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La regla de las cuatro erres para criar a los niños sin castigos

Mejor que reprender a los pequeños, es recomendable aplicar la educación respetuosa basada en las consecuencias: un método que responde a su conducta, tiene en cuenta sus necesidades y es más constructivo.

En los últimos años, los estudios neurocientíficos han demostrado las repercusiones que tienen los castigos sobre el cerebro y la salud mental de niños y adolescentes. No solamente lo demuestra la neurociencia, sino que el sentido común y las prácticas educativas, democráticas y respetuosas también lo apoyan, además de suponer una alternativa muy eficaz.

La educación tradicional, la que ha recibido la mayoría, se basa en la rigidez, el respeto impuesto, el chantaje, las relaciones de poder, la amenaza y el castigo. Sin embargo, la educación respetuosa se caracteriza por la comunicación, el amor incondicional, la empatía, la flexibilidad y el respeto mutuo. Se acepta al niño tal y como es, además de entender que los niños no se portan mal, sino que solamente expresan sus necesidades. Es cierto que lo más efectivo a corto plazo para modificar la conducta de los más pequeños es el grito, la amenaza y el castigo. Pero, ¿es también lo más respetuoso? Desde luego que no.

Lo más recomendable es la educación respetuosa que sustituye los castigos por las consecuencias. No se consiguen resultados de manera inmediata, pero sí a medio-largo plazo de una manera más consistente y teniendo en cuenta el desarrollo y las necesidades del menor. Dado que el castigo se ha ido ejerciendo y transmitiendo de generación en generación, aunque ahora seamos conscientes de sus repercusiones, resulta difícil desinstalarlo de nuestro cerebro. Para reconocer cuándo lo aplicamos, veamos algunas de sus características básicas:

  1. Revancha: cuando un niño es castigado, aparece de manera innata las ganas de devolver lo que le han hecho. Si me pegaste por hacer algo mal, tendré ganas de devolverte el golpe que me diste. Ojo, porque esto mismo también les pasa a los adultos cuando son castigados o sienten que otras personas les castigan.
  2. Retraimiento: si un niño está correteando por el pasillo de su casa y no cesa su juego a pesar de que su padre le está diciendo que deje de correr, en el momento en que el padre dé un grito, el niño sentirá miedo y dejará de correr de inmediato. Recordemos que el miedo intenso paraliza y afecta a la autoestima del niño.
  3. Resentimiento: aunque el menor no sea consciente, en lo más profundo de su ser siente que el adulto que castiga le está tratando de manera irrespetuosa y que no es merecedor de ser tratado así. Está resentido porque se siente injustamente tratado.
  4. Rebeldía: ante el castigo, a veces, el menor se rebela contra la autoridad pegando, insultando o agrediendo. La rabia que siente por ser tratado de esa manera le invita a desobedecer. Basta que el padre diga “A” para que el niño diga “B”.

En el castigo, el adulto interviene aplicando al menor una consecuencia artificial e irrespetuosa. El objetivo es instaurar el miedo en el cuerpo del menor para que deje de portarse mal y haga, de una vez por todas, aquello que desea y ordena el adulto. El castigo impuesto no está relacionado con la conducta que pretendemos corregir. Por ejemplo, si mi alumno de cinco años empuja a un compañero de clase y le castigo sin recreo, estaré poniendo en marcha una consecuencia artificial que nada tiene que ver con la conducta desadaptativa que quiero verificar (empujón).

Una vez que hemos visto cuáles son los pilares que caracterizan el castigo, veamos cuáles son los dos tipos de consecuencias de las que solemos hablar los profesionales para poder sustituir las reprimendas por estas:

  • Consecuencias naturales: este tipo se dan sin que los padres o maestros intervengan de alguna manera. Por ejemplo, la consecuencia natural de comerte una caja entera de bombones es que te puede sentar mal (dolor de estómago, náuseas, vómitos, malestar general, etcétera).
  • Consecuencias lógicas: a diferencia de las anteriores, en estas sí que interviene el adulto. Por ejemplo, si mi hijo de ocho años le rompe a propósito un coche a su hermana pequeña podemos aplicar una consecuencia lógica que consista en que compre un coche para su hermana con su dinero. En este caso intervenimos los adultos, pero se pone en marcha una consecuencia sensata y respetuosa con los hijos.

Ahora bien, para que la consecuencia sea efectiva, se deben cumplir los cuatro requisitos siguientes:

  1. Respetuosa: la consecuencia debe respetar al menor y tenerle presente en todo momento. El objetivo es que aprenda, no inculcarle miedo para que deje de hacerlo.
  2. Razonable: toda consecuencia debe ser sensata y razonable. Aplicada en su justa medida. Debemos evitar tanto poner una consecuencia exagerada como pasar por alto lo sucedido.
  3. Revelada con anterioridad: la anticipación es uno de los mejores recursos que los padres pueden utilizar con sus hijos. Contarles lo que viene a continuación o lo que ocurrirá si no se lleva a cabo una determinada acción es fundamental. Les ayuda a planificarse y a anticiparse a las posibles consecuencias.
  4. Relacionada: la consecuencia debe tener una relación con el acto que se ha llevado a cabo. Si no existe una continuidad entre la acción y la consecuencia, es posible que estemos en presencia de un castigo.

Si lo analizamos desde una perspectiva neurobiológica, los castigos activan la parte inferior del cerebro del niño, mientras que las consecuencias aplicadas de manera respetuosa lo activan entero, algo que permite un verdadero aprendizaje. Ya hemos visto que tanto las características de la reprimenda como los requisitos de las consecuencias se basan en la regla de las cuatro erres. En el castigo, el menor no aprende que lo que ha hecho es peligroso o es una falta de respeto hacia los demás, sino que aprende a obedecer y a sentir miedo hacia quien le castigó. Los niños castigados pueden sentir emociones de defensa tan dispares como la rabia, el miedo o la tristeza, lo que les dificulta tomar decisiones por ellos mismos, respetarse y exigir ser respetados por los demás.

*Rafa Guerrero es psicólogo y doctor en Educación. Director de Darwin Psicólogos. Autor de los libros ‘Educación emocional y apego’ (2018) y ‘El cerebro infantil y adolescente’ 

Fuente: elpais.com

7 señales de que estás criando bien a tus hijos

“Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”. Pitágoras

Hoy en día sí que no podemos decir que nadie nos ha enseñado a ser padres porque vaya que tenemos un enorme abanico de herramientas y posibilidades que hacen que esta labor sea más sencilla y asequible.

Si bien cada individuo es único y con necesidades muy específicas, en asuntos básicos la educación podríamos decir que es universal.

La magia radicará como padres en saber educar – “educere”- sacar desde dentro hacia fuera lo mejor de cada uno de nuestros hijos.

Formarles, forjarles, dirigirles es una maravillosa aventura en la que no vamos solos.

Pero, ¿cómo saber si los estamos criando bien?

Existen padres – que a mí opinión son la gran mayoría- que han hecho una labor maravillosa.

Hay 7 señales características de niños bien criados por estos padres que el psicólogo clínico y escritor Nadene van der Linden observó en sus años de práctica.

¿Cuáles son? 

1. Los hijos tienen la capacidad de expresar ampliamente emociones como enojo, tristeza o miedo frente a los padres es una buena señal de que se sienten emocionalmente seguros con ellos y de que llevan una buena relación.

2. Los hijos acuden a los padres en primera instancia al enfrentar algún problema. Esto quiere decir que les han proporcionado una base segura a la que ellos pueden regresar cuando necesiten ayuda porque están abiertos a la comunicación sobre las cosas que les son difíciles en sus vidas.

3. Los hijos pueden discutir pensamientos y sentimientos sin temor a la reacción de sus padres. Esto es un signo positivo de una relación padre-hijo receptiva, abierta y flexible.

4. La opinión de los padres a los hijos es eso, un comentario y no una crítica con etiquetas. Es decir, emiten opiniones no críticas sobre el comportamiento -no sobre el hijo- y evitan etiquetas como eres “malo”, “burro”, “envidioso”, “peleonero”, “flojo”…

5. Padres que motivan a sus hijos a perseguir sus propios intereses y sueños destacando sus talentos. El animarlos a sobresalir en algo que “ellos” aman les ayuda a tener una sensación de dominio y logro.

6. Padres que establecen límites en el comportamiento para mantener a sus hijos seguros. Estos les ayudan a sentirse amados y valorados, incluso si algunas veces no están de acuerdo con ellos.

7. Padres que reparan sus errores delante de sus hijos. Son padres que si pierden el control delante de ellos o comenten algún fallo se atreven a reconocer, a explicar y a pedir perdón.

BOY

Ahora está el otro lado de la moneda. Enunciaré las señales de que cómo padres tienen un área de oportunidad considerable, no para qué se juzguen temerariamente, sino para que observen y hagan los cambios pertinentes.

Si sus hijos no ayudan en casa; hacen berrinches frecuentes dentro y fuera del hogar al grado que todos les voltean a ver; le ruegan para que les obedezca y les haga caso; siempre quiere más y vive insatisfecho y en queja; les ignora y tampoco presta atención a reglas básicas de convivencia y comportamiento; es controlador y le gusta manipular a los adultos; es chantajista y solo entiende por medio de sobornos…

Bueno, la lista puede seguir… pero esto no es para que tiren la toalla o se sientan un padres fracasados. No. Es simplemente para que vean que aún hay mucho bueno que pueden hacer y que quizá sería bueno buscar apoyo externo con especialistas en la materia.

Recuerden que ustedes son los padres y que si se los confió es porque sí pueden con esta gran responsabilidad. Es cuestión de voluntad, querer hacerlo bien y para ello pueden formarse sobre lo que consideren necesario. Como dije antes, se trataría de reforzar las áreas de oportunidad y no es un imposible.

Amar es educar y educar es amar. La educación es por esencia un acto, un proceso dinámico que nace con el hombre y muere con él. Sus hijos tienen a los mejores educadores, maestros a los que llaman papá y mamá.

Fuente: aleteia.org

Crianza de los jóvenes de hoy, ¿en qué hemos fallado?

Quizá la principal queja de los padres en la actualidad es que “la tarea más difícil de la vida de un adulto es ser padre o madre y que nadie les enseña como hacerla”. Esta frase repetida muchas veces por los padres refleja, por un lado, la complejidad de la tarea, la angustia que sienten los padres al enfrentarse a una realidad para la cual no están preparados y por el otro, la necesidad de ayuda que tienen, para cumplir adecuadamente, una misión que las sociedades les pide.

Durante la infancia de sus hijos(as) ambos padres se mantienen relativamente tranquilos, pues a pesar de que están aprendiendo a ser padres, las demandas de estos no los agobian. Sienten que pueden controlar tanto sus hijos(as) como a las influencias externas. Esto puede deber sea a que los padres, en la infancia los niños(as) no tienen la categoría de persona y el ser padre se convierte en una forma de ejercer control y autoridad, y en brindar amor de a través de los que se les compra. Para los padres, esto funciona durante esos años sin darse cuenta de que es, en estas primeras etapas, donde deben establecer una adecuada relación con sus hijos(as), la cual será fundamental para los años siguientes.

Cuando sus hijos(as) llegan a la adolescencia, ya a los padres no pueden ejercer el mismo control que tenían antes sobre ellos y sobre el afuera. Es entonces cuando sienten que están fallando como padres, que están haciendo las cosas mal y empiezan a angustiarse dando origen a conflictos familiares no solo, entre padre e hijos(as), sino también entre los padres.

Estos conflictos al interior de las familias no se debe solo a problemas internos sino también externos, como son:

  • El manejo de los límites. En ocasiones, los padres no saben o no pueden poner límites a sus hijos(as), esta situación se complica cuando ambos están ausentes por cuestiones de trabajo, lo que hacen que se sientan culpables a la hora de poner reglas o límites, pues sienten que ya de por sí sus hijos están carentes de atención y cariño por parte de ellos.
  • La comunicación tanto de padres con hijos(as), como entre padre y madre. La televisión y las múltiples ocupaciones que tiene los adultos contribuyen a que cada vez haya menos períodos de comunicación e intercambio entre ellos. En la comunicación y en el manejo de los límites juega un papel importante la forma en que fueron criados los padres, pues, en general, éstos crecieron en familias donde no había comunicación entre la pareja ni con los hijos y en donde la palabra de los padres o de los hijos mayores, era la que se imponía, por lo que, aunque ahora como padres, quiere tener una comunicación y una relación diferente y más adecuada en sus familias de procreación no saben cómo.
  • La relación de pareja. Esta, sea que esté bien o mal, tienen sus efectos directos o indirectos en las relaciones familiares y en su estabilidad. Cada pareja pasa por sus propias crisis las cuales debe enfrentar, que se unen con sus funciones y crisis paternales.
  • La situación económica. En la actualidad la mayoría de las familias costarricenses enfrentan problemas económicos a causa de la crisis que atraviesa el país. Esto hace que las familias tengan que restringir y ajustar sus gastos que haya más necesidad de que otros miembros salgan a trabajar, cortando así las posibilidades de estudio que tenían. Esta situación provoca angustia, frustración y preocupación al interior de las familias.
  • La presencia – ausencia de los padres. No solo porque ambos padres tengan que salir del hogar a trabajar, lo que reduce el tiempo que éstos pueden pasar con sus hijos(as), sino también porque cada vez son más las familias en las que está ausente la figura paterna y es la madre sola la que lleva la crianza y manutención de los hijos, sin que haya nivel social, recursos que faciliten esa tarea, pues nuestra sociedad tiene sus estructuras establecidas para que la madre se quede en el hogar y el padre salga a trabajar. Está también el caso de las familias conformadas por padre y madre, pero en las que el padre está ausente en la crianza y educación de los hijos(as), cumpliendo la función de proveedor.
  • Violencia familiar. Si bien no está presente en todos los hogares, el silencio que la caracteriza ha hecho que pase inadvertida, y no es si no hasta ahora que hay mayor apertura social para la denuncia de estos hechos que se sabe que están presentes en muchas de las familias costarricenses. Esta violencia es sufría principalmente por las mujeres, los niños, las niñas, los (las) adolescentes y los (las) ancianos(as), a nivel físico, sexual, emocional y patrimonial. Provocando la denigración de la persona en su condición de ser humano, lesiones físicas y emocionales, disminución de su autoestima, pérdida de la confianza en sí misma y en la familia y daña, no solo a la persona que lo sufre sino también a los que están a su alrededor y a la sociedad en general.
  • Lo medios de comunicación. Estos influyen en las familias vendiéndoles la “necesidad” de consumir y creando esa “necesidad” en los niños(as) y adolescentes. Vendiendo nuevas formas de violencia que son difíciles de asimilar en esta población, más aún, cuando no se pueden ser supervisados por los adultos. Creando nuevas formas de vidas y fantasías que no se ajustan a nuestra realidad y que no van a poder ser alcanzadas.
  • Desconocimiento, por parte de los padres y de los adultos en general, del desarrollo físico, emocional por el que atraviesan sus hijos en las diferentes etapas evolutivas, lo cual provoca que los padres no puedan comprender y responder adecuadamente a las necesidades de éstos lo cual se agrava en la adolescencia.
  • Una sociedad que tiene cambios acelerados, con una alta tecnología que no existía en los tiempos de los padres. Cambios a los que niños, jóvenes y adultos tienen que acomodarse sin tener el tiempo necesario para hacerlo.
  • Cambio y/o desaparición de los valores o ambos con los que crecieron quienes ahora forman la población adulta.

No hay duda de que todas estas situaciones afectan las familias costarricenses y por lo tanto, las relaciones que se establecen al interior de éstas. Pero también hay que considerar que las familias han entrado en un conflicto generado por los cambios sociales, por un lado se resisten a cambiar y adaptarse a la nueva sociedad y a las nuevas exigencias de éstas y por otro, sienten la “necesidad” de cambiar para no desaparecer. Pero de que forma cambiar, qué hacer, cómo hacerlo, cómo relacionarse de una forma diferente, si los patrones y los valores con los que crecimos no calzan ahora, cómo ser padres en una sociedad tan diferente a la nuestra que cambia tanto, cómo comunicarnos con nuestro hijos, sí nuestros padres no nos lo enseñaron a hacerlo, qué es un ser un buen padre o madre, qué hacer con tanta información contradictoria o negativa. Estas y otras preguntas son difíciles de responder solos, quizá entre todos y creando espacios de reflexión podamos construir un nuevo camino para la familia y para la sociedad costarricense.

Fuente: https://www.scielo.sa.cr/

5 técnicas para corregir a un niño irrespetuoso

Todos concordamos en que ser padres no es una tarea sencilla, de hecho se aprende al serlo y al vivir las diversas situaciones en que irán enseñando a sus hijos. Además, no hay una regla general para todos los casos, ya que los hijos tienen su propia personalidad.

Razón por la cual, si el niño o la niña es rebelde por naturaleza, el trabajo de los padres será el doble. Pero la cuestión es como hacerlo, una cosa es la teoría y muy distinta la práctica a la hora de educarlos.

Realmente un verdadero desafío, porque requiere ser firmes pero administrar esa autoridad con amor. Según los expertos, el niño debe entender que el hogar es como un barco y por lo tanto, tiene un solo capitán.

Es decir, los niños solo deben disfrutar de la infancia y no querer tomar el timón del barco. Dicho en otras palabras, para disfrutar del viaje familiar cada uno debe mantenerse en su lugar.

Un gran trabajo y responsabilidad tienen los padres, claramente no será fácil, por eso a continuación veremos cómo prestar atención a 5 Técnicas para corregir a un niño irrespetuoso:

5 Técnicas para corregir a un niño irrespetuoso

Conozcamos cuáles son estas técnicas:

1- Debe entender y reconocer que cometió un error

Que el niño reconozca que hubo una falta de respeto lo beneficiará y aprenderá de su error, que una mala actitud recibirá corrección.

Se trata de un buen comienzo para no volver a cometerlo, precisamente esa es la responsabilidad de los padres, hacerles ver el error y que esto es parte de la educación que van a recibir.

2- Pedir perdón

Pedir perdón es un gran paso pero muy complicado, porque a todos nos cuesta pedir perdón, por lo que los niños no son la excepción.

Sin embargo, no hay otra forma de resolver los errores cometidos seamos niños o adultos, deberá entender que hay que disculparse o pedir perdón ante un error. Así comprenderá a no volver a hacerlo.

3- Comprender

Por otra parte, los padres deben tener una buena disposición a perdonar. También observarán nuestra reacción frente al error, sin duda le ayudarán a tener los valores que desean inculcarles.

Este aprendizaje tendrá un gran impacto en la personalidad de ellos, por eso debe ser recíproca esta actitud para que los niños lo comprendan y acepten.

4- Dar a elegir

Para que los niños graben bien el respeto hacia los demás, es vital que sepan los limites que no se deben cruzar. Es común que a los niños les cueste diferenciar entre lo bueno y lo malo, por ello debemos dejarles claro.

Quizás surgen situaciones en que los hijos deberán evaluar entre lo que es bueno o malo, probablemente no elijan bien, no hay que enojarse con ellos. Solo hay que explicarles porque está mal su decisión, no deben sentirse amenazados sino acompañados.

Solo con esta forma facilitara inculcarles los valores para la vida, se requiere mucha paciencia.

5- Acompañar

Más que cargarlos con reglas y formas de hacer las cosas, hay que acompañarlos pero hacerles saber que sus malas acciones tendrán consecuencias.

Solo así aprenderán que de los errores se aprenden, que recibirán corrección pero será para su propio beneficio, ya que los hará mejores personas.

Además, deben aprender a convivir con sus adultos y que se les debe respetar. Que todos en esta sociedad debemos sujetarnos a las formas y a la buena convivencia entre todos, que todo depende del respeto hacia los demás.

Predicar con el ejemplo

Como siempre se ha dicho y es muy cierto, los actos o hechos valen más que las palabras. En este caso, en la educación de los hijos también aplica.

Los niños aprenden rápido, con los actos de los padres, más aún. Si les enseñamos respecto, los padres deben ser ejemplo en dar respeto hacia los demás.

Los niños observarán si su padre o madre insulta por nada, grita, es violento o muestra indiferencia hacia otros.

Para los hijos, los padres son como ídolos a quienes observarán en todo lo que hagan en la vida. Ciertamente los hijos están hecho a la semejanza de los padres, por eso la educación y los actos de los padres deben ir de la mano.

Seis errores que debemos dejar de cometer con nuestro hijo adolescente

La adolescencia es el período de desarrollo en el que el menor debe enfrentarse a numerosos cambios físicos, psicológicos, cognitivos, emocionales y sociales que les provocarán mucha inestabilidad e incertidumbre.

Si existe una etapa educativa difícil de acompañar es sin duda la adolescencia. Un período educativo convulso que a las familias a menudo nos cuesta mucho entender y manejar. Donde parece que la calma en casa sea casi imposible y las disputas y los tira y afloja con nuestros hijos se entrelazan sin parar.

Como padres y madres siempre actuamos con nuestros hijos con la mejor de las intenciones, pretendiendo darles todo aquello que necesitan y mostrándoles nuestra ayuda y comprensión. Pero cuando nuestros hijos e hijas llegan a la adolescencia, parece que esa sintonía desaparezca y nuestra relación empeore sin saber muy bien cómo entenderles y seguir acompañándoles.

La impotencia y la culpa nos invaden cuando las malas caras, las salidas de tono y los reproches son constantes. Conductas en ocasiones rebeldes, insolentes y desafiantes que nos hacen sentir que hemos pasado a un segundo plano, que nos han perdido el respeto y que nuestros consejos u opiniones han dejado de interesarles.

La adolescencia es el período de desarrollo en el que nuestros hijos deben hacer frente a numerosos cambios físicos, psicológicos, cognitivos, emocionales y sociales que les provocarán mucha inestabilidad e incertidumbre. A estos cambios, deberemos sumarles las dificultades que presentan para controlar su impulsividad, para modular las emociones por las que transitan con tan alto voltaje y expresar correctamente qué es lo que les sucede o preocupa.

Una etapa de transformación y reafirmación personal que les hace actuar de una forma desajustada, impredecible y desmedida y les hace vivir entre extremos. Unos años de sana desobediencia, de numerosos aprendizajes, de búsqueda de nuevos límites y retos. De vulnerabilidad y fuerza a igual medida y egocentrismo en estado puro.

Es muy complicado acompañar a alguien que muestra tantas dificultades para hacer frente a la frustración, reconocer sus errores y mostrarse reflexivo. Que reclama su espacio y libertad, en ocasiones con mucha insolencia e indiferencia. Pero es en esta etapa tan complicada cuando nuestros hijos e hijas necesitan que les mostremos nuestra mejor versión. Que sigamos siendo sus guías, el pilar donde apoyarse, el refugio donde acudir cuando sientan que todo cambia y se tambalea.

Nuestros adolescentes necesitan que les ayudemos a descifrar el torbellino de sentimientos que sienten, que les digamos a diario que estamos a su lado sin condición que les acompañemos y se sientan protegidos. Potenciando un lenguaje positivo y utilizando una mirada llena de reconocimiento y amor.

A un adolescente se le educa con grandes dosis de serenidad y empatía. Entendiendo lo difícil que es para ellos hacerse mayor y vivir en una sociedad tan cambiante como es la nuestra. Comprendiendo y aceptando que educar es una carrera de fondo, un trayecto lleno de altibajos donde no se puede tener prisa por conseguir lo que pretendemos, ya que los objetivos se logran a largo plazo.

A su lado, necesitan adultos, pacientes que entiendan lo que les sucede, que atiendan sus necesidades, que los escuchen sin cuestionarlos. Que acompañen con cariño sus alegrías y los momentos más ansiosos, tristes o llenos de incertidumbre. Que les sostengan cuando se sientan vulnerables o desbordados, que les dejen ser tal y como ellos desean mostrarse y les ayuden a construir un buen autoconcepto y una apropiada autoestima.

Que sea una etapa tan agitada no significa que también pueda llegar a ser maravillosa. Nuestros hijos han crecido mucho, pero siguen siendo nuestros pequeños a los que les gustaba jugar con nosotros, que les achuchásemos y les mimásemos. Nuestros adolescentes necesitan sentir que les entendemos, respetamos y nos les juzgamos ni les llenamos de etiquetas por todo aquello que sienten o hacen. Que conectamos con ellos emocionalmente y les acompañamos sin dramatismos y con grandes dosis de sentido común y de humor.

Necesitan que les expresemos nuestro amor de forma incondicional a diario, que consensuemos normas con calma, que flexibilicemos los límites y les expresemos nuestra confianza. Que no les ahoguemos con nuestras expectativas o juicios de valor. Nuestros hijos e hijas precisan toneladas de miradas serenas que acojan, palabras que entiendan, abrazos que protejan.

¿Cuáles son los errores que debemos dejar de cometer con nuestros hijos e hijas adolescentes?

  1. Pretender que piensen y actúen igual que nosotros. La adolescencia se caracteriza por la necesidad de libertad e independencia. Nuestros hijos necesitan desarrollar su espíritu crítico y empezar a decidir cómo quieren que sea su propio camino.
  2. Querer que siempre nos hagan caso. Si algo define a un adolescente es su rebeldía. Establezcamos normas y límites de manera consensuada para conseguir una buena convivencia, acompañándolos, encontrando un equilibrio entre lo que ellos desean y lo que es posible y adecuado.
  3. Negarles que expresen lo que sienten. Nuestros hijos adolescentes necesitan sentir que sus padres validan sus emociones. Ayudémosles a identificarlas, modularlas y a gestionarlas correctamente.
  4. Pensar que ya no nos necesitan. En esta etapa de desarrollo nuestros hijos necesitan más que nunca de nuestra presencia y disponibilidad, aunque no nos lo demuestren. Que nos convirtamos en un modelo estable, seguro y coherente para ellos.
  5. No respetar su necesidad de intimidad y soledad, sus ritmos para aprender, sus necesidades u opiniones cambiantes. Nuestros hijos necesitan espacio para crecer con libertad, sintiendo que no les reprochamos los errores, que respetamos sus espacios y sus pocas ganas de explicar.
  6. No cumplir nuestras promesas. Nuestros adolescentes necesitan sentir que pueden confiar en nosotros, por esa razón es imprescindible que cumplamos todo aquello que les decimos que vamos a hacer.

Aprendamos a mirar a los adolescentes con ganas de entenderlos, a acompañarlos con calma, con firmeza, sin reproches y entendiendo que cuanto más rebelde se muestren más necesitarán de nuestro cariño y coherencia. Cómo decía John Woonden: “La gente joven necesita modelos, no críticos”.

Fuente: elpais.com

Los niños según cada estilo de crianza

Cuál es tu estilo educativo, ¿educas con autoritarismo o con permisividad?

Existen muchos tipos de padres, aunque tal vez podamos reconocer con facilidad dos ‘escuelas’ opuestas: padres permisivos frente a padres autoritarios. Mientras que los primeros basan su educación en la libertad del hijo como prioridad absoluta, los segundos se empeñan en demostrar quién manda en casa. Lo ideal sería encontrar un término medio, pero la cruda realidad es que estos dos tipos de madres y padres existen, y que sus hijos, en la medida que ellos se afanan en mantener su sistema educativo, crecen de una forma determinada.

Diferencias entre hijos de padres permisivos frente a hijos de padres autoritarios

Cómo son los niños de padres permisivos y autoritarios

Evidentemente esto no se puede aplicar a todos los casos, porque siempre hay matices entre estos dos sistemas educativos, pero sí es cierto que la mayoría de hijos de padres permisivos y la mayoría de hijos de padres autoritarios comparten a la larga algunas (o todas) de estas características. Aquí tienes las diferencias entre hijos de padres permisivos frente a hijos de padres autoritarios:

Cómo suelen ser los niños de padres permisivos

Los padres permisivos son aquellos que basan su educación en ofrecer más libertad y autonomía a los hijos; son padres complacientes que atienden los caprichos de los niños y no quieren privarles de nada. Cuando nos referimos a padres permisivos no son padres que imponen unas normas y límites pero que de vez en cuando deciden darles más libertad. Nos referimos a los padres que intentan razonar las normas (nunca les dicen NO, sino…’No te dejo hacer esto porque’…).

Son padres muy afectivos que apuestan por una buena comunicación con sus hijos e intentan llegar a un acuerdo con ellos. No utilizan castigos físicos e intentan que su hogar sea una democracia en donde los hijos también tienen voz y voto. Y sí, los hijos de padres permisivos pueden desarrollar a la larga todo este tipo de conductas…

– Niños muy independientes y autónomos
Esta es una virtud, sin duda. Tanta libertad hace que los hijos sean más independientes.

– Niños con autoestima alta
Los padres confían en ellos. Se sienten parte importante dentro del hogar. Su autoestima sube como la espuma. Pero a veces puede llegar al exceso. Muchos de estos niños pueden llegar a manifestar prepotencia.

– Niños con problemas para controlar los impulsos
Tanta libertad les da alas para mostrar sus impulsos sin tanta limitación, lo que les provoca algunos problemas para controlar la ira o las rabietas. Sin límites ni normas en casa, podrán desarrollar problemas de comportamiento.

– Niños con problemas para relacionarse con los demás
Si desde pequeños no han encontrado unos límites y unas normas, si se les ha dado todo… no sabrán enfrentarse a los problemas cuando lleguen.

– Niños con poco esfuerzo y perseverancia
Los padres permisivos suelen conceder todos los caprichos de los hijos. ¿Resultado? Niños que no saben qué es el esfuerzo y la perseverancia. Niños perezosos que no sabrán organizar su tiempo porque nunca se les impuso una rutina. Esto a la larga les creará más frustración porque no conseguirán alcanzar muchos de sus objetivos.

– Niños con poca tolerancia a la frustración
Conceder todos los deseos del hijo y dejar que se sienta igual que sus padres hará que no sepa enfrentarse a los problemas cuando lleguen. El día en el que se den cuenta de que no se puede tener todo, de que no siempre te dejan ser igualitario, de que hay que obedecer una serie de normas, no serán capaces de enfrentarse a la frustración.

– Niños poco pacientes
Suelen ser niños que lo quieren todo al instante. Sus padres les conceden los caprichos… ¿por qué tendrían que esperar?

Cómo suelen ser los niños de padres autoritarios

Los padres autoritarios tienen muy claro quién manda en casa. En su hogar reina una especie de tiranía en donde los padres dictan las normas y se deben respetar. Son inflexibles y no dejan que los hijos participen. Sólo deben obedecer. Si no lo hacen, apuestan por el castigo. Sus hijos a la larga pueden ser así:

– Niños autoexigentes y exigentes
A ellos se les exige mucho. No quieren defraudar a sus padres y se convierten en niños muy autoexigentes pero que también sabrán exigir a los demás.

– Niños que valoran el esfuerzo y la perseverancia
Con tal de no defraudar a sus padres, se esforzarán mucho por conseguir sus metas. Entenderán que el esfuerzo es primordial y también la perseverancia para conseguir u objetivo.

– Niños con baja autoestima
Los padres autoritarios no dejan que sus hijos opinen sobre ninguna de las normas de la casa. Esto crea en sus hijos poca confianza en ellos mismos y hace que sus autoestima baje.

– Niños retraídos o rebeldes
Dos posibles reacciones ante la imposición de normas de forma estricta. En algunos casos, los niños lo asumen y se convierten en hijos sumisos y retraídos. En otros casos, los niños intentarán escapar de las normas y lo manifestarán en forma de rebeldía constante.

– Niños miedosos y mentirosos
Muchos de estos padres usan el castigo, incluso, físico. Esto provoca en los niños miedo, temor, pero a la larga puede hacer que busquen eludir el castigo. ¿Cómo? Mintiendo. Encontrarán en la mentira su tabla de salvación.

– Niños con conducta agresiva
Si sus padres usaron con él la agresividad (verbal o física), ellos aprenderán a hacer lo mismo, y tenderán a reproducir ese patrón con sus semejantes.

– Niños con problemas para relacionarse con otros niños
Si los padres de estos niños no les muestran afectos y se mantienen distantes y fríos, ¿cómo van a ser capaces ellos de generar empatía? No sabrán controlar sus emociones y tendrán problemas para relacionarse con los demás.

– Niños que desarrollan la dependencia en la adolescencia
Cuando se imponen de forma autoritaria una serie de normas y límites de forma tan estricta, en la adolescencia, el niño no sabrá enfrentarse a su propia autonomía. Necesitará alguien que le guíe, como ocurría de pequeño. Mostrará problemas emocionales.

Fuente: guiainfantil.com

Crianza de las hermanas Mirabal: cómo eran sus padres

Enrique Mirabal Fernández, santiaguero, se había establecido con sus padres y hermanos en una finca en Salcedo (en ese entonces, llamado Juana Núñez). Siendo un adolescente, se interesa por el comercio y se muda, junto a su hermano Fello, a la comunidad de Ojo de Agua. Mercadeaban productos agrícolas: cacao, arroz, café habichuelas, maíz, entre otros.

Les iba bien con sus negocios y se animan a comprar una casa desde donde Enrique opera, además, una pulpería. Años después, Fello, afectado por una enfermedad pulmonar, decide establecerse en Jarabacoa, en búsqueda de mejores condiciones climáticas.

Es aquella casa la que recibe al matrimonio Mirabal Reyes el 17 de marzo de 1923, cuando Enrique se une a Mercedes, una joven costurera oriunda de Ojo de Agua, descendiente de una familia que había sido perseguida durante la intervención norteamericana por su apoyo a los denominados gavilleros. Su casa materna había sido incendiada por los oficiales estadounidenses. A partir de entonces, su familia es conocida como anti norteamericana y, más tarde, como anti trujillista.

María Teresa con sus padres Enrique 
Mirabal y Mercedes Reyes. 

El trabajo arduo de la pareja no tardó en rendir prósperos frutos, y, en pocos años, ya tenían varios almacenes que abastecen a las grandes tiendas de la época. Su seriedad y solidaridad les ganaron el cariño y respeto de la sociedad.

Al mismo tiempo, crecía la familia. Para su tercer aniversario de bodas, ya habían procreado igual número de hijas: Patria, Dedé y Minerva. Al año siguiente, nace un varón que muere enseguida y, casi una década después, arriba María Teresa. Todos nacieron por parto natural.

La infancia de las 4 niñas transcurrió en un ambiente acomodado. Asistieron a los mejores centros educativos y disfrutaban de los mimos de un padre complaciente. Viajaban en avión, tenían vehículos de motor y hacían compras internacionales por catálogo, entre otras cosas a las que la población promedio no tenía acceso en esa época.

A finales de la década de 1930, los rumores por la matanza de haitianos a cargo del gobierno de Trujillo estremecen la sensibilidad de los dominicanos. En adición, la persecución y abusos cometidos por el dictador ante todo aquel considerado enemigo de su régimen, hicieron brotar las primeras células para hacerle frente.

Patria, Minerva y Dedé Mirabal 

 

Esta indignante realidad conmueve a las hermanas, en especial a Minerva que desde joven mostraba gran interés por la actividad política. En poco tiempo, sería reconocida como parte de la desafortunada lista de conspiradores a los que Trujillo ya tenía en la mira.

Entrada la década del 50, la familia Mirabal Reyes sobrellevó el apresamiento de varios de sus miembros y la vigilancia constante de una casa rodeada por espías. Esta terrible situación contribuyó al deterioro de la salud de Don Enrique. Sufrió varios derrames cerebrales que, finalmente, acabaron con su vida a finales de 1953.

A pesar de la tristeza por la muerte de su padre, ´las muchachas` se esmeraron durante los años siguientes, en hacer lo mejor de sus vidas. Formaron hermosas familias y asumieron con más fuerza su lucha política. Junto a sus esposos, Patria, Minerva y María Teresa participaron activamente del Movimiento clandestino 14 de Junio, que tenía como objetivo el derrocamiento de la tiranía trujillista.  Una nueva ola de encarcelamientos y persecución se desató en su contra, culminando el 30 de noviembre de 1960 con el brutal asesinato de las tres hermanas.

Una vez más, el luto invadía el hogar de doña Mercedes, quien junto a Dedé y a su fiel empleada, Tonó, emprende la maratónica labor de criar a los seis hijos de sus hijas asesinadas, más los tres de Dedé. Nueve razones para no dejarse caer por la desconsuelo. Cumplió con este compromiso hasta su muerte en 1981.

María, Minerva, Patria y su esposo Pedrito 

Dedé, la hermana que quedó viva, dedicó su vida a velar por los nueve retoños y a una desgarradora tarea adicional: la de contar la historia. Convirtió la casa donde transcurrieron los últimos años de sus hermanas en un museo y allí recibió, año tras año, a miles de visitantes a los que nunca se cansaba de repetir sus relatos, asegurándose de que el sacrificio de sus muchachas no fuera olvidado jamás. Falleció el 31 de enero de 2014 a los 88 años de edad.

Fuente: Casa Museo Hermanas Mirabal

Paternidad Responsable: ¿Qué significa ser buen padre?

Algunos creen que consiste en comportarse de cierta manera o hacer determinadas cosas con sus hijos. Sin embargo, la buena paternidad no está en acciones externas y superficiales. El éxito radica en algo más profundo.

“Los buenos padres se caracterizan por sentimientos y actitudes profundas y positivas que sienten hacia sus hijos, las personas y el entorno que les rodea en general. Para ser buen padre hay que ser previamente una buena persona, tener una personalidad sana, equilibrada, sin desajustes ni conflictos emocionales importantes o con un mínimo de ellos, de modo que no se irradie o proyecte sobre los hijos la influencia nociva de los propios defectos y problemas personales”, explica la psicóloga Lucía Godoy, docente de la Escuela de Fonoaudiología de la Universidad Andrés Bello.

En una época marcada por un lado por episodios de violencia y desamparo con los hijos, y en el otro extremo con padres muy permisivos, las personas se cuestionan sobre su rol de padres y el buen o mal desempeño que tienen de éste.

A algunos les puede parecer muy simple, natural y obvio que los padres amen a sus hijos. Entonces, ¿por qué hablar de esto? La creencia popular de que los padres aman siempre a sus hijos por instinto es una creencia errónea; el hecho cierto es que hay padres que no desean a sus hijos y los rechazan, maltratan y hostilizan, con consecuencias muy perjudiciales para estos.

Aunque no siempre es tan evidente, el rechazo en muchas oportunidades se materializa como abandono, indiferencia, resistencia a satisfacer las necesidades y deseos del niño. En casos más dramáticos es frecuente el castigo, maltrato, la humillación frecuente, vejámenes y las críticas negativas constantes.

Es muy importante para los padres conocer a fondo sus verdaderos sentimientos y actitudes hacia su hijo. Cualquier actitud inconsciente de rechazo u hostilidad, aunque fuese reprimida, sería un poderoso obstáculo en su crianza.

Aunque se trata de un tema donde abundan diferentes ópticas, Lucía Godoy comenta que en general, se observa entre los llamados “buenos padres”, una sólida base de salud mental, armonía y equilibrio psíquico, un fuerte sentimiento de amor y aceptación hacia sus hijos. “El niño que es aceptado y querido íntegramente recibe de sus padres la suficiente atención, cuidado, amor y consideración personal que necesita”, ilustra.

Saber expresar

Muchos interpretan la perfección, el orden escrupuloso o el cuidado esmerado, como tareas fundamentales de los padres. Sin embargo, afirma la psicóloga de la Universidad Andrés Bello, es el trato personal respetuoso, cariñoso y alegre lo que marca la diferencia.

Asimismo, comenta que algunos padres tratan de suplir la ausencia o la falta de atención dando o regalando juguetes, objetos, dulces y otros bienes materiales, esfuerzos que no pasan inadvertidos para los hijos, quienes comprenden los sentimientos sinceros y profundos de sus padres y no se engañan por las apariencias.

“Sobre todo, lo que el niño más necesita es la compañía y compenetración afectuosa con sus padres en la primera infancia, que es cuando se modelan las características decisivas de la personalidad. Salir con el hijo a dar una vuelta a la manzana, mientras se le habla, conversa y atiende cariñosamente, es un mejor regalo que cualquier juguete”, sostiene.

La cuestión básica en la educación de los hijos es amarlos. Esto no es una técnica ni un procedimiento, sino un sentimiento, una actitud y las acciones apropiadas surgen, brotan muchas veces sin técnicas aprendidas. Sin ese sentimiento y actitud básicos, no hay método, ni ciencia del mundo que logre educar bien a los hijos, como sin cimientos no hay arquitectura que consiga construir un edificio.

FuenteUniversia / RR

Cuando nace un nuevo hermanito

Muchos padres no se sienten seguros de dar amor y cuidado suficiente a cada uno de sus hijos. Aunque usted ha planeado agrandar su familia, y siente que sus niños se beneficiarán aprendiendo a cuidarse el uno con el otro y que se desarrollarán lazos familiares muy fuertes en años venideros, usted se sentirá miedo de que hizo algo que los enfrentará uno contra otro por el resto de su vida.

La rivalidad es la necesidad de ser mejor que el oponente y obtener para usted algo que es precioso y limitado. La rivalidad entre hermanos es una competencia normal por el cariño y afecto de los padres y es completamente normal hasta cierto grado en todas las familias.

¿Qué puede hacer usted como padre para ayudar a sus hijos mayores a aceptar el nacimiento de un nuevo hermanito?

  • Digale a su niño(a) que usted está esperando otro niño.
  • Involucre a su niño(a) en la preparación para el nacimiento del bebé.
  • Incluya a su niño(a) en la llegada del hermanito(a). Inscríbalo(s) en las
    clases de “Hermano Mayor” en el hospital local.
  • Deje que su niño(a) le ayude con el cuidado del bebé.
  • Reserve un tiempo para su niño(a) mayor. Si su niño(a) tiene la impresión que usted siempre esta atendiendo al bebé él/ella se pondrá celoso(a). Planee estar completamente a solas con su niño(a) mayor para darle la oportunidad de que el/ella decida lo que desea hacer para pasar un momento agradable.
  • Deje que su niño(a) mayor participe en actividades fuera del hogar que no incluyan al bebé o que no lo incluyan a usted, de esta manera el/ella aprenderá a separarse y a sentirse bien sin que usted esté alrededor.

Cualquiera que sea la edad de su niño(a) mayor, su mundo cambiará drásticamente cuando usted traiga al nuevo bebé a la casa. Las sugerencias indicadas podrían ayudarle a que este cambio se desarrolle en un ambiente más suave y agradable para la familia entera.

Fuente: aciprensa.com

10 cosas que aprendí cuando dejé de gritarle a mis hijos

 Traducción: Putum putum

Una madre estadounidense de cuatro hijos se propuso a sí misma dejar de gritarles a sus hijos. Para eso creó el  “Desafío rinoceronte naranja” y un blog donde nos cuenta su experiencia día a día. En lo personal,  me gustó mucho este post que traduzco a continuación y quiero compartir con ustedes.

El Desafío rinoceronte naranja ya lleva más de 365 días así que ¡ánimo que se puede!

Alguien me preguntó este fin de semana pasado, “¿cuáles fueron tus conclusiones por no gritar durante un año? ¿Has aprendido algo?” Eh, muy buena pregunta. Y me hizo pensar: “Bueno, ¿qué aprendí?” Voy a decir esto: aprendí mucho, mucho más de lo que puede caber en una posible entrada en el blog! Así que quiero compartir con ustedes las 10 mejores cosas que he aprendido de mi “Desafío Rinoceronte naranja” donde me prometí no gritar a mis 4 niños durante 365 días seguidos.

Gritar no es la única cosa que no he hecho en un año (399 días para ser exactos!)

Tampoco he ido a la cama con un pozo desgarrador en mi estómago porque me sentía como la peor madre del mundo. No he gritado a mi marido a quien le gritaba una y otra vez. Y no he oído a mis hijos gritar: “Tú eres la peor mamá en el mundo, no te quiero más!” Sí, aprendí realmente rápido que es mucho mejor no gritar!

Mis hijos son mi público más importante

Cuando tuve mi “epifanía no más gritos,” me di cuenta de que yo no grito en presencia de los demás, porque quiero que crean que soy una madre amorosa y paciente. La verdad es que yo ya era así pero rara vez cuando estaba sola, siempre cuando estaba en público con una audiencia para juzgarme. ¡Esto debería ser al revés en realidad! Siempre tengo un público – mis cuatro chicos siempre me miran y ellos son la audiencia que más me importa-, que son a quienes yo quiero mostrar lo amorosa, paciente y “libre-de-gritos” que puedo ser. Quiero que mis hijos me juzguen y proclamen: “Mi mamá es la mejor mamá del mundo!” Recuerdo esto cada vez que estoy en casa y pienso que no puedo perder la cabeza, obviamente no puedo … ¡ya lo haré fuera de casa todo el tiempo !

Los niños son niños, y no sólo los niños, la gente también

Al igual que yo, mis hijos tienen días buenos y días malos. Algunos días son agradables y dulces y escuchan muy bien, otros días son gruñones y difíciles. Por cierto, yo soy siempre dulce y nunca difícil. Siempre. ¡Ja! Y como todos los niños, mis hijos son difíciles, a veces, se niegan a ponerse sus zapatos, y pintan la pared, sobre todo si se trata del nuevo papel de pared que a mamá tanto le gusta. Así que sí, tengo que revisar mis expectativas y recordar que mis hijos son niños: ellos todavía están aprendiendo, siguen creciendo, y todavía tienen que encontrar la manera de manejar el despertarse con el pie izquierdo. Cuando se “equivocan” tengo que recordar que no sólo no ayudan los gritos, sino que como yo, no les gusta que les griten!

No siempre puedo controlar las acciones de mis hijos, pero siempre puedo controlar mi reacción

Puedo hacer mi mejor esfuerzo para seguir todos los trucos de crianza del mundo para tener a los niños bien disciplinados, pero ya que mis hijos son niños, ellos no van a hacer siempre lo que quiero. Puedo decidir si me dan ganas de gritar “¡recoge tus Legos!”  cuando ellos no escuchan o si quiero irme lejos por un segundo, recuperar la compostura haciendo algunos saltos, y luego regresar con un nuevo enfoque. PD: el irse y tomar un respiro en realidad puede obtener los Legos recogido más rápido que gritar.

Gritar no funciona

Hubo numerosas ocasiones en que quería dejar mi “Desafío rinoceronte naranja” cuando pensaba “gritar sería más fácil que encontrar respiraciones profundas y alternativas creativas”. Pero yo era consciente. Desde el principio, he aprendido que gritar simplemente no funciona, eso sólo hace que las cosas salgan de control y hace que sea difícil para mis hijos para que oigan lo que quiero que aprendan. ¿Cómo pueden escucharme claramente decir “Date prisa, cojan sus mochilas, sus zapatos, sus chaquetas, no se peleen entre sí, vayan más rápido y háganlo todo ustedes solos!” cuando todo es una mezcla de intimidación y órdenes que hace que se pongan a llorar?

Momentos increíbles pueden suceder cuando no se grita

Una noche oí pasos que venían de abajo y después de la hora de acostarse. Aunque enfurecí ya que mi “tiempo para mí” se vio interrumpido, me quedé tranquila y regresé a decirle a mi hijo  que volviera a la cama. Mientras lo metía en la cama me dijo “Mami, ¿me amarás si me voy al cielo primero, porque si vas primero, yo todavía te querré. De hecho, yo siempre te amaré. “Las lágrimas todavía vienen a mis ojos sólo de escribir esto. Puedo garantizar que si hubiera gritado “¡Vuelve a la cama!” nunca hubiéramos tenido esa dulce y tan importante conversación.

No gritar es difícil, pero se puede!

No voy a decir que no gritar es fácil, pero conseguir ser creativo con alternativas sin duda lo hizo más fácil y más factible. Y después de gritar en el inodoro, golpear mi pecho como un gorila, cantar Lalala, Lalala es el mundo de Elmo, y el uso de servilletas de color naranja en las comidas como un recordatorio de la promesa, hicieron sin duda todo mucho más fácil. Claro, me siento tonta a veces al hacer estas cosas, pero me mantienen para no dejarlo. Lo mismo ocurre con mis nuevas palabras favoritas: “por lo menos”. Estas tres pequeñas palabras me dan una gran perspectiva y me recuerdan que debo relajarme. Yo las utilizo fácilmente en cualquier situación molesta. “¡Acaba de derramar toda una jarra de leche en el suelo … por lo menos no era de cristal y por lo menos estaba tratando de ayudar!”

Muchas veces, yo soy el problema, no mis hijos

La línea de ruptura, “No eres tú, soy yo” suena incómodamente cierta cuando el aprendizaje es no gritar. Rápidamente me di cuenta de que muchas veces he querido gritar porque me peleé con mi marido, me sentí abrumada por mi lista de tareas pendientes, estaba cansada o era esa época del mes, no porque los niños se comportaran “mal.” También me di cuenta del reconocimiento de mis disparadores personales diciendo en voz alta: “Rinoceronte naranja, tienes el SPM (síndrome pre menstrual) y necesitas chocolate, tú no estás enojada con los niños, no grites” funciona muy bien para mantener a raya los gritos.

Cuidar de mí me ayuda a no gritar

Siempre fui muy buena para cuidar de los demás, sin embargo, no siempre era buena en el cuidado de mí misma hasta ahora. Una vez que me di cuenta de que los desencadenantes personales, como sentirse con sobrepeso, sentirse desconectada de los amigos, y sentirse exhausta me predisponían a gritar, y empecé a cuidar de mí. Empecé a ir a la cama temprano, priorizando el ejercicio, tratando de llamar a un amigo un día y lo más importante, me empecé a decir que está bien que no sea perfecto. Cuidar de mí no sólo me ayuda a no gritar, sino también me hace más feliz, más relajada y más amorosa. Ah, los beneficios de no gritar se extienden mucho más allá de ser padres! No hay duda de que estoy haciendo una mejor crianza de mis hijos y en lo personal,  ahora que no me grito. Sólo por nombrar algunos de los beneficios inesperados de no gritar: Hago más actos de bondad al azar, puedo manejar situaciones estresantes con más gracia, y me comunico con más amor con mi marido.

No gritar se siente increíble.

Ahora que he dejado de gritar, no sólo me siento más feliz y más tranquila, también me siento más ligera. Me voy a la cama libre de culpa (a excepción de la galleta extra que comí ese día) y despierto con más confianza en que puedo ser una madre con una mayor comprensión de mis hijos, mis necesidades, y cómo ser más amorosa y paciente. Y estoy bastante segura de que mis hijos se sienten más felices y más tranquilos también. Sé que todo el mundo quiere leer, “dejé de gritar, y no sólo me siento muy bien, sino también mis hijos son ahora más tranquilos y perfectamente atendidos.” Bueno, no lo son. Ellos siguen siendo niños. Pero, las rabietas son más cortas y algunas se evitan completamente. Ahora que estoy más tranquila, puedo pensar más racionalmente para resolver problemas potenciales antes de que me venga una crisis. Pero olviden por un segundo que los niños se comporten perfectamente. Definitivamente, mis hijos son más amorosos hacia mí, y ahora me dicen muy a menudo “Te amo mamá Rinoceronte Naranja” y eso se siente impresionante, se siente fenomenal.

Fuente: KidsHealth