El mejor profesor del mundo no necesita internet

Los alumnos del franciscano Peter Tabichi lo tienen todo en contra. A la miseria, la sequía, el hambre y la falta de agua potable se suman problemas de orfandad, drogas, embarazos de adolescentes, matrimonios forzados o incluso suicidios. Por eso es tan sorprendente que entre los pupitres de la Keriko Secondary School, un colegio en Pwani, situado en una de las aldeas más desdichadas del valle del Rift (Kenia), se sienten estudiantes que hayan ganado la competición nacional de ciencias o que uno de los clubes de matemáticas fuera premiado en un torneo científico y de ingeniería en Arizona (EE. UU.).

El año pasado el Global Teacher Prize, el conocido como Nobel de los profesores que cada año desde 2014 entrega la Fundación Varkey de Dubái, reconoció su mérito al sacar lo mejor de los jóvenes de entre 11 y 16 años a los que imparte clase. Los socavones en su camino no son pocos. En su colegio hay un solo ordenador, no llega la conexión a internet, los chicos llegan extenuados tras recorrer a pie varios kilómetros por caminos enlozados, muchos deben enfrentarse a la oposición de sus familias que no entienden que quieran dedicar su tiempo a los libros… ¿Su secreto? Motivar a los chavales con lo que tenga a mano. Aunque sea una caja de fósforos. «Los jóvenes africanos son el futuro del mundo», señala a Alfa y Omega a su paso por Roma tras entrevistarse brevemente con el Papa.

Usted solía trabajar en una escuela privada. ¿Por qué decidió continuar su profesión en un instituto público?

Tanto los colegios privados como los públicos cuentan con óptimos profesores. La diferencia está básicamente en los recursos y el apoyo con los que cuenta la comunidad educativa. Empecé a enseñar en 2003 y he pasado por varias escuelas en Kenia y Uganda. Desde 2015 enseño Matemáticas y Física en Keriko Secondary School, un colegio en Pwani. Es una escuela sin recursos, situada en una de las zonas más pobres de Kenia. Por eso sé que este es mi lugar.

A pesar de las condiciones de pobreza extrema y la falta de recursos, sus alumnos son más aventajados que otros de escuelas mejor dotadas. ¿Cuál es su secreto?

Hay muchos vacíos en la escuela donde trabajo, pero hemos aprendido a convivir con ellos y no hacérselo pesar a los alumnos. Estamos muy lejos del punto donde la conectividad a internet es buena; tenemos un solo ordenador para toda la escuela; no somos como el resto porque no tenemos ni biblioteca, ni sala de profesores, ni cocina o comedor, y tampoco contamos con aulas adecuadas. Pero lo que intento es demostrar las teorías científicas para que no memoricen solos datos o teoremas. Por ejemplo, a través de algo tan sencillo como una caja de fósforos, explico cuáles son las propiedades científicas de la fricción.

El fin de semana, con otros maestros, nos dedicamos a visitar uno por uno los hogares de nuestros alumnos más pobres para detectar los problemas más acuciantes y poder dar una solución. Tenemos clases de recuperación para todos los que las necesiten. Además, motivamos a los chavales con clubes de distintas temáticas o concursos. Así acrecentamos su sed de aprendizaje: cuanto más triunfan allí, más duro trabajan y, a su vez, este éxito inspira a sus compañeros de clase. Nuestros estudiantes han ganado competiciones de ciencias tanto a nivel nacional e internacional. Lo más importante es aumentar la confianza en sí mismos, hacerles sentir que son valiosos para la sociedad.

En África la edad mínima para que las niñas contraigan matrimonio es 15 años, pero muchas se casan con tan solo 9 o 10. ¿Cómo trata de paliar el abandono escolar femenino en su escuela?

Todos los niños del mundo merecen la oportunidad de recibir una buena educación mientras crecen para alcanzar todo su potencial. Es vital que las niñas sean parte de esto, pero no hay que negar la realidad: hay 131 millones de niñas en todo el mundo a las que actualmente se les niega la oportunidad de ir a la escuela, muchas de ellas aquí en África.

Fuente: abc.es

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