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Día Internacional contra el Cambio Climático

Por: Laura Rathe

Hoy, 24 de octubre, se celebra el Día Internacional contra el Cambio Climático, con el objetivo de crear conciencia en los individuos sobre los peligrosos efectos que este puede ocasionar en el calentamiento global.

Cambio Climático: causas naturales

Para hablar de cambio climático lo primero es diferenciar entre el tiempo y el clima.

El tiempo es el estado que presenta la atmósfera en un momento determinado, se refiere a las condiciones de temperatura, humedad, presión, etc. Cambia de un día a otro. La variabilidad que presenta el tiempo entre algunos años suele denominarse Variabilidad Climática.

El clima es el conjunto de las condiciones atmosféricas en una determinada región, correspondientes a un período suficientemente largo para que sea representativo. Es decir, el promedio a lo largo de años (30 o más) de temperatura, humedad, presión atmosférica, precipitación. La diferencia entre el tiempo, la variabilidad climática y el cambio climático es pensar en cómo operan en diferentes escalas temporales.

Factores externos e internos que inciden en los cambios del clima:
  • Externos: los cambios naturales en la órbita de la Tierra, las variaciones en la irradiación solar, ciclos solares, los meteoritos y el polvo interestelar, aunque los impactos de meteoritos ocurren rara vez.
  • Internos: las erupciones volcánicas que expulsan grandes cantidades de cenizas a la atmósfera durante largo tiempo, meses o años, reflejan la luz solar de nuevo en el espacio provocando que la temperatura media global disminuya y los cambios en la superficie terrestre de origen natural o artificial, también influyen en los cambios del clima.
Efecto invernadero:

La atmósfera es una fina capa de gases que cubre la Tierra. Está compuesta de nitrógeno, oxígeno, vapor de agua, dióxido de carbono (CO2), óxido de nitrógeno, metano (CH4), ozono (O3), entre otros. Esta mezcla de gases inhibe el escape de radiación de onda larga (en la forma de calor) de vuelta al espacio. Esta función de captura de calor es lo que se conoce como el “efecto invernadero” y es lo que mantiene a la Tierra con una temperatura favorable a la vida.

Los cambios en la cantidad de gases de efecto invernadero y aerosoles, como también en radiación solar y propiedades de la superficie terrestre, alteran el balance energético del sistema climático.

Cambio Climático: causas humanas

Se le llama cambio climático, de acuerdo a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), a un cambio del clima aplicado directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y se suma a la variabilidad natural del clima observado durante períodos de tiempo comparables.

Calentamiento global

Las observaciones del sistema climático se basan en mediciones directas y en la teledetección desde satélites y otras plataformas. Las observaciones de la temperatura y otras variables a escala mundial comenzaron a efectuarse en la era instrumental, a mediados del siglo XIX, y desde 1950 existen conjuntos de observaciones más completos y diversos.

La influencia del ser humano sobre el sistema climático es clara, y las emisiones antropogénicas (producida por los seres humanos) recientes de gases de efecto invernadero son las más altas de la historia. Esto es evidente a partir de las concentraciones crecientes de gases de efecto invernadero en la atmósfera, el forzamiento radiactivo positivo, el calentamiento observado y la comprensión del sistema climático.

Efectos y soluciones

Muchos de los cambios observados en el sistema climático no han tenido precedentes en los últimos decenios a milenios, parte de los efectos es que la atmósfera y el océano se han calentado, los volúmenes de nieve y hielo han disminuido, el nivel dl mar se ha elevado y las concentraciones de gases de efecto invernadero han aumentado.

La interferencia que los seres humanos causan sobre el sistema climático tiene un efecto que pone en riesgo a los sistemas humanos y naturales. Estos impactos generalmente se refieren a los efectos en la vida, los medios de subsistencia, la salud, los ecosistemas, la economía, las sociedades, las culturas, los servicios y las infraestructuras, debido a la interacción de estos cambios climáticos o los eventos climáticos peligrosos que ocurren dentro de un período específico y de la vulnerabilidad de la sociedad o sistema expuesto. Los impactos también se conocen como consecuencias y resultados. Los impactos del cambio climático en los sistemas geofísicos, incluidas las inundaciones, las sequías y el aumento del nivel del mar, son un subconjunto de impactos llamados físicos.

Sequías

La gestión de riesgo y adaptación al cambio climático se centran en la reducción de la exposición y la vulnerabilidad, así como aumentar la resiliencia a los impactos adversos potenciales de los fenómenos climáticos, a pesar de que los riesgos no pueden ser eliminados completamente. La adaptación y la mitigación pueden complementarse entre sí y juntos pueden reducir significativamente los riesgos del cambio climático.

 

Día Mundial de la Protección de la Naturaleza

El Día Mundial de la Protección de la Naturaleza se celebra el 18 de octubre de cada año desde 1972.

Proteger la naturaleza

El Día Mundial de la Protección de la Naturaleza se celebra el 18 de octubre de cada año, desde 1972. El origen de la celebración está en las palabras que el general argentino Juan Domingo Perón pronunció el 16 de marzo de 1972, mientras se encontraba exiliado en Madrid, y que fueron enviadas a Kurt Waldheim, entonces secretario general de las Naciones Unidas. En ellas Perón alertaba sobre “la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biosfera, la dilapidación de los recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobreestimación de la tecnología” y hacía una llamada para revertir la situación.

El objetivo básico de la protección ambiental es anticipar los riesgos y prevenir los daños; proteger los espacios naturales, aquellos que poseen valores singulares de vegetación, fauna, paisaje o geomorfología y dirigiendo esfuerzos para que el desarrollo humano sea compatible con la protección del entorno.

En un momento crítico en el que nuestra huella ecológica supera la capacidad del planeta para regenerar lo que se consume, hoy más que nunca, la protección de la naturaleza, se convierte en un asunto de prioridad esencial.

Si bien la tendencia actual demuestra que la humanidad está abusando de la capacidad del planeta para abastecernos, todavía estamos a tiempo de tomar las medidas oportunas para construir un futuro basado en el consumo sostenible de los recursos naturales.

La protección de la Madre Naturaleza, no puede ser una cuestión exclusiva de los ambientalistas. Es responsabilidad de todos los seres humanos el cuidado de los ecosistemas en general y de la biodiversidad en particular, para ello es imprescindible el desarrollo de correctas políticas ambientales, por parte de las instituciones.

Cierto es que a día de hoy la implicación ciudadana va creciendo, y no sólo entre nosotros, cada vez son más las normativas propuestas por organismos europeos e internacionales que intentan gestionar y proteger el medio ambiente, equilibrando el desarrollo económico con la sostenibilidad ambiental.

Además, en el papel de la concienciación, es fundamental la educación ambiental. Una educación basada en valores ambientales aplicables a cualquier actitud social y cuyo  objetivo es el de formar la capacidad de observación crítica y juicio de valor teniendo en cuenta la protección y gestión sostenible de nuestro entorno.

Fuente: ambientum.com

7 habilidades esenciales para la vida que no enseñan en la escuela

Sócrates enseñaba que la felicidad es el objeto y el fin último de las acciones y de la vida. Muchos siglos han pasado desde entonces, y la escuela moderna ha olvidado esa enseñanza, llegando a convertirse fundamentalmente en un lugar donde se transmiten conocimientos, más o menos científicos, que pretenden prepararnos para la vida.

Sin duda, los conocimientos y habilidades que adquirimos en la escuela nos ayudan a construir una profesión, pero no suelen ser la mejor vía para desarrollar el pensamiento autónomo y la autogestión emocional. Cuando la escuela se limita a transmitir una serie de verdades inamovibles que debemos memorizar, a veces incluso sin comprenderlas bien, corremos el riesgo de que algunas de nuestras capacidades más valiosas se atrofien, precisamente esas que nos ayudan a vivir de forma más plena y con menos conflictos.

Por supuesto, toda la responsabilidad no es de la escuela, la familia también desempeña un papel protagónico en la formación de la personalidad y el desarrollo de las potencialidades de sus miembros. Sin embargo, no debemos olvidar que es importante que exista una sintonía entre los mensajes que transmiten la familia, la escuela y la sociedad. Si queremos que los niños de hoy se conviertan en adultos que saben pensar y gestionar sus emociones, es necesario que nos esforcemos por enseñarles esas habilidades en todos los niveles.

Las habilidades olvidadas por la escuela que nos harían más felices y plenos 
1. Seguir una pasión

Cuando entramos al colegio aprendemos el significado del “deber”. Nos enseñan que “las cosas que valen la pena requieren sacrificios”. Sin embargo, lo cierto es que cuando algo nos apasiona de verdad, no solo brillaremos en ello sino que no necesitamos movernos por el deber, porque tenemos un motivo impulsor mucho más poderoso: la pasión. Como resultado de esa educación basada en el deber, hay millones de persona realizando trabajos que no les gustan y viviendo vidas que no les satisfacen. Nadie les enseñó que el secreto está en seguir su pasión.

2. Aprovechar los errores

La escuela se encarga de castigar duramente los errores. Las calificaciones escolares no consideran el esfuerzo ni la individualidad, tan solo los aciertos y las equivocaciones. Como resultado, no es extraño que nos aterrorice cometer errores, porque creemos que estos disminuyen nuestra valía como personas. Ese miedo a equivocarnos puede llegar a ser tan intenso que aplasta nuestra motivación y nos paraliza. Afortunadamente, métodos como el del bolígrafo verde contribuyen a cambiar esta situación y nos permiten comprender que los errores son oportunidades de aprendizaje.

3. Valorar el tiempo

El tiempo no es dinero, el tiempo es vida. Es la posesión más valiosa que tenemos, aunque no siempre lo valoramos en su justa medida. De hecho, acudir todos los días a una escuela donde nos enseñan contenidos que no despiertan nuestro interés y que no tienen aplicaciones prácticas es una manera de restarle valor a nuestro tiempo. Obviamente, cuando nos olvidamos del dinero y comenzamos a pensar en términos de tiempo nuestra vida da un vuelco radical. Por ejemplo, en vez de preguntarnos cuánto cuesta el nuevo iPhone, podemos preguntarnos cuánto tiempo debemos trabajar para comprarlo. ¿Merece la pena? Solo entonces empezamos a valorar las cosas en su justa medida.

4. Gestionar las emociones

Ahora sabemos que el éxito profesional y el nivel de satisfacción en la vida no dependen directamente del cociente intelectual, sino de la Inteligencia Emocional. Eso significa que, si bien el conocimiento es la base, es probable que no lleguemos demasiado lejos o no seamos muy felices si no somos capaces de gestionar adecuadamente nuestras emociones. Por desgracia, nadie nos enseña a reconocer y gestionar nuestros estados emocionales, por lo que muchas veces nos sentimos culpables cuando experimentamos ciertas emociones o no sabemos cómo expresarlas asertivamente.

5. Ser resiliente

La adversidad nos aguarda a la vuelta de la esquina, por lo que es mejor estar preparados para cuando toque a nuestra puerta. Sin embargo, nadie nos enseña a lidiar con los problemas sin perder el equilibrio emocional. La resiliencia es una habilidad que normalmente se desarrolla de manera espontánea, golpe tras golpe, pero también podría potenciarse a través de una educación que nos enseñe a enfrentar los problemas con sentido del humor, que nos ayude a detectar nuestros puntos débiles, nos muestre cómo pedir ayuda y nos permita desarrollar una visión positiva y equilibrada de la vida.

6. Negociar

Si supiéramos negociar evitaríamos muchísimos conflictos a lo largo de la vida. Sin embargo, desde que entramos en el colegio nos damos cuenta de que no hay margen para la negociación, todo está decidido, desde el plan de clases hasta los minutos de recreo. Así aprendemos a acatar las reglas y asumimos un terrible mensaje: hay ganadores y vencidos. Como resultado, comenzamos a afrontar la vida de esa manera: como una competición en la que queremos ganar, sin darnos cuenta de que el mejor escenario es aquel donde todos ganan.

7. Buscar el equilibrio

En la escuela nos enseñan a esforzarnos y trabajar duro para obtener cada vez mejores resultados. Sin duda, es un buen mensaje, pero si lo llevamos al extremo terminaremos engordando primero el currículo escolar y luego el profesional, olvidándonos del “currículo de la vida”.

Por eso, no es extraño que nuestra sociedad produzca personas adictas al trabajo que no tienen tiempo libre y han olvidado cómo relajarse. Este desequilibrio termina pasando factura a nivel emocional, social y físico porque descansar es tan importante como trabajar y pasar tiempo con los demás es tan importante como pasar tiempo con uno mismo. Si no somos capaces de encontrar ese equilibrio, antes o después algo se romperá en nuestro interior. Y no siempre podremos arreglarlo.

Fuente: muhimu.es

 

 

Cuánto tiempo puede prestar atención un niño

La atención es la habilidad de fijar nuestros sentidos en un estímulo durante un intervalo determinado de tiempo ignorando todo lo demás. La atención es necesaria para la concentración y para el aprendizaje. No podemos aprender nada si no le prestamos atención.

El proceso de la atención

Los niños y niñas desde que nacen atenderán a aquellos estímulos que les resulten novedosos e interesantes, hasta que se aburren o cansan de ese estímulo y pasan a fijar su atención en otra cosa.

Los ambientes que rodean a los niños y niñas hoy en día, están cargados de estímulos atractivos, en ciertas ocasiones aparece una sobreestimulación. Esto hace que quieran prestar atención a todo y pasen de un estímulo a otro sin apenas tiempo para ello. La consecuencia de todo esto, es que no desarrollan la capacidad de atención, su mente no tiene el hábito de prestar atención detenidamente durante un determinado intervalo de tiempo. Y la cosa se complica cuando los estímulos a los que queremos que atiendan (las tareas escolares), resultan menos atractivos que otros que les rodean.

La capacidad de atención se puede entrenar, es importante desarrollar la creación de un hábito atencional, que les permita detenerse el tiempo suficiente en un estímulo determinado. Esta capacidad les ayudará a centrarse en aquellos estímulos o tareas menos atractivos y es la base de su capacidad de concentración y de sus aprendizajes.

capacidad de atención

Durante cuánto tiempo puede prestar atención un niño/a

La capacidad de atención se va desarrollando a medida que se produce el desarrollo cognitivo del niño/a. Es importante conocer los tiempos medios de cada etapa, para no exigir demasiado a los pequeños. Exigir periodos de atención y/o concentración demasiado largos puede resultar contraproducente, ya que biológicamente no están preparados. En lugar de crear el hábito, lo que hacemos es crear una tensión innecesaria para todos y se tenderá al abandono del hábito.

Como tiempos medios, teniendo en cuenta las variaciones individuales que presentará cada niño/a, podemos mencionar los siguientes:

  • 0 a 1 año: 2 a 3 minutos.
  • 1 a 2 años: 7 a 8 minutos.
  • 2 a 3 años: hasta 10 minutos.
  • 3 a 4 años: hasta 15 minutos.
  • 4 a 5 años: hasta 20 minutos.
  • 5 a 6 años: hasta 25 minutos.
  • 6 a 8 años: hasta 30 minutos.
  • 8 a 10 años: hasta 45 minutos.
  • 10 a 12 años: hasta 55 minutos.
  • 12 años en adelante: hasta 1 hora.

Lo habitual en cualquier persona adulta es comenzar a distraerse a partir de 1 hora prestando atención a algo. Dependerá de las circunstancias, contexto y otros estímulos. Es importante conocer estos tiempos para organizar el estudio en función de los mimos, estableciendo periodos de descanso.

Consejos para entrenar la capacidad de atención en los niños y niñas

  1. Observa al pequeño e identifica el momento del día en el que está más predispuesto a la concentración. Elige un momento en el que los pequeños estén alerta y con energía (evita por la noche o primera hora de la mañana). Estos momentos serán los adecuados para entrenar el hábito de la atención.
  2. Encuentra un espacio adecuado para trabajar la atención. Libre de distracciones y confortable.
  3. Empieza por actividades que requieran estar sentado y un trabajo intelectual,  que le interesen. Comenzaremos a entrenar el hábito por aquellos estímulos a los que atiende de forma natural, puede ser dibujar, leer, recortar, puzzles, etc… algún tema que llame su atención (personaje, coches, deportes, dibujos animados, etc.). Haz que realice la actividad y evite cualquier distracción (tele, ruidos, etc.), ya que si la actividad le interesa, si no aparece otro estímulo se quedará enganchando y aumentará sin darse cuenta y sin esfuerzo su capacidad de atención.
  4. Entrena la capacidad de atención con estímulos auditivos, para ellos son más atractivos y les requieren menos esfuerzo. Puedes usar audio cuentos o leerle tú, hazle escuchar el cuento completo y luego le preguntas sobre el mismo. Aumentaremos la duración de los cuentos poco a poco.
  5. Organiza sus tareas. Para ello divídelas en partes y distribuye tiempos. Los tiempos deben ser cumplidos, por ello es conveniente no excedernos en su duración (si le pedimos que esté 15 minutos realizando una tarea, tiene que aguantar ese tiempo). Poco  a poco iremos aumentando el tiempo de atención.
  6. Intercala descansos entre actividades.
  7. Refuerza cuando esté prestando atención y cuando haya cumplido con los tiempos previstos de atención.
  8. Estimula a terminar lo que ha comenzado. A veces abandonan porque se descentran, es importante que termine aunque tenga que hacer un descanso.

Fuente: educayaprende.com

La importancia de hacer cosas en familia

La familia es aquel grupo social que supone una extensión de uno mismo, ya que nos unen vínculos biológicos, a menudo convivimos y tenemos una historia común.

La familia es el primer grupo social donde se desarrolla el niño, la socialización primaria tiene lugar en la familia. El niño en el seno de la relación con la familia, desarrolla patrones de apego, y de interacción que marcarán sus futuras relaciones y serán la clave para su bienestar personal y su felicidad.

No debemos descuidar la labor de la familia, son muchos los beneficios para los niños y para todos los miembros, debemos tener en cuenta la importancia de hacer cosas en familia.

El tiempo de hacer cosas en familia

En la actualidad no es mucho el tiempo que podemos pasar en familia, los ritmos de cada día, la carga de trabajo, el estrés, etc. dejan poco tiempo para el ocio, o el disfrute y a menudo ese tiempo libre tendemos a dejarlo para el descanso. Con esta situación parece difícil dedicar tiempo a la familia.

A menudo el poco tiempo que tenemos en familia, lo dedicamos a no hacer nada, o hacer cada uno por su cuenta.

Ya no es la falta de tiempo en familia, sino la ausencia de actividades en familia. Esta ausencia es perjudicial para el niño y para toda la familia, sin tiempo para hacer cosas juntas no nos conocemos, no tenemos un clima positivo y de confianza, y es normal que  cada uno vaya a lo suyo y que los conflictos se agudicen.

Por qué es importante hacer cosas en familia

Cuando hacemos cosas en familia, podemos disfrutar de una actividad distendida y de disfrute. Compartir esa experiencia contribuye a hacer crecer los vínculos, y a mejorar el clima.

Todos necesitamos hacer cosas en familia. La familia es el grupo social que forma parte de nosotros, y compartir tiempo nos permite redefinirnos como personas y encontrar nuestro lugar dentro de la familia.

Hacer cosas en familia supone enfrentarnos a diversas situaciones, y fortalece la confianza.

Si todos nos divertimos juntos, todos tenemos emociones positivas juntos y nos sentiremos más cerca de la familia.

El niño necesita hacer cosas en familia, para estrechar vínculos, crear patrones adecuados lejos del estrés y las obligaciones. La familia no solo es un espacio social que nos provee de cuidados y alimentos y nos enseña las normas, sino que también la familia se convierte en una entidad compartida de apoyo.

Ideas para hacer cosas en familia

No importa si no tenemos mucho tiempo, es más importante la calidad del tiempo que la cantidad del mismo.

Cada día dedica tiempo a hablar en familia, quita la tele, deja los móviles y otros aparatos de lado y simplemente comunícate, pregunta, escucha y atiende. No lo conviertas en una obligación, empieza a hacerlo tú y verás como poco a poco los demás lo hacen.

Prepara actividades en familia los fines de semana. Puede ser una salida al parque, comer fuera, ir al cine, jugar a un juego de mesa, o preparar una cena o desayuno especial en casa los fines de semana.

De vez en cuando podemos hacer alguna actividad más especial como un fin de semana fuera, salidas con amigos, etc.

Fuente: escuelaenlanube.com

¿Realmente tienen los docentes “tres meses de vacaciones”?

Si quieres tocarle las narices a un profesor, no hay nada mejor que sacar a colación sus “tres meses de vacaciones”. No hace falta ni siquiera añadir el clásico “¡qué bien viven!” o la coletilla “y luego se quejan”. Con eso suele ser más que suficiente para echar sal a una herida mucho más profunda, la del progresivo desprestigio de los profesores que tiene en esta apelación a su supuesta vaguería una de sus expresiones más extendidas.

De igual manera que nadie diría que un abogado solo trabaja las horas que pasa en un tribunal, los profesores dedican el resto de su jornada a otras actividades, desde recibir a padres hasta corregir exámenes, pasando por claustros o guardias.

Si hiciéramos una huelga de celo y solo trabajáramos lo que nos corresponde, no habría exámenes corregidos ni notas puestas.

“Que a mí me expliquen donde están los tres meses, porque a mí no me salen las cuentas”, matiza una profesora. Supongo, respondo, que es la suma de los dos meses estivales con Navidad y Semana Santa. Pero julio no es un mes vacacional, aunque no haya clases. Como me recuerda otro profesor del sector público,  tienen que estar disponibles todo el mes (“para temas de actas, oposiciones, reclamaciones, recursos…”) y personarse en un plazo máximo de 48 horas. Y eso sin tener en cuenta los que son despedidos en verano y cobran paro esos dos meses, algo habitual en el sector privado. El profesor propone darle la vuelta a la tortilla: “Si hiciéramos una huelga de celo y solo trabajáramos lo que nos corresponde, no habría exámenes corregidos, ni notas puestas, ni alumnos evaluados”.

El trabajo invisible

Esa es otra: la del trabajo invisible de los profesores, que los que hemos convivido con ellos hemos podido ver con nuestros propios ojos en forma, por ejemplo, de montañas de exámenes corregidos en largos maratones dominicales o de largas reuniones de evaluación que acaban por la noche. Pongámonos en el absurdo de equiparar el calendario de los profesores con el de otras profesiones: ¿alguien cree que es, ya no factible, sino medianamente razonable que un docente de ocho horas de clase al día durante 11 meses al año, incluido julio. ¿Con qué dinero se pagaría?

Las vacaciones son para el verano

Pongámonos ahora en otro supuesto, en el cual, efectivamente, los profesores recogen los útiles el 21 de junio a las tres de la tarde, el colegio echa el cierre hasta finales de agosto, y el cuerpo de docentes en su conjunto tiene más de dos meses para ver las nubes pasar. ¿Cuál es exactamente el problema, más allá de una envidia? ¿No se trata, en todo caso, de una aspiración legítima siempre y cuando uno no sea un ‘workaholic’? ¿Nos parece mal que un adulto (probablemente con hijos) pueda tener tiempo libre durante el verano o nos parece mal porque nosotros no lo tenemos y preferimos el “mal de muchos”?

El problema es que el colegio se ha convertido en una guardería que, para más ofensa, no ofrece sus servicios durante todo el año.

En otras palabras: ¿no se trata de otro signo más de que nos hemos obligado a aceptar jornadas leoninas, una existencia hiperconectada al trabajo durante 24 horas al día los siete días a la semana, y que pretendemos que el resto haga lo mismo? El verano era tradicionalmente la época del año dedicada a los niños, la del retorno al pueblo (a los abuelos, a los tíos, a los primos, los amigos…) y al reencuentro con los padres que habían pasado el resto del año trabajando. Una época familiar por antonomasia que conformaba recuerdos imborrables y que ha terminado por convertirse en un quebradero de cabeza, especialmente en los hogares donde los dos miembros de la familia trabajan.

Al final, la guerra discursiva contra los profesores en realidad no es más que el síntoma de un problema más profundo, el de la conciliación laboral. O, en otras palabras, qué hacemos con los niños cuando no están en el colegio. Hace un par de semanas, padres furiosos protestaron porque una escuela cerrase sus puertas los viernes al mediodía, básicamente, porque les obligaba a ir a recoger a sus hijos antes. A lo largo del año, los niños ven sus agendas llenas de clases extraescolares, deportes e idiomas con el objetivo, en parte, de tenerlos entretenidos hasta que los padres puedan volver al hogar después de haber hecho un buen puñado de horas extra (no remuneradas) para sus empresas.

El verdadero problema de los profesores o, mejor dicho, de los colegios es que sus horarios no encajan con la jornada laboral de los trabajadores, que se ven obligados a buscar alternativas durante los meses de verano. “A lo mejor debe ser la sociedad la que se adapte al calendario escolar, no la docencia la que se adapte a los padres”, afirma un profesor “Ahí está el centro de la cuestión para mí; deben ser los padres los que luchen por sus derechos, no hacer que el resto pierda los suyos”. Pero probablemente resulta más cómodo (y catártico) intentar que se extienda el modelo “colegio-como-guardería” a los meses de verano que dar la vuelta a un modelo de explotación laboral que parece global e irreversible y, lo que es peor, en muchos casos es interiorizado como forma imprescindible de sobrevivir o medrar en tu carrera profesional.

Pídele cuentas al rey

El profesor se convierte, así, en el chivo expiatorio de los problemas causados por las dificultades de conciliación laboral, de igual manera que el trabajador de un ‘call center’ tiene que enfrentar los problemas de los clientes insatisfechos con el servicio. Si hay algo que está claro, es que, si eres el eslabón más débil, no puedes tener ningún aparente privilegio. “Quizá el problema aquí es que el empresario medio  emprendedor quiere que trabajes15 horas y te olvides de que tienes una familia”. Así, los colegios han terminado diversificándose como un lugar donde dejar a los niños mientras que las empresas se han lavado las manos respecto a las soluciones.

Es cada vez más habitual que un sector profesional reciba las iras del resto de la sociedad sin que a nadie se le ocurra reclamar a sus superiores.

Hay parches más o menos útiles, claro, que pasan por promover y financiar medidas de conciliación que no hagan recaer en el sistema docente y sus profesionales unas tareas que en sí no les corresponden.

Mientras tanto, asistimos a otra batalla en una guerra que cada día nos suena más: la de un sector profesional contra otro, la del trabajador contra el trabajador, que consideran que la única medida posible es la de igualar a todos por lo bajo. Al día de hoy, parece mucho más plausible que los profesores terminen dando clase hasta finales de junio, para que los padres puedan seguir trabajado desde el amanecer hasta la noche sin tener que romperse la cabeza con qué hacer con ellos, que se obligue a las empresas a flexibilizar sus horarios e incentivar la conciliación (de verdad, no utilizándola como un arma para contratar solo a personas sin cargas familiares). La próxima vez que sienta envidia por los tres meses de vacaciones del profesor de su hijo, dedique de paso unos segundos a saber qué van hacer este verano sus superiores… y durante cuánto tiempo.

 

Fuente: blogs.elconfidencial.com

Más vale corregir a tiempo que lamentarse después

Seguramente has escuchado alguna vez el dicho de “Quien bien te quiere, te hará llorar”. Esta frase he tardado años en entenderla. Ahora que soy madre, he aprendido que muchas veces tenemos que hacer llorar a nuestros hijos, para corregir o evitar un comportamiento. A veces es duro porque la corrección a nuestros hijos no es grata.

Corregir a los hijos: un acto de amor

Los padres, en ocasiones, nos debatimos entre dejar pasar una conducta o corregirla. Los niños tienen una baja tolerancia a nuestras negativas o censuras y es fácil que la reacción ante tal circunstancia les provoque el llanto, la rabieta o el enfado. Muchas veces nos duele ver llorar a nuestro hijo y permitimos o aceptamos ciertos comportamientos por no tener que escuchar su llanto, por no limitar su libertad o por evitar que conozcan otras facetas menos amables de la vida o de nosotros.

Mover la voluntad de los hijos y educarles, no siempre puede realizarse mediante estímulos y refuerzos positivos, alguna vez tenemos que educar con el “no” y con la frustración de los niños. Si bien es más perfecto o eficaz educar mediante aspectos positivos y la alegría, es necesario algunas veces acudir a la reprimenda y a la negación de los errores o malos comportamientos cometidos. Cuando nuestros hijos experimenten esta frustración, mediante el llanto, la ira o el enfado, debemos explicarles, una vez que estén calmados,  y si tienen edad para entendernos, la causa de nuestro proceder y las posibles consecuencias de su acción.

Debemos acoger entre nuestros brazos a nuestro hijos con amor, mientras intentan comprender el por qué los hemos hecho llorar. Corregir a los hijos no es quitarles libertad, es enseñarles a disfrutarla, poniéndoles los límites adecuados. Si hacemos llorar a nuestros hijos es, casi siempre, por su bien.

Cuando nuestros hijos ya pueden entendernos, siempre deberíamos acabar nuestra lección del día, mediante un cariñoso y amable colofón del tipo: “si no me importaras y no te quisiera, no te reprendería. Me daría exactamente igual lo que hicieras. Si te corrijo es por tu bien, porque deseo que seas cada vez mejor persona. Yo tampoco lo sé todo y me equivoco, todos necesitamos alguna vez de un tirón de orejas”.

Nunca debemos dejar de crecer como personas, aunque sea mediante el disgusto o la negación de nuestras apetencias, cuando éstas no son buenas para nosotros o para los demás.

Fuente: GuiaInfantil

¿Por qué el tiempo a veces pasa muy deprisa y otras se hace eterno?

Un nuevo estudio sugiere que las neuronas productoras de dopamina son las que aceleran y detienen la sensación subjetiva del paso del tiempo.

Al margen de calendarios y relojes, todos experimentamos jornadas laborales eternas y semanas de vacaciones que se pasan volando; minutos insufribles de aburrimiento y películas de tres horas que se acaban sin que nos demos cuenta. Es un fenómeno psicológico incuestionable, pero hasta ahora se desconocían los resortes biológicos concretos que lo producían.

Investigadores del Champalimaud Centre for the Unknown, en Lisboa, acaban de publicar en la revista Science los resultados de un experimento con ratones que identifica las neuronas asociadas a la sensación subjetiva del paso del tiempo. Desde hace algunos años, ese equipo de científicos estudiaba la manera cómo el cerebro humano conectaba causas con efectos a lo largo del tiempo, pero una vivencia del investigador principal, Joe Paton, centró su interés en la percepción subjetiva de la duración. Unos amigos de Paton sufrieron un accidente, y las horas que transcurrieron entre el instante en que se enteró del suceso y le comunicaron que los accidentados estaban bien fueron para él semanas. ¿Por qué?

Paton y sus colegas acotaron una zona muy concreta de exploración: una estructura profunda llamada sustancia negra, en el mesencéfalo. Sus neuronas segregan el neurotransmisor dopamina, sustancia generalmente asociada a la motivación, el placer y el deseo, pero que también tiene que ver con la estimación temporal: el párkinson, que destruye la sustancia negra, afecta a esa capacidad. Además, sus neuronas se conectan con otra zona, el cuerpo estriado, igualmente relacionada con la sensación subjetiva del tiempo.

El experimento consistió en adiestrar a los ratones para que, por ejemplo, estimaran si la duración entre dos tonos era mayor o menor que 1,5 segundos y medir a la vez mediante herramientas moleculares muy avanzadas la actividad de las neuronas productoras de dopamina. Cuando acertaban, los roedores recibían una recompensa.

Control neuronal

Así observaron no solo que las células nerviosas de la sustancia negra estaban efectivamente implicadas en la tarea, sino que, además, se encendían con diferentes niveles de intensidad siguiendo un patrón: a mayor actividad eléctrica, más posibilidades había de que los ratones de subestimaran la duración del intervalo, y cuanto menos funcionaban sus neuronas, este se les hacía más largo.

Las neuronas parecían reflejar información sobre la estimación del tiempo, pero ¿también controlan esa percepción? Para comprobarlo, los científicos usaron una técnica de manipulación neuronal llamada optogenética, mediante pulsos de luz, y el resultado fue positivo: cuando estimulaban la actividad, a los ratones el intervalo se les hacía más corto, y al contrario.

El problema es que no podemos saber lo que los animales de laboratorio sienten (no contamos, obviamente, con su testimonio), y es difícil extrapolar a los humanos, pero los investigadores creen que en nuestro caso deben estar involucrados mecanismos similares.

Fuente: muyinteresante.es

 

¿Cuántas horas de televisión deben ver los niños?

Muchos padres se preguntan: ¿cuánto tiempo puede pasar mi hijo frente a la televisión? Según los últimos estudios realizados, los niños españoles de entre 4 y 12 años pasan una media de 2 horas y 30 minutos de media al día, mientras que los niños estadounidenses invierten entre 3 y 4 horas. Sin embargo, los expertos nos dicen que lo ideal sería que el tiempo de exposición no supere los 60 minutos diarios.

En cuanto al género preferido por los niños, los dibujos animados siguen siendo los preferidos por los más pequeños. Representan el 60 por ciento de los programas en el ‘top 20’ de audiencia, aunque en los últimos años están haciéndose un hueco las series no animadas.

Los niños frente a la televisión

En la actualidad, existen canales dedicados en exclusiva a la programación infantil con series para desayunar antes de ir al colegio, para merendar… e incluso para pasar la mañana cuando el niño está malito en casa o la tarde cuando no tiene deberes.

Para evitar que los niños pasen demasiadas horas frente al televisor, los padres debemos seleccionar programas específicos para ellos, que sean adecuados a su nivel de desarrollo. Y, sobre todo, es recomendable establecer ciertos períodos de tiempo en los que la televisión debe estar apagada.

Así, las horas de estudio, que requieren un nivel de concentración y deben dedicarse al aprendizaje, no son para sentarse frente a la televisión mientras intentan hacer los deberes. Lo mismo debería ocurrir con las horas de las comidas, que son para conversar con otros miembros de la familia y no para mirar la televisión.

Pero, si lo que pretendemos es que ellos sean responsables respecto al tiempo y a los contenidos que ven en televisión, también podemos enseñarles a usar la programación de la tele de una manera saludable y positiva. ¿Cómo?

– Viendo los programas con ellos

– Hablándoles sobre los valores positivos que se mencionan

– Señalándoles la conducta positiva de los personajes

– Rechazando la negativa como la violencia

– Realizando comparaciones con eventos reales o lugares que hayan visitado

– Siendo crítico con el papel de la publicidad y su influencia en las compras

Ah, y no olvides que lo mejor es predicar con el ejemplo.

Fuente: guiainfantil.com

Orden en casa, una rutina necesaria

En casa la mayoría de los niños no cuenta con una rutina de orden y limpieza como la que tienen en la escuela. Es necesario integrarla a la vida familiar para lograr que los pequeños mantengan organizados sus juguetes, ropa, pinturas, etcétera. Esta disposición, como la mayoría de las cosas que aprenden a esta edad, es cuestión de rutina. 

Paqui Díaz, profesora de educación infantil, sabe lo que es instaurar el hábito del orden, «sin éste, la clase no podría funcionar jamás», reconoce. Es lo primero en lo que se enfoca cuando los niños entran al colegio a los tres años de edad. Poco a poco, una a una, se van estableciendo las rutinas que hacen posible que 25 personas juguetonas convivan tantas horas en un espacio reducido y que, al marcharse a casa, todo quede tal como lo encontraron en la mañana al llegar al colegio.

No es lo mismo hacerse cargo de la ropa, juguetes y objetos personales de un niño que de 25. «Los pequeños se adaptan a lo que se espera de ellos. Si esperas poco, dan poco, si esperas mucho, dan mucho», afirma.

Hacerse cargo de sí mismos, también es hacerse cargo de sus objetos personales, de los juguetes con los que juega y que, con relativa facilidad, sueles encontrar desperdigados por los rincones. Ésta es, sin duda, la parte que a veces más trabajo cuesta. ¿Qué puedes hacer para que mantengan en orden sus cosas?

  1. Ritualizar el orden: «Recoger, ordenar cada cosa en su lugar», es la canción que cantan en la clase de Maya cuando terminan de usar el material. Y todos, como movidos por un resorte, comienzan a guardar lo que han usado. La canción se convierte en un símbolo, el comienzo de un ritual (de recoger) y el final de otro (de jugar). A esta edad las canciones son un recurso sensacional para marcar el principio o el fin de algo y poner a los niños en acción.
  2. Cada cosa en su lugar, como dice la canción, y un lugar para cada cosa. El orden es cuestión de espacio. Hay que tener claro dónde va cada objeto y enseñárselo al niño. Entre menos cajas y cajones tenga para organizar, será mejor.
  3. Necesita un comienzo y un final claros a la hora de jugar. Puedes fijar momentos específicos a lo largo del día. Por ejemplo, pactar con él que antes de salir al parque, van a asegurarse de que todos los juguetes estén en su lugar.
Errores
  1. Convertir al niño en observador pasivo: en vez de meter el sándwich en su lonchera mientras él mira, debes cederle a él la responsabilidad, por ejemplo, dejando sobre la mesa su lunch y permitiendo que él sea quien lo guarde.
  2. Pensar que el grito de «A recogeeeeer», desde la cocina, es suficiente. No hay que creer que por acompañarlo un día podrá guardar sus cosas solo en adelante.
  3. Instaurar un hábito implica una importante inversión de tiempo. Al principio, tienes que saber que eso que tú recoges en un abrir y cerrar de ojos te puede llevar cinco veces más de tiempo con ellos.
  4. Constancia, es decir, que siempre sea igual: después de sacar sus juguetes, se tienen que guardar al terminar de utilizarlos. Éste es un punto en el que muchas veces se flaquea, pues si tienes prisa preferirás recogerlos y acabar en un dos por tres, en lugar de que se cumpla la rutina.