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Los 5 signos de intoxicación emocional que debes aprender a reconocer inmediatamente

La inmensa mayoría de las personas pueden reconocer una intoxicación por alcohol. La percepción se altera, se reduce el tiempo de reacción, se desinhibe el comportamiento, perdemos el equilibrio, empeora el control motor y nos cuesta mucho más coordinar las ideas. Sin embargo, muy pocas personas saben reconocer los signos de una intoxicación emocional. De hecho, es probable que pienses que nunca te ha pasado.

Te animo a echar la vista atrás y responder sinceramente estas preguntas:

  • ¿Alguna vez te has sentido enfadado durante horas o incluso días?
  • ¿Has tomado decisiones dejándote llevar por las pasiones del momento y luego te has arrepentido?
  • ¿Alguna vez te has sentido tan agobiado que has estado a punto de abandonarlo todo?
  • ¿A veces no logras sacarte algunos pensamientos negativos de tu mente?
  • ¿A menudo sientes que las emociones te sobrepasan?

Si has respondido afirmativamente a alguna o todas, entonces no hay dudas de que en algún momento has sido víctima de una intoxicación emocional.

¿Qué es exactamente la intoxicación emocional?

La diferencia entre la intoxicación emocional y las emociones que experimentamos cada día radica en su intensidad. En la intoxicación emocional, las emociones toman el mando y la mente racional prácticamente se desconecta, se produce lo que Daniel Goleman denomina “secuestro emocional”.

El secuestro emocional se genera en la amígdala, una estructura del sistema límbico especializada en el procesamiento de los aspectos emocionales de los estímulos a los que nos exponemos. Básicamente, la amígdala actúa como un centinela emocional que avisa a la corteza prefrontal de que algo podría ir mal.

La corteza prefrontal es una especie de termostato que interviene para contener esas primeras reacciones emocionales, ayudándonos a desarrollar una actitud más racional y objetiva. Sin embargo, cuando la situación que estamos viviendo genera respuestas emocionales muy intensas, se produce una especie de desconexión, el sistema límbico asume el mando y la corteza prefrontal no se activa. Como resultado, las emociones fluyen sin contención.

Obviamente, en estas condiciones no podemos tomar buenas decisiones. Cuando estamos intoxicados emocionalmente la percepción se altera, pues lo vemos todo a través de un prisma distorsionado. En ese estado también disminuyen nuestras habilidades sociales, somos menos empáticos y más reactivos y es probable que nuestras inseguridades afloren. De hecho, si has discutido con alguien que estaba intoxicado emocionalmente, habrás notado que en ciertos momentos ni siquiera escuchaba tus palabras o, al menos, no era capaz de procesarlas.

Las señales premonitorias de una intoxicación emocional

En algunos casos, el secuestro emocional se produce de manera repentina, en medio de una discusión acalorada o cuando nos dan una mala noticia que no somos capaces de asimilar. Esos “raptos emocionales” son más fáciles de detectar y, generalmente, duran muy poco tiempo.

Sin embargo, también se puede producir una intoxicación emocional por acumulación, un estado más difícil de detectar ya que las emociones se van depositando gota a gota. Cuando no somos capaces de dejar ir, termina acumulándose cada fuente de tensión, cada palabra hiriente que nos dirigen, cada frustración y cada pequeño fracaso cotidiano, hasta que llega el punto en el que “estallamos”.

Por eso, es fundamental aprender a detectar los primeros signos de intoxicación emocional antes de llegar al punto de no retorno.

Los 5 signos de intoxicación emocional que no puedes ignorar:

1. Te pones a la defensiva

Si reaccionas poniéndote a la defensiva prácticamente por todo es probable que estés dejándote llevar demasiado por las emociones y que hayas entrado en “modo autoprotección”. Cuando las emociones toman el mando nos volvemos hipersensibles, nuestras inseguridades afloran y nos sentimos más vulnerables. La incertidumbre hace que cataloguemos incluso los estímulos neutros como amenazantes, como demostró un estudio publicado en el Journal of Experimental Psychology, haciendo que asumamos una perspectiva más egocéntrica y que intentemos protegernos de los supuestos ataques.

2. Te cierras

El bloqueo es un mecanismo de autodefensa que ponemos en práctica cuando estamos desbordados y no podemos lidiar con lo que está sucediendo. Es probable que te desconectes de lo que dicen los demás e, incluso, de tu propia voz interior que normalmente te anima a ser más razonable. El problema es que las emociones te impiden asumir la distancia psicológica necesaria para poder lidiar con las dificultades. Cuando atraviesas una situación de bloqueo, solo escucharás a tus emociones, lo cual puede conducirte a sacar conclusiones sesgadas.

3. Sientes que estás perdiendo el control

Cuando las emociones se vuelven demasiado intensas, puedes tener la sensación de que estás perdiendo el control. Es probable que sientas que estás muy enfadado, extremadamente triste o muy ansioso, pero aunque eres plenamente consciente de esas emociones, no logras gestionarlas. A menudo esas emociones se alimentan de pensamientos automáticos negativos, ideas que vuelven una y otra vez a tu mente, aunque intentes deshacerte de ellas. Esa sensación de pérdida del control genera a su vez frustración, la cual alimenta aún más el malestar interior.

4. Tienes miedo a soltar

A menudo el vértigo emocional te impide dejar ir lo que te está dañando. Puede parecer un contrasentido, pero el miedo a la pérdida de lo que nos resulta conocido hace que nos aferremos a situaciones que nos lastiman. Cuando estamos atravesando períodos particularmente difíciles, solemos desarrollar una gran resistencia al cambio porque no queremos añadir más incertidumbre a nuestras vidas.

5. Te sientes sobrepasado

En muchos casos, la intoxicación emocional es el resultado de una situación, o conjunto de estas, que han sobrepasado nuestras capacidades. Si comienzas a sentirte saturado o agobiado, es mejor que hagas un alto. Seguir por ese camino puede ser muy peligroso ya que la acumulación del estrés y otras emociones negativas pueden pasarte una factura muy elevada en términos de salud mental y física.

Fuente: muhimu.es

Frialdad emocional: la violencia invisible que destruye a las personas

Hoy sabemos que la violencia psicológica puede dejar heridas tan profundas, o incluso mayores, que la violencia física. Sin embargo, detectar el abuso emocional no es tan sencillo, no solo porque no existen marcas visibles en el cuerpo, sino porque nuestros estereotipos pueden impedirnos ver las evidencias más sutiles.

Solemos asociar el maltrato psicológico con los gritos, las humillaciones verbales, las amenazas y las burlas denigrantes. No obstante, existe un tipo de violencia psicológica que puede hacer mucho daño y normalmente pasa desapercibida: la frialdad emocional o indiferencia.

El aislamiento emocional como herramienta de castigo

En la Antigua Grecia se aplicaba un castigo ejemplar a las personas que se consideraban peligrosas o sospechosas para la soberanía popular. El nombre que se le daba a este castigo era ostrakismos, que significa literalmente “destierro por ostracismo”. Cuando la Asamblea votaba, la persona tenía 10 días para abandonar la ciudad y si intentaba regresar antes del plazo establecido, le condenaban a muerte. En algunos casos, la propia exclusión se convertía en una condena a muerte, ya que las personas no sobrevivían sin la protección de la sociedad.

En la actualidad hay personas que siguen aplicando una especie de ostracismo emocional (condenan al otro a un tratamiento frío) que implica ignorar sistemáticamente sus necesidades. Esa persona adopta un comportamiento pasivo-agresivo ya que recurre al silencio, la indiferencia y al desprecio para castigar o manipular al otro.

Los comportamientos que delatan esa frialdad emocional son:

  • Negarse a mantener una conversación y dirigirle la palabra a la persona que se está “castigando”.
  • No responder a sus preguntas o hacerlo con monosílabos.
  • No mostrar afecto, ignorando conscientemente las necesidades emocionales del otro, que quedan insatisfechas en el marco de la relación.
  • Evitar el contacto físico y visual, haciendo como si la persona no existiera, de manera que se sienta invisible e insignificante.
  • Mostrar un marcado desinterés por todo lo relacionado con la otra persona.
  • Negarse a colaborar en diferentes tareas para generar frustración y malestar en el otro.
  • No acudir a eventos sociales juntos, con el objetivo de que el otro se avergüence de sí mismo.
¿Qué sucede cuando no se satisface la necesidad de conectar emocionalmente?

Sentimos una profunda necesidad de conectar emocionalmente con los demás. Cuando somos pequeños, no solo necesitamos que nuestros padres nos alimenten y protejan, también necesitamos ser amados y mimados. Los abrazos y las caricias nutren el desarrollo infantil.

Esas necesidades no desaparecen cuando nos convertimos en adultos independientes, sino que se multiplican. Necesitamos cierto grado de aceptación social y que validen nuestras emociones y sentimientos. También necesitamos amar y ser amados y, en determinados momentos, cuando las cosas se tuercen,necesitamos sentirnos arropados.

Ese apoyo emocional es la base sobre la cual seguimos construyendo nuestra identidad. Cuando ese apoyo falla, cuando nuestras necesidades emocionales no son satisfechas, no solo experimentamos un gran vacío, sino que, a la larga, comenzaremos a pensar que no somos dignos de ser amados, lo cual terminará dañando nuestra autoestima y la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Cuando la frialdad emocional proviene de las personas más cercanas, como puede ser la pareja, un padre o un hijo, podemos llegar a sufrir graves daños en nuestro autoconcepto: perdemos el control, se debilita la sensación de pertenencia e, incluso, se afecta nuestro sentido de la vida, según indica un estudio publicado en la revista Group Processes & Intergroup Relations.

Otro metaanálisis publicado en la revista Communication Monographs en el que participaron más de 14.000 personas llegó a la conclusión de que el silencio es sumamente destructivo en las relaciones de pareja, ya que se interpreta como una falta de implicación y un intento de sometimiento emocional. Estos psicólogos descubrieron que el uso del silencio como herramienta de castigo es común en las parejas y es uno de los factores que más distancia a sus miembros, llevando a la ruptura.

El problema es que la frialdad emocional genera frustración debido a la falta de respuesta e implicación del otro. También puede hacer que nos sintamos confundidos y hasta culpables, además de que nos sentiremos cada vez más solos e incomprendidos. La persona que es ignorada sistemáticamente y cuyas necesidades emocionales son menospreciadas se sumirá en el profundo pozo de la depresión. Sentirá que no es digna de ser amada ni respetada, por lo que perderá la confianza en sí misma y será cada vez más vulnerable ante su maltratador.

Ese tipo de relaciones dejan profundas huellas que incluso determinan las relaciones posteriores que establece esa persona, destruyendo su capacidad para confiar en los demás y establecer relaciones plenas. La frialdad emocional y la indiferencia pueden terminar discapacitando emocionalmente a una persona.

Por eso, es importante que tengamos presente que el distanciamiento emocional es una de las formas más crueles de violencia y manipulación psicológica. Ignorar las necesidades del otro no es la mejor manera para resolver los conflictos y acortar las distancias. Toda relación debe estar basada en el diálogo y el respeto mutuo.

Fuente: muhimu.es

Ocultar las emociones negativas a los niños es una pésima idea

Durante años los padres han seguido un claro mandato cultural: hay que contener las emociones negativas delante de los niños y mantener la compostura. Es necesario ocultar la tristeza o frustración y mostrar la mejor cara. Así, garantizan a sus hijos una infancia feliz y equilibrada. Sin embargo, según los últimos estudios psicológicos, podríamos equivocarnos al ocultar las emociones negativas a los más pequeños.

Sintonía emocional: la brújula de los niños en la relación con sus padres

Desde muy pequeños, los niños son capaces de captar el estado emocional de sus padres, sobre todo el miedo, la tristeza y el estrés. Un bebé de un año no comprenderá por qué sus padres están tensos o estresados, pero podrá notarlo a partir de pequeñas señales como el tono de la voz, el olor corporal y sutiles expresiones faciales. Y mientras más estresados estén los padres, más estresados se mostrarán los bebés, según reveló un estudio realizado en la Universidad de California.

Esa sintonía emocional es un mecanismo natural de los bebés que les permite detectar si algo anda mal en su entorno, para lo cual deben confiar en las pistas emocionales que les brindan sus padres. A medida que crecen, esa sintonía emocional es clave para desarrollar un apego seguro y aprender a reaccionar ante los diferentes estímulos del medio. Es decir, los niños también aprenden de sus padres las reacciones emocionales.

“Las emociones son una fuente crítica de información para aprender”. —Joseph LeDoux

Desde esta perspectiva podemos pensar que si reprimimos las emociones negativas y amplificamos las positivas les estaremos enseñando a reaccionar de manera equilibrada. Sin embargo, el verdadero modelaje emocional no consiste en reprimir ciertas emociones y falsear otras, sino en gestionarlas asertivamente.

Es tan malo reprimir las emociones negativas como exagerar las positivas

Un estudio realizado recientemente en laUniversidad de Toronto sugiere que esconder o disfrazar los sentimientos negativos puede afectar tanto al bienestar de los padres como a la relación con sus hijos.

Estos psicólogos les dieron seguimiento durante diez días a más de 100 familias para descubrir qué estrategias de gestión emocional usaban los padres delante de sus hijos y cómo estas impactaban en su relación y bienestar. Descubrieron que, cuando los padres experimentaban emociones negativas, como el enojo, la frustración y el resentimiento, e intentaban ocultárselas a sus hijos, la calidad de la relación se resentía y disminuía su capacidad de respuesta ante las necesidades infantiles, en comparación con los padres que no reprimían esas emociones negativas.

De hecho, reprimir las emociones y sentimientos es una tarea muy exigente desde el punto de vista cognitivo y emocional que termina desgastando a los padres y puede hacer que se “desconecten” de sus hijos. Como resultado, los niños pierden la sintonía emocional con sus progenitores y pueden interpretar ese comportamiento como distracción, desinterés o incluso rechazo.

“La persona inteligente emocionalmente tiene habilidades en cuatro áreas: identificar emociones, usar emociones, entender emociones y regular emociones”. —John Mayer

Exagerar las emociones positivas, con el objetivo de transmitir tranquilidad, apoyar o elogiar, tampoco es una buena estrategia porque los niños son capaces de notar la incongruencia y la falta de autenticidad, y se sienten mal por ello. De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Utrecht descubrió que exagerar los cumplidos no ayuda a los niños con una baja autoestima a superar la sensación de inadecuación, más bien la acentúa.

Reprimir las emociones negativas y exagerar las positivas también puede tener consecuencias a largo plazo ya que, si los niños notan que sus padres no son auténticos, pueden perder la confianza ellos. Tampoco aprenderán a gestionar asertivamente sus estados emocionales, el mensaje que les llegará es que las emociones negativas son “malas” y deben reprimirlas, lo cual les impedirá desarrollar la Inteligencia Emocional.

El camino hacia una educación más auténtica y emocional

“La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón”. —Howard G. Hendricks

Para muchas personas, la idea de expresar las emociones abiertamente supone un reto al modelo jerárquico de crianza que exige que los padres actúen de manera directiva, siempre imparciales, imperturbables y controlados. En realidad, todos ganamos si cedemos un poco de ese férreo control a favor de la autenticidad. Eso no significa cargar sobre los hombros de los niños nuestras preocupaciones, ni generar un entorno inestable emocionalmente, sino tan solo ser más transparentes y convertirnos realmente en un modelo de gestión emocional.

Las emociones “negativas” no son nuestras enemigas. Es peor que el niño note que estamos tristes e intentamos esconderlo, porque no sabrá qué sucede y se sentirá inseguro, a que le expliquemos por qué nos sentimos así. Esa transparencia validará las emociones “negativas” y sentará las bases para una relación de confianza mutuaque durará toda la vida.

Fuente: muhimu.es

5 razones por las que jamás debes pegarle a un niño

Aunque dicen que una buena “nalgada” funciona como correctivo, aquí te decimos por qué nunca debes pegarle a un niño.

Pegarle a un niño para educarlo es una práctica muy arraigada en muchas sociedades, de tal forma que una “nalgada” no está del todo mal vista; sin embargo, está comprobado que los golpes dañan tanto física como psicológicamente a los niños.

Como adultos y padres responsables, debes saber que pegarle a un niño es una conducta reprobable que no conduce a nada bueno. Aquí más razones para nunca pegarle a tu hijo:

  1. Demuestra que has perdido el control: Como padre, eres tú quien siempre debe tener el control de la situación, esto no significa ser autoritario, sino tener la capacidad de guiar al pequeño y explicarle por qué su comportamiento no es el adecuado. Cuando recurres a los golpes le estás demostrando que estás fuera de control y tu referente como autoridad se derrumba.
  2. Violencia llama violencia: ¿Cómo le podrás decir a tu hijo que está mal pegarle a otro niño cuando tú lo haces en casa? Educar con golpes es una forma de justificar la violencia y tu hijo aprenderá que esta es la única forma de solucionar los problemas. Además, está demostrado que los niños expuestos a la violencia en el hogar se convierten en niños violentos.
  3. No te ayuda a educar: Pegarle a los niños deja en evidencia que eres poco creativo como padre. Es muy fácil dar un golpe, pero este solo resuelve el conflicto al momento a través del miedo, pero no modifica el comportamiento del niño. Evitará hacerlo para no volver a recibir un golpe, pero no entenderá por qué no debe comportarse de esa manera.
  4. Daña la personalidad de los niños: Los gritos, las humillaciones, y por supuesto, pegarle a un niño deja una huella imborrable en su personalidad. La violencia los hace sentir indefensos y humillados y provoca daños en su autoestima.
  5. Porque es delito: Además de todo lo anterior, pegarle a un niño es un delito que se castiga en la mayoría de los países. No importa el tipo de golpe, la violencia física y psicológica contra un niño está prohibida por la ley.

Fuente: www.padresehijos.com.mx

¿Qué es el autosabotaje?

Pablo Klte

Autosabotaje es lo que llamamos a hacer todo tipo de cosas para destruir nuestros propios objetivos. El auto-sabotaje se puede hacer de muchas formas, como por ejemplo:

  • La indecisión y la evitación.
  • Los aplazamientos.
  • Automedicarse, tomar alcohol, drogas, comida, pornografía, etc.
  • Practicar otros hábitos poco saludables, como dormir poco, comer en exceso, etc.
  • Negar los sentimientos.
  • Compararse con otros y sentirse inferior.
  • Tener relaciones que no son compatibles con nuestros objetivos, ya que nos derriban emocional o físicamente, no se ajustan a nuestras necesidades, o nos distraen de nuestros objetivos.

Las personas pueden autosabotearse por varios motivos, 1) porque no saben lo que quieren o 2) porque no saben dar los pasos que les ayudarán a alcanzar sus objetivos y / o 3) se comportan de una manera que en realidad socava sus objetivos.

Silvia siempre está a dieta. Dice que su objetivo es perder 10 kilos. Va a correr todas las mañanas, come un desayuno saludable y hace una comida adecuada para la dieta. Pero Silvia sabotea su pérdida de peso manteniendo un armario lleno de comida basura con patatas fritas y galletas para cuando llega a casa cansada y hambrienta.

A veces, el problema no está en ser honesto con uno mismo acerca de lo que realmente quiere. Es que inconscientemente ni siquiera se permite imaginar tener éxito.

Carlos no está contento con su salario y la falta de avance en su carrera. Está en el mismo puesto desde hace cuatro años. Se siente atrapado, pero no hace nada para seguir adelante. Durante su evaluación de trabajo, su jefe le sugiere que solicite un puesto de categoría superior. Pero Carlos no puede imaginarse a sí mismo trabajando en un nivel tan alto dentro de la empresa. Aunque él es muy capaz y trabajador, no tiene suficiente confianza en sí mismo. Su estancamiento es una forma de auto-sabotaje.

¿Por qué nos autosaboteamos?

Si nos establecemos un objetivo específico, pero saboteamos nuestro propio progreso, el miedo y la autoestima pueden ser el verdadero problema. A menudo hay gente que lucha para aceptar que realmente son “lo suficientemente buenos” y dignos de alcanzar sus objetivos, pues en el fondo no lo creen.

Les preocupa fallar, así que les es más fácil pensar que ni siquiera desean dicho objetivo, así seguro que se frustran por no lograrlo.

Es cierto que estos patrones de pensamiento cuesta mucho trabajo cambiarlos, pero es posible lograrlo, una vez se tengan claros los objetivos, siendo conscientes de nuestra propia conducta de auto-sabotaje, y encontrándonos dispuestos a luchar a través del miedo y tratar de hacer las cosas de una forma diferente.

Cómo superar el auto-sabotaje
  • Permítete soñar a lo grande. No tengas miedo de imaginar un futuro brillante por ti mismo. Ni el fracaso ni el catastrofismo te protegerán de una posible decepción. Sólo te mantendrán atrapado en una mentalidad negativa.
  • Establece metas específicas. Cuando no se reconoce lo que se quiere, no se puede ir tras ello.
  • Visualiza tus metas. Visualiza cómo sería tu futuro si ya hubieras logrado tus metas, esto te ayudará a no desviarte del camino.
  • Sé honesto contigo mismo. La mayoría de nosotros somos realmente buenos para auto-engañarnos. Sé fiel a ti mismo en lo que quieres, recordándote por qué lo quieres y trabajando cada día para lograr tus objetivos. A menudo es más fácil dar excusas o culpar a otros antes que ser honesto.
  • Busca apoyo. Cuando queremos lograr algo por nosotros mismos, a menudo nos podemos quedar a medio camino, abandonando tras encontrar dificultades. Contar con un amigo que nos anime y dé fuerzas, un entrenador, grupo de apoyo o un mentor, puede mejorar dramáticamente nuestros resultados.
  • Presta atención a tu autodiálogo. La mayoría de la gente tiende a centrarse en los aspectos negativos y deja de lado los aspectos positivos. Busca pruebas para desafiar las creencias negativas. Lo más probable es que hayas minimizado tus cualidades y logros. Reconoce tus aspectos positivos y fortalezas, ya que pueden ayudar a combatir el diálogo interno negativo y ver las cosas en perspectiva.
  • Practica la auto-compasión. La autocompasión es como un antídoto para los sentimientos de inadecuación que impulsan el auto-sabotaje. A menudo somos más críticos de nosotros mismos que los demás. Escucha esa pequeña voz en tu cabeza que está diciendo que no eres lo suficientemente bueno y cámbialo por algo positivo. Rendir cuentas y luchar por tus objetivos no significa ser duro con uno mismo. La autocrítica no es motivadora. No hay nada malo en hacer una siesta por la tarde o tomarse una cerveza con tus amigos, mímate de vez en cuando.

Cambiando tu forma de pensar y cambiarás también tu comportamiento, vale la pena intentarlo. No lo demores más, empieza hoy mismo. Busca apoyo. Mantén la esperanza. Todos somos capaces y dignos de lo que nos propongamos.

Fuente: Ojo del tiempo

Clara y el belén de Navidad

Pedro Pablo Sacristán

A continuación compartimos con los maestros un cuento de Navidad. Pueden usarlo para trabajar el desarrollo emocional y cognitivo de los niños, y ayudarse en su labor docente.

  • Enseñanza: Un cuento de Navidad sobre la humildad
  • Ambientación: Una casa cualquiera de hoy día
  • Personajes: Una niña y su hermanita

Clara era toda una artista con los belenes de Navidad. Durante todo el año preparaba bocetos, materiales y personajes para que al llegar la siguiente Navidad su nacimiento fuera aún mejor que el del año anterior.

Y el año en que cumplía los 10 años, pensando en aquello que cantaban los ángeles del Señor “Gloria a Dios en las alturas…” preparó el belén más precioso que uno pudiera imaginar. Diseño y fabricó unos maravillosos trajes para la Virgen María y San José, y una mantita bordada con hilo dorado para el Niño Jesús. Decoró el establo con pequeñas joyas tomadas de sus pendientes y anillos, y rodeó el pesebre de las miniaturas más bellas que encontró. Hasta las figuritas de los soldados de Herodes eran sombrías y malvadas, tanto como humildes las de los pastores. Posiblemente, no hubiera habido antes un belén tan bonito y cuidado. Era tan especial y único, que había sido propuesto para varios premios, incluido el gran premio nacional al mejor belén.

Pero precisamente la mañana en que los jueces debían visitarlo, Clara descubrió al levantarse la peor de las tragedias: su obra maestra ¡estaba totalmente destrozada! Y cuando la sangre le subía por las mejillas y en su garganta nacía un grito de furia, Loca, su hermana pequeña, se acercó a su lado, tiró de su camisón, y dijo toda sonriente:

– ¿Te guzta máz azí? ¡Lo he puezto preciozííízímo! Lola ayudá a Clara.

¿Cómo gritar al angelito de Lola, tan bonita ella, que sólo había querido ayudar un poco? Clara miró lo que quedaba de su belén: los vestidos de la Sagrada Familia adornaban de cualquier forma a unos pastores y su oveja; la preciosa manta estaba a los pies de la viejecita del río; las plumas del pesebre flotaban por todas partes; torpes y divertidas caras de payaso eran ahora el rostro de los malvados soldados, y el grupo de pastores que dormía al raso se veía embadurnado de chocolate, en las más acrobáticas posturas que los pegajosos dedos de Lola, llenos de saliva y golosinas, habían permitido; incluso las pequeñas joyas y miniaturas de Clara estaban esparcidas aquí y allá: decorando una casucha, en el bolsillo de una lavandera, o en la olla de comida junto al fuego. Y grandes y brillantes pegotes de color cubrían los montes y el cielo de aquella Judea destrozada por la ingenuidad de Lola.

Dos grandes lágrimas rodaron en silencio por las mejillas de Clara, sabiendo que ya nada se podía hacer. Y allí se quedó, llorando, y pidiendo perdón a ese Niño al que tanto quería y por el que tanto se había preocupado. Pero entonces, al caer sus primeras lágrimas sobre el Niño, vio cómo este saltaba contento a atraparlas. Después le guiñó un ojo, sopló sobre sus lágrimas y las lanzó de regreso a sus ojos, antes de volver inmóvil a su sitio en el pesebre.

Y en sus ojos, aquellas lágrimas tocadas por el Niño Dios fueron como unas lentillas que le mostraron todo tal y como era en realidad. Y comprendió que ni el Niño ni su familia querían los lujos ni las joyas, ni la tristeza de los hombres, ni la oscuridad en el corazón de los malvados, ni un mundo triste y sin color. Y que precisamente por eso había venido al mundo.

Y sin dudarlo, y con una gran sonrisa de alegría, tomó en brazos a Lola, le dio el más largo y sonoro beso y dijo:

– ¡Claro que sí, Lola! Así está muchísimo mejor.

Fuente: Cuentos para dormir y despertar