La compleja cultura de la corrupción

El comportamiento corrupto tiene todas las posibilidades de desarrollarse y manifestarse en todas las esferas de la vida. De manera muy especial en los espacios públicos gubernamentales, bajo aquella creencia de que “lo que no es de nadie, puede ser mío”.

JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA

Me siento en la necesidad de hacer un alto al tema de la juventud y cultura juvenil, procurando a analizar el problema de la cultura de la corrupción y los factores que la explican, con el fin de contribuir a su comprensión, al mismo tiempo, que desarrollar políticas de prevención de esta.

Parte I: la confianza, elemento fundamental en la organización de la vida social.

Se puede afirmar en sentido general, que las relaciones y vínculos humanos se han establecido a partir de las expectativas y la confianza mutua, tanto para las relaciones interpersonales como las institucionales. De esta manera, se han establecido hábitos y reglas de comportamientos, los primeros generalmente implícitos, los segundos, formales. Las instituciones sociales son la manifestación de éste “acuerdo implícito”, que el estado y las legislaciones buscan proteger y controlar o, en su defecto, sancionar cuando fuere necesario.

Las relaciones interpersonales y, de manera particular, las amistades que van más allá del mero conocimiento se establecen sobre las expectativas mutuas de que “puedo contar contigo y tú puedes contar conmigo”. Incluso en el refranero popular se recoge que un amigo verdadero estará siempre presente en “las buenas y en las malas”. Se puede hablar de una cierta predictibilidad en el comportamiento mutuo en dichas relaciones. Por supuesto que en determinadas situaciones estas mutuas expectativas pueden encontrarse con situaciones complejas y difíciles, como para que puedan ser posibles o cumplidas. En el ámbito político sobran los ejemplos.

Las relaciones que los humanos establecemos con las instituciones se mueven en un plano distinto, pero en ellas se desarrollan complejos procesos subjetivos, y, por supuesto, expectativas de las mismas características. El ciudadano espera que la policía “lo cuide y proteja”; contratas los servicios para la limpieza de la casa, la cocina e incluso el lavado, bajo la “confianza casi absoluta de esa persona”, que permanecerá durante muchas horas del día en tu hogar;  que la “escuela enseñe a sus hijos lo que debe enseñar en un ambiente seguro y confortable” es lo que se esperas al inscribirlo en un centro educativo determinado; me inscribo o inscribo a mis hijos en una determinada universidad “esperando que al final puedan incorporarse al mercado de trabajo” con cierta probabilidad de éxito; deposito mis ahorros en una entidad bancaria “pensando que ahí estarán seguros y podré incluso verlos crecer” y aún más, que cuando los necesite “ahí deberán estar a mi disposición”; interno a mi pariente en un hospital o centro de salud esperando “que será atendido por profesionales que saben lo que hacen, con la esperanza de que se restablecerá su salud”. Todo el sistema financiero internacional funciona sobre la base de ciertas intersubjetividades y expectativas. A nadie se le ocurre en su sano juicio esperar que cuando acuda a la institución financiera o cuando se conecta a la misma por la vía de la web se encuentre con que todo su dinero “desapareció”.

Como en esos casos, el vínculo que establecemos con las instituciones, lo hacemos sobre la base de ciertas creencias y expectativas, que damos casi por auto cumplidas. De esa manera, las sociedades, se han organizado sobre la base de la “confianza mutua”.

En los dos estudios internacionales sobre educación cívica y ciudadanía (ICCS) que se llevaron a cabo en la República Dominicana con estudiantes de octavo grado (2009 y 2016), mueve a preocupación los resultados de las respuestas dadas por dichos jóvenes en lo que respecta a las instituciones dominicanas. Si bien en ambos estudios aparece la escuela como la institución de mayor esperanza, en contraposición, la policía nacional, los tribunales de justicia e incluso, los partidos políticos, aparecen como las instituciones a las cuales estos jóvenes le tienen menos confianza. En el caso del Estudio Mundial de Valores publicado en el 2020[1] realizado en una muestra nacional de personas mayores de 18 años, las iglesias son la institución en la que se tiene mayor confianza (78.8%), seguida por las universidades (64.1%) y los bancos (53.4%); en contraste con las instituciones vinculadas a la dimensión política: el gobierno (25%), el Congreso (23%) y los partidos políticos (22%), que como se aprecia los porcentajes de confianza son relativamente bajos.

No debemos perder de vista la importancia que la confianza en las instituciones tiene para el buen vivir en la sociedad. La confianza no solo reduce el riesgo social, sino que incluso aumenta la predictibilidad del “buen comportamiento social”. Preservar la confianza es una cuestión política de mucha importancia. Sin ánimo de futurólogo pesimista, no sé qué ocurriría si de pronto perdiéramos la confianza de todas nuestras instituciones sociales, el mundo se volvería un verdadero caos y no creo que las cosas puedan ser diferentes a lo formulado por Darwin en sus primeros escritos sobre la evolución: cabría preguntarse quién sería el más fuerte.”

Parte II: Poder, comportamiento deshonesto o no ético y cultura de corrupción:

En este debate no podemos obviar que el alma humana es una miríada de muchas cosas donde se mueven los aspectos de la moral incorporada en el proceso de socialización, con los deseos e impulsos biológicos que nos conducen hacia el placer individual y que no siempre se vinculan al buen vivir y a veces menos, al vivir juntos en armonía.

Sigmund Freud en El malestar de la cultura llega a afirmar: “La satisfacción de los instintos, precisamente porque implica tal felicidad, se convierte en causa de intenso sufrimiento cuando el mundo exterior nos priva de ella, negándonos la satisfacción de nuestras necesidades”[2]. Porque claro, como se le atribuye a Epicuro: “nada es suficiente para alguien que considera lo bastante como insuficiente”[3].

Y es que para alcanzar lo que hemos logrado a lo largo de miles de años como humanos, gracias al control moral autoimpuesto socialmente y ejercido ante nuestros deseos y pulsiones internas, hay quienes se sienten compelidos a buscar a como dé lugar la negación del nos colocando por encima el , como el camino hacia la satisfacción plena de su felicidad individual.

Al igual que en la mayoría de los países de América Latina, en la República Dominicana, el problema de la corrupción ha sido una cuestión de permanente preocupación. Por supuesto, esta preocupación se debería hacer más relevante cuando tanto en los estudios del ICCS como en la Encuesta Mundial de Valores, este problema se ve como parte del hacer y la vida cotidiana, como parte de nuestra propia alma. En el caso de los jóvenes de octavo grado (ICSS) la justifican con el argumento de que a los cargos públicos se llega para alcanzar mejores condiciones económicas a como dé lugar; mientras que la percepción de la población (85.25%) en la Encuesta Mundial de Valores es que hay abundante corrupción en el país. El grave problema de todo esto es la indefensión o desesperanza aprendida que se aprecia en la población, considerando la corrupción como algo normal y como una oportunidad, incluso.

Los estudios sobre el tema de la corrupción ponen de relieve algunas cuestiones interesantes. Kendra Dupuy y Siri Neset[4] plantean a manera de resumen cinco puntos principales para explicar la conducta corrupta, estos son:

  1. Los individuos con algún grado de poder son más propensos a actuar corruptamente.
  2. Es más probable que las personas actúen de manera corrupta cuando pueden obtener beneficios personales, tienen poco autocontrol, perciben que la corrupción sólo causará un daño indirecto y cuando trabajan en organizaciones donde no se castiga el comportamiento poco ético.
  3. Los individuos son propensos a aceptar riesgos ante buenas recompensas, y a tener una baja aversión al riesgo a fin de preservar las ganancias. La incertidumbre tiende a incrementar la posibilidad de actuar corruptamente.
  4. Las narrativas de racionalización parecen hacer a la corrupción más aceptable.
  5. Emociones tales como la culpa, pueden hacer menos propensos a los individuos a realizar acciones corruptas.

Las investigadoras presentan varios estudios en cinco ámbitos: el poder, el beneficio personal y autocontrol, la aversión a la pérdida y aceptación del riesgo; la racionalización y, finalmente, las emociones. Haré referencias solo de algunos de estos estudios en cada ámbito señalado.

Poder:

Entre los estudios citados, resulta interesante un estudio experimental realizado en China por Wang & Sun en el 2016, en el cual pudieron examinar en un grupo de estudiantes y profesionales “cómo la percepción sobre el tipo de poder que tenían -ya fuese personalizado o socializado- transformaba sus actitudes hacia la corrupción”. El hallazgo principal fue que “la gente que tenía una percepción de poder “personalizado” creía que el poder debía utilizarse para perseguir objetivos auto centrados para beneficio propio, mientras que aquellos que tenían una percepción “socializada” creían que el poder debía utilizare para perseguir objetivos colectivos”. Observaron, además, que quienes tenían “una perspectiva personalizada del poder” eran más propensos hacia el comportamiento egoísta y de tolerancia hacia la corrupción.

Otros estudios referidos por las autoras (Fast et al (2012) y Rusch (2016) ponen de relieve “el exceso de confianza en la toma de decisiones” y la cultura corrupta, concluyendo: “el exceso de confianza que los individuos tienen sobre su propia moral puede impedir que esos mismos individuos concienticen o admitan que ellos están actuando corruptamente”.

En el estudio de Tepper (2010) y Prentice (2007) se plantea el problema de la corrupción desde la perspectiva de la obediencia ciega a las instrucciones de una autoridad. Prentice concluye que “agradar a una autoridad regularmente lleva a una recompensa; y no satisfacerla, conlleva generalmente al castigo y posible despido”.

Beneficio personal y autocontrol:

En su estudio Djawadi y Fahr (2015) muestran “que los individuos están dispuestos a hacer trampa (mentir) con el objetivo de obtener un beneficio personal”, incluso en el caso de que los beneficios de mentir sean desconocidos. Un poco más compleja es la conclusión de que “la disposición de mentir ante beneficios desconocidos es potencialmente mayor en organizaciones donde el comportamiento no ético es fomentado, rutinario o, incluso recompensado”. En el aspecto del autocontrol el estudio de Trevino y Youngblood (1990) mostró “que los individuos con un mayor autocontrol y un mejor desarrollo moral cognitivo son más propensos a tomar decisiones éticas”. En la psicología social hay un constructo importante conocido como “locus de control” que señala donde la persona coloca la responsabilidad de sus acciones: locus de control interno si se asume como responsable así mismo y locus de control externo, cuando coloca la responsabilidad de sus actos fuera de su disposición. Bajo ese concepto, el estudio señalado “demuestra que los individuos con un mayor sentido de control son más propensos a hacer lo correcto”. Reckers y Samuelson (2016) encontraron evidencias iguales, es decir, “que los individuos con un locus de control más fuerte, y un sentido de responsabilidad moral mayor, son menos propensos a cumplir solicitudes de gestión poco éticas a través del tiempo”.

Aversión a la pérdida y aceptación del riesgo:

El tema a la pérdida y aceptación del riesgo se llega discutir con referencias al género, argumentando unos que las mujeres tienen mayor aversión al riesgo y, por tanto, menos dispuestas a aceptar sobornos. Otros plantean que entre hombres y mujeres hay diferentes estándares morales, pero la evidencia no corrobora quien más o quien menos es propenso al acto de corrupción. (Guerrero y Rodríguez-Oreggia, 2008). Kahneman y Tversky (2013) señalan evidencias de que “las actitudes hacia el riesgo dependen en la probabilidad de ganar o perder en una situación particular”. Así la aversión al riesgo depende según ellos, de “situaciones que involucran ganancias seguras”, aceptando el riesgo o, incluso, buscándolo en situaciones que involucran pérdidas seguras. Y pesar de que las pérdidas y los riesgos pueden ser dolorosos, señalan, que “para evitar el dolor de la pérdida, la gente realizará acciones riesgosas”, como, “para preservar las ganancias, la gente olvidará tomar riesgos”. Por último, es interesante la conclusión a la que llega Jacquemet et al (2008), de que “el sesgo de optimismo sesga el juicio de las personas sobre la probabilidad de experimentar un evento positivo en el futuro”, y más complejo todavía, “las personas asumen que las experiencias desagradables son más probables de suceder a otras personas que así mismas”.  Concluyendo lógicamente: “Esto podría ayudar a explicar por qué la gente escoge actuar corruptamente aun cuando la probabilidad objetiva de ser atrapado es alta”.

Racionalización:

La racionalización como la justificación del comportamiento es un tema que también se ha empleado para comprender el comportamiento corrupto. Benson (2015) la conceptualiza como la “teoría de la neutralización”. Choo y Tan (2007) plantean que en contexto del “Sueño Americano”, genera una cosmovisión que hace a los ejecutivos propensos a involucrarse en “comportamientos ilegales”, que su énfasis en el éxito monetario como símbolo del éxito individual, los impulsa incluso al uso de medios ilícitos si existen obstáculos para alcanzar tal propósito. Ashforth & Anand (2003) argumentan que una de las maneras en la que la corrupción es normalizada en las organizaciones es a través de la racionalización, es decir, el proceso a través del cual los individuos que se involucran en actos de corrupción usan constructos sociales para legitimarlos ante sus ojos. Si bien la racionalización es útil para justificarse a sí mismos, en el contexto de la corrupción a nivel organizacional, la aceptación es más importante aún. No puedo olvidar el gran escándalo que se desarrolló en los EEUU hacia el año 2011, cuando se puso sobre el tapete el gran negocio y el escándalo mayúsculo vinculado al ingreso de estudiantes a la prestigiosa Yvy League y otras renombradas universidades de aquel país como Georgetown, Yale o Stanford, entre otras, y en la que tuvieron involucrados empresarios, reconocidas personalidades del cine y muchos otros. Miles de dólares eran aportados por estas personas para que sus hijos entraran a estas importantes universidades de cualquier manera, así fuera modificando las pruebas académicas de admisión o creando falsos perfiles de atletas, aún de jóvenes sin ninguna habilidad deportiva. (Ver El País: Operación Varsity Blues: Escándalo en EE UU por los sobornos para acceder a universidades de élite | Universidades | EL PAÍS (elpais.com)La actriz Lori Loughlin se declaró culpable en el escándalo de admisiones en universidades (france24.com)Felicity Huffman y las otras estrellas acusadas en el escándalo de sobornos para que hijos de millonarios entren a universidades de élite – BBC News MundoEscándalo en EEUU por sobornos para acceder a universidades – ExpokNews

Por último, la Emoción:

Las emociones en la vida humana es un aspecto que tiene mucha importancia en el desarrollo de creencias, percepciones, decisiones y acciones. Por supuesto, incluye el comportamiento bajo estudio. Abraham y Pane (2014) encontraron “que un fuerte sentido de responsabilidad por el bienestar del grupo (colectivismo) se correlaciona con sentimientos de culpa y vergüenza”. Guerrero y Rodríguez-Oreggia (2008), por su parte, ponen evidencia que “la culpa juega un papel importante en las decisiones de actuar de manera corrupta”.

Parte III: ¿Y, entonces qué, hay alternativas?

Todo este largo camino es para darnos cuenta lo complejo que es el comportamiento corrupto, pues a las tendencias internas de las personas unidas a las condiciones de vida, condicionadas por el desarrollo de la estructura moral, en el marco de una cultura permisiva y tolerante ante los comportamientos no éticos y, por lo demás, bajo la creencia generalizada de que los cargos públicos son para beneficio de la persona, familiares y allegados, el comportamiento corrupto tiene todas las posibilidades de desarrollarse y manifestarse en todas las esferas de la vida. De manera muy especial en los espacios públicos gubernamentales, bajo aquella creencia de que “lo que no es de nadie, puede ser mío”.

El combate a la corrupción es complejo también, pues además de la puesta en marcha de los mecanismos de control contra la misma, deben estar muy claras las consecuencias que de hacerlo tendrán que cumplir quienes los violen. Hay países donde las consecuencias son “dramáticas”, pues le pueden costar la vida a quienes incurran en actos de corrupción.

Los modelamientos de los comportamientos éticos deben ser promovidos de manera continua y socialmente. El hogar, como las escuelas, deben ser espacios de modelamiento y reconocimiento de la conducta ética. Los medios de comunicación deben jugar su rol, promoviendo dichos comportamientos, además de no dejarse atrapar en los “shows políticos” de combate a la corrupción y, mucho menos, dejarse arrastrar al “espectáculo de entretenimiento que implican, generalmente, los llamados procesos a los corruptos”. Hay ya varias historias al respecto. La sociedad, en sus diferentes instancias e instituciones, debe exigir a los partidos políticos tener mayor cuidado y transparencia al momento de colocar a cualquier persona en cargos públicos. Se le debe prestar atención especial a la carrera en la gestión pública, adornándola de mayores competencias al mismo tiempo que procesos de control y evaluación continua, que hagan posible un ejercicio diáfano y apegado a principios éticos fundamentales.

Por otra parte, el comportamiento ético debe ser reconocido y colocado en la memoria colectiva con el buen obrar. No puede ser posible que aquellas personas que se han caracterizado por una gestión efectiva y diáfana de los fondos públicos sean las desconocidas y no honradas, por lo contrario, a aquellas que se alzan con el santo y la limosna, sean quienes se convierten en vedettes y hasta en personajes novelescos. Los ejemplos sobran y aún están en la memoria inmediata de todos nosotros. La veeduría social puede jugar un rol importante, siempre y cuando se lleve a cabo con la seriedad debida por parte de las autoridades gubernamentales, como la sociedad en su conjunto.

La escuela debe ser un espacio permanente de promoción de valores éticos y de construcción de una cultura que en general, esté apegada muestre que es posible una vida social radicalmente distinta.

El manejo y uso de los recursos públicos debe estar dotado de mayor transparencia y no la caja negra en que generalmente se desarrolla, pues se trata de recursos que no son del gobierno en curso, sino de toda una sociedad que mediante el pago de impuestos les otorga a las autoridades de turno su uso para el desarrollo de las políticas que hagan posible un mejor país para todos.

Hay que generar, mostrar y reconocer modelos de gestión pública como un mecanismo de crear nuevas conciencias colectivas acerca del funcionariado público, que apegados a principios éticos fundamentales, enarbolan una vida de servicio diáfana y seria.

[1] Artiles, L. (2020). Informe Encuesta Mundial de Valores. IDEICE. Santo Domingo.

[2] Freud, S. (1979). El malestar de la cultura. Cuadernos R. Santo Domingo.

[3] Sellars, J. (2021). Lecciones de epicureísmo. El arte de la felicidad. Taurus, Madrid.

[4] Dupuy, K. y Neset, S. (2020). La psicología cognitiva de la corrupción. Explicaciones del comportamiento no ético a nivel micro. CMI Chr. Michelsen Institute. Recuperado en la-psicologa-cognitiva-de-la-corrupcion.pdf (u4.no)

Fuente: acento.com.do

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