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La complicidad en el amor de pareja

Por: Ligia Valenzuela, M.A.

A propósito de que en el mes de febrero se celebra el Día del amor y la amistad, vi oportuno escribir sobre uno de los aspectos más importantes para que en la pareja haya una relación de amor y amistad: la complicidad.

La complicidad es un lenguaje que va creando intimidad y afinidad entre dos personas y donde el sentimiento por el otro permitirá que se establezca un tipo de relación entre ellos que luego les permitirá afrontar las distintas etapas de la relación de pareja de una forma más satisfactoria.

¿Cómo se construye?

– Cuando cada uno va inspirando en el otro seguridad y confianza.

– Cuando ambos desarrollan una disposición a escucharse, a tolerarse y a interesarse sobre cómo es el otro, cual es su forma de pensar, qué le gusta y qué no, qué le agrada y cuáles han sido los  momentos más significativos de la historia de su vida.

–  Cuando sus miradas están puestas en la misma dirección y sus esfuerzos buscan sumar y multiplicar, sin pretender tener el mismo punto de vista a cerca de las cosas.

– Que la propuesta que los mueva sea “ganarle la batalla” a la situación o circunstancia por la que están pasando como pareja o como familia.

– Que la comunicación verbal y no verbal entre ellos, busque  “sintonizar”, lograr conexión, convertir la relación en una sinergia donde el uno estimule y cuide al otro; donde ambos aprendan a ponerse de acuerdo para lograr propósitos comunes.

– Cuando procuran que el interés sexual, columna fundamental de la complicidad, busque mantenerse a través de la intimidad y la cercanía. Por ejemplo, haciendo planes juntos, teniendo proyectos a corto y mediano plazo que puedan  ser realizables, procurando espacios en los que compartan solos, tales como: bañarse juntos, compartir chistes, salir a bailar o aprender un baile que les produzca alegría y entusiasmo, irse de viajes  y cualquier otra actividad que permita que afloren las muestras de afecto y de deseo del otro, de modo que se comuniquen “sigues gustándome…”

– Compartiendo la cosas cotidianas y sencillas de todos los días, tanto del hogar y los hijos, como del mundo laboral de ambos.

– Y por último, conservando el buen humor, pues éste conecta, refuerza los vínculos afectivos y ayuda crear recursos que les permitan enfrentar las situaciones de la vida juntos y poder crear una relación de pareja feliz y duradera…

El miedo a sentirse enamorado

Carolina Jiménez
carolina.jimenez@listindiario.com
Santo Domingo

El amor es uno de los sentimientos más maravillosos que puede experimentar el ser humano. Por lo general, se asocia a una relación pasional entre dos personas. Sin embargo, existen otros tipos de amores que podrían ser más grandes, como por ejemplo, el amor a Dios, a la familia, a la naturaleza y el amor a sí mismo.

Alejandro Romualdo, poeta, lo define como una entrega total y desinteresada que asume todos los riesgos y dificultades. Dice que cuando las razones del corazón se imponen, avasallan irresistiblemente prejuicios y barreras de toda clase.

Para la poeta Claribel Alegría, el amor tiene criterios sencillos: la afinidad, el deseo de entender y ser entendido, la confianza absoluta basada en el conocimiento íntimo del carácter del otro, el compañerismo, los valores compartidos y la curiosidad insaciable de explorar tomados de las manos este mundo insólito y fugaz.

¿Es siempre el amor correspondido?

A pesar de ser el amor un acto que produce sensaciones de felicidad y emociones, puede convertirse en una pesadilla para quienes aman y no son correspondidos. Peor aún, para aquellos que no tienen la capacidad de enamorarse, es decir, para un filofóbico.

El término filofobia se refiere a una patología o trastorno mental con referencia al amor como pareja e incluso el amor de familia o amistad, mejor conocido como el miedo irracional de amar o de enamorarse de alguien.

Según investigaciones, se basa en ese miedo al amor, pero no necesariamente para estar con una persona se necesita amarla. Esto quiere decir que los filofóbicos en algunos casos logran permanecer con una persona en unión por algunos meses, pero cuando comienzan a tener algún sentimiento huyen sin dar explicaciones a su pareja.

Otra situación que acompaña a quienes sufren de este trastorno es su entorno, si comienzan a tener una amistad o relación con otras personas al principio se sienten normales, pero si comienzan a sentir que es una amistad, que le hace falta la otra persona, ya sea para platicar o incluso que siente dolor por lo que le pase, prefiere alejarse y dejar de hablar con la persona. Esto lo hace para evitar sentir emociones fuertes y llegar a quererla. 

Patrones conductuales de una persona que padece filofobia

La psicóloga emocional Ciara Molina expone los siguientes patrones:

• Tienden a buscar defectos en la pareja, para justificarse a sí mismos que no deben implicarse más en esa relación sentimental.
• Se enamoran de personas inalcanzables para reafirmarse en que ellos no tienen el miedo a amar, sino que son las circunstancias las que no hacen factible esa relación.
• Buscan relacionarse con personas muy diferentes a ellos pensando que de esta manera se llegará al fracaso de la unión y no sentirán la presión de dejar la relación sólo por sus miedos.
• Suelen provocar disputas con la otra persona, buscando de este modo que sea ella la que deje la relación.
• Se aíslan emocionalmente al sentir que la otra persona se está acercando demasiado, cayendo en conductas como eludir llamadas de teléfono, dejar de verla con asiduidad, inventar excusas, etc.

Más amor y menos odio

Estamos en la época de la “maldad”, hija de la ignorancia y del egoísmo. Aquella lluvia (la crisis) trajo estos lodos (la falta de valores), cuando tendría que haber sido todo lo contrario. Sobrevino una crisis para alertarnos de nuestro exceso de materialismo, del egoísmo del liberalismo capitalista, del placer por el placer y de la obsesión por el estado del bienestar;
en lugar de ocuparnos de la bondad del ser. Y es que hablar de amor, de caridad, de bondad y de servicio parece ser una cursilería o un despropósito, fruto de la debilidad. En la vida no todo vale, ni todo lo que vale es lo correcto. Es prioritario identificar nuestros valores y vivir acorde con ellos, pues serán nuestra referencia y el patrón mediante el cual se medirán nuestras acciones. Sólo por el amor nos liberaremos del yugo del dolor, seremos capaces de sanar, de trascender los mundanales apegos y liberarnos de las temibles cadenas que los instintos colocan en nuestro camino de evolución.

Más amor y menos odio. Más humildad, más capacidad para comprender al prójimo, más flexibilidad para saber adaptarnos a las circunstancias y a los cambios, y, sobre todo, más entusiasmo y fe para saber valorar lo que somos y lo que podemos aportar a los demás. Si queremos conectar con el verdadero amor y nuestro deseo es cambiar el mundo para mejor, tenemos que empezar por nosotros mismos: por enfrentarnos a nuestra sombra y por trascender nuestras limitaciones. Lo lograremos desde el autoconocimiento, la aceptación y la autoestima. Una autoestima que potenciaremos mediante el reconocimiento de los demás; a través del servicio, del desapego y de la ausencia de juicio. Hemos de aprender a ser “asertivos”, a decir lo que realmente pensamos, sin emitir juicios de valor, sin acusaciones ni descalficaciones, porque no haynada bueno ni malo; todo depende de lo que proyectemos en ello. Si logramos cambiar una debilidad y transformarla en fortaleza, habremos aprovechado la oportunidad y contribuiremos a construir un mundo mejor. Cuando crezco yo, crece la humanidad. El amor es hijo de una fortaleza, nunca de una debilidad; puesto que amar es confiar, aceptar, respetar, comprender, renunciar y entregar. El egoísmo y la maldad son hijos del sentimentalismo, de la carencia, de las expectativas no cumplidas, de los deseos insatisfechos y de los objetivos no alcanzados. Ergo, de la debilidad y del temor. Abre tu corazón a la fe. Confía en que no estamos solos, en que cada uno de nosotros tiene un propósito, un don que compartir. Todos somos uno; sin dejar de ser nosotros mismos, sin dejar de sentir y compartir desde nuestra individualidad, pero a la vez, vibrando desde la unidad, que no es más que la expresión de la totalidad.

Lo que sentimos y pensamos es lo que atraeremos a nuestra realidad. Si queremos ser unos buenos arquitectos de nuestra vida, entonces deberemos alinear nuestros pensamientos, sentimientos y nuestra voluntad (acciones) desde la coherencia y la unicidad. Las dudas, los miedos, las indecisiones o la ignorancia sobre lo que deseamos o queremos dificultarán el logro de nuestros objetivos. Lo esencial será siempre el amor. Recuerda: abandona la lucha, evita el odio y el resentimiento. Permite que el amor guíe tus pasos. Tu vida lo agradecerá y tu destino cambiará.

Fuente: revistapluraldiamond.com

Cómo enamorarse de cualquier persona, siguiendo estos pasos

Hace más de veinte años, el psicólogo Arthur Aron logró que dos extraños se enamoraran en su laboratorio. Hace unos meses apliqué su técnica en mi vida personal, y fue la razón por la que me encontraba en un puente a medianoche, mirando a un hombre a los ojos durante exactamente cuatro minutos.

Permítanme explicarme. Esa misma tarde, el hombre había dicho: “Dados ciertos puntos en común, pienso que uno puede enamorarse de cualquiera. Si es así, ¿cómo se elige a alguien?”.

Él era un conocido de la universidad con quien me topaba ocasionalmente en el gimnasio, y yo ya había pensado en la posibilidad. Tenía una idea de su vida a través de Instagram. Pero esa era la primera vez que pasábamos un tiempo a solas.

“De hecho, ha habido psicólogos que han tratado de hacer que se enamoren otras personas”, comenté, recordando el estudio del Dr. Aron. “Es fascinante. Siempre he querido hacer la prueba”.

Leí por primera vez acerca de ese estudio cuando estaba en medio de una ruptura. Cada vez que pensaba en irme, el corazón se imponía al cerebro. Me sentía atorada. Así pues, como buena académica, volví la mirada a la ciencia con la esperanza de que hubiera una forma inteligente de amar.

Le expliqué el estudio a mi conocido de la universidad. Un hombre y una mujer heterosexuales entran al laboratorio por puertas separadas. Se sientan frente a frente y responden a una serie de preguntas que cada vez son más íntimas. Después se miran a los ojos en silencio durante cuatro minutos. El detalle más tentador: seis meses después, los dos participantes se casaron. Todo el laboratorio estuvo invitado a la ceremonia.

“Vamos a probarlo”, dijo él.

Permítanme reconocer primero que nuestro experimento no se alineó perfectamente con el estudio del laboratorio. Para empezar, estábamos en un bar, no en un laboratorio. En segundo lugar, no éramos desconocidos. Y no solo eso sino que, como veo ahora, nadie propone o acepta realizar un experimento para crear amor romántico si no está abierto a que eso suceda.

Busqué en Google las preguntas del Dr. Aron: son 36. Pasamos las siguientes dos horas pasando mi iPhone de un lado a otro de la mesa, planteando alternadamente cada pregunta.

Las primeras preguntas son inocuas: “¿Te gustaría ser famoso? ¿En qué forma?”. “¿Cuándo fue la última vez que cantaste a solas? ¿Cuándo le cantaste a otra persona?”.

Pero pronto se vuelven más profundas.

En respuesta a la indicación “Nombre tres cosas que parezcan tener en común usted y su pareja”, él me miró y dijo: “Creo que los dos estamos interesados el uno en el otro”.

Yo sonreí y pasé un trago de cerveza mientras él mencionaba otros dos puntos en común que no tardé en olvidar. Intercambiamos historias de la última vez que lloramos y confesamos lo que nos gustaría preguntarle a un adivino. También explicamos la relación con nuestras respectivas madres.

Las preguntas me recordaron el infame experimento de la rana en agua caliente, que no se da cuenta de que el agua se está calentando hasta que es demasiado tarde. En nuestro caso, debido a que el grado de intimidad se fue elevando poco a poco, no me di cuenta de que habíamos entrado en un terreno muy íntimo hasta que ya estábamos ahí, un proceso que por lo general lleva semanas e incluso meses.

Me gustó aprender de mí misma a través de mis respuestas, pero más me gustó aprender cosas de él. El bar, que estaba vacío cuando llegamos, se había llenado para cuando decidimos tomar un descanso para ir al baño.

Sentada sola en nuestra mesa, consciente del mundo que me rodeaba por primera vez en una hora, me pregunté si alguien habría escuchado nuestra conversación. Si habían oído, yo no me di cuenta. Tampoco noté cuando la multitud fue desvaneciéndose y la noche avanzó.

Todos tenemos una narrativa sobre nosotros mismos que es la que le ofrecemos a los desconocidos y a los conocidos. Pero las preguntas del Dr. Aron hacen que sea imposible basarse en esa narrativa. La nuestra fue una intimidad acelerada, como las que recuerdo en los campamentos de verano, cuando pasaba en vela la noche hablando con una nueva amiga, intercambiando los detalles de nuestra breve vida. A los 13 años, lejos de casa por primera vez, yo sentía que era natural poder conocer a alguien rápidamente. Pero la vida adulta rara vez nos presenta tales circunstancias.

Los momentos que me parecieron más incómodos no fueron cuando tuve que hacer confesiones sobre mí misma, sino cuando tuve que aventurarme a opinar sobre mi pareja. Por ejemplo: “Alternadamente, diga algo que considere positivo de su pareja, un total de cinco cosas” (pregunta 22), o también: “Dígale a su pareja qué le gusta de ella; sea muy honesto y diga cosas que quizá no le diría a alguien que acaba de conocer” (pregunta 28).

Buena parte de la investigación del Dr. Aron se centra en crear cercanía interpersonal. En particular, varios estudios investigan la forma en que incorporamos a los demás en nuestra sensación de nosotros mismos. Es fácil ver que las preguntas fomentan lo que se llama “autoexpansión”. Decir cosas como: “Me gusta tu voz, tu gusto en cervezas, la forma en que tus amigos parecen admirarte” hace que ciertas cualidades positivas que pertenecen a una persona sean valiosas explícitamente para la otra.

Es sorprendente, en verdad, escuchar lo que otros admiran en nosotros. No sé por qué no vamos por la vida halagando amablemente a todos los demás.

Terminamos a medianoche; nos tardamos mucho más de los 90 minutos del estudio original. Al mirar el bar alrededor de mí, sentí como si acabara de despertar. “No estuvo nada mal”, dije. “Definitivamente, menos incómodo de lo que sería contemplar al otro en los ojos”.

Él vaciló un poco pero preguntó: “¿Crees que deberíamos de hacer eso también?”.

“¿Aquí?”, pregunté recorriendo el bar con la mirada. Parecía demasiado raro, demasiado público.

“Podríamos ir al puente”, respondió, mirando por la ventana.

La noche era cálida y yo estaba bien despierta. Caminamos al punto más alto y después nos volvimos para estar frente a frente. Puse torpemente el cronómetro en mi teléfono.

“Muy bien”, dije, inhalando fuertemente.

“Muy bien”, contestó sonriendo.

He esquiado por laderas empinadas y he estado colgada de una roca con una cuerda corta. Pero contemplar a alguien en los ojos durante cuatro minutos en silencio es una de las experiencias más emocionantes y aterradoras de toda mi vida. Pasé los primeros dos minutos simplemente tratando de respirar debidamente. Hubo muchas sonrisas nerviosas hasta que finalmente nos acomodamos.

Ya sé que los ojos son la ventana del alma o de lo que sea, pero el verdadero meollo del momento no era solo que yo estuviera viendo a alguien, sino que estaba viendo a alguien que, a su vez, me estaba viendo a mí. Una vez que acepté el terror de este concepto y le di tiempo de que amainara, llegué a algo inesperado.

Me sentía valiente… y en un estado de asombro. Parte de ese asombro era por mi propia vulnerabilidad y otra parte era ese extraño asombro que nos invade cuando decimos una palabra una y otra vez hasta que pierde su significado y se vuelve lo que realmente es: un conjunto de sonidos.

Lo mismo sucede con el ojo, que no es ninguna ventana de nada, sino más bien un enjambre de células muy útiles. El sentimiento asociado con el ojo desapareció y yo quedé pasmada por su asombrosa realidad biológica: la naturaleza esférica del globo del ojo, la musculatura visible del iris y el liso y terso vidrio de la córnea. Era extraño y exquisito.

Cuando repicó el cronómetro me sentí sorprendida… y un poquitín aliviada. Pero también experimenté una sensación de pérdida. Ya estaba empezando a ver nuestra velada a través del surrealista y poco confiable lente retrospectivo.

Casi todos consideramos que el amor es algo que nos sucede. Caemos. Nos oprime.

Pero lo que me gusta de este estudio es que asume que el amor es una acción. Supone que lo que le interesa a mi pareja me interesa a mí porque tenemos al menos tres cosas en común, porque tenemos una relación estrecha con nuestra madre, y porque él me permitió mirarlo.

Me preguntaba qué saldría de nuestra interacción. Si no hay nada más, pensé que por lo menos daría para una buena historia. Pero ahora veo que la historia no gira en torno nuestro: gira en torno de lo que significa tomarse la molestia de conocer a alguien, que en realidad es una historia sobre lo que significa que el otro nos conozca.

Es verdad que no podemos elegir quién se enamora de nosotros —aunque pasé muchos años esperando lo contrario— y que no podemos generar sentimientos románticos basándonos exclusivamente en la conveniencia. La ciencia nos enseña que la biología es importante: las hormonas y feromonas hacen su trabajo tras bambalinas.

Pero, a pesar de todo esto, he llegado a pensar que el amor es algo más maleable de lo que pensamos. El estudio de Arthur Aron me enseñó que es posible, e incluso sencillo, generar confianza e intimidad, los sentimientos que necesita el amor para crecer.

Seguramente los lectores estarán preguntándose si él y yo nos enamoramos. Bueno, pues así fue. Aunque es difícil atribuirle el crédito exclusivamente al estudio (podría haber ocurrido de todos modos), este nos abrió el camino hacia una relación que se siente deliberada. Pasamos semanas en el espacio de intimidad que creamos esa noche, esperando a ver en qué podría convertirse.

El amor no nos sucedió. Nos enamoramos porque cada uno tomó la decisión de enamorarse.

Fuente: nytimes.com

¿Por qué en Japón los niños obedecen a sus padres y no suelen tener rabietas?

Japón es un país maravilloso. Todo el mundo admira la determinación de los japoneses, su temperamento reservado y el deseo de vivir en armonía con la naturaleza y con la gente. Y no es la lista completa de las peculiaridades de su carácter que podríamos asimilar. Nosotros respetamos profundamente a esa nación y queremos compartir contigo el enfoque japonés para educar a los hijos.

Lo primero que llama la atención en el país del sol naciente es que las generaciones se entienden de forma extraordinaria. Parece que los hijos jamás tienen rabietas. Una de las razones de tal armonía es una tradición del pasado que consiste en pasar tiempo de calidad con sus hijos.

Desde hace mucho tiempo, las madres combinaban la crianza de sus hijos con el trabajo. Con una tela, la mamá amarraba al bebé a su cuerpo y así siempre permanecían juntos. Al mismo tiempo, la mamá siempre narraba todo lo que hacía y hablaba con su hijo, lo cual le permitía sentirse involucrado en todos los procesos y desarrollarse constantemente. Antes era bastante común que los bebés primero empezaran a hablar y luego a caminar.

Hoy en día, vayan a donde vayan y hagan lo que hagan, las mamás japonesas siempre tienen a sus bebés con ellas usando mochilas portabebé.

Por lo general, la mamá se queda en casa hasta que el bebé cumpla 3 años, después de eso lo empiezan a llevar al kínder. También hay grupos para niños menores de 3 años pero esa opción no les parece tan buena a los japoneses, así como dejar al bebé con los abuelos es totalmente inaceptable.

Desde muy pequeño, al niño se le enseña a prestar atención a los sentimientos, tanto los suyos, como de las demás personas e, incluso, a los objetos. Si un bebé travieso rompe su juguete favorito, su mamá no tomará ninguna medida drástica, solamente le dirá: «Lo lastimaste».

No solo las mujeres se ocupan de los niños. También los hombres los cuidan con gusto. A los niños literalmente no les falta ni la atención ni los abrazos de sus padres. No se acostumbra levantar la voz, dar sermones ni mucho menos castigar físicamente. Los hijos, a su vez, por lo general sienten culpa y remordimiento si les causan a sus padres algunos inconvenientes.

Desde temprana edad se les enseña que deben respetar a los demás, que hay que ser amable con todo el mundo. Los japoneses muestran su inconformidad con la mirada y las entonaciones de la voz. Los hijos saben percibir cuando los padres no aprueban su conducta, e intentan corregir su comportamiento.

Para resumir, podemos decir que en Japón los niños reciben una gran cantidad de amor y cariño de sus padres, y también desde pequeños asimilan los principios de la sociedad. Por supuesto, este sistema de educación es distinto al de algunas familias de occidente, y a algunos incluso les puede parecer parodójico. Sin embargo, ha estado comprobado durante siglos y ayuda a educar cuidadanos disciplinados y respetuosos.

Fuente: logicaecologica.es

Razones para ser maestro

Un docente expone desde su propia convicción respuestas, dirigidas a quienes se preguntan  por qué ser maestro.

  • Soy maestro porque se me ha concedido el privilegio de construir mundos posibles y soñar con universos imposibles. Porque comparto el cambio para mejorar y a veces también hago que el cambio ocurra.
  • Soy maestro porque cada día aprendo el doble de lo que enseño. Porque es la única forma que existe de ganarlo todo sin perder nada. Soy maestro porque me siento como el alfarero tomando en mis manos mentes inocentes que al pasar por mis clases se convertirán, contando siempre con la ayuda de Dios, en preciosos elementos de la alfarería social.
  • Soy maestro porque tengo la oportunidad de compartir con seres humanos de verdad, con personas de carne y hueso; con gente que se equivoca, que tropieza y cae y se vuelve a levantar sin rendirse ni maldecir.
  • Soy maestro porque mis alumnos y alumnas, es decir, mi gente, me conceden el privilegio de contarme sus confidencias, de expresarme sus desalientos y manifestarme sus ilusiones. Soy maestro porque siéndolo ejercito un oficio desafiante, que es, al mismo tiempo muy fácil y también bastante difícil.
  • Es ingrata y a veces injusta mi profesión. Pero tiene algo especial, por encima de las injusticias y de las ingratitudes, me gusta ser maestro.
  • Soy maestro porque me fascina el instante mágico en que descubro unos ojos atentos, una mente abierta, un rostro optimista, una postura de entusiasmo: con ellos marcho por la senda del acuerdo y de los éxitos compartidos. Y también soy maestro porque me agrada el ceño arrugado del estudiante incrédulo, los ojos entrecerrados del que duda, la pregunta ingenua del confundido, la afirmación retadora del hombre crítico… esos gestos, esas acciones y sus dueños, me avisan que sigo siendo humano y que puedo equivocarme.
  • Vivo mi existencia intensamente siendo maestro y, pensándolo bien, no creo que haya una forma de vivir más intensamente la vida. Soy maestro porque tengo fe, esperanza y amor. Fe en un porvenir del cual se me ha permitido ser protagonista, porque tengo la esperanza de caminar algún día por un camino tan amplio en donde tú y yo podamos transitar sin tropezarnos y tan angosto que pueda sentir de cerca nuestros afectos y el calor humano. Y tengo el amor que cientos de personas me dan y me reciben mientras hago lo único que creo ser capaz de hacer bien: ser maestro de escuela.
  • Quiero, pues, expresar a todo el mundo que soy maestro porque los maestros somos constructores de paz, sembradores de sueños, forjadores del progreso, visionarios de mundos nuevos y mejores. Es por eso que, maestro soy, y por siempre lo seré.

 

Un maestro

 

Fuente: rpuig.wordpress.com

¿Premiar con regalos, dinero y comida?

¿Cómo se premia a los niños y niñas? ¿Qué consecuencias podrían tener las recompensas inadecuadas? ¿Cómo se expresa el amor en una familia? En realidad, se trata de un tema muy complejo  que, en la mayor parte de las unidades familiares, NO causa problemas: el problema viene cuando se merma la capacidad de trabajar sin gratificación inmediata, cuando puede afectar a la autoestima y a las relaciones afectivas entre quienes componen la familia o, cuando a la larga, podría dar lugar, incluso, a comportamientos destructivos.

  • Premiar con regalos o dinero.

A veces, lógicamente, ante grandes logros, podemos hacerles un regalo… lo importante en realidad es que sea proporcional y no consista en perseguir “zanahorias materiales” (bicicletas y ordenadores, en mi entorno) por defecto: si la motivación para sacar buenas notas es una bicicleta, o si la motivación para aprobar el acceso a una Universidad es dinero, ¿dónde queda la motivación intrínseca y el propio premio que constituye el hecho de lograr objetivos difíciles?

Más tarde, a lo largo de su vida adulta, no siempre tendrá recompensas materiales a la vista: esto dificulta mucho el emprendimiento de proyectos con una gratificación a largo o muy largo plazo, como puede ser una FP, una carrera universitaria o comenzar una carrera profesional desde abajo. Si bien es cierto que en cuestiones laborales, como es obvio, el incentivo sería el salario, muy a menudo, al principio de la vida profesional el sueldo puede llegar a ser calificado de “mísero” y, en consecuencia, la motivación extrínseca al principio será insuficiente. No nos parece bien ni normal pagar mal a los y las jóvenes, pero así es la vida: dadas las circunstancias, ligar la autoestima a acumular lujos materiales es más desesperante que otra cosa.

¿Qué pasa cuando las cosas salen mal y, encima de salir mal y no conseguir su objetivo (por ejemplo, sacar un 10), tampoco ha conseguido su regalo? Una doble pérdida: mal asunto. Sobreviene la frustración y los sentimientos de fracaso. No siempre las cosas salen como las familias quieren, o como los propios niños y niñas quisieran: a veces los exámenes salen mal por mucho que nos esforzamos, y una vez, y otra vez, y otra más, perdiendo “premios” a la vista y perdiendo un autoconcepto sano referido a habilidades intelectuales, ¿qué hacen? Convertir a esa persona en una persona con una autoestima bajísima y una autoimagen completamente deformada en lo referido a su valía y habilidades. Sabes bien que las notas del colegio o el salario de su primer año de trabajo NO definen a tu hija o hijo: si se entera él o ella, también, mejor 😉

¿Quieres regalarle un ordenador porque estás muy contenta de las notas de tu hijo en su primer año de carrera? Perfecto, pero la diana no es “sacar buenas notas para…”: sencillamente, es un regalo que le das porque quieres _(y no le avisas 3 meses antes…porque entonces no es regalar, es premio)

Desde luego, los regalos y el dinero no solucionan los conflictos familiares: de hecho, los agravarán seriamente. Si el dinero y los regalos han sustituido durante muchos años los cuidados emocionales, el apego y el contacto físico, las palabras de ánimo, el escuchar a las hijas e hijos, sentirá intuitivamente que sus necesidades emocionales y afectivas no están siendo cubiertas por su familia: más tarde o temprano, podría darse cuenta de con qué se está sustituyendo el “cariño gratuito” y, entonces, sí empezarán los problemas, la soledad, la desconfianza y la distancia.

 Premiar con comida

Esta práctica, ciertamente, sí se hace con mucho amor de por medio (rarísima vez se hace para sustituir el contacto físico y emocional o para quitarte al niño de en medio): de hecho, en nuestra sociedad, asociamos cocinar con el amor, y realmente el cuidado de la familia es amor… pero parece que, en ocasiones especiales, esa expresión de preocupación mutua y cuidados va mucho más allá de procurar el bienestar físico y la salud de nuestra pareja o descendencia.

Premiar con alimentos altamente palatables (normalmente, harina, azúcar y grasa) es una puerta de paso, nos guste o no, a una persona adulta que come emocionalmente para calmar su ansiedad, a relaciones poco sanas con la comida o, incluso, a otro tipo de adicciones que podrían calificarse de análogas: el hecho de encontrar confort en la comida cuando vengan los malos tiempos, asociándolo con la felicidad que sentía cuando su familia se enorguecía de él y le daba bollos rellenos de chocolate, no parece buena idea, ¿verdad? Obligar a niños y niñas a terminarse todo lo que hay en plato so pena de castigo o riña, tampoco es conveniente: altera, fisiológicamente, sus mecanismos de saciedad y, emocionalmente, resulta desorientador en la vida adulta. Además, no se suele premiar con alimentos saludables.

Además, este tipo de alimentos saben demasiado bien, lo cual puede provocar rechazo a la comida saludable que sí debe ocupar la mesa a diario.

Los alimentos de consumo ocasional deberían ser algo naturalizado como tal y no algo extraordinario asociado a experiencias y sentimientos extraordinarios: se consumen ocasionalmente, saben bien y no componen más del 5% de la alimentación.

El otro extremo, prohibir totalmente, daría lugar a algo parecido en la adolescencia y edad adulta, en muchos casos: la rebelión. El punto medio es la virtud: dar ejemplo y tomarse las cosas de forma natural, sin exagerar y haciendo que lo ocasional sea ocasional y sin mayor motivo de celebración de por medio.

 ¿Cómo premiar?

El amor se expresa… expresándolo 😀

  • Las tartas no son amor, la bici no es amor y el dinero no es amor: las tartas son tartas, las bicicletas son bicicletas (de hecho, sí que es una buena inversión en salud, más que un regalo), y el dinero es dinero.
  • El amor es escuchar, abrazar, respetar y cuidar de las necesidades de una personita pequeña. Eso no da lugar a adultos y adultas malcriadas y “mimadas”, con ese tono despectivo tan horrible (¿habrá algo mejor que los mimos, acaso?), sino a personas sanas, con una autoestima alta, asertividad, motivación intrínseca y valores morales firmes. Mimar y respetar no es “consentirlo todo”, aunque quieran hacernos creer eso: hay límites, cariño y, por parte del peque, autodisciplina y autonomía.

Halagos y mimos (contacto físico), un paseo, jugar juntos, una tarde con sus amigos/as, hacer una sesión de cine en casa con compis, o ir toda la familia a ver una película son excelentes ideas.

 

Fuente: escuela20.com

 

10 frases de Dante Alighieri sobre el amor, la valentía y la dignidad

En un día como hoy, en el año aproximado de 1265, nació el romántico, culto y activista Dante Alighieri, conocido sobre todo por la creación de su obra magna, La divina comedia.

De padres nobles florentinos, recibió una educación en su casa, se interesó profundamente por la poesía toscana y conoció la lengua vernácula italiana, el latín y la lengua provenzal en un momento donde la Provenza, Florencia y Sicilia eran pequeños estados separados. Dante también se interesó mucho por la cultura siciliana, y, por otro lado, fue un gran seguidor del poeta romano Virgilio.

Dante ha quedado también como el creador de la lengua vulgar italiana, es decir, el italiano, en un momento de finales de la Edad Media, en el cual ya se estaban cultivando las raíces del futuro “Humanismo”.

Con solo nueve años se enamoró a primera vista de la joven Beatriz, quien sería su musa al largo de toda su carrera literaria. Cuando ella murió, Dante se dedicó plenamente a los estudios filosóficos con escuelas como la de Santa María Novella; más tarde Beatriz sería el personaje que hace una crítica a esta excesiva pasión por la filosofía en la parte del Purgatorio. Del amor que experimentó con Beatriz, sin apenas nunca decirse nada, solo hola y adiós, salió la inspiración para crear la temática literaria por excelencia de la Edad Media, el amor cortés, que influenciaría la literatura posterior. Este concepto expresa un amor noble, caballeresco y sincero.

Dante ejerció también como político, intervino en las luchas sociales florentinas y, como persona que tenía un cargo público en aquel entonces, debía afiliarse a un gremio y, por consiguiente, decidió aprovechar sus estudios de medicina para ejercer en el gremio de los boticarios, donde no perdió la ocasión de vender sus libros de literatura. Más adelante fue nombrado embajador para llevar a cabo un tratado de paz por el conflicto de los Güelfos en Florencia, pero el papa Bonifacio VIII de Roma puso inconvenientes. Finalmente, acabó teniendo problemas con el emperador alemán, Enrique VII, por lo que fue duramente criticado por sus cartas violentas y fue exiliado por la suma de otras causas, sin poder nunca regresar a Florencia. Varios personajes que le ayudaron en esta época de exilio aparecen  la Divina Comedia como agradecimiento.

Dante ha sido siempre fuente de inspiración y aún sigue con nosotros: numerosos artistas de todos los tiempos crearon ilustraciones sobre Dante y sus obras entre los que destacan Botticelli, Gustave Doré, Salvador Dalí, Miguel Ángel, el inglés William Blake, el italiano Gioacchino Antonio Rossini y el alemán Robert Schumann.

Veamos ahora frases de su gran obra y su poesía, llenas de sabiduría y amor:

“Hay un secreto para vivir feliz con la persona amada: no pretender modificarla”.

“Quien sabe de dolor, todo lo sabe”.

“Solo aquellas cosas se han de temer que detentan poder de daño a otro; de las otras no, que no son temibles”.

“Y ella a mi: No hay mayor dolor, que, en la miseria recordar el feliz tiempo, y eso tu Doctor lo sabe”.

“¡…no menos que saber, dudar me agrada!”

“Es oportuno que abandones ahora la pereza, dijo el maestro, porque sentado en plumas a la fama no se llega, ni en descansado lecho”.

“Considerad vuestra simiente: hechos no fuisteis para vivir como brutos, sino para perseguir virtud y conocimiento”.

“Libertad va buscando, que le es tan cara, como lo sabe quien la vida por ella deja”.

“Vuestra fama es como la flor, que tan pronto brota, muere, y la marchita el mismo sol que la hizo nacer de la tierra ingrata”.

“¡Oh gente humana, para volar nacida! ¿Por qué al menor soplo caes vencida?”

“El alma para amar ha sido creada, mas se complace en cosas pasajeras, cuando por los placeres es llamada”.

Fuente: muhimu.es

Ideas para mejorar la autoestima de tus hijos

Tengo dos hijas, dos pequeñas terremoto que son tan distintas,  digo que se parecen en los apellidos y en el blanco de los ojos. Pero descubrí algo más que tienen en común: necesitan trabajar la autoestima, por distintos motivos.

La pequeña porque quiere hacer cosas y la motricidad no la acompaña. Se frustra, se desespera, y no lo intenta más hasta que se olvida que no lo sabía hacer. Y por favor que nadie le diga que no sabe hacer algo o lo hace mal, porque entonces su autoestima se destruye como castillo de naipes y le cuesta mucho recuperarla. Nosotros nunca le decimos nada así, pero cuando enfada con su hermana…ahi ella sí le dice, y ella llora con una pena…y como su hermana, obviamente se va a encontrar con compañeros que también se lo digan.

Y la mayor porque así es ella, porque hace muchas cosas bien pero es perfeccionista y siempre quiere ser mejor. Y aun así, no se cree que lo hizo bien. Y ella siente que sencillamente no destaca, y que nadie se da cuenta que hace bien las cosas.
Así que me he propuesto trabajar la autoestima, algo que creo que es importante sembrar. Empecé con uno de los retos de Edukame, y busqué información sobre cómo trabajarla. Como creo que trabajar la autoestima y ver resultados son más de los días que dura el reto, os voy a dejar algunas ideas que he aprendido, algunas de las cuales ya hago, y en unos meses más cuento cómo nos ha ido y a ver si se ven resultados!

Ideas para mejorar la autoestima

Dejar mensajes positivos escondidos para que los niños (y los adultos) los encuentren a lo largo del día

Dedicarles tiempo en exclusiva

Colocarse frente a un espejo para hablar de lo que más nos gusta de nosotros mismos, y lo que menos


Sobre este punto os cuento una actividad que hago yo, un poco parecida. Hay varias formas de ponerlo en práctica, cada uno puede adaptar la suya.

Decir “te quiero”, y las cosas que nos gustan de los niños, como por ejemplo “me gusta tu sonrisa”.

Creo que este punto no se nos debería olvidar nunca. Decir te quiero es importante, pero también decirles, sin motivo especial, lo que nos gusta de ellos: su forma de ser, sus ojos, sus sonrisa, su valentía, su risa…infinidad de cosas que nos gustan y que, a lo mejor se las decimos a los demás o las escribimos, pero también hay que decirlas a los protagonistas.

No compararlos, ni entre hermanos ni con otros niños
Corregir siempre en positivo, reconociendo sus sentimientos

Elogios reales y concretos: “has combinado muy bien los colores del dibujo”. Decir muy bien cuando nos muestran un dibujo, o hacen la voltereta, les da nuestra aprobación pero no les está diciendo lo que hacen bien. Si les contamos qué hacen bien, como vestirse solos, abrocharse los zapatos, pintar sin salirse, son elogios concretos.

Transmitirles el poder de superación, confiar en sus posibilidades

Si nosotros les decimos y mostramos confiar en sus posibilidades, ellos van a terminar creyendo también en si mismos. Por ejemplo, si están intentando hacer la voltereta y no lo consiguen, transmitirles que confiamos en ellos y que podrán hacerla con un poco más de práctica, les ayuda a confiar y seguir intentando.

Explicarles que todos hacemos cosas bien, pero también hay cosas que no nos salen tan bien
Hacer desaparecer las etiquetas negativas (que es lento, bruto, etc…) y tampoco abusar de las positivas

El tema de las etiquetas positivas es porque no es lo mismos decirles “eres listo” pues no comprenden porqué lo son, que elogiar su comportamiento, las cosas que hace bien “qué bien haces las tareas”

Felicitarles por los avances: cuando aprenden a vestirse solos, a escribir su primera palabra

Cuando logramos algo nuevo, siempre viene bien que nos feliciten por ello ¿no? la pequeña hace pocos días, jugando con unas letras, logró montar su nombre ella sola. Y al darme cuenta la felicité. Me gusta que sepa que reconozco las cosas nuevas que aprende.

Darles pequeñas responsabilidades, acordes a su edad

En mi caso, les dejo llevar las llaves de casa cuando estamos en un lugar conocido, y últimamente (y supervisando de reojo) dejo que la mayor vigile a la pequeña mientras ésta se baña.

Tener un bote positivo: donde dejamos unos papeles con cosas buenas que hemos hecho cada día

Esta actividad la hicimos al final del curso pasado, pues terremoto mayor le tenía mucho cariño a sus profesoras y, al pasar a primaria, sabía que ya no vería a su hermana tanto como los años anteriores que compartían espacios escolares. Así que llenamos un bote con las actividades que recordaba con felicidad del curso y los guardamos para leerlos cuando lo echara de menos.

Además de estas ideas y otras que hay en el reto, una de las cosas que hago es algo parecido a lo que proponen en este  juego, cuando por ejemplo a una de mis hijas le dice fea un/a amigo/a, le pongo un espejo delante y le pregunto ¿qué ves? cuando contestan “a mí”, le pregunto “¿y te ves fea?” y siempre me contestan que no. A lo que añado “da igual lo que digan los demás, lo importante es lo que tú sabes que hay al otro lado del espejo” No sé si servirá o no, pero por ejemplo, como contaba hace unos días por twitter, el padre de las criaturas le dice a modo de apodo cariñoso “gorda” a la más pequeña (algo que es muy común escuchar por aquí) y ella le contestó:

“Papá, no soy gorda”

“Lo sé hija, es algo cariñoso que se dice, ya sé que no eres gorda”

“Ya papá, pero a mi nadie me llama gorda ya.

 

Bravo por ella, ojalá siempre tenga las cosas tan claras. Siempre,  siempre, le digan lo que le digan. Espero contarles pronto de los frutos de implementar las ideas de este reto.

Fuente: padres.facilisimo.com

Cuando mamá y papá son discapacitados intelectuales

Rafael  J. Álvarez

La ONU reconoce el derecho de los discapacitados a casarse y tener descendencia, una minoría estadística que sigue siendo un tabú social.

Por primera vez, un medio de comunicación cuenta el caso de una pareja que ha decidido tener hijos, una vida tutelada y libre a la vez, una experiencia de amor y de familia. La historia de Araceli y Juan

Cuando llega la noche, al oírse el silencio, Araceli y Juan bajan las voces del día, se acurrucan en la cama de sus hijos y les cuentan «cuentos inventados» para dormir. Entonces, Lucía, agarrada aún al maletín de médica que le trajeron los Reyes, y Juan, ya soltando despacio su miniatura de coche rojo y arañado, se empiezan a rendir. En la casa, en este piso normal de una ciudad normal, se oyen susurros de padre y de madre. Hay que descansar. Caricias y penumbra, pijamas para viajar al sueño, cuentos imaginados. Y, por fin, dos niños dormidos.

Araceli y Juan acaban de triunfar. Como millones de madres y de padres a la misma hora en millones de sitios.

– ¿A qué tienes miedo, Araceli?

– A no saber darles la educación o el cuidado que necesitan. A veces pienso qué pasará cuando nosotros faltemos.

Araceli y Juan, mamá y papá.

Araceli y Juan, discapacitados intelectuales.

Ésta es una historia distinta. Probablemente es la primera vez que se asoma a un medio de comunicación una realidad pequeña, infrecuente, desconocida, un mundo casi invisible que convive con el de los evidentes. Igual es una sorpresa. O un puñado de preguntas. O hasta algo que puede resultarle turbador a alguien.

Aquí está la vida cuando dos personas con discapacidad intelectual no sólo se unen en pareja, sino que, además, tienen hijos.

La historia de Araceli y de Juan. Y la de sus pequeños, Lucía y Juan.

Una historia de amor.

Así que, quizá, no sea tan distinta.

«Todas las personas con discapacidad en edad de contraer matrimonio tienenderecho a casarse y fundar una familia sobre la base del consentimiento libre de los futuros cónyuges y a decidir de manera responsable el número de hijos». Lo dice la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad deNaciones Unidas, aprobada el 13 de diciembre de 2006 y ratificada por España.

Araceli, Juan y su derecho.

«Y el de los hijos, porque cuando una pareja de personas con discapacidad expresa el deseo de tener hijos, se trata de sopesar el derecho de los padres y el de los menores, hablar con ellos y tener en cuenta pros y contras. Pero si los adultos quieren tener un hijo lo van a tener. Es un tema de derechos». Habla Josep Tresserras, director gerente de Som Fundació, una asociación catalana que lleva 30 años tutelando a personas con discapacidad intelectual y que es la responsable legal de Araceli.

Derechos. A un lado y al otro. Y derechos con abrigo.

En Documentos de Ética: Maternidad-paternidad en personas con discapacidad intelectual, del colectivo Plena Inclusión, Xabier Etxeberria defiende que «hay personas que, contando con apoyos adecuados, tienen suficiente competencia para ejercer el derecho a la paternidad y ser excelentes padres y madres; mientras que habrá otras circunstancias en las que será desaconsejable».

Hay gente que no quiere a, sino con. Lo escribió Miguel Hernández en su elegía aRamón Sijé, con quien tanto quería. Los expertos que quieren con los discapacitados intelectuales desdramatizan la maternidad y la paternidad. Sólo hay que oír a Antonio Manuel Ferrer, jefe del área jurídica de Som Fundació: «Una persona con un alto grado de discapacidad no te va a pedir tener hijos. Lo piden o lo consultan quienes tienen más autonomía. Es más natural de lo que parece, pero es que hay mucho estigma social, mucho miedo y mucha ignorancia. Lo primero que la gente pregunta cuando sabe que un discapacitado va a tener hijos es si los niños van a ser discapacitados. Y, si no hay componente genético en la discapacidad, no hay herencia genética. La descendencia es un aspecto más de la persona discapacitada, un derecho en el que no se puede intervenir. Al final, es la misma vida que fuera: ricos y pobres, tarambanas y serios, juntos y separados».

Som Fundació tutela a 581 personas, mayores de edad que no tienen a nadie, hombres y mujeres con al menos un 33% de discapacidad reconocida oficialmente. «Les ayudamos a tomar decisiones para que encaucen su vida. Defendemos sus derechos, les escuchamos y vamos viendo sus posibilidades. Y administramos y cuidamos su patrimonio. Todo con autorización judicial», informa Tresserras. «La tutela es la sustitución de la persona en todo menos en sus derechos personalísimos», apunta Ferrer. «Creamos un vínculo emocional y acompañamos a la persona en temas de salud, casa, familia, empleo, envejecimiento, ocio… Detectamos sus necesidades, prevenimos situaciones y estamos 24 horas», concreta Margarita Grau, responsable del área social de Som Fundació.

En este universo de medio millar de personas con discapacidad tuteladas, la maternidad o la paternidad son una minoría estadística. Un 11% de casos. Casi todos, madres solteras, separadas o divorciadas.

¿Y parejas en las que ambos son discapacitados y tienen hijos? «Poquísimas. Eso casi no se da».

Araceli y Juan sí se dan. Y dan.

Ella es Araceli Balaguer, 35 años, mujer tutelada porque necesita ayuda para tomar decisiones que tengan validez legítima. Y madre sin fronteras. Él es Juan Alarcón, 41 años, hombre sin tutela porque tiene una discapacidad que, sin embargo, no le impide razonar para tomar decisiones con vigencia legal. Y padre sin dudas.

– ¿Y eso cómo es, Juan?

– Con los hijos me siento más hombre. Diferente.

Araceli y Juan se conocieron en la empresa donde ella sigue trabajando. Araceli empaquetaba productos y Juan jugaba al fútbol con los compañeros de ella. Y los finales de partido empezaron a ser los inicios de algo entero. «Juan fue un poco pesado, pero me gustaba». «Le pedí salir a Araceli. Le costó un poco, pero me dijo que sí».

Y se fueron a vivir juntos.

Sólo pienso en ti.

A los dos años de techo en común, Araceli y Juan le contaron a Gemma Santiveri que querían ser padres de dos niños. Niño y niña. La parejita. «A una persona con discapacidad que quiere tener hijos se le explican las ventajas y los inconvenientes. Se le dice que hay más gastos, que alguien debe ayudarla, que su vida va a cambiar, que hay renuncias a la vida personal y hasta que le puede ser retirado el hijo si lo abandona o no lo cuida. Araceli y Juan me dijeron que lo tenían claro, pero que no era el momento y que esperarían a que las circunstancias mejoraran», recuerda la trabajadora social de Som Fundació que tutela directamente a Araceli.

– ¿Qué tenía que mejorar?

– Tal y como está la vida hay que pensárselo mucho. Y Juan y yo éramos muy jóvenes.Yo tenía miedo a enfrentarme a tener un niño, a ser madre. Pero yo veía a mis cuñadas con hijos y me gustaba. Con el tiempo me vi más capaz, pregunté en el juzgado si podía tener hijos y me dijeron que mi discapacidad era sólo para temas económicos.

Las cosas de dentro, las madureces, mejoraron. Y en 2011, Araceli dio a luz a Lucía. «Juan quería niño. Gané yo».

Al poco se casaron «para dejar atado el tema de los papeles de los hijos». Y en 2014nació Juan.

Estamos en Barberá del Vallés, a 15 kilómetros de Barcelona. En el portal nos encontramos con Araceli, que viene de hacer recados y está nerviosa por la entrevista. Aunque ella no lo sabe, se le pasará enseguida.

Juan está con un chándal del Barça. Araceli es del Madrid. «Es para chincharlo». Cuando Lucía y el pequeño Juan nos ven entrar en su casa, el mundo se convierte en un juguete gigante y con muchas pilas. Las suyas, claro. Es como si la energía de una niña de cinco años y un crío de tres acelerara las partículas del Universo. ElBig Bang en Barberá del Vallés.

– ¡Juan, no pegues al señor!, corrige Araceli.

– ¡Juan, no te subas al sofá!, corrige Juan.

– Juan muerde. Pero yo le regaño y le cuido, suelta Lucía, madre de repente.

Araceli y Juan dicen que los niños están agitados por la novedad de la visita. «Son como todos los niños. No tenemos tiempo para aburrirnos».

En el salón hay una pecera enorme y Lucía, niña de humor largo, nos cuenta que cada pez lleva el nombre de un primo suyo. Nemo era demasiado fácil.

«A Lucía le di el pecho un tiempo, pero a Juan no; me ponía nerviosa, no se agarraba bien. Los biberones están muy bien. Al principio tenía miedo de no saber. Tardé una semana en bañar a Lucía; me ayudaba mi cuñada. Y más tiempo en cortarle las uñas. Era miedo. Pero una vez que tienes hijos, el miedo desaparece».

La niña está entretenida con la cámara del fotógrafo. El niño va de su habitación al salón y viceversa a velocidad de neutrino, nos enseña un coche diminuto y quiere jugar.

– Juan, deja al señor apuntar.

Todos nos reímos. Hay buen ambiente aquí. Un poco ruidoso, pero sano, una sensación de que no hay nada material que esté prohibido en esta casa, nada intocable para los niños. «Queremos darles la mejor educación posible, que respeten a los demás siempre. Y ellos nos enseñan de todo, cada día salen con una frase nueva o una pregunta más. Por ejemplo, cuándo van a tener un hermanito».

– ¿Y?

– Ni soñarlo. Eso cuesta mucho dinero, ropa, alimentos…

Y empezamos a pensar que, en esta historia, lo normal es la noticia.

Cuando Juan conoció a Araceli conducía una grúa municipal porque la empresa de su padre había ganado el concurso público. Pero eso se terminó y él lleva ahoraseis meses en paro. «Busco faena, pero la cosa anda mal. Sólo me falta el carné de camiones con carga. Los demás los tengo todos. A ver qué sale».

Así que mientras Araceli sale disparada de casa a las siete de la mañana a embolsar objetos, Juan se encarga de los críos. «Los levanto, los lavo, los visto, les doy el desayuno y los llevo al colegio».

Cada tres meses hay reunión con las profesoras. «Los niños van estupendamente. Nos dicen que son abiertos y cariñosos». El colegio, ese mundo. «Nunca he sentido rechazo de nadie. Hemos ido a reuniones de padres y todo normal. Yo no me siento distinta al resto de las madres. Lo haré mejor o peor, pero me siento igual de capacitada para criar a mis hijos. Lo primero son mis hijos. Si hay que faltar al trabajo por ellos, se falta».

Juan y Araceli son padre y madre de cuerpo presente desde las cuatro de la tarde, cuando ella vuelve del trabajo. «Los llevamos un rato al parque y les ayudamos con los deberes», cuenta la madre. «Lucía está ahora con los planetas. El otro día la ayudé a hacer un cohete», cuenta el padre.

Quizá cuando sus hijos tengan una necesidad intelectual profunda, Juan y Araceli tiren de la familia de él o de Som Fundació. Quizá hagan más familia aún. «Gemma está para todo», dice Araceli. Y las dos se sonríen entre el barullo de este día con visita.

Mientras, Juan y Araceli van dando pautas a sus hijos, estableciéndoles límites. «Les decimos lo que está bien y lo que está mal. Si les regañamos y no hacen caso les damos un cachete en el culete, flojito, claro. Les dejamos nuestro móvil para que vean youtubers, les hablamos en castellano y en catalán… Como todo el mundo. Ya sabes cómo son los críos, se pasan el día pidiendo cosas. Se creen que somos el Banco de España. Pero se lo explicamos y lo entienden».

– ¿Por ejemplo?

– Pues en estos Reyes les dijimos que sólo habría dos regalos porque hay niños que no tienen nada y los Reyes tienen que repartir. Lo entendieron muy bien. A Lucía le trajeron un bebé que llora y un maletín de médico para curarle.

Y en eso Lucía sale corriendo hacia la habitación y trae al bebé para enseñárnoslo. Y vuelve a irse a su cuarto y a volver al salón y trae el maletín. O lo que queda de él.

Juan lleva un rato encima de Juan, haciendo escalada por el sofá y por su padre. Gemma Santiveri echa una mano para entretener al señor de la guerrilla mientras sus padres hablan con el periodista del cuaderno. Y, entre juego y juego, latrabajadora social extrae uno de los tuétanos de esta historia. «Los niños saben que estamos para ayudar a su madre. Cuando crezcan serán personas que sabrán mucho de discapacidad, integración y normalización. Nos tendrán con ellos y sabrán que ayudamos a sus padres a responder preguntas».

Porque, como sostiene el asesor jurídico de Som Fundació, «tener hijos espabila». «Ayuda a capacitar más, despierta capacidades y responsabilidades. Los padres con discapacidad intelectual son conscientes de que tienen la responsabilidad de un menor. Claro que necesitan apoyo. Dos padres ciegos pueden tener hijos y necesitan apoyo igual. Pero los padres con discapacidad intelectual tienen el tema afectivo muy desarrollado, se dan muchísimo. Son muy padres y muy madres».

En Barberá del Vallés anochece, que no es poco. No falta mucho para que los juguetes dimitan y para que esta casa sea invadida por el reino de los cuentos inventados.

Antes hay que hacer una foto de familia, un instante para siempre de Araceli, Juan, Lucía y Juan. Es un manojo de disparos, una sesión de posado, pero Juan, el pequeño Juan, no entiende la quietud. Lucía sí.

– ¿Y tú qué quieres ser de mayor, Lucía?

– Profesora y conductora de grúas, como papá.

Mariluz y Antonio; ‘Sólo pienso en ti’

Supe de la existencia de Mariluz y Antonio por un reportaje en el Diario de Córdoba sobre Promi, una institución que bajo la férrea dirección de López Marín en Cabra (Córdoba), acogía a los discapacitados, les daba techo, comida, trabajo y dignidad. Después de los trabajos del día, una pareja, cogida de la mano, paseaba por el jardín. De esa imagen nacióSólo pienso en ti. Es curioso, leyendo las reseñas de la época, hablaban de una canción sobre dos seres «diferentes».  En realidad, querían decir que no existían. / VÍCTOR MANUEL

Fuente: elpais.com/