Momentos estelares de la humanidad

Enrique Sánchez Acosta

Santo Domingo, RD

La Viena de la Belle Époque fue una de las cimas de la historia de la cultura. Sus cafés, sus salones, sus teatros, su ópera, estaban electrizados de vida artística e intelectual. Allí deslumbraban la música de Gustav Mahler y Arnold Schˆnberg, la pintura de Gustav Klimt y Egon Schiele o el psicoanálisis de Sigmund Freud. Allí, en el regazo de la cultura burguesa de Viena, creció Stefan Zweig.

De origen judío, pero educado sin religión, se inclina pronto por las letras. Viaja por toda Europa y cultiva la amistad de numerosos intelectuales. Critica el fanatismo, el militarismo y “la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea”. Para este pacifista y ciudadano del mundo, su identidad es Europa; su patria, la República de las Letras.

Entre las decenas de obras que escribe (publicadas hoy por Acantilado, en espléndidas traducciones) destacan sus novelas breves, sus biografías y sus memorias, que son una oda y una elegía al legado cultural de Europa. En 1927 publica su mejor libro: Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas. En él despliega Zweig su maestría en el dibujo de escenas, en el retrato psicológico de los personajes, en el manejo de las expectativas del lector y la intriga, en la recreación emocionante del pasado a través de un lenguaje sensorial, vitalista y dramático.

Zweig narra esos “extraordinarios momentos de inspiración” que determinan la vida de los individuos, los pueblos y la humanidad. En su libro encontramos batallas (la toma de Constantinopla, la derrota de Napoleón en Waterloo), clímax revolucionarios (la composición de “La Marsellesa”, la llegada de Lenin a Petrogrado), hazañas de la voluntad (el descubrimiento del Pacífico, la conquista del Polo Sur), creaciones artísticas sublimes (la “Resurrección” de H‰ndel, la “Elegía de Marienbad” de Goethe) o proezas tecnológicas (la primera palabra transmitida a través del Atlántico, con el telégrafo). El autor logra que experimentemos la historia en primera persona, que la disfrutemos y que aprendamos de ella.

El nazismo saqueará la casa de Zweig, prohibirá sus obras y le impelerá al exilio: Londres, Nueva York, Petrópolis (Brasil). Allí se suicidará, junto a su mujer, en febrero de 1942, creyendo que Hitler iba a ganar la guerra. Hannah Arendt reprochará a Zweig haber vivido en la “torre de marfil” de su fama y cultura, ajeno a los dramas de su tiempo (en especial, del pueblo judío, sobre el que apenas habló). La cultura humaniza; pero puede también servir de refugio para evadirse de los dramas humanos. Así lo hizo, en parte, Erasmo; así lo hizo, con descaro, Montaigne, quien se aisló ?espiritual y físicamente? en la torre de su biblioteca, para huir de su tiempo. Ambos fueron biografiados y admirados por nuestro autor, igual que Castelio: otro defensor de la libertad de conciencia. En su biografía de Castelio estamparía Zweig su programa vital: “Tolerancia frente a intolerancia, libertad frente a tutela, humanismo frente a fanatismo, individualismo frente a mecanización, conciencia frente a violencia”.

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