Los hijos únicos: ni tan egoístas ni tan solos

Isabel Serrano Rosa

Los hijos únicos son únicos hasta para presentarse. Después de un rato de narración de su problema, Pablo, aclara la causa (“soy hijo único”) y pone la mirada lánguida del que está acostumbrado a lidiar con lo que no tiene remedio y espera la misma respuesta de siempre: ¡será un malcriado o un rarito nacido en una familia incompleta!.

Debe ser arduo vivir etiquetado con el ‘Síndrome del pobre hijo único’. Las creencias estereotipadas les presuponen egoístas y aislados en su mundo de fantasía con dificultades para relacionarse con los demás cuando sean adultos.

Los más agoreros aseguran que son narcisistas y mimados que retan a sus propios padres o con tendencias depresivas por su soledad. Cuando tengan pareja querrán tener el segundo hijo, convertido en redentor del mayor, para que el pobre no sufra la triste infancia de los padres. El tópico dibuja a los padres de hijos únicos como ansiosos, sobreprotectores o exigentes. Según esto, los hermanos son necesarios para el desarrollo de una personalidad sana. ¿Es inevitable asociar al hijo único y a sus padres con desajustes psicológicos?

Hoy las parejas con tres vástagos son sólo el 4% y las que tienen uno, el 30%. Las españolas han retrasado la edad de maternidad a los 31 años, junto con italianas y holandesas, convirtiéndose en las mujeres de la UE que más tarde tienen descendencia. Desde los años 50, cuando empieza a planear en el horizonte la idea de una sociedad de hijos únicos, abundan los estudios empíricos, sobre todo con adolescentes, para valorar en el tiempo lo que significa ser unigénito.

Según los datos, todos los adolescentes ¡son inmaduros por igual! Parece que las posibles dificultades que los hijos únicos pueden tener a su paso por la escuela primaria se resuelven en la adolescencia en la medida en la que se socializan escolarmente y fuera de su casa.

Fortalezas y debilidades

A día de hoy, el modelo de familia perfecta sigue siendo el compuesto por dos hijos, a ser posible de diferente sexo, por lo que muchos hijos únicos idealizan a las familias con hermanos, ignorando aspectos como la rivalidad, los conflictos que enturbian el paisaje o que la mayoría de los hermanos cultivan amistades diferentes. Según los datos, no sólo no presentan más trastornos que sus coetáneos sino que ser hijo único también tiene ventajas si no son relegados entre los muros domésticos y disponen de contactos variados con coetáneos y adultos externos a la familia.

Son más cooperativos y menos competitivos porque han crecido fuera de los celos de la rivalidad entre hermanos. Más extrovertidos y seguros de sí mismos porque compensan su soledad con una mayor capacidad para hacer amigos y suelen trabajar bien en equipo ya que no temen verse desplazados. Son responsables, un aspecto positivo de pasar más tiempo con adultos. Tienen madera de líderes, la gente suele confiar en ellos. Valorados y queridos, desarrollan menos carencias afectivas. Son creativos porque están acostumbrados a jugar con su fantasía.

Desde el punto de vista de la pareja, propician matrimonios felices porque el mayor tiempo que pasan con sus padres les hace más adaptables; de hecho, la serenidad en casa disminuye con el número de hijos, es obvio. Pueden tener mayor capacidad intelectual y lingüística por la mayor interacción con adultos y, desde luego, disponen de más recursos económicos que les permiten acceder a estudios, pueden disfrutar de un tipo de ocio inalcanzable en el caso de tener más hermanos y son ¡herederos únicos!

Al otro lado de la moneda, está el hecho de que no tener hermanos significa no disponer de un confidente a mano, alguien de su edad que entienda sus dificultades. Han de aprender a relacionarse antes con sus iguales y hacerlo fuera de casa, lo que obliga a los padres a socializarlos pronto. Algunos pueden madurar demasiado rápido para su edad y tener un tipo de pensamiento excesivamente adulto. Si sus padres les sobreprotegen pueden convertirse en personas tímidas e inseguras. También pueden volverse complacientes por temor a decepcionar a sus amados padres si estos depositan sus expectativas en ellos. En otros casos, acostumbrados a ser príncipes o princesas en sus casas albergan la ilusoria idea de que fuera ha de pasar lo mismo, lo que les lleva a no saberse defender y ser víctimas de los niños más vivos, o bien, a asumir actitudes resentidas si no se les presta atención. A veces no saben manejar el interés de los padres hacia otros niños. Además, hoy en día, un problema puede ser que disfruten de un exceso de cosas materiales y que éstas les sirvan para comprar amigos. Otro punto flaco: de adultos, han de llevar solos el cuidado de los padres cuando estos envejecen.

Pautas para padres

Daniela y Luis, son hijos únicos y padres de Manuel. Ella confesó un día que, cuando tiene delante a mujeres con más hijos, siente su mirada -entre apenada y/o con aires de superioridad- lo que la ha llevado en alguna ocasión a justificar que no ha tenido más hijos por problemas de fertilidad, ¡lo que no es verdad en su caso! Prefiere mentir ante de ser la rara.

Los padres que eligen tener un solo hijo lo hacen por problemas económicos, por las dificultades de conciliación de la vida laboral-personal, por la separación de los progenitores, porque son un matrimonio tardío o por dificultades de fertilidad. Su decisión no afecta al desarrollo emocional de los hijos que viene determinado por la educación, los valores recibidos y el tipo de vínculo que estos establecen, no por el número de hermanos. Como le pasa a Daniela, algunos padres temen ser tachados de egoístas y pueden sentirse culpables por no tener más hijos. Ser unigénito no es negativo si se establecen pautas saludables. Otros padres vuelcan sus ansiedades y temores en su hijo y lo sobreprotegen, creando un mundo burbuja que les hace inseguros, o realizan tareas que deberían hacer por sí mismos. Es importante dar un margen de confianza y ¡aprender a respirar para que pase el agobio!

Hay adultos que prestan mayor atención (y presión) a su hijo porque albergan expectativas, sin escuchar las necesidades y personalidad de su retoño, favoreciendo que el niño se vea obligado a cumplir sus deseos. O bien le tratan como un objeto precioso sin límites: son los niños mimados, tan centrales que entorpecen la relación de sus padres como pareja.

Algunas sencillas pautas son: crearle un mundo infantil de amigos y actividades lo antes posible para que aprenda a tolerar la frustración y a desarrollar la generosidad. Evite involucrarlo en asuntos de los padres o convertirlo en confidente. No trate de resolver sus carencias -como pudo ser el no tener hermanos- a través del hijo. No le haga sentir incompleto por ser único: explíquele que hay familias diferentes y que todas pueden ser positivas si las personas se tratan con cariño y respeto.

La psicología no está para decirle cuántos hijos ha de tener pero sí para asegurarle que ser hijo único no es un defecto congénito y para ayudarle a aliviar la culpa. Los hermanos de sangre no son los únicos que podemos tener a nuestro lado. Están nuestros hermanos de amor, aquellos que elegimos en la vida y que sólo tienen la particularidad de haber nacido en otra casa.

Fuente: elpais.com/

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