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Hacer de la crianza algo más sencillo y posible

En los Estados Unidos hay un movimiento que invita a los padres a volver la crianza algo más sencillo, más amable y que le dé seguridad afectiva a todos.

Lo primero que busca esta tendencia es que los padres estén menos estresados y logren divertirse más con sus hijos. Igualmente, que tengan menos actividades materiales y más cosas que quieran hacer con ellos y, sobre todo, fomentar la confianza entre padres e hijos, y lograr que los padres se mantengan fieles a sus valores morales y a un sentido de propósito de familia.

Para volver todo más fácil en la crianza, el doctor Gary Chapman, autor The 5 Love Languages of Children, dice que tenemos que entender la necesidad individual de cada niño en cuanto a qué tanto necesita ser acariciado, escuchar palabras de amor, tener tiempo a solas, o recibir juguetes o regalos. La necesidad más profunda de un niño es el sentirse amado. Si está criado con amor, crece siendo un menor sano psicológicamente.

La pregunta que usted se debe hacer es ¿será que mis hijos se sienten amados? Los padres también aprenden cuál es el estilo preferencial de recibir amor de cada hijo observando su conducta, tomando nota de cómo expresarlo y escuchándolo.

Es innegable que los niños que se sienten amados responden mejor a las sugerencias y a la disciplina, adicionalmente, aprenden a expresar sus emociones de manera adecuada.

Otra creencia de la crianza simplificada es evitar idealizar a los hijos. Hay que aceptar a cada uno como es, aunque no nos guste o no estemos de acuerdo con él. Por ejemplo, a muchos de nosotros nos encanta el fútbol y a los hijos no les interesa. Es necesario procesar esa realidad, pero también hay que apreciar todo lo bueno que tiene el hijo y no apegarse a esa diferencia. Otra creencia de este tipo de crianza es siempre enfocar todo lo que pase entre padres e hijos a lo positivo, en vez de lo negativo.

La crianza simplificada también habla de crear actividades y rituales que ayuden a apaciguar temores en los niños. Los expertos en este tema sostienen que la conexión se logra con actos como comer juntos, tomar un tiempo en familia y hablar sobre algo bueno, algo difícil o algo que les asuste, con ello se construyen conexiones familiares; esta es una experiencia muy enriquecedora para todos en la familia.

La esencia de ser un padre sencillo es aprender a tener un balance entre el tiempo, las manifestaciones de amor, sus valores y creencias. También es importante recalcar que para los niños es suficiente con tener solo lo que necesitan y no exceso cosas. En la crianza, muchas veces menos es más.

Fuente: abcdelbebe.com

 

Cuando mamá y papá no se ponen de acuerdo en la crianza

Cada vez son más las parejas que se sientan a hablar sobre la educación de sus hijos, comparten opiniones y llegan a acuerdos para educar a los niños del mismo modo. Pero aún hay parejas que no logran ponerse de acuerdo. A veces no saben cómo hacerlo, es lógico, no nos han enseñado a “sentarnos a hablar y a establecer acuerdos”, nos han enseñado a obedecer, a hacer “lo supuestamente mejor” y a seguir las reglas. Pero, cuando en la crianza de los hijos, papá cree que “lo mejor” es educar de una manera y mamá cree que “es mejor” educar de otra…. ¿Qué hacemos? ¿Cómo sabemos qué es lo mejor? ¿Quién de los dos tiene la razón? Realmente, ¿hay alguno que tenga más razón que el otro?

Otras veces, uno de los dos miembros de la pareja descubre un modo de educar basado en técnicas respetuosas y se da cuenta que quiere desbancarse de sus antiguos métodos que, ni funcionan ni transmiten respeto verdadero. Entonces, lo más seguro es que quiera transmitir a su pareja todo lo que ha descubierto y  que desee que ésta deje de lado sus creencias y “se pase a la nueva educación” descubierta.

 

Sea como sea, lo más posible es que la pareja caiga en una lucha de poder por lograr llevarse a su terreno al otro, osea, “tener la razón”.

 

educación niños estar de acuerdo

 

A mi me ocurrió lo segundo cuando descubrí la Disciplina Positiva. Lo veía todo tan claro, sus principios me parecían tan lógicos, era todo tan respetuoso…. que quería que mi marido lo tomase todo con las mismas ganas que yo. No paraba de hablarle con todo lo nuevo que encontraba, le decía que tenía que leerse este libro y el otro, que si esto, que si lo otro….Pero él no lo veía tan claro como yo.

Pronto llegaron las correcciones: el “no hagas esto”, “no hagas lo otro”, “esto así”, “esto asá”….Mi intención no era hacerle sentir mal, sino lograr que los dos actuáramos del mismo modo ante las situaciones con los niños, pero sin darme cuenta inicié una lucha de poder en la que él acabó sintiendo que todo lo que hacía estaba mal hecho para mi. Se sintió atacado y dolido y también empezó a actuar con correcciones sobre lo que yo hacía. Así no íbamos a llegar a ningún acuerdo. Al final, la conclusión fue que teníamos opiniones diferentes y punto, que cada uno actuara del modo que mejor creyera y que no nos corrigiéramos delante de los niños.

No era la solución ideal, ni mucho menos la que yo deseaba, pero al menos íbamos a dejar de estar como el perro y el gato. Comprendí que no podía obligar a nadie a actuar de un modo distinto a sus creencias, igual que nadie podía obligarme a mi, y que lo único que podía hacer era ser coherente conmigo misma y poner en practica lo que estaba aprendiendo.

Cuando crees que existe un modo de educar a tus hijos que puede ayudarlos a ser personas responsables, con habilidades de vida y con valores sociales cuesta aceptar que tu pareja no comparta tu misma opinión, pero el caso es que desde los zapatos de tu pareja, a él o a ella le ocurre exactamente lo mismo que a ti y cree que ese es el mejor modo de educar. Porque una cosas está clara: También quiere lo mejor para sus hijos.

Y suele ocurrir que cada uno piensa en todo “lo malo que puede pasar” en el futuro de su hijo cuando ve a su pareja actuar con el niño de un modo con el que no está de acuerdo (siendo demasiado permisivo o demasiado autoritario), y piensa en que si el niño crecerá sin autoestima, que irá faltando al respeto continuamente, que no se hará responsable, (como en algunos programas de la tele que la verdad, yo prefiero ya ni verlos porque te hacen darle más vueltas a la cabeza de las necesarias).

En fin, volviendo al tema, ante las diferencias de opiniones sobre la educación de los niños creo (y es lo que yo estoy intentando poner en práctica) que lo mejor que podemos hacer es aplicar disciplina positiva con nuestra pareja. Si, también, porque la Disciplina Positiva no solo nos sirve para educar a los niños sino también para relacionarnos positivamente con los demás. Su base es el respeto mutuo, y no hay nada más importante en cualquier relación que eso.

Si tu eres partidaria de la disciplina positiva, algunas actitudes que puedes tomar si tu pareja no comparte la misma opinión sobre este modo de educar es:

  • Empatizar y comprender su punto de vista.
  • Evitar corregirle o sermonearle.
  • No pretender que haga lo mismo que tu.
  • Confiar en tu pareja y cederle control.
  • Sé tu el ejemplo. Haz un curso y aplica las herramientas que aprendas.
  • Explicarle cómo vas a actuar en determinadas circunstancia para que esté [email protected]
  • Expresar tus límites con respeto y amabilidad.
  • Ante momentos de conflicto, esperar a que se enfríe el ambiente antes de hablar del tema.
  • Confía en el proceso de la Disciplina Positiva. Cuando tratamos con respeto a las personas, los demás también nos tratan con respeto a nosotros. Es algo que se contagia poco a poco.
  • Por último, recuerda que no tienes que ser perfecta, que tu familia tampoco necesita ser perfecta, que no hace falta que las situaciones sean perfectas…..y la educación tampoco, ya que si todo fuera “perfecto” perderíamos una parte de la educación muy importante: La humanidad, la compasión y la visión de los errores cómo maravillosas oportunidades para aprender.

Aplicando estos puntos y creando una base de respeto por las creencias y opiniones de la pareja (igual que de los hijos), estoy segura que con el tiempo podrán sentarse a hablar sobre situaciones que les preocupen y llegar a acuerdos sobre el modo de actuar de manera conjunta.

Yo estoy en el proceso de aplicar los 10 puntos. Aún no ha llegado el momento de sentarnos para ponernos de acuerdo sobre cómo actuar frente a situaciones concretas, pero confío en que llegará. Sé que no es sencillo esperar, confiar, ser el ejemplo. Sé que hay cosas que duelen ver o escuchar, que hay otras que provocan miedo a cómo crecerán los niños el futuro. Sé que algunos días son más duros que otros y que hay mañanas que te levantas y lo ves todo negro, pero si CONFÍAS y RESPETAS lograrás la armonía que deseas también con tu pareja.

Fuente:

Criando juntos: una tarea para toda la vida

El involucramiento de ambos padres en la rutina y crianza de los hijos siempre ha sido un factor importante para un desarrollo sano. Decía Sigmund Freud, “No puedo pensar en ninguna necesidad en la infancia tan fuerte como la necesidad de la protección de un padre”. Ambos padres brindan factores significativos en el desarrollo de sus hijos. No obstante, en las últimas décadas la realidad social ha ido cambiando los roles tradicionales en el hogar.

Factores que han influido en las últimas generaciones al cambio de roles, son los siguientes:

*La inserción de la mujer en el mundo laboral.

*Los horarios laborales más extensos.

*La rapidez en la vida cotidiana; lo cual ha limitado el tiempo de almorzar en familia, el tomar siestas, los momentos de conversación y tiempo de compartir dentro de un mismo hogar.

*La tecnología en el hogar; ha llevado a las personas a estar menos involucrados unos con otros y ha abierto un mundo de información a destiempo para los niños y jóvenes.

*Los tipos de viviendas han cambiado. Anteriormente los niños en las ciudades tenían más espacio para el juego libre y en la naturaleza. Los hogares se limitan a espacios más pequeños y cerrados. Los niños se dedican más al juego sedentario y a la socialización por medio de aparatos tecnológicos.

Cada vez más los padres presentan menos disponibilidad para dedicarles el tiempo necesario a los hijos; para educar, orientar, dar afecto y seguridad. A la mujer integrarse más en el mundo laboral, esto ha llevado a que tenga menos tiempo para dedicarse plenamente al rol de madre. Por ende, en la rutina diaria la figura paterna y materna trabaja más en equipo, para poder manejar el día y las necesidades que van presentando los niños.

El rol del padre siempre ha sido una función importante en el desarrollo de un niño. La figura paterna tiende a brindar el sentido de seguridad, el sentido de protección y orientación de la figura masculina en la vida del niño. La madre también juega un papel muy importante en el desarrollo del niño; el sentido de cuidar, organizar y dar seguimiento, la afectividad y la estabilidad emocional. En ocasiones es la figura paterna que ofrece ciertos factores y viceversa; esto varía dependiendo del rol que se asuma, de la personalidad de la persona y de la realidad familiar que se viva.

Aunque el mundo vaya cambiando, el ser humano presenta las mismas necesidades emocionales y afectivas; lo cual requiere del seguimiento constante de los progenitores y personas significativas en la vida del niño.

Fuente: nuestroshijos.do

Cómo fomentar la honradez y la honestidad en los niños

Lo primero es que tienes que enseñar con el ejemplo; ya que tus hijos te observan todo el tiempo, están muy pendientes de la más mínima conversación y o acción que tu realizas y si por ejemplo,  te ven que te robas las luces en rojo porque no hay una autoridad, que te pasas de listo y le coges el parqueo a alguien que está intentando paquearse; que tratas de sobornar con regalitos para obtener beneficios por encima de otros… ; que cuando tu niño o niña lleva de la escuela a la casa una prenda u objeto  que no es de él o de ella y tú no la devuelves, entonces no estás siendo un buen ejemplo.

Recuerda que cuando se es honrado y honesto desde chiquito es la mejor herencia y orgullo que exhibirá cuando sea adulto.

Ser honrado y honesto es tener vergüenza.  Permite que tu niño o niña tengan el sentimiento de sentirse avergonzado cuando inocentemente dicen una mentirita, se comen la merienda de sus amiguitos…  Corrígelos con amor y lo mejor es, de acuerdo a su edad, ponle una sillita para pensar durante 2 o cinco minutos.

El valor de ser honrado es en la casa que se aprende.

Enséñale el valor que tiene el trabajo de papá y mamá que no importa cuál es el oficio que realizan cuando se hace con dignidad.  Que las cosas se consiguen con esfuerzo, dedicación y empeño.

Educar en valores es algo muy importante, seguramente más que enseñar Lengua Española o Matemáticas.  ¿Quién se ocupa de hacerlo? Es penoso ver tantas vidas y familias arruinadas por la desmedida ambición, amor a lo ajeno y la exhibición del lujo como símbolo de superioridad.

 

 

Los hijos no se “pierden” en la calle, sino dentro de casa

“Sembrad en los niños buenas ideas, aunque hoy no las entiendan el futuro se encargará de hacerlas florecer” (María Montessori)

Los hijos no se “pierden” en la calle. De hecho, esa pérdida se inicia en el propio hogar con ese padre ausente, con esa madre siempre ocupada, con un cúmulo de necesidades no atendidas y frustraciones no gestionadas. Un adolescente se desarraiga tras una infancia de desapegos y de un amor que nunca supo educar, orientar, ayudar.

Empezaremos dejando claro que siempre habrá excepciones. Obviamente existen niños con conductas desadaptativas que han crecido en hogares donde hay armonía y adolescentes responsables que han conseguido marcar una distancia de una familia disfuncional. Siempre hay hechos puntuales que se escapan de esa dinámica más clásica donde lo acontecido día a día en una casa marca irremediablemente el comportamiento del niño en el exterior.

En realidad, y por curioso que parezca, un padre o una madre no siempre termina de aceptar este tipo de responsabilidad. De hecho, cuando un niño evidencia conductas agresivas en un centro escolar, y se toma contacto con los padres por parte del tutor, es habitual que la familia culpabilice al sistema, al propio instituto y a la comunidad escolar por “no saber educar”, por no intuir necesidades y aplicar adecuadas estrategias.

Si bien es cierto que en lo que se refiere a la educación de un niño todos somos agentes activos (escuela, medios de comunicación, organismos sociales…), es la familia la que hará germinar en el cerebro infantil el concepto de respeto, la raíz de la autoestima o la chispa de la empatía.

Los hijos, el legado más importante de nuestro futuro

H. G Wells dijo una vez que la educación del futuro iría de la mano de la propia catástrofe. En su famosa obra “La máquina del tiempo”, visualizó que para el año año 802.701, la humanidad se dividiría en dos tipos de sociedad. Una de ellas, la que vivíría en la superfice, serían los Eloi, una población sin escritura, sin empatía, inteligencia o fuerza física.

Según Wells, el estilo educativo que predominaba en su época ya apuntaba resultados en esta dirección. El inicio de las pruebas estandarizadas, de la competitividad, de las crisis financieras, del escaso tiempo de los padres para educar a sus hijos y de la nula preocupación por incentivar la curiosidad infantil o el deseo inherente por aprender hacían ya que, en aquellos albores del siglo XX, el célebre escritor no augurara nada bueno para las generaciones futuras.

No se trata de alimentar pues tanto pesimismo, pero sí de poner sobre la mesa un estado de alerta y un sentido de responsabilidad. Por ejemplo, algo de lo que se quejan muchos terapeutas, orientadores escolares y pedagogos es de la falta de apoyo familiar que suelen encontrarse a la hora de hacer intervención con ese adolescente problemático, o con ese niño que evidencia problemas emocionales o de aprendizaje.

Cuando no hay una colaboración real o incluso cuando un padre o una madre desautoriza o boicotea al profesional, al maestro o al psicólogo, lo que conseguirá es que el niño, su hijo, continúe perdido. Aún más, ese adolescente se verá con más fuerza para seguir desafiando y buscará en la calle lo que no encuentra en casa o lo que el propio sistema educativo tampoco ha podido darle.

Hay niños difíciles y demandantes que gustan actuar como auténticos tiranos. Hay adolescentes incapaces de asumir responsabilidades, y que adoran sobrepasar los límites que otros les imponen acercándose casi hasta la delincuencia. Todos conocemos más de un caso, sin embargo, hemos de tomar conciencia de algo: nada de esto es nuevo. Nada de esto lo ocasiona Internet, ni los videojuegos ni un sistema educativo permisivo.

Al fin y al cabo estos niños evidencian las mismas necesidades y conductas de siempre contextualizadas en nuevos tiempos. Por ello, lo primero que debemos hacer es no patologizar la infancia ni la adolescencia. Lo segundo, es asumir la parte de responsabilidad que nos toca a cada uno, bien como educadores, profesionales de la salud, divulgadores o agentes sociales. Lo tercero y no menos importante, es entender que los niños son sin duda el futuro de la Tierra, pero antes que nada, son hijos de sus padres.

Los ingredientes de la auténtica educación

Cuando un profesor llama a una madre o a un padre para advertirles de la mala conducta de un niño, lo primero que siente la familia es que se está poniendo en tela de juicio el amor que sienten por sus hijos. No es cierto. Lo que ocurre, es que a veces ese afecto, ese amor sincero se proyecta de forma errónea.

• Querer a un hijo no es satisfacer todos sus caprichos, no es abrirle todas las fronteras ni evitar darle negativas. El amor auténtico es el que guía, el que inicia desde bien temprano un sentido real de responsabilidad en el niño, y que sabe gestionar sus frustraciones dando un “NO” a tiempo.

• La educación de calidad sabe de emociones y entiende de paciencia. El niño demandante no detiene sus conductas con un grito o con dos horas de soledad en la propia habitación. Lo que exige y agradece es ser atendido con palabras, con nuevos estímulos, con ejemplos y con respuestas a cada una de sus ávidas preguntas.

Hemos de tomar conciencia también de que en esta época donde muchas mamás y papás están obligados a cumplir jornadas de trabajo poco o nada conciliadoras con la vida familiar, lo que importa no es el tiempo real que compartamos con los hijos. Lo que importa es la CALIDAD de ese tiempo.

Los padres que saben intuir necesidades, emociones, que están presentes para guiar, orientar y para favorecer intereses, sueños e ilusiones, son los que dejan huella y también raíces en sus hijos, evitando así que esos niños las busquen en la calle.

Fuente: lamenteesmaravillosa

Lo que sucede cuando un niño crece sin límites

Imagina que caminas por una montaña que no conoces y llegas a una zona escarpada en donde apenas se ven los bordes. Afortunadamente alguien señaló con una barrera el final del camino. De no ser así, algún despistado se caería accidentalmente.

Algo así es lo que sucede con los niños: Si en su camino nadie se preocupó de poner barreras para indicar las zonas peligrosas del camino, se caerá. Si nadie coloca en su camino señales que indiquen qué dirección de be tomar… se perderá. Te explicamos qué sucede cuando un niño crece sin límites ni normas.

7 cosas que suceden cuando un niño crece sin límites

Aunque sea mucho más fácil decir que sí a todo para dejar de oír ese insoportable llanto que tornó en rabieta… puede que a corto plazo nos haya ayudado, pero a largo plazo, pasará factura. No decir No a tiempo a un hijo tendrá sus consecuencias. Si el niño no encuentra límites, ¿sabes qué le sucederá cuando crezca?

1. Se sentirá desorientado, confuso. Para un niño, una falta de límites es entendido como. Y cuando crezca, culpará a sus padres por todo ello.

2. Se sentirá desprotegido. Esto genera una baja autoestima y confianza en sí mismos. Los límites dan seguridad. Ese cartel que indica ‘cuidado, por ahí es peligroso continuar’, nos da seguridad. Igual ocurre con los límites que imponemos a los niños.

3. Genera una baja tolerancia a la frustración. Un niño que nunca ha tenido que asumir que no todo se consigue en esta vida, no sabrá lo que es la frustración. Cuando algo no le salga como desea, no sabrá hacerle frente a este nuevo sentimiento.

4. Se volverá caprichoso y no sabrá valorar lo que tiene. En realidad si en todo momento conseguía lo que quería, esto no hará más que alimentar su deseo de querer más y más. Y a su vez, al conseguir de forma sencilla lo que desea, hará que pierda la percepción del valor que tienen las cosas, ya que no precisa de esfuerzo para conseguirlo. El valor del esfuerzo para él será inexistente.

5. No será capaz de controlar sus emociones. Tendrá problemas de actitud en un futuro. Se sentirá vacío y no será capaz de controlar la ira o la tristeza. Y lo peor de todo… Será infeliz.

6. Será un perfecto manipulador. Si desde pequeño consiguió manipular a sus padres en favor de su propio beneficio, imagina lo que habrá aprendido para cuando sea mayor. El pequeño tirano podrá convertirse en un adolescente prepotente y manipulador.

7. No sabrá esperar. Si desde pequeño le dijiste a todo que sí, el niño pensará que nada precisa esfuerzo para conseguirlo. No desarrollará el valor de la paciencia. Será impaciente, actuará por impulsos y cuando un día vea que no puede conseguir algo de forma inmediata, se desesperará y le creará una gran confusión y rabia.

Lo más fácil es hacer caso a las peticiones del niño. En un momento de estrés o vergüenza ante una rabieta, muchos padres prefieren darle lo que pide. Esta no es más que una trampa. Así lo explica la teoría del refuerzo negativo de Patterson, quien asegura que la decisión de acceder al chantaje afectivo de un niño, es beneficioso a corto plazo para los padres, pero será negativo a largo plazo y las exigencias de su hijo irán creciendo a una velocidad exponencial. El niño comenzará a comportarse de forma violenta y agresiva porque busca con esa llamada de atención esos límites que no encontró.

Cómo poner límites a los niños

Poner límites no significa imponerse sin sentido, ni vulnerar los derechos del niños. No significa no dejarle hablar, ni dar su opinión. Poner límites tampoco significa gritarles. Se pueden establecer límites de forma racional y consensuada, respetando ciertas libertades de los niños y cierta elasticidad. Por ejemplo, no significa que no dejes jugar a tu hijo en casa, sino que ciertas formas de juego no están permitidas en casa. Pueden jugar a la pelota en casa con las manos pero puedes prohibirle jugar al fútbol en el salón. Para poner límites:

1. Deben ser límites consensuados con la pareja. No puede ser que el padre imponga unos límites y la madre no está de acuerdo y no los respete. Ambos deben llegar a un acuerdo sobre lo que los niños pueden y no pueden hacer.

2. Establece cierta elasticidad en las normas pero deja muy claro dónde está el límite. Tal vez puedas permitir que durante la comida se levanten una vez al servicio, pero nada más que una. Las normas además deben ser claras, que no creen confusión. Y por supuesto, deben ser explicados a los niños para que ellos entiendan por qué se establece el límite.

3. Nunca cedas. Si ‘te ablandas’ ante la mirada tierna de tu hijo y te saltas un día uno de los límites, será difícil imponerlo de nuevo.

4. Siempre desde el respeto. Imponer un límite no significa ser tirano y utilizar la fuerza del más fuerte. Los límites se pueden aplicar desde el cariño y el respeto.

5. Los pilares básicos: el amor y los valores. Si estableces los límites en función de una escala de valores, el niño tendrá una base sólida y razonada. Recuerda que los valores son fundamentales en su educación, ya que les sirve como guía en su aprendizaje.

Fuente: Guiainfantil.com

Estos son los pasos para criar a un buen niño, según Harvard

Nadie nos enseña a ser papás, pero según Harvard, estos son los pasos que debes seguir para que tu hijo sea un buen ser humano.

Según un estudio realizado por Rick Weissbourd, psicólogo de la universidad deHarvard, solo uno de cada cinco niños creen que a sus padres les preocupa que sus hijos sean buenas personas, por encima de sus logros académicos o su felicidad.

El proyecto Making Caring Common (“Hacer de la solidaridad algo común”) encuestó a 10.000 alumnos de secundaria y bachillerato sobre los valores que eran más importantes para ellos y el 80 por ciento de ellos consideraron que los logros personales o la felicidad eran lo más importante. Para cambiar este modelo educativo y que los niños aprendan a poner en orden sus prioridades, Weissbourd nos facilita la guía para criar a un buen niño en cinco pasos.

  1.   Que preocuparte por otros sea tu prioridad.

Necesitan oírte decir que ayudar a los demás y ser buenos es la prioridad número uno. Esto les ayudará en sus relaciones con los demás y, por lo tanto, a alcanzar una felicidad plena. dile que lo importante es que sea feliz, que se dirija a los demás con respeto.

  1.   Haz que practiquen la amabilidad y gratitud.

Varios estudios muestran que las personas que habitualmente expresan su gratitud suelen estar más dispuestos a ayudar y son más generosos, compasivos e indulgentes; y también ¡más sanos y felices! No lo recompenses por cada buena acción, hazle saber las diferencias entre buenas o malas acciones,  trabaja con ellos la bondad y que dar gracias se  convierta en un hábito.

  1.   Enséñalos a tener perspectiva.

El objetivo es que nuestro hijo aprenda a preocuparse por alguien de fuera de su círculo, como un niño nuevo en clase, el conserje del colegio, o incluso alguien que viva en otro país.

  1.   Sé un ejemplo de moralidad.

Los niños aprenden valores observando cómo actúan las personas que les rodean. Debes practicar la honestidad, justicia y caridad para que tus hijos puedan aprenderlo de ti.

  1.   Ayúdales a manejar sentimientos negativos o destructivos.

Enseñarles a manejar estos sentimientos negativos para que no les impidan preocuparse por los demás. Debe aprender a trabajar la frustración, el enojo por sí solo, respirando y expresando lo que siente para que su comportamiento no afecte a otros.

¿Por qué todos opinan sobre cómo criar a los hijos de los demás?

Catherine L’Ecuyer

Hace 12 años. Eran las dos de la mañana y llevaba apenas unas horas estrenando, con sentimientos encontrados, esa maravilla que llamamos maternidad. Asombro, euforia, pero también culpabilidad, dolor y miedo.

Nadie me había dicho que la lactancia iba a ser un calvario. Mientras luchaba en la penumbra, se me acercó una señora vestida con bata y, con un trato muy poco delicado, empezó a aleccionarme sobre la lactancia, introduciéndose en la recién estrenada intimidad madre-hija, sin que le hubiese pedido su ayuda.

Me dijo que lo estaba haciendo muy mal y me hundió de consejos para ser una madre aceptable. “Muchas gracias”, le dije, esperando que nos dejara a solas. Qué sorpresa me llevé al verla dar media vuelta para seguir con su trabajo, cogiendo el suape. Pertenecía al turno nocturno del equipo de limpieza del hospital.

Es curiosa la alegría, el desparpajo con que la gente opina. ¿Por qué existirá esa especie de inercia irresistible en el ámbito educativo y de la crianza para opinar de todo lo que uno piensa, y a veces ni sabe? Las suegras, las cuñadas, las amigas, los expertos educativos, las redes, las empresas que venden productos, las revistas educativas. Todos opinan con una alegría, una contundencia y una seguridad que dan miedo. Menos mal que sabemos que la veracidad de un juicio no depende de la fuerza con la que se emite. Pero cuando uno va sin experiencia, cuánto se traga…

¿Qué mueve a dar consejos a todos y a todas horas? Sin duda, está el bienintencionado, el que por empatía auténtica quiere ayudar a toda costa, pero que no mide su propia fuerza. Prefiere soltar cualquier cosa que quedarse callado ante un problema. Intuyo que fue el caso de la señora que hace 12 años se me acercó en la penumbra mientras limpiaba.

Luego está el resabido, el que lo sabe todo porque se conoce de memoria lo que predica la industria del consejo empaquetado y siempre tiene la respuesta a punto a todos los problemas. El resabido no es consciente de lo pesado que es, sobre todo cuando alecciona en público. Pero sin duda, la peor clase de consejo que podemos recibir, es la del oportunista. El mercado está repleto de consejos oportunistas, ajenos a la mentalidad científica, basados en modas educativas de turno y que intentan sintonizar con un sentimiento general afín para crear simpatía entre sus lectores.

Me atrevo a decir que los consejos oportunistas son los primeros enemigos de la educación con sentido. ¿Por qué? Si nos fijamos bien, usan un lenguaje tan general que, además de no decir nada concreto, acaban sembrando una confusión absoluta. Por ejemplo, ahora se ha puesto de moda advertir de la sobreprotección. Se leen artículos en numerosas revistas educativas “prohibiendo” tener una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestro hijo y prevenirles o evitarles cualquier mal o sufrimiento”.

Para darnos cuenta del sinsentido del consejo oportunista, un ejercicio interesante puede consistir en analizar esa cita, procurando interpretarla.

¿Se considera una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestros hijos” el calmarles con la tableta para dormirles o el comprarles chucherías cuando nos las reclaman con una pataleta con 3 años?

¿Se consideran las tabletas y las chucherías “necesidades”? ¿Se considera una “preocupación excesiva por satisfacer al momento las necesidades de nuestros hijos” el dar el pecho a demanda, o el tener seis cámaras pendientes de sus movimientos nocturnos? ¿Y el tomar la temperatura del baño con 6 meses? ¿Y con 10 años? ¿Y el atenderlos cuando tienen frío al día de nacer, o cuando piden brazos llorando porque les duele el estómago o porque les asusta la vista de un extraño con 6 meses, o cuando lloran desconsolados al entrar al colegio con 18 meses?

¿Se considera una “preocupación excesiva por prevenirles o evitarles cualquier mal o sufrimiento” el impedir que abran el cajón de cuchillos con 4 años, el llevarles al cole el bocadillo que se olvidaron en casa con 15 años o el impedirles que suban un árbol de cuatro metros de altura? ¿Y de 40 metros?

Con esos consejos genéricos, la confusión está servida. Quizás por eso, algunas madres llaman “histéricas” a otras que no se atreven a dejar a sus bebés en manos de canguros desconocidos. Consideran hacerlo una proeza para inculcar “madurez” y autonomía cuanto antes al retoño. Y llaman “enmadrados” a niños que lloran al entrar por primera vez en el colegio.

Es curioso que exista una palabra en castellano, “mamitis”, que haga sonar a trastorno la natural y sana manifestación de la necesidad afectiva de un niño. No sorprende, dada la facilidad que tenemos en ponerle etiquetas de trastorno a absolutamente todo lo que consideramos fuera de la “normalidad”. Una vez definida la normalidad como lo que se sale de la norma, habría que ver quién marca la norma, si es la naturaleza misma, la dictadura de la mayoría, o un oportunista y seudocientífico interés en ella.

Lo que dice la literatura científica, que se ubica en las antípodas de la industria del consejo empaquetado, es que el vínculo del apego es clave para un buen desarrollo de la persona. Coinciden miles de estudios en que el vínculo del apego seguro se establece a base de atender a tiempo las necesidades básicas (biológicas, afectivas) del niño durante sus primeros dos años de vida. Y la literatura científica nos da pautas concretas de lo que significa eso. Sin embargo, hoy por hoy, suena bien decir que “no hay que tener una preocupación excesiva por satisfacer las necesidades de nuestros hijos”, sin matizar ni siquiera por edad. Porque es lo que se lleva. Y se considera que lo que se lleva manda. Es curioso eso. Las modas están sujetas a gustos y cambian, pero curiosamente, obligan.

Y nosotros, por buscar lo mejor para nuestros hijos, porque andamos sin experiencia y no quisiéramos equivocarnos, aceptamos con resignación la dictadura de las modas. En la educación, si no sabemos y no tenemos medios de saber lo que conviene hacer, es mejor seguir la intuición y equivocarse cien veces para finalmente encontrar el punto, que seguir ciegamente un consejo oportunista y seudocientífico.

Lo que no va a ser nunca objeto de moda es lo que reclama la naturaleza de nuestros hijos, en función de cada edad. La dificultad de educar, y también paradójicamente el éxito en hacerlo, reside precisamente en eso: en la capacidad de discernir entre lo que reclama el niño y lo que reclama su naturaleza, que no siempre coinciden. Eso no lo puede hacer un manual de crianza escrito por personas que no conocen a nuestros hijos, no lo puede hacer una aplicación informática, por muy sofisticados que sean sus algoritmos, ni nos lo pueden resolver consejos, por muy bienintencionados que sean, y menos si son oportunistas y seudocientíficos. Esa capacidad de discernir nos la facilita la literatura académica. Pero no nos engañemos. Al fin y al cabo, lo hace una piel fina, y esa piel fina es la sensibilidad que desarrolla un padre, una madre, a base de estar tiempo con su hijo observándolo. Es “sentir con”, que se resume en una palabra: la empatía. No es casualidad que la literatura científica haya encontrado que el principal indicador para el buen desarrollo de un niño sea la sensibilidad de su principal cuidador, y que los niños con apego seguro sean más empáticos.

Y si alguien vuelve a hundirnos con consejos, bienintencionados o no, y a asegurarnos que lo estamos haciendo muy mal, deberíamos recordarle que antes de opinar sobre el estilo de crianza de otro, es mejor esperar a que nuestros hijos tengan por lo menos 90 años.

Catherine L’Ecuyer es autora de Educar en el asombro y Educar en la realidad.

Fuente: elpais.com/