“Mamá tiene cáncer, pero no se va a morir”

Beatriz G. Portalatín

Unos pocos días después de que Rosa (35 años) explicase a su hija (10 años) que se tenía que someter a un largo tratamiento en el que se le iba caer el pelo por culpa de un bultito que tenía en el pecho, se la encontró llorando en su habitación: “Mamá te vas a morir, porque si se te va a caer el pelo es porque tienes cáncer”.

En ese instante, comprendió Rosa que a los niños no había que ocultarles nada porque era mucho peor. Fue entonces cuando se atrevió a hablar de todo, una frente a la otra, en casa, a solas las dos, madre e hija. Ahí le explicó todo cuanto tenía que saber del cáncer de mama que tenía y del tratamiento exacto al cual se iba a someter. “Mamá tiene cáncer pero no se va a morir”, le dijo a la pequeña. Se lo contó todo, con claridad y con palabras que ella pudiera entender para que no hiciera cábalas falsas ni tuviera informaciones erróneas de lo que era el cáncer. Para que estuviera informada por ella, por su propia madre y no por otros.

De aquella conversación han pasado ya dos años, por suerte todo va bien, y hoy con el paso del tiempo Rosa es capaz de decir que de todo aquello tan malo sacó algo muy bueno: “Esta unión que hemos creado mi hija y yo, ya es para siempre. El cáncer nos unió aún más de lo que ya estábamos y eso es una de las cosas que más satisfacción me da”, confiesa a EL MUNDO. “Mi hija fue mi mayor apoyo durante todo el tratamiento, incluso en casa me decía: ‘¡Mamá quítate ya la peluca!’, y me daba besos por toda la cara”, recuerda sonriendo.

Esa misma unión que tuvo Rosa con su hija, la tuvo también Isabel con sus dos niños preadolescentes. El año pasado y también a los 35 años le detectaron un cáncer de mama, sin embargo Isabel sabía desde el principio que no podía ocultárselo porque “pensamos que los niños no se enteran de nada y que se les puede contar historias y no es así, es todo lo contrario. Ellos nos enseñan mucho. Así que lo primero que hice fue hablar con ellos. Lo hice muy claramente, y los dos adoptaron desde el principio y de inmediato un papel de protección hacia mí”, cuenta Isabel con la tranquilidad que da el tiempo pasado: “En mi casa no creé ningún misterio ni ningún tabú que pudiese hacerles más daño del que ya venía de serie por la enfermedad”.

Y realmente, es así. “Hay que normalizar la situación”, afirma Patrizia Bressanello, psicooncóloga de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). “Las cosas hay que contarlas de forma adecuada a la edad del niño y a su capacidad de comprensión y de madurez. Es importante, insiste, que los padres se lo cuenten porque sólo así sabrán que tipo de información maneja su hijo. Así, el niño estará informado por ellos y por tanto sabrá la verdad y la realidad de la enfermedad y no se creerá lo que le cuente fulanito o menganito. La información es mejor darla “cuando ya se tengan las cosas más claras, es decir cuando se sepa qué tumor es, dónde está localizado y los tratamientos que se van a seguir”, aconseja.

Que los hijos formen parte del proceso

El cómo contar a los hijos, sobre todo pequeños y adolescentes, que mamá o papá tienen cáncer es un tema muy recurrente en la AECC. A nivel de asesoramiento, es una de las consultas más demandadas. De hecho, tanto Rosa como Isabel llamaron allí para pedir ayuda. “Lo mejor para los niños es sentir que forman parte de unafamilia , que es capaz de hacer frente a las cosas agradables y a las cosas dolorosas. Juntos, apoyándose y diciéndose la verdad”, sostiene Bressanello.

Es inevitable que surjan dudas de cómo hacerlo. Por ejemplo, ¿a qué edad conviene hablar de la enfermedad? “A partir de los 3 años, o incluso antes dependiendo del grado de madurez”, explica Dulce Camacho, psicóloga sanitaria y fundadora de la Asociación Alaia. “Es fundamental mantener el contacto visual y la cercanía física con el niño, escucharle con atención y contestar a sus preguntas utilizando un lenguaje adaptado. Cuando comience a hablar de otra cosa o a distraerse, será el momento de finalizar la conversación, transmitiéndole que cuando él lo necesite podrán continuar hablando”.

Lo más importante es que la información que se dé sea adecuada a la capacidad del pequeño. Un ejemplo de cómo poder dar esta información, explica Camacho, podría ser la siguiente: “Hasta los seis años la explicación debe ser muy simple: ‘Mamá o papá está enfermo y los médicos le están ayudando a curarse’. A esta edad el niño suele manifestar ansiedad ante la separación, por lo que es importante que se queden al cuidado de una persona en la que confíen y mantener en lo posible sus rutinas diarias. De los seis a los nueve años a los niños, ya se les puede hablar de la enfermedad con más detalle. A esta edad, los pequeños pueden sentir que son responsables de la enfermedad por algo que han pensado o que han hecho, por lo que es fundamental asegurar al niño que no tiene culpa. Y por último, a partir de los nueve años, ya se tiene capacidad para comprender una enfermedad grave, por lo que se les puede explicar qué el tipo de cáncer que es, los síntomas, tratamiento, etc”.

Explicar las emociones y evitar la incertidumbre

Es importante abordar el aspecto emocional y explicarle a los niños lo que los padres pueden sentir, para que ellos, como hijos, tengan también tengan un modelo de emociones que sea adecuado en esa situación. Por ejemplo, “cuando se les explica a los niños que mamá tiene una enfermedad, además de explicarle qué tiene, es conveniente decirles: ‘Por eso mamá y yo estamos un poquito tristes igual que nos ponemos tristes cuando tú estás malito, porque te queremos'”, expone Bressanello. De este modo, “empezamos a dar pautas que lo adecuado ante unadiagnóstico de cáncer es la tristeza y la preocupación, y así, si el niño ve a sus padres llorando sepa el porqué. A los niños lo que les asusta es que hay una amenaza y no saber de dónde viene, al igual que a todos. Lo que les preocupa es la incertidumbre de no saber qué pasa”.

Esto mismo fue lo que hizo Isabel con sus dos hijos, quién abordó sobre todo la parte del tratamiento y los efectos secundarios: “Les hablé de que mi condición de madre iba a decaer un ‘poquito’, pero que yo iba a seguir estando ahí para lo que ellos necesitasen. Soy una mujer muy activa y si de pronto me veían más decaída sabía que podía chocarles, por ello intenté explicarles todo bien para que no hubiese incertidumbre alguna. Ellos lo entendieron perfectamente, incluso me daban ánimos y me sacaban una sonrisa los días en que estaba un poco más triste”.

No cabe duda de que habrá momentos malos y de preocupación pero eso es inevitable, y además es normal. Lo mejor es poder llorar juntos y apoyarse mutuamente entre todos y saber que es mejor para los niños, apunta Bressanello, “es sentir que forman parte de una familia que es capaz de hacer frente a las cosas agradables y a las cosas dolorosas. Juntos, apoyándose mutuamente y diciéndose la verdad”. Y así lo sintió Isabel: “El cáncer nos unió más de lo que ya estábamos, a mis hijos y a mí, y aprendimos que todo es una lucha continua, que podemos caer pero que al mismo tiempo cogemos más fuerza para levantarnos”.

Dejar un ‘legado’ de por vida

Existe un paso más en todo esto, el peor que podemos encontrarnos es cuando la enfermedad ha tocado fondo, los tratamientos no funcionan y sabemos cuál será el final. En estos casos, explica Bressanello, es un continuo de todo lo anterior: “Si desde el principio les hemos informado, los niños participaran del proceso y serán conscientes de todo, no les pillará por sorpresa. Vivir ese proceso hará el duelo mucho más fácil a los hijos, más aún si se les deja ‘algo’ de por vida”.

“Si el padre o la madre que vaya a fallecer tiene la oportunidad de dejarle un legado de mensajes a su hijo, será mucho mejor. Cuando ese niño dentro de unos años mire hacia atrás y recuerde aquello por lo que tuvo que pasar, tendrá momentos muy dolorosos pero tendrá también recuerdos muy bonitos que vivió con sus padres. Es un legado que el niño tendrá de por vida, que si se le hubiese mantenido al margen no lo hubiese recibido nunca, y hubiese sido seguro, mucho más doloroso”, concluye la especialista.

Fuente: elmundo.es

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