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Neil Armstrong, primer hombre en poner pie en la superficie lunar

(Wapakoneta, Ohio, 1930 – Columbus, Ohio, 2012) Astronauta estadounidense que fue el primer hombre que pisó la Luna.

Tras graduarse en la especialidad de ingeniería aeronáutica por la Universidad de Purdue, fue piloto de la Marina de Estados Unidos entre 1949 y 1952, período durante el cual participó en la guerra de Corea. Ingresó en el National Advisory Committee for Aeronautics (NACA), que en 1958 se convertiría en la Agencia Estadounidense del Espacio (NASA), donde llegó a ser uno de sus pilotos de pruebas más destacados.

En el marco de sus actividades en el Lewis Research Center y en la Sección de Desarrollo de Aparatos Voladores de la NASA, en la base de las Fuerzas Aéreas estadounidenses en Edwards (California), fue uno de los pilotos designados para efectuar los vuelos de pruebas del avión cohete estadounidense X-15 (un total de diecisiete misiones), a bordo del cual alcanzaría altitudes de hasta 30.000 metros y velocidades próximas a los 6.000 km/h. Durante esta época pilotó también bombarderos de largo alcance del tipo B-52.

En 1962 ingresó en el cuerpo de astronautas de la NASA y se especializó en la mejora de los métodos de entrenamiento y el desarrollo de los simuladores de vuelo. Cuatro años más tarde (1966) dirigió como comandante la operación Gemini 8 (marzo de 1966), una misión espacial en la que, acompañado por el comandante David Scott, llevó a cabo una maniobra de acoplamiento en el espacio, la primera de este género (16 de marzo). La misión fracasó al perderse el control del conjunto, si bien los astronautas pudieron separar la cápsula espacial y regresar a la Tierra, donde hubieron de realizar un amaraje forzoso.

Tres años más tarde (1969), entre los días 16 y 24 de julio, fue el comandante de la histórica misión Apolo 11 y protagonizó el primer alunizaje del ser humano sobre la superficie de nuestro satélite. Para esta gesta se utilizó un cohete Saturno V, el mayor ingenio de este tipo construido, con una altura superior a los 85 metros y un diámetro máximo de 13 metros, capaz de desarrollar una potencia de 35.000 kN, que transportaba el conjunto integrado por el módulo de mando y servicio, llamado Columbia, y el módulo de alunizaje, bautizado con el nombre de Eagle.

La tripulación estaba compuesta, además, por el teniente coronel Michael Collins, piloto del módulo de mando, y el coronel Edwin Aldrin, encargado de pilotar el módulo lunar. Armstrong fue el primero en poner pie en la superficie lunar, el 21 de julio, y permaneció 2 horas y 14 minutos fuera del módulo de alunizaje Eagle. El alunizaje había tenido lugar el día antes (20 de julio) en la región lunar conocida como Mar de la Tranquilidad; el 21 de julio, Aldrin siguió a su comandante 15 minutos después de que éste saliera del módulo lunar.

Además de desplegar la bandera de Estados Unidos y de instalar diversos aparatos científicos, recogieron aproximadamente 22 kilogramos de rocas lunares para su posterior estudio en la Tierra. A su regreso, Armstrong fue nombrado responsable de las actividades aeronáuticas de la NASA, organización que abandonó en 1971 para incorporarse a la actividad docente como catedrático en la Universidad de Cincinnati. En 1979 pasó a formar parte de la junta de la Cardwell International Ltd., empresa proveedora de equipamiento para refinerías.

Fuente: biografiasyvidas.com

Bacterias, ¿la nueva amenaza para los astronautas?

La vida en el espacio no es para cualquiera: los astronautas deben estar preparados para afrontar todo tipo de cambios físicos y mentales relacionados con la falta de oxígeno, lapérdida de masa muscular, la alteración del sentido del equilibrio, la exposición a radiaciones, las pocas horas de sueño y la proliferación de bacterias ultrarresistentes. Este último punto está siendo estudiado por profesionales de la NASA dado que, a diferencia de lo que se cree, el espacio no sólo no está libre de gérmenes sino que es un lugar propicio para su desarrollo y propagación.

Muchos microbios pueden ser llevados al espacio por los humanos y allí vivir y reproducirse sin ningún tipo de problema: incluso en agosto de este año astronautas rusosencontraron restos de plancton y otros organismos vivos en la cubierta exterior de laEstación Espacial Internacional (EEI), demostrando que pueden permanecer intactos a las temperaturas bajo cero, la falta de oxígeno y la radiación cósmica. Esto está derivando en nuevas investigaciones que buscan entender cómo el ambiente de la microgravedad afecta a su crecimiento, un dato especialmente importante para asegurar la integridad de los cosmonautas en las próximas misiones espaciales.

Sucede que las personas que están fuera de la Tierra presentan un sistema inmunológico debilitado y al entrar en contacto con bacterias tienen mayor riesgo de infección. Incluso aquellas como la Salmonella typhimurium –causante de la salmonelosis- se vuelven más virulentas y peligrosas en el espacio: en 2009 la NASA confirmó que el ambiente de ingravidez confunde a este tipo de organismos y los hace creer que están dentro de intestinos humanos, volviéndose entre tres y siete veces más agresivos. De acuerdo a Cheryl Nickerson, investigador de la agencia estadounidense, “las simulaciones realizadas por computadora mostraron que la cantidad de fricción ocasionada por los líquidos que experimenta la bacteria en el ambiente de ingravidez es parecida a la que existe en la pared intestinal”.

La NASA también estudió cómo algunas bacterias que no suelen causar problemas de salud en la Tierra sí lo hacen en el espacio. En 2010 se cultivaron  muestras del patógeno Pseudomonas aeruginosa en el trasbordador espacial Atlantis STS-132, encontrando que en territorio de ingravidez suele tener mayor cantidad de células vivas, biomasa y grosor que en el planeta. De acuerdo a  Cynthia Collins, autora del estudio, esta es la “primera evidencia de que el vuelo cósmico afecta al comportamiento comunitario de las bacterias, poniendo en relieve la importancia de comprender la interacción humano-microbio para prevenir y obtener beneficios más allá del espacio”.

Este tipo de investigaciones no sólo sirven para resguardar a los astronautas en las futuras misiones espaciales sino que además conducen a nuevos métodos de detención y tratamiento de enfermedades en la Tierra. Por ejemplo, estudiar la salmolena a bordo permitió identificar la proteína Hfq, que aumenta la virulencia y podría servir para el desarrollo de terapias y vacunas.

¿Por qué evitar la contaminación en el espacio?

Estudios realizados este año por la EEI demostraron que los microbios de la Tierra pueden sobrevivir a los viajes espaciales y contaminar a otros planetas, lo que podría alterar las misiones relacionadas con la búsqueda de organismos extraterrestres.

Luego de simular el ambiente de Marte, los investigadores encontraron que algunas bacterias -Bacillus pumilus SAFR-032 y Bacillus subtilis 168, especialmente adaptadas para hacer frente a las condiciones ambientales extremas-  podrían sobrevivir hasta 30 minutos en el lugar. Las mismas también serían capaces de mantenerse intactas durante unos 18 meses en las inmediaciones de la EEI.

Teniendo en cuenta estos resultados, especialistas de la NASA y de otros organismos espaciales explican que los métodos actuales para reducir microbios en las naves -tales como la radiación ultravioleta (UV) y el tratamiento con peróxido- podrían ser inadecuados. La intención ahora es investigar otras técnicas que minimicen el riesgo de contaminación y estar alertas antes de arrojar nuevos resultados: “estos datos previenen a los científicos de identificar incorrectamente a organismos, creyendo que son nativos cuando en realidad llegaron en naves espaciales. Esto es algo bueno porque nadie quiere ser responsable de una invasión extraterrestre en Marte”, concluyeron desde la NASA.

Fuente: enespanol.tudiscovery.com

Enseñando ciencia a la velocidad de la luz

Compartimos con los maestros una efeméride muy importante en ciencia y también un divertido experimento con el cual los alumnos serán capaces de descomponer la luz blanca en una agradable sorpresa. Hoy se conmemora el 340º aniversario de la determinación de la velocidad de la luz, la cual es lo más rápido que conocemos.  Galileo Galilei, (1564-1642), fue el primero en interesarse en saber a qué  velocidad  viaja la luz.

Mientras que sus contemporáneos pensaban que era instantánea, el padre de la astronomía y física moderna quería demostrar que no era así.  Hizo varios experimentos con focos ubicados en diferentes colinas, pero la velocidad era tan rápida que no podía medirla con los relojes de su tiempo.

Otros científicos intentaron resolver esta situación,  pero fue el astrónomo danés Ole Christensen Romer (1644-1710) el primero en lograr una determinación válida  de la velocidad de la luz en el año 1676.

La luz  viaja a una velocidad de 186,000 millas o 300,000 kilómetros por segundo en el espacio vacío. Esto representa una velocidad tan alta que, ¡la luz puede viajar siete veces alrededor del globo terráqueo  en tan solo un segundo!

 Los astrónomos utilizan  la velocidad de la luz para determinar  qué tan lejos están los objetos en el espacio, y para ello utilizan una unidad de medida denominada año-luz; y se le llama así porque corresponde a la distancia que la luz puede desplazarse en un año.

En 365 días  la luz viaja casi  9’460,000’000,000 o kilómetros  5’880,000’000,000 millas, distancia correspondiente a  un año-luz.

Nuestro planeta Tierra se encuentra en la galaxia llamada la Vía Láctea, que consta de  aproximadamente 150,000 años luz de diámetro. La galaxia grande más próxima es Andrómeda, ubicada a 2.3 millones de años luz de distancia.

Descomposición de la luz

La luz blanca puede descomponerse en luces monocromáticas (de un solo color), siempre que  atraviesa algún obstáculo que obligue a las diferentes ondas que constituyen la luz blanca a desplazarse a velocidades diferentes.

Compartimos con ustedes un experimento sencillo con el cual los alumnos serán capaces de descomponer la luz blanca ¡en un arcoíris artificial!

Utensilios
  • Un envase grande
  • Agua
  • Un espejo plano
  • Masilla
  • Luz solar o un foco con buena iluminación
Procedimiento

Los alumnos deben llenar el envase con agua e introducir el espejo dentro. Deben sujetarlo con las manos en una posición donde le dé el sol (o la luz de la linterna) y luego fijarlo al envase con masilla.

El espejo debe formar una inclinación cercana a los 45º y reflejar la luz contra una pared u otra superficie blanca.

Et Voilá!

Lo que veremos reflejado en la pared es un arcoíris. La luz blanca del sol se transforma en una variedad de colores.

 Esto se debe a que cuando la luz penetra en el agua su velocidad cambia, y pasa lo mismo cuando emerge del agua después de haberse reflejado en el espejo. Esos cambios de velocidad provocan que las distintas longitudes de onda se separen, es decir, que la luz blanca se descomponga en las longitudes de onda que la forman, cada una de un color diferente, los mismos colores que los del arcoíris.