Entradas

La compleja cultura de la corrupción (2)

Sin ser un comportamiento exclusivo en el sector público, lo que sí es cierto que la corrupción tendrá un gran peso en el desarrollo de políticas públicas que redunden en beneficio de las poblaciones.

Por JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA

En la entrega anterior abordamos el tema desde la perspectiva de la psicología cognitiva tomando como referencia el trabajo de Dupuy Neset (2020)[1] La psicología cognitiva de la corrupción. Explicaciones del comportamiento no ético a nivel micro. Las autoras organizaban los estudios a partir de cinco ámbitos: el poder, el beneficio personal y autocontrol, la aversión a la pérdida y aceptación del riesgo, la racionalización y las emociones. Esta vez expongo el tema desde la perspectiva de la psicología social y desde el enfoque psicosocial a partir del trabajo de Martín Julián y Tomas Bonavia, ambos de la Universidad de Valencia, España, con el título Aproximaciones Psicosociales a la Corrupción: una revisión teórica (2017)[2], por considerarlo muy interesante al respecto.

Al escribir sobre el asunto no me mueve tan solo una razón académica, que de por sí valoro pues eso es lo que soy, sino la del ciudadano que ha vivido una relativa larga vida comprometido con la esperanza de que es posible un mejor país y, por tanto, preocupado por los grandes problemas que nos embargan, de manera particular, el de la corrupción.

El trabajo de Julián y Bonavia analizan el tema desde dos contextos sociales distintos: el anglófono y el latinoamericano. En el primero, destacan cinco enfoques: la influencia del comportamiento de los iguales y las normas sociales, la percepción del riesgo, el papel de las emociones, la ética comportamental y la relación de la corrupción con el poder. En el segundo, desde la influencia de las estructuras supraindividuales y los valores éticos, y las instituciones, en la conducta de los individuos. Reitero, es la mirada de los autores referidos.

Desde el inicio del trabajo señalan la complejidad del tema considerándolo “un fenómeno multifacético y difícil de aprehender por su propia naturaleza, ya que adopta diversas formas y funciones dependiendo del contexto en el que se desarrolla”. Así describen las formas diversas como el fenómeno se manifiesta: soborno; malversación o desviación de fondos públicos; fraude, engaño o estafa; extorsión para la coerción, violencia y amenaza; y el favoritismo.

Resaltan también tres rasgos que consideran característicos del comportamiento corrupto, y que en la entrega pasada también aparecen identificados desde la perspectiva de la psicología cognitiva, estos son: una relación de confianza y reciprocidad entre los implicados; las consecuencias negativas para terceros; y una actividad inherentemente de riesgo ante la posibilidad de ser castigados.

El día que en nuestro país se haga un estudio del costo social real de la corrupción en el ámbito público, o incluso privado, quizás estaremos ante un teatro espeluznante.

La perspectiva anglófona:

El comportamiento de los iguales y las normas sociales: desde este enfoque los autores hacen alusión a los estudios de Gino & Bazerman (2009) y Gino & Galinsky (2012) en los cuales se ha puesto en evidencia el peso que tiene la proximidad psicológica con personas deshonestas y la tendencia a asumir tales comportamientos; y aún más, el que tales actos son generalizados cuando los criterios éticos son erosionados, lo que llaman “el efecto de la pendiente resbaladiza”. Es decir, la corrupción termina institucionalizándose, pues se constituye en la norma del grupo, lo que hará más difícil en el futuro su erradicación. Al respecto Mishra (2006) habla entonces de la “omnipresencia” y la “persistencia” del comportamiento corrupto. En esos contextos, señalan los autores, “las políticas e incentivos contra la corrupción pierden toda su eficacia”. Y es que, como evidencian los estudios de Gino, Ayal y Ariely (2009), el comportamiento deshonesto influye directamente en la ética de los demás de varias maneras: la no penalización del comportamiento corrupto aumenta su probabilidad en los demás; además de los “espectadores de los actos corruptos no sancionados” terminan evaluando sus propios criterios éticos de manera rígida, llevándolos a la flexibilización; y, en tercer lugar, según Kallgren, Reno & Cialdini (2000) la exposición a la conducta deshonesta puede conducir al “replanteamiento” de las normas sociales vinculadas con la deshonestidad. En esa perspectiva ya en el 1990 Cialdini, Reno & Kallgren, habían propuesto la “teoría centrada en la norma” en la que se plantea que el contexto social determinará cuál norma (descriptiva y prescriptiva) asumirá la persona en un momento determinado. Mientras las descriptiva especifican qué es lo que la mayoría hace en un momento determinado, las prescriptivas en cambio, aclararán lo que es o no aprobado o desaprobado. Ya nos podríamos imaginar el efecto generalizador del comportamiento corrupto en estos contextos.

La percepción del riesgo: Este es un tema interesante también, pues nos coloca ante el efecto que tienen las continuas situaciones de transacciones corruptas entre quien soborna y es sobornado, en la percepción del riesgo (Abbink et al, 2002). El comportamiento estará condicionado a dicha percepción, por supuesto. Los estudios de Frederick (2005), Kahneman & Tversky (1973), Tversky & Kahneman (1983) cómo puede llegarse a distorsionarse la percepción del riesgo de ser descubierto; lo que lleva a Kahneman (2011) a afirmar el efecto de la experiencia en la subestimación del riesgo; se reconoce, sin embargo, que no todo el mundo está sometido a tales situaciones. El estudio de Djawadi y Fahr (2013) pone una nota un tanto compleja, pues llegan a la conclusión de que el acto corrupto está más influido por la percepción del riesgo que incluso la actitud hacia el mismo. El problema se agrava, según los investigadores, por el historial previo de conductas corruptas no detectadas ni sancionadas, en su percepción del riesgo. Es decir, esas pequeñas acciones corruptas que suelen enjuiciarse como “nimiedades”.

El papel de las emociones: Smith-Crowe y Warren (2014) plantean el modelo de la corrupción colectiva a través de la emoción evocada para analizar el papel de las emociones en el comportamiento corrupto. Basándose en una sería de investigaciones previas ellos llegan a establecer que a pesar de que las violaciones a reglas formales e informales, dentro de las organizaciones, puedan generar “ambigüedad moral”, “sentimientos de culpa o vergüenza”, etc., también pueden ocurrir cambios en la manera de sentir y pensar para estar en “sintonía” con los actos corruptos y, de esa manera, potenciar la espiral de conductas corruptas dentro de la organización. Reconocen, sin embargo, que no todas las personas presentarán el mismo comportamiento, por supuesto. Los trabajos de Tajfel (1982) y Tajfel & Turner (1986) que los llevan a plantear la teoría de la identidad social, lleva a considerar el efecto de esta identidad intragrupal en aquellas organizaciones donde son predominantes las prácticas corruptas.

Ética comportamental: Se señala, como es el caso de Soreide (2014), que las personas “somos extremadamente buenos para racionalizar actos poco éticos si somos beneficiados por ello”. En ese marco se ha estudiado el efecto cuando una persona honesta se comporta de manera deshonesta. Y es que esto conduce a un tema más complejo aún, “que personas que se ven a sí mismas como honestas e íntegras pueden participar en actos corruptos sin ver alterado su autoconcepto”. Mazar & Ariely (2008) argumentan que estas personas recurren a mecanismos diversos a fin de “cuadrar sus principios éticos” para reducir la disonancia cognitiva que les produce su violación, generando un “rango” a conveniencia y así mantener su autoconcepto. (Algunos dirían: “total, eso no es nada”, “es apenas una tontería”). De esa manera, esos actos deshonestos “no harán mella en el autoconcepto y no serán etiquetados de manera negativa”. Por supuesto, aumenta la probabilidad de que sean cometidos actos deshonestos. Una explicación interesante, al respecto, ofrecida por Welsh, Ordoñez, Snyder & Christian (2015) es lo que llaman la pendiente resbaladiza de las conductas deshonestas, que significa que de cosas insignificantes se termina cometiendo actos de mayor envergadura en el futuro. Se argumenta (Mazar et al, 2008) que para esas personas resultaría imposible aceptar actos deshonestos de gran envergadura y sobre todo si son abruptos, pero no así en un proceso gradual. Otro de los hallazgos importantes en ese aspecto es la llamada “autojustificación de las conductas deshonestas”, que aparece también como manera de disminuir la amenaza al autoconcepto. Entre los argumentos que se utilizan se encuentran: la ambigüedad, por la imprecisión de las normas o reglas (Schweitzer & Hsee, 2002); el altruismo, al percibir que tal violación se justifica por el beneficio propio y ajeno que acarrean las consecuencias de sus actos (Erat & Gneezy, 2012); hasta la licencia moral que se atribuyen por su historial moral anterior (Mazar & Zhong, 2010). Otros investigadores han encontrado un sinnúmero de argumentos con los cuales se justifica el acto delictivo: refugiarse en directrices religiosas (Monin & Miller, 2001); mediante la confesión, con la cual disminuyen la culpa (Peer, Acquisti & Shalvi, 2014); tomar distancia de otros corruptos con el fin de verse así mismo de manera más positiva (Barkan, Ayal, Gino & Ariely, 2012). Y más curioso todavía es percibir el acto corrupto como una norma social más que como una conducta deshonesta (Harris, Herrmann, Kontoleon & Newton, 2015). Como dicen los jóvenes de 8º grado en los estudios de educación cívica y ciudadana: “a usted lo nombran en un cargo para que pueda aprovecharse de él, y si no lo hace, es un tonto”.

El poder: Para los investigadores anglosajones, el tema del poder se muestra un tanto contradictorio al relacionarlo con la corrupción, y de esta manera, hacen una serie de precisiones con respecto al concepto de poder. Keltner, Gruenfeld y Anderson (2003) entienden el poder como la capacidad relativa de un individuo para modificar el estado de otras personas a través de la provisión o negación de recursos o la administración de castigos. Por otra parte, un importante grupo de investigadores señalan que “tener poder no solo implica una oportunidad para incrementar el beneficio personal, sino que también ofrece una oportunidad para utilizarlo en beneficio de los demás (Chen, Lee-Chai & Bargh, 2001; Sassenberg, Ellemers & Scheepers, 2012; Sassenberg, Ellemers, Scheepers & Scholl, 2014; Scheepers, Ellemers & Sassenberg, 2013; Torelli & Shavitt, 2010; Zhong, Magee, Maddux & Galinsky, 2006). Otros, en cambio, argumentan la creencia generalizada de que el poder corrompe y de que quienes lo sustentan solo miran por su propio interés (Fiske, 1993; Galinsky, Gruenfeld & Magee, 2003; Keltner et al., 2003); como incluso aquellos que señalan la idea de que también puede ser un instrumento para promover conductas a favor de la sociedad. Concretamente, se ha hallado una relación entre tener la sensación de sustentar altos niveles de poder y la capacidad para entender a los demás (Russell & Fiske, 2010), promover la empatía (Hall, Murphy & Mast, 2006) y un aumento de la sensibilidad interpersonal (Schmid, Jonas & Hall, 2009). De ahí que, según Martín Julián y Tomas Bonavia, autores del texto analizado, “el impacto del poder en la corrupción no solo estaría mediado por la capacidad de poder per se, sino por la intención con la que se lo utiliza. Desde esa perspectiva, lo que según Wang y Sun (2016) llaman la concepción del poder personalista, que quienes la asumen estarán más sesgados hacia propósitos e intereses que los beneficien, a diferencia de la visión socializadora del poder, que los llevará a ser más propensos al beneficio de los demás.

Como señaláramos al principio, Martín Julián y Tomas Bonavia, también asumieron la tarea de revisar los estudios de la corrupción desde lo que ellos llaman los modelos latinoamericanos, agrupándolos en dos perspectivas y que presentamos a continuación:

La corrupción como un problema ético: En esta perspectiva se contraponen dos lógicas éticas social y culturalmente estructuradas: la primera que tiene que ver con el aseguramiento de la supervivencia del grupo, la familia o la tribu; y la segunda, que hace referencia a un nuevo tipo ética en que la primera no tiene cabida, y según la cual quienes administran la “cosa pública” deben velar por el interés general de la población. De esa manera, se aprecian dos tendencias en la población al momento de juzgar los actos deshonestos: mientras unos argumentan el interés general por encima del tribal, otros, en cambio se muestran tolerantes a la corrupción desde los códigos tribales (López-López et al., 2016). Los autores antes señalados encontraron que la identificación con un determinado grupo social o político modifica las percepciones que se tengan acerca de la corrupción. En palabras dominicanas, “cada uno tiene sus corruptos preferidos”. Díaz (2003) y Diego (2012), señalan que la razón que explica estos actos delictivos se encuentra en las deficiencias en los valores éticos de la sociedad. El primero enfatiza la falta de desarrollo moral y ético, mientras el segundo a la falta de políticas de prevención que promuevan la integridad en el sistema público, además de un enfoque parcial por el uso exclusivo del control y la sanción. Salgado (2004) pone el énfasis en la pérdida de los lazos de solidaridad entre los ciudadanos y el reemplazo por un sistema utilitarista. Esto último, señala el investigador, aunado al culto de la viveza, ha generado un debilitamiento del sentido de lo público; de esa manera, la complacencia, la tolerancia y la resignación ante la corrupción, predominan sobre un amplio sector de la población.

La corrupción estructural: Sandoval (2016) señala la delgada línea entre el Estado y el sector privado, como una de las causas posibles de las prácticas corruptas. Según él, en esa corrupción estructural, predominan el abuso, la impunidad y la apropiación indebida de los recursos ciudadanos; además del vacío en la regulación de los abusos de poder. En este sentido, tres aspectos son fundamentales: 1) la dominación social basada en las diferencias de poder; 2) la impunidad en las altas esferas del poder, y 3) la exclusión de los ciudadanos de los mecanismos de participación democráticos. Otros estudios ponen de relieve que el problema de la corrupción también se manifiesta en la esfera de lo privado (Vicuña et al., 2006 y Boniolo, 2010). De esta manera, señalan que la corrupción se ha hecho parte de las instituciones, trayendo como consecuencia, el menoscabo de la estructura social y mermando la percepción favorable de los ciudadanos sobre sus instituciones estatales. Recordemos los resultados presentados en la entrega anterior de los dos estudios de educación cívica y ciudadanía (2009 y 2016) realizado con estudiantes de 8º de primaria y la encuesta mundial de valores. Estos estudios aparecen en la página web del IDEICE.

Definitivamente que en el tema de la corrupción inciden múltiples factores, unos propios de los sujetos, otros de los entornos sociales y culturales, como del vínculo entre ambas esferas. Sin ser un comportamiento exclusivo en el sector público, lo que sí es cierto que la corrupción tendrá un gran peso en el desarrollo de políticas públicas que redunden en beneficio de las poblaciones.

En harás del desarrollo de políticas más efectivas de prevención y control de la corrupción, se hace necesario seguir su estudio en diferentes contextos de la vida nacional. Es un gran reto que los académicos y universidades deberían emprender.

No debemos dejarnos seducir por la anomia, como tampoco por la indefensión o la desesperanza aprendida. Es necesario que, desde todos los espacios posibles, construyamos esperanzas y hagamos que un nuevo país y una nueva nación florezcan.

[1] Dupuy, K. y Neset, S. (2020). La psicología cognitiva de la corrupción. Explicaciones del comportamiento no ético a nivel micro. CMI Chr. Michelsen Institute. Recuperado en la-psicologa-cognitiva-de-la-corrupcion.pdf (u4.no)

[2] Recuperado en 0121-5469-rcps-26-02-00231.pdf (scielo.org.co)

Fuente: acento.com.do

La compleja cultura de la corrupción

El comportamiento corrupto tiene todas las posibilidades de desarrollarse y manifestarse en todas las esferas de la vida. De manera muy especial en los espacios públicos gubernamentales, bajo aquella creencia de que “lo que no es de nadie, puede ser mío”.

JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA

Me siento en la necesidad de hacer un alto al tema de la juventud y cultura juvenil, procurando a analizar el problema de la cultura de la corrupción y los factores que la explican, con el fin de contribuir a su comprensión, al mismo tiempo, que desarrollar políticas de prevención de esta.

Parte I: la confianza, elemento fundamental en la organización de la vida social.

Se puede afirmar en sentido general, que las relaciones y vínculos humanos se han establecido a partir de las expectativas y la confianza mutua, tanto para las relaciones interpersonales como las institucionales. De esta manera, se han establecido hábitos y reglas de comportamientos, los primeros generalmente implícitos, los segundos, formales. Las instituciones sociales son la manifestación de éste “acuerdo implícito”, que el estado y las legislaciones buscan proteger y controlar o, en su defecto, sancionar cuando fuere necesario.

Las relaciones interpersonales y, de manera particular, las amistades que van más allá del mero conocimiento se establecen sobre las expectativas mutuas de que “puedo contar contigo y tú puedes contar conmigo”. Incluso en el refranero popular se recoge que un amigo verdadero estará siempre presente en “las buenas y en las malas”. Se puede hablar de una cierta predictibilidad en el comportamiento mutuo en dichas relaciones. Por supuesto que en determinadas situaciones estas mutuas expectativas pueden encontrarse con situaciones complejas y difíciles, como para que puedan ser posibles o cumplidas. En el ámbito político sobran los ejemplos.

Las relaciones que los humanos establecemos con las instituciones se mueven en un plano distinto, pero en ellas se desarrollan complejos procesos subjetivos, y, por supuesto, expectativas de las mismas características. El ciudadano espera que la policía “lo cuide y proteja”; contratas los servicios para la limpieza de la casa, la cocina e incluso el lavado, bajo la “confianza casi absoluta de esa persona”, que permanecerá durante muchas horas del día en tu hogar;  que la “escuela enseñe a sus hijos lo que debe enseñar en un ambiente seguro y confortable” es lo que se esperas al inscribirlo en un centro educativo determinado; me inscribo o inscribo a mis hijos en una determinada universidad “esperando que al final puedan incorporarse al mercado de trabajo” con cierta probabilidad de éxito; deposito mis ahorros en una entidad bancaria “pensando que ahí estarán seguros y podré incluso verlos crecer” y aún más, que cuando los necesite “ahí deberán estar a mi disposición”; interno a mi pariente en un hospital o centro de salud esperando “que será atendido por profesionales que saben lo que hacen, con la esperanza de que se restablecerá su salud”. Todo el sistema financiero internacional funciona sobre la base de ciertas intersubjetividades y expectativas. A nadie se le ocurre en su sano juicio esperar que cuando acuda a la institución financiera o cuando se conecta a la misma por la vía de la web se encuentre con que todo su dinero “desapareció”.

Como en esos casos, el vínculo que establecemos con las instituciones, lo hacemos sobre la base de ciertas creencias y expectativas, que damos casi por auto cumplidas. De esa manera, las sociedades, se han organizado sobre la base de la “confianza mutua”.

En los dos estudios internacionales sobre educación cívica y ciudadanía (ICCS) que se llevaron a cabo en la República Dominicana con estudiantes de octavo grado (2009 y 2016), mueve a preocupación los resultados de las respuestas dadas por dichos jóvenes en lo que respecta a las instituciones dominicanas. Si bien en ambos estudios aparece la escuela como la institución de mayor esperanza, en contraposición, la policía nacional, los tribunales de justicia e incluso, los partidos políticos, aparecen como las instituciones a las cuales estos jóvenes le tienen menos confianza. En el caso del Estudio Mundial de Valores publicado en el 2020[1] realizado en una muestra nacional de personas mayores de 18 años, las iglesias son la institución en la que se tiene mayor confianza (78.8%), seguida por las universidades (64.1%) y los bancos (53.4%); en contraste con las instituciones vinculadas a la dimensión política: el gobierno (25%), el Congreso (23%) y los partidos políticos (22%), que como se aprecia los porcentajes de confianza son relativamente bajos.

No debemos perder de vista la importancia que la confianza en las instituciones tiene para el buen vivir en la sociedad. La confianza no solo reduce el riesgo social, sino que incluso aumenta la predictibilidad del “buen comportamiento social”. Preservar la confianza es una cuestión política de mucha importancia. Sin ánimo de futurólogo pesimista, no sé qué ocurriría si de pronto perdiéramos la confianza de todas nuestras instituciones sociales, el mundo se volvería un verdadero caos y no creo que las cosas puedan ser diferentes a lo formulado por Darwin en sus primeros escritos sobre la evolución: cabría preguntarse quién sería el más fuerte.”

Parte II: Poder, comportamiento deshonesto o no ético y cultura de corrupción:

En este debate no podemos obviar que el alma humana es una miríada de muchas cosas donde se mueven los aspectos de la moral incorporada en el proceso de socialización, con los deseos e impulsos biológicos que nos conducen hacia el placer individual y que no siempre se vinculan al buen vivir y a veces menos, al vivir juntos en armonía.

Sigmund Freud en El malestar de la cultura llega a afirmar: “La satisfacción de los instintos, precisamente porque implica tal felicidad, se convierte en causa de intenso sufrimiento cuando el mundo exterior nos priva de ella, negándonos la satisfacción de nuestras necesidades”[2]. Porque claro, como se le atribuye a Epicuro: “nada es suficiente para alguien que considera lo bastante como insuficiente”[3].

Y es que para alcanzar lo que hemos logrado a lo largo de miles de años como humanos, gracias al control moral autoimpuesto socialmente y ejercido ante nuestros deseos y pulsiones internas, hay quienes se sienten compelidos a buscar a como dé lugar la negación del nos colocando por encima el , como el camino hacia la satisfacción plena de su felicidad individual.

Al igual que en la mayoría de los países de América Latina, en la República Dominicana, el problema de la corrupción ha sido una cuestión de permanente preocupación. Por supuesto, esta preocupación se debería hacer más relevante cuando tanto en los estudios del ICCS como en la Encuesta Mundial de Valores, este problema se ve como parte del hacer y la vida cotidiana, como parte de nuestra propia alma. En el caso de los jóvenes de octavo grado (ICSS) la justifican con el argumento de que a los cargos públicos se llega para alcanzar mejores condiciones económicas a como dé lugar; mientras que la percepción de la población (85.25%) en la Encuesta Mundial de Valores es que hay abundante corrupción en el país. El grave problema de todo esto es la indefensión o desesperanza aprendida que se aprecia en la población, considerando la corrupción como algo normal y como una oportunidad, incluso.

Los estudios sobre el tema de la corrupción ponen de relieve algunas cuestiones interesantes. Kendra Dupuy y Siri Neset[4] plantean a manera de resumen cinco puntos principales para explicar la conducta corrupta, estos son:

  1. Los individuos con algún grado de poder son más propensos a actuar corruptamente.
  2. Es más probable que las personas actúen de manera corrupta cuando pueden obtener beneficios personales, tienen poco autocontrol, perciben que la corrupción sólo causará un daño indirecto y cuando trabajan en organizaciones donde no se castiga el comportamiento poco ético.
  3. Los individuos son propensos a aceptar riesgos ante buenas recompensas, y a tener una baja aversión al riesgo a fin de preservar las ganancias. La incertidumbre tiende a incrementar la posibilidad de actuar corruptamente.
  4. Las narrativas de racionalización parecen hacer a la corrupción más aceptable.
  5. Emociones tales como la culpa, pueden hacer menos propensos a los individuos a realizar acciones corruptas.

Las investigadoras presentan varios estudios en cinco ámbitos: el poder, el beneficio personal y autocontrol, la aversión a la pérdida y aceptación del riesgo; la racionalización y, finalmente, las emociones. Haré referencias solo de algunos de estos estudios en cada ámbito señalado.

Poder:

Entre los estudios citados, resulta interesante un estudio experimental realizado en China por Wang & Sun en el 2016, en el cual pudieron examinar en un grupo de estudiantes y profesionales “cómo la percepción sobre el tipo de poder que tenían -ya fuese personalizado o socializado- transformaba sus actitudes hacia la corrupción”. El hallazgo principal fue que “la gente que tenía una percepción de poder “personalizado” creía que el poder debía utilizarse para perseguir objetivos auto centrados para beneficio propio, mientras que aquellos que tenían una percepción “socializada” creían que el poder debía utilizare para perseguir objetivos colectivos”. Observaron, además, que quienes tenían “una perspectiva personalizada del poder” eran más propensos hacia el comportamiento egoísta y de tolerancia hacia la corrupción.

Otros estudios referidos por las autoras (Fast et al (2012) y Rusch (2016) ponen de relieve “el exceso de confianza en la toma de decisiones” y la cultura corrupta, concluyendo: “el exceso de confianza que los individuos tienen sobre su propia moral puede impedir que esos mismos individuos concienticen o admitan que ellos están actuando corruptamente”.

En el estudio de Tepper (2010) y Prentice (2007) se plantea el problema de la corrupción desde la perspectiva de la obediencia ciega a las instrucciones de una autoridad. Prentice concluye que “agradar a una autoridad regularmente lleva a una recompensa; y no satisfacerla, conlleva generalmente al castigo y posible despido”.

Beneficio personal y autocontrol:

En su estudio Djawadi y Fahr (2015) muestran “que los individuos están dispuestos a hacer trampa (mentir) con el objetivo de obtener un beneficio personal”, incluso en el caso de que los beneficios de mentir sean desconocidos. Un poco más compleja es la conclusión de que “la disposición de mentir ante beneficios desconocidos es potencialmente mayor en organizaciones donde el comportamiento no ético es fomentado, rutinario o, incluso recompensado”. En el aspecto del autocontrol el estudio de Trevino y Youngblood (1990) mostró “que los individuos con un mayor autocontrol y un mejor desarrollo moral cognitivo son más propensos a tomar decisiones éticas”. En la psicología social hay un constructo importante conocido como “locus de control” que señala donde la persona coloca la responsabilidad de sus acciones: locus de control interno si se asume como responsable así mismo y locus de control externo, cuando coloca la responsabilidad de sus actos fuera de su disposición. Bajo ese concepto, el estudio señalado “demuestra que los individuos con un mayor sentido de control son más propensos a hacer lo correcto”. Reckers y Samuelson (2016) encontraron evidencias iguales, es decir, “que los individuos con un locus de control más fuerte, y un sentido de responsabilidad moral mayor, son menos propensos a cumplir solicitudes de gestión poco éticas a través del tiempo”.

Aversión a la pérdida y aceptación del riesgo:

El tema a la pérdida y aceptación del riesgo se llega discutir con referencias al género, argumentando unos que las mujeres tienen mayor aversión al riesgo y, por tanto, menos dispuestas a aceptar sobornos. Otros plantean que entre hombres y mujeres hay diferentes estándares morales, pero la evidencia no corrobora quien más o quien menos es propenso al acto de corrupción. (Guerrero y Rodríguez-Oreggia, 2008). Kahneman y Tversky (2013) señalan evidencias de que “las actitudes hacia el riesgo dependen en la probabilidad de ganar o perder en una situación particular”. Así la aversión al riesgo depende según ellos, de “situaciones que involucran ganancias seguras”, aceptando el riesgo o, incluso, buscándolo en situaciones que involucran pérdidas seguras. Y pesar de que las pérdidas y los riesgos pueden ser dolorosos, señalan, que “para evitar el dolor de la pérdida, la gente realizará acciones riesgosas”, como, “para preservar las ganancias, la gente olvidará tomar riesgos”. Por último, es interesante la conclusión a la que llega Jacquemet et al (2008), de que “el sesgo de optimismo sesga el juicio de las personas sobre la probabilidad de experimentar un evento positivo en el futuro”, y más complejo todavía, “las personas asumen que las experiencias desagradables son más probables de suceder a otras personas que así mismas”.  Concluyendo lógicamente: “Esto podría ayudar a explicar por qué la gente escoge actuar corruptamente aun cuando la probabilidad objetiva de ser atrapado es alta”.

Racionalización:

La racionalización como la justificación del comportamiento es un tema que también se ha empleado para comprender el comportamiento corrupto. Benson (2015) la conceptualiza como la “teoría de la neutralización”. Choo y Tan (2007) plantean que en contexto del “Sueño Americano”, genera una cosmovisión que hace a los ejecutivos propensos a involucrarse en “comportamientos ilegales”, que su énfasis en el éxito monetario como símbolo del éxito individual, los impulsa incluso al uso de medios ilícitos si existen obstáculos para alcanzar tal propósito. Ashforth & Anand (2003) argumentan que una de las maneras en la que la corrupción es normalizada en las organizaciones es a través de la racionalización, es decir, el proceso a través del cual los individuos que se involucran en actos de corrupción usan constructos sociales para legitimarlos ante sus ojos. Si bien la racionalización es útil para justificarse a sí mismos, en el contexto de la corrupción a nivel organizacional, la aceptación es más importante aún. No puedo olvidar el gran escándalo que se desarrolló en los EEUU hacia el año 2011, cuando se puso sobre el tapete el gran negocio y el escándalo mayúsculo vinculado al ingreso de estudiantes a la prestigiosa Yvy League y otras renombradas universidades de aquel país como Georgetown, Yale o Stanford, entre otras, y en la que tuvieron involucrados empresarios, reconocidas personalidades del cine y muchos otros. Miles de dólares eran aportados por estas personas para que sus hijos entraran a estas importantes universidades de cualquier manera, así fuera modificando las pruebas académicas de admisión o creando falsos perfiles de atletas, aún de jóvenes sin ninguna habilidad deportiva. (Ver El País: Operación Varsity Blues: Escándalo en EE UU por los sobornos para acceder a universidades de élite | Universidades | EL PAÍS (elpais.com)La actriz Lori Loughlin se declaró culpable en el escándalo de admisiones en universidades (france24.com)Felicity Huffman y las otras estrellas acusadas en el escándalo de sobornos para que hijos de millonarios entren a universidades de élite – BBC News MundoEscándalo en EEUU por sobornos para acceder a universidades – ExpokNews

Por último, la Emoción:

Las emociones en la vida humana es un aspecto que tiene mucha importancia en el desarrollo de creencias, percepciones, decisiones y acciones. Por supuesto, incluye el comportamiento bajo estudio. Abraham y Pane (2014) encontraron “que un fuerte sentido de responsabilidad por el bienestar del grupo (colectivismo) se correlaciona con sentimientos de culpa y vergüenza”. Guerrero y Rodríguez-Oreggia (2008), por su parte, ponen evidencia que “la culpa juega un papel importante en las decisiones de actuar de manera corrupta”.

Parte III: ¿Y, entonces qué, hay alternativas?

Todo este largo camino es para darnos cuenta lo complejo que es el comportamiento corrupto, pues a las tendencias internas de las personas unidas a las condiciones de vida, condicionadas por el desarrollo de la estructura moral, en el marco de una cultura permisiva y tolerante ante los comportamientos no éticos y, por lo demás, bajo la creencia generalizada de que los cargos públicos son para beneficio de la persona, familiares y allegados, el comportamiento corrupto tiene todas las posibilidades de desarrollarse y manifestarse en todas las esferas de la vida. De manera muy especial en los espacios públicos gubernamentales, bajo aquella creencia de que “lo que no es de nadie, puede ser mío”.

El combate a la corrupción es complejo también, pues además de la puesta en marcha de los mecanismos de control contra la misma, deben estar muy claras las consecuencias que de hacerlo tendrán que cumplir quienes los violen. Hay países donde las consecuencias son “dramáticas”, pues le pueden costar la vida a quienes incurran en actos de corrupción.

Los modelamientos de los comportamientos éticos deben ser promovidos de manera continua y socialmente. El hogar, como las escuelas, deben ser espacios de modelamiento y reconocimiento de la conducta ética. Los medios de comunicación deben jugar su rol, promoviendo dichos comportamientos, además de no dejarse atrapar en los “shows políticos” de combate a la corrupción y, mucho menos, dejarse arrastrar al “espectáculo de entretenimiento que implican, generalmente, los llamados procesos a los corruptos”. Hay ya varias historias al respecto. La sociedad, en sus diferentes instancias e instituciones, debe exigir a los partidos políticos tener mayor cuidado y transparencia al momento de colocar a cualquier persona en cargos públicos. Se le debe prestar atención especial a la carrera en la gestión pública, adornándola de mayores competencias al mismo tiempo que procesos de control y evaluación continua, que hagan posible un ejercicio diáfano y apegado a principios éticos fundamentales.

Por otra parte, el comportamiento ético debe ser reconocido y colocado en la memoria colectiva con el buen obrar. No puede ser posible que aquellas personas que se han caracterizado por una gestión efectiva y diáfana de los fondos públicos sean las desconocidas y no honradas, por lo contrario, a aquellas que se alzan con el santo y la limosna, sean quienes se convierten en vedettes y hasta en personajes novelescos. Los ejemplos sobran y aún están en la memoria inmediata de todos nosotros. La veeduría social puede jugar un rol importante, siempre y cuando se lleve a cabo con la seriedad debida por parte de las autoridades gubernamentales, como la sociedad en su conjunto.

La escuela debe ser un espacio permanente de promoción de valores éticos y de construcción de una cultura que en general, esté apegada muestre que es posible una vida social radicalmente distinta.

El manejo y uso de los recursos públicos debe estar dotado de mayor transparencia y no la caja negra en que generalmente se desarrolla, pues se trata de recursos que no son del gobierno en curso, sino de toda una sociedad que mediante el pago de impuestos les otorga a las autoridades de turno su uso para el desarrollo de las políticas que hagan posible un mejor país para todos.

Hay que generar, mostrar y reconocer modelos de gestión pública como un mecanismo de crear nuevas conciencias colectivas acerca del funcionariado público, que apegados a principios éticos fundamentales, enarbolan una vida de servicio diáfana y seria.

[1] Artiles, L. (2020). Informe Encuesta Mundial de Valores. IDEICE. Santo Domingo.

[2] Freud, S. (1979). El malestar de la cultura. Cuadernos R. Santo Domingo.

[3] Sellars, J. (2021). Lecciones de epicureísmo. El arte de la felicidad. Taurus, Madrid.

[4] Dupuy, K. y Neset, S. (2020). La psicología cognitiva de la corrupción. Explicaciones del comportamiento no ético a nivel micro. CMI Chr. Michelsen Institute. Recuperado en la-psicologa-cognitiva-de-la-corrupcion.pdf (u4.no)

Fuente: acento.com.do