El habla es una marca de identidad personal

Yanilka L. Batista Rivera
Santo Domingo

Poder hablar espontáneamente es vital para crear lazos de compañerismo, amistad y vivencias.

Hablar es una de las maneras más idóneas de comunicarnos con nuestros semejantes. Es un acto individual del que hacemos uso en múltiples ocasiones y en varios contextos. En el capítulo “¿Quién habla?” del libro: “La magia de escribir”, se presenta una serie de personajes importantes en ámbitos tales como la psicología y la educación, acerca de quienes el autor plasma sus experiencias en los distintos campos del saber sobre el habla y la escritura. Además, se ofrecen afirmaciones y reflexiones sobre por qué somos o no capaces de comunicarnos por medio del habla. El autor busca crear conciencia de la importancia de hablar en espacios formales e informales, dígase de aquellos en los que la persona se presenta ante un determinado público en los encuentros cotidianos; familiares, rutinas laborales o sociales.

Una de las primeras afirmaciones que se observan en el texto, refiere el hecho de que tenemos un gran repertorio de ocurrencias, una fuente que en ocasiones nos hace ver con esmerado respeto ante los demás, pero en otras, nos decepciona. “El habla surge de nuestra profunda intimidad…yo soy el que desde el fondo de mí mismo me hablo” (Marina y Valgoma, 2007:35). Entonces, es posible afirmar que el habla revela quienes somos realmente. Haciendo eco de la cita de Luis Vives en “De ratione dicendi”, se puede constatar que “hay un núcleo elocuente de nuestra personalidad de donde surge el habla interior, ese contínuo discurso con que nos hablamos y con el que nos desvelamos a nosotros”. De esta manera somos los primeros en descubrirnos, siendo la palabra luz radiante que disipa las tinieblas.

El primer personaje del libro es Mijaíl Bajtín, quien presenta la estrecha relación de las ocurrencias, de la espontaneidad, como forma creativa y la capacidad de discriminar qué decir o no, en un momento determinado.

En los primeros años de vida, se asume que el niño disfruta mientras aprende a comunicarse hablando con los demás, quienes irán entendiendo paulatinamente qué desea expresar. Es así como el niño convierte sus experiencias en palabras e incrementa su capacidad expresiva, resultando beneficioso para la salud y la “estabilidad afectiva”, tal y como afirma el segundo personaje, James Pennebaker.

La palabra nos lleva a conversar, lo cual es importante para la convivencia, en la que se intercambian informaciones, sentimientos y modos de pensar. En ese sentido, Deborah Tannen, tercer personaje, propuso a los lingüistas que dieran mayor preferencia al análisis de las conversaciones informales que se producen en la cotidianidad, porque es allí donde se observa el poder que tiene el habla sobre nuestras relaciones. Por su parte, Calsamiglia y Tusón en el libro “Las cosas del decir”, afirman que “La modalidad oral es natural, consustancial al ser humano y constitutiva de la persona como miembro de una especie”. (2001:27). Por esta razón, la conversación necesita ser trabajada desde los hogares y las escuelas de manera formal e informal, ya que es un asunto básicamente práctico.

Poder hablar espontáneamente es vital para crear lazos de compañerismo y amistad, para establecer vivencias que permitan aprender de sí mismos y de los demás. Pero existe un gran obstáculo para hablar o conversar, “el miedo”, y de acuerdo a Marina, la situación que más personas temen atravesar es hablar en público; pero en cierta medida ese temor es necesario, como apunta Isaak Marks, pues la ausencia de miedo puede llevarnos a actuar con descuido y la extrema presencia del mismo, con torpeza. Los padres y maestros juegan un papel importante en cuanto al apoyo que deben dar a los más jóvenes para fortalecer su autoestima. En conclusión, es posible que los hablantes posean un vasto conocimiento para compartir con sus interlocutores; pero no es una garantía de elocuencia.

(+) Poder planear, seleccionar y pronunciar las palabras adecuadas al contexto, requiere del desarrollo de ciertas competencias, tales como, la competencia pragmática, estratégica y comunicativa. Por esto se puede afirmar que al igual que el discurso escrito, hablar es una marca de identidad personal que nos distingue como individuos, como parte de una colectividad, como dueños de una ideología. Saussure reconoce “que la lengua sin habla no tiene existencia real en ninguna parte; solo existe en el uso activo que de ella hace el que habla o en el uso activo del que comprende” (1945: 19).

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