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Los niños no saben mentir ¡lo aprenden!

Mentir es parte del crecimiento y se da por muchas razones pero ¿Por qué mentimos?

La mentira no nace con el ser humano, el niño la va aprendiendo y adquiriendo a través de su entorno, familiar, escolar y social, y es una forma de defensa ante un hecho y siempre esconde un fin, aunque a veces sea inocente, incluso e bondadoso.

Según investigaciones, los pequeños mienten para evitar un castigo, defender su inocencia cuando cometen un error o por vergüenza. No suelen provocar daño en otros a propósito. Y reciben la mentira como una traición, sobre todo por parte de sus progenitores.

La psicóloga Victoria Talwar, de la Universidad McGill analizó el desarrollo de la moralidad en los pequeños y descubrió que la mayoría de los padres les dice a sus hijos que la mentira es mala, pero al mismo tiempo los niños aseguran que sus padres dicen mentiras piadosas para hacer su vida más fácil, lo cual es confuso para ellos.

Según los expertos, los niños comienzan a mentir entre los 3 y 4 años, cuando los padres ya no tienen un control absoluto de ellos y los pequeños son un poco más independientes. El doctor Wenceslao Piñate, catedrático de Psicología de la Universidad de La Laguna, de Tenerife, la mentira siempre es un recurso funcional regulador, “es un aprendizaje para conseguir un bien para sí mismo, evitar herir o ir a hacer daño deliberadamente”. Esta función sería normal, sin embargo “el problema comienza cuando esta actitud se convierte en rutina, convirtiéndonos en personas muy mentirosas y que emplean la mentira, incluso la calumnia como venganza o, simplemente, para dañar a otros.

Fuente: padresehijos.com.mx/

La sociedad y el estigma del Síndrome de Solomon

Sarah Romero

Nuestra sociedad tiende a demonizar el éxito de los demás. Este acto con base en la envidia por los triunfos ajenos tiene unas consecuencias muy claras en la sociedad: somos menos libres de lo que pensamos porque estamos muy condicionados por el entorno. El miedo a ser el elemento discordante de un grupo sienta las bases de una patología muy bien estudiada, conocida como Síndrome de Solomon.

Este trastorno se caracteriza porque el individuo toma decisiones o lleva a cabo conductas evitando destacar o sobresalir por encima de los demás, es decir, sobre el entorno social que le rodea. Este comportamiento tan determinado lleva a estas personas a ponerse obstáculos a sí mismas con objeto de continuar en la senda de la mayoría.

Las personas afectadas por el síndrome de Solomon tienen baja autoestima y también falta de confianza en sí mismas, lo que les lleva a evaluarse según las valoraciones de su propio entorno y no según sus propias apreciaciones. El miedo a que nuestras virtudes brillen por encima de las de los demás y estos se vean ofendidos por ello es uno de los pilares de este trastorno psicológico.

A pie de calle, está mal visto que nos vaya todo bien y esta actitud, generalizada en el ser humano, lleva a los individuos a fijarse más en las carencias que en las virtudes. Desear algo que no tenemos y sí tiene otro, provoca que el complejo de inferioridad esté solo a un paso al darle un lugar destacado a nuestras frustraciones -en vez de a nuestras fortalezas- y que nos cueste más alegrarnos de las cosas buenas que les suceden a los demás.

Fuente: Muy interesante