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Cómo y cuándo ponerle límites a la relación de tus hijos con la tecnología

A estas alturas todos los padres saben que, de alguna manera, la tecnología pone en riesgo a los niños. Tan solo el mes pasado, la Academia Estadounidense de Pediatría publicó un estudio que señala que aunque los medios digitales y las redes sociales pueden motivar el aprendizaje temprano, también conllevan un montón de riesgos como, por ejemplo, efectos negativos en el sueño, la atención y el aprendizaje, además de una mayor incidencia de obesidad y depresión. El grupo recomienda que los padres desarrollen un Plan Familiar de Uso de Medios.

La propuesta suena bien, pero ¿qué debe contener un plan así? Como padre de adolescentes, requiero más que palabrería. Quiero saber qué están haciendo otros padres.

Durante las últimas seis semanas, he circulado (¡mediante las redes sociales!) veinte preguntas sobre temas como tareas, contraseñas, hora de dormir y castigos. He recibido sugerencias de más de sesenta familias y aunque la encuesta no fue científica, sus respuestas ya han modificado cómo se administra la tecnología en mi casa.

El primer teléfono

La mayoría de los padres que respondieron les dieron a sus hijos de entre 11 o 13 años sus primeros teléfonos; solo algunos esperaron hasta el bachillerato. Sin embargo, esos aparatos no son siempre de última generación. Los padres les dieron “teléfonos tontos” (sin capacidad de instalar aplicaciones o de acceso a internet como los teléfonos inteligentes), teléfonos simples o teléfonos de segunda mano que heredaban de hermanos u otros adultos. También apagaron funcionalidades como wifi, Siri, e incluso el acceso a internet.

Otras restricciones comunes incluían: “Un contrato escrito del comportamiento esperado”. “Prohibido usar el internet durante los días escolares (excepto si se trataba de tarea)”. “Tiempo de pantalla limitado de 30 a 60 minutos al día durante la semana, sin límite durante los sábados por la mañana”.

Otra es una prohibición parcial de mensajes en grupo. “Pude hacer sentir mejor a mi hijo por no tener esta funcionalidad al dejarlo ver los mensajes de grupo en el iPad de la familia”, dijo un padre. “Le ayudó a darse cuenta del poco valor que tienen las conversaciones en grupo”.

Los teléfonos durante las visitas de amigos son otro tema: “No hay nada más decepcionante que ver a los amigos de mis hijos traer sus aparatos a mi casa y tenerlos concentrados en sus teléfonos o tabletas en lugar de pasar el rato con mis hijos”.

Mi método favorito para restringir el uso de la tecnología: “No hay recepción; los teléfonos no siempre funcionan”.

Cuando les pedí consejo a otros padres sobre en qué momento hay que darles teléfonos a los niños, la respuesta generalizada fue: espera lo más que puedas. Una vez que se los das, es muy difícil quitárselos.

Tarea

¿Debemos permitir que los niños se comuniquen con amigos mientras están haciendo la tarea? Dos tercios de los padres dijeron que sí; un tercio dijo que no.

Algunos de los comentarios aprobatorios decían: “Solamente en áreas comunes de la casa” o “Solo con la puerta abierta (para que podamos supervisarlos)”. Otro agregó: “Depende de si están trabajando juntos en un proyecto, lo cual puede ser difícil de hacer cumplir”.

Los que están en desacuerdo dijeron que la tarea se hace individualmente; si el chico necesita ayuda, necesita buscar a uno de sus padres o los padres deben contactar al maestro.

El uso más amplio de computadoras para la tarea también ocasionó reacciones diversas. Algunos padres son bastante estrictos y limitan toda la tecnología: “Solo se utiliza la computadora para revisar ortografía o para usar Google Docs”. “Solamente sitios relacionados con temas de tarea y nada de redes sociales”. “Solo están permitidos ciertos sitios educativos. Wikipedia no se recomienda para nada. Creo firmemente que deben consultar libros reales para investigar en lugar de guglear todo”.

Otros son más relajados: “Debes dejarlos usar las herramientas que necesitarán en su vida. De otro modo, démosles carbón y un pedazo de pizarra, como Lincoln”.

Hora de dormir

Investigadores del King’s College de Londres han descubierto “una relación fuerte y constante” entre el uso de aparatos electrónicos durante la hora de dormir y tener un sueño insuficiente o sufrir de una mayor somnolencia durante el día. Los padres ya entendieron el mensaje.

Una mayoría aplastante prohíbe los teléfonos en las habitaciones durante la hora de dormir. “La tecnología también tiene que irse a dormir; en nuestra casa sucede 30 minutos antes de que se apaguen las luces”. “No se usa tecnología una hora antes de acostarse”. “A las 21:00 me trae el teléfono abajo, donde se quedará hasta las 7:00”.

Redes sociales

Muchos padres restringen a los usuarios primerizos a una sola plataforma digital. “Solo Snapchat; no Instagram, Twitter, Facebook”. “Solo Instagram y lo reviso ocasionalmente”. “Una plataforma a la vez”.

Sin importar el sitio, la mayoría de los padres insisten en tener las contraseñas y los nombres de usuario. “Mis reglas, hasta que cumplió 18 años, eran que yo debía tener todas las contraseñas de todas sus cuentas. De vez en cuando hacía inspecciones sorpresa”. “Tengo TODOS los nombres de inicio y las contraseñas, y si cambian, mi hija tiene que actualizar mi lista. Si trato de entrar y no puedo, le quito el teléfono hasta que yo decida devolvérselo”.

¿Es verdad que los padres realmente monitorean las actividades en línea de sus hijos? Algunos sí. “Leo sus mensajes frecuentemente”. “Somos ‘amigos’ o nos seguimos en redes sociales, así que puedo ver todas sus publicaciones”. “Le he pedido leer los mensajes si mi hija esconde el aparato cuando entro a su habitación”. “Hago auditorías al azar. Hemos tenido pláticas sobre ciudadanía digital y mensajes positivos”.

Sin embargo, otros padres prefieren darles libertad. “Cuando comienzan a mandarse mensajes, leo algunos al azar y pregunto sobre lo que leo: ‘Veo que tu amigo y tú están hablando sobre los Jets’ o ‘Veo que tú y tu amigo están hablando sobre otro chico de su clase’. De esa manera, saben que puedo leer cualquier mensaje en cualquier momento, aunque en realidad no lo hago”. “Casi todos son muy aburridos”.

Castigos

¿Qué pasa si el niño infringe una regla familiar? ¿Es posible separar a un nativo digital de un aparato electrónico por un periodo largo? Observen, escépticos: muchos padres opinan que sí.

“Sí, cuando era más chico”. “Sí, y mi hija responde bien”. “¡¡SÍ!! ¡Es la motivación más grande!”. “Sí. Lamentos y rechinidos de dientes, y después encuentran otra cosa que hacer”. “Lo he hecho. Se enoja mucho al principio pero finalmente se calma. La primavera pasada establecí una limpieza digital de tres semanas. Estuvo enojado los primeros tres días pero después todo se volvió más tranquilo”.

Otra forma común de obligar a los niños a cumplir con las normas es hacerlos pagar por el sobreuso. “Pagamos la cuota normal pero hacemos que ella pague el sobreuso”. “También le quitamos los datos”. “Ahora trabaja como niñera para algunos amigos de la familia para ganar más dinero; debe aprender a manejar su dinero”.

Tiempo familiar

Quizá la mayor queja en contra de la tecnología es que roba el tiempo de familia. Así que ¿cuáles métodos han usado los padres para recuperar ese tiempo?

En primer lugar, la hora de la cena está libre de tecnología. “No hay aparatos electrónicos durante las comidas”. “No hay teléfonos sobre la mesa y eso no solo sucede en nuestra casa. En casa de mi madre y de nuestros hermanos, los sobrinos y sobrinas tienen la misma regla. Nadie se queja, simplemente lo ejecutan”. “No hay aparatos durante las comidas. No hay audífonos cuando viajan en el auto”.

En segundo lugar, consideren alternativas positivas. “Hacer cosas donde los teléfonos estorben. Jugar algo rápido, caminatas, ir a conciertos o presentaciones”. “Vemos películas juntos, hacemos fogatas en el patio o nadamos cuando el clima es cálido y hacemos una noche de juegos, en la que solo se permiten juegos de mesa. Solían quejarse pero ya tienen sus favoritos y ahora esperan con ansias el momento de jugarlos”.

“Hagan algo constructivo juntos. Asegúrense de que todos (incluso mamá y papá) se ensucien las manos. Muchas veces cocinamos juntos y preparamos los peores platillos del mundo, pero está bien, porque los hicimos juntos”.

Finalmente, cuando todo falla, muchos se apoyan en los viejos trucos parentales: amenazas, sobornos y humillación pública.

Amenazas: “Les grito de la nada: ‘¡Deja ese teléfono!’. Limita su uso por los siguientes cinco minutos”.

Sobornos: “Salida nocturna de papá o mamá e hijo. Los padres se alternan para llevar a un niño de paseo; la cuarta semana les toca salir a los padres juntos”.

Humillación pública: “Si confisco un aparato durante el tiempo familiar, abrimos los mensajes y mi esposo y yo los leemos con tono dramático”.

Fuente: nytimes.com

¿Sabes los peligros que encierra el exponer a tus hijos en las redes sociales?

Evita subir fotos y situaciones que den cuenta de tu ubicación en tiempo y lugar. Trata de usar sobrenombres de tus amigos y familiares: “En la playa con la nena”, “El aniversario del príncipe”, “La graduación de la chiquis”, “Una espectacular foto de la estrella”, etcétera.

Avisa de tus planes de viaje, trabajo y ocio, sólo a la gente de tu confianza, y evita anunciarlos por las redes.

Entérate de las políticas y delimita las opciones de privacidad de tu red social.

Recuerda que Internet permite que tu información sea recopilada y compartida fácilmente. La información inofensiva que tú subes podría sumarse a otros archivos, creando un perfil completo acerca de ti y de tus pequeños. Piensa quién podría verlo.

Compartir información con pocas personas no evita que ésta llegue a una audiencia más grande; considera quién podría estarla reenviando.

Antes de que subas y etiquetes fotos de alguien más, en particular de menores, pide su consentimiento y solicita a otros que hagan lo mismo contigo. Puedes deshabilitar el reconocimiento de fotos del Facebook para mayor tranquilidad.

Crea grupos de “amigos” para controlar el acceso que diferentes personas tengan sobre tus detalles personales.

No aceptes solicitudes de amistad de personas desconocidas.

No divulgues datos personales

Actualmente el uso de las redes sociales adquiere carta de naturalidad en todos los espacios de convivencia de adultos y adolescentes. Si bien es cierto existen restricciones para el acceso a los menores, no lo existe para los orgullosos padres que, en muchos de los casos, sobreexponen datos personales de sus hijos pequeños en las redes sociales, sin darse cuenta del peligro potencial en ello.

¿A qué me refiero con esto? En un país como República Dominicana, donde el crecimiento de la delincuencia nos ha obligado a tomar cada vez mayores medidas de seguridad personal para no ser víctimas de la misma, no debemos dejar a un lado extender dichas medidas al uso de redes sociales.

Tu vida y la de los tuyos en las redes sociales

Los padres de hoy, orgullosos de sus hijos, sus logros y aficiones; y ante la falta de tiempo para compartir con familiares y amigos las fotos y videos de momentos memorables, se han vuelto en los principales promotores del historial de los menores ante propios y extraños, quienes conocen la vida de los pequeños desde el momento mismo de su nacimiento, a través de las redes sociales.

Se ha vuelto común anunciar la foto del cumpleaños de nuestros pequeños, el lugar en el que pasamos las vacaciones, nuestros hijos con sus mejores amigos, la recepción del diploma de grado anunciando la escuela y nombre de sus padres, etcétera.

Información privada al alcance de todos

Si bien esto llena nuestros corazones de gozo, los invito a divulgar este tipo de información en sus círculos más cercanos, y de ser posible, evitar su difusión por las redes sociales. Lo cierto es que cuando subimos esta información a dichos espacios, ya no existe manera alguna de controlar su difusión.

La oportunidad y rapidez de estos medios hace llegar esta información de manera simultánea tanto a conocidos como a desconocidos, a quien les podríamos estar facilitando una acción delictiva de extorsión, al exponer datos personales de nuestros pequeños. En el caso de niños más grandes que accesan por su propia cuenta, podrían ser vulnerables a estafas de suplantación de identidad y ciberacoso.

 

Fabriquemos una red de protección en las redes sociales

Ante la imposibilidad real de mantenernos al margen de las innovaciones tecnológicas nosotros y nuestros propios hijos, la alternativa que tenemos es crear y fomentar una cultura de protección de nuestros datos personales en el ámbito familiar.

Con los niños mayores se puede hablar y sensibilizar de este tema, sin embargo, los más pequeños están en función de nuestra voluntad como padres. Te invito a reflexionar respecto a ello, y a evitar en lo posible, su exposición en las redes sociales. Recuerda que es por un solo fin: su seguridad.

Fuente: toquedemujer.com

El cerebro revela el truco de las noticias virales

Javier Salas

Al día se comparten más de 4.000 millones de mensajes en Facebook, 500 millones de tuits y 200.000 millones de correos electrónicos. En todo ese formidable flujo de información, algunos asuntos son ganadores universales: los temas y noticias virales, aquellos que se comparten masivamente. Un equipo de investigadores ha tratado de profundizar en el conocimiento sobre la viralidad de las noticias escrutando el cerebro de unos cuantos humanos. El resultado de su trabajo es que la viralidad no depende tanto del contenido de la noticia sino de nosotros mismos: de la imagen que queremos vender a los demás y de cómo va a ayudar a fortalecer nuestros vínculos con los demás.

Para entender el funcionamiento del cerebro ante las noticias virales, los investigadores de la Universidad de Pensilvania realizaron dos experimentos con 80 sujetos a los que mostraban noticias de The New York Times, uno de los diarios más relevantes y de mayor circulación en redes sociales. En concreto les enseñaron noticias de salud del diario neoyorquino, escogidas entre las que más se compartieron, según los registros del propio periódico. Les dejaban leer el titular y un resumen de la noticia y les preguntaban si querrían leerla entera o compartirla de forma pública o privada con sus amistades de Facebook.

Los investigadores observaron que durante el experimento se activaban las regiones el cerebro que corresponden con dos procesos mentales bien localizados. Por un lado, el pensamiento sobre uno mismo, que aquí se podría entender como la imagen que compartir esa noticia podría dar sobre el propio sujeto. “La evidencia sugiere que las cuestiones auto-relevantes están entre los temas de conversación más frecuentes, especialmente en los medios sociales, y que revelar información sobre el yo puede ser inherentemente gratificante”,explican los autores en su estudio, publicado en PNAS. “A través de este mecanismo neuronal, las expectativas de obtener resultados positivos sobre uno mismo al compartir [la noticia] aumentan el valor percibido del intercambio de información, lo que a su vez incrementa la probabilidad de compartirla”, añaden.

Por otro lado, en estos experimentos observaron que también se ponía en funcionamiento la región en la que el cerebro trabaja para entender en qué están pensando los otros. Según explican en el estudio, quien pretende compartir una noticia debe considerar qué hay en la mente de los demás, sus conocimientos, opiniones e intereses, para predecir las posibles reacciones de su audiencia. “Este tipo de cognición social implica pronósticos acerca de los estados mentales de otros, por ejemplo, predecir lo que los demás puedan pensar y sentir acerca de la información compartida y de quien la comparte”, aseguran. De este modo, al publicar algo en nuestro muro nos exponemos al juicio de los demás haciendo una apuesta y una profecía: esto les gustará y ayudará a mejorar nuestros lazos comunes y lo que piensan sobre nosotros.

Además, el resultado del experimento fue que las noticias que más activaron estas regiones cerebrales coincidían a su vez con las informaciones que consiguieron mayor impacto en redes sociales, compartidas miles de veces según los datos de The New York Times.

“La gente está interesada en leer o compartir contenidos que conectan con sus propias experiencias, o con su sentido de quiénes son o quiénes quieren ser”, asegura Emily Falk, responsable del trabajo y directora del laboratorio de neurociencia, en una nota de la Universidad de Pensilvania. Y añade: “Comparten cosas que pueden mejorar sus relaciones, hacer que parezcan inteligentes o empáticos o mostrarles bajo una luz positiva”.

En el caso de las noticias virales, funcionarían a la vez varios fenómenos que ya se conocían previamente, como que una de las cosas que más satisfacción causa es la de compartir información sobre nosotros mismos, tanto en redes sociales como en interacciones convencionales. También sabíamos que las personas más persuasivas, las que consiguen que cale mejor su mensaje, son aquellas que tienen más desarrollada esa facultad de ponerse en el lugar de los otros, de aventurar lo que hay en su mente.

Los autores del estudio reconocen que puede ser muy distinto lo que es personalmente relevante y útil para compartir entre diferentes sujetos, pero que “las sociedades humanas se caracterizan por un conjunto de valores comunes básicos y normas sociales que impulsan la conducta entre los individuos”. En consecuencia, concluyen, no es raro que haya muchas noticias que puedan ser percibidas por muchos como una información con mucho valor, tanto para la imagen personal como para el sentido de la pertenencia al grupo.

Fuente: elpais.com

20 cosas que no te pasaban antes de que existiera WhatsApp

Pablo Cantó

WhatsApp está de cumpleaños. El 24 de febrero de 2009 el ucraniano Jan Koum fundó esta empresa y  ocho años más tarde se ha convertido en líder de mensajería en España. Más del 70% de españoles lo utilizan, según el último barómetro del CIS. ¿Cómo ha cambiado la vida de sus usuarios después de ocho años mandando memes y volviéndonos locos con los chats grupales? Rememoramos 20 situaciones que nunca se daban antes del nacimiento de esta app y que hoy todos hemos vivido. O sufrido.

  1. No veías tu vida pasar mientras otra persona estaba “escribiendo…”

 

 

 

 

 

 

  1. Las fotos siempre eran fotos, y no negros de WhatsApp ocultos

 

 

 

 

 

Tu cara cuando abres lo que crees que es una foto normal… Y ahí está él.

  1. Nunca habías visto esto

 

 

 

 

 

 

Antes de WhatsApp no sabías que los globos de las notificaciones podían alcanzar las cuatro cifras. Ahora, puede pasarte después de media hora sin mirar el móvil.

  1. Nadie te molestaba para mandarte un solo emoji

 

La ilusión cuando abres lo que crees que va a ser un mensaje importante vs. la decepción de descubrir que es un “xD”. Nadie gastaba un SMS solo para eso.

  1. Abandonar un grupo no te provocaba una semana de dudas y remordimiento

 

 

 

 

 

 

Todo el mundo los odia, pero nadie se atreve a dar el primer paso

  1. Se te podía olvidar el móvil en casa y no pasaba nada

 

 

 

 

 

Lo peor no es dejarse el móvil en casa, es darse cuenta cuando ya no puedes regresar a por él. Al volver, te encontrarás una escena como la del punto 3.

  1. No te volvías loco con el tic azul y la hora de conexión

 

 

 

 

 

 

 

Yo. Pensando una forma de leer el mensaje del Whatsapp sin que le salte el ‘visto’.

Si se ha conectado hace un minuto, ¿por qué no me ha contestado? Si lo ha leído, ¿por qué no me ha dicho nada? Después de la actualización del doble tic, hubo tuiteros que bromearon con que el dueño de WhatsApp regenta también un bufete de abogados especialista en divorcios.

  1. Nadie te daba la brasa con que WhatsApp iba a ser de pago

 

 

 

 

 

 

Tu reacción cuando te llegan mensajes diciendo que, si no los reenvías, WhatsApp será de pago. La aplicación anunció hace más de un año que sería gratuita de por vida.

  1. No existían los grupos fantasma, esos en los que nadie escribe, pero nadie abandona

 

 

 

 

Definición gráfica de la conversación en un grupo fantasma.

  1. Tampoco los subgrupos para criticar a la gente de grupos más grandes

 

 

 

 

 

La diversión que aportan es equivalente al riesgo de equivocarte de grupo y poner un mensaje, por error, en el grupo principal.

  1. Nadie te escribía cinco minutos antes de la hora a la que habías quedado para avisarte de que no llegaba

 

 

 

 

 

 

A veces es peor y te avisan de que llegan tarde cuando ya llevan diez minutos de retraso. O veinte.

  1. La vida no se paraba cuando WhatsApp se caía

 

 

 

 

 

 

 

Yo esperando a que #Whatsapp regrese

Lo único bueno de que se caiga WhatsApp es que todos vamos a Twitter a quejarnos.

  1. No tenías que aguantar la broma cíclica de “X ha abandonado el grupo”

 

 

 

 

 

En los últimos años ha llegado en versión Trump, Brexit, el Pequeño Nicolás…

14. Si alguien te daba los buenos días a las 5 de la madrugada no era simpático y madrugador, estaba loco

Si ellos tienen que madrugar, los demás también.

  1. Nunca habías sentido el vacío de cuando descubres que tus amigos tienen un grupo en el que tú no estás

 

 

 

 

 

 

 

Hay veces que con sospecharlo es suficiente.

  1. No sabías que existían seres humanos capaces de pedirte un resumen de lo que se ha hablado en un grupo durante las últimas 48 horas

 

No van a leer la conversación si tú puedes hacerlo por ellos.

  1. Podías intuir la orientación política de tus familiares, pero no conocerla por los memes que te mandan

 

 

 

 

 

 

 

Tú, todo el rato, el grupo de tu familia.

  1. No estabas disponible las 24 horas para tus compañeros de trabajo

 

 

 

 

 

Lo único que te apetece hacer cuando tu jefe te escribe a las 23:00. Un sábado.

  1. Desconocías la decepción de cuando cuentas algo importante en un grupo… Y todo el mundo pasa de ti

 

 

 

 

 

En un grupo fantasma te hubieran hecho el mismo caso.

  1. Las navidades se mandaban postales, no memes

 

 

 

Al menos se ahorra papel.

Fuente: verne.elpais.com/

Así puedes ser desvalijado si enseñas tus dedos en un selfie

Hoy en día, la seguridad y privacidad son dos aspectos que se persiguen de manera incesante dada la gran proliferación de redes sociales y smartphones.

Sistemas de banca electrónica, ordenadores, alarmas, controles de acceso, móviles… son algunos de los dispositivos que incorporan algún tipo de seguridad biométrica como forma de proteger mejor los datos. Este tipo de tecnología está basada en la identificación de características físicas únicas como pueden ser las huellas dactilares o el iris de una persona.

Sin embargo, su efectividad se ha puesto en entredicho. Recientemente, investigadores del Instituto Nacional de Informáticos de Japón (NII por sus siglas en inglés) han podido reproducir las huellas dactilares a partir de fotografías, tomadas a una distancia máxima de tres metros, en las que la gente posaba haciendo el gesto de la paz.

Según declaraciones de Isao Echizen, investigador de seguridad y medios digitales en el NII, al diario Shenkei Shimbun, “solamente haciendo el gesto de la paz delante de una cámara, las huellas dactilares permiten la fácil disponibilidad de la identidad de la persona”. Esto permitiría vulnerar cualquier dispositivo con seguridad biométrica basada en la identificación por huella dactilar. Además, para poder captar las imprentas de una persona a través de una fotografía, bastaría con disponer de un smartphone con una cámara de alta calidad y enfocar las huellas con una iluminación intensa. Es decir, no sería necesario emplear alta tecnología.

Es por esto que los mismos investigadores están desarrollando una película transparente que puede pegarse a las yemas de los dedos para ocultar las huellas. De esta forma, se eliminaría el robo de identidad. Un producto que, como afirmó Echizen a Shenkei Shimbun, estará listo para dentro de dos años aproximadamente.

Pero ésta no es la primera vez que se vulnera este tipo de seguridad biométrica. En 2013, Jan Krissler (conocido en la comunidad de hackers comoStarbug) falsificó los sensores TouchID de Apple en las primeras 24 horas de vida del iPhone 5S. Algo que consiguió utilizando una mancha de una huella en la pantalla del terminal. De esta forma pudo crear un dedo falso y desbloquear con éxito el teléfono. Pero en este caso, para robar la huella y obtener un escaneo de alta resolución, necesitó el acceso al móvil.

Sin embargo, Starbug no se quedó ahí. En 2014, se celebró el Congreso de Comunicación de Chaos (la reunión anual de hackers en Alemania) donde Krissler demostró su método para falsificar las huellas de Ursula von der Leyen, la ministra de defensa alemana. Solamente le hicieron falta un software comercial llamado VeriFinger y varias fotografías de la ministra en alta definición. Según declaraciones a los medios de comunicación bromeó diciendo que, “después de esto, seguro que los políticos usarán guantescuando hablen en público”.

Es cierto que estas técnicas de hackeo de huellas no son muy comunes -ya que todavía la biometría no está muy extendida-, pero cada vez serán más habituales a medida que gane peso como mecanismo principal para proteger la privacidad. Pero como afirman desde el Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE) “como en cualquier otra cosa, todo depende del valor que le demos a esas huellas y a la información que queramos proteger con ellas”.

Antonio Rodríguez, experto en Ciberseguridad INCIBE, cuenta que hackear este tipo de tecnología “no es fácil, pero tampoco es imposible”. Afirma que “la seguridad depende de muchos factores, y no sólo de falsificar la huella, por lo que el dispositivo en sí debe ser protegido y actualizado igual que cualquier otro sistema informático”.

Pero, según coinciden expertos del sector, el error es creer que la seguridad biométrica, un mecanismo que facilita al usuario la forma en que se identifica o autentica, es la manera más segura de proteger tus datos personales y que, por lo tanto, sirve como reemplazo para otros mecanismos como las contraseñas. Antonio Rodríguez asegura que “reemplazar no es seguro, sino combinar”.

Y es que, aunque no pueden determinarse qué métodos de seguridad son mejores o cuáles son peores (pues cada uno tiene sus pros y sus contras), “hoy en día depender de un único mecanismo es inseguro. Lo ideal es siempre combinar dos o más mecanismos, lo que llamamos autenticación de doble factor”.

Esta misma línea la apoya el director de investigación de inteligencia artificial del Instituto Tecnológico de Informáticos (ITI), Juan Carlos Pérez, quien ratifica que “la biometría aporta un elemento adicional”. Cuenta que “si se usa de forma aislada, no garantiza unos niveles suficientes de seguridad”.

Así, aunque la verificación por huella dactilar se haya puesto en entredicho debido a las recientes investigaciones y avances, la teoría que defiende Juan Carlos Pérez es que debe entenderse como un aporte extra de seguridad. “Ningún sistema es completamente seguro sino que se diseña para conseguir cierta disminución de una serie de riesgos. El diseño requiere una serie de decisiones en relación al equilibrio entre coste, intrusividad (lo molesto que puede resultar para la persona usuaria) y riesgo residual”.

Es ahora cuando, con el auge de las impresoras 3D y las cámaras cada vez de mayor calidad, los expertos se están planteando cuestiones sobre la relación del avance de las tecnologías con la privacidad. Pero como manifiestan desde INCIBE, el avance de las tecnologías es inevitable. “Cuanto mejor es la tecnología, más sencillo es violar la seguridad y privacidad, pero también es más fácil crear mejores mecanismos para protegerla”. Según Antonio Rodríguez, “parece ser que ambas cosas irán a la par: aparecerán nuevas técnicas para burlar las protecciones actuales, y aparecerán contramedidas”. Pero lo importante en todo esto “no es la evolución de la tecnología, sino crear cultura de seguridad”.

Peligro incipiente

Mientras tanto, expertos del sector recomiendan atender a la protección de nuestras huellas dactilares ya que, si alguien dispone de ellas, “es como si alguien tuviese las llaves de nuestra casa, con la diferencia de que no podríamos cambiar la cerradura por una diferente. Esto no es un problema siempre y cuando esa única llave, nuestras huellas, no sea suficiente para entrar en casa”.

En la actualidad, y debido a la proliferación de redes sociales que están facilitando el aumento de filtración de información personal, deberíamos concebir nuestras huellas como información pública, “pues no se pueden esconder y evitar que las obtengan de una forma u otra”. Es por esto que para protegernos frente a este peligro incipiente, nuestra privacidad no debería depender exclusivamente de esa información, si no combinarse con otros mecanismos de acceso y protección.

Ahora, puede que lo pensemos dos veces antes de mostrar nuestras manos frente a una cámara o quizás toque, cada vez más, colmar nuestros dispositivos de contraseñas.