El encuentro con el Jesús resucitado 

JULIO LEONARDO VALEIRÓN UREÑA 

Su primera aparición fue a María, la de Magdala, la Magdalena. Él le dijo: María. Ella respondió “Rabbuni” (Maestro). “Ve donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”. Sólo cuando Él apareció entre ellos diciéndoles “La paz con vosotros”, le creyeron a María.[1]

El encuentro con el Jesús resucitado “solo acontece en la adhesión interior y en el seguimiento fiel. Con Jesús nos empezamos a encontrar cuando comenzamos a confiar en Dios como confiaba él, cuando creemos en el amor como creía él, cuando nos acercamos a los que sufren como él se acercaba, cuando defendemos la vida como él, cuando miramos a las personas como él las miraba, cuando nos enfrentamos a la vida y a la muerte con la esperanza con que él se enfrentó, cuando contagiamos la Buena Noticia que él contagió”.[2]

En el Evangelio secreto de la Virgen María,[3] una novela de Santiago Martín su autor, busca “reconstruir” la vida de la madre de Jesús en un texto arriesgado y muy imaginativo a partir, según él mismo, de la lectura del evangelio de Juan, colocándola a ella frente a la trágica muerte de su hijo amado colgado de la cruz:

“Le vi cuando empezaron a levantarle. Primero se hizo un poderoso silencio. Todos, hasta los que más le odiaban, callaron. Quizá era el momento del milagro. Si el cielo tenía que intervenir, ahora debía hacerlo o ya no lo haría nunca. Yo sabía que nada extraordinario iba a pasar, porque lo extraordinario ya estaba pasando: Dios asesinado por las criaturas de Dios, con permiso de Dios, para salvar a las criaturas asesinas. Ése era el milagro.”

“Padre, perdónalos, pues no saben lo que hace”, diría el evangelista.

Más adelante Martín agrega:

“Gracias, Señor, porque me dejaste tenerle. Gracias por haberme permitido ser su madre y disfrutar de él tantos años. Gracias por haber podido vivir a su lado, recibiendo de él ternura tras ternura. ¿Quién soy yo y quién era yo para merecer este extraordinario regalo? Gracias porque él me ha enseñado a llamarte Padre. Gracias porque pude alimentarle, abrazarle, protegerle y educarle. Gracias porque pude sacrificarme por él, luchar por él, sufrir por él. Gracias porque, incluso en el momento final, he podido serle útil y he podido sostenerle en esa lucha extraordinaria que aun no comprendo bien pero que ha sido el objeto de su vida y de su misión. Y gracias, en definitiva y sobre todo, porque sé que está vivo, aunque ahora le sienta lejos. Y porque va a volver, porque va a resucitar”.

No resulta fácil de imaginar la realidad de la madre frente a una muerte tan atroz como la que sufrió Jesucristo, su hijo amado. Solo pensar en el relato de San Juan en el texto bíblico de María frente al hijo crucificado, es como para sobrecogerse en un corazón herido y partido profundamente, sobre todo cuando le dice: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”; Diciendo luego al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Es como decirle, sigue el camino, el mío está hecho.

Jesús decidió morir solo, en la soledad absoluta, incluso de su propio Padre: “¡Padre!, ¿por qué me has abandonado?”. Y en su soledad, se sumergió en los más profundo del alma humana, a espiar su desconsuelo, sus propias debilidades, sus propias dudas; para desde allí, emerger a la vida, a la vida plena que el Padre Dios te ofrece. ¡Qué difícil resulta comprenderlo en su pasión y muerte!

Solo la confianza plena en el Padre, como la radicalidad con que vivió su propia libertad, permitiría entender la vida de Jesús. Como bien dice Nolan (2006)[4]: “Sin esto es imposible comprender por qué y cómo hizo las cosas que hizo”. “Él no era el vencedor, sino la víctima. Y, paradójicamente, éste sería su mayor logro”, nos señala más adelante.

Víctima de la ceguera del poder, de la idolatría del poder por el poder; de la miopía perenne de no ver en el otro así mismo. En vez de en una cruz, clavado por todos lados en el tener, en el lucro, en el fuego fatuo de una vida solo centrada en el placer pasajero y, lo que es peor aún, en la inmisericordia del trato con los demás. En la riqueza arrancada de la costilla del más pobre y desvalido; de la indiferencia, de la burla encarnada, de la culpa espiada en el culto del mismo Cristo crucificado. En los miles de niños, niñas y adolescentes sin concluir su educación por el continuo uso de los dineros del presupuesto educativo, en el mantenimiento de una cultura política caracterizada por el oportunismo, el nepotismo, el patrimonialismo y la corrupción. Por todas las vidas destruidas por los intereses económicos y las políticas expansionistas.

En las palabras hecha poesía de Gabriela Mistral[5], a Jesús solo se le encuentra en el Otro, sobre todo el más desvalido:

Al Cristo del calvario…

¿De qué quiere usted la imagen? Preguntó el imaginero. /Tenemos santos de pino, /hay imágenes de yeso, /mire este Cristo yacente, /madera de puro cedro, /depende de quien la encarga, /una familia o un templo, /o si el único objetivo /es ponerla en un museo.

Déjeme, pues, que le explique /lo que de verdad deseo.

Yo necesito una imagen /de Jesús El Galileo, /que refleje su fracaso, /intentando un mundo nuevo, /que conmueva las conciencias /y cambie los pensamientos, /yo no la quiero encerrada /en iglesias y conventos.

Ni en casa de una familia /para presidir sus rezos, /no es para llevarla en andas /cargada por costaleros, /yo quiero una imagen viva /de un Jesús Hombre sufriendo, /que ilumine a quien la mire /el corazón y el cerebro.

Que den ganas de bajarlo /de su cruz y del tormento, /y quien contemple esa imagen /no quede mirando un muerto, /ni que con ojos de artista /solo contemple un objeto, /ante el que exclame admirado / ¡Qué torturado más bello!

Perdóneme si le digo, /responde el imaginario, /que aquí no hallará seguro /la imagen del Nazareno.

Vaya a buscarla en las calles /entre las gentes sin techo, /en hospicios y hospitales /donde haya gente muriendo /en los centros de acogida /en que abandonan a viejos, /en el pueblo marginado, /entre los niños hambrientos, /en mujeres maltratadas, /en personas sin empleo.

Pero la imagen de Cristo /no la busque en los museos, /no la busque en las estatuas, /en los altares y templos.

Ni siga en las procesiones /los pasos del Nazareno, /no las busque de madera, /de bronce de piedra o yeso, / ¡mejor busque entre los pobres /su imagen de carne y hueso!

Y es que la soberbia del poder no parece tener límites, aún a costa de la vida, de toda la vida y de todo cuanto vive sobre esta Tierra, nuestro Hogar Común, la Casa Grande que nos ha acogido por siglos y milenios.

Es muy probable que, en las actuales circunstancias de guerras generalizadas, terrorismos de unas y de otras ideologías, de inseguridad e incertidumbre por doquier, de predominio del pensamiento racional y científico sobre el sentido del Otro, el encuentro consigo mismo, en el sí-mismo y en el Otro, se enjuicie como una forma de huida. No puedo negar su posibilidad en muchos casos. Sin embargo, el reencuentro con la vida y su sentido más profundo nos debe llevar al regocijo supremo del reencuentro del Dios creador, celebrando la pasión, muerte y resurrección de Jesús, como lo hizo Pierre Teilhard De Chardin en su Himno del Universo, en el altar mismo de la vida:

“No tengo ni pan, ni vino, ni altar. Otra vez, Señor. Ya no en los bosques del Aisne, sino en las estepas de Asia. Por cual trascenderé los símbolos para sumergirme en la pura majestad de lo Real, y yo, tu sacerdote, te ofreceré el trabajo y la aflicción del mundo sobre el altar de la Tierra entera”.

Si no recobramos nuestro ser total, como parte consustancial del universo mismo y de toda forma de vida, no será posible encauzarnos hacia el bienestar y la felicidad de todos como un todo, en la totalidad humana. Como al Hijo de Dios, quizás nos haga falta el encuentro con nosotros mismos en la “profunda necesidad de silencio y soledad”[6], del sufrimiento consigo mismo, como cuando Jesús “de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario; y allí se puso a hacer oración”.[7] En busca del encuentro consigo mismo y el Padre.

Es muy probable que la aceptación plena del Otro y de toda otra forma de vida suponga el reencuentro previo consigo mismo en el silencio, en las entrañas mismas de nuestro ser, nuestros pensamientos y sentimientos. Quizás reencontrándonos, nos reencontremos con Él en el Otro.

[1] Evangelio según San Juan 20, 16-19. Biblia de Jerusalén. Editorial Desclée de Brouwer, S.A. 5ta. Edición, 2018.

[2] Pagola, J. (2007). Jesús, aproximación histórica. Editorial y Distribuidora, SA. 8ª edición. Madrid.

[3] Martín, S. (1996). El evangelio secreto de la Virgen María. Editorial Planeta, S.A. Madrid.

[4] Nolan, A. (2006). Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical. Editorial Sal Terrae. 2ª edición. España.

[5] Agradeciendo a la estimada amiga Rosalina Perdomo por subirla a su muro.

[6] Nolan, A. (2006). Idem.

[7] Evangelio según San Marcos 1-35

Fuente: acento.com.do

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