equilibrio y diversión.

Conocer y saber realizar las tareas básicas del jardín.

Responsabilidad compartida sobre todos los aspectos relacionados con las mascotas, veterinario, vacunas,..

Cocinar y conocer platos para un menú básico.

– Participación en sociedad:

Realizar encargos básicos para la familia.

De ‘rompehogares’ a cuidadora

Cuando él abandonó a mi madre por una mujer muchísimo más joven, nunca esperé que un día me iba a sentir agradecida con ella.

Es alta en comparación al promedio de mujeres chinas; parece casi jugadora de voleibol olímpica. Tiene un torso largo y su cara es ancha. Un polvo rosa oscuro acentúa sus pómulos.

“Los rasgos de una campesina”, solía decir mi madre sobre ella. “No es hermosa, ¡ni siquiera bonita!”.

Mi padre no opinaba lo mismo.

Hace veinticinco años él dejó a mi madre para estar con esa mujer, entonces una estudiante de posgrado en su departamento que era tres décadas más joven.

Ella se volvió su esposa (nunca la llamaré madrastra). La casa de mi padre se volvió la casa de él con su esposa. Aunque a estas alturas se siente más como el hogar de ella, con sus baratijas, zapatillas de plástico y montones de trabajos pendientes de calificar. Ya no me refiero a los viajes de fin de semana allí como ir a casa, que implica calidez y un sentimiento de bienvenida, sino como ir de visita, algo completamente distinto.

Durante una visita reciente, ella preparó la avena de mi padre con almendras y linaza y se lo dio de comer una cucharada a la vez. Entre cucharadas él solo murmullaba. En ocasiones la voz de mi padre denota irritación; esa mañana mostraba más bien una benigna confusión.
“Mira quién es”, dijo ella.

Llamé a mis dos hijos para que se acercaran, lo que hicieron incómodos. “Hola Gung-Gung”, dijo mi bebé de 6 años, y mi padre abrió sus ojos.

“Hola ba, ¡estamos aquí!”, dije.

“Oh, ¡hola, hola!”, respondió, con el entusiasmo de un cachorro. Sacó una mano debajo de su cobija gruesa y los niños sonrieron. Él no recuerda sus nombres.

Hace veinticinco años, mi padre era profesor de Física Teórica y muy carismático, con una mente sumamente ágil. ¿Cómo sucedió esto? ¿Será que alguna vez la vio en la primera fila de su clase, donde ella siempre hacía las preguntas más pertinentes? ¿O acaso ella visitó su cubículo durante las horas de asesoría, primero algo incierta y acompañada por otro estudiante y, ya después, ella sola? ¿Fue él como un casanova motivado por la lujuria o tuvieron un acercamiento gradual impulsado por su fascinación mutua con la superconductividad de alta temperatura? ¿Quién dio el primer paso?

“Ella viene desde China continental, ¡claro que es cazafortunas!”, decía seguido mi madre. “Green card y dinero. Tu ba es muy tonto, ¡solo sabe de Física!”.

En ese entonces le daba la razón a mi mamá, por lealtad. Claro que sí. Como hija, como una mujer joven, como feminista. Mi madre era fuerte, pero esto era doloroso.

Después de intercambiar los saludos, la esposa de mi padre siguió dándole la avena a cucharadas. Yo me senté cerca de donde mi papá tenía sus pies. Ella habló con un tono animado y ruidoso sin siquiera voltear a verme. A lo largo de los años nunca me ha pedido ayuda y ha ignorado mis ofertas para ayudar; ahora estamos atrincheradas en un lugar donde es menos incómodo si no ofrezco hacerlo, y me pregunto si debería haberlo intentado con mayor insistencia.

Mi madre ya no vive, pero sigo escuchando su voz: “Es la rompehogares”.

No culpo a mi padre. Él estaba descontento. Nunca entendí el matrimonio de mis padres: ella lo molestaba, él le gritaba, los dos peleaban y ella hacía como si nada.

Recuerdo cuando era niña que lo veía caminar en círculos muy concentrado por la casa. “¿Otra vez estás trabajando?”, le preguntaba. “Ajá”, respondía, con una enorme sonrisa. Amaba que estar caminando en círculos mientras pensaba era parte de su trabajo. Para enseñarnos matemáticas, nos sentaba en su regazo y nos pedía calcular cuántos pollos y cuántos cerdos había en un corral con dieciocho patas y seis cabezas.

Tampoco culpo a mi madre. Era una mujer práctica que trabajaba de bibliotecaria y crió a tres hijos que tenía que llevar a sus clases de gimnasia y natación y piano; siempre estaba cortando esto y otro en la cocina mientras preparaba el caldo en la estufa.

Creo que la mayor diferencia entre ellos era esta: mi madre nunca esperó tener una vida plena de felicidad y mi padre sí.

Seguro era la crisis de mediana edad, pensamos (aunque ya casi tenía 60 años cuando sucedió). No va a durar. Y, encima, qué asco (ella tenía veintitantos, igual que yo). Hoy en día, ¿mi padre sería considerado un depredador? En ese entonces, a mediados de los años noventa, ya había murmuraciones, burlas, miradas altaneras. Hoy seguramente él sería blanco de condena. Y ella, si no era la cazafortunas en busca de una green card que decía mi madre, definitivamente era ingenua, una jovencita tonta o fácilmente engañada. Hoy seguramente alguien la haría darse cuenta de la tontería para evitar que siguiera.

El deterioro de mi padre se fue haciendo evidente a lo largo de varios años. Primero se volvió olvidadizo, con lapsus fáciles de perdonarle. Luego empezó a contar siempre las mismas historias, repetidas varios días seguidos, luego cada par de horas, cada par de minutos, después de solo unos segundos. Una mañana se perdió camino a la universidad en un trayecto en el que había conducido por más de cuarenta años. Un estudiante muy gentil se lo encontró cuando mi padre estaba aterrado y lo acompañó hasta su oficina. La imagen del profesor distraído cambió por completo.

En otra ocasión me llamó y sonaba histérico. “Estaba haciendo mis cálculos y de repente me sentí tan nublado que no sabía ni dónde estaba. Hija, ¿me estás escuchando? Si pierdo la cabeza, ya no quiero vivir”.

Empezó a llorar. Yo no sabía qué decirle. Pensaba que mi padre, como todos los padres, era invencible.

Su deterioro no se sentía tan grave por la rutina invariable en las visitas de fin de semana. Teníamos rituales: ir al bufé chino (donde ella llevaba sus propias hojas de té para tomar); cenar en Red Lobster (donde él ordenaba el surf and turf, tradicional mar y montaña); tener prendida todo el tiempo la televisión de 60 pulgadas sintonizada en CNN o telenovelas chinas.

Salíamos a caminar por las veredas del vecindario suburbano; primero con uno de mis hijos en la carriola; luego él, agarrado del brazo de su esposa mientras mis hijos se correteaban más adelante; después, con uno de nosotros empujando su silla de ruedas y él con una cobija en el regazo. Ahora que tiene 83 años apenas si sale. No puede caminar ni orinar ni comer por sí solo. Ella lo sienta frente a la ventana con las persianas arriba en días soleados.

Ella es cordial y amable con los niños. Aunque nunca pregunta sobre cómo les va en la escuela ni en sus actividades o si tenemos planes para el verano. A veces intento entablar una conversación: “¿Cuántas clases vas a dar este semestre?”. “¿Ha estado haciendo mucho frío?”. “¿Qué tal está comiendo?”.

Ella es amable pero nunca baja la guardia. Tal vez sea cultural o tal vez sea que para ella no soy más que la hija de mi madre.

Lo cierto es que la esposa de mi papá no parece estar resentida conmigo. Quizá recelosa. A veces su tono hacia mí es hasta cortante.

Y ahí escucho las advertencias de mi mamá: “No te dejes engañar por ella”.

Sin embargo, también tiene un toque muy gentil cada vez que se acerca a mi padre para ajustar su gorra de béisbol o sus calcetas grises o los lentes en su nariz. Cuando se sientan en el sofá, ella se queda pegada a él.

Podría haberlo llevado a un hogar, o contratado a una enfermera para que lo cuidara o a todo un elenco de asistentes en el hogar.

Pero ella no lo ha hecho.

A veces los espío. Ella sigue agarrándolo de la mano hasta cuando no hay nadie más presente.

Alguna vez fueron coautores de artículos académicos; discutían sobre política mientras comían pistaches en la cama y veían The Bachelor. Alguna vez fueron una pareja que conducía dos horas solo para ir a un lugar de comida estilo dim sum o que de repente volaban a Asia para alguna reunión de egresados de su colegio. Era evidente, aunque nunca fue fácil para mí aceptarlo, lo bien que el intelecto, curiosidad y sentido de asombro de la esposa de mi padre encajaba con los de él.

Ella no tenia cómo saber qué el iba a terminar así.

Se acercaba la hora de cenar cuando mi hijo de 8 años preguntó si íbamos a ir al bufé chino “como siempre”.

“Como siempre” se acabará un día, y pronto.

Para irnos fue complicado lograr subir a mi padre a la camioneta, aunque ella tiene el asunto bien practicado: Aquí va el pie derecho, pon aquí la mano izquierda, ¡cuidado con la cabeza! Ok, ya estás sentado, relájate.

Antes de que él se relajara, ella había estado cargando cada gramo de su peso.

Me di cuenta de que ella podía hacerlo porque él ha adelgazado mucho. Ya prácticamente es solo huesos. El que su esposa siga teniendo fortaleza se ha vuelto muy importante, una ventaja práctica. En esos momentos pienso: “Qué buena elección tomó mi padre. Qué suerte tengo. Si no lo hiciera ella, lo tendría que hacer yo, pese a que no tengo nada de su gracia como cuidadora”.

Al llegar al bufé, la persona en la recepción nos dijo: “¡Cuánto tiempo sin verlos!”.

Mi padre comió con un babero de tela. Su plato fue llenado por la esposa con costillitas y carne con salsa dulce y jengibre. La esposa partió las patas de cangrejo con sus dientes para que él pudiera comerlas. Una hora después, de regreso en la casa, ella le estaba dando lo que había sobrado.

“¿Todavía tienes hambre, ba?”, le dije, con un palmadita a la cabeza.

“Tiene buen apetito”, me dijo ella, y las dos sonreímos como si se tratara de un bebé que se terminó su botella de leche. Cuando estábamos limpiando la mesa él empezó a murmullar. “¡Ah, ya sálganse!”. Su molestia retumbó por el aire. Las personas con demencia casi nunca muestran gratitud. Pero ella podría irse.

No lo ha hecho. No lo hará.

“Abre bien”, le pidió a mi padre, para pasar hilo dental por sus dientes.

Me pregunto qué dirá la gente de ellos ahora. Aunque las opiniones de la sociedad no importan; a ellos nunca les importaron.

Por más que sea desdeñado o desagradable a la vista, su matrimonio me ha enseñado que no hay que emitir juicios prematuros.

Ella sigue ahí; alta, orgullosa, resiliente. Para bien o para mal, hasta que la muerte los separe.

Sin duda es amor. (Perdóname, ma).

Es amor: atrincherado, digno de respeto, de admiración y, sí, de gratitud.

Fuente: TheNewYorkTimes

Colegio decide enseñar a sus alumnos cómo coser, planchar y cocinar

Un colegio de España sorprendió al mundo luego de decidir implementar una particular clase extraprogramática para inculcar a sus alumnos masculinos sobre la igualdad de géneroa la hora de formar una familia.

El Colegio Montecastelo, de la ciudad de Vigo, sumó clases de cocina, planchado y varias otras actividades “del hogar”, bajo el lema “La igualdad se aprende con hechos”.

Según el coordinador del establecimiento, Gabriel Bravo, estas actividades se realizan para que “el día de mañana estos hombres puedan aportar en sus casas cuando formen una familia”.

“Nos parecía muy útil que nuestros alumnos aprendiesen a realizar estas tareas para que cuando algún día formen una familia se impliquen desde el principio y sepan que una casa es cosa de dos, que no es cuestión de la mujer limpiar, poner el lavavajillas y planchar. Esto permitirá que vayan tomando conciencia y sabrán manejarse en el hogar”, agregó Bravo.

Las clases son impartidas tanto por profesores como por apoderados, todos hombres, y han tenido una buena aceptación por los alumnos, quienes incluso aprendieron costura. “Tenían cierta reticencia, pero se lo tomaron con una actitud positiva. Fue divertido e instructivo a la vez. Estamos bastante sorprendidos y los padres muy contentos”, dijo el docente a cargo.

Fuente: mega.cl

Minerd inicia plan para integrar las familias a las escuelas

El Ministerio de Educación (MINERD) desarrolla un plan nacional dirigido a lograr la integración de las familias al proceso educativo de los estudiantes, con el apoyo de las asociaciones de padres, madres y amigos de la escuela (APMAE), las iglesias y de distintas entidades comunitarias.

El plan, instruido por el ministro Antonio Peña Mirabal a la Dirección de Participación Comunitaria del Minerd, busca garantizar el buen desempeño de los alumnos en las aulas, con un seguimiento de mayor compromiso de las familias.

Agustín Hernández, director de Participación Comunitaria, llamó a los directivos de las APMAE a tener una comunicación más fluida con los docentes y con los directores de los planteles escolares, “en una necesaria disposición de colaboración para generar ambientes óptimos a lo interno de los planteles escolares, pero, además, con la clara visión de que pueden jugar un rol decisivo en la mejora del proceso enseñanza-aprendizaje”.

Expresó que unos padres totalmente al pendiente de la formación de sus hijos, están llamados a constituirse en el principal aliado del Minerd en su objetivo de crear las condiciones para la generación de una sociedad con mejores niveles de educación con un concepto integral.

El funcionario recordó que las APMAE son organismos de participación con el propósito de que los padres se integren a todos los planes, programas y proyectos relacionados con los centros educativos, así como apoyar el trabajo por la mejora de los servicios educativos.

“Tal como ha insistido el ministro Peña Mirabal, la escuela no puede hacer sola ese arduo y permanente trabajo de formar a los estudiantes; se requiere de esa valiosa y oportuna participación de la familia, en su rol de principal núcleo de la sociedad”, refirió Hernández.

Agregó que en el plan de integración familiar se pondrá a los centros educativos al servicio de las comunidades, a través programas de actividades comunes en los cuales se envuelvan estudiantes, los padres, juntas de vecinos, y las entidades comunitarias, entre otros actores.

“Hemos elaborado un plan de integración de las familias que contempla varias actividades en cada plantel escolar, en cuatro dimensiones durante todo el año lectivo 2019-2020, con la coordinación de técnicos del Minerd, las regionales y los distritos educativos”, subrayó.

Hernández exhortó a los padres a participar en el próximo proceso de escogencia de los directivos de las APMAE en cada centro educativo, proceso que se iniciará el próximo mes de septiembre y concluirá en octubre con la conformación de las directivas.

En casa se pueden hacer muchas cosas para que tus hijos no hereden tu fobia a las Matemáticas

Conseguir que los niños disfruten aprendiendo es fácil si se incorporan a la rutina cotidiana

Cuando los niños comienzan la escuela algunos padres reviven como una auténtica pesadilla el “miedo a las mates” de sus años de infancia. Se trata de uno de los bloqueos más reconocidos por las familias, que se ven incapaces de fomentar y reforzar los conceptos que los pequeños están aprendiendo en clase y se agarran a las academias y las extraescolares delegando esta tarea. Pero, ¿por qué es tan habitual que se atasquen las matemáticas? «Como todas las cosas complicadas -responde Malena Martín, madre, licenciada en matemáticas, profesora de secundaria y fundadora de la plataforma Aprendiendo Matemáticas, «pero sin duda el principal motivo es la forma en la que nos han enseñado. Si en el colegio el ritmo de las clases no es el adecuado para nuestros hijos, las explicaciones van demasiado rápidas, o bien la forma en cómo se presentan esas matemáticas es demasiado abstracta… es posible que se pierdan».

Esto se va agravado, prosigue, «por esa creencia tan habitual de «yo no sirvo para los números, no se me dan bien las matemáticas», que encima se transmite de padres a hijos», advierte. Pero sin duda, asegura, «hay otra manera de hacer matemáticas que permite que cualquier niño avance y además, lo haga de manera gratificante, divertida, y disfrutando del proceso, no sufriendo con este».

Según Martín, es posible trabajar las matemáticas de una forma «natural» y convertirla en un hábito que se puede incorporar a la rutina familiar y que permite desterrar viejos temores. ¿Cómo? «En casa podemos estimular el gusto por las matemáticas como ya hacemos por la lectura o con los hábitos de salud. De hecho, es fácil conseguir que los niños dejen de tener miedo y se abran al aprendizaje de las matemáticas si se divierten y comprenden lo que hacen. Si además los padres colaboran con ciertas rutinas, miel sobre hojuelas», asegura esta mujer, que comenzó la licenciatura siendo ya mamá de dos niños pequeños. Sus hijos, reconoce, despertaron en ella la preocupación por mejorar y renovar la didáctica de las matemáticas y la animaron a investigar en el área de las matemáticas manipulativas y lúdicas.

 

Para ella el único modelo que funciona para enseñar las matemáticas de una forma divertida y fácil es el del juego y el uso de materiales manipulativos. «Los niños tienen que ver y tocar las matemáticas. Solo partiendo de ahí, se puede hacer que los niños vayan de manera autónoma descubriendo los conceptos, en lugar de aprendiéndolos de memoria. No es lo mismo partir de la práctica y poco a poco ir llegando a lo abstracto, que partir de esto último». Como ella misma dice, se trata de «un modelo de aprendizaje que conecta con las necesidades y los talentos de cada niño y que favorece el desarrollo del pensamiento lógico de una forma creativa».

Y, sobre todo, respeta la evolución de cada niño. «Los niños menores de seis años deberían el 90% de su tiempo jugando y manipulando material, no con un papel haciendo sumas y restas. En Alemania hasta que no entran en Primaria no hacen nada de números, ni de lecto-escritura, y cuando lo hacen avanzan en cuestión de meses lo que aquí nuestros niños tardan años sufriendo. Es una pena el desconocimiento que hay en algunos colegios sobre el proceso de aprendizaje».

Matemáticas de «estar por casa»

Para comenzar con este aprendizaje Malena Martín nos ofrece cuatro consejos para trabajar las matemáticas desde casa:

Los materiales manipulativos.Son recursos que permiten a los niños aprender practicando. Por ejemplo, con unas regletas numéricas los niños visualizan los números y realizan investigaciones que les llevan a entender por sí mismos las operaciones aritméticas y sus propiedades como la conmutativa de la suma o de la multiplicación. Con un ábaco, los niños aprenden el sistema decimal y desarrollan estrategias de cálculo mental. Hay muchos materiales educativos para aprender matemáticas e incluso nosotros mismos podemos fabricar en casa con cartulinas o reciclando objetos cotidianos como tapones, rollos de papel higiénico o envases.

Los juegos de mesa. Son los grandes aliados para consolidar lo aprendido y desarrollar la memoria. También es recomendable ofrecerles juegos de ingenio y lógica que les ayuden a desarrollar su razonamiento lógico, algo básico en la resolución de problemas matemáticos.

Los libros o cuentos. La literatura es una buena herramienta para acercar las matemáticas desde una perspectiva diferente a la habitual.

Y por último, y más importante: la confianza. «Los padres deben transmitir una actitud tranquila, de confianza, de que sus hijos pueden. Quizás tardarán más que otros, pero ellos pueden. Y si no quieren, pues igual ahora no es su momento. No forzarles y esperar porque seguro, seguro, que lo acaban haciendo».

Fuente: abc.es

 

La tarea de educar: Compartida entre maestro y familia

Emelinda Padilla
Santo Domingo

Acostumbro a recalcar en mis cursos y talleres a maestros y equipos de gestión que “cada niño o niña que llega a la escuela, no lo hace solo/a. Con él/ella viene también su familia y todo lo que ese sistema representa y significa”.

Este reiterado énfasis resulta de una práctica repetida que observo en la realidad de nuestra escuela: “Los maestros y otros actores del quehacer educativo están llenos de prejuicios y creencias con relación a la validez y conveniencia de integrar y dar participación a las familias en los procesos de enseñanza”. Cuando pienso en cómo aportar para lograr cambios en ese sentido, me pregunto si estarán esos maestros formados para que puedan dialogar con las familias u otros adultos sobre sus niños.

Así como en la tarea de educar convergen especialistas de diferentes áreas, es innegable que la familia es determinante en el desarrollo socioemocional, psicomotor y lingüístico del niño. No todas las familias educan a sus hijos de igual forma, la educación de la familia va generando en los niños valores, actitudes, temores, alegrías.  Mientras más se alejan los valores que impone el centro educativo de las formas de crianza de la familia, más difícil será acercarse a ella y a los niños.

Este proceso se torna más complejo cuando la educación está dirigida a familias y niños provenientes de los sectores económicos y sociales menos favorecidos, ya que entran en relación “expectativas, supuestos y mitos recíprocos, provenientes de mundos con códigos culturales distintos”.

Entonces surge otra pregunta: ¿Están los docentes preparados para relacionarse con un mundo cultural distinto de aquel del cuál provienen? Desde ese punto de vista, y reconociendo a este profesional como un ser humano, con creencias y actitudes propias, y no como un mero transmisor de conocimientos, es indispensable que en su formación autoevalúe su desarrollo como persona, de tal forma que reconozca sus fortalezas y debilidades, y se valore a sí mismo, para que de este modo pueda aquilatar a los otros en sus fortalezas, y descubrir también sus limitaciones.

Estoy segura de que muchos de nosotros hemos conocido centros educativos donde está prohibida la entrada de los padres a las aulas de clases y donde sólo se les convoca para informarles sobre tal o cual tema de interés particular o común (“Mientras menos metan sus narices en la escuela, mucho mejor”). Indudablemente esto es el reflejo de los miedos e incertidumbres de los docentes, quienes perciben a las familias de sus alumnos como enemigos y amenazantes para el establecimiento y la cultura que se les entrega.

No obstante, la manera de vivir que tiene la familia es la primera fuente de aprendizaje para los niños y las niñas, y la vida democrática también se aprende en la práctica familiar. En consecuencia, se requiere aprender a integrar la cultura de la familia y los recursos del medio natural y social, como bases fundamentales del proceso educativo.

No podemos continuar enseñando las mismas cosas a niños y niñas de contextos, realidades y culturas diferentes. La estandarización de los contenidos hace que “lo que se enseña” esté muy alejado de los conocimientos, intereses y motivaciones de los estudiantes. Al tiempo de que dificulta cada vez más las posibilidades de integración y participación de las familias en los procesos del aula y en el ambiente diverso que en ella se conjuga.

Pretender contar con familias participativas y cercanas a la vida de la escuela, implica que aceptemos y aprovechemos la riqueza de sus diferencias, valorarlas en vez de rechazarlas, promoverlas en vez de ocultarlas y validarlas en vez de descalificarlas.

Al igual que sus hijos, los padres y todo el sistema familiar que rodea a los alumnos, deben sentirse cómodos en la escuela, aceptados en lo que son y en lo que creen, identificarse con la comunidad educativa y sentirse parte importante de ella.

Así y no de otra forma, la tarea de educar será compartida felizmente entre escuela-familia y comunidad.  Donde todos crecemos, aprendemos y somos parte de un espacio que se relaciona armónica y constructivamente. Una escuela que enseña a todos y con todos..

Familias y escuela: la importancia de la comunicación

El vínculo entre la escuela y la familia tiene como objetivo principal el bienestar y la mejora educativa del alumnado, pero que no por ello carece de incomodidades, desencuentros y fricciones entre las dos partes implicadas… pese a que, de un tiempo a esta parte, se ha ido generando la impresión de que el frente pedagógico ha sido puesto en tela de juicio como autoridad ante las demandas educativas de al menos una parte de las familias. Ante esta situación, y sin ánimo de sentar cátedra al respecto, os proponemos una serie de iniciativas para restaurar esa aparentemente deteriorada confianza y que pasan por reactivar, desde una óptica digital, los canales de comunicación entre la escuela y las familias que le confían a sus hijos e hijas.

Un tándem necesario

Como reflejo de la sociedad en la que se enmarca, la idea de familia ha ido cambiando a lo largo de la Historia, al igual que lo ha ido haciendo la escuela como institución educativa. Así, la variada concepción de la familia que hoy conocemos se definía hasta hace no tanto como un vínculo establecido entre el hombre, la mujer y la descendencia de ambos. Un ideal que fue cambiando en muchos aspectos pero no en uno de sus roles principales, el de la familia como primer agente de socialización de la vida de los niños y niñas que se ven acogidos en su seno, y que perdura en mayor o menor medida hasta la edad escolar de los pequeños. Una franja de edad que, además y con el paso de los años y la creciente escasez de tiempo y posibilidades de muchas familias para dedicarse íntegramente a la educación de su descendencia, se ha ido reduciendo quedando así una parte importantísima de su formación en manos de las instituciones escolares.

Pero ¿y la escuelas? Ya a principios del siglo XX, muchas de las enseñanzas sociales y culturales que en ella se daban, en lo curricular y en lo transversal, tomaban distancias con lo que los alumnos aprendían en casa. Un hiato entre las expectativas formativas de unos y otros que creó una situación, aún vigente en muchos contextos, de incomunicación entre estas dos partes implicadas en la educación de los más jóvenes. Lo que, a su vez, y de la mano de un mayor tiempo de escolarización del alumnado (que en muchas ocasiones es resultado de un menor tiempo de tutela familiar) implicó que se revalorizase la comunicación entre escuela y familia de cara a un mejor y más unitario desarrollo educativo de los menores que ambas tienen a su cargo. Lo que, gracias al auge de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), resulta ahora bastante más fácil y cómodo que en épocas anteriores.

Cómo mejorar la comunicación entre familias y escuela

La transparencia y la confianza que se produce a partir de la retroalimentación otorgada por el feedback son algunos de los elementos que hacen de la comunicación algo más que un mero intercambio informativo. Pero, más allá de los grupos de Whatsapp que son creados por y para familias de un grupo clase en particular ¿qué puede hacerse desde las escuelas para mejorar su interacción con las familias de su alumnado? A continuación, os apuntamos algunos posibles consejos para conseguirlo:

  • Probablemente vuestro centro educativo tenga una página web, vinculad a ella una Newsletterdesde la que podáis distribuir periódicamente las noticias que afecten al centro y a su alumnado entre las familias de vuestros alumnos. De este modo, estarán informados de todo lo que ocurre en la escuela, sintiéndose partícipes e integrados de una forma cómoda para ambas partes.
  • Pese a que su introducción en las escuelas sigue teñida de controversia, podéis crear Redes Sociales (RRSS) de uso más o menos habitual como puedan ser Facebook o Twitter, aunque os recomendamos que el uso que le deis a la primera sea a discreción y bajo un estricto control de acceso y privacidad. También podéis usar otras redes como Instagram, aunque en este caso os recomendamos encarecidamente que las familias os autoricen por escrito la difusión de las imágenes de vuestros alumnos para así evitar posibles, y potencialmente violentos, malentendidos. Pero, en cualquier caso, estas RRSS generan una sensación de pertenencia que puede verse muy potenciada si se convierte en un punto de encuentro entre familias y escuela, pese a que eso requiere que alguien se encargue de su gestión y de responder a las preguntas o comentarios de los familiares, en el caso de que sea necesario.
  • De nuevo con la página web de vuestra escuela como epicentro comunicativo, os proponemos la creación de foros o incluso programas de votación en los que tanto docentes como familias puedan participar. Bajo un estricto control, en base a una serie de principios y derechos de participación comunicados a las familias, ambas estrategias pueden utilizarse para conocer las opiniones de los familiares sobre determinados temas, de forma más genérica que durante las tutorías.

Un conjunto de estrategias para que escuela y familias os coordinéis para ofrecerles a los jóvenes a vuestro cargo una educación que contemple, de forma unitaria, todos los aspectos de su desarrollo tanto dentro como fuera del aula.

Fuente: aulaplaneta.com