Es tiempo de perdonar

Carolina Jiménez
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Santo Domingo

Perdonar es uno de los actos que más le cuesta realizar al ser humano. Muchas veces, el sentimiento de rencor y orgullo es más fuerte que la razón. Sin embargo, quien guarda resentimientos dentro de su corazón, se pierde de lo maravilloso que es sentirse en paz.

Rick Warren, pastor y escritor estadounidense, plantea que el verdadero perdón está formado en la Biblia por cuatro reflexiones: perdonar es recordar cuanto he sido perdonado, perdonar es renunciar a tu derecho de vengarte, perdonar es pagar bien por mal, perdonar es repetir el proceso tanto como sea necesario.

Es cierto que la vida, en ocasiones, presenta situaciones que nos separan del respeto, admiración o afecto hacia aquel individuo que nos hizo algún daño; hirió nuestros sentimientos, nos hizo llorar o entristecer. Incluso, en casos más extremos nos causó un daño considerado como “imperdonable”. Es aquí cuando nuestra bondad, amor y capacidad de entendimiento se pone en juego, se debilita.

En el artículo “Aprender a perdonar”, la psicóloga clínica, Silvia Russek, expone que: “Cuando perdonamos nos liberamos de una gran carga emocional que traemos sobre nuestros hombros y que nos impide disfrutar de la vida. No perdonamos para beneficiar al otro, perdonamos para liberarnos a nosotros y poder tener una vida mejor”.

¿Cómo aprender a perdonar?

Se dice que para llegar a recordar lo sucedido sin que duela, para aceptarlo como una etapa más de este juego de la vida, tenemos que vivir el perdón más como una decisión que como un sentimiento.

La psicóloga y coach, Mamen Garrido, explica que: “Cuando decides perdonar o perdonarte por algo, estás abriendo las puertas de tu propia prisión; estás dejando paso a la liberación que supone deshacerse de un peso enorme que no te deja avanzar”.

Asimismo asegura que perdonar no significa olvidar lo que ha pasado: en los momentos más dolorosos es precisamente donde mejor nos conocemos. Pero quedarse anclado a ese dolor y rememorarlo con frecuencia no nos ayuda a sanar, sino todo lo contrario: mantiene la herida abierta.

Para aprender a perdonar sanando las heridas, Garrido recomienda lo siguiente:

  1. Aprende a transformar el dolor: Independientemente de lo que ocurriera en el pasado, cada uno tenemos el poder de transformar ese dolor y aprender de la experiencia.
  2. Reconoce el daño para empezar a perdonar: No tengas miedo ni vergüenza; simplemente tómate un tiempo para reflexionar de la forma más objetiva posible sobre los hechos que te causaron esa herida que tanto te cuesta cerrar.
  3. Identifica las emociones implicadas: Cuando revisas de forma consciente lo acontecido es importante que centres tu atención en qué emociones emergen de ti.
  4. Expresa el dolor y perdónate: Date permiso para expresar libremente lo que sientes. Saca la rabia, la ira, el enfado que llevas por dentro. Puedes escribir una carta, gritarlo en voz alta, hablarlo con alguien de confianza y soltar, soltar, soltar.
Reconciliación en Semana Santa

La Semana Santa es un tiempo de reflexión, perdón y reconciliación. En el que sin importar la religión se promulga el recogimiento, el silencio y el amor.

Es una semana donde debemos darnos el permiso de reflexionar y al mismo tiempo, liberarnos de las cadenas que nos atan.

Vale la pena recordar algunas palabras de perdón que Dios dirige a cada uno de nosotros en la Biblia: “El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos” (Proverbios 17, 9).

Si hay algo que debemos tener claro es que cuando vives sin perdonar esa rabia que sientes te produce más daño a ti que al otro. Por esto, el perdón no vendrá de fuera, sino que ha de nacer de uno mismo.

Entonces, reflexionemos en nuestro interior lo que nos dice la Biblia en Mateo 6, 14: “Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial”.

La gracia de sentirme un pecador perdonado

El sentirme que soy un pecador perdonado es una gracia que se recibe de Dios, no porque sea mejor que nadie, ni porque el otro no lo pueda sentir también, sino porque es una convicción interior que se siente al aceptar el amor misericordioso de Él.  Para que esa aceptación del amor de Dios suceda,  tiene que haberse dado en mí lo que le sucedió al hijo pródigo, cuando volvió en sí, después de haber malgastado toda la fortuna que le había dado su padre como parte de su herencia; solo cuando se vio viviendo entre los cerdos fue que se dio cuenta que en la casa de su padre lo tenía todo.

Cuando tocamos fondo, como le pasó a este joven, es cuando más el Señor nos muestra su misericordia, es cuando más está cerca de nosotros esperando nuestro regreso. Jesús con su pasión, muerte y resurrección nos devuelve la condición de volver a llamarnos hijos e hijas de Dios.  El milagro de sentirnos que somos pecadores perdonados nos hace ser más humanos y a proceder también con mucha misericordia con todos los demás.

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