Papá le pega a mamá: los testigos del maltrato

“La educación es la vacuna contra la violencia.”

La violencia doméstica es una realidad común en nuestra sociedad. Esta ocurre en todas las clases sociales, grupos étnicos, culturas y religiones.

La mayoría de los casos pasan desapercibidos ya que muy a menudo las víctimas sufren en silencio. Los estudios demuestran que cada año son mas los jóvenes entre las edades de 3 a 17 años los que están expuestos a la violencia doméstica. Las estadísticas reflejan que el 95% de los casos involucran a las mujeres víctimas de sus parejas masculinas. La trágica realidad es que cada vez que una madre es maltratada por su pareja, son a menudo sus propios hijos los testigos del maltrato y la tensión en el hogar por lo que ellos también se ven afectados. El presenciar puede significar VER incidentes reales de maltrato físico y/o sexual, ESCUCHAR amenazas o peleas desde otra habitación, OBSERVAR las secuelas de maltratos físicos, tales como: sangre, moretones, lágrimas, la ropa rasgada y/u objetos rotos.

Lo que hiere a la madre, también hiere a los hijos. Cuando la madre es abusada, sus hijos pueden sentirse culpables de no poder protegerla. Ellos sufren al ver que sus padres se gritan, empujan o golpean. Estos comportamientos causan en los hijos sentimientos de confusión, estrés, miedo, vergüenza, o hasta muchos llegan a pensar que ellos mismos han causado el conflicto. Están siempre en guardia, observando y esperando a que el próximo evento se produzca. Como nunca se sabe lo que va a desencadenar el abuso, no tienen tranquilidad; siempre están preocupados por ellos mismos, por sus madres y hasta por sus hermanos. Pueden sentirse enojados, humillados y hasta impotentes.

En los hogares donde existe violencia doméstica, el miedo, la inestabilidad y la confusión reemplazan el amor, la comodidad y la crianza que los niños necesitan. Muchos pueden presentar problemas emocionales, llorar excesivamente, sentirse retraídos o tímidos, pueden tener dificultades para hacer amigos, sienten miedo de los adultos y algunos hasta pueden sufrir de depresión y utilizan también la violencia para resolver sus propios problemas en la escuela y el hogar.

Cuando los hijos crecen en un hogar de maltrato, se les niega el tipo de vida familiar que fomenta el desarrollo saludable y aunque ellos no sean directamente maltratados, igual pueden verse afectados al ver que son sus madres las que están siendo victimas del maltrato. Como resultado, muchos experimentan el estrés en el hogar y llegan a mostrarlo de diferentes maneras tales como: dificultad para conciliar el sueño, enuresis, problemas de conducta, dolores de estómago, dolores de cabeza y / o diarrea, etc. Los niños que crecen en este tipo de entorno, tienen un mayor riesgo de caer en las drogas, abuso del alcohol o ser objetos de relaciones abusivas, como agresores o víctimas y un tercio llegan a desarrollar problemas emocionales, trastorno de estrés postraumático, delincuencia juvenil y la criminalidad en la edad adulta.

Debido a que mamá está luchando para sobrevivir, a menudo no está presente para sus hijos y papá esta tan consumido tratando de controlar a todo el mundo que tampoco se muestra disponible para ellos. Por lo tanto, los hijos llegan a sentirse física, emocional y psicológicamente abandonados creciendo hambrientos de atención, afecto y aprobación.

Reacciones emocionales, físicas y de comportamiento ante la violencia familiar en los hijos:

Reacciones emocionales : El miedo, la culpa, la vergüenza, trastornos del sueño, tristeza, depresión y enojo (tanto hacia la persona que abusa con violencia como también hacia la madre por ser incapaz de impedir la violencia).

Reacciones físicas: Dolores de estómago y / o dolores de cabeza, enuresis (mojadas de cama) y ​pérdida de la capacidad de concentración. Algunos también pueden sufrir abuso o negligencia física o sexual. Otros pueden salir lastimados al tratar de intervenir en nombre de su madre o de algún hermano.

Reacciones de comportamiento: Rabietas, alienación o ansiedad por complacer. Los niños pueden presentar síntomas de ansiedad y una capacidad corta de atención que puede provocar un bajo rendimiento escolar y de asistencia. Algunos pueden experimentar retrasos en el desarrollo del lenguaje, habilidades motoras y/o cognitivas. También pueden utilizar la violencia para expresarse mostrando un aumento de agresividad con sus compañeros o hasta con sus propias madres. Ellos pueden llegar hasta a auto-lesionarse.

Los efectos a largo plazo en los niños que son testigos de violencia doméstica

Los niños que crecen observando que sus madres son víctimas de abusos, sobre todo por parte de sus padres, crecen con un modelo de relaciones íntimas en las que una persona usa la intimidación y la violencia sobre la otra persona para conseguir lo que desea. Dado que los niños tienen una tendencia natural a identificarse con la fuerza, muchos pueden aliarse con el abusador y perder el respeto por sus aparentemente indefensas madres. El abusador suele menospreciar a la madre delante de sus hijos y puede llegar a decirles que ella está “loca” y que ellos no tienen por que escucharla. Al ver que sus madres están siendo tratadas con una enorme falta de respeto por parte de sus padres, los niños aprenden que ellos también pueden faltarle al respeto a las demás mujeres de la misma forma en que sus padres lo hacen con sus propias madres.

La mayoría de los jóvenes que se crían en hogares abusivos aprenden que la violencia es una manera eficaz de resolver los conflictos y problemas. Pueden reproducir la violencia de la que fueron testigos desde niños en sus relaciones adolescentes y adultas así como también ser más propensos a golpear a sus futuras parejas que aquellos que han sido criados en hogares no violentos. Para las niñas, la adolescencia puede resultar en la creencia de que las amenazas y la violencia son parte de la norma en las relaciones.

¿Qué hacer?

Es imposible evitar que los hijos sean testigos de la violencia doméstica. Ellos pueden ver o escuchar los episodios abusivos entre sus padres, ser utilizados o incluso implicados en la violencia (por ejemplo, el niño puede estar en los brazos de su madre cuando ella es golpeada), por lo que pueden experimentar las consecuencias y la tensión que acarrea el abuso. El grado de daño emocional depende en gran medida de cada niño, su edad, sexo y personalidad, lo mucho que el/ella haya presenciado el abuso y si ha estado o no personalmente involucrado en él.

Una sensación común que algunos padres consideran es que a pesar del entorno violento y abusivo, es mejor permanecer juntos por el bienestar de sus hijos. Sin embargo, no se dan cuenta que a menudo son sus propios hijos los que prefieren ver a sus padres separados como una forma de ponerle fin al “problema”.

La única respuesta ante el problema de violencia doméstica es tratarla como lo que es – violencia. Se debe luchar contra los valores sociales que refuerzan el estereotipo que fomenta a los hombres a actuar agresivamente y utilizar la violencia como una forma de resolver los problemas; donde las mujeres son débiles, sumisas y deben aceptar la dominación masculina como la norma. El crecer en un hogar donde el abuso de alguna forma es la norma, ofrece a los hijos el ejemplo que esto es lo que una relación está destinada a ser. Este tipo de hogares tienden a incluir la inestabilidad, los conflictos, la distancia emocional y una vida que va de una crisis a otra. Ellos aprenden patrones poco saludables de relacionarse, y por lo tanto inconscientemente la mayoría llegara a elegir futuras parejas que vengan de entornos igualmente poco saludables para así poder seguir el patrón de violencia del cual están familiarizados. Por lo tanto, antes de que sea demasiado tarde, es crucial buscar ayuda profesional, una terapia familiar, que le ofrezca a cada miembro del hogar la oportunidad de lograr romper con los patrones destructivos aprendiendo maneras no violentas de como resolver sus conflictos emocionales.

Fuente: latribuna.hn

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