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Los porqués del adolescente

MAYTE RIUS, Barcelona
¿Por qué quieren dormir hasta tarde?

Una queja frecuente de los padres sobre sus hijos adolescentes es que siempre les parece pronto para acostarse y pronto para levantarse. “Se queda despierto hasta las tantas y por la mañana no hay quien le levante”, se lamentan. Núria Curell, pediatra y responsable de la unidad de adolescentes de USP Dexeus, explica que el reloj del sueño se retrasa en la adolescencia. Hay estudios que prueban que la melatonina, la hormona que induce el sueño, se segrega cada vez más tarde a partir de la pubertad y por eso muchos jóvenes tienen problemas para conciliar el sueño si se van pronto a la cama.

También influyen factores medioambientales. Es frecuente que los adolescentes pasen muchas horas ante el ordenador y las videoconsolas, con luz artificial, y eso disminuye la cantidad de melatonina segregada, así que no sienten la necesidad de ir a dormir.

¿Por qué comen de forma impulsiva o a deshoras?

“Puede tomarse un paquete entero de galletas sin pestañear”. “Se acaba la caja de cereales en dos meriendas”. “No puede pasar por la cocina sin abrir la despensa o la nevera en busca de algo para picotear, aunque acabemos de comer”. “Come más que su padre”. “Se bebe dos litros de refresco de una sentada”. Estas frases dan muestra de algunos de los anárquicos y con frecuencia impulsivos hábitos alimentarios que caracterizan a muchos adolescentes. El apetito desmesurado y la ingesta de alimentos de preparación sencilla, consumo fácil y saciedad inmediata es un rasgo muy típico de esta etapa. La doctora Curell explica que en la adolescencia se realiza aproximadamente el 25% del crecimiento total –con estirones de 8-12 centímetros al año en la etapa puberal– y se gana el 40% o 50% del peso definitivo.

También es frecuente que los adolescentes estén faltos de hierro debido al aumento de su masa muscular y de su volumen sanguíneo, por lo que necesitan tomar alimentos ricos en este micromineral (verduras verdes, carne magra, frutos secos…) para evitar problemas de cansancio, de bajo rendimiento escolar o mareos, más frecuentes en las chicas debido a la menstruación pero que también afectan a los varones.

Además están más expuestos a modas alimenticias pasajeras, suelen saltarse algunas comidas (muchos el desayuno, porque se levantan dormidos y con la hora justa para ir al instituto) y desarrollan hábitos alimenticios irregulares, ya que comienzan a salir más con amigos y comen snacks, fast food y refrescos con mayor frecuencia. Y como también empiezan a quedarse solos en casa, eligen comidas de preparación sencilla y consumo fácil, como hamburguesas o bocadillos, y abusan de chuches y precocinados, perjudiciales por su alto contenido en colorantes y aditivos.

¿Por qué son destartalados?

“Uno diría que hasta le cuesta andar”; “está muy torpe, se le caen las cosas de las manos”. La transformación física que viven los adolescentes es tremenda: crecen mucho (y no siempre de forma armónica), a las chicas les crecen las mamas, ellos se vuelven peludos, se ensanchan las caderas, la cara se llena de granos… “Son muchos cambios y muy rápidos; crecen a estirones, primero las piernas y al cabo de un tiempo el tronco, y no es fácil acostumbrarse al nuevo tamaño ni la nueva fuerza; es como cuando cambias de coche, de ordenador o de cubiertos, que no los manejas igual, que los movimientos han de ser controlados y reajustados por las neuronas y se necesita un periodo de adaptación”, justifica Manuel J. Castillo, catedrático de Fisiología Médica en la Universidad de Granada.

¿Por qué pasan tantas horas en el baño o ante el espejo?

Además de acostumbrarse a su nuevo aspecto físico, el adolescente necesita aceptarlo, asumir su nueva talla, su nuevo peso, sus nuevas facciones. Y en esa opinión pesa mucho la aceptación y valoración que recibe de sus amigos y las parejas potenciales. “El niño se valora por reflejo de quienes le quieren, se mira en el espejo de los padres y de los profesores, que son un entorno poco crítico; en cambio, el adolescente se mira en el espejo de sus compañeros y compañeras, que le pueden ver con aprecio o sin él, así que le importa mucho su aspecto y se esfuerza por cuidarlo para ser aceptado y admirado”, explica Castillo. Y añade que, para conseguirlo, pone en marcha un proceso de ensayo y error sobre su peinado, su ropa, su forma de moverse, su agilidad, su musculatura… que a menudo se traduce en horas de pose ante el espejo.

¿Por qué se aíslan en su habitación?

“Se pasa el día encerrado en su cuarto, en su mundo, y no quiere saber nada del resto”. “Se pone los cascos con su música y olvídate de que existe”. El aislamiento del resto de la familia es uno de los rasgos comunes de los adolescentes. “El día que encuentras la puerta de la habitación de tu hijo cerrada es que ha entrado en la adolescencia”, indica la psicóloga Susana Cañamares. Los pediatras Gloria Cabezuelo y Pedro Frontera, autores de El desarrollo psicomotor. Desde la infancia hasta la adolescencia (Narcea Ediciones), explican que “hay un periodo de introspección y timidez, sobre todo en la adolescencia temprana y media, en el que se ensimisman, pasan horas en su cuarto y reflexionan sobre sus cambios y experiencias para conocerse mejor; y pueden resultar hoscos e insociables si creen que los padres se meten en sus cosas”.

¿Por qué dan golpes y portazos?

“El adolescente tiene una gran energía vital, y la manifiesta dando saltos y portazos, gritando, bailando con la música a toda pastilla o haciendo deporte hasta la extenuación; siempre tiene prisa, horarios anárquicos, come rápidamente y se levanta antes de que los demás acaben porque ha quedado o tiene cosas que hacer…”. La descripción de los doctores Cabezuelo y Frontera resume bastante la experiencia de muchos padres de adolescentes, que con frecuencia se quejan de una convivencia “imposible”. El psicólogo y psicoanalista Mario Izcovich asegura que esta rebeldía, este negativismo hacia todo lo que tenga relación con los padres –sea ordenar la habitación, ducharse o hacer las tareas escolares–, es una forma de decir “aquí estoy yo”, porque construyen su personalidad por oposición y negación del otro.

Manuel J. Castillo cree que también hay causas físicas en este gritar y tratar de imponerse a los padres: “Se sienten grandes, más fuertes y con más argumentos, y su cerebro es más impulsivo, quieren conseguir lo que desean a cualquier precio y tienen menos desarrollado el freno a las respuestas inapropiadas”.

¿Por qué son tan impulsivos e impacientes?

El catedrático de Fisiología de la Universidad de Granada vincula la impulsividad de los adolescentes con sus alteraciones hormonales, que les hacen más arriesgados, con menor capacidad para prever las consecuencias de sus acciones. Explica que los mayores niveles de testosterona y estrógenos favorecen la liberación de dopamina, un neurotransmisor implicado en la pulsión por la recompensa que provoca que el adolescente se decante por la ganancia inmediata y no esté dispuesto a esperar para conseguir lo que desea aunque esperando que la recompensa fuera mayor. “A esa edad, lo que quieren lo quieren ahora mismo, y luchan por ello, por eso discuten tanto con los padres”, comenta Castillo. Y añade que en las resonancias se observa que las áreas cerebrales que modulan los impulsos y permiten no hacer lo que apetece en cada momento en los adolescentes se activan más si hay recompensa. “Tú le dices a un chico de 14 años ‘ordena tu cuarto’ y no se activan las áreas cerebrales para hacerlo, así que no lo hace porque se le olvida; en cambio, si le dices ‘si ordenas tu cuarto puede venir tu amigo a casa’, como hay recompensa no se le olvida y lo hace”, ejemplifica.

¿Por qué tienen tantos altibajos?

Los altibajos emocionales y las contradicciones son otro de los rasgos que observan los padres. Gloria Cabezuelo y Pedro Frontera aseguran que son el precio que pagan los adolescentes para edificar su propia personalidad diferenciada y convertirse en adultos: “Buscan su propia identidad personal, sexual y hasta moral, y en ese proceso indagador, como aún no tienen una estructura psíquica estable, son muy vulnerables y muy sensibles a influencias y acontecimientos externos, que pueden herirles si son desfavorables”.

El psicólogo y psicoanalista Mario Izcovich vincula estos cambios de humor con el duelo que hace el adolescente por la pérdida de su infancia: “La adolescencia es el proceso para pasar de niño a adulto; el mundo del adulto atrae, resulta interesante, y por eso piden ser tratados como mayores; pero también tienen momentos de reivindicación infantil en los que echan de menos su infancia, su cuerpo de niños, sus juegos o su relación con los padres, y hacerse adultos les da miedo o les incomoda; de ahí sus contradicciones”.

Susana Cañamares asegura que estos altibajos tienen que ver con que el cerebro no madura de forma armónica ni al unísono. “Primero se desarrolla el sistema límbico, que es el que tiene que ver con las emociones, y después la corteza prefrontal, responsable del funcionamiento ejecutivo, el control, la autorregulación y la toma de decisiones; ese desequilibrio provoca que en los primeros años de la adolescencia los chavales tengan una emotividad muy alta, que vivan los problemas con mucha intensidad y tengan muy desarrollada la búsqueda de sensaciones, y que sean poco capaces de controlarlas o de planificarse y a veces incurran en conductas de riesgo”, explica.

¿Por qué cuestionan todo?

“¿Quién decidió que no se puede silbar en la mesa? ¿Y qué hay de malo en poner los codos?”. Un día son los modales en las comidas y otro las decisiones políticas. La cosa es cuestionar. “Los adolescentes lo cuestionan todo porque en esa etapa se desarrolla su pensamiento abstracto y eso les da mucha más habilidad para argumentar y para pensar simbólicamente, y tienen una expresión verbal perfeccionada, así que se ven con argumentos para todo”, explica Susana Cañamares. Cabezuelo y Frontera subrayan que “la intensa activación cerebral hormonal hace que muchos adolescentes experimenten un aumento espectacular de su capacidad de aprendizaje, de crear, de tener ideas brillantes; pero su capacidad intelectual está muy influenciada por sus emociones, para bien y para mal, y sólo les interesa lo que les motiva o les gusta”.

¿Por qué influyen tanto sus amigos?

Mario Izcovich explica que la adolescencia es el proceso por el que los hijos abandonan el grupo familiar, ese núcleo de protección y cuidado, para salir a la sociedad, para situarse en el mundo, y en ese trayecto la pandilla de amigos supone una transición, una especie de colchón para atenuar el miedo que provoca el mundo exterior. “Los cambios que viven, el hacerse mayores, les provoca temor e incertidumbre sobre su identidad, y por eso identificarse con un grupo, experimentar con iguales, hace que se sientan acompañados en el proceso de ganar autonomía”, dice.

Manuel J. Castillo opina que la influencia que ejercen los amigos tiene que ver con que deja de percibirse sólo por cómo se ve él o quienes le quieren y se mira en el espejo de sus compañeros, y pasa a ser muy importante ser socialmente aceptado, apreciado y admirado por el grupo. “Lo que más motiva al adolescente, lo que más disfruta, es estar con los amigos, y la valoración de estos le influye mucho, así que busca su aprobación, que es su principal recompensa y estímulo, y uno de los factores que favorecen la liberación de dopamina, el neurotrans­misor que eleva la pulsión por la recompensa, la búsqueda de novedades, y el comportamiento consumatorio: quiero algo, voy a por ello, lo tengo y lo agoto, se den o no las circunstancias para ello”, resume.

Fuente: La Vanguardia

Cuando la adolescencia y la depresión van de la mano

Clara Cerezo

Los dolores de cabeza, la mala digestión o la pérdida de memoria pueden ser los síntomas físicos de una depresión. Es bien conocida la áspera transición entre la niñez y la etapa adulta: un lapso de tiempo, caracterizado, a menudo, por una búsqueda constante de la identidad. Un hecho que convierte la adolescencia en una etapa problemática, inestable y emocionalmente frágil. Pero, ¿cómo es posible saber si un adolescente está sufriendo algo más que un cambio ‘típico’ de la edad?

Según Jerónimo Saiz, jefe de la unidad de psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal (Madrid), “cuando los jóvenes tratan de encerrarse en sí mismos en exceso, manifiestan dificultad para dormir, bajan el rendimiento académico, comen peor o se inician en el consumo de alcohol y drogas, hay que valorar la presencia de una depresión y a partir de ahí tratar de localizar su base, situada en el sentimiento de pérdida del ánimo”. Además y según el experto, este trastorno puede desencadenar problemas físicos como dolores de cabeza, mala digestión o pérdida de memoria por falta de concentración.

Es el caso de Gonzalo, un joven madrileño de 22 años que hoy tiene la fortaleza suficiente para enfrentarse a una adolescencia marcada por una depresión no diagnosticada en su totalidad. A los 16 años comenzó a manifestar cambios emocionales a su juicio “inexplicables”: no había un único factor que los desencadenara. “De un curso a otro disminuyó mi rendimiento académico, perdí el apetito y me resguardaba en mi habitación jugando a los videojuegos durante noches enteras. Sentía que nada malo podría sucederme allí”.

En su caso, sufrir un Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad le obligó a seguir un tratamiento farmacológico respaldado por psicoterapia, un hecho que según afirma, pudo desviar la atención de la familia y los profesionales sanitarios que le trataban. “Quizá el TDAH que padecía disipó lo que además estaba sucediéndome”, subraya.

Sin embargo, aunque los expertos relacionan el consumo de alcohol y drogas como uno de los síntomas más frecuentes de la depresión durante la adolescencia, el caso de Gonzalo fue particular: “Yo me inicié en el ‘consumo’ de videojuegos. Mi vida comenzó a girar en torno a ellos: era la única vía de escape a mis problemas”.

Familia y entorno, pilares fundamentales

Durante los años más grises, la familia de Gonzalo vivió de cerca una situación que sumió al adolescente en un bucle incesante. “Mis padres acabaron muy fatigados. Su apoyo me ayudó, pero quizá no supieron tratar mi problema de la forma más adecuada”.

La familia y el entorno son los pilares más básicos para la mejora de las personas con depresión. Según afirma la doctora Dolores Moreno, coordinadora de la unidad de psiquiatría del Adolescente del Hospital Universitario Gregorio Marañón (Madrid), y presidenta de la Asociación Española de Psiquiatría del Niño y del Adolescente, “es fundamental que el paciente depresivo se desarrolle en un medio constructivo donde los padres sepan poner límites precisos y contundentes, sin llegar a ser autoritarios”.

Y es que, los progenitores, según subraya Jerónimo Saiz, “deben hacer frente al problema de su hijo con sensibilidad y delicadeza”. El adolescente, añade Saiz, debe percibir que su entorno se involucra, pero sin caer en el exceso. “Una excesiva preocupación puede hacer que el joven sienta que su familia tiene la intención de fastidiarle o controlarle”, añade.

Asimismo, en lo que al papel de la familia se refiere, el psicopedagogo especialista en psicología infantil, Jorge López Vallejo, recomienda a las familias evitar una serie de conductas que, a su juicio, “conducirían al adolescente a un empeoramiento o incluso, a la cronicidad de su trastorno”. De esta manera, el especialista aboga por no proporcionar ayuda en exceso, “porque crea beneficio secundario a la patología que puede provocar que la depresión perdure en el tiempo”. Tampoco es aconsejable hablar demasiado del problema, porque “cuanto más se hable de su depresión, más se extenderá”. De esta manera y según subraya este último experto, “los mensajes de condescendencia o lástima pueden ser muy perjudiciales por provocar que el adolescente se sienta más cómodo en continuar en la posición de enfermo”.

Pero si bien Gonzalo recibió apoyo de padres y amigos, la depresión le despertó un miedo irrefrenable a decepcionar a aquellos que le rodeaban. Ante la imposibilidad de afrontar un problema que no comprendía, solventó el temor refugiándose en la mentira. “Mentía impulsiva y constantemente por la sobrecarga y la presión externa a las que estaba expuesto. Tenía miedo de decepcionar a los que más me querían, aquellos que esperaban algo de mí que yo no podía dar”.

Gonzalo posa en “Elite Gamer Center”, su lugar de trabajo. ANTONIO HEREDIA

Crear una imagen de sí mismo, ajena y lejana a la realidad, le llevó a adoptar un papel, un disfraz y un rostro diferente al que tenía. “Cada vez que conocía a gente nueva tenía la sensación de que la vida me brindaba la oportunidad de empezar de cero. La mentira me facilitaba las cosas.” Sin embargo, siente que sus amistades nunca dejaron de creer en él. “A pesar de todo, confiaron mucho en mí. Quizá por eso salí adelante”.

La psicoterapia, muy importante

Dada la individualidad de cada caso, los profesionales sanitarios toman un camino u otro en el tratamiento de un paciente depresivo. En el caso de que un adolescente presente todos los síntomas de la depresión, afirma el doctor Saiz, hay que evaluar el contexto en el que se produce el problema para averiguar qué puede haber ocurrido. “Según sean los factores desencadenantes de la enfermedad, se han de intervenir sobre ellos de una forma u otra”.

Por su parte, Eduardo García-Camba, responsable de la unidad de psiquiatría del Hospital Universitario La Princesa (Madrid), señala la importancia de un abordaje psicoterapéutico apoyado con psicofármacos(ante casos extremos de ideas suicidas). Terapias como la cognitiva-conductual, que trabaja con los errores de pensamiento del paciente depresivo, afirma, “ayudan a reorientar, fortalecer y modificar las emociones negativas y pesimistas del paciente depresivo hacia otras de carácter constructivo”.

Otras como las interpersonales, “se fundamentan en la expresa relación médico-paciente. En estas últimas, señala, el psicoterapeuta se implica severamente con la situación del adolescente. Una terapia que, además, trabaja con la dinámica interna de la persona y su modo de afrontar las cosas.

Por su parte, José Félix Rodríguez Rego, especialista en psicoterapia y coordinador de la Sección de Psicología Clínica y de la Salud del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, afirma que “por encima de las psicoterapias reconocidas y operantes en la actualidad (de orientación psicodinámica, humanista, sistémica y de familia, entre otras) está el vínculo entre paciente y terapeuta.

En términos de tratamiento psicoterapéutico, añade, es muy relativo y subjetivo señalar qué psicoterapia es más efectiva, debido a que los estudios de las mismas suelen estar sesgados de acuerdo con la orientación de las personas que los realizan. “No hay psicoterapia de la depresión, sino psicoterapia del paciente deprimido”.

Prejuicios, tabúes y asistencia de la enfermedad mental

La depresión es una enfermedad mental compleja y rodeada de prejuicios, tabúes y estigmas. En ese tiempo pasado, los prejuicios sociales impidieron a Gonzalo ser quien realmente era.

“En general, existe un fuerte prejuicio social que suele definir al deprimido como una persona débil que no es capaz de afrontar y superar las adversidades de la vida. Es por eso que aún queda mucho por hacer para lograr cambiar la sensibilidad social y los estigmas que rodean a la salud mental en su conjunto”, subraya Jerónimo Saiz.

En términos de cobertura sanitaria, José Félix Rodríguez Rego destaca la necesidad de mejorar la asistencia psicoterapéutica de los pacientes deprimidos. “Hoy en día la asistencia global es totalmente mejorable. Es necesario aumentar las plazas de psicólogos en los hospitales y centros de salud”. Asimismo, Rodríguez Saiz recuerda que los pacientes depresivos que reciben tratamiento no llegan a la mitad del total de casos registrados. De esta manera, hace hincapié en la necesidad de aumentar el reconocimiento global de la psiquiatría infantil, en un tiempo que, según afirma, la depresión sufrida por niños y adolescentes está aumentando por encima de la sufrida por la población adulta.

Años después, Gonzalo es monitor y encargado de un centro de alto rendimiento para jugadores de videojuegos en el madrileño barrio de Salamanca. También practica la meditación con el objetivo de controlar sus emociones.

“Meditar me ayuda. A día de hoy estoy contento con ello y me siento emocionalmente estable: el trabajo, la meditación y la rutina me han hecho entender la necesidad de gozar de cierta estabilidad en la vida”, añade. De esta manera, trabajar en un mundo que años atrás alimentó su pésimo estado emocional, le ha ayudado a transmitir a los más pequeños aquellos valores que tiempo atrás no supo transmitirse a sí mismo.

Fuente: elmundo.es